El Norte de Castilla
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Fecha: noviembre, 2017
Retratos de la dignidad
Angélica Tanarro 27-11-2017 | 6:47 | 0

PIERRE GONNORD REFLEJA MUNDOS QUE DESAPARECEN, A TRAVÉS DE LA MIRADA DE LOS RESISTENTES

En toda exposición puede haber un denominador común a las obras expuestas, más allá de que hayan salido de un mismo taller o las emparente un objetivo, una intención, una idea en la mente del comisario de turno. Y puede ser más o menos evidente. En ‘Terre de Personne’ (Tierra de nadie) la exposición de Pierre Gonnord que la Fundación Villalar presenta en el vestí­bulo de las Cortes de Castilla y León, ese denominador común es un concepto: la dignidad. La dignidad que emana de todas y cada una de las dieciséis miradas que Gonnord ha fotografiado con su estilo ya conocido, desde que a finales la década de los noventa y primeros años de este siglo empezara a sernos familiar su obra.

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Dieciséis retratos componen la muestra. Son hombres y mujeres de distintas generaciones y ocupaciones, aunque procedentes todos de un mundo en extinción. Una parte está formada por los rostros de mineros procedentes de zonas del Norte de España donde la minerí­a empieza a ser un recuerdo, o el plan para un nuevo museo o un parque temático. La otra parte la componen ancianos resistentes en zonas rurales marcadas por la emigración y el olvido que permanecieron arraigados a una tierra de tal forma que hombres y mujeres por un lado y tierra por otro se dan sentido mutuamente. Rostros ennegrecidos por el carbón, pero, sobre todo, marcados por la dureza del oficio. Y rostros dibujados por los mismos surcos de la tierra que les ha tallado, hermosos en su desnuda verdad.

Ha contado Pierre Gonnord en torno a esta muestra, que ha sido comisariada por Rafael Doctor, cómo sus series fotográficas se originan con un viaje, “un viaje sin cámara”, lo que distingue el proceso de su obra de la labor de un reportero gráfico. Para llegar a las imágenes que nos atrapan la mirada (quizá a eso se refiera Gonnord cuando habla de estos retratos como espejos) hacen faltan horas de conversación y convivencia más allá de que el artista necesite ganarse la confianza del retratado para acceder a una sesión en la que de alguna manera acabaría desnudo. En esta ocasión el viaje le lleva desde los Ancares a las zonas limí­trofes entre León y Galicia, pero también a Tras os Montes, cruzando la raya que nos separa o nos une con la hermana Portugal. De hecho, las personas aquí­ mostradas serí­an perfectamente intercambiables de un lado a otro de la frontera y nos hablan de lo que nos une como humanos. Y no es mala lección en los tiempos que corren.

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Con su técnica habitual de fondos negros y sujetos aislados de su entorno, jugando con el claroscuro, uno a uno estos rostros nos desvelan la dignidad del que se sabe único porque se mantiene firme en “su” lugar. Es cierto que el mundo rural que representan duro y pobre, casi miserable pero al mismo tiempo grande en su autenticidad, será poblado en el mejor de los casos (ya que en muchos de los lugares de procedencia de estas fotografí­as la despoblación está llegando a su lí­mite) por nuevas generaciones que lo habitarán en condiciones mucho menos extremas y desde una conciencia global, pero ¿mirarán a cámara (al mundo) con la misma seguridad y entereza que sus padres y abuelos?

Para el autor de estas fotografías el retrato es un asunto clásico. Vemos las ropas oscuras y ajadas de los retratados, pero fácilmente podemos imaginarlos en ropa de corte, tal es la serenidad de su pose. Se ha comparado su obra con la Ribera, incluso con la Velázquez, pero en algunos casos, el poderío del retratado es tal que podrí­amos remontarnos más atrás, a los antecedentes del retrato clásico en la Roma Republicana.

Un catálogo de miradas que nos interpela. Duras, inocentes, retadoras… Eso nos ofrece Pierre Gonnord. Doctor ha seleccionado una exposición breve pero justa, porque merece una visita detenida y una más detenida reflexión.

(Las fotografías de la exposición de Gonnord son de Carlos Espeso)

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Así está el Patio
Angélica Tanarro 09-11-2017 | 11:01 | 0

Hace tiempo que vengo señalando perpleja que la información cultural cada vez se parece más a la información deportiva y a la información económica. A la primera, porque resulta que de lo que se trata es de batir récords constantemente y a la segunda, porque solo parecen interesar las cifras. Dentro de nada habrá gráficos con lí­neas de subidas y bajadas en todas las informaciones culturales como si del í­ndice Dow Jones se tratara. Creo que ya hay.

