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Categoría: periodismo
Honrar a Cervantes

Siento mucho tener que estar de acuerdo con el director del Instituto Cervantes, Víctor García de la Concha –desde el martes también doctor honoris causa por Salamanca– en la falta de previsión que a nivel oficial se ha demostrado en el asunto del Centenario de Cervantes. El hecho de que, además, coincida con el de Shakespeare hace inevitables las odiosas comparaciones y la envidia de ver cómo en otros lugares la conmemoración tiene no solo más brillo, sino la contundencia de las cosas pensadas con tiempo. Como siempre, serán los homenajes más pequeños, las iniciativas particulares –este medio se sumará con actividades para todo tipo de públicos–las que salven la cara a la oficialidad.
Personalmente desconfío de estas macro celebraciones porque, parafraseando a uno de los dos homenajeados, suelen encerrar más ruido que nueces. Y mucho más desde que la cultura se contagió del frenesí de las cifras y cada euro que invierten las instituciones públicas tiene que multiplicarse en ‘impactos’, que es como llamamos ahora a las noticias o mini noticias que aparecen en los medios y en las redes sobre cualquier evento que se precie. Impactos, visitantes, espectadores, concurrentes… Qué vértigo!
Con esto no quiero decir que no tengan sentido los actos en los que colectivamente se celebre la grandeza de su obra, pues si de ahí se deriva algún nuevo lector, el objetivo estará cumplido. Esa será su proyección de futuro, que es la verdadera sustancia del asunto.
Pero, o mucho me equivoco, o cuando se haga balance desde los organismos oficiales del éxito de la conmemoración (ahora jamás se reconoce no ya un fracaso, sino ni siquiera una grisura, con lo cual los verdaderos éxitos pierden sentido y los balances se podrían escribir con antelación), se hable de eso, de impactos y no de si la celebración ha servido para abrir nuevas líneas de investigación, o impulsar ediciones críticas etc… Sería bonito saber cuántos nuevos lectores de Cervantes nos dejará la celebración, cuánta gente se acercará por primera vez a la novela de todas las novelas animados por la fecha y sin necesidad de traducciones absurdas al lenguaje actual (a cual, por cierto ¿al insufrible en castellano de Internet?) que solo suponen el falseamiento del verdadero sentido de la obra.
Pero a mí se me ocurre otra gran celebración. Una muy difícil, lo reconozco, pero barata celebración. Sería la de poner todos nuestro granito de arena para demostrar verdadero amor por el idioma que él honró, y hablarlo y escribirlo correctamente. Sabíamos que el castellano o el español (no entro ahora en eso) estaba perdiendo la batalla de la ciencia por razones que a nadie se le ocultan, pero ahora sabemos que también está prediendo la de la publicidad, el arte, la moda, el petardeo y no digamos la de Internet y las redes sociales, donde una jerga a menudo ininteligible para cualquier no nativo digital no solo castiga al idioma de Cervantes en favor del inglés, sino que también machaca éste con términos absurdos. Es una lástima y ruboriza la insensibilidad de quienes podrían hacer algo para evitarlo, algo más que alabar en falso el genio del inventor del Quijote.
Perdonen el desahogo, Pero es que ayer mismo oí el término ‘spamear’ y aún no me he repuesto del ‘impacto’.

(Publicada en la edición impresa de El Norte de Castilla, en mi columna ‘Días nublados’)

