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Contra el dolor
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Angélica Tanarro | 17-03-2016 | 20:15| 1

Cuando lean esta columna habrá amanecido ya en Idomeni, pero para los miles de refugiados que habrán pasado una noche más entre los charcos, el barro, el frío y la desesperación no será un amanecer distinto. En Bruselas, sin barro y con calefacción, los 28 buscan hoy entre el egoísmo, la impotencia y la falta de pudor vías alternativas a la ilegal expulsión masiva de refugiados presuntamente aprobada hace unos días. Dolían, mucho, las imágenes de esos niños cruzando un río turbulento en brazos de sus padres hacia la nada. Dolían, y mucho, los esfuerzos de los ancianos por sobrevivir a la prueba, simplemente por alcanzar un mañana más, solo porque alguien les robó el paisaje frente al que pensaban vivir sus últimos años en paz. O la desesperación de esas madres que se preguntan frente a la cámara si no hubiera sido mejor morir de golpe junto a sus hijos bajo las bombas.
En casa, duelen las imágenes de esos energúmenos hinchas del PSV Eindhoven tratando de humillar por diversión a las mujeres que pedían limosna en la Plaza Mayor de Madrid. Las imágenes dolían y la indiferencia de los testigos, pero no eran las mujeres que se agachaban por unas monedas las que perdieron la dignidad, los indignos eran ellos y más nos valdría que su penosa diversión, su estúpido juego, no quedara impune. Duele el ascenso de votos de los partidos racistas en una Europa cada vez menos europea.
Pero no quería ensimismarme en el dolor. Para no llorar, prefiero acordarme de Latifa Ibn Ziaten, la madre de Imad, soldado de la República francesa que en 2012 fue asesinado en un ataque yihadista. Latifa, de religión musulmana, decidió no dejarse matar también por el odio y decidió crear la asociación Imad ibn-Ziaten por la juventud y la paz, que promueve el laicismo y el diálogo interreligioso. Pensar en su manera de estar en el mundo, en la serenidad de espíritu con la que relata su viaje a la ciudad del asesino de su hijo en busca de respuestas y cómo encontró una juventud sin amor y sin futuro, es una lección de vida. Prefiero, también, imaginarme un día en la fábrica de Gamila Hiar, la mujer drusa de 75 años que trabajó desde joven a pesar de las leyes de su pueblo y que ya entrada en años decidió crear una empresa para dar trabajo a otras mujeres como ella. Drusas, judías, cristianas y musulmanas conviven sin problemas mientras hacen jabón y cosméticos siguiendo las leyes de la naturaleza, sin un solo proceso químico que altere las propiedades de las plantas que utilizan. Amor y respeto a la Tierra y una manifestación de que la convivencia es posible. Prefiero acordarme de Al Shaymaa, una mujer tanzana que tuvo la mala suerte de ser albina en un país donde los albinos, si no son asesinados nada más nacer, sufren persecución y mutilaciones, pues en algunas comunidades se considera que sus miembros (un brazo, una mano) tienen poderes mágicos. Shaymaa utilizó su buena suerte (nació en una familia que la quería) para crear ‘Good Hope Star’, una fundación que ayuda a albinos y discapacitados en su país.
A Latifa, a Gamila, a Shaymaa las conocí el fin de semana pasado en ese milagro que sucede en Segovia y que se llama Mujeres que Transforman el Mundo. Y me acuerdo de ellas para tener esperanza cuando tengo ganas de llorar, porque algo de su luz aún llevo conmigo.

(Publicada en la edición impresa de El Norte de Castilla el jueves 17 de marzo)

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Joyas secretas
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Angélica Tanarro | 05-02-2016 | 19:30| 0

Sacúdase la pereza. Puede que tenga que conducir unos kilómetros. O quizá sea usted un ciudadano afortunado que tenga una cerca de su casa. Acérquese a ella. Apague el móvil. Y simplemente contemple. Admire la sencillez de sus arcos de medio punto, la armonía de sus volúmenes, la elegancia de sus soportales. Lea detenidamente la historia que cuentan sus capiteles. Un pasado legendario o mitológico que, sin embargo, sentimos como algo cercano. ¿Qué tienen las pequeñas iglesias románicas que nos sigue emocionando?

