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Autor: angelicatanarro
Francesa Woodman, por sí misma
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Angélica Tanarro | 20-03-2017 | 9:15| 0

Una exposición en el Patio Herreriano muestra la radicalidad  y originalidad de la fotógrafa norteamericana

 

Para apreciar las fotografías de Francesca Woodman (Denver, Colorado, 1958-Nueva York, 1981) hay que acercarse mucho a ellas. Física y mentalmente. Lo primero es cuestión de tamaño: sus fotografías son todas de pequeño formato y están llenas de detalles que se escapan no solo en la distancia sino en una mirada superficial. Lo segundo requiere una mayor explicación: sobre el significado de sus imágenes, misteriosas, oscuras, dotadas de una a veces inexplicable belleza  se ha especulado mucho. Están hechas por una mujer muy joven, que se suicidó a los 22 años, que dejó unas 800 fotografías y poco testimonios escritos sobre su arte.

Uno de los aciertos de la exposición que estos días ofrece el Patio Herreriano en Valladolid es advertir al espectador de que intente no mirar estas obras a la luz de la biografía de su autora y de su trágico final. Porque aunque es fácil vincular la soledad, incluso el dolor soterrado que transmiten algunas de las imágenes que forman parte de la exposición y, en general, de su legado, a lo que sabemos de su depresión y de su final lo cierto es que si no se supiera el dato de cómo decidió abandonar este mundo, sería más fácil analizarlas en toda su complejidad, abordando los muchos caminos que propone la artista.

Woodman se fotografió de forma obsesiva a lo largo de su corta carrera. El cuerpo femenino es asunto capital en su obra y el suyo era el que estaba siempre disponible. El cuerpo que no el rostro, que a menudo tapaba, difuminaba o escondía sobre todo en las imágenes en que aparece desnuda. La interpretación feminista de su trabajo ha sido motivo de debate. Hay quienes conectan sus planteamientos con los movimientos feministas de los setenta, pero también quien afirma que no existía la menor relación en su trabajo con cuestiones de género. Con todo, es difícil no hallar elementos reivindicativos en esas imágenes en las que la mujer desnuda no tiene rostro, que a menudo aparece vestida o desnuda en un lugar incómodo (¿incómodo o inestable como la situación de la mujer en la sociedad de su tiempo?), sucio, en las esquinas de habitaciones vacías, o en situaciones inquietantes. ‘Noviembre ha sido un barroco ligeramente incómodo’ es uno de sus misteriosos títulos en sus igualmente misteriosas composiciones. Imposible no hacer interpretaciones de género en un planteamiento que rompe con muchos estereotipos sobre la mirada al cuerpo femenino y que lo hace como en otras artistas de características opuestas pero que partieron de la misma autorreferencialidad (el caso de los autorretratos de Frida Kahlo, sin ir más lejos) desde la afirmación del yo. Aunque en su caso, haya un juego de exposición y ocultación en el mismo acto fotográfico.

Otros dos elementos tienen una especial significación en sus fotografías, por un lado las manos, como una seña de identidad, y, por otro, los espejos que establecen diálogos, consigo misma o con la imagen que de la mujer se forman los hombres: ‘Nadie puede verme como me veo yo’ o ‘Una mujer es un espejo para un hombre’ son otros dos de sus escasos títulos.

Drama

Lo que es innegable es el carácter dramático de sus exposiciones. Woodman ‘construía’ espacios inquietantes, oscuros, decadentes, en algún sentido, góticos. Una puesta en escena que le acerca a un arte conceptual y que la situaría en la vanguardia de este movimiento y que la conectarían con otras artistas que como la española Esther Ferrer, han hecho de su cuerpo un discurso fotográfico, aunque en este caso el planteamiento feminista es innegable. También son evidentes en la obra de Woodman las huellas del surrealismo. La poderosa serie ‘Sobre ser un ángel’ tiene fotografías que remiten a obras como ‘Ser andrógino’ de Remedios Varo.

Fotografías cuyo mejor destino es un libro, como vehículo para su mejor ‘degustación’. Ella era consciente e intentó que alguna editorial corriera el riesgo pero apenas consiguió una publicación en vida, y es una carencia que aún no ha sido suficientemente satisfecha. La exposición del Patio Herreriano merece más de una visita. Y sí, hay que hacer caso de la advertencia inicial. En este caso el suicidio solo nos hace preguntarnos cómo hubiera evolucionado la obra de una  artista con un mundo tan original y con tantas cosas que decir.

 

Artículo publicado en el suplemento cultural de El Norte de Castilla, La Sombra del Ciprés, el sábado 18 de marzo de 2017.