El Patio Herreriano ha batido récord de visitantes. (Plas, plas, plas…) Todos contentos. Todos, menos un amplio sector profesional del mundo del arte. Lo manifestado por el Instituto de Arte Contemporáneo y el Grupo de Trabajo del Museo en su comunicado a los medios es compartido en muchos sectores artísticos de dentro y fuera de la ciudad. Da pereza volver a señalar lo ya dicho en otras ocasiones como ésta. Lo que diferencia al Patio Herreriano, lo que le da sentido como Museo, es su importante colección y en torno a ella, a sus contenidos, a sus caracterí­sticas, al papel que juega en el contexto del arte nacional e internacional, relacionado con el nacimiento y desarrollo de las vanguardias, debería girar su actividad. Una actividad que, al mismo tiempo, deberí­a colocar al Herreriano en el mapa de los museos de arte contemporáneo que cuentan en el país. Es decir, aprovechar el hecho de que la Colección permanece en esta ciudad para generar en torno a ella una riqueza cultural que distinga al museo y se convierta en atractivo para un público aficionado y experto, así­ como imán de otras actividades relacionadas. Proyecto y presupuesto económico. Estas son las claves.

Lejos de eso, el Museo se encuentra actualmente sin dirección (al parecer lo dirige una gestora) y sin proyecto (al menos que se haya hecho público), a no ser que el proyecto fuera el de batir récords de visitantes. En ese caso, misión cumplida. Aunque la euforia que traslucían las palabras del alcalde durante el balance de visitas de 2017 (¿por qué no se ha hecho al final del año? La cifra hubiera sido aún más vistosa) habrí­a que matizarla. Para empezar, la entrada ahora es gratuita ¿por qué no se adoptó antes esta medida si tanto preocupaban las estadí­sticas? En segundo lugar, en el Patio Herreriano se ha concentrado la programación de otras salas de exposiciones municipales. Es decir, los visitantes habituales de estas ahora van al Patio. Pero para eso no se necesita una colección ni un museo. Para incluir exposiciones no proyectadas ni comisariadas desde el centro (de cuya calidad media, por cierto, no se duda en la mayorí­a de los casos, ahí­ está la de Sarah Moon) no se necesita la Colección, basta con amplios espacios que permitan montajes adecuados. El Museo era y debe ser otra cosa.

Y un apunte más. Hay que distinguir artistas emergentes de artistas aficionados. Ambos deben tener su espacio, pero quizá sin mezclarse o con las fronteras bien definidas.

(Columna publicada en la edición impresa de El Norte de Castilla el jueves dos de noviembre de 2017)

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Fernando Guijar, geometría y color
Angélica Tanarro 06-11-2017 | 8:09 | 0

EL ARTISTA EXPONE SUS ÚLTIMAS OBRAS EN LA GALERÍA JAVIER SILVA DE VALLADOLID

 

Fernando Guijar tiene muy presente su primera exposición en Valladolid porque aquella primera aparición pública como artista (‘El ajuar de Marisol’ en el Teatro Calderón, 1998) le cambió la vida. Hasta entonces su trabajo se habí­a desarrollado en el campo del sonido desde su formación como ingeniero técnico en Telecomunicaciones. Sin embargo, la exposición le sirvió, casi sin haberlo pretendido, para tener algo a lo que aspiran todos (o casi todos) los artistas: una galerí­a. Ferrán Cano le fichó y desde entonces su vida gira en torno al arte y el diseño gráfico. Se licenció en Bellas Artes, hizo un master en Artes Visuales y Multimedia, pero, sobre todo, se liberó de las coordinadas estrictas en las que se mueve el mundo de la ingenierí­a para dar la bienvenida al caos que puede encender la mecha de la creatividad.

Exposición en la Galeria de Javier Silva,de Fernando Guijar.fto Henar Sastre

Exposición en la Galeria de Javier Silva, de Fernando Guijar. fto Henar Sastre

Guijar expone sus últimos trabajos, bajo el título ‘Blok’, en la galería que ahora le es fiel, tras el cierre de la anterior, el ámbito de Javier Silva en Valladolid. Su obra no es desconocida para el público (casi siempre escaso) afecto al arte contemporáneo. En 2014 llenó este espacio con sus ‘paisajes intervenidos’, fotografí­as intervenidas plásticamente que reflexionaban en torno a cómo habí­a evolucionado la consideración del paisaje en la historia del arte, desde lo sublime a lo pintoresco, y jugaba con la idea de Joseph Beuys de que los animales eran ya el último punto de conexión entre el hombre y la naturaleza.

