El Norte de Castilla
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Categoría: Días Nublados
Fragmentos de un diario

10 de marzo. Patio Herreriano. La Asociación Colecciona, vinculada a la feria de arte Estampa, celebra una de sus jornadas. Asisten coleccionistas, galeristas, críticos… Los coleccionistas invitados comparten sus experiencias en presencia, en la primera fila, de Juana de Aizpuru que por esos días clausura su exposición en Valladolid. Jaime Sordo, Bárbara Rueda, Marcos Martín, su hijo Rafael cuentan cómo fueron creciendo sus colecciones. El denominador común es la pasión con la que en todos los casos se fueron construyendo esas antologías artísticas de la modernidad, pasión precedida por un sentimiento anterior que es la emoción ante las obras. Emoción que casi siempre al principio es intuitiva y que a medida que esa colección toma forma y, aunque la intuición se mantenga, se va viendo acompañada por un mayor conocimiento. Sí, la emoción también se educa. Pero alrededor lo que suele haber es un gran desconocimiento hacia el arte contemporáneo y una distancia entre éste y el público. ¿Cómo puede ser de otra manera en un país en cuyo currículum escolar se desprecia a las Humanidades? Hemos llegado al punto de partida: nada es posible sin la educación.

21 de marzo. La revista ‘Turia’ presenta en Madrid su último número. Esta vez dedicado al escritor suizo Friedrich Dürrenmatt cuando se cumplen 60 años del estreno de una de sus obras más conocidas, ‘La visita de la vieja dama’. ¿Quién no ha visto alguna vez esta obra que ha conocido cientos de versiones y puestas en escena? ‘Turia’ es una de esas cosas milagrosas que a veces suceden en la Cultura. ¿Cómo sobrevive una revista que no hace concesiones a la galería, con su sobria –hasta la extenuación— maqueta, que no rebaja el nivel de exigencia en sus artículos? Treinta y cinco años dando motivos para la lectura. Provocando además la curiosidad por extender el conocimiento desde los anzuelos que tira a un mar cada vez más solitario. En esta ocasión, además de Dürrenmatt, se pasean por sus páginas Martín Caparrós y Pablo D’Ors. Pero también Sam Sephard, Lêdo Ivo o Rafael Azcona. Lo dicho, un milagro.

22 de marzo. San Sebastián rinde homenaje a la librería Lagun en su quincuagésimo aniversario. 50 años de resistencia. La fallecida Teresa Castells y su socio Ignacio Latierro aguantaron, primero, los atentados de la ultraderecha, cuando en pleno franquismo su espacio en la parte vieja de la ciudad era un grito de libertad y cultura, de conocimiento frente a la censura y la barbarie; y después, los atentados de los seguidores de Eta que una y otra vez rompáin los cristales y rociaban con pintura los libros.  El atentado sufrido por el marido de Teresa el dirigente socialista José Ramón Recalde fue detonante de una mudanza a un lugar más tranquilo de la ciudad, desde donde siguieron siendo espacio para el pensamiento frente a la sinrazón de la violencia. La librería sigue con Latierro al frente. Libros igual a esperanza. Por muchos años.

 

(Columna publicada el 5 de abril de 2018 en la sección ‘Días Nublados’ de la edición impresa de El Norte de Castilla)

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Una huelga necesaria

Si todas las mujeres que viven en España hicieran huelga el próximo día 8 de marzo, el país se paralizaría. Si todas las mujeres del mundo hicieran huelga ese día, el mundo se paralizaría. No ocurrirá, claro, todos tranquilos, el sistema puede estar tranquilo, es fuerte, pero sería muy esperanzador y tremendamente necesario que al menos en España y en el mundo se notara un arañazo, una siquiera leve herida, otro golpe en la conciencia colectiva.

Que conste que escribo esto –y lo digo por honestidad— desde el cansancio y cierto escepticismo, pero ni el uno ni el otro me impiden de momento seguir en la brecha. Lo expreso porque pienso en cuantas mujeres hartas de lo poco que se consigue, de la lentitud en los avances pueden haber bajado ya los brazos. Pienso en ellas y las entiendo. Es demasiada lucha para tan pírricas victorias. ¿Piensan que soy pesimista? Es una situación que dura desde el comienzo de la Humanidad. Siempre me enfadó de niña la historia de la costilla de Adán. Siempre pensaba que surgir de la costilla del macho y no directamente de la mano divina ya nos situaba en situación de desventaja. Lo pensaba realmente cuando apenas acababa de estrenar mi uso de razón.

