Fuego amigo

“¡A cubierto, que vienen los nuestros!”. A buen seguro que la célebre y socarrona frase atribuida al
ministro franquista Pío Cabanillas le habrá rondado la sesera al presidente de
la Junta, acribillado por el “fuego amigo” del inquilino de la Moncloa y de la aficionada
madrileña a dar la nota.

Si ya no era suficiente el mordisco anunciado por Rajoy a ese blindaje de los servicios
sociales que conforma el lema herreriano, ayer va Esperanza Aguirre y se
descuelga proponiendo una profunda revisión, o reversión, del estado
autonómico; el mismo, por cierto, que con tanto ardor defendió el presidente de
la Junta el pasado 6 de marzo.

Si lo segundo bien merece ser confinado en el cajón de las ocurrencias oportunistas, lo del
recorte sobrevenido en educación y sanidad socava con creces el discurso ‘popular’
en Castilla y León y aporta munición privilegiada a la bancada socialista. No
ya porque contradice lo prometido en víspera electoral y constituye una
claudicación más, aparentemente improvisada, a los insaciables mercados
financieros, sino por haberse adoptado al margen de todo diálogo social y sin
más explicación que la tan manida perversa herencia decidida.

Mala pedagogía política la de quien pretende justificar las acciones de hoy con el
argumento simplista de lo mal que lo hicieron otros ayer. No me extraña el
malestar que, según dicen, se viene apoderando del presidente Herrera: la
imprevisible tijera presidencial es resuelta desde Moncloa con la callada por
respuesta.

El coste del blindaje

Muy mal, fatal tienen que estar las cosas para que el presidente Herrera haga ahora todo lo contrario de lo que dijo, por boca de su portavoz, en junio del año pasado, cuando no solo remarcaba su renuncia a subir impuestos sino que incluso arremetía contra la «alocada» carrera de algunos ejecutivos autonómicos para reducir el déficit a base de incrementar los tributos.
Como la crisis no la habían creado los ciudadanos sino el «despilfarro» del gobierno de Zapatero, razonaban, no tenían por qué pagarla aquellos. Desde ayer, este razonamiento ha saltado por los aires: los ciudadanos tendremos que cargar con parte del coste de la crisis mediante nuevas figuras impositivas. La causa, una ¿imprevista? reducción de casi el 50% de ingresos en los tributos cedidos por el Estado. Es el coste del blindaje de los servicios sociales básicos al que tanto se refiere Herrera. Hasta el Impuesto sobre el Patrimonio, insistencia rubalcabiana tan denostada en su día por ciertos líderes del PP, le vendrá de perlas a las arcas castellanas y leonesas.
Lógicamente, los socialistas no han tardado en afear la incoherencia del Ejecutivo regional. Abocados PP y PSOE al mismo callejón sin salida, queda por ver si las medidas anunciadas redundarán en un reparto más equitativo de los sacrificios. Y, sobre todo, si serán complementadas con otras que ayuden a estimular la actividad económica. Porque solo con impuestos y recortes no se sale del atolladero.

Pocas sorpresas

Elogio de la previsibilidad y premio a los leales. Rajoy ha vuelto a ejercer de sí mismo y nos ha deparado sorpresas con cuentagotas. Aun con el baldón de eludir preguntas, la sola composición del nuevo gobierno arroja mensajes con enjundia. El más evidente: Rajoy ha obrado sin hipotecas. Se ha rodeado de leales y se ha sacudido la carbonilla del aznarismo que tanto maniobró contra él tras la derrota de 2008. Hasta nombramientos inesperados como el del ministro del Interior encierran un pasado de fidelidad sin fisuras. ¿Son los mejores? Ni siquiera tienen 100 días de prueba.

También el previsible y razonable poder acumulado por Sáenz de Santamaría simboliza la apoteosis de esa voluntad sin ataduras. Lo mismo que la satisfacción a Arenas con los cuatro nombramientos andaluces. Aunque en los esquemas de Rajoy no caben la paridad ni el reparto territorial, cabe preguntarse si los tres ministros de Castilla y León y la vallisoletana con mando supremo representan una oportunidad para las urgentes necesidades de esta región. El presidente Herrera ya tiene tarea.

Falta letra

Suena bien la música, pero falta letra; música que amansa, letra que escuece. Ante una economía sin pulso, Mariano Rajoy fue certero en el diagnóstico e infundió esperanzas con su decidida voluntad de sanarla. Pero rehusó extender una receta detallada y aclarar la cirugía de urgencia que habrá de aplicar para sosegar a los mercados y aquietar las ínfulas caudillistas de Merkel y compañía.
En este previsible proceder influyen sin duda la impopularidad de las reformas que se avecinan y la cercanía temporal de las elecciones andaluzas, pero también la incertidumbre ante la cifra real de déficit con que se puede topar. ¿Más del 6% del PIB? Es posible. Para abrir boca, 16.500 millones de euros a recortar.
Salvo en matices, las pautas económicas esbozadas ayer por Mariano Rajoy apenas se desvían del camino emprendido en mayo de 2010 por el Gobierno de Zapatero. Solo les diferenciará, y ya es mucho, la intensidad de las medidas y la decisión en acometerlas. Y aunque cuadre bien las cuentas, sabe que en las cifras de paro se la juega.

