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Categoría: cine
En la zona de confort. Seminci (sexta entrega)

SOBRE ‘LA PAZZA GIOGIA’ DE PAOLO VIRZI Y ‘MADRE NO HAY MÁS QUE UNA’ DE ANNA MAYLAERT

Encarando la recta final del festival, y sin esa película que nos haga vibrar en la butaca, el certamen parece haber entrado en una cierta zona de confort, donde no hay nada abiertamente desechable, pero tampoco esa película que hiciera subir la línea roja de la temperatura. Y dado que estas crónicas-críticas tienen de oficio el lado personal de quien las firma, permítanme una confesión: hay un momento para mí crucial en una película que tiene que ver con su arranque. A lo largo de estos años dejando constancia de lo que sucede en la Sección Oficial del certamen he desarrollado un cierto sentido para detectar en las primeras secuencias qué puede dar de sí un filme. Lógicamente no es una fórmula matemática, ni esa primera impresión siempre se confirma: una película, de algún modo como una novela, atraviesa fases, picos de tensión, zonas de sombra. Y todo pesa en el conjunto. Pero esos minutos iniciales –que a veces incluso coinciden con los primeros créditos– hablan mucho para bien y para mal de lo que vendrá después.
Los minutos iniciales de ‘La pazza giogia’ me parecieron impostados, algo artificiales y en ese tono continuó para mí la película toda. Sin acabar de creerme esa especie de amable y avanzado psiquiátrico, ni el personaje de Beatrice –a pesar de que se lo echa sobre los hombros una personalidad fuerte como la de Valeria Bruni Tedeschi– ni el equipo médico habitual.
La firma Paolo Virzi (Livorno, Italia, 1964), autor que se estrena en Seminci y del que en España hemos visto al menos una película de gratísimo recuerdo, ‘Caterina se va a Roma’, mucho más redonda que ésta. Al contrario de lo que sucede con ‘La pazza giogia’ o ‘Locas de alegría’ (escojan el título que prefieran), que se agota en los primeros comentarios del café, ‘Caterina se va a Roma’ se quedaba contigo un tiempo. La ambientación, los personajes, la historia… como ocurre en las buenas novelas, cuyos protagonistas vivirán contigo un tiempo después de la palabra fin. La presencia de Virzi en el festival puede servir para intentar recuperar este logrado título.
Identidad
Algo subió el tono de la mañana la brasileña ‘Madre no hay más que una’ de otra debutante en Valladolid, Anna Muylaert, que confesaba en la rueda de prensa posterior a la proyección, que solo un psicoanalista podría aclarar su fijación con el tema de la madre como personaje en una obra de creación. Su anterior filme se titulaba ‘La segunda madre’. Las madres que aparecen en el filme que compite en la Sección Oficial del festival han perdido a su hijo porque otra mujer se lo ha robado. Aunque está basada en un caso real, a Muylaert no le interesa tanto hablar del robo de niños, como de la difícil construcción de la identidad en los adolescentes, máxime cuando, a las dudas habituales a esta edad se suma el trauma de comprobar que han vivido una vida engañada, que ni siquiera su nombre fue el nombre que sus padres le dieron cuando llegaron al mundo.
Así Pierre, un muchacho de indefinida sexualidad, que toca en un conjunto de rock, que se pinta las uñas y le gusta la ropa de mujer, que tiene relaciones por igual con chicos y con chicas, tiene que convertirse en Felipe, y acomodarse a una familia burguesa, separarse de las que hasta ese momento creía su madre y su hermana y convivir con un hermano ‘verdadero’ al que nada le une.
El tema es enorme y la película tiene buenos momentos, sobre todo cuando la cámara se aproxima a Pierre, a su silenciosa rebeldía, a su perplejidad, pero el guion falla a la hora de afrontar el cambio traumático hacia la nueva familia.
Los padres verdaderos son tan torpes en su afán por no volverlo a perder y en su incapacidad para acercarse a su hijo desde una postura dialogante que resultan poco verosímiles, por falta de matices. Igual que los padres verdaderos de la hermana con la que ha convivido siempre (también robada) cuya fugaz presencia en el filme también está dibujada a trazo grueso.