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Apenas una sonrisa

Cuando un periodista sale de casa camino del trabajo sabe que las malas noticias andarán cerca. Que puede encontrarse a media tarde con las primeros ecos de un terremoto que irá ganando terreno en la portada de su periódico o en la apertura de su telediario, que la costumbre del manejo de las grandes cifras no servirá de alivio al horror de ciertos datos: diez mil muertos son muchos muertos, y eso teniendo en cuenta que uno solo ya es suficiente tragedia.
Puede ser una catástrofe natural o el estremecedor relato de un piloto que decide apretar el botón que acabará con su vida y con la del centenar largo de pasajeros que transporta lo que desbarate el (siempre) precario orden del día, la inestable (por definición) agenda de trabajo de un informador. Incluso si su área de trabajo no tiene que ver con los sucesos, puede que el periodista tenga que habérselas con la corrupción, la mentira, el desprecio por parte de los poderes públicos hacia la democracia que supuestamente representan y defienden… Es más, aunque su área de actuación sea algo mucho más placentero a la vez que vital, como es la cultura, esas noticias andarán cerca, o puede que invadan sin recato una parcela que en teoría está dedicada a lo mejor de que es capaz el ser humano.
Todos los días salgo de casa contenta de dedicarme al oficio que he elegido, y que ocupa gran parte de mi vida. Contenta de que me siga ilusionando el trabajo, de que la adrenalina corra por mi cuerpo cuando sé que tenemos entre manos una buena historia, satisfecha de que la costumbre o los años de trabajo no hayan hecho mella en mi capacidad para sentir empatía hacia las desgracias que con aparente frialdad contamos. Pero no les engaño, también salgo con una apenas soterrada sensación de vértigo, ante lo que pueda depararme una jornada siempre impredecible.
¿Por  qué les cuento esto que probablemente imaginen y además les importe poco? De un tiempo a esta parte cuando salgo de casa camino del trabajo me suelo cruzar con una mujer de la que nada sé, tan solo que ella se dirige, en sentido contrario, probablemente a su trabajo o a alguna otra obligación, a una hora en la que coincidimos. La calle es larga, nos vemos venir de lejos y nuestros pasos se cruzan a veces en la parte más estrecha de la acera. Como el asunto se viene repitiendo, de una forma espontánea, hemos empezado a cruzar, además de los pasos, una sonrisa. Casi no es ni un saludo, apenas, ya digo, una sonrisa de reconocimiento. Un «¡hola! De nuevo nos vemos», sin palabras. Una pequeña ración de cotidianidad a la que agarrarse. Ya se sabe que la costumbre proporciona cierta clase de seguridad. No sé su nombre, ni sus circunstancias, no sé a qué se dedica, pero esa sonrisa, aunque les parezca una tontería, pone un poco de calor en el comienzo de la jornada.
Hace tiempo que quería contarles esta historia. Puede que les parezca una insignificante. Pero cuando se vive cerca de eso que antes se llamaba la más ‘rabiosa’ actualidad y que esa actualidad es demasiadas veces literalmente ‘rabiosa’, pequeñas cosas como estas cobran un sentido diferente. No da para una gran titular. «Dos desconocidas se sonríen cuando se encuentran por la calle». No, definitivamente no me van a dar un hueco en la portada de hoy. Pero yo se lo cuento por si les sirve.

 

(Publicado en mi columna ‘Días nublados’)

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El día de la marmota

Todos los años (al menos desde hace cuatro) por estas fechas, les coloco una columna parecida. Ya lo siento. La vida está hecha de repeticiones. Se repiten las estaciones, las fiestas, las cosechas… lo que llamamos ‘actualidad’ es en muchas ocasiones la celebración de aniversarios, más o menos redondos, efemérides, ciclos… Desde hace unos años, al menos cuatro, cuando llega o cuando acaba de pasar la celebración de la feria del libro dejo plasmado en este rincón nublado mi perplejidad. Porque desde hace unos años, al menos desde hace cuatro, espero que esta cita literaria en declive no solo recupere el brillo perdido sino que incluso lo acreciente. Imagino que por fin las instituciones implicadas (y las desimplicadas) se caerán del caballo llegarán a un acuerdo y Valladolid volverá a tener (la tuvo, tímidamente) la Feria del Libro que se merece. Se la merece la capital de una extensa comunidad que presume de apuesta cultural y de tener al idioma como una de sus potencias económicas y culturales. Pero, a la hora de la verdad, su feria del libro podría ser la de cualquier ciudad de provincias sin demasiadas pretensiones. Dicho sea, y todos los años recalco lo mismo, con todo el respeto que me merece el trabajo de las personas que, con toda seguridad, supliendo con dedicación e ilusión la falta de medios, sacan adelante este o cualquier otro programa cultural. Y  a sus invitados.
Todos los años y esto parece el día de la marmota, me pregunto si Valladolid puede conformarse con una presunta feria del libro que en poco se diferencia de otros ciclos en los que se invita a unos cuantos escritores cercanos (aunque el adjetivo no tenga tintes peyorativos porque hay mucho valor en lo cercano, pero se espera de un acontecimiento así la oportunidad de acercar lo extraordinario, lo que no tenemos a mano habitualmente). Y digo presunta feria porque de ella están ausentes las principales librerías de la ciudad, las más activas, las que contribuyen todo el año a que el libro sea protagonista de los espacios culturales de los medios de información y de la vida de la ciudad, y del que también han huido los principales editores de Castilla y León. Hay que visitar la Feria del Libro de Madrid (esta sí, con mayúsculas) o el Liber, incluso la mexicana Feria del libro de Guadalajara…  para encontrarse con algún editor de Castilla  León de los que exportan sus productos más allá de sus pequeñas fronteras.
Y así otro año. Este, por cierto, electoral. Entre las muchas cosas pendientes que, desde el punto de vista de la cultura tienen la ciudad y la comunidad está la de plantearse una feria del libro que ponga a Valladolid, como cabecera de la comunidad, en el mapa de las ferias relevantes y eso, por mucho que el Ayuntamiento se empecine en usar la inadecuada cúpula del milenio y llenarla de casetas institucionales, pasa entre otras muchas cosas por una ubicación adecuada y un programa relevante. Mientras tanto, celebraremos con alegría el 23 de abril.