Las fotografías que lo acompañan pertenecen a la muestra del Patio Herreriano

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Cultura, nada más
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Angélica Tanarro | 25-11-2016 | 7:31| 0

Hay proyectos culturales que me devuelven la confianza en los proyectos culturales. Por muchas razones. Por ejemplo, porque saben crecer sin perder pie, sin olvidar sus objetivos, sin desvirtuarse. Lo que no quita para que puedan evolucionar, desarrollarse, en definitiva, crecer sin morir de éxito.
Pensaba en ello recientemente, en la fiesta de aniversario de la editorial La Uña Rota. Veinte años. Quién iba a decir entonces, cuando surgió como una modesta locura de cuatro amigos locos por los libros y el teatro que veinte años después no solo estaría viva sino creciendo, ocupando un lugar respetado entre las editoriales ‘diferentes’, ente las editoriales sin más. La Uña Rota encontró su sitio y los cuatro amigos que la impulsaron desde la periferia de Madrid (para añadir más dificultades, más rarezas, el proyecto partía de Segovia) no solo siguen compaginando esta labor editorial que les apasiona con los trabajos que les dan de comer, sino que ¡siguen siendo amigos! Rodrigo González, Mario Pedrazuela, Arcadio Mardomingo y Carlos Rod continúan al frente del artefacto. Juntos han conseguido un catálogo en el que figuran nombres como Angélica Liddell (atención, está a punto de salir de imprenta el último texto de la dramaturga), Juan Mayorga (a quien, entre otros títulos, publicaron su obra reunida), Rodrigo García (la edición de sus ‘Cenizas escogidas’ fue uno de los hitos del sello…) Esto por la parte teatral, pero también Herman Melville, Antonio Valdecantos, Joseph Conrad, Graham Green… siempre buscando textos con ese punto de rareza, de originalidad que conforma su personalidad. Una de sus más atractivas colecciones es la llamada Libros inútiles, donde te puedes topar con Samuel Beckett o Kenneth Goldsmith y donde el adjetivo inclasificable sería el único que podría clasificarlos.
Pero hay más locos en el mundo de la cultura, no todo va a ser precariedad intelectual o de la otra. Y cuando no se me había quitado el buen sabor de boca de la fiesta de aniversario de La Uña Rota, asisto a otra celebración que te hace creer en el futuro de la lectura. Esta vez los anfitriones eran el equipo de Páginas de Espuma, el sello editorial que desde 1999 está empeñado en elevar a la primera línea de la relevancia literaria al género del cuento. También recuerdo como si fuera hoy cuando Juan Casamayor me contó el proyecto de publicar los cuentos completos de Anton Chéjov, una aventura con la suficientes dosis de locura y riesgo para una editorial ‘independiente’. Hoy varios años (tres si contamos desde la publicación del primer tomo, más si tenemos en cuenta cuándo empezó a gestarse el proyecto) y aún más de cuatro mil páginas después, los seiscientos cuentos que hoy por hoy se pueden considerar todos los que escribió el autor ruso están en una edición en cuatro volúmenes que aportan no solo nuevas traducciones (de algunos cuentos las primeras que ven la luz en nuestro idioma) sino una visión global de su obra, de cómo la fue construyendo y cómo evolucionaba el autor con respecto a su trayectoria.
Y todo ello gracias a la labor de Paul Viejo, traductor y alma mater del proyecto, cuya pasión por la criatura te devuelve la confianza, insisto, en las empresas culturales de verdad. Porque de eso hablamos, de cultura. Nada más. Y nada menos.

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En la zona de confort. Seminci (sexta entrega)
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Angélica Tanarro | 28-10-2016 | 6:55| 0

