El Norte de Castilla
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Categoría: General
Luces y sombras de una joven escritora

El segundo volumen del diario de Laura Freixas revela su pasión por llegar a ser una autora reconocida

¿Qué hace de un diario una obra narrativa lo suficientemente atractiva como para que el lector quede enganchado en ella y avance sobre sus páginas como por una novela de intriga, aunque lo que se cuente en él no sean grandes hazañas ni aparezcan personalidades de las que marcan la historia de una colectividad? ¿Basta una vida azarosa o sorprendente para que el relato pormenorizado de sus ‘acontecimientos’ dé lugar a una narración literariamente competente? La segunda pregunta es fácil de responder. No. Un diario necesita algo más que episodios relevantes para convertirse en una narración poderosa. La primera pregunta sin embargo es más difícil de contestar. Solo la experiencia nos demuestra cómo una vida aparentemente corriente puede derivar en un relato apasionante. Será cuando el autor conecte con ese fondo vital que a todos nos alienta, y a través de sus experiencias consiga que el lector considere que está hablando de él mismo, aunque sus trayectorias vitales nada tengan que ver. Cuando un diario toca esa verdad, lo de menos ya es el género, la obra se convierte en valiosa.portada-todos-llevan-mascara-web-350x537

Me hacía estas reflexiones mientras avanzaba velozmente por el segundo tomo del diario de Laura Freixas, ‘Todos llevan máscara’ que ha publicado, al igual que el anterior, el sello Errata Naturae. Freixas es una especialista en literatura diarística. Lleva años estudiando diarios ajenos, tradujo el de Virginia Woolf y en 1996 coordinó la antología de diarios españoles que apareció en el número dedicado a este género en la ‘Revista de Occidente’. En él publicó además un artículo, ‘Auge del diario ¿íntimo? en España’, en el que entre otras cosas trataba de establecer la frontera entre un dietario y un diario íntimo y en el que al final lamentaba la actitud de la mayoría de los escritores españoles que era la de “un pudor desmedido, adusto y envarado, la de un repliegue lejos del diario íntimo hacia el terreno, menos resbaladizo, del dietario, la de una huida hacia el helado Olimpo de la reflexión abstracta, la tercera persona, la especulación intemporal, el pronombre neuro”. “Corremos, así, el riesgo –concluía la autora— de desaprovechar un género literario que ofrece posibilidades inmensas”.

Como si hubiera querido aprovechar su propia lección, Laura Freixas sostiene en su diario la actitud contraria, mantiene a raya el pudor y hace gala de una gran sinceridad. En este segundo volumen, que abarca los años 1995 y 1996, Freixas no sólo avanza como escritora, sino que ese avance se refleja también en este tramo del diario, más potente y con más peso que el anterior. La escritora acaba de publicar su primera novela, su primera hija es todavía poco más que un bebé, y las relaciones con su pareja, aunque no exentas de discusiones, son satisfactorias. Pero su deseo de ser una escritora reconocida es fuente a menudo de ansiedad y, según confiesa sin rubor, de envidia hacia esos autores cuya obra sí ha alcanzado ya el aplauso general. El psicoanálisis ocupa también su espacio en estas páginas. Por otro lado, su apuesta por la literatura, que le ha hecho abandonar sus trabajos editoriales, es una apuesta arriesgada: no es fácil tener independencia económica cuando las colaboraciones no llegan o no se pagan y la falta de dinero es también una preocupación en estas páginas.

La vida de Freixas gira en torno a la literatura. Su actividad como crítica literaria le pone en contacto con sus iguales y es fuente de reflexiones. La autora de ‘Último domingo en Londres’ ha leído ese apasionante documento novelado de Elizabeth Smart que es ‘En Grand Central Station me senté y lloré’ y ha quedado fascinada por ella. De ahí su decepción cuando lee la segunda, ‘The Assumption of the Rogues and Rescals’, en la que cree que la escritora está quemada por las circunstancias de su vida y que ha perdido ese brillo generoso y arrebatado de su primera novela. Las reflexiones que deja acerca de esta lectura son suficientemente esclarecedoras de su relación con la escritura: “Mi conclusión egoísta y personal: escribir antes de que sea demasiado tarde, disfrutar de esa riqueza que bulle dentro de mí, darle salida antes de que la decepción, la sequedad, el temible aburrimiento, hagan mella en mí. Expresar, ahora que todavía –y no sé por cuántos años— la siento: esa riqueza: lo desaforado, lo misterioso, lo poético, incluso lo angustioso, que es su otra cara. Antes de que sea demasiado tarde, de que me haya vuelto demasiado adulta, de que me parezca que no hay gran cosa que temer ni que esperar”.