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Un tiempo para probar todos los géneros

Del diario sin edulcorar a la poesía, pasando por la autoficción, la memoria y el ensayo

“Un diario es una escritura en tiempo real. Es una escritura interior sin concesiones y en presente». Quien así se expresa es el periodista y escritor Ignacio Carrión (San Sebastián, 1938) en el prólogo a ‘Molestia aparte’, el libro que recoge sus  diarios entre los años 2001 y 2005 y que acaba de salir en el sello Reino de Cordelia. Carrión, que en su larga trayectoria como profesional del periodismo ejerció como corresponsal y enviado especial para diverso medios como ‘Efe’, ‘Diario 16’ o ‘El País’, es autor de varias novelas, entre ellas ‘Cruzar el Danubio’ con la que obtuvo el Nadal en 1995  y no es la primera vez que publica parte de los diarios que escribe desde hace cincuenta años y cuyos originales ha donado a la Universidad de Valencia.
Quien recuerde sus crónicas de estilo incisivo y lectura adictiva las reconocerá en estos apuntes, en los que tan pronto aparecen Faulkner o Bataille, junto a anotaciones de absoluta cotidianidad. Aunque el trasfondo bien lo resume esta entrada: «Toda escritura y sobre todo la que menos lo parece es ficción. En realidad tu familia son las palabras. Y debes llevarte bien con ellas».
A las novelas del noruego  Karl Ove Knausgard (1968) que forman parte del ciclo irónicamente titulado ‘Mi lucha’ se las suele etiquetar en ese confuso territorio de la autoficción. Pero lo de menos son las etiquetas o saber si en realidad la historia responde más o menos a la realidad de lo vivido (aunque parece que se ajusta con bastante exactitud, por los problemas familiares que le reporta su publicación).Lo sorprendente es la capacidad hipnótica de su escritura torrencial, su manera descarnada de reflejar el comportamiento humano a través de sus peripecias, tanto en los momentos más significativos de la vida como en aquellos que no pasarían a la historia  universal. ‘Un hombre enamorado’ es la segunda parte del ciclo que comenzó con ‘La muerte del padre’.  Anagrama, editorial que está publicando la saga en España, anuncia que en la primavera del año próximo saldrá la tercera parte que ya es un fenómeno editorial en EE.UU. El verano puede ser un buen momento para atacar esta pelea entre las palabras y los recuerdos.
Ni diario, ni autoficción, ‘Julio Cortázar y Cris’ es un homenaje y una sucesión de recuerdos. Una conversación interrumpida por la muerte. La que mantuvieron durante los años de su amistad Julio Cortázar y Cristina Peri Rossi, autora del libro recientemente publicado por Cálamo. Dos escritores que apenas hablaban de sus respectivas obras, que nunca se mostraban los manuscritos, pero que nunca dejaron de hilar su amistad con palabras y literatura. «Vos serás mejor escritora que yo porque sos valiente», le dijo Cortázar a una incipiente escritora que ahora más que recordarlo continúa sintiéndolo cerca, y que da testimonio de esa cercanía en este emocionado libro.
¿Quién dijo que el verano solo puede albergar ese asunto que no se sabe muy bien en qué consiste llamado ‘lecturas refrescantes’? Acaso disponer de más tiempo libre no ayuda a esas otras lecturas que requieren un cierto reposo? ¿Por qué no ‘atacar’ en estos días de transcurrir lento un ensayo como el que propone César Antonio Molina (La Coruña, 1952) en ‘La caza de los intelectuales’? El subtítulo ‘La cultura bajo sospecha’ es suficientemente esclarecedor de hacia donde apuntan las intenciones del autor al recoger una serie de artículos sobre el papel de los intelectuales tanto en los tiempos en que nuestra cultura daba sus primeros pasos como en épocas más recientes. El libro que se abre con la muerte de Cicerón y continúa con el suicidio de Séneca, rescata a algunos ‘mártires de la intolerancia como Miguel Servet o analiza a través de ‘El pensamiento cautivo’ de Milosz la ‘esterilidad del realismo socialista’. En ‘Cultura sin cultura’ hace un pesimista –dirían algunos– realista –otros– análisis de una sociedad en la que «la pérdida de peso que tenían las obras literarias, artísticas o filosóficas, en la esfera pública es una triste realidad».
Pilar Adón (Madrid, 1971) debe buena parte de su prestigio como escritora a su acierto como cuentista ( ‘El mes más cruel’ y ‘Viajes inocentes’) aunque también ha escrito novelas ( ‘Las hijas de Sara’, ‘El hombre de espaldas’). Sin embargo la distancia corta tiene en ella otro registro en el que se prodiga menos pero en el que logra esa misma capacidad para vislumbrar algo que no se da a primera vista aunque lo tengamos delante. Es la poesía. El segundo poemario que publica en La bella Varsovia sigue la línea trazada por ‘La hija del cazador’. En este caso lo que tenemos delante es el mundo animal, tan lejos y tan cerca al mismo tiempo de nosotros, tan misterioso en ocasiones. Un libro por el que hay que transitar con inteligencia del águila y la paciencia de la tortuga. Un placer de lectura en una obra nada complaciente.
Pre-Textos acaba de publicar el último poemario de Ana Blandiana (1942), figura capital de las letras rumanas contemporáneas. Autora de catorce poemarios, dos volúmenes de relatos fantásticos, nueve ensayos y una novela, ha sido candidata al Nobel. Llega hasta nosotros su último libro en edición bilingüe con las versiones en español de Viorica Patea y Antonio Colinas. Es la voz de una mujer que ha entendido, como otros autores de su generación que lucharon por la democracia, la literatura desde una perspectiva moral. En su voz lo trascendente y lo pequeño se unen desde la perspectiva del sentimiento trágico de la existencia aunque  ajena  a cualquier estridencia.

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“Unido a tu nombre hasta el fin”

Miguel Delibes y Gonzalo Sobejano escribieron la historia de su amistad en las doscientas cartas que se enviaron entre 1969 y 2009. Ahora ven la luz en un libro publicado por la Fundación del autor vallisoletano y la Uva

 