SOBRE ‘LA PAZZA GIOGIA’ DE PAOLO VIRZI Y ‘MADRE NO HAY MÁS QUE UNA’ DE ANNA MAYLAERT

Encarando la recta final del festival, y sin esa película que nos haga vibrar en la butaca, el certamen parece haber entrado en una cierta zona de confort, donde no hay nada abiertamente desechable, pero tampoco esa película que hiciera subir la línea roja de la temperatura. Y dado que estas crónicas-críticas tienen de oficio el lado personal de quien las firma, permítanme una confesión: hay un momento para mí crucial en una película que tiene que ver con su arranque. A lo largo de estos años dejando constancia de lo que sucede en la Sección Oficial del certamen he desarrollado un cierto sentido para detectar en las primeras secuencias qué puede dar de sí un filme. Lógicamente no es una fórmula matemática, ni esa primera impresión siempre se confirma: una película, de algún modo como una novela, atraviesa fases, picos de tensión, zonas de sombra. Y todo pesa en el conjunto. Pero esos minutos iniciales –que a veces incluso coinciden con los primeros créditos– hablan mucho para bien y para mal de lo que vendrá después.
Los minutos iniciales de ‘La pazza giogia’ me parecieron impostados, algo artificiales y en ese tono continuó para mí la película toda. Sin acabar de creerme esa especie de amable y avanzado psiquiátrico, ni el personaje de Beatrice –a pesar de que se lo echa sobre los hombros una personalidad fuerte como la de Valeria Bruni Tedeschi– ni el equipo médico habitual.
La firma Paolo Virzi (Livorno, Italia, 1964), autor que se estrena en Seminci y del que en España hemos visto al menos una película de gratísimo recuerdo, ‘Caterina se va a Roma’, mucho más redonda que ésta. Al contrario de lo que sucede con ‘La pazza giogia’ o ‘Locas de alegría’ (escojan el título que prefieran), que se agota en los primeros comentarios del café, ‘Caterina se va a Roma’ se quedaba contigo un tiempo. La ambientación, los personajes, la historia… como ocurre en las buenas novelas, cuyos protagonistas vivirán contigo un tiempo después de la palabra fin. La presencia de Virzi en el festival puede servir para intentar recuperar este logrado título.
Identidad
Algo subió el tono de la mañana la brasileña ‘Madre no hay más que una’ de otra debutante en Valladolid, Anna Muylaert, que confesaba en la rueda de prensa posterior a la proyección, que solo un psicoanalista podría aclarar su fijación con el tema de la madre como personaje en una obra de creación. Su anterior filme se titulaba ‘La segunda madre’. Las madres que aparecen en el filme que compite en la Sección Oficial del festival han perdido a su hijo porque otra mujer se lo ha robado. Aunque está basada en un caso real, a Muylaert no le interesa tanto hablar del robo de niños, como de la difícil construcción de la identidad en los adolescentes, máxime cuando, a las dudas habituales a esta edad se suma el trauma de comprobar que han vivido una vida engañada, que ni siquiera su nombre fue el nombre que sus padres le dieron cuando llegaron al mundo.
Así Pierre, un muchacho de indefinida sexualidad, que toca en un conjunto de rock, que se pinta las uñas y le gusta la ropa de mujer, que tiene relaciones por igual con chicos y con chicas, tiene que convertirse en Felipe, y acomodarse a una familia burguesa, separarse de las que hasta ese momento creía su madre y su hermana y convivir con un hermano ‘verdadero’ al que nada le une.
El tema es enorme y la película tiene buenos momentos, sobre todo cuando la cámara se aproxima a Pierre, a su silenciosa rebeldía, a su perplejidad, pero el guion falla a la hora de afrontar el cambio traumático hacia la nueva familia.
Los padres verdaderos son tan torpes en su afán por no volverlo a perder y en su incapacidad para acercarse a su hijo desde una postura dialogante que resultan poco verosímiles, por falta de matices. Igual que los padres verdaderos de la hermana con la que ha convivido siempre (también robada) cuya fugaz presencia en el filme también está dibujada a trazo grueso.

(Fotogramas de ‘La pazza giogia’ y ‘Madre no hay más que una’

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Oriente próximo y lejano. Seminci (quinta entrega)
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Angélica Tanarro | 27-10-2016 | 7:50| 0

SOBRE ‘HEDI’, ‘THE SALESMAN’ Y ‘MARAVILLOSA FAMILIA DE TOKIO’

 

‘Hedi’, opera prima del tunecino Mohamed Ben Attia, es una película pequeña en más de un sentido que se ha colado en la Sección Oficial del Festival, aunque quizá no sea este su sitio más adecuado. Las primaveras árabes (habría que repensar un término que ha quedado invalidado con el tiempo) han puesto el foco en el Magreb y en Oriente Próximo, y por tanto en sus cinematografías, pero más allá de que la película esté ambientada en Túnez, que no es mucho más que un decorado secundario, y comprobar cómo este país ya antes de esos acontecimientos era de los más avanzados de la región, poco aporta una historia bien contada pero sin más oropeles. Quizá Punto de Encuentro hubiera sido un lugar más adecuado.