Sin embargo, la exposición que muestra ahora tiene más que ver con aquellos coloridos inicios, con la intervención que montó en paralelo a su anterior exposición en el Patio Hereriano, en aquella feliz iniciativa Lienzo MPH, y sobre todo con el diseñador gráfico que nunca le abandona. Una serie de piezas en las que arte y diseño gráfico, rigor formal y conceptos como utilidad social, decorativismo, constructivismo y un cierto esteticismo se dan la mano.

De entrada, el color: se dirí­a que una apuesta por el lado más optimista del arte. Unos cuantos elementos, plantillas geométricas, fragmentos fotográficos, piezas de madera o elementos de uso cotidiano diseñados por él se van ensamblando en composiciones donde la agilidad resultante no oculta el orden con el que han sido concebidas. Guijar en este camino entre el diseño y la apuesta artística no esconde cómo influyen en él las técnicas publicitarias (sobre todo en el uso del color) junto a propuestas de más largo alcance. Habla, por ejemplo, de la ‘Sala neoplástica’ ideada por el vanguardista polaco Wladisyslaw Strzeminski que pudo verse recientemente en el Reina Sofí­a con motivo de la muestra dedicada a su obra y a la de su pareja, la escultora Katarzyna Kobro. Y es que su acercamiento a ciertas vanguardias clásicas tiene que ver con la mirada de ambos artistas, relacionados con movimientos como el futurismo y el constructivismo y fundadores del movimiento unista que poní­a el acento en la materialidad del arte frente a conceptos como tiempo o movimiento.

El tí­tulo ‘Blok’ hace referencia a esos elementos producidos en serie, como los de cierta conocida marca de muebles, o los elementos de la arquitectura. Es la cadena compositiva, pero también aquello que nos construye por dentro y por fuera. Hay algo terapéutico además en la forma en que Guijar se aproxima a lo figurativo, juega con lo geométrico y nos enseña que el arte, finalmente, es cuestión de mirada, de una mirada personal e intransferible, que dirí­a aquel.

(Artículo publicado en la edición impresa de EL NORTE DE CASTILLA el 23 de octubre de 2017)

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Ya lo pensaré mañana (8). La sorpresa estaba en el palmarés
Angélica Tanarro 01-11-2017 | 1:27 | 0

Hoy en dí­a o tienes un ‘thriller’, una novela negra, o no tienes nada. Se ve en las editoriales, en los premios literarios… y ahora también en los festivales de cine. La Espiga de Oro ha sido una sorpresa. Este año tocaba una decisión polémica. Ya sabemos que los jurados son soberanos y sus decisiones respetables, pero eso no aminora cierto estupor por todo lo que se ha quedado fuera del palmarés. ‘The Nile Hilton Incident’ es una pelí­cula que tiene sus valores, claro, incluso desde el punto de vista social: toca el tema de la corrupción policial y de la debilidad de algunos presuntos estados de derecho. Pero no deja de ser una película policiaca de guion convencional. Hemos visto muchas así­ y desde luego no quedará como un hito del certamen. El primer premio ya parecía un exceso, pero no repartir mejor las espigas e insistir en esta cinta con el premio al mejor director y al mejor guion roza lo incomprensible. Porque este año el nivel medio invitaba al reparto. Pero hubo tres pelí­culas que, desde mi opinión, superaban ese nivel medio. Y me dirán que una de ellas, sin duda ‘The rider’, no ha salido mal parada, pero para una cinta de tal belleza, fotografí­a, delicadeza y precisión en el desarrollo del guion la Espiga de Plata, el premio Pilar Miró y el galardón al mejor actor suenan a consolación. Sobre todo, por comparación.

‘The party’, el inteligente y, visto lo visto, arriesgado ejercicio de estilo de Sally Potter se va de vací­o, aunque sea una lección de cine y una lección de cómo en ocasiones cine y teatro están muy cerca.  Y nada tampoco para ‘Foxtrot’, la estupenda sorpresa final que al jurado le debió de pillar ya cansado. El premio a la mejor fotografía se lo llevó  ‘Soy un rayo de luz en la tierra’, aunque no es precisamente la luz y su manejo lo que destaca en esta prescindible cinta (y aquí­ también había estupendas candidatas (y si era por el blanco y negro la ya mencionada ‘The party’ le daba unas cuantas vueltas). Pero Ray Loriga, que hizo de portavoz del jurado, lo dijo claro y contundente en dos idiomas: puede que os guste o no, pero esta es nuestra decisión. Y punto. Nos vemos en el cine.