De alguna manera llevaron vidas paralelas. Se comprendían bien. Y se admiraban mutuamente. Y ese entendimiento, esa empatía, está presente en su correspondencia. Miguel Delibes (Valladolid, 1920-2010),  y Gonzalo Sobejano (Murcia, 1928) se escribieron cerca de doscientas cartas entre 1969 y el año 2009. Esas cartas ven ahora la luz en una publicación gestada a medias entre la Fundación que lleva el nombre del escritor vallisoletano y la Universidad de Valladolid. El libro tuvo su puesta de largo el pasado jueves en el Instituto Cervantes de Nueva York, durante un acto que sirvió para homenajear al filólogo, hispanista y uno de los más fervientes investigadores que ha tenido la narrativa española actual. Seguro que por su mente pasaron ese día multitud de recuerdos unidos a quien, al otro lado del Atlántico, (Delibes prácticamente no se movió de su ciudad y Sobejano desarrolló la mayor parte de su carrera en Estados Unidos, donde entre otros destinos ha sido catedrático de Literatura española en la universidad neoyorkina de Columbia) fue siempre un interlocutor atento, un compañero que supo estar a su lado en los momentos difíciles, a pesar de la distancia.
A Delibes y Sobejano les unió algo más que la literatura (abordada desde la creación en un caso y desde la crítica en otro), y los distintos avatares de la vida (una enfermedad delicada, premios y reconocimientos, el nombramiento de hijos predilectos de su respectivas ciudades, pero sobre todo la desaparición prematura y repentina de sus esposas), les unía un carácter similar, una manera muy en sintonía de ver el mundo, una misma actitud moral.
Lo subraya Nora Glickman en la introducción del libro, cuya edición ha estado a cargo de Amparo Medina Bocos: «Ni uno ni otro son hombres de ‘acción’, en el sentido habitual de este término. Sin embargo, dejando de lado el hecho de que Miguel Delibes fuera eficaz cazador y experto en el arte cinegético, y que Sobejano, no lo sea, en el plano literario o filosófico ambos muestran parecida inclinación al ‘neorrealismo’ y al ‘existencialismo’ de la posguerra europea; ambos fueron o quisieron ser