Lo mejor para acercarse a ellas, si se puede, es elegir un día de labor. Y aún mejor si elegimos alguna situada en un pequeño pueblo, o en algún lugar apartado, porque entonces, muy probablemente, además de su plástica belleza nos regalará el silencio de sus piedras centenarias. Decía Rulfo en ese libro al que siempre merece la pena volver, ‘Pedro Páramo’, que si solo se escucha el silencio es que aún no se está acostumbrado al silencio. Pero vivimos en una sociedad que odia el silencio, que nos desacostumbra a escucharlo, porque adora y fomenta el ruido. Por eso sosiega tanto saber que aún hay rincones en los que reina ese silencio que nos permite escucharnos en paz.

Puede que nuestro viaje a ese lugar que –incluso aunque no se sepa por qué– intuimos que nos relaciona con algo profundamente nuestro lo hayamos hecho en un coche inteligente, al que solo le falte conducirnos él solo sin necesidad de nuestro concurso; puede que en el bolsillo tengamos la última generación de móvil que nos conecte con el lugar más apartado de la tierra en cuestión de segundos; puede que alguna campaña bien dirigida nos haya inoculado ya la necesidad de comprar, en cuanto el precio lo permita, alguno de esos robots con los que más pronto que tarde parece que acabaremos conviviendo. Pero, si hay suerte, ellas permanecerán ahí, silenciosas, a menudo cerradas, conteniendo el eco de sus secretos milenarios, aguardando una mano sensible que quiere apoyarse en sus quicios, o el oído que sea capaz de soportar su silencio.

Entonces sabremos, sin necesidad de un centro de interpretación cercano ni de visita guiada, que una parte importante de nosotros mismos permanece a salvo, en la laboriosidad de sus maestros de obra, en el fino instinto de sus artesanos, en la espiritualidad de quienes las levantaron con el impulso de su fe o la de sus antepasados, a veces sobre las ruinas de otros templos, levantados a impulsos de otra fe igualmente redentora.

No importa que no la compartamos. Porque ellas también son depositarias de nuestra memoria. Y nuestra memoria es nuestro ADN.

He tenido la ocasión de visitar algunas de esas pequeñas iglesias a las que hacía tiempo no me acercaba. Un pequeño sol aliviaba el escalofrío de una tarde invernal. Las cigüeñas yendo y viniendo a sus nidos aportaban movimiento a la quietud circundante. Y he sentido el mismo estremecimiento de otras veces. Puedo apreciar la grandiosidad del gótico, intentar comprender la lección del barroco, admirar el equilibrio neoclásico, pero nada como esa voz que me habla desde un pasado remoto cuando me acerco a estas pequeñas y hermosas puertas del misterio.

(Publicada en la edición impresa de El Norte, el jueves 4 de febrero de 2016)

 

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Tanta verdad
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Angélica Tanarro | 28-01-2016 | 19:42| 0

Cesan la palabras. Se apagan los focos. Suenan los aplausos. El público obliga a varios saludos y después silencio… La gente va abandonando la butaca en un extraño silencio. Incluso los saludos con los conocidos son breves, casi sin palabras, hasta que alguien rompe el fuego y dice «todavía estoy sobrecogido». Es el sentir general. La función que acaba de terminar es ‘La piedra oscura’, una obra premiada con el premio Ceres, con el favor de la crítica, que ha dicho cosas muy hermosas sobre ella, y con la pasión del público. Que incluso repite. En Madrid se estrenó hace ahora un año. Llenos. Volvió en septiembre. Llenos. Continúa la gira.
Yo la vi el sábado pasado en Segovia, en ese lugar que fue una cárcel y donde ahora ocurren cosas tan hermosas. Cuando te enfrentas a una obra de la que solo has oído y leído cosas buenas, te ronda el peligro de la decepción. Así que esperas, mientras la gente se acomoda en la butaca, a que Daniel Grao y Nacho Sánchez (que ya están en el escenario, a la vista de todos) recuperen la movilidad. Y comience la función. No ha pasado un minuto y la concentración es total. No quieres perderte nada: un gesto, un matiz, una sombra… Y eso que no hay muchas palabras, quizá por eso intuyes que todas son importantes.
Lo mejor que he visto en teatro desde hace tiempo.

