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Autor: angelicatanarro
Consagrados tranquilos, debutantes con riesgos
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Angélica Tanarro | 25-10-2016 | 4:12| 0

SOBRE ‘TIERRA DE DIOSES’ DE GORAN PASKALJEVIC, ‘EL REY DE LOS BELGAS’ DE BROSSENS Y WOODWORTH Y ‘LA CIÉNAGA’ DE CRUZ Y CASTILLO

 

Decía Goran Paskaljevic en la rueda de prensa posterior al pase de prensa de ‘Dev Bhoomi’ (Tierra de dioses) que creía que esta era su película más personal. Y eso a pesar de haber dejado su paisaje habitual, los Balcanes, para contar una historia en el Himalaya. Dejando a un lado que el lugar no ti

ene por qué condicionar si un filme es más o menos cercano a la personalidad cinematográfica de su autor, lo cierto es que es difícil encontrar en esta película las claves del cine del director serbio.

Ni la gracia, ni la fuerza, ni la originalidad de propuestas como ‘La otra América’, ‘Los optimistas’ o ‘Lunas de miel’ están en esta historia de prejuicios de castas y de cómo la tradición una vez más ejerce su violencia sobre los individuos y les impide desarrollar la vida a su manera, asunto mil veces tratado al que no aporta nada diferente. Película más que correcta, como es de esperar en un autor como Paskaljevic, bien filmada, que incluso se ve con agrado, aunque todo el tiempo se espera algo más, una fuerza que no llega. El director serbio se acerca en este filme a la espiritualidad que emana la filosofía del poeta Rabrindanath Tagore, y hace, partiendo de sus versos, un canto a la esperanza, si bien durante el encuentro con los periodistas eludió responder a la pregunta de si la consideraba su película más espiritual. ‘Tierra de dioses’ ofrece la belleza de ese enclave indio con sus infinitas montañas, gracias a la fotografía de Milan Spasic, pero no quedará entre los muchos títulos importantes del director fetiche de Seminci.

Rutina

No hubo suerte con ‘El rey de los belgas’. Peter Brosens y Jessica Woodworth venían avalados por el buen sabor de boca que en la edición de 2012 había dejado su película ‘La quinta estación’. Lo que en ella era riesgo, crítica sin panfleto con tintes surrealistas y una propuesta distinta (lo que en un festival de estas características debería ser casi obligatorio) aquí se convierte en rutina y en un querer y no poder desde un guión indefinido, lleno de altibajos, con momentos logrados sí, con gags que mueven a la carcajada pero que no son suficientes para sostener un filme que se hace eterno y en el que casi lo mejor es la elección de los temas de su banda sonora cargados todos de intención ‘europeísta’. De fondo, el tema del resurgimiento de los nacionalismos y el cuestionamiento de las monarquías en un tono de parodia que hubiera dado para mucho más.

Riesgos

Más interesante por lo que arriesga me pareció la tercera propuesta del día, ‘La ciénaga. Entre el mar y la tierra’, debut de los colombianos Manolo Cruz y Carlos del Castillo. Lo que en principio iba a ser un corto ambientado en un lugar pantanoso próximo al Caribe donde viven personas en una situación de extrema pobreza se convirtió en un largometraje –gracias en parte al micromecenazgo puesto en marcha por el tándem de dirección y producción— en el que el protagonista sufre una enfermedad degenerativa muscular llamada distonía. La película tiene defectos como cabe esperar en una opera prima, pero es en primer lugar una historia que merece la pena contarse.

El protagonista es Alberto, un joven 28 años atrapado en un cuerpo enfermo y en unas condiciones de vida muy duras. Su madre, una mujer viuda que ha centrado su vida en su cuidado hasta el punto de no ver con buenos ojos a quien intente acercarse a la razón de su existencia aunque sea con intención de ayudar, y una amiga de la infancia son sus únicas compañías. Alberto sueña con ver el mar, lo que para un paciente con una economía siquiera digna no tendría mayores dificultades para él se trata de una empresa casi imposible. La acción transcurre al 90% en la paupérrima chabola, palafito para hablar con propiedad, que madre e hijo comparten en la ciénaga que da título al filme y la cámara está siempre cerca de ambos, a veces incluso demasiado.

A pesar de lo duro de la historia su desarrollo elude igualmente bien tanto el tremendismo como el ternurismo. Lástima de esos innecesarios subrayados musicales de los momentos en que el protagonista sueña con disfrutar del mar en un cuerpo sano y que recuerdan demasiado a los episodios análogos de ‘Mar adentro’, de Alejandro Amenábar. Además de estar peor resueltos bajan el buen tono de la película. Por cierto que esos momentos musicales no son el único paralelismo con la historia de Ramón Sampedro. Con todo, en ‘La ciénaga’ encuentro madera de cineastas. Habrá que estar atentos a sus próximos trabajos.