Ni la Ilustración, ni la revolución proletaria, ni ninguna revolución científica y tecnológica han acabado con la situación de desigualdad cuando no de violencia en la que viven las mujeres. ¿De verdad alguien puede pensar a estar alturas que el feminismo es innecesario? ¿Que exagera? ¿Qué son innecesarias las cuotas?  Ojalá lo fueran. ¿Puede alguien pensar que las mujeres que simplemente dicen ‘basta’ y denuncian los abusos y pelean por un lugar igualitario en el mundo son ‘feminazis’? ¿O es que es más cómodo para muchos hombres y no pocas mujeres poner el foco en los errores que en cualquier movimiento humano se pueden cometer para no tener que pensar en el fondo de la cuestión y vivir y dormir más tranquilos en vez de asumir un papel activo que ayudaría a cambiar la situación? ¿Se han preguntado qué pasaría si todo el mundo dejara de colaborar con las ONGs que ayudan a los seres humanos más desfavorecidos porque algún sinvergüenza haya desviado el dinero hacia donde no debía? ¿Qué sería entonces de toda esa población mundial que al menos tiene un alivio en su desesperada situación gracias a la ayuda humanitaria?

Cuando veo a alguien (la mayoría de las veces, hombres) reírse o criticar las exageraciones, que es verdad que como en toda lucha a veces se producen, pienso “qué lástima que no utilicen su inteligencia para, en vez de preocuparse tanto por cómo comportarse de forma políticamente correcta, ayudar a llegar a ese lugar mejor para nosotras, sí, pero también para ellos.  Porque en un mundo más justo todos viven mejor, aunque pierdan parte de sus privilegios”.

Algo así como lo que hizo hace un par de días el escritor Manuel Rivas en su columna de ‘El País’ titulada ‘El machismo es el sistema, tío’. Gracias. Mil gracias, Manuel.

 

(Publicada el 1 de marzo de 2018 en mi columna ‘Días nublados’)

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Algo más que un pacto

Mientras escribo estas líneas, una madre granadina espera que encuentren a sus hijos desaparecidos desde que su padre los recogiera conforme estipulaba el régimen de visitas. El hombre, ex policía local (expulsado del cuerpo al parecer por su comportamiento violento) tenía una orden de alejamiento de su ex mujer por violencia de género. Mientras escribo esta primera columna del año, el cuerpo de Diana Quer es analizado para detectar las causas últimas de su muerte. Aunque parece claro que la causa fue el fatal encuentro con un delincuente con antecedentes por violación y tráfico de drogas.

2017 se cerró con un aumento en el balance de la violencia machista. 48 mujeres (cuatro más que el año anterior) han muerto a manos de sus parejas o exparejas. Y eso sin contar los casos aún en proceso de investigación que elevarían la cifra por encima de la cincuentena (y algunos son tan evidentes que parece imposible llegar a otra conclusión que no sea que el fin se debió al maltrato al que estaban sometidas las víctimas). Pero el horror no se detiene ahí y muestra además otra cifra espeluznante: durante 2017 ocho niños murieron a manos del mismo hombre que acostumbraba a torturar a sus madres y 27 quedaron huérfanos de madre, asesinadas por sus progenitores. Eso sin contar la cantidad de menores que asisten como parte de su rutina diaria al maltrato que sufren sus madres, al clima de violencia que imponen en el día a día familiar sus progenitores, con las presumibles consecuencias que dicho menú cotidiano tiene en su formación y en su futuro.

2017 pasará también a nuestra historia reciente como el año del Pacto de Estado contra la Violencia de Género. Parecería fácil un acuerdo de todos los grupos parlamentarios ante una injusticia tan flagrante en el mismo año en que muchas mujeres han salido del armario del miedo, del silencio y la vergüenza ante el estigma social para denunciar que fueron abusadas a veces por extraños, a veces por quienes tenían en deber de protegerlas. No lo fue tanto. Pero ahí está el acuerdo que, desde el punto de vista presupuestario supondrá sobre el papel la inversión de 1.000 millones de euros en cinco años, a partir de este 2018. Una buena noticia sin duda, pero ante la que no puedo evitar mi escepticismo. Cuántas veces los presupuestos se quedan sin ejecutar, cuantas veces se pierde el dinero necesario para lo más básico en laberintos administrativos y desidia burocrática.

Además, nada será realmente eficaz si no se atajan los orígenes: la educación, el clima social que fomenta aún una imagen secundaria de la mujer, la crisis sobre la que solo oímos ya mensajes triunfales… en este país, donde se rebajan los presupuestos de la enseñanza, se subvencionan con dinero público colegios que segregan a los niños por género, se maltrata la Cultura y se eliminan asignaturas como Educación para la Ciudadanía. Ya veremos…

 

(Publicada en mi columna de Opinión ‘Dìas nublados’ el 4 de enero de 2018)

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Así está el Patio

Hace tiempo que vengo señalando perpleja que la información cultural cada vez se parece más a la información deportiva y a la información económica. A la primera, porque resulta que de lo que se trata es de batir récords constantemente y a la segunda, porque solo parecen interesar las cifras. Dentro de nada habrá gráficos con lí­neas de subidas y bajadas en todas las informaciones culturales como si del í­ndice Dow Jones se tratara. Creo que ya hay.