(Fotogramas de ‘La pazza giogia’ y ‘Madre no hay más que una’

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Oriente próximo y lejano. Seminci (quinta entrega)

SOBRE ‘HEDI’, ‘THE SALESMAN’ Y ‘MARAVILLOSA FAMILIA DE TOKIO’

 

‘Hedi’, opera prima del tunecino Mohamed Ben Attia, es una película pequeña en más de un sentido que se ha colado en la Sección Oficial del Festival, aunque quizá no sea este su sitio más adecuado. Las primaveras árabes (habría que repensar un término que ha quedado invalidado con el tiempo) han puesto el foco en el Magreb y en Oriente Próximo, y por tanto en sus cinematografías, pero más allá de que la película esté ambientada en Túnez, que no es mucho más que un decorado secundario, y comprobar cómo este país ya antes de esos acontecimientos era de los más avanzados de la región, poco aporta una historia bien contada pero sin más oropeles. Quizá Punto de Encuentro hubiera sido un lugar más adecuado.

La historia de un joven absolutamente dominado por su madre a punto de casarse y al que se le cruza una joven vitalista con la que inicia una relación que le hará replantearse su futuro no da para mucho. Si acaso para comprobar que el yugo familiar a menudo atenaza tanto a hombres como a mujeres, como bien se encarga de demostrar este año la Sección Oficial del certamen. Buena interpretación de su protagonista, Majd Mastoura, que se hizo con el Oso de Plata al mejor actor en la última Berlinale.
Referencia teatral
Mucho más peso tiene, sin duda, ‘Forushande’ (‘The salesman’), avalada por la firma de Asghar Farhadi, autor de la excelente y multipremiada ‘Una separación’. Farhadi se estrena en Seminci con una película que no pasó desapercibida en el último festival de Cannes. En ella, de nuevo una joven pareja se tambalea por un acontecimiento inesperado en sus vidas. El título hace referencia –referencia un poco traída por los pelos, todo hay que decirlo– al hecho de que la pareja representa en un teatro ‘Muerte de un viajante’ de Arthur Miller. Farhadi no abandonará esta referencia teatral a lo largo del filme, lo que no aporta gran cosa al guión, aunque sí a la construcción de algunos planos muy bellos, pictóricamente bellos.

La historia, que se sigue con interés, (vemos las clases de él, profesor de literatura además de actor, conocemos a sus alumnos, asistimos al trauma de ella que apenas puede seguir con su rutina en el escenario tras el accidente en su casa) naufraga un tanto al final cuando el director abandona lo que ha sido hasta ese momento el punto central de su película, la relación entre los dos miembros de la pareja protagonista, y se detiene a resolver con acento de thriller el suceso no del todo aclarado que ha interrumpido sus vidas. A pesar de eso, el guion convenció en Cannes donde ganó el premio de su categoría. Como también obtuvo premio (este más lógico a mi parecer) la interpretación de Shahab Hoseini y su rotunda presencia en el film.
Mejor, el drama
Después de ver ‘Maravillosa familia de Tokio’ habría que afirmar sin dudar que a Yoji Yamada se le da mejor el drama que la comedia. No vamos a descubrir aquí el talento del director japonés, que además regresa al festival vallisoletano inmediatamente después de conseguir en 2013 su primera Espiga de Oro por la deliciosa ‘Una familia de Tokio’. Yamada vuelve al tema de la familia, como vuelve al homenaje a su maestro Ozu, referencia que se ha convertido en una constante en su filmografía, y lo hace en tono de comedia, una comedia paródica, más entroncada en la comedia clásica americana que en la tradición oriental.
Tres generaciones viven bajo el mismo techo. La historia arranca el día del cumpleaños de la abuela, casada con un personaje antipático y bebedor que pasa más tiempo en la taberna de una amiga que en su propio hogar. Cuando al llegar a casa su mujer le reprocha que se haya olvidado de su cumpleaños, él, para quedar bien, le pregunta qué regalo quiere que le haga. Y ella contesta poniendo en sus manos un formulario de divorcio. Comedia llena de diálogos, que se desarrolla casi por completo en la casa familiar donde padres e hijos hablan sin parar y construyen situaciones que quieren ser hilarantes, aunque apenas conectaron con quien esto suscribe.
Yamada es desde luego un cineasta solvente, que construye imágenes de gran belleza (tanto el interior del bar como las distintas habitaciones de la casa familiar son escenarios sumamente elegantes y merece la pena detenerse en la estética de los planos ya que la historia ofrece poco donde agarrarse).
Al final, cambia el tono de comedia por un final melodramático que en cualquier caso no consigue levantar una película decididamente menor.