Estamos pues, ante un verdadero diario íntimo, valiente y sincero, cuya lectura es apta para quienes aprecien la buena escritura y sepan apreciar que un diario es en el fondo la ‘novela’ de una vida, pero que se vuelve especialmente recomendable a quienes comparten con ella la pasión por esas dos caras de una misma moneda que son la lectura y la escritura.

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Cuestión de piel

Esther Gatón expone su proyecto ‘Las Virtudes’ en la Sala 0 del Patio Herreriano

 

las-virtudes_dsc_0581_lowUna estructura modular, de madera, que reproduce las dimensiones de su estudio, dibuja el espacio de la instalación que Esther Gatón (Valladolid, 1988) presenta en la sala 0 del Patio Herreriano de su ciudad natal, dentro del programa Cre-Art de la Fundación Municipal de Cultura. Y ‘Las virtudes’, su enigmático título. Nada que ver con reminiscencias del catecismo. Las virtudes a las que se refiere tienen que ver con las características del material con el que ha experimentado la artista. Piezas de silicona cuelgan como rastros de pieles que hubieran pertenecido a un ser vivo en un ambiente semi iluminado, semi en penumbra que también intenta reproducir la luz del estudio en el que Gatón pasa horas experimentando con los materiales. La primera impresión que recibe el visitante al entrar en la sala es de perplejidad. Y no está de más que así sea pues perplejidad está en las palabras que la artista pronuncia al hablar de esta instalación, la perplejidad ante el comportamiento de los materiales, puede, pero seguramente antes que todo eso la perplejidad ante un mundo que no acabamos de asimilar del todo.

‘Denso’ es otro adjetivo que ella misma utiliza al referirse a esta obra. Muy justamente. Nada, o muy poco, se da de un vistazo en la sala. Conviene que el visitante penetre en ese espacio de fronteras inciertas donde nada estuvo muy preconcebido y donde ahora nada está demasiado definido. Quedarse. Esa es la clave. La mirada necesita un tiempo, resbalar, como la sensación resbaladiza del tacto de la silicona, por esas piezas colgantes que en conjunto podrían componer la partitura de la banda sonora tras un desastre nuclear. De hecho, el texto que acompaña a la muestra, de Julia Morandeira, es un relato sobre la última guerra nuclear que asola la tierra y la Gran Debacle posterior. Grupos de humanos y no-humanos se afanan por diseñar nuevas pieles, que no son otra cosas que nuevas maneras de relacionarse con la Tierra. Ese mundo distópico es el que refleja Gatón con estos fragmentos colgados de piezas de latón. Y solo permaneciendo en él un tiempo nos llega una cierta sensación de angustia y también de inquietud porque tampoco hay claves para desentrañar esa nueva situación que nos plantea la artista. Ella ofrece un relato material pero no ahorra al espectador la necesaria reflexión.

Estamos ante una artista rigurosa que dedica mucho tiempo a descubrir cómo un material puede dar respuestas distintas con distintos tratamientos y  que encuentra en el camino piezas como las que expone también en el Patio, pequeñas esculturas con cierto acento surrealista. También con alguien implicado en su tiempo, un tiempo social que ofrece no pocas incertidumbres. El concepto de encuentro, ya sea para trabajar un objeto encontrado como para encontrar nuevas posibilidades en los materiales es otro concepto fundamental en su proceso de trabajo.

La agenda de Esther Gatón está llena de proyectos. Al tiempo que su obra puede verse en Valladolid hasta el 20 de mayo, acaba de inaugurar otra exposición, ‘Abrigo la nuca’, en Aldama Fabre Gallery de Bilbao. Y no olvida su labor como comisaria. Artista incansable y muy interesante.