(Fotogramas de ‘Tierra de dioses’ y ‘El rey de los belgas’)’

 

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Cine realidad y algo de humor
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Angélica Tanarro | 24-10-2016 | 3:57| 0

SOBRE ‘LES INNOCENTES’, ‘ANATOMÍA DE LA VIOLENCIA Y ‘EL CIUDADANO ILUSTRE’

La organización del Festival concentró en una misma jornada en Sección Oficial dos películas muy distintas entre sí, pero con el tema de fondo de la violencia contra las mujeres. ‘Las inocentes’, ambientada en Polonia recién acabadala SegundaGuerraMundial, y ‘Anatomía de la violencia’, el filme con el que la directora india Deepah Mehta quiere entrar en las causas de las frecuentes violaciones de mujeres que desgraciadamente forman parte de la cotidianidad de la vida en su país. Entre una y otra se pudo ver una comedia, la argentina ‘Un ciudadano ilustre’, cuyo protagonista venía avalado porla CopaVolpial Mejor Actor conseguida en el último festival de Venecia.

El principal mérito de ‘Las inocentes’ es poner el foco en un asunto del que se suele pasar de puntillas en las crónicas acerca dela SegundaGuerraMundial: las terribles violaciones por parte de los vencedores hacia las mujeres de los territorios que iban liberando del yugo nazi. La directora luxemburguesa Anne Fontaine centra la acción en un convento de monjas en Varsovia, en el mes de diciembre de 1945, donde una de las religiosas está en grave peligro por causa de un embarazo que se ha complicado a última hora. Una novicia, en contra de las reglas estrictas del convento, decide pedir ayuda y la encuentra en Mathilde, una joven médica francesa que trabaja parala CruzRoja.Cuando Matilde llega al convento descubre que el embarazo de la religiosa no es un caso aislado: las monjas fueron objeto de repetidas violaciones por soldados rusos.

La película, contada con destreza, recorre el proceso por el cual unas mujeres que jamás se habían pensado a sí mismas como madres tienen que aceptar lo inevitable, y aceptarlo además en circunstancias extremas, sin una atención médica adecuada y en estado de shock, algunas no superarán el trauma y otras verás tambalearse su fe. Quizá por lo duro del tema y lo arriesgado de su tratamiento Fontaine ha puesto tanto cuidado en no caer en el tremendismo que la película resulta en ocasiones excesivamente neutra, distante, incluso excesivamente larga, lo que no le quita el mérito de ser un testimonio necesario.

Como lo sería también ‘Anatomía de la violencia’. Deepa Mehta ha optado en esta ocasión por afrontar el tema de la violencia contra la mujer desde el punto de vista del violador. Mehta, habitual también en Seminci y de la que el año pasado se proyectó su anterior filme, ‘Beeba boys’, se pregunta ¿qué convierte a un hombre capaz de un acto tan execrable en un monstruo?, ¿qué grado de responsabilidad social hay en el asunto? La directora utiliza el tono de reportaje, y una cámara inquieta hasta la saciedad, para remontarse a la infancia de los violadores de una joven en un autobús de pasajeros en Nueva Delhi en 2012.

Un grupo de actores ya adultos interpretan a los violadores tanto en su infancia de pobreza y  abusos por parte de sus mayores como en el momento de los hechos, lo que aporta originalidad al planteamiento, aunque no compensa la confusión general del relato, que se hace pesado y apenas deja al espectador la oportunidad de implicarse plenamente. Aun con todo, el filme quizá más por el riesgo asumido por una directora que nunca elude los temas más espinosos de nuestra sociedad, fue aplaudido por un sector del público.