¿Qué hace de ‘La piedra oscura’ algo tan digno de girar y girar hasta que haya estado al alcance del mayor número posible de espectadores? Tiene dos actorazos, sí, entregados a la tarea –de la que tienen que salir cada vez conmocionados– sólidos, en el punto justo de equilibrio. Detrás, desde luego, una acertada dirección. Pero sobre todo un texto de Alberto Conejero que es una joya. Más que el texto, la historia el aliento que lo hace tan de verdad. Porque eso es lo que se respira durante y al final de la obra: tanta verdad que duele.
Es mucho más que la historia imaginada de los últimos días de Rafael Rodríguez Rapún, secretario de La Barraca y el último amante de Federico García Lorca, teniente de artillería republicano que murió en un hospital militar de Cantabria, un año después que el poeta, fusilado por el ejército sublevado. Y de su primero tensa relación con Sebastián su joven carcelero, casi un niño que cree firmemente en la causa de los que ganaron la contienda. Y del verdadero encuentro entre ambos cuando cesan los eslóganes y comienzan las palabras con sentido.
Conejero da voz a los que no la tuvieron, rescata la memoria de los olvidados, habla de la redención y del verdadero heroísmo que suele consistir en mirarse por dentro y preguntarse si se estaba equivocado y donde está la verdad… Y lo hace con un texto lleno de ella, al que no le sobra nada, ni gota de grasa, ni asomo de obviedad…
Cuando recuperé el aliento pensé que la obra debería ser de obligada visión en todos los institutos de España. Y de obligada visión en el Congreso, y en los partidos políticos. Sí sobre todo entre nuestros aspirantes a gobernar el país, que tan penoso espectáculo están ofreciendo (unos más que otros, sería justo matizar) estos días. En abril vendrá a Valladolid. No se la pierdan. Es una obra íntima que busca espacios pequeños. En Segovia había gente de fuera que la había visto ya dos y tres veces. No es para menos.

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Esas pequeñas cosas
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Angélica Tanarro | 19-11-2015 | 15:30| 0