siempre conciencias atentas al destino histórico-social de su pueblo y de Occidente».
El epistolario se inicia en diciembre de 1960. Miguel Delibes y Ángeles de Castro, su mujer, acababan de regresar de un viaje a Colonia, donde Sobejano se encontraba en los inicios de su carrera como profesor universitario. En Colonia se conocieron y allí Sobejano hizo las presentaciones entre el autor de ‘El hereje’ y el editor alemán J- P.- Bachem que poco después publicaría una antología de novelistas españoles al cuidado del profesor español y algunas de las traducciones de sus obras al alemán. La carta que Delibes escribe a su reciente amigo y a su mujer Helga no deja lugar a dudas de lo bien que se han caído mutuamente. «Sobre el fondo confuso de ciudades y paisajes, resaltan nítidamente los grandes amigos como vosotros a cuya cordialidad debemos el buen resultado de nuestro viaje».
Y solo un año más tarde, como explica Glickman, ese sentimiento se ve afianzado: «La amistad es una de las pocas cosas que merecen la pena en esta vida y creo que la nuestra, a pesar de las pocas horas que pasamos juntos, está sólidamente cimentada», escribe el autor vallisoletano.
Efectivamente, Sobejano y Delibes no se encontraron muchas veces a lo largo de su amistad, pero las cartas desmienten los miles de kilómetros que los separaban físicamente. Eso sí, como corresponde a un caballero castellano y a un serio profesor universitario, la correspondencia rara vez entra en intimidades. Hay en ella noticias acerca de los libros en construcción de uno y otro, referencias a las dificultades editoriales, a los procesos creativos de ambos, hay también opiniones y pensamientos sobre la vida y la política, pero también un freno natural, nada impostado, en cuestiones más íntimas. Lo que no resta emoción a algunas de las cartas, en particular la que Sobejano le escribe a Delibes en 1988, cuando el hispanista acababa de enviudar de su esposa Helga. Delibes, que ya había pasado por tan traumática situación y que tanto coste tuvo para su vida personal y su escritura, fue un importante apoyo moral ral para Sobejano en tan difíciles momentos y así se lo reconoce:
«No te has olvidado de mí, me has buscado, has venido, hemos dialogado, y en ese diálogo he confirmado yo lo que ya conocía pero me era necesario escucharte y decirte: nuestros caracteres o destinos, tan coincidentes en lo más triste y –yo creo también– en lo más hondo y más verdadero. Y digo «nuestros» refiriéndome a ellas dos, y a ti y a mí».
La carta está fechada en Madrid, donde ambos se habían encontrado. La mujer de Sobejano había fallecido en Nueva York, en el mes de septiembre tras una operación de cáncer de esófago que había sido exitosa, pero que se complicó con una embolia pulmonar que acabo con su vida a los 63 años.
Delibes trata de consolar a su amigo por carta recomendándole que trabaje, que trate de no pensar. En octubre Sobejano le escribe: «Fue para mí muy consoladora tu carta del 21 de septiembre. Sí, parece que los que más necesitamos no de las mujeres, sino de una mujer nos condenamos al castigo de perderla antes que muchos de esos (¡tantos!) que disfrutan de otros consuelos o apoyos».
Complicidad
Mucho antes de esta experiencia, Sobejano ya sabía que la complicidad entre ambos iba más allá de la que sería esperable entre autor y crítico, entre creador y estudioso que trabajan en proyectos comunes. Glickman relata cómo en uno de sus viajes el hispanista se encuentra estancado en un aeropuerto porque su vuelo ha sido aplazado. «Sobejano –escribe la autora de la introducción– anticipa el horror que le causaría pasar la noche solo en un hotel. Desiste del viaje y de la conferencia, y se vuelve a su casa». En una carta le confiesa Sobejano a Delibes, «Pensaba: Miguel hubiera hecho lo mismo y me sentía reconfortado por ti».