Entre uno y otro drama se intercaló ‘Un ciudadano ilustre’, la película de los argentinos Gastón Duprat y Mariano Cohn, una buena oportunidad para la risa. Dicen que los argentinos tienen la buena cualidad de saberse reír de sí mismos. Duprat y Cohn tienen buenos maestros si pensamos en Campanella, Subiela o el mismo Burman aunque sus historias sean universales. Porque lo que le sucede al premio Nobel de Literatura Daniel Mantovani, un tipo en líneas generales arrogante y desagradable que mira el mundo desde el pedestal no ya de su premio sino del alto concepto que tiene de su inteligencia, podría pasarle a cualquier escritor u artista encantado de conocerse en cualquier parte del mundo. Pero sucede en Salas, una localidad de la provincia de Buenos Aires de la que es oriundo el protagonista y a la que no ha vuelto jamás desde que saliera hacia Europa persiguiendo el sueño de ser escritor. Él, que rechaza decenas de compromisos rutilantes en todas partes del mundo, decide en un impulso –quizá movido por la nostalgia a la que todo el mundo, hasta él mismo, puede sucumbir en un momento dado— aceptar la invitación de la municipalidad de Salas, que ha decidido otorgarle la distinción de ‘Ciudadano Ilustre’. Inicia así un viaje que lejos de convertirse en un entrañable reencuentro acaba siendo una pesadilla que a punto está de costarle la vida. Y de la que, ‘lógicamente’ saldrá una novela.

Duprat y Cohn dibujan con esperpéntica maestría unos personajes hilarantes con los que muestran esa capa de roña que deja en la piel tanto la vanidad como la envida y el complejo de inferioridad. Y lo hacen sin dejar títere con cabeza. Óscar Martínez aprovecha la oportunidad y se luce a gusto con un personaje antipático con el que sin embargo es posible empatizar y al que sabe sacar, cuando así lo exige el guión, el ser humano que, con todo, lleva dentro. Si hay que ponerle un pero a la película sería un final demasiado explicativo que no casa con el tono del resto de la historia.

Fotogramas de ‘Les Innocentes’, ‘Anatomía de la violencia’ y ‘El ciudadano ilustre’

 

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El cine y la furia
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Angélica Tanarro | 23-10-2016 | 10:39| 0

Comienzo aquí mis crónicas sobre la Sección Oficial de la 61 Seminci

SOBRE ‘LAS FURIAS’ Y ‘CLASH’

Meter a una familia entre cuyos miembros pesan ya los desencuentros y los rencores soterrados en un lugar apartado de su residencia habitual y dejar que se desaten las furias internas –contenidas a veces a lo largo de los años— con más o menos virulencia es un asunto que ha dado siempre mucho juego tanto en cine como en teatro. Aquí, sin ir más lejos, tenemos a una directora que arriesgó en su debut cinematográfico con tan espinoso asunto y salió airosa. Mar Coll ganó premios, entre ellos el Goya a la mejor dirección novel, con ‘Tres días en la familia’. Coll volvería al tema familiar con ‘Todos querían lo mejor para ella’, película que inauguróla Semincide 2013, demostrando una vez más su buen pulso en la dirección.

Pero vamos a lo que nos ocupa. Miguel del Arco también ha arriesgado con el tema en su debut cinematográfico. No vamos a descubrir aquí el talento de este dramaturgo para la dirección teatral.  ‘La función por hacer’, ‘La violación de Lucrecia’, ‘Hamlet’… se cuentan entre sus éxitos como director. El cine lo conocía desde dentro en sus inicios como actor (‘Morirás en Chafarinas’, ‘Boca a boca’…) pero dirigir cine y sobre todo llevar a un buen puerto un guion complicado es un asunto muy distinto.

Del Arco contaba con algunos elementos interesantes: la historia de una familia en la que hace tiempo se ha instalado la incomunicación (‘hablar es muy difícil’ es uno de los leit motiv del filme) y en la que sus miembros se guardan entre sí rencores antiguos. Un padre actor ya retirado y enfermo, una madre psiquiatra que ha empezado una nueva vida de la que sus tres hijos solo tienen conocimiento a medias y una nieta aquejada de una enfermedad mental, a la que unos padres desnortados no ayudan precisamente.

Una bomba de relojería que empieza la cuenta atrás para el estallido cuando la madre anuncia que va a vender la casa solariega de la familia, lo que motiva la reunión de todos sus miembros en el que parece será el último fin de semana  en un lugar que es el referente de la infancia de los tres hermanos.

Drama lleno de símbolos (desde los nombres de referencias mitológicas de los hijos: Cassandra, Héctor y Aquiles) y metáforas como la enfermedad de la nieta que en el encierro al que le obligan sus circunstancias trata de aportar algo de lucidez al entorno, entre crisis psicótica.

La película empieza a despeñarse hacia la tragedia que no es (las claves son necesariamente distintas aunque Del Arco juegue continuamente con ese referente) casi desde la llegada de la familia a la casa de verano. El director introduce una serie de secuencias a modo de cuadros escénicos, tan con calzador (la escena de la violación, el juego de los hermanos que acaba en pelea) que no solo no aportan nada al desarrollo del filme sino que lastran su ritmo y desarrollo. Un reparto muy solvente no puede con los fallos estructurales de la película. Ni la contención de Sampietro y Lennie, ni la profesionalidad de Carmen Machi, ni la corrección del resto pueden sostenerlos.