París fue primero una música. La de un disco, ‘Sous le ciel de Paris’, que mi madre escuchaba con frecuencia cuando yo era niña. Después, cuando la ciudad se materializó para mí, aún en esa edad en la que todo tiene un sentido fundamental, fue la música que sonaba en los barcos que cruzaban el Sena. Esos valses fueron la banda sonora a la que inevitablemente dejé cosido el nombre de una ciudad a la que siempre deseo volver y en la que ahora suenan el ruido de las balas y las bombas.
Estos días no podemos evitar mirar fijamente a París, por más que la barbarie se materialice a diario en otras partes del mundo con igual injusticia. Pero suenan tan cerca las balas y suenan tan cerca de nuestros más bellos recuerdos que hay que ser fuerte para que las lágrimas no nos nublen del todo la vista.
Busco entre los asedios, las ambulancias, los rastros de sangre, las flores y las lágrimas alguna imagen de la que pueda colgar un poco de esperanza. Y la encuentro en una fotografía de una muchacha sentada en una de esas terrazas que tanto personalizan la ciudad, tomando tranquilamente (o así parece) una cerveza, toda ella un manifiesto por la vida, por la vida en la calle, por la vida en paz.
Y suena en mi mente otra canción, esta vez de Serrat, y también vinculada un tiempo de aprendizaje: ‘Aquellas pequeñas cosas’. «Uno se cree que las mató el tiempo y la ausencia/ pero su tren vendió boleto de ida y vuelta…» dice una letra que nos enseña que por encima de los grandes acontecimientos de una vida, o de los grandes acontecimientos que nos es dado contemplar en una vida, lo que de verdad nos deja señal son cosas aparentemente intrascendentes, pero que llevan pegadas rastros de piel.
A ellas me encomiendo cuando la realidad, como en estos días, me parece un asunto tan difícil de sobrellevar. Por eso hoy no miraré a París, o miraré solo a ratos. Hoy miraré a Madrid, y estrechando aún más el foco, miraré a un rincón de su maravillosa Biblioteca Nacional. Porque allí, esta tarde, alguien que decidió empeñar su vida en pequeñas locuras estará presentando la última que ha salido de su taller. Hablo de José Noriega, ese editor que lleva años empeñado en hacer de los libros de poesía una obra de arte, que es tanto como empeñarse en la redundancia.
Su último sueño se llama ‘Zapato de niebla para la poesía’ y en unas cuantas xilografías –xilografías verdaderas, con olor de madera y rastro rugoso en la piel– versos y dibujos componen un himno contra las balas. Puede parecer algo pequeño, pero detrás hay tantas horas de trabajo como las de un minucioso relojero de los de antes.
Puede parecer un empeño insignificante en un mundo en el que hasta la barbarie es contundente y se mide en cifras de vértigo, pero solo lo parece hasta pasar los dedos, como si se leyera en braille, por las hojas estampadas, por los versos delicadamente dispuestos junto a los colores. El mapa de los poetas es un plano de la paz. «Son aquellas pequeñas cosas que nos deja un tiempo de rosas», en medio del ruido de ese otro tiempo turbulento que sucede a la vez.

Publicada en micolumna ‘Días nublados’ del 19 de noviembre de 2015

(En la foto de Jacky Naegelen/Reuters un hombre pasa junto a un graffitti con la leyenda ‘París te amo’

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Tiros de punta en blanco
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Angélica Tanarro | 29-10-2015 | 23:02| 0