El Patio Herreriano ha batido récord de visitantes. (Plas, plas, plas…) Todos contentos. Todos, menos un amplio sector profesional del mundo del arte. Lo manifestado por el Instituto de Arte Contemporáneo y el Grupo de Trabajo del Museo en su comunicado a los medios es compartido en muchos sectores artísticos de dentro y fuera de la ciudad. Da pereza volver a señalar lo ya dicho en otras ocasiones como ésta. Lo que diferencia al Patio Herreriano, lo que le da sentido como Museo, es su importante colección y en torno a ella, a sus contenidos, a sus caracterí­sticas, al papel que juega en el contexto del arte nacional e internacional, relacionado con el nacimiento y desarrollo de las vanguardias, debería girar su actividad. Una actividad que, al mismo tiempo, deberí­a colocar al Herreriano en el mapa de los museos de arte contemporáneo que cuentan en el país. Es decir, aprovechar el hecho de que la Colección permanece en esta ciudad para generar en torno a ella una riqueza cultural que distinga al museo y se convierta en atractivo para un público aficionado y experto, así­ como imán de otras actividades relacionadas. Proyecto y presupuesto económico. Estas son las claves.

Lejos de eso, el Museo se encuentra actualmente sin dirección (al parecer lo dirige una gestora) y sin proyecto (al menos que se haya hecho público), a no ser que el proyecto fuera el de batir récords de visitantes. En ese caso, misión cumplida. Aunque la euforia que traslucían las palabras del alcalde durante el balance de visitas de 2017 (¿por qué no se ha hecho al final del año? La cifra hubiera sido aún más vistosa) habrí­a que matizarla. Para empezar, la entrada ahora es gratuita ¿por qué no se adoptó antes esta medida si tanto preocupaban las estadí­sticas? En segundo lugar, en el Patio Herreriano se ha concentrado la programación de otras salas de exposiciones municipales. Es decir, los visitantes habituales de estas ahora van al Patio. Pero para eso no se necesita una colección ni un museo. Para incluir exposiciones no proyectadas ni comisariadas desde el centro (de cuya calidad media, por cierto, no se duda en la mayorí­a de los casos, ahí­ está la de Sarah Moon) no se necesita la Colección, basta con amplios espacios que permitan montajes adecuados. El Museo era y debe ser otra cosa.

Y un apunte más. Hay que distinguir artistas emergentes de artistas aficionados. Ambos deben tener su espacio, pero quizá sin mezclarse o con las fronteras bien definidas.

(Columna publicada en la edición impresa de El Norte de Castilla el jueves dos de noviembre de 2017)

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Periodismo y diplomacia

Toda actividad humana requiere momentos de parada y reflexión.   Tiempos ‘muertos’ como en el deporte en el que se revisen los proyectos, las estrategias, las condiciones en que se desarrollan y se mire al horizonte con perspectiva. Si hay un trabajo en el que esta necesidad parece evidente es el periodismo. Acuciados por la prisa, presionados por la necesidad, y en ocasiones obsesión, de llegar los primeros y por las condiciones que imponen las nuevas tecnologí­as los periodistas necesitamos parar, preguntarnos si lo que estamos haciendo se ajusta a lo que la sociedad exige o debe exigir a un profesional de la comunicación.

Una oportunidad para el análisis en conjunto es la que ofrece desde hace tres años la Fundación Santillana a los periodistas culturales de este país. Citas para compartir experiencias, para poner en común nuevos retos y para, entre todos, alertarnos de los nuevos modos y las nuevas realidades que surgen en nuestra área profesional. Por eso desde hace dos años este encuentro tiene ‘tema’ y en la última cita, celebrada recientemente en el imponente edificio que Renzo Piano ha diseñado para albergar la Fundación Botí­n en Santander, el tema fue la diplomacia cultural, ese llamado ‘soft power’ con el que se tienden puentes que en ocasiones la diplomacia ‘real’ no llega a establecer. Apasionante y complejo asunto en el que a través de las exposiciones de los expertos se fue dibujado un mapa de orografí­a complicada que analizó desde el papel de las instituciones diplomáticas, a la realidad de la marca España, pasando por el papel del Instituto Cervantes, de las exposiciones universales o las apuestas polí­ticas por las grandes franquicias museí­sticas.