La historia de un joven absolutamente dominado por su madre a punto de casarse y al que se le cruza una joven vitalista con la que inicia una relación que le hará replantearse su futuro no da para mucho. Si acaso para comprobar que el yugo familiar a menudo atenaza tanto a hombres como a mujeres, como bien se encarga de demostrar este año la Sección Oficial del certamen. Buena interpretación de su protagonista, Majd Mastoura, que se hizo con el Oso de Plata al mejor actor en la última Berlinale.
Referencia teatral
Mucho más peso tiene, sin duda, ‘Forushande’ (‘The salesman’), avalada por la firma de Asghar Farhadi, autor de la excelente y multipremiada ‘Una separación’. Farhadi se estrena en Seminci con una película que no pasó desapercibida en el último festival de Cannes. En ella, de nuevo una joven pareja se tambalea por un acontecimiento inesperado en sus vidas. El título hace referencia –referencia un poco traída por los pelos, todo hay que decirlo– al hecho de que la pareja representa en un teatro ‘Muerte de un viajante’ de Arthur Miller. Farhadi no abandonará esta referencia teatral a lo largo del filme, lo que no aporta gran cosa al guión, aunque sí a la construcción de algunos planos muy bellos, pictóricamente bellos.

La historia, que se sigue con interés, (vemos las clases de él, profesor de literatura además de actor, conocemos a sus alumnos, asistimos al trauma de ella que apenas puede seguir con su rutina en el escenario tras el accidente en su casa) naufraga un tanto al final cuando el director abandona lo que ha sido hasta ese momento el punto central de su película, la relación entre los dos miembros de la pareja protagonista, y se detiene a resolver con acento de thriller el suceso no del todo aclarado que ha interrumpido sus vidas. A pesar de eso, el guion convenció en Cannes donde ganó el premio de su categoría. Como también obtuvo premio (este más lógico a mi parecer) la interpretación de Shahab Hoseini y su rotunda presencia en el film.
Mejor, el drama
Después de ver ‘Maravillosa familia de Tokio’ habría que afirmar sin dudar que a Yoji Yamada se le da mejor el drama que la comedia. No vamos a descubrir aquí el talento del director japonés, que además regresa al festival vallisoletano inmediatamente después de conseguir en 2013 su primera Espiga de Oro por la deliciosa ‘Una familia de Tokio’. Yamada vuelve al tema de la familia, como vuelve al homenaje a su maestro Ozu, referencia que se ha convertido en una constante en su filmografía, y lo hace en tono de comedia, una comedia paródica, más entroncada en la comedia clásica americana que en la tradición oriental.
Tres generaciones viven bajo el mismo techo. La historia arranca el día del cumpleaños de la abuela, casada con un personaje antipático y bebedor que pasa más tiempo en la taberna de una amiga que en su propio hogar. Cuando al llegar a casa su mujer le reprocha que se haya olvidado de su cumpleaños, él, para quedar bien, le pregunta qué regalo quiere que le haga. Y ella contesta poniendo en sus manos un formulario de divorcio. Comedia llena de diálogos, que se desarrolla casi por completo en la casa familiar donde padres e hijos hablan sin parar y construyen situaciones que quieren ser hilarantes, aunque apenas conectaron con quien esto suscribe.
Yamada es desde luego un cineasta solvente, que construye imágenes de gran belleza (tanto el interior del bar como las distintas habitaciones de la casa familiar son escenarios sumamente elegantes y merece la pena detenerse en la estética de los planos ya que la historia ofrece poco donde agarrarse).
Al final, cambia el tono de comedia por un final melodramático que en cualquier caso no consigue levantar una película decididamente menor.

(Fotogramas de ‘Hedi’, ‘The salesman’ y ‘Maravillosa familia de Tokio’)

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Mujeres en lucha por su lugar en el mundo. Seminci (cuarta entrega)
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Angélica Tanarro | 26-10-2016 | 8:46| 0

SOBRE ‘DOÑA CLARA’, LA MADRE’ E ‘HIJA’