Avanzada ya la Sección Oficial, que encara sus últimos coletazos, seguimos encontrando buenas películas, pero no el peliculón, ese que nos hará recordar la edición del aniversario redondo.  Tres películas muy distintas se concentran en esta reseña. Distintas en todo, unidas solo por el hecho de compartir hueco en la Sección Oficial del festival, donde la ausencia de grandes riesgos es también una nota generalizada. Probablemente, si nos atenemos a lo sucedido en otros festivales de los que tenemos noticia, porque la cosecha reciente haya sido así, sin demasiadas estridencias.
Si hablamos de riesgo y no nos tomamos muy en serio el asunto, podemos empezar hablando de ‘Beeba Boys’, el filme con el que la directora india Deepa Mehta da un salto en su filmografía y se mete en territorios no explorados en su cine. Aunque cierto humor estaba ya, aunque ciertos guiños a Bollywood también habíamos visto, y no digamos cierto carácter etnográfico en sus filmes, Mehta abandona el drama lírico y la simbología y se suelta la melena con una de tiros.
Estamos en Vancoover, en la comunidad indocanadiense, en las sociedades sijs que mantienen sus costumbres, sin desechar las comodidades de la sociedad que les acoge. Conocemos al atractivo Jeet Johar, líder de una banda juvenil de despiadados asesinos que se disputan con otras bandas rivales el mercado de la droga y del tráfico de armas. Pero eso sí, sin descuidar su aspecto físico. Y aquí está el quid de este trepidante filme, el aspecto estético, el tratamiento del color, que recuerda por cierto al Almodóvar de ‘Tacones lejanos’. Es la composición de los planos lo que la aleja de una película más de gánsters. Pues ‘Beeba boys’ está más cerca del lenguaje del cómic que de las películas del género. La música subraya una acción que no da respiro. A menudo, los personajes parecen que van a echarse un baile en vez de dedicarse una ensalada de tiros.
La cosa no va más allá, salvo porque la película se deja ver, entretiene, visualmente es desde luego un producto potente con el que Mehta ha querido demostrar que sabe hacer cosas inesperadas.
Normalidad
Cine con carga social en los otros dos títulos del día. Cine que deja la sensación de ya visto en este festival, sin que por ello deje de merecer un análisis detenido.
La israelí ‘Hatuna MeNiyar’ (Boda de papel) afronta el tema de la diferencia. De cómo una leve discapacidad puede ser motivo de marginación, y de cómo la sociedad tiene aún la asignatura pendiente de ensanchar el concepto de ‘normalidad’ hasta arrinconarlo, para aceptar otras formas distintas de ser o estar en el mundo.
Hagit es en esta película una joven con una leve discapacidad intelectual que trabaja en una fábrica de papel higiénico. Pero su sueño es ser diseñadora, y más concretamente diseñadora de trajes de novia, porque ella como la mayoría de alas chicas de su edad sueña con el príncipe azul. La autonomía que busca Hagit , hija de padres separados, choca con la sobreprotección de su madre, Sara, y después chocará con los estereotipos sociales que harán inviable su otro sueño: tener una relación con el apuesto hijo de su jefe.
El peso de la película recae de alguna forma sobre el rostro de Moran Rosenblatt, la actriz que encarna a la joven discapacitada. Su sonrisa y su seguridad para dar credibilidad a la diferencia de su personaje son lo mejor que tiene el filme del joven director Nitzan Gilady. Pero la película no acaba de coser todos sus elementos. La obsesión de Hagit por hacer muñecas vestidas de novia ofrece los mejores planos del filme que se alternan con otros rutinarios que hacen que en conjunto no tenga la fuerza que potencialmente se le podría suponer al tema.
Alta corrupción
Algo parecido ocurre con ‘¿Por qué yo?’ de Tudor Giurgiu, director rumano que en la presentación que prologó la sesión de ayer tarde manifestó su amor por este certamen al que ha venido en dos ocasiones (la última en 2012 con ‘De caracoles y hombres’) y prometió aprender español y hacer una película «menos deprimente» la próxima vez.
Y es que Giurgiu encara el asunto de la corrupción estatal basándose en un caso real ocurrido en su país en 2002.
La acción se centra en un joven fiscal, cuya carrera está en alza, que investiga a un colega situado por encima de él y que ha sido denunciado por corrupción. El celo que pone en su tarea comienza a chocar con sus superiores y acabará descubriendo una trama más profunda y peligrosa que pondrá fin a su carrera.
Quizá una de las mayores pegas que se pueden poner al filme, por otra parte correcto, es su exceso de metraje. Como ocurre en las primeras novelas, el autor ha querido contar demasiadas cosas o se ha detenido innecesariamente en detalles que no aportan nada como en algunas tópicas secuencias de la relación de pareja del protagonista.

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Películas habladas, silencios remotos
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Angélica Tanarro | 29-10-2015 | 23:01| 0