Los periodistas nos vemos llamados a navegar entre los acontecimientos en los que el titular a cinco columnas está prácticamente asegurado por la calidad de la apuesta, el peso de las instituciones promotoras o la eficacia de un marketing capaz de soslayar las debilidades reales del `’evento’ y otros que desde presupuestos aparentemente menos ambiciosos esconden el peso específico de lo trascendente. Sería, por citar mis palabras en la introducción de una de las mesas de debate, tener los ojos abiertos entre las cifras llamativas de la macroeconomí­a, en este caso de la ‘macrocultura’, y la realidad de la microeconomía. Y puse como uno de los posibles paradigmas de esa diplomacia cultural que se establece desde el impulso creador la exposición que estos dí­as muestra El Museo del Prado en la sección Obra Invitada. El diálogo que la artista iraní­ Farideh Lashai estableció pocos años antes de su muerte con los ‘Desastres de la Guerra’ de Goya es el mejor ejemplo de cómo el arte tiende puentes más allá de la distancia que imponen los siglos, las culturas y los gobiernos.

Es nuestro deber saber encontrar el criterio que nos permita iluminar lo verdadero en cualquier dimensión y hacerlo con el espíritu crí­tico que reclamó en la clausura del congreso su director, Basilio Baltasar, y que se supone en nuestro ADN profesional.

(Columna publicada en la edición impresa de El Norte de Castilla del 22 de julio de 2017)

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Cultura, nada más

Hay proyectos culturales que me devuelven la confianza en los proyectos culturales. Por muchas razones. Por ejemplo, porque saben crecer sin perder pie, sin olvidar sus objetivos, sin desvirtuarse. Lo que no quita para que puedan evolucionar, desarrollarse, en definitiva, crecer sin morir de éxito.
Pensaba en ello recientemente, en la fiesta de aniversario de la editorial La Uña Rota. Veinte años. Quién iba a decir entonces, cuando surgió como una modesta locura de cuatro amigos locos por los libros y el teatro que veinte años después no solo estaría viva sino creciendo, ocupando un lugar respetado entre las editoriales ‘diferentes’, ente las editoriales sin más. La Uña Rota encontró su sitio y los cuatro amigos que la impulsaron desde la periferia de Madrid (para añadir más dificultades, más rarezas, el proyecto partía de Segovia) no solo siguen compaginando esta labor editorial que les apasiona con los trabajos que les dan de comer, sino que ¡siguen siendo amigos! Rodrigo González, Mario Pedrazuela, Arcadio Mardomingo y Carlos Rod continúan al frente del artefacto. Juntos han conseguido un catálogo en el que figuran nombres como Angélica Liddell (atención, está a punto de salir de imprenta el último texto de la dramaturga), Juan Mayorga (a quien, entre otros títulos, publicaron su obra reunida), Rodrigo García (la edición de sus ‘Cenizas escogidas’ fue uno de los hitos del sello…) Esto por la parte teatral, pero también Herman Melville, Antonio Valdecantos, Joseph Conrad, Graham Green… siempre buscando textos con ese punto de rareza, de originalidad que conforma su personalidad. Una de sus más atractivas colecciones es la llamada Libros inútiles, donde te puedes topar con Samuel Beckett o Kenneth Goldsmith y donde el adjetivo inclasificable sería el único que podría clasificarlos.
Pero hay más locos en el mundo de la cultura, no todo va a ser precariedad intelectual o de la otra. Y cuando no se me había quitado el buen sabor de boca de la fiesta de aniversario de La Uña Rota, asisto a otra celebración que te hace creer en el futuro de la lectura. Esta vez los anfitriones eran el equipo de Páginas de Espuma, el sello editorial que desde 1999 está empeñado en elevar a la primera línea de la relevancia literaria al género del cuento. También recuerdo como si fuera hoy cuando Juan Casamayor me contó el proyecto de publicar los cuentos completos de Anton Chéjov, una aventura con la suficientes dosis de locura y riesgo para una editorial ‘independiente’. Hoy varios años (tres si contamos desde la publicación del primer tomo, más si tenemos en cuenta cuándo empezó a gestarse el proyecto) y aún más de cuatro mil páginas después, los seiscientos cuentos que hoy por hoy se pueden considerar todos los que escribió el autor ruso están en una edición en cuatro volúmenes que aportan no solo nuevas traducciones (de algunos cuentos las primeras que ven la luz en nuestro idioma) sino una visión global de su obra, de cómo la fue construyendo y cómo evolucionaba el autor con respecto a su trayectoria.
Y todo ello gracias a la labor de Paul Viejo, traductor y alma mater del proyecto, cuya pasión por la criatura te devuelve la confianza, insisto, en las empresas culturales de verdad. Porque de eso hablamos, de cultura. Nada más. Y nada menos.

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Sobre el autor Angélica Tanarro
Más que un oficio, el periodismo cultural es una forma de vida. La llevo ejerciendo desde que terminé la carrera. Hace de eso algún tiempo. Me recuerdo leyendo y escribiendo desde que tengo uso de razón. La lectura es mi vocación; la escritura, una necesidad. La Cultura, una forma de estar en el mundo. Dejo poemas a medio escribir en el bolso y en todos los armarios.