(Columna publicada en el suplemento Seminci de la edición impresa de El Norte, el domingo 29 de octubre de 2017)

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Ya lo pensaré mañana (7). Reflexiones para la vida real
Angélica Tanarro 01-11-2017 | 1:19 | 0

Estábamos bien en el patio de butacas. Ayer, cuando salimos, España era un paí­s más triste, más tenso, peor… Daban ganas de volver a entrar y no salir hasta que se hubiera recuperado la cordura. Pero como decí­a Aute, los sueños cine son y fuera nos esperaba la vida real.

Comentábamos entre los compañeros de la crí­tica que este año parecí­a que habí­a habido más gente en las salas. Pronto conoceremos las cifras oficiales, pero ojalá esa impresión se confirme. Pero aún más, ojalá se haya creado una cierta inercia, que el resto del año la gente siga yendo al cine, que los medios hablemos de cine y no solo de taquillas, que los profesores hablen de cine en las aulas, que alguien se arriesgue los fines de semana con una pelí­cula menos comercial, que la apariencia de desierto no vuelva a ser la tónica. Por soñar…

No sé si somos conscientes. Contar con un festival de cine que aún conserva, a pesar de la competencia y de lo mucho que ha cambiado el panorama a nivel del paí­s, una buena parte de su prestigio es un capital que no se debería desperdiciar. Supongo que el Ayuntamiento, que es su principal apoyo, y el resto de los patrocinadores son conscientes de ello, pero dado lo que está pasando con otras instituciones que tendrían que ser un buque insignia de la cultura local y nuestra mejor carta de presentación en el exterior no las tengo todas conmigo.

Aquí­ somos dados a crear revoluciones para retroceder, en vez de apoyarnos en lo que tenemos para ser más grandes. Cada vez que me acuerdo de las propuestas que algún aspirante puso encima de la mesa tras la 60 edición para una Seminci ‘renovada’ y que eran vistas con simpatía por quien tení­a que decidir me dan escalofrí­os.  Por desgracia en Cultura es difí­cil avanzar, pero facilí­simo retroceder. Para lo primero, hace falta consciencia, conocimiento, un proyecto y voluntad, para lo segundo basta con un poco de frivolidad.

¿Hemos visto buen cine en este certamen? En general sí­ (hablo de la Sección Oficial, que es lo único que he podido seguir). Pero a un Festival el buen cine se le supone. ¿Hemos visto propuestas arriesgadas, lo que podrí­amos llamar cine ‘de festival’? No demasiado. El riesgo estaba muy controlado. Da la sensación de que se tiene mucho miedo y en cierta forma es comprensible. Unas declaraciones de su director, Javier Angulo, antes de comenzar esta edición en el sentido de que no había ninguna película demasiado rara o que fuera difí­cil me sonaron a eso. Y de alguna manera lo entiendo. Los balances culturales cada vez se parecen más al seguimiento del Ibex 35. Y yo en esto me he vuelto conservadora: prefiero conservar este Festival en condiciones a encontrarme el dí­a de mañana con un certamen válido para cualquier centro cívico gracias a alguna propuesta ‘innovadora’. Aunque acudan multitudes. Y esto no tiene nada que ver con el elitismo. O sí­, con el elitismo al que debe aspirar toda actividad cultural que se precie. Lo verdaderamente revolucionario y democrático sería que todo el que quisiera pudiera tener acceso en todos los sentidos a la Cultura con mayúsculas. Pero aquí­ solemos hacer el viaje al contrario: rebajar el contenido para que sea ‘popular’.

Y así­ no se puede avanzar.

(Columna publicada en el suplemento de Seminci de la edición impresa de El Norte el sábado 28 de octubre de 2017)

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Sobre el autor Angélica Tanarro
Más que un oficio, el periodismo cultural es una forma de vida. La llevo ejerciendo desde que terminé la carrera. Hace de eso algún tiempo. Me recuerdo leyendo y escribiendo desde que tengo uso de razón. La lectura es mi vocación; la escritura, una necesidad. La Cultura, una forma de estar en el mundo. Dejo poemas a medio escribir en el bolso y en todos los armarios.