Encaje de bolillos

Cierto es que el presidente Herrera guarda poco parecido con el Ethan Hunt de Brian de Palma, capaz de cumplir el cometido más arriesgado con elegancia y arrojo, pero no me negarán que su pretensión, a estas alturas de la negritud económica, bien podría calificarse como una auténtica ‘Misión Imposible’.
Porque acometer la ‘dieta Rajoy’ sin recortes de calado es encaje de bolillos para superdotados. Por eso los consejeros acuden hoy a la reunión informal con su presidente bien pertrechados con lápiz, bolígrafo y tijeras. Sobre la mesa, los deberes impuestos por el líder nacional y próximo presidente del Gobierno: cumplir a rajatabla los objetivos de déficit y evitar duplicidades. Y todo ello manteniendo incólumes los servicios públicos, esos que, según Herrera, gozan de férreo blindaje en Castilla y León.
Sanidad, educación y servicios sociales se comen más del 66% de un presupuesto regional que la consejera Del Olmo acaba de anunciar inevitablemente prorrogado; es decir, con el freno puesto en inversiones y con subvenciones más que cercenadas. Si a ello sumamos la creciente disminución de ingresos y las dificultades derivadas del encarecimiento del pago de la deuda, la situación no puede ser más asfixiante.
Habrá, por tanto, recortes, y no haría mal el gobierno regional en reconocerlo públicamente en lugar de enfrascarse en eufemismos más o menos retóricos. El pasado 20-N ha demostrado que los ciudadanos somos capaces de asumir sacrificios cuando las circunstancias obligan y hay voluntad de ejecutarlos de manera equitativa.

Hecatombe

El tsunami de la crisis y la negligente política para hacerla frente, traducida en 5 millones de parados, han terminado por engullir a Zapatero y Rubalcaba en una auténtica hecatombe electoral socialista.

Al menos los españoles hemos podido elegir a quien nos gobernará hasta 2015 antes de que el dedo implacable de los mercados, a diferencia de lo ocurrido en Italia y Grecia, se colara en el Parlamento como elefante en cacharrería.
Bajo el estigma de una tasa de paro insoportable, los ciudadanos hemos evaluado la gestión gubernamental de la crisis antes que valorar las alternativas; y el resultado ha sido demoledor. Zapatero y Rubalcaba han arrojado a un PSOE con más de 132 años de trayectoria a un abismo impensable en Ferraz: el que lo sepulta con el peor resultado electoral de su historia. «Virgencita, virgencita, que me quede como Almunia en 2000», rezaban hasta ayer no pocos militantes; pues ni eso.
Pero el PP, triunfador más por demérito socialista que por la confianza que inspira su líder nacional, haría mal emborrachándose con el trazo grueso de la mayoría absoluta. El destacado apoyo a IU y UPyD expresa también el hartazgo ciudadano hacia la manera de hacer política de los partidos mayoritarios, y ciertas opciones nacionalistas, con Amaiur como inquietante protagonista, reflejan la importante realidad social que ampara sus siglas.
Aunque el cambio político no es la panacea, y menos en una coyuntura económica tan oscura, lo cierto es que oxigena y lanza un mensaje optimista a los mercados, que son quienes de veras determinan las políticas domésticas europeas. Rajoy se enfrenta al reto más trascendental para España desde la Transición. Mientras el PSOE se desgarrará en desagradables luchas internas, el PP gozará de amplia libertad de movimientos para emprender las reformas que considere necesarias con objeto de remontar la crisis y crear empleo. Esperemos que los nuevos gobernantes sepan repartir de manera equitativa los sacrificios que nos aguardan.

Para convencidos

Previsible y, por eso mismo, decepcionante. Ha sido un debate castrado en su negociación. Demasiado encorsetado, nada constructivo. Apalabrado de antemano para permitir el diálogo de besugos y eludir temas espinosos (‘Gürtel’, ‘Campeón’, ‘Faisán’…). ¿Después de escuchar a Rajoy y Rubalcaba alguien es capaz de desgranar medidas concretas para sacarnos de la crisis? ¡Qué desprecio a los cinco millones de parados!
Por eso nos empuja a centrarnos en la espuma, en el artificio; en lo «más televisivo». Rubalcaba, más agresivo y espontáneo, tenaz en el ataque; Rajoy, más retraído y tedioso, con menos viveza. En el ámbito de lo banal ganó Rubalcaba, que arrastró a Rajoy, aburrido lector de apuntes, a su terreno inquisidor. Un sorprendente cambio de papeles devino en sesión de control preventiva: Rubalcaba como líder de la oposición tratando a Rajoy como presidente del Gobierno. Rubalcaba ha salvado los muebles pero no logrará el efecto deseado de movilizar a los indecisos. Ha sido un debate para convencidos.

Onanismo electoral

Hoy es el gran día. Para Rubalcaba y para quienes le jalean en procura de evitar un descalabro mayor que el de Almunia el 12 de marzo de 2000. Los asesores mediáticos (¡tocan a seis cada uno!) del primer y único debate televisado que Rajoy y Rubalcaba protagonizarán en toda la campaña intentan convencernos de que redundará en beneficio de nuestra ‘salud democrática’.

 Su sola celebración, cierto es, denota ya un importante avance en ese sentido, pero no así el mecanismo consensuado ni, barrunto, los contenidos; y mucho menos la ausencia de una segunda vuelta. Será un debate encorsetado y una torrentera de reproches; Rajoy golpeará con los cinco millones de parados y Rubalcaba le acusará de ocultar las tijeras bajo un programa vaporoso.

 Pero no habrá propuestas concretas ni recetas claras para salir de la crisis. ¿Cómo las va a haber si estamos al albur de lo que dicten los mercados y dependemos de las imposiciones del G-20? Poca capacidad de maniobra tendrá quien forme Gobierno tras el día 20. Hemos perdido soberanía en el terreno económico: ambos líderes lo saben y lo sufren, pero no lo reconocen. Y, por cierto, ningún periodista presente en el debate podrá preguntárselo.

 La caja tonta, dicen los expertos, puede cambiar tendencias solo cuando la distancia electoral es muy ajustada. El de hoy poco más hará que acrecentar el onanismo militante: dará gusto a los convencidos antes de toparse con la cruda realidad. La que dicten los votantes.

 

Afligidos y constructivos

Solo cambian las fechas y los contrincantes principales; el resto del envoltorio remite con empecinamiento a lo vivido en la anterior legislatura. La mirada y el ánimo, las esperanzas y las frustraciones residen fuera de aquí. Están en Bruselas, en La Moncloa. Están en el 20-N, en Rubalcaba, y en la «patita popular» que asoma por Castilla-La Mancha.
La diana del PP ya no es Zapatero sino el inteligente Rasputín que tanto se afana en borrar su pasado de número dos de un amortizado número uno. Herrera, más previsible que nunca, llegaba al hemiciclo con la lanza preparada: aprovechó la primera ocasión sin apenas filigranas, apuntó al ‘Afligido’ político de la tarde y le endiñó duro en su costado castellano y leonés, es decir, en Óscar López: ¿No estaba Rubalcaba en el Gobierno que llevó el déficit público hasta el 11%?, ¿no ha formado parte hasta antes de ayer del Ejecutivo que nos deja a deber?, ¿no participó, sin abrir la boca, de la decisión socialista de retirar el Impuesto de Patrimonio?
Bien sabía Herrera que mataba dos morlacos de un solo disparo: López sigue con un pie en Castilla y León y otro en Madrid, ha unido su futuro político al de Rubalcaba para no desengancharse de su prometedora carrera en la capital de España. Por eso para la bancada popular es y será corresponsable de todo lo que haga y diga el ex vicepresidente y ministro del Interior, de sus incoherencias sobre todo.
El ciudadano que lea la crónica del Pleno de ayer podrá respirar aliviado al reparar que no sólo hubo ‘afligidos’ en las Cortes. Hubo también dos líderes con afán constructivo. Herrera y López coinciden en moderar gastos y resolver con eficiencia un ejercicio presupuestario más que complicado, se suman a la contención que exigen las circunstancias y, lo más importante, se reafirman en su voluntad de no recortar los servicios sociales básicos. Pacto entre caballeros: ojalá dure mucho tiempo.

Trato desigual

Malos tiempos para la lírica competencial: frente al tsunami soberanista de hace unos años, hoy algunos presidentes autonómicos se plantean la reversión de competencias. Estrecha el Gobierno central el dogal económico sobre las Comunidades Autónomas vía limitación del déficit público, y acalla voces que demandan deudas pendientes con la excusa de hallarnos en la UCI económica de Europa.
Pero de pronto, a la chita callando y como quien no quiere la cosa, de tapadillo para no hacer ruido, da vía libre a un decreto-ley que encierra una posible vía legal para resolver la situación de la Junta andaluza respecto a las competencias sobre el Guadalquivir.
La cosa tiene su aquel, pues las formas ladinas obedecen a un fondo no menos torticero: si la discutible sentencia del Constitucional equiparó en el daño a las aspiraciones hídricas de Andalucía y Castilla y León, la reacción inmediata del Gobierno central viene siendo bastante asimétrica. Sobre todo desde aquella comparecencia del entonces vicepresidente Alfredo Pérez Rubalcaba, cuando, a propósito del fallo, aseguró: «Buscaremos una fórmula para garantizar que la Junta participa en las decisiones de la cuenca». Se refería, claro está, a la Junta de Andalucía y a la Cuenca del Guadalquivir, para mayor tranquilidad de un escocido Griñán que ya lo tenía todo listo para asumir la competencia herida. ¿Trato desigual para dos comunidades que son igualmente Estado? Esta última jugada convierte en retórica la pregunta.
El Norte de Castilla

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