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La prestancia de una zapatilla viuda

Pérez-Jofre vuelve a La Gran de Valladolid con sus monumentales dibujos de las cosas

Ignacio Pérez-Jofre es un dibujante compulsivo. Ya lo pudimos comprobar en su anterior exposición en este mismo espacio de la calle Claudio Moyano de Valladolid. Dibuja cuanto le rodea, esos objetos casi siempre insignificantes en nuestra consideración pero que nos acompañan y nos facilitan la existencia. Desde el tubo del dentífrico a los zapatos, desde la pastilla de noche al libro que acompaña nuestros momentos más relajados, todo está en sus cuadernos, y en ellos, pero, sobre todo, en las paredes donde cuelgan una vez dibujados, adquieren otra consistencia, como subidos a un escenario suman prestancia. Dando un paso más en este constante ejercicio de representación de cuanto le rodea, y azuzado por un verso de T. S. Elliot (“las rosas tenían el aspecto de flores observadas”) Pérez-Jofre ha construido para La Gran ‘El aspecto de estar siendo observado’, una muestra en la que ha escogido cinco objetos de su serie ‘Las cosas’ y las ha dibujado con tintes de monumentalidad.

Una bota de montaña ‘Soltera’, una zapatilla deportiva ‘Viuda’ o un flexo en posición de ‘Sumisión’ posan para nosotros y reclaman categoría de personajes. Ya no importa tanto su ser como su estar, la manera como se nos aparecen. Aquí el tamaño sí que importa (los cuadros tienen medidas como 235 x 150 cm., 130 x 250 cm.) porque la mano del dibujante, el gesto de la muñeca, como mucho del brazo, implica ahora a todo el cuerpo y exige un mayor esfuerzo físico. Pero lo que también contribuye, aunque en un principio no sea evidente del todo al espectador, a dar a los objetos esa prestancia es la técnica empleada. Las ‘cosas’ están dibujadas en papel y encoladas posteriormente a la tela.obras-de-perez-jofre

Pero más allá del virtuosismo técnico, que existe, parte del atractivo de la exposición es ir descubriendo el mundo de Pérez-Jofre. Por eso es tan recomendable pasar a la ‘trastienda’ de La Gran, esa especie de gabinete que complementa la ‘parte noble’ de la galería.  Allí, desplegados por la pared están los fragmentos de ese diario íntimo que el artista abre para el que quiera detenerse. Pequeñas acuarelas que nos desvelan tanto de la personalidad del artista como de sus indagaciones. Pérez-Jofre ha ido dando vueltas a la idea de que en realidad “no podemos pintar nada tal como es. No sabemos nada del objeto en sí mismo, sólo del objeto tal como lo percibimos…” Y, por otro lado, esas cosas son algo más que los objetos que están destinados a ser pues “cuentan historias o simbolizan ideas. Se asocian a experiencias, son registros de sucesos pasados o premoniciones de hechos futuros”.

Hace tres años ya supimos del interés de este artista, una de cuyas facetas no menos destacables es su gusto por el dibujo al aire libre que, en su caso, tiene siempre tintes performativos. Aquellos ‘escombros’ que fue dejando por la ciudad con motivo de su anterior exposición vallisoletana, alguno de los cuales ha sobrevivido casi milagrosamente, eran señales de una potente vena creativa de la que ahora conocemos otro capítulo.

(Crítica publicada en la edición impresa de El Norte de Castilla el 3 de mayo de 2018)

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Fragmentos de un diario

10 de marzo. Patio Herreriano. La Asociación Colecciona, vinculada a la feria de arte Estampa, celebra una de sus jornadas. Asisten coleccionistas, galeristas, críticos… Los coleccionistas invitados comparten sus experiencias en presencia, en la primera fila, de Juana de Aizpuru que por esos días clausura su exposición en Valladolid. Jaime Sordo, Bárbara Rueda, Marcos Martín, su hijo Rafael cuentan cómo fueron creciendo sus colecciones. El denominador común es la pasión con la que en todos los casos se fueron construyendo esas antologías artísticas de la modernidad, pasión precedida por un sentimiento anterior que es la emoción ante las obras. Emoción que casi siempre al principio es intuitiva y que a medida que esa colección toma forma y, aunque la intuición se mantenga, se va viendo acompañada por un mayor conocimiento. Sí, la emoción también se educa. Pero alrededor lo que suele haber es un gran desconocimiento hacia el arte contemporáneo y una distancia entre éste y el público. ¿Cómo puede ser de otra manera en un país en cuyo currículum escolar se desprecia a las Humanidades? Hemos llegado al punto de partida: nada es posible sin la educación.