Hay películas llenas de silencios y películas llenas de palabras. Películas habladas, por tomar prestado el título que Oliveira puso a una de las suyas. De estas últimas hemos visto ya en el Festival la muy estimable ‘45 años’. Y en esta edición ‘El mundo abandonado’, el filme con el que la realizadora alemana Margherite von Trotta vuelve al festival tras el buen sabor de boca que dejó con ‘Hanna Arendt’. A Trotta le van esas películas en las que se centra en el personaje de una mujer para acercarle la cámara todo lo posible y dibujarlo en imágenes. Lo hizo con la mística Hildegard von Bingen, en ‘Visión’; después con la filósofa alemana en los días en los que siguió como periodista el juicio contra el nazi Adolf Eichmann, y en esta última con un personaje imaginado, una cantante de ópera que desconoce la verdad de sus orígenes. Para ello vuelve a confiar en Barbara Sukowa que encaja en el perfil de una cantante de ópera de éxito, fría e impenetrable, que en la madurez de su vida tiene que afrontar una inesperada noticia sobre su pasado. Película de personajes obligados a recomponer su biografía a destiempo, otro rasgo que la relaciona con la citada ‘45 años’. Película coral en la que los diálogos son fundamentales. Von Trotta ha sustituido la densidad de ‘Hanna Arendt’ por una estética fotografía y por la inclusión de unos temas de jazz que interpreta la otra protagonista del filme, hermanastra de la primera, que también es cantante.
Naturaleza
El filme no conmociona –hasta ahora dentro del buen nivel general ninguna de las películas vistas ha supuesto una enorme conmoción– pero se sigue con agrado, con el agrado de ver una historia bien contada por alguien que maneja la cámara con tal seguridad.
Los pases de prensa matinales comenzaron con ‘Hrútar’, película islandesa que nos traslada a la soledad de las tierras del norte. Y a su silencio. Dos hermanos dedicados por tradición familiar a la cría de una raza especial de ovejas viven uno al lado del otro en un solitario valle. Hace cuarenta años que no se hablan, solo el perro que comparten les sirve literalmente de mensajero cuando las necesidades de una naturaleza a menudo hostil les pone en la tesitura de tener que comunicarse. Ambos mantienen el ‘linaje’ de sus ovejas y rivalizan entre sí por criar el mejor carnero para el concurso local. Uno de ellos descubre que el ejemplar ganador de su hermano tiene una enfermedad que obligará a sacrificar todos los rebaños de la comarca y poner las granjas en una cuarentena de dos años, lo que supondrá para los más jóvenes tener que replantearse su futuro. La adversidad servirá sin embargo para unir a los dos hermanos en una misión común salvar la única vida que conocen.
Segundo largometraje de ficción del director islandés Grímur Hákonarson (1977) que logró con él el premio de la sección ‘Una cierta mirada’ en Cannes.
Excelente filme sobre la estrecha relación del hombre con la naturaleza y con los animales, y la, en ocasiones, mucho más difícil relación del hombre con sus semejantes. Película sobre la soledad y la aceptación de un modo de vida difícil –por más que los avances tecnológicos lo hayan suavizado– y sobre cómo la inteligencia es el verdadero colchón para las dificultades. Hákonarson trata con igual naturalidad, y ese es uno de los aspectos más atractivos del filme, la fisicidad de las ovejas y la fisicidad de los humanos, en particular de esos dos ya casi ancianos granjeros, cuyos desnudos se fotografían con una gran sensibilidad. Hákonarson se arriesga con un sorprendente plano final y deja en el espectador una extraña sensación de paz.
Pesadilla
Paz no es precisamente lo que encuentra la pareja protagonista de ‘La adopción’ de Daniela Fejerman, primer y único filme español a concurso en esta edición de la Seminci. Fejerman, argentina de 1964, codirigió varias películas con Inés París ( ‘A mi madre le gustan las mujeres’, ‘Semen, una historia de amor’) y este es su segundo largometraje en solitario tras ‘Siete minutos’.
Aquí encara el asunto de las adopciones internacionales, que afecta a tantas parejas en nuestro país. Seguro que quien más quien menos conoce alguna historia de una adopción que se presumía burocráticamente controlada y acabó convirtiéndose en una pesadilla. Una agonía solo olvidable si al final se consigue el propósito de volver con un niño en los brazos.
Natalia (Nora Navas) y Daniel (Francesc Garrido) viajan a una república del Este con el decidido propósito de convertirse en padres. La única condición es adoptar un niño sano o al menos con una dolencia curable. Poco a poco se encontrarán con un medio corrupto y hostil que hará no solo tambalear su propósito sino también su relación de pareja.
Navas y Garrido se meten en la piel de sus personajes con verdad y son sin duda el mejor activo de la película. La historia está bien contada aunque la tensión que viven sus protagonistas no llega a encoger las tripas del espectador.Hacia la segunda parte pierde algo de gas, que afortunadamente recupera al final.