Hay muchos sonidos y mucha música en ‘Aquarius’, el filme del brasileño Kebler Mendonça Filho, director que se estrena en el festival con su segundo largometraje. Uno de esos sonidos se ha perdido en la mayoría de los hogares con discoteca: el crepitar de la aguja del tocadiscos sobre el disco de vinilo, eso que en la radio se solía llamar ‘fritura’. Se oye el crepitar de la aguja en la casa de Doña Clara una mujer que conserva sus vinilos no como piezas de museo, sino como la forma habitual de reproducir música por encima de los nuevos sistemas y esto, que puede parecer una anécdota dentro del filme, es una metáfora sobre otras cosas del pasado que pueden desaparecer de su vida, la más importante de todas su casa, la que vio crecer a sus tres hijos y en la que trata de llevar una vida tranquila, una vez que ha cruzado la frontera de los sesenta. En una sociedad que sigue mirando a las mujeres con extrañeza sobre todo si se salen de los estrechos cánones que tienen adjudicados a partir de una edad, Doña Clara (una espléndida y bella Sonia Braga, lógica candidata a un premio de interpretación por su rotunda presencia ante la cámara) pasa por ser una excéntrica, quizá porque se niega a morir socialmente hablando antes de tiempo. Si no la mató un cáncer de mama que sufrió cuando se encontraba en la treintena, no está dispuesta a que la maten ahora los prejuicios o las presiones de constructores sin escrúpulos. Y esa extrañeza afecta también a sus propios hijos, en especial a su hija, que no entiende que no acepte una sustanciosa oferta económica por su casa que la liberaría de la presión de una todopoderosa promotora inmobiliaria que quiere cambiar el amable edificio de apartamentos del que forma parte su piso por una de esas inmensas torres que ponen un muro en el litoral marítimo de tantas, antes hermosas, playas del mundo.
Y aunque la resistencia a este abandono sea el hilo conductor de la narración no deben escapársele al espectador avisado otras muchas cosas que la sensibilidad del director está poniendo sobre la mesa y que tienen que ver, lo he dicho ya, con el papel de la mujer en la sociedad. Mujer es la tía Lucía cuyo cumpleaños se celebra en el arranque de la película. Mujeres son las amigas de Clara, todas ellas en esa edad difícil en que la mujer empieza a ser invisible para el sexo opuesto, mujer es la sirvienta a la que vemos también en una celebración familiar. Ellas y los detalles del guion sostienen la película. Un producto bastante bien acabado. Dura dos horas y veinte minutos pero el buen hacer de Mendonça hace que se pasen sin sentir.
Sometidas
La situación de la mujer también es protagonista en la muy sólida película del iraní Reza Mirkarimi. ‘Hija’ plantea la falta de libertad de las mujeres en el mundo árabe ejemplificada en una joven estudiante a punto de entrar en la universidad a cuyo autoritario padre ni siquiera se atreve a decir que ha sido admitida en un máster que supondría tener que trasladarse a otra ciudad para seguir sus estudios.
No obstante la joven Setareh se atreve a pedirle permiso para asistir en Teherán a la fiesta de despedida de una compañera. Esta vez no se conformará con la esperada negativa, y viajará a la capital sin que lo sepan sus padres. El tiempo complica su escapada lo que desencadenará un conflicto familiar que desvelará antiguas rencillas y secretos.
Mirkarimi, cuyas películas han sido premiadas en Cannes y en Moscú, demuestra aquí su habilidad para contar historias. Lo hace subrayando el drama en su justa medida, humanizando al máximo a todos sus personajes, incluido el autoritario cabeza de familia y mostrando en una inteligente secuencia final por qué es tan difícil salir de las situaciones opresoras, sobre todo cuando se producen en el seno de la familia.
Destaca la interpretación de Farhad Aslani. Sobre sus hombros, el rol de padre autoritario y cuadriculado que avanza hacia la perplejidad ante un mundo que se le escapa de las manos. Perplejidad perfectamente mantenida en primer plano por el actor.
Incierto futuro
Miguel tiene catorce años y una madre inestable, sin trabajo e incapaz de ocuparse de él. Miguel tiene un raro sentido común para su edad, consecuencia lógica de haber tenido que madurar antes de tiempo. Miguel tiene también ante sí un incierto futuro y la amenaza de ingreso en un Centro de Menores, un lugar que ya ha conocido y al que desearía no tener que volver. Morais cierra con ‘La madre’ su trilogía sobre el abandono. Confieso no haber visto las dos anteriores y haberme estrenado ahora en la cinematografía del premiado director vallisoletano. Y lo he hecho con agrado.

Su elección de contar la historia no desde la rebeldía adolescente, sino desde la mirada de un chaval extrañamente responsable y en principio poco dispuesto a odiar un mundo que tan poco amable se muestra con él es un riesgo del que sale airoso. Ha encontrado además a un adolescente en su primer papel importante que ha sabido responderle con solvencia. Morais rueda escuetamente, con los mínimos elementos expresivos no solo por lo que a la cámara se refiere, también en cuanto a los diálogos. Aunque él prefiere hablar de Chaplin o de Rossellini como referentes, parece claro que Morais ha aprendido de Loach y de los Dardenne, aunque en ‘La madre’ el director parece evitar al espectador la tensión que suele dominar tanto en el británico como en los belgas.

 

(Fotogramas de ‘Doña Clara’, ‘Hija’ y ‘La madre’)

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Sobre el autor Angélica Tanarro
Soy jefa de Cultura en El Norte de Castilla. En mis ratos libres (pocos) solía escribir y hasta encontraba editor. Ahora he cambiado los versos (libres o no) por alumnos de Periodismo. Mi verdadera vocación es la lectura.