21 de marzo. La revista ‘Turia’ presenta en Madrid su último número. Esta vez dedicado al escritor suizo Friedrich Dürrenmatt cuando se cumplen 60 años del estreno de una de sus obras más conocidas, ‘La visita de la vieja dama’. ¿Quién no ha visto alguna vez esta obra que ha conocido cientos de versiones y puestas en escena? ‘Turia’ es una de esas cosas milagrosas que a veces suceden en la Cultura. ¿Cómo sobrevive una revista que no hace concesiones a la galería, con su sobria –hasta la extenuación— maqueta, que no rebaja el nivel de exigencia en sus artículos? Treinta y cinco años dando motivos para la lectura. Provocando además la curiosidad por extender el conocimiento desde los anzuelos que tira a un mar cada vez más solitario. En esta ocasión, además de Dürrenmatt, se pasean por sus páginas Martín Caparrós y Pablo D’Ors. Pero también Sam Sephard, Lêdo Ivo o Rafael Azcona. Lo dicho, un milagro.

22 de marzo. San Sebastián rinde homenaje a la librería Lagun en su quincuagésimo aniversario. 50 años de resistencia. La fallecida Teresa Castells y su socio Ignacio Latierro aguantaron, primero, los atentados de la ultraderecha, cuando en pleno franquismo su espacio en la parte vieja de la ciudad era un grito de libertad y cultura, de conocimiento frente a la censura y la barbarie; y después, los atentados de los seguidores de Eta que una y otra vez rompáin los cristales y rociaban con pintura los libros.  El atentado sufrido por el marido de Teresa el dirigente socialista José Ramón Recalde fue detonante de una mudanza a un lugar más tranquilo de la ciudad, desde donde siguieron siendo espacio para el pensamiento frente a la sinrazón de la violencia. La librería sigue con Latierro al frente. Libros igual a esperanza. Por muchos años.

 

(Columna publicada el 5 de abril de 2018 en la sección ‘Días Nublados’ de la edición impresa de El Norte de Castilla)

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Pequeño álbum fotográfico de Patricia Highsmith

A PROPÓSITO DE LA EDICIÓN DE SUS ‘RELATOS’ POR EL SELLO ANAGRAMA

 

Siempre me ha sorprendido –y producido un cierto rechazo, confieso— la expresión de dureza que transmite el rostro de Patricia Highsmith en la etapa de madurez de su vida. Las fotografías más difundidas de la escritora pertenecen a la década de los ochenta, cuando era ya una celebridad literaria, cuando Mr. Ripley, su personaje más popular, el amoral estafador y ocasional asesino había tomado ya la fisonomía del apuesto Alain Delon o del duro y carismático Dennis Hopper en sus adaptaciones a la gran pantalla. En una de esas fotografías, de 1988, la escritora icono de la novela negra del siglo XX muestra el rostro con el que prácticamente llegará al final de sus días: una media melena mal cortada con flequillo ladeado, estilo colegiala, contrasta con la dureza e implacabilidad de su mirada y la mueca de desprecio que desprende su boca. Tantos años de mirar al mal de frente en sus novelas y cuentos, haber estudiado el rostro de seres que bajo la apariencia de normalidad escondían un asesino en potencia, parecía haber hecho mella en su cara. ¿El mundo le parecía ese lugar inhóspito y despreciable que transmite su forma de mirarlo? Preguntas para un psicoanalista o para ella misma que adoptó esta posición en muchos de sus relatos pero que nunca dio suficientes pistas acerca de sí en las escasas entrevistas que concedió. Una buena colección de su narrativa breve sale a la luz ahora de la mano de Anagrama que ha recopilado en un volumen cinco de sus más celebrados libros de cuentos: ‘Once’, ‘Pequeños cuentos misóginos’, ‘Crímenes bestiales’, ‘A merced del viento’ y ‘La casa negra’.patricia-highsmith-foto