(Fotogramas de ‘Hedi’, ‘The salesman’ y ‘Maravillosa familia de Tokio’)

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Mujeres en lucha por su lugar en el mundo. Seminci (cuarta entrega)

SOBRE ‘DOÑA CLARA’, LA MADRE’ E ‘HIJA’

Hay muchos sonidos y mucha música en ‘Aquarius’, el filme del brasileño Kebler Mendonça Filho, director que se estrena en el festival con su segundo largometraje. Uno de esos sonidos se ha perdido en la mayoría de los hogares con discoteca: el crepitar de la aguja del tocadiscos sobre el disco de vinilo, eso que en la radio se solía llamar ‘fritura’. Se oye el crepitar de la aguja en la casa de Doña Clara una mujer que conserva sus vinilos no como piezas de museo, sino como la forma habitual de reproducir música por encima de los nuevos sistemas y esto, que puede parecer una anécdota dentro del filme, es una metáfora sobre otras cosas del pasado que pueden desaparecer de su vida, la más importante de todas su casa, la que vio crecer a sus tres hijos y en la que trata de llevar una vida tranquila, una vez que ha cruzado la frontera de los sesenta. En una sociedad que sigue mirando a las mujeres con extrañeza sobre todo si se salen de los estrechos cánones que tienen adjudicados a partir de una edad, Doña Clara (una espléndida y bella Sonia Braga, lógica candidata a un premio de interpretación por su rotunda presencia ante la cámara) pasa por ser una excéntrica, quizá porque se niega a morir socialmente hablando antes de tiempo. Si no la mató un cáncer de mama que sufrió cuando se encontraba en la treintena, no está dispuesta a que la maten ahora los prejuicios o las presiones de constructores sin escrúpulos. Y esa extrañeza afecta también a sus propios hijos, en especial a su hija, que no entiende que no acepte una sustanciosa oferta económica por su casa que la liberaría de la presión de una todopoderosa promotora inmobiliaria que quiere cambiar el amable edificio de apartamentos del que forma parte su piso por una de esas inmensas torres que ponen un muro en el litoral marítimo de tantas, antes hermosas, playas del mundo.
Y aunque la resistencia a este abandono sea el hilo conductor de la narración no deben escapársele al espectador avisado otras muchas cosas que la sensibilidad del director está poniendo sobre la mesa y que tienen que ver, lo he dicho ya, con el papel de la mujer en la sociedad. Mujer es la tía Lucía cuyo cumpleaños se celebra en el arranque de la película. Mujeres son las amigas de Clara, todas ellas en esa edad difícil en que la mujer empieza a ser invisible para el sexo opuesto, mujer es la sirvienta a la que vemos también en una celebración familiar. Ellas y los detalles del guion sostienen la película. Un producto bastante bien acabado. Dura dos horas y veinte minutos pero el buen hacer de Mendonça hace que se pasen sin sentir.
Sometidas
La situación de la mujer también es protagonista en la muy sólida película del iraní Reza Mirkarimi. ‘Hija’ plantea la falta de libertad de las mujeres en el mundo árabe ejemplificada en una joven estudiante a punto de entrar en la universidad a cuyo autoritario padre ni siquiera se atreve a decir que ha sido admitida en un máster que supondría tener que trasladarse a otra ciudad para seguir sus estudios.
No obstante la joven Setareh se atreve a pedirle permiso para asistir en Teherán a la fiesta de despedida de una compañera. Esta vez no se conformará con la esperada negativa, y viajará a la capital sin que lo sepan sus padres. El tiempo complica su escapada lo que desencadenará un conflicto familiar que desvelará antiguas rencillas y secretos.
Mirkarimi, cuyas películas han sido premiadas en Cannes y en Moscú, demuestra aquí su habilidad para contar historias. Lo hace subrayando el drama en su justa medida, humanizando al máximo a todos sus personajes, incluido el autoritario cabeza de familia y mostrando en una inteligente secuencia final por qué es tan difícil salir de las situaciones opresoras, sobre todo cuando se producen en el seno de la familia.
Destaca la interpretación de Farhad Aslani. Sobre sus hombros, el rol de padre autoritario y cuadriculado que avanza hacia la perplejidad ante un mundo que se le escapa de las manos. Perplejidad perfectamente mantenida en primer plano por el actor.
Incierto futuro
Miguel tiene catorce años y una madre inestable, sin trabajo e incapaz de ocuparse de él. Miguel tiene un raro sentido común para su edad, consecuencia lógica de haber tenido que madurar antes de tiempo. Miguel tiene también ante sí un incierto futuro y la amenaza de ingreso en un Centro de Menores, un lugar que ya ha conocido y al que desearía no tener que volver. Morais cierra con ‘La madre’ su trilogía sobre el abandono. Confieso no haber visto las dos anteriores y haberme estrenado ahora en la cinematografía del premiado director vallisoletano. Y lo he hecho con agrado.