Sobejano hizo ediciones críticas de obras como ‘La mortaja’, estudio exhaustivamente otras como ‘Parábola de un náufrago’ (en las cartas se refleja el temor de que ante la simbología de la novela con la situación política en España, la censura actuara con el secuestro del libro) pero fue ‘Cinco horas con Mario’ la obra que más contribuyó a cimentar su relación y la que fue fuente de numerosas cartas relacionadas con los proyectos comunes en torno a la novela y más tarde obra teatral.
La lectura que de ambas versiones hace Sobejano le hace sentirse a Delibes profundamente comprendido:
«Has hecho, me parece, un análisis minucioso, completo, de la novela y un asombroso estudio de su adaptación al teatro. No comprendo cómo puedes llegar a esas precisiones en lo tocante a lo que se ha modificado, se ha añadido y se ha suprimido (…) Por otra parte, tu lúcido estudio me facilita razones para explicarme el éxito del drama».
Sobejano fue el autor del prólogo de la versión teatral del libro. La gratitud de Delibes por el análisis de su amigo se une a la admiración de éste por la obra, a la que dedica encendidos elogios. Años más tarde, Sobejano firmó un «fascinante» –en palabras de Glickman– estudio comparativo entre ‘Cinco horas con Mario’ y la novela de Ángel Vázquez ‘La vida perra de Juanita Narboni’, publicada en 1976. «De haber llegado a enterarse (Delibes)–aventura la crítica argentina– se hubiera sentido enormemente complacido».
Las dos últimas cartas que recoge el libro (salvo las de un pequeño apéndice final) son de  2009 y son especialmente emotivas porque tienen ese aura de despedida.  En enero de ese año Delibes le escribe a su amigo –que previamente le había informado de un tratamiento ‘quimioterápico’–: «Querido Gonzalo. No me gusta lo que me cuentas pero vives. Yo voy perdiendo la cabeza y lo que conlleva. No me quejo. Queda poco tiempo  pero lo aprovecho para abrazarte».
La de Gonzalo Sobejano es una nota manuscrita fechada en diciembre de 2009, y organizada a la manera de un poema:
«Mi admirado y/ querido Miguel:/ Somos huérfanos/ –me dijiste–;/ pero somos hermanos / –te dije–./ Y tú lo sabías. / Era tu fe única, y / lo es para mí, gracias/ a todo lo que has escrito./ Te abraza/   Gonzalo.
Miguel Delibes sobreviviría tres meses a esta carta.
Pero antes habían desfilado por la correspondencia otros momentos intensos de la vida de ambos. Por parte de Delibes, el ingreso en la RAE, el premio Nacional de Narrativa por ‘El hereje’, su voluntad de dejar con esta novela su quehacer literario, los ánimos de Sobejano para que no descarte seguir escribiendo.
Pero él había tomado ya una decisión. En diciembre de 1999 le escribe a su amigo: «Con ‘El hereje’ podemos dar por cerrado medio siglo (1948) de actividad literaria (1999). Creo que en la medida de mis fuerzas he cumplido. Te escribirá Teixidor. Quiero seguir unido a tu nombre hasta el fin».
El libro viene a completar los estudios críticos y las ediciones en torno a la obra de Delibes. Arroja luz sobre su correspondencia, de la que hasta ahora se conocía la que mantuvo con su editor Josep Vergés, y es una deliciosa lectura tanto para estudiosos como para los muchos seguidores de su obra. El único ‘pero’ que se podría poner es el de que la introducción sabe a poco.
Y un deseo cabe expresar: el de que, tratándose de una edición universitaria, encuentre los cauces adecuados para su distribución, pues ya se sabe que este tipo de ediciones no siempre llegan con facilidad al público.