Pero el rostro de la autora de ‘El talento de Mr. Ripley’ también fue joven y de una rara belleza. En las imágenes de su primera juventud no hay huellas aparentes de una niñez marcada por las malas relaciones con su madre, quien no dudó en informarle de que había sido concebida por accidente, y del hecho de no haber conocido a su padre por el temprano divorcio de sus progenitores. La literatura suele ser el refugio de los niños solitarios y también en este caso se cumplió la norma. Y así fue para el resto de su solitaria vida lo que le valió que a menudo calificativos como misógina y misántropa aparezcan pegados a la información sobre sus obras. Prefería la soledad en la que germinaban sus historias, eso parece un hecho comprobable, y lo cierto es que, fruto o no de esa obsesión por la escritura, sus relaciones más íntimas fueron siempre cortas. Suiza fue el refugio que eligió para escribir sin ser molestada esta mujer que había nacido en Texas en 1921 pero que se crio en Nueva York, ciudad que nunca desapareció de sus relatos.

Nada de una vida entregada a la solitaria misión de relatarnos el mal, plagada de otros avatares como el alcoholismo que le acompañó también durante una gran parte de su biografía, aparece en esas fotografías de una Highsmith veinteañera o en el comienzo de la treintena de mirada casi soñadora. Pero incluso en estas atractivas instantáneas, ya parece advertirnos con una pizca de ironía en su sonrisa y otra de intención en los ojos de que las apariencias engañan. Fue ella quien mejor nos enseñó que no siempre el mal y la locura tienen el aspecto de indeseables delincuentes o inquietantes perturbados. ¿Acaso no era agradable la señora Afton, la pacífica y gordita señora Afton que da nombre a uno de sus extraordinarios relatos de ‘Once’? ¿Acaso no son extraordinariamente amables los amigos neoyorkinos de ‘La Red’ (en ‘A merced del viento)?  Y, sin embargo, ¿no tememos todo el tiempo que tras su asfixiante deseo de ayudar se esconda, si no una mala intención, un comportamiento insano que dé lugar a una catástrofe?portada-highsmith

Por cierto, que en este relato se cumple de forma magistral la visión que otro grande como Graham Greene tenía de su literatura y que se recoge en el prólogo a esta reciente edición de sus relatos: “Highsmith –dice Greene— es una poeta de la aprensión más que del miedo. Al cabo de un tiempo, como aprendimos todos durante el Blitz, el miedo es narcótico, puede causar que uno se duerma de cansancio, pero la aprensión carcome los nervios suave e ineludiblemente”.

MISTERIOS

Pero ¿a qué viene tanta insistencia con las fotografías de una de las escritoras que más veces ha sido adaptada al cine? ¿Por qué usurpar el oficio de analista de la mente humana que tantas veces ejerció desde su literatura desplegándolo página a página y sin dejar que sus desquiciados protagonistas desvelaran antes de tiempo sus intenciones? En parte al acierto, casual para este fin o no, de la fotografía que la editorial ha elegido para la portada de este volumen de relatos, por cierto, también muy conocida. En ella la escritora, todavía joven, sostiene en brazos a uno de sus adorados gatos, sin duda una compañía que prefirió a la de sus congéneres. Ella no mira a cámara. Sus ojos se desvían hacia su izquierda quién sabe si detenidos en alguna persona que el fotógrafo no recogió o ‘vislumbrando’ algún potencial personaje de sus historias. El que mira de frente es el gato y eso sí que parece una amenaza. El gato, en primer plano, como la barrera que ella siempre estableció frente al mundo. El gato asumiendo toda esa carga de misterio que los humanos atribuyeron a su especie y que rodeó a la escritora. Todo el que ha convivido con un felino presuntamente doméstico sabe que en el fondo nunca se puede estar seguro de sus intenciones. Exactamente igual que con los aparentemente inocentes protagonistas de sus obras. A veces, muchachas solitarias que solo buscan un lugar agradable y anodino desde el que mirar el mundo con confianza, aunque al final tengan que sacar la botella de cloroformo y utilizarla de forma espuria para conseguir su objetivo, como le sucede a Geraldine, la protagonista de ‘Cuando la flota estuvo en Mobile’. No, a veces el mal se disfraza de buenas intenciones incluso para sus sorprendidos portadores que solo quieren demostrarle al mundo lo mejor de que son capaces, como le ocurre a Lucille, ‘La heroína’. (También, como el anterior, en ‘Once’).