Su elección de contar la historia no desde la rebeldía adolescente, sino desde la mirada de un chaval extrañamente responsable y en principio poco dispuesto a odiar un mundo que tan poco amable se muestra con él es un riesgo del que sale airoso. Ha encontrado además a un adolescente en su primer papel importante que ha sabido responderle con solvencia. Morais rueda escuetamente, con los mínimos elementos expresivos no solo por lo que a la cámara se refiere, también en cuanto a los diálogos. Aunque él prefiere hablar de Chaplin o de Rossellini como referentes, parece claro que Morais ha aprendido de Loach y de los Dardenne, aunque en ‘La madre’ el director parece evitar al espectador la tensión que suele dominar tanto en el británico como en los belgas.

 

(Fotogramas de ‘Doña Clara’, ‘Hija’ y ‘La madre’)

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Consagrados tranquilos, debutantes con riesgos

SOBRE ‘TIERRA DE DIOSES’ DE GORAN PASKALJEVIC, ‘EL REY DE LOS BELGAS’ DE BROSSENS Y WOODWORTH Y ‘LA CIÉNAGA’ DE CRUZ Y CASTILLO

 

Decía Goran Paskaljevic en la rueda de prensa posterior al pase de prensa de ‘Dev Bhoomi’ (Tierra de dioses) que creía que esta era su película más personal. Y eso a pesar de haber dejado su paisaje habitual, los Balcanes, para contar una historia en el Himalaya. Dejando a un lado que el lugar no ti

ene por qué condicionar si un filme es más o menos cercano a la personalidad cinematográfica de su autor, lo cierto es que es difícil encontrar en esta película las claves del cine del director serbio.

Ni la gracia, ni la fuerza, ni la originalidad de propuestas como ‘La otra América’, ‘Los optimistas’ o ‘Lunas de miel’ están en esta historia de prejuicios de castas y de cómo la tradición una vez más ejerce su violencia sobre los individuos y les impide desarrollar la vida a su manera, asunto mil veces tratado al que no aporta nada diferente. Película más que correcta, como es de esperar en un autor como Paskaljevic, bien filmada, que incluso se ve con agrado, aunque todo el tiempo se espera algo más, una fuerza que no llega. El director serbio se acerca en este filme a la espiritualidad que emana la filosofía del poeta Rabrindanath Tagore, y hace, partiendo de sus versos, un canto a la esperanza, si bien durante el encuentro con los periodistas eludió responder a la pregunta de si la consideraba su película más espiritual. ‘Tierra de dioses’ ofrece la belleza de ese enclave indio con sus infinitas montañas, gracias a la fotografía de Milan Spasic, pero no quedará entre los muchos títulos importantes del director fetiche de Seminci.