(En las fotografías, cedidas por la Fundación Miguel Delibes, el escritor vallisoletano junto a su amigo Gonzalo Sobejano. Abajo, postal del Queen Mary con la letra de Delibes)

 

(Artículo publicado en el suplemento La Sombra del Ciprés el sábado 10 de mayo de 2014)

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La lección de Francisco

El regalo de un antiguo compañero del Papa Francisco, ese cuatro latas,  mítico modelo con el que algunos curas aún se desplazan a sus modestas parroquias, puede convertirse en todo un símbolo, uno más, de un papado que parece haber cogido la senda que la Iglesia no debería haber abandonado nunca: la del acercamiento a los más débiles, a  los más pobres de entre los pobres. ‘Hacia la chabola en cuatro latas’ sería un buen lema para una renovación (casi revolución) en el seno de la institución católica. No se llegará tan lejos, por supuesto, (las favelas suelen estar muy, muy en las afueras) pero el Papa ha marcado tendencia en ese sentido, desde la elección, para su primer viaje ‘oficial’, de la isla de Lampedusa, al sur de Sicilia, el lugar adonde llegan cada año miles de inmigrantes africanos y asiáticos en busca, no ya de un futuro mejor, sino siquiera de un futuro. Aunque paguen con la vida.
Francisco se ha apeado del papamóvil, y del lujo de las residencias vaticanas para demostrar que está por un cambio de rumbo: el que lleva de las alturas de la abstracción teológica al barrio, a pie de calle, donde germinan los problemas, y la única iglesia que se respeta de verdad es la que no le da la espalda a las necesidades de sus feligreses, aunque no pisen jamás por la parroquia. Porque curas comprometidos ha habido siempre, Iglesia concienciada también, solo que en los últimos tiempos la jerarquía pugnaba por hacerla invisible.
Cada vez que habla Francisco muchos más oídos que los católicos prestan atención, porque sus palabras tienen el efecto de despertar conciencias adormecidas. Son como pescozones, o tortazos directos, en la tibieza con que las conferencias episcopales de  turno han admitido las desigualdades, las connivencias con el poder oscuro. Muchos de esos oídos, incrédulos, se preguntan hasta dónde llegarán las posibilidades de un cambio, si al final, a fuerza de no creer en finales felices, todo quedará en una política de gestos.
Con ser importante todo esto, hay un aspecto en el comportamiento del nuevo Papa que a mí me parece importantísimo. Y tiene que ver con su lenguaje. Señoras y señores, he aquí un hombre que habla el idioma de la calle. No que rebaja el idioma de la calle con incorrecciones. Ya sabemos cómo es eso. No. Digo que habla el mismo idioma con  el que se pueden entender desde un catedrático a un obrero cuando quieren de verdad comunicarse. Que contesta directamente a las preguntas. Que permite, de entrada, que haya preguntas. ¡Esta es la gran revolución del Papa Francisco! No es que se haya bajado del papamóvil, es que se ha bajado del eufemismo! Resulta que hay alguien que, en la cúspide de una institución, es capaz de hablar directo. Sin entrar en sus opiniones, estando o no de acuerdo con ellas, lo verdaderamente revolucionario de este seguidor de Francisco de Asís ha sido devolver la cordura al diálogo entre personas, aunque él sea el mismísimo embajador de Dios en la Tierra y los interlocutores pertenezcan a la prensa ‘canallesca’. ¡Qué gran lección para nuestros políticos, que hace tiempo optaron por chamullar una jerga incomprensible, que han adoptado como válida, empresarios, banqueros, emprendedores y demás familia!

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Sobre el autor Angélica Tanarro
Soy jefa de Cultura en El Norte de Castilla. En mis ratos libres (pocos) solía escribir y hasta encontraba editor. Ahora he cambiado los versos (libres o no) por alumnos de Periodismo. Mi verdadera vocación es la lectura.