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Cuando una actriz sustenta la película
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Angélica Tanarro | 27-10-2015 | 17:18| 0
A  veces los pases de prensa de la tarde esconden en Seminci sorpresas agradables, títulos que en principio no decían demasiado saltan a primer plano de la cartelera puede que haya que tenerlos en cuenta al final. Es el caso de ‘45 años’, tercer largometraje del británico Andrew Haigh que se estrena con él en el Festival. A veces el talento cinematográfico se demuestra echándose a la espalda una película de esas de delgado argumento (delgado, que no superficial) y construyendo con él una potente historia en imágenes. ‘45 años’ narra una semana en la vida de una pareja, Kate y Geoff Mercer, que está a punto de cumplir su cuadragésimo quinto aniversario de boda, efemérides que celebrarán con una fiesta a la que están convocados amigos y familiares. La ordenada y rutinaria vida de la pareja se ve trastocada por la llegada de una carta en la que le informan  al marido de que ha aparecido en una montaña de Suiza el cadáver de Katia, la novia que tuvo antes de conocer a Kate y con la que se hubiera casado de no haber muerto en un accidente de alpinismo. La noticia revuelve el pasado de Geoff y el fantasma de ese primer amor se interpone de forma creciente en la vida de la pareja. Kate asiste impotente a los cambios en el comportamiento de Geoff consciente de que algo que estaba oculto (aunque ella supo de la existencia de esa relación de su marido) puede cambiar la idea que tiene de su propia vida de pareja. Sin estridencias, sin apenas levantar la voz, con más silencios que diálogos, asistimos a la creciente decepción de Kate y sin apenas modificar el gesto, percibimos su amargura, el vértigo de sospechar que su vida se ha asentado en un terreno desconocido.
La película cuenta para tan delicada misión con una enorme Charlotte Rampling. Serena y fuerte, carga con el peso del filme de forma que hace empalidecer la más que correcta de Tom Courtenay, en el papel de un marido al que la edad sí le ha pasado factura y que solo esa irrupción de su pasado parece haberle hecho despertar.
‘45 años’ deja algo más que el sabor agridulce de una decepción que llega en un momento tardío de la vida, y por lo tanto es más injusto, deja el sabor del cine hecho con inteligencia y sensibilidad.
Dulzura contenida
La japonesa ‘Una pastelería en Tokio’, de Naomí  Kawase, no fue una sorpresa, pues su cine ha sido seguido en el festival. Al término del pase de prensa oí en bastantes ocasiones el término ‘dulzona’ para referirse a ella y no precisamente por el hecho de transcurrir en una pastelería. Yo he debido de ver otra película pues la única dulzura que me llegaba durante su proyección era la que se desprendía –afortunadamente para el espectador– de una manera oriental de afrontar la dureza de la vida, de un estoicismo cada vez más alejado de la mirada occidental. Ninguno de los protagonistas de este filme llevan una vida regalada. Sentaro, un hombre  de pocas palabras y ninguna sonrisa, se gana la vida en un minúsculo establecimiento especializado en dorayakis (unas tortitas rellenas de pasta de judías dulces ). Un día la rutina de su limitada existencia se ve rota por la llegada de una anciana, Tokue, empeñada en que le dé trabajo e inmune a las reiteradas negativas del encargado del establecimiento. Tokue, a pesar de las limitaciones físicas derivadas de su avanzada edad, tiene algo que Sentaro no podrá rechazar: una receta que hará que los dorayakis sean dignos de tal nombre y aliente la recuperación del sesteante negocio. Pero ese no es el único secreto de Tokue con lo cual la prosperidad no durará demasiado. Una joven estudiante de plácida mirada e incierto horizonte cierra el triángulo protagonista.
Por debajo de esta trama argumental, ‘Una pastelería en Tokio’ es una historia sobre la capacidad de escuchar. Resulta curioso que en un momento en que se abusa en nuestro idioma del verbo escuchar (cuando en realidad se quiere decir ‘oír) la verdadera capacidad de escucha está ausente en nuestras vidas. Y en eso es especialista Tokue. Si nos quedamos en la superficie de las metáforas (cuando habla de lo que la luna le dijo o las judías le pidieron) nos perderemos el verdadero sentido de la historia.
La segunda  perla que encierra la cinta tiene que ver con las historias que heredamos de nuestros mayores y que también se van perdiendo en la vorágine de un mundo que no tiene tiempo de escucharlas. Hay un momento en que Sentaro se queja de que la muerte de su madre le privó de muchas de esas historias y será Tokue la que, de alguna manera, venga a llenar ese vacío. Incluso después de muerta.
Desde el punto de vista estrictamente cinematográfico, la sintaxis del filme de Kawase se construye entre los planos cortos de la minúscula pastelería, la cercanía a los rostros, y la amplitud de los espacios abiertos en los que la naturaleza (los cerezos en flor) hacen respirar el relato.
‘Una pastelería en Tokio’ resulta así dulce, pero no dulzona. Dulce porque la fuerza de voluntad de  muchos ancianos por seguir adelante con aquello que la edad y la enfermedad aún no les ha arrebatado es un canto a la vida. Y son muchos (solo hay que detenerse a mirarlos y a escucharlos) los que entonan día a día ese canto. Las manos deformes de Tokue lo reflejan y Kawase se ha animado a contarlo con lo mejor que tiene.
Pedagogía
Si algo sabemos de Robert Guédiguian es que nunca pone la cámara en un lugar confortable. Y eso le honra. Con ese libro de estilo ha conseguido resultados más que notables.
Quizá no sea esta ocasión una de las de mayor brillo. Y ello porque cuando una historia nos toca de cerca es más difícil la distancia necesaria para contarla con éxito. En ‘Une histoire de fou’ Guédiguian se lía la manta a la cabeza del conflicto armenio cuando se cumple el centenario del genocidio que sufrió este pueblo. Y lo hace a través de la mirada de Aram, un joven que en la década de los ochenta, tras participar en un atentado contra el embajador francés en París huye a Beirut para enrolarse en el Ejército para la Liberación de Armenia. La película se centra en la relación de la víctima accidental de ese primer atentando (un joven que pasaba casualmente por el lugar de la explosión) y la familia de Aram, con la riqueza que siempre supone contar la Historia desde los sucesos de la pequeña historia de sus protagonistas. Pero en ese caso la maestría de Guédiguian se queda agarrotada, hay demasiada explicación y pedagogía y las buenas intenciones acaban lastrando el filme,  que cuando llega a su punto culminante (la entrevista entre víctima y verdugo) ha perdido la tensión por el camino. Con todo, el filme se ve con el agrado de estar ante un cineasta más que solvente.
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La alargada sombra de la violencia
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Angélica Tanarro | 25-10-2015 | 22:33| 0