Rutina

No hubo suerte con ‘El rey de los belgas’. Peter Brosens y Jessica Woodworth venían avalados por el buen sabor de boca que en la edición de 2012 había dejado su película ‘La quinta estación’. Lo que en ella era riesgo, crítica sin panfleto con tintes surrealistas y una propuesta distinta (lo que en un festival de estas características debería ser casi obligatorio) aquí se convierte en rutina y en un querer y no poder desde un guión indefinido, lleno de altibajos, con momentos logrados sí, con gags que mueven a la carcajada pero que no son suficientes para sostener un filme que se hace eterno y en el que casi lo mejor es la elección de los temas de su banda sonora cargados todos de intención ‘europeísta’. De fondo, el tema del resurgimiento de los nacionalismos y el cuestionamiento de las monarquías en un tono de parodia que hubiera dado para mucho más.

Riesgos

Más interesante por lo que arriesga me pareció la tercera propuesta del día, ‘La ciénaga. Entre el mar y la tierra’, debut de los colombianos Manolo Cruz y Carlos del Castillo. Lo que en principio iba a ser un corto ambientado en un lugar pantanoso próximo al Caribe donde viven personas en una situación de extrema pobreza se convirtió en un largometraje –gracias en parte al micromecenazgo puesto en marcha por el tándem de dirección y producción— en el que el protagonista sufre una enfermedad degenerativa muscular llamada distonía. La película tiene defectos como cabe esperar en una opera prima, pero es en primer lugar una historia que merece la pena contarse.

El protagonista es Alberto, un joven 28 años atrapado en un cuerpo enfermo y en unas condiciones de vida muy duras. Su madre, una mujer viuda que ha centrado su vida en su cuidado hasta el punto de no ver con buenos ojos a quien intente acercarse a la razón de su existencia aunque sea con intención de ayudar, y una amiga de la infancia son sus únicas compañías. Alberto sueña con ver el mar, lo que para un paciente con una economía siquiera digna no tendría mayores dificultades para él se trata de una empresa casi imposible. La acción transcurre al 90% en la paupérrima chabola, palafito para hablar con propiedad, que madre e hijo comparten en la ciénaga que da título al filme y la cámara está siempre cerca de ambos, a veces incluso demasiado.

A pesar de lo duro de la historia su desarrollo elude igualmente bien tanto el tremendismo como el ternurismo. Lástima de esos innecesarios subrayados musicales de los momentos en que el protagonista sueña con disfrutar del mar en un cuerpo sano y que recuerdan demasiado a los episodios análogos de ‘Mar adentro’, de Alejandro Amenábar. Además de estar peor resueltos bajan el buen tono de la película. Por cierto que esos momentos musicales no son el único paralelismo con la historia de Ramón Sampedro. Con todo, en ‘La ciénaga’ encuentro madera de cineastas. Habrá que estar atentos a sus próximos trabajos.

(Fotogramas de ‘Tierra de dioses’ y ‘El rey de los belgas’)’

 

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Cine realidad y algo de humor

SOBRE ‘LES INNOCENTES’, ‘ANATOMÍA DE LA VIOLENCIA Y ‘EL CIUDADANO ILUSTRE’

La organización del Festival concentró en una misma jornada en Sección Oficial dos películas muy distintas entre sí, pero con el tema de fondo de la violencia contra las mujeres. ‘Las inocentes’, ambientada en Polonia recién acabadala SegundaGuerraMundial, y ‘Anatomía de la violencia’, el filme con el que la directora india Deepah Mehta quiere entrar en las causas de las frecuentes violaciones de mujeres que desgraciadamente forman parte de la cotidianidad de la vida en su país. Entre una y otra se pudo ver una comedia, la argentina ‘Un ciudadano ilustre’, cuyo protagonista venía avalado porla CopaVolpial Mejor Actor conseguida en el último festival de Venecia.

