“¡A cubierto, que vienen los nuestros!”. A buen seguro que la célebre y socarrona frase atribuida al
ministro franquista Pío Cabanillas le habrá rondado la sesera al presidente de
la Junta, acribillado por el “fuego amigo” del inquilino de la Moncloa y de la aficionada
madrileña a dar la nota.
Si ya no era suficiente el mordisco anunciado por Rajoy a ese blindaje de los servicios
sociales que conforma el lema herreriano, ayer va Esperanza Aguirre y se
descuelga proponiendo una profunda revisión, o reversión, del estado
autonómico; el mismo, por cierto, que con tanto ardor defendió el presidente de
la Junta el pasado 6 de marzo.
Si lo segundo bien merece ser confinado en el cajón de las ocurrencias oportunistas, lo del
recorte sobrevenido en educación y sanidad socava con creces el discurso ‘popular’
en Castilla y León y aporta munición privilegiada a la bancada socialista. No
ya porque contradice lo prometido en víspera electoral y constituye una
claudicación más, aparentemente improvisada, a los insaciables mercados
financieros, sino por haberse adoptado al margen de todo diálogo social y sin
más explicación que la tan manida perversa herencia decidida.
Mala pedagogía política la de quien pretende justificar las acciones de hoy con el
argumento simplista de lo mal que lo hicieron otros ayer. No me extraña el
malestar que, según dicen, se viene apoderando del presidente Herrera: la
imprevisible tijera presidencial es resuelta desde Moncloa con la callada por
respuesta.

