img
Categoría: Acción social
Cifras

Solemos admitir que las cifras son frías como témpanos. Y en cierta forma es verdad. No consigo emocionarme con los resultados de la bolsa, y si alguna emoción me amenaza cuando los índices del Ibex 35 y demás aparecen en mi horizonte informativo, suele ser el enfado (léase cabreo) pues normalmente surgen en algún contexto del que es imposible sustraer el hecho de que las cosas no van tan bien como nos venden (o intentan) nuestros gobernantes.
Las cifras son frías y en periodismo lo sabemos bien. Cuando una catástrofe natural satura los titulares con dígitos imposibles, por muy espeluznante que sea el número de muertos o damnificados, no hay nada como ponerles nombre, cara, una breve historia, para que la frialdad mute en congoja y sea imposible no sentir empatía.
Pero hay cifras que no necesitan ni nombres ni contexto para ser espeluznantes. Y recientemente las noticias nos las dejan encima de la mesa, sepultadas estos días por el run run político, las puntuales reseñas de pactos y cambios en las instituciones, las tomas de posesión, las crisis que no son, el me voy pero poco y demás acontecimientos.
Por eso, para que no se olviden en ese torrente de información, rescato algunas de estos días:

Más de 29.000 mujeres fueron víctimas de violencia machista en el primer trimestre de 2015. Repitan conmigo hoy que aún está caliente el cadáver de la última víctima: ‘Más de 29.000’. Hablamos de España y de un trimestre. De un país moderno que ayer celebraba el 30 aniversario de su incorporación a la UE, de un país democrático, desarrollado… 29.000 mujeres sometidas a algún episodio violento, físico o psíquico, a algún acto vejatorio por el hecho de ser mujeres. Y los datos son del Observatorio Judicial contra la Violencia Doméstica y de Género. ¿Qué es lo que está fallando?
****
Uno de cada cinco españoles vive por debajo del umbral de la pobreza. Uno de cada cinco. El asunto empeora a medida que baja la edad del ciudadano. Más de uno de cada cuatro niños residentes en España está en riesgo de pobreza según los datos de la Encuesta de Condiciones de Vida, difundida por el Instituto Nacional de Estadística. Uno de cada cuatro niños. Según Unicef, en 2013 vivían en España por debajo de ese umbral 2.306.000 niños. ¿Qué estamos haciendo mal?
****
El número de ricos crece el 40% en España desde 2008, es decir, desde que empezó la crisis económica. Solo en el año 2014 el número de personas con altos patrimonios subió el 10% hasta situarse en 178.000. En este caso la fuente es un estudio de Capgemini y el Royal Bank de Canadá que considera ricas a las personas que tienen un millón de dólares sin contar el valor de la vivienda y los bienes consumibles. En su informe anual sobre la riqueza en el mundo alerta del aumento de la brecha entre ricos y pobres en España. ¿Qué estamos dejando a nuestros gobernantes que hagan mal?
****
Hay cifras que valen más que mil palabras, y que mil imágenes, porque son un disparo a nuestra tranquilidad. Hay cifras que deberían enmudecer cualquier discurso que no fuera ponerse manos a la obra en la dirección correcta.

 

(Publicada en mi columna ‘Días nublados’ en la edición de papel de El Norte de Castilla)

Ver Post >
Palabras impunes, oídos inmunes

Mi curiosidad bloguera me lleva hasta Gonzalo Fanjul y su blog contra la pobreza en el mundo y leo un titular que me produce un escalofrío: ‘Cuatro millones de mujeres desaparecen cada año’. Un poco más abajo, y por aquello de la exactitud periodística, da la cifra exacta: 3.882.000.
Son las mujeres que en países en vías de desarrollo, sobre todo en China y en el África subsahariana, no llegan a cumplir los cinco años, o mueren de sida por falta de tratamientos o se desangran al dar a luz en condiciones infrahumanas.
No es que me sorprenda. De vez en cuando se repiten las noticias sobre las mujeres secuestradas o asesinadas en México, sobre las niñas que ni siquiera llegan a nacer en China, de la pobreza a la que están destinadas tantas mujeres en los países supuestamente desarrollados, de la explotación sexual de las menores… Pero hoy, cuando estoy a punto de escribir esta columna, el titular se me queda enganchado sin que pueda aplicarle esa profesional relatividad con la que nos vamos defendiendo al recibir las grandes malas noticias, esas sobre la hambruna en Somalia, o sobre las condiciones extremas en las que se desarrolla la vida en los campamentos saharauis, o…
Hoy sencillamente no puedo con esa noticia porque es demasiado. Hoy no. Llevo todo el día pensando en que vivimos un mundo irreal. Había escuchado por la mañana a nuestros próceres en la última sesión de control al Gobierno en el Congreso y me daban escalofríos. No sé a quién se le ocurriría aquello de que a las palabras se las lleva el viento, porque sin saberlo hizo un flaco favor a nuestra democracia. Nuestros políticos de uno y otro signo se lo han aplicado con fe, olvidando que existen grabaciones de los periodistas y actas oficiales donde sus palabras quedarán para la posteridad y los historiadores tendrán que apechugar con esos mensajes y tratar de equilibrarlos con la verdad. ¿A quién le importa la verdad? La vida pública convertida en un teatro donde lo que menos se busca es un análisis certero de la situación y sus posibles salidas y lo único con valor de mercado son mensajes arteros, malintencionados o a la defensiva. Palabras impunes para oídos inmunes. ¡Y todavía nos queda una campaña electoral!
Pero hay realidades sobre las que no caben las interpretaciones interesadas. Ya se sabe del estilo de «un millón de personas según la organización, 50.000 según fuentes oficiales». ¿Y la verdad? No. Aquí no se pueden maquillar las cifras.
Cuatro millones de mujeres desaparecen cada año en el mundo. Estas cifras no se disimulan porque en el fondo no hay nadie verdaderamente interesado en el asunto. Nadie con poder para cambiar las cosas, digo. Al fin y al cabo son mujeres, son pobres, están lejos, no influyen en el índice Dow Jones, ni en la calificación de la deuda de los pobres-países-desarrollados.
Mientras tanto aquí seguimos con nuestra comedia. En el gallinero se empieza a escuchar un rumor de protesta pero mucho me temo que será apagado por los focos y una brillante puesta en escena.

Ver Post >
El autobús es para las mujeres

Leo que en Guatemala han tenido que habilitar líneas de autobuses urbanos solo para mujeres, con tal de protegerlas de los ataques de las bandas criminales masculinas que aprovechaban su vulnerabilidad para abusar sexualmente de ellas. Me alegro por su tranquilidad pero, para quienes aspiramos a que llegue un día en que los hombres y las mujeres se relacionen por fin en pie de igualdad, no deja de ser una malísima noticia. Aquí, atendiendo a no sé qué razones, algunos colegios pretenden volver a la antigua segregación entre niños y niñas. Y pienso melancólica en cuantos pasos atrás da la humanidad para seguir avanzando…
Yo voy mucho en autobús. (También en taxi, pero esa es otra historia). El autobús, sobre todo cuando cruza de parte a parte la ciudad, es entretenido. Te da tiempo a leer, a observar el comportamiento más o menos cívico de tus compañeros de viaje, a enterarte aunque no quieras de lo mal que se llevan algunas familias gracias al relato en alta voz de un pasajero con móvil, a saber –¡ay!– con qué frecuencia se duchan, a comprobar con temor para tu integridad física cómo una buena parte de los conductores olvida que transporta material sensible (muchas personas mayores) a tenor de la alegre sucesión de acelerones y frenazos que prodiga durante el recorrido…
Últimamente, además, he hecho un curioso descubrimiento. En el autobús urbano las mujeres somos mayoría. Caí en la cuenta un día en que esa mayoría era aplastante y desde entonces no me concentro en la lectura, ocupada como estoy en hacer una estadística de viajeros en función de si son hombres o mujeres. Y siempre el mismo resultado. Las bicicletas son para el verano, pero el autobús es para las mujeres.


Supongo que no debemos atribuir el fenómeno a una mayor conciencia ecológica o de uso racional del coche por parte del sexo femenino.Más bien tendrá que ver con que todavía hay más hombres que mujeres al volante y al menor nivel económico de estas. Si en una unidad familiar hay un solo coche, este lo usará quien todavía ostente el anticuado título de cabeza de familia. El padre, digo.
Otro fenómeno curioso es la escasez de ejecutivos. (También de ejecutivas, pero a estas se les nota menos, dado que visten con más variedad). Hace años –unos cuantos– me llamaba la atención la cantidad de ejecutivos que en Londres viajan en Metro. Señores trajeados y no con uno de esos trajes de pasar el expediente obligatorio de la empresa, sino de esos que gritan a los cuatro vientos la marca y la pasta gansa que desembolsó su dueño. Se subían en la ‘city’ para llegar a las urbanizaciones del extrarradio, a los ‘docklands’ y sitios así. A mí esos señores ‘de oscuro y portafolios’ en un medio de transporte tan democrático me parecían un signo de modernidad y progreso. Aquí falta aún para eso y solo la crisis podría hacer varias las costumbres.

En el autobús viajo con muchas mujeres mayores. Me produce ternura verlas hacer equilibrios sobre sus primorosos zapatos.

(Publicada en la columna de opinión ‘Días nublados’ el jueves 23 de junio de 2011) En la fotografía de Gregory Bull, un autobús para mujeres en México

Ver Post >
Ser mujer…

En un país asolado por la guerra y la intolerancia una niña de diez años se juega el físico cada mañana para ir a la escuela. En su país son frecuentes los ataques a las escuelas que se atreven a formar a las niñas, una cuestión que se considera un peligro para la sociedad, un sacrilegio para las costumbres y la religión, además de una pérdida de tiempo. Muy cerca, en otro país, una niña parecida, de la misma edad y la misma mirada profunda y la misma delgadez que evidencia su desnutrición, no tiene que jugarse el físico para ir a la escuela, porque la escuela es un concepto que no entra en su vida. Su hábitat es la calle y el abuso sexual es su destino. Será carne de prostitución o será casada a la fuerza y será madre en plena adolescencia y puede que en ese intento se deje la vida. En otro continente una mujer de piel oscura duda entre dar el pecho a su hijo recién nacido, con lo cual le transmitirá una condena a muerte llamada sida, que a ella le contagiaron por falta de información y medios para evitarlo, o darle agua contaminada con lo cual morirá de disentería.
Porque ser pobre entre los más pobres no solo depende del lugar del planeta en el que te ha tocado vivir o de la raza que te adjudicó la naturaleza, sino también del sexo con el que vienes al mundo y que puede incluso que determine que ni siquiera llegues a él, pues en otro país no muy lejano a los ya descritos, un país que escala puestos como potencia mundial, los fetos son examinados y los de futuras niñas sometidos a abortos. Nadie quiere más ciudadanas de segunda clase.
Esto no es una película truculenta ni el guión sacado de una mente enferma. Esta es la realidad que queda patente en los informes de la ONU que han manejado los líderes mundiales en la cumbre sobre la pobreza, clausurada ayer en Nueva York. Los 40.000 millones de dólares comprometidos para un fondo que mejorará la salud de mujeres y niños en todo el planeta suenan de momento a música celestial. Así sonaban los objetivos del milenio y la situación siempre parece dar la razón a los escépticos.
Y es que los informes son tozudamente oscuros. La memoria de la fiscalía hecha pública en España en el comienzo del año judicial habla de un aumento en los delitos encuadrados en el rótulo ‘violencia de género’ porque también en el ‘primer mundo’ tenemos lo nuestro. Y cuando se habla de pobreza, que aquí también existe, las que encabezan el ‘ranking’ son mujeres en la tercera edad. Ser mujer es todavía un asunto complicado en todo el planeta y el machismo, ese feo asunto que huele a rancio y tantas veces a sangre y a desidia, se disfraza también de inteligencia y progresía y ataca sutilmente tratando de avergonzar a mujeres que simplemente cumplen su trabajo en la primera línea de decisión, ese sacrosanto lugar reservado hasta ahora a los hombres. Que se lo digan si no a las ministras del Gobierno español o a la comisaria Reding.
Uff! Me voy encendiendo a medida que escribo este artículo. Para calmarme miro a las modelos del diseñador Juan Duyos en la Pasarela Cibeles, con sus arrugas y sus años, y su esplendorosa belleza. Desde aquí le mando un beso. Seguro que le han dado muchos.

(Publicado en la edición impresa de El Norte de Castilla en la columna de opinión ‘Días nublados’ del jueves 23 de septiembre de 2010)

Ver Post >
Sobre el autor Angélica Tanarro
Soy jefa de Cultura en El Norte de Castilla. En mis ratos libres (pocos) solía escribir y hasta encontraba editor. Ahora he cambiado los versos (libres o no) por alumnos de Periodismo. Mi verdadera vocación es la lectura.