El principal mérito de ‘Las inocentes’ es poner el foco en un asunto del que se suele pasar de puntillas en las crónicas acerca dela SegundaGuerraMundial: las terribles violaciones por parte de los vencedores hacia las mujeres de los territorios que iban liberando del yugo nazi. La directora luxemburguesa Anne Fontaine centra la acción en un convento de monjas en Varsovia, en el mes de diciembre de 1945, donde una de las religiosas está en grave peligro por causa de un embarazo que se ha complicado a última hora. Una novicia, en contra de las reglas estrictas del convento, decide pedir ayuda y la encuentra en Mathilde, una joven médica francesa que trabaja parala CruzRoja.Cuando Matilde llega al convento descubre que el embarazo de la religiosa no es un caso aislado: las monjas fueron objeto de repetidas violaciones por soldados rusos.

La película, contada con destreza, recorre el proceso por el cual unas mujeres que jamás se habían pensado a sí mismas como madres tienen que aceptar lo inevitable, y aceptarlo además en circunstancias extremas, sin una atención médica adecuada y en estado de shock, algunas no superarán el trauma y otras verás tambalearse su fe. Quizá por lo duro del tema y lo arriesgado de su tratamiento Fontaine ha puesto tanto cuidado en no caer en el tremendismo que la película resulta en ocasiones excesivamente neutra, distante, incluso excesivamente larga, lo que no le quita el mérito de ser un testimonio necesario.

Como lo sería también ‘Anatomía de la violencia’. Deepa Mehta ha optado en esta ocasión por afrontar el tema de la violencia contra la mujer desde el punto de vista del violador. Mehta, habitual también en Seminci y de la que el año pasado se proyectó su anterior filme, ‘Beeba boys’, se pregunta ¿qué convierte a un hombre capaz de un acto tan execrable en un monstruo?, ¿qué grado de responsabilidad social hay en el asunto? La directora utiliza el tono de reportaje, y una cámara inquieta hasta la saciedad, para remontarse a la infancia de los violadores de una joven en un autobús de pasajeros en Nueva Delhi en 2012.

Un grupo de actores ya adultos interpretan a los violadores tanto en su infancia de pobreza y  abusos por parte de sus mayores como en el momento de los hechos, lo que aporta originalidad al planteamiento, aunque no compensa la confusión general del relato, que se hace pesado y apenas deja al espectador la oportunidad de implicarse plenamente. Aun con todo, el filme quizá más por el riesgo asumido por una directora que nunca elude los temas más espinosos de nuestra sociedad, fue aplaudido por un sector del público.

Entre uno y otro drama se intercaló ‘Un ciudadano ilustre’, la película de los argentinos Gastón Duprat y Mariano Cohn, una buena oportunidad para la risa. Dicen que los argentinos tienen la buena cualidad de saberse reír de sí mismos. Duprat y Cohn tienen buenos maestros si pensamos en Campanella, Subiela o el mismo Burman aunque sus historias sean universales. Porque lo que le sucede al premio Nobel de Literatura Daniel Mantovani, un tipo en líneas generales arrogante y desagradable que mira el mundo desde el pedestal no ya de su premio sino del alto concepto que tiene de su inteligencia, podría pasarle a cualquier escritor u artista encantado de conocerse en cualquier parte del mundo. Pero sucede en Salas, una localidad de la provincia de Buenos Aires de la que es oriundo el protagonista y a la que no ha vuelto jamás desde que saliera hacia Europa persiguiendo el sueño de ser escritor. Él, que rechaza decenas de compromisos rutilantes en todas partes del mundo, decide en un impulso –quizá movido por la nostalgia a la que todo el mundo, hasta él mismo, puede sucumbir en un momento dado— aceptar la invitación de la municipalidad de Salas, que ha decidido otorgarle la distinción de ‘Ciudadano Ilustre’. Inicia así un viaje que lejos de convertirse en un entrañable reencuentro acaba siendo una pesadilla que a punto está de costarle la vida. Y de la que, ‘lógicamente’ saldrá una novela.

Duprat y Cohn dibujan con esperpéntica maestría unos personajes hilarantes con los que muestran esa capa de roña que deja en la piel tanto la vanidad como la envida y el complejo de inferioridad. Y lo hacen sin dejar títere con cabeza. Óscar Martínez aprovecha la oportunidad y se luce a gusto con un personaje antipático con el que sin embargo es posible empatizar y al que sabe sacar, cuando así lo exige el guión, el ser humano que, con todo, lleva dentro. Si hay que ponerle un pero a la película sería un final demasiado explicativo que no casa con el tono del resto de la historia.

Fotogramas de ‘Les Innocentes’, ‘Anatomía de la violencia’ y ‘El ciudadano ilustre’

 

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Así no…

Javier Angulo seguirá al frente de la Seminci. Al menos por este año. Pero la decisión del consejo rector del festival de apostar, al menos momentáneamente, por la continuidad no cierra por desgracia la crisis abierta en el seno de la convocatoria cultural más importante de Valladolid, la de mayor reflejo en el exterior y la que aparece en primer lugar de toda Castilla y León en la encuesta nacional del Observatorio de la Cultura (que sitúa al certamen en el segundo lugar de su género detrás del de San Sebastián). Por el contrario, todos los mensajes que llegan desde el Ayuntamiento, principal patrocinador del certamen, no dejan sino lugar a la preocupación.

Para empezar, la crisis se abrió con prisas, en un momento de lo más inadecuado –cuando se acababa de cerrar con éxito una edición conmemorativa– y basada en una presunta necesidad de dar un cambio al Festival. Lo que parece estar en el fondo de esta situación, si nos atenemos a los votos del tribunal, es que Angulo no cuenta con la confianza de los socios del Psoe en el gobierno municipal: Valladolid toma la palabra y Sí se puede. Y por razones que no se han explicado. Y esa oposición es la que no pueden o no saben contrarrestar los socialistas que sí le apoyan, respaldados en este caso por el PP y la Federación de Vecinos. De esa división nacen los mensajes de la concejala de Cultura, Ana Redondo, en el sentido de que el Festival necesita abrir un periodo de innovación. Supongamos que así fuera, pero ¿hacia adónde? ¿Qué entiende el equipo de gobierno por innovación? Eso es lo que no está claro, eso es lo que no se explica y explicarlo sí sería transparencia. Porque, dado que actualmente el certamen ha conseguido mantener su prestigio, habría que suponer que la innovación debería ir en el sentido de superar el actual estado de cosas. Mejorar los contenidos desde una programación más exigente, más apertura hacia nuevos públicos (aspecto este, por cierto, en el que se trabaja desde el acceso de Angulo) y mayor presencia de actores y directores de primera fila. Pero esto cuesta dinero y este sí parece ser un problema más urgente para el certamen y del que no se habla: la necesidad de encontrar patrocinios privados que permitan mantener dicho nivel.
Ahora bien, si, como hemos escuchado, lo revolucionario es hacer galas de apertura en la calle (populismos, los justos, por favor, que hablamos de un festival consolidado) o mirar al cine asiático (¿alguien sabe lo que es esto? Porque películas procedentes de ese continente hemos visto en Seminci hasta la saciedad y desde hace mucho) entonces, como dice el refrán castizo, «apaga y vámonos».
Por no hablar de la falta de sentido común y elegancia que han presidido el proceso desde que se convocó el concurso hasta la fecha y que ha puesto en una situación más que desairada a un director con el que se puede no estar de acuerdo pero que no merecía ese trato. La imagen de Angulo a la espera de ser recibido por el tribunal rodeado de periodistas es lamentable. Esta forma de hacer las cosas solo perjudica a la Seminci.
No se debe confundir transparencia con atolondramiento político. Ni el que hasta ahora no haya habido concurso público con que no se buscaran profesionales aptos y de prestigio para la dirección cuyo nombramiento era aprobado por un patronato. No se puede poner en entredicho la profesionalidad de los anteriores directores del certamen. La Seminci es material cultural sensible y de primera magnitud y un excelente escaparate de la ciudad y de la región. Como tal, debe tratarse.

(Publicada en mi columna ‘Días nublados’ en la edición impresa de El Norte, el jueves 9 de junio de 2016)

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Sobre el autor Angélica Tanarro
Soy jefa de Cultura en El Norte de Castilla. En mis ratos libres (pocos) solía escribir y hasta encontraba editor. Ahora he cambiado los versos (libres o no) por alumnos de Periodismo. Mi verdadera vocación es la lectura.