Película fallida a pesar de contar con buenos elementos por separado que el final subraya innecesariamene un mensaje que hubiera sido digno de mejor causa: que un cuerpo enfermo, y aquí ese cuerpo es una familia entera, siempre va a luchar por la vida. Tampoco se entiende, salvo si miramos la alfombra roja, el lugar que ha ocupado en la programación.

 

En guerra

Más interesante tanto como ejercicio fílmico como por el riesgo que asume el claustrofóbico planteamiento fue la propuesta del egipcio Mohamed Diab. Cuatro años preparando un proyecto sobre el fracaso dela Revoluciónegipcia de 2011 en la que él estuvo estrechamente comprometido. La acción se sitúa en 2013 tras la caída del presidente islamista Morsi. Durante una manifestación la policía detiene y encierra a un grupo de personas en un furgón. El grupo no puede ser más heterogéneo, dos periodistas ocasionales en plena faena, un grupo de Hermanos Musulmanes, gente no adscrita en principio a ningún grupo, todo el espectro posible de la población representado en un grupo humano condenado a convivir horas y horas sin agua ni comida, sin la posibilidad siquiera de hacer sus necesidades dignamente. Heridos por las piedras y las balas, asfixiados por los gases lacrimógenos. La furia y el absurdo de la guerra reproducidos fuera y dentro del furgón. También a veces la empatía y la pequeña solidaridad del que está a punto de perderlo todo. Violencia interna y externa rodadas cámara en mano en una incómoda pero necesaria y rigurosa visión.

 

(Publicada en la edición de El Norte de Castilla del domingo 23 de octubre de 2016)

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Así no…
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Angélica Tanarro | 03-06-2016 | 8:34| 0

Javier Angulo seguirá al frente de la Seminci. Al menos por este año. Pero la decisión del consejo rector del festival de apostar, al menos momentáneamente, por la continuidad no cierra por desgracia la crisis abierta en el seno de la convocatoria cultural más importante de Valladolid, la de mayor reflejo en el exterior y la que aparece en primer lugar de toda Castilla y León en la encuesta nacional del Observatorio de la Cultura (que sitúa al certamen en el segundo lugar de su género detrás del de San Sebastián). Por el contrario, todos los mensajes que llegan desde el Ayuntamiento, principal patrocinador del certamen, no dejan sino lugar a la preocupación.

Para empezar, la crisis se abrió con prisas, en un momento de lo más inadecuado –cuando se acababa de cerrar con éxito una edición conmemorativa– y basada en una presunta necesidad de dar un cambio al Festival. Lo que parece estar en el fondo de esta situación, si nos atenemos a los votos del tribunal, es que Angulo no cuenta con la confianza de los socios del Psoe en el gobierno municipal: Valladolid toma la palabra y Sí se puede. Y por razones que no se han explicado. Y esa oposición es la que no pueden o no saben contrarrestar los socialistas que sí le apoyan, respaldados en este caso por el PP y la Federación de Vecinos. De esa división nacen los mensajes de la concejala de Cultura, Ana Redondo, en el sentido de que el Festival necesita abrir un periodo de innovación. Supongamos que así fuera, pero ¿hacia adónde? ¿Qué entiende el equipo de gobierno por innovación? Eso es lo que no está claro, eso es lo que no se explica y explicarlo sí sería transparencia. Porque, dado que actualmente el certamen ha conseguido mantener su prestigio, habría que suponer que la innovación debería ir en el sentido de superar el actual estado de cosas. Mejorar los contenidos desde una programación más exigente, más apertura hacia nuevos públicos (aspecto este, por cierto, en el que se trabaja desde el acceso de Angulo) y mayor presencia de actores y directores de primera fila. Pero esto cuesta dinero y este sí parece ser un problema más urgente para el certamen y del que no se habla: la necesidad de encontrar patrocinios privados que permitan mantener dicho nivel.
Ahora bien, si, como hemos escuchado, lo revolucionario es hacer galas de apertura en la calle (populismos, los justos, por favor, que hablamos de un festival consolidado) o mirar al cine asiático (¿alguien sabe lo que es esto? Porque películas procedentes de ese continente hemos visto en Seminci hasta la saciedad y desde hace mucho) entonces, como dice el refrán castizo, «apaga y vámonos».
Por no hablar de la falta de sentido común y elegancia que han presidido el proceso desde que se convocó el concurso hasta la fecha y que ha puesto en una situación más que desairada a un director con el que se puede no estar de acuerdo pero que no merecía ese trato. La imagen de Angulo a la espera de ser recibido por el tribunal rodeado de periodistas es lamentable. Esta forma de hacer las cosas solo perjudica a la Seminci.
No se debe confundir transparencia con atolondramiento político. Ni el que hasta ahora no haya habido concurso público con que no se buscaran profesionales aptos y de prestigio para la dirección cuyo nombramiento era aprobado por un patronato. No se puede poner en entredicho la profesionalidad de los anteriores directores del certamen. La Seminci es material cultural sensible y de primera magnitud y un excelente escaparate de la ciudad y de la región. Como tal, debe tratarse.

(Publicada en mi columna ‘Días nublados’ en la edición impresa de El Norte, el jueves 9 de junio de 2016)

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Honrar a Cervantes
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Angélica Tanarro | 07-04-2016 | 7:54| 0

Siento mucho tener que estar de acuerdo con el director del Instituto Cervantes, Víctor García de la Concha –desde el martes también doctor honoris causa por Salamanca– en la falta de previsión que a nivel oficial se ha demostrado en el asunto del Centenario de Cervantes. El hecho de que, además, coincida con el de Shakespeare hace inevitables las odiosas comparaciones y la envidia de ver cómo en otros lugares la conmemoración tiene no solo más brillo, sino la contundencia de las cosas pensadas con tiempo. Como siempre, serán los homenajes más pequeños, las iniciativas particulares –este medio se sumará con actividades para todo tipo de públicos–las que salven la cara a la oficialidad.
Personalmente desconfío de estas macro celebraciones porque, parafraseando a uno de los dos homenajeados, suelen encerrar más ruido que nueces. Y mucho más desde que la cultura se contagió del frenesí de las cifras y cada euro que invierten las instituciones públicas tiene que multiplicarse en ‘impactos’, que es como llamamos ahora a las noticias o mini noticias que aparecen en los medios y en las redes sobre cualquier evento que se precie. Impactos, visitantes, espectadores, concurrentes… Qué vértigo!
Con esto no quiero decir que no tengan sentido los actos en los que colectivamente se celebre la grandeza de su obra, pues si de ahí se deriva algún nuevo lector, el objetivo estará cumplido. Esa será su proyección de futuro, que es la verdadera sustancia del asunto.
Pero, o mucho me equivoco, o cuando se haga balance desde los organismos oficiales del éxito de la conmemoración (ahora jamás se reconoce no ya un fracaso, sino ni siquiera una grisura, con lo cual los verdaderos éxitos pierden sentido y los balances se podrían escribir con antelación), se hable de eso, de impactos y no de si la celebración ha servido para abrir nuevas líneas de investigación, o impulsar ediciones críticas etc… Sería bonito saber cuántos nuevos lectores de Cervantes nos dejará la celebración, cuánta gente se acercará por primera vez a la novela de todas las novelas animados por la fecha y sin necesidad de traducciones absurdas al lenguaje actual (a cual, por cierto ¿al insufrible en castellano de Internet?) que solo suponen el falseamiento del verdadero sentido de la obra.
Pero a mí se me ocurre otra gran celebración. Una muy difícil, lo reconozco, pero barata celebración. Sería la de poner todos nuestro granito de arena para demostrar verdadero amor por el idioma que él honró, y hablarlo y escribirlo correctamente. Sabíamos que el castellano o el español (no entro ahora en eso) estaba perdiendo la batalla de la ciencia por razones que a nadie se le ocultan, pero ahora sabemos que también está prediendo la de la publicidad, el arte, la moda, el petardeo y no digamos la de Internet y las redes sociales, donde una jerga a menudo ininteligible para cualquier no nativo digital no solo castiga al idioma de Cervantes en favor del inglés, sino que también machaca éste con términos absurdos. Es una lástima y ruboriza la insensibilidad de quienes podrían hacer algo para evitarlo, algo más que alabar en falso el genio del inventor del Quijote.
Perdonen el desahogo, Pero es que ayer mismo oí el término ‘spamear’ y aún no me he repuesto del ‘impacto’.

(Publicada en la edición impresa de El Norte de Castilla, en mi columna ‘Días nublados’)

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Sobre el autor Angélica Tanarro
Soy jefa de Cultura en El Norte de Castilla. En mis ratos libres (pocos) solía escribir y hasta encontraba editor. Ahora he cambiado los versos (libres o no) por alumnos de Periodismo. Mi verdadera vocación es la lectura.