Cualquier excusa es buena para volver sobre la obra de Highsmith. Recientemente el cine nos recordó lo extraordinario de su literatura con la versión de ‘Carol’, aunque para muchos pasara desapercibido que el filme de Todd Haynes que protagonizaron Cate Blanchett y Rooney Mara y que obtuvo varias nominaciones a los Oscars estaba la novela ‘El precio de la sal’, que Highsmith publicó en 1952 escondiéndose tras el seudónimo Claire Morgan para esconder asimismo su propia homosexualidad. La autora la recuperó treinta años después publicándola con el título de ‘Carol’ y desvelando en el prólogo el porqué del seudónimo inicial.

Ahora es esta nueva edición de los relatos la que nos invita a volver sobre su extraordinaria capacidad de contar.

SI BREVE…

Todo escritor tiene en la brevedad un buen parámetro en el que medirse. Puede que para muchos esta afirmación resulte excesiva pero aquí está uno de los exámenes que prueban la capacidad de un narrador. Patricia Highsmith ha pasado a la historia como la ‘madre’ de Mr. Ripley, como la autora original de ‘Extraños en un tren’ que inmortalizara Hitchcock con el poder del cine, es decir, por sus novelas, pero en mi opinión lo mejor de su literatura está contenido en sus cuentos, absoluta escuela para cultivadores del género y no solo aquellos más afectos al color negro del relato policiaco o el gris del thriller psicológico.

La colección que acaba de publicar Anagrama incluye sus famosos ‘Cuentos misóginos’ donde la brevedad los acerca a los microrrelatos. En apenas una página y media, la autora de ‘La casa negra’ mantiene la tensión, nos dibuja un personaje, nos informa de sus intenciones y nos suelta un bofetón en el rostro para que no nos durmamos en nuestras convicciones.

Pero, aun reconociendo su valor, me quedo con esos relatos un poco más extensos poblados por grupos de seres unidos por su propia extrañeza y en los que brilla la maestría de reflejar en unas pocas líneas personalidades distintas que confluyen en lo más oscuro y banal de la existencia como en ‘Nunca fue uno de los nuestros’.

Vuelvo a mirar sus fotografías, esa mirada que nos interpela como si fuéramos culpables de algo indefinido, como si nos quisiera meter en una de sus inquietantes historias… Y no me quedo tranquila.

 

(Artículo publicado en ‘La sombra del ciprés’ de El Norte de Castilla el 24 de marzo de 2018)

 

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Una deliciosa ‘Comedia aquilana’, por Nao d’amores

En el teatro, como en cualquier otro aspecto de la creación, hay quien decide abandonar los caminos trillados, las autopistas donde la señalización es clara, las vías rápidas, para adentrarse en vías poco exploradas o incluso desbrozar y abrir sus propios caminos. Si a esta voluntad aventurera se suma talento, sensibilidad y buen hacer el resultado suele ser una obra imprescindible, una pequeña joya a conservar y continuar. Esta es la actitud que eligió la directora teatral Ana Zamora cuando sin pensar en cálculos taquilleros o repercusión mediática sino con verdadera pasión por su trabajo decidió explorar las obras anteriores al teatro clásico: ir a los orígenes de nuestro teatro medieval y renacentista. Y embarcó en ello a una compañía, Nao d’amores, de la que forman parte profesionales procedentes del teatro clásico, los títeres y la música antigua que han logrado ser un conjunto engastado, una orquesta afinada, como demuestra cada vez que pisa los escenarios.prueba-imagen-comedia

La última aventura de esta compañía –después de resucitar obras de Gil Vicente, Lucas Fernández, o adentrarse en piezas enigmáticas como las danzas de la muerte medievales— acaba de estrenarse en el Teatro de la Comedia de Madrid, donde permanecerá hasta el día 11, tras un preestreno en el teatro Juan Bravo de Segovia.

‘Comedia aquilana’ lleva la firma de Bartolomé Torres Naharro, un autor hoy prácticamente olvidado a pesar de haber sido uno de los autores que en el siglo XVI logró mayor difusión para unas obras en las que la fusión de preceptiva teatral y práctica escénica consiguió una gran popularidad. La pieza elegida es una ‘comedia a fantasía’ que está considerada la primera comedia romántica del teatro español.

Una beca artística de residencia de la Real Academia de España en Roma le permitió a Zamora explorar a través de los textos del dramaturgo, autor de la primera preceptiva teatral en lengua romance, “la influencia italiana en el nacimiento de una identidad teatral propia, nacional, aunque con profundas raíces en la cultura teatral europea”, según ha explicado la propia directora. En esa residencia fabricó la urdimbre de este espectáculo que terminó de cuajar en el encierro “casi monástico” de la compañía en la sede segoviana de Nao d’amores, solo que en esta ocasión no estaban solos, sino que han ido de la mano de la Compañía Nacional de Teatro Clásico.

¿Y el resultado? Pues el resultado es una de esas pequeñas joyas que deberían ser de obligada programación tanto en departamentos de Filología de las universidades como en todas las escuelas de teatro superando así una absurda separación a la que también se refiere Ana Zamora en los prolegómenos de este trabajo: “el desajuste entre el campo de los estudios filológicos y la práctica teatral”. ‘Comedia Aquilana’ narra los amores del caballero Aquilano y la princesa Felicina y contiene ya algunos de los elementos de lo que luego serían las señas de identidad de la comedia barroca como los enredos y lances amorosos, la figura de los criados envueltos en una trama secundaria, la utilización sistemática del verso…

Y precisamente lo primero que sorprende y tranquiliza según comienza la acción es la adecuada dicción del verso, la perfecta vocalización de los actores, eso que tanto se echa de menos hoy en día. Zamora ha tomado algunas decisiones como la de mantener algunos giros del castellano antiguo sin lastrar la audición del espectáculo. Por otra parte, los actores no solo ‘dicen’ bien sus papeles, se los ve a gusto en ellos, perfectamente ajustados a su ‘traje’ y al conjunto de los demás personajes. Porque este es quizá uno de los puntos que merecen mayor aplauso en el trabajo de Nao d’amores, la apuesta por ser de verdad una compañía donde músicos, actores, pero también cuerpo técnico, forman un todo en el que nadie intenta destacar por encima de los otros. Y el resultado es magnífico: la música, el movimiento escénico, los actores que cantan, todo fluye sin chirridos ni estridencias. Excelente una vez más el trabajo de Alicia Lázaro en la dirección musical.  Y excelente también el envoltorio dirigido por Henar Montoya, una escenografía y un vestuario alegres, coloristas, divertidos y elegantes pero que, sin necesidad de grandes dislocaciones trasladan al espectador al tiempo en el que estas comedias fueron representadas por vez primera.

‘Comedia aquilana’ hace pasar un buen rato al espectador en la hora que dura el espectáculo. Pero me atrevería a decir que esto es lo de menos. Lo importante es que si este país amara la cultura en general y la cultura teatral en particular esta pieza tendría una larga lista de compromisos por delante.

 

(Crítica publicada en la edición impresa de El Norte de Castilla, el domingo 4 de marzo de 2018)

La fotografía es de Javier Herrero

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Sobre el autor Angélica Tanarro
Más que un oficio, el periodismo cultural es una forma de vida. La llevo ejerciendo desde que terminé la carrera. Hace de eso algún tiempo. Me recuerdo leyendo y escribiendo desde que tengo uso de razón. La lectura es mi vocación; la escritura, una necesidad. La Cultura, una forma de estar en el mundo. Dejo poemas a medio escribir en el bolso y en todos los armarios.