Recientemente un grupo de diputados alemanes fueron llevados, a iniciativa de una ONG, en un simulacro de patera por uno de los ríos que cruzan Berlín. Se trataba de sensibilizar a sus señorías sobre el problema de los refugiados. Que se acercaran, siquiera por unas horas, a la angustia y al terror de quienes en condiciones infrahumanas inician un viaje en el límite hacia la inseguridad de un mundo en el que al menos esperan encontrar la paz. Aunque lo que a menudo encuentran muchos refugiados, si tienen la suerte de atravesar la frontera que les separa del mundo soñado, son otras fronteras. Las que impone la pobreza, la marginalidad. De todo ello habla la película de Jacques Audiard que ayer levantó el telón de la Seminci del 60 aniversario y que debería ser de obligada visión en aras de esa sensibilización. Audiard habla de lo difícil que es, cuando no se posee más que un nombre falso, empezar una vida que merezca llamarse así. Y de más cosas: de cómo eso que llamamos familia no siempre coincide con lo establecido por los lazos de sangre, sino que es un concepto en construcción. El director francés, además, quería contar una historia de amor. Y lo hace.
Audiard ganó con ella la Palma de Oro en el Festival de Cannes. ‘Dheepan’ es la historia de un exguerrillero tamil que, a punto de concluir la guerra en Sri Lanka decