El Norte de Castilla
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Categoría: Acción social
Una huelga necesaria

Si todas las mujeres que viven en España hicieran huelga el próximo día 8 de marzo, el país se paralizaría. Si todas las mujeres del mundo hicieran huelga ese día, el mundo se paralizaría. No ocurrirá, claro, todos tranquilos, el sistema puede estar tranquilo, es fuerte, pero sería muy esperanzador y tremendamente necesario que al menos en España y en el mundo se notara un arañazo, una siquiera leve herida, otro golpe en la conciencia colectiva.

Que conste que escribo esto –y lo digo por honestidad— desde el cansancio y cierto escepticismo, pero ni el uno ni el otro me impiden de momento seguir en la brecha. Lo expreso porque pienso en cuantas mujeres hartas de lo poco que se consigue, de la lentitud en los avances pueden haber bajado ya los brazos. Pienso en ellas y las entiendo. Es demasiada lucha para tan pírricas victorias. ¿Piensan que soy pesimista? Es una situación que dura desde el comienzo de la Humanidad. Siempre me enfadó de niña la historia de la costilla de Adán. Siempre pensaba que surgir de la costilla del macho y no directamente de la mano divina ya nos situaba en situación de desventaja. Lo pensaba realmente cuando apenas acababa de estrenar mi uso de razón.

Ni la Ilustración, ni la revolución proletaria, ni ninguna revolución científica y tecnológica han acabado con la situación de desigualdad cuando no de violencia en la que viven las mujeres. ¿De verdad alguien puede pensar a estar alturas que el feminismo es innecesario? ¿Que exagera? ¿Qué son innecesarias las cuotas?  Ojalá lo fueran. ¿Puede alguien pensar que las mujeres que simplemente dicen ‘basta’ y denuncian los abusos y pelean por un lugar igualitario en el mundo son ‘feminazis’? ¿O es que es más cómodo para muchos hombres y no pocas mujeres poner el foco en los errores que en cualquier movimiento humano se pueden cometer para no tener que pensar en el fondo de la cuestión y vivir y dormir más tranquilos en vez de asumir un papel activo que ayudaría a cambiar la situación? ¿Se han preguntado qué pasaría si todo el mundo dejara de colaborar con las ONGs que ayudan a los seres humanos más desfavorecidos porque algún sinvergüenza haya desviado el dinero hacia donde no debía? ¿Qué sería entonces de toda esa población mundial que al menos tiene un alivio en su desesperada situación gracias a la ayuda humanitaria?

Cuando veo a alguien (la mayoría de las veces, hombres) reírse o criticar las exageraciones, que es verdad que como en toda lucha a veces se producen, pienso “qué lástima que no utilicen su inteligencia para, en vez de preocuparse tanto por cómo comportarse de forma políticamente correcta, ayudar a llegar a ese lugar mejor para nosotras, sí, pero también para ellos.  Porque en un mundo más justo todos viven mejor, aunque pierdan parte de sus privilegios”.

Algo así como lo que hizo hace un par de días el escritor Manuel Rivas en su columna de ‘El País’ titulada ‘El machismo es el sistema, tío’. Gracias. Mil gracias, Manuel.

 

(Publicada el 1 de marzo de 2018 en mi columna ‘Días nublados’)

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Algo más que un pacto

Mientras escribo estas líneas, una madre granadina espera que encuentren a sus hijos desaparecidos desde que su padre los recogiera conforme estipulaba el régimen de visitas. El hombre, ex policía local (expulsado del cuerpo al parecer por su comportamiento violento) tenía una orden de alejamiento de su ex mujer por violencia de género. Mientras escribo esta primera columna del año, el cuerpo de Diana Quer es analizado para detectar las causas últimas de su muerte. Aunque parece claro que la causa fue el fatal encuentro con un delincuente con antecedentes por violación y tráfico de drogas.

2017 se cerró con un aumento en el balance de la violencia machista. 48 mujeres (cuatro más que el año anterior) han muerto a manos de sus parejas o exparejas. Y eso sin contar los casos aún en proceso de investigación que elevarían la cifra por encima de la cincuentena (y algunos son tan evidentes que parece imposible llegar a otra conclusión que no sea que el fin se debió al maltrato al que estaban sometidas las víctimas). Pero el horror no se detiene ahí y muestra además otra cifra espeluznante: durante 2017 ocho niños murieron a manos del mismo hombre que acostumbraba a torturar a sus madres y 27 quedaron huérfanos de madre, asesinadas por sus progenitores. Eso sin contar la cantidad de menores que asisten como parte de su rutina diaria al maltrato que sufren sus madres, al clima de violencia que imponen en el día a día familiar sus progenitores, con las presumibles consecuencias que dicho menú cotidiano tiene en su formación y en su futuro.

2017 pasará también a nuestra historia reciente como el año del Pacto de Estado contra la Violencia de Género. Parecería fácil un acuerdo de todos los grupos parlamentarios ante una injusticia tan flagrante en el mismo año en que muchas mujeres han salido del armario del miedo, del silencio y la vergüenza ante el estigma social para denunciar que fueron abusadas a veces por extraños, a veces por quienes tenían en deber de protegerlas. No lo fue tanto. Pero ahí está el acuerdo que, desde el punto de vista presupuestario supondrá sobre el papel la inversión de 1.000 millones de euros en cinco años, a partir de este 2018. Una buena noticia sin duda, pero ante la que no puedo evitar mi escepticismo. Cuántas veces los presupuestos se quedan sin ejecutar, cuantas veces se pierde el dinero necesario para lo más básico en laberintos administrativos y desidia burocrática.

Además, nada será realmente eficaz si no se atajan los orígenes: la educación, el clima social que fomenta aún una imagen secundaria de la mujer, la crisis sobre la que solo oímos ya mensajes triunfales… en este país, donde se rebajan los presupuestos de la enseñanza, se subvencionan con dinero público colegios que segregan a los niños por género, se maltrata la Cultura y se eliminan asignaturas como Educación para la Ciudadanía. Ya veremos…

 

(Publicada en mi columna de Opinión ‘Dìas nublados’ el 4 de enero de 2018)

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Ya lo pensaré mañana (4) Cuando amábamos a Virginia Woolf

Los datos no dejan lugar a dudas y se pusieron negro sobre blanco en las conclusiones del Encuentro ‘Mujeres en el Cine Español’, celebrado durante el Festival. En todo el año 2016, solo el 16,1% de las películas producidas en España fueron dirigidas por mujeres “y, además, su presupuesto global queda todaví­a lejos de esta cifra”, según dicho documento. El Foro concluye también denunciando que “la ley orgánica para la igualdad efectiva aprobada en 2007 no se cumple, ni en el ámbito de la industria, ni en los festivales de cine, ni en las instituciones educativas, ni en los medios de comunicación”. ¿Todaví­a a estas alturas hay que justificar el asunto de las cuotas? ¿O serí­a mejor mirar para otro lado como si el tema de la igualdad solo tuviera que ver con el 50% de la población a la que afecta?

Una de las conclusiones que destacarí­a del informe es la que aboga por la participación y la implicación de los hombres “en las luchas por la igualdad en todas las esferas profesionales, en todos los ámbitos de la educación y en los medios de comunicación”. “En consecuencia, (expresa el documento) nos parece imprescindible que, en todos aquellos foros y encuentros convocados para analizar la presencia de las mujeres en los diferentes ámbitos del audiovisual, participen activamente también los hombres con responsabilidad en las áreas implicadas”. No puedo estar más de acuerdo; aún hoy, hace cinco minutos como quien dice y a la puerta del cine, discutí­a sobre este asunto: la falta de implicación de los hombres con responsabilidades en la cultura en la perspectiva de género.

Este festival está siendo modélico en cuanto a la presencia de la mujer. El hecho de que una gran parte de las películas a concurso están realizadas por mujeres y que sus protagonistas lo sean también introduce su visión, su mirada sobre el mundo y pone sobre la mesa cuestiones sobre las que se suele pasar de puntillas. Pelí­culas como la brasileña ‘Como nuestros padres’ ponen el foco de lleno en los cambios que una sociedad necesita para las mujeres puedan ocupar de verdad, y más allá de las leyes que no se cumplen, su papel en pie de igualdad con el hombre y esos cambios exigen otros cambios en la mentalidad masculina.

Cuando en la post adolescencia comenzamos a amar a Virginia Woolf recuerdo una frase que se hizo un lema en nuestro grupo: si los hombres la leyeran, entenderí­an mejor a las mujeres. Durante este festival, me estoy acordando mucho de esa frase. Y me pregunto, ¿estarán siendo conscientes mis compañeros de butaca de las oportunidades de ampliar la mirada que ofrece?

Fuera, las cosas siguen más o menos igual. Siguen las denuncias por abusos sexuales en Hollywood. Aquí­, una mujer hospitalizada tras una paliza de su excompañero y un juez en Portugal que justifica los malos tratos a otra mujer porque era adúltera. No, no lo he soñado, no he viajado en el tiempo mientras estaba en el cine y he salido cuarenta años atrás, o en la Edad Media. Es hoy. La vida real. Y aún muchos creen que el feminismo es una cosa del pasado, y que las cuotas no son democráticas.

Vuelvo al cine.

(Columna publicada en el Suplemento de Seminci de la edición impresa de El Norte de Castilla, el 25 de octubre de 2017)

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Cifras

Solemos admitir que las cifras son frías como témpanos. Y en cierta forma es verdad. No consigo emocionarme con los resultados de la bolsa, y si alguna emoción me amenaza cuando los índices del Ibex 35 y demás aparecen en mi horizonte informativo, suele ser el enfado (léase cabreo) pues normalmente surgen en algún contexto del que es imposible sustraer el hecho de que las cosas no van tan bien como nos venden (o intentan) nuestros gobernantes.
Las cifras son frías y en periodismo lo sabemos bien. Cuando una catástrofe natural satura los titulares con dígitos imposibles, por muy espeluznante que sea el número de muertos o damnificados, no hay nada como ponerles nombre, cara, una breve historia, para que la frialdad mute en congoja y sea imposible no sentir empatía.
Pero hay cifras que no necesitan ni nombres ni contexto para ser espeluznantes. Y recientemente las noticias nos las dejan encima de la mesa, sepultadas estos días por el run run político, las puntuales reseñas de pactos y cambios en las instituciones, las tomas de posesión, las crisis que no son, el me voy pero poco y demás acontecimientos.
Por eso, para que no se olviden en ese torrente de información, rescato algunas de estos días:

Más de 29.000 mujeres fueron víctimas de violencia machista en el primer trimestre de 2015. Repitan conmigo hoy que aún está caliente el cadáver de la última víctima: ‘Más de 29.000’. Hablamos de España y de un trimestre. De un país moderno que ayer celebraba el 30 aniversario de su incorporación a la UE, de un país democrático, desarrollado… 29.000 mujeres sometidas a algún episodio violento, físico o psíquico, a algún acto vejatorio por el hecho de ser mujeres. Y los datos son del Observatorio Judicial contra la Violencia Doméstica y de Género. ¿Qué es lo que está fallando?
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Uno de cada cinco españoles vive por debajo del umbral de la pobreza. Uno de cada cinco. El asunto empeora a medida que baja la edad del ciudadano. Más de uno de cada cuatro niños residentes en España está en riesgo de pobreza según los datos de la Encuesta de Condiciones de Vida, difundida por el Instituto Nacional de Estadística. Uno de cada cuatro niños. Según Unicef, en 2013 vivían en España por debajo de ese umbral 2.306.000 niños. ¿Qué estamos haciendo mal?
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El número de ricos crece el 40% en España desde 2008, es decir, desde que empezó la crisis económica. Solo en el año 2014 el número de personas con altos patrimonios subió el 10% hasta situarse en 178.000. En este caso la fuente es un estudio de Capgemini y el Royal Bank de Canadá que considera ricas a las personas que tienen un millón de dólares sin contar el valor de la vivienda y los bienes consumibles. En su informe anual sobre la riqueza en el mundo alerta del aumento de la brecha entre ricos y pobres en España. ¿Qué estamos dejando a nuestros gobernantes que hagan mal?
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Hay cifras que valen más que mil palabras, y que mil imágenes, porque son un disparo a nuestra tranquilidad. Hay cifras que deberían enmudecer cualquier discurso que no fuera ponerse manos a la obra en la dirección correcta.

 

(Publicada en mi columna ‘Días nublados’ en la edición de papel de El Norte de Castilla)

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Palabras impunes, oídos inmunes

Mi curiosidad bloguera me lleva hasta Gonzalo Fanjul y su blog contra la pobreza en el mundo y leo un titular que me produce un escalofrío: ‘Cuatro millones de mujeres desaparecen cada año’. Un poco más abajo, y por aquello de la exactitud periodística, da la cifra exacta: 3.882.000.
Son las mujeres que en países en vías de desarrollo, sobre todo en China y en el África subsahariana, no llegan a cumplir los cinco años, o mueren de sida por falta de tratamientos o se desangran al dar a luz en condiciones infrahumanas.
No es que me sorprenda. De vez en cuando se repiten las noticias sobre las mujeres secuestradas o asesinadas en México, sobre las niñas que ni siquiera llegan a nacer en China, de la pobreza a la que están destinadas tantas mujeres en los países supuestamente desarrollados, de la explotación sexual de las menores… Pero hoy, cuando estoy a punto de escribir esta columna, el titular se me queda enganchado sin que pueda aplicarle esa profesional relatividad con la que nos vamos defendiendo al recibir las grandes malas noticias, esas sobre la hambruna en Somalia, o sobre las condiciones extremas en las que se desarrolla la vida en los campamentos saharauis, o…
Hoy sencillamente no puedo con esa noticia porque es demasiado. Hoy no. Llevo todo el día pensando en que vivimos un mundo irreal. Había escuchado por la mañana a nuestros próceres en la última sesión de control al Gobierno en el Congreso y me daban escalofríos. No sé a quién se le ocurriría aquello de que a las palabras se las lleva el viento, porque sin saberlo hizo un flaco favor a nuestra democracia. Nuestros políticos de uno y otro signo se lo han aplicado con fe, olvidando que existen grabaciones de los periodistas y actas oficiales donde sus palabras quedarán para la posteridad y los historiadores tendrán que apechugar con esos mensajes y tratar de equilibrarlos con la verdad. ¿A quién le importa la verdad? La vida pública convertida en un teatro donde lo que menos se busca es un análisis certero de la situación y sus posibles salidas y lo único con valor de mercado son mensajes arteros, malintencionados o a la defensiva. Palabras impunes para oídos inmunes. ¡Y todavía nos queda una campaña electoral!
Pero hay realidades sobre las que no caben las interpretaciones interesadas. Ya se sabe del estilo de «un millón de personas según la organización, 50.000 según fuentes oficiales». ¿Y la verdad? No. Aquí no se pueden maquillar las cifras.
Cuatro millones de mujeres desaparecen cada año en el mundo. Estas cifras no se disimulan porque en el fondo no hay nadie verdaderamente interesado en el asunto. Nadie con poder para cambiar las cosas, digo. Al fin y al cabo son mujeres, son pobres, están lejos, no influyen en el índice Dow Jones, ni en la calificación de la deuda de los pobres-países-desarrollados.
Mientras tanto aquí seguimos con nuestra comedia. En el gallinero se empieza a escuchar un rumor de protesta pero mucho me temo que será apagado por los focos y una brillante puesta en escena.

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El autobús es para las mujeres

Leo que en Guatemala han tenido que habilitar líneas de autobuses urbanos solo para mujeres, con tal de protegerlas de los ataques de las bandas criminales masculinas que aprovechaban su vulnerabilidad para abusar sexualmente de ellas. Me alegro por su tranquilidad pero, para quienes aspiramos a que llegue un día en que los hombres y las mujeres se relacionen por fin en pie de igualdad, no deja de ser una malísima noticia. Aquí, atendiendo a no sé qué razones, algunos colegios pretenden volver a la antigua segregación entre niños y niñas. Y pienso melancólica en cuantos pasos atrás da la humanidad para seguir avanzando…
Yo voy mucho en autobús. (También en taxi, pero esa es otra historia). El autobús, sobre todo cuando cruza de parte a parte la ciudad, es entretenido. Te da tiempo a leer, a observar el comportamiento más o menos cívico de tus compañeros de viaje, a enterarte aunque no quieras de lo mal que se llevan algunas familias gracias al relato en alta voz de un pasajero con móvil, a saber –¡ay! – con qué frecuencia se duchan, a comprobar con temor para tu integridad física cómo una buena parte de los conductores olvida que transporta material sensible (muchas personas mayores) a tenor de la alegre sucesión de acelerones y frenazos que prodiga durante el recorrido…
Últimamente, además, he hecho un curioso descubrimiento. En el autobús urbano las mujeres somos mayoría. Caí en la cuenta un día en que esa mayoría era aplastante y desde entonces no me concentro en la lectura, ocupada como estoy en hacer una estadística de viajeros en función de si son hombres o mujeres. Y siempre el mismo resultado. Las bicicletas son para el verano, pero el autobús es para las mujeres.


Supongo que no debemos atribuir el fenómeno a una mayor conciencia ecológica o de uso racional del coche por parte del sexo femenino. Más bien tendrá que ver con que todavía hay más hombres que mujeres al volante y al menor nivel económico de estas. Si en una unidad familiar hay un solo coche, este lo usará quien todavía ostente el anticuado título de cabeza de familia. El padre, digo.
Otro fenómeno curioso es la escasez de ejecutivos. (También de ejecutivas, pero a estas se les nota menos, dado que visten con más variedad). Hace años –unos cuantos– me llamaba la atención la cantidad de ejecutivos que en Londres viajan en Metro. Señores trajeados y no con uno de esos trajes de pasar el expediente obligatorio de la empresa, sino de esos que gritan a los cuatro vientos la marca y la pasta gansa que desembolsó su dueño. Se subían en la ‘city’ para llegar a las urbanizaciones del extrarradio, a los ‘docklands’ y sitios así. A mí esos señores ‘de oscuro y portafolios’ en un medio de transporte tan democrático me parecían un signo de modernidad y progreso. Aquí falta aún para eso y solo la crisis podría hacer varias las costumbres.

En el autobús viajo con muchas mujeres mayores. Me produce ternura verlas hacer equilibrios sobre sus primorosos zapatos.

(Publicada en la columna de opinión ‘Días nublados’ el jueves 23 de junio de 2011) En la fotografía de Gregory Bull, un autobús para mujeres en México

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Sobre el autor Angélica Tanarro
Más que un oficio, el periodismo cultural es una forma de vida. La llevo ejerciendo desde que terminé la carrera. Hace de eso algún tiempo. Me recuerdo leyendo y escribiendo desde que tengo uso de razón. La lectura es mi vocación; la escritura, una necesidad. La Cultura, una forma de estar en el mundo. Dejo poemas a medio escribir en el bolso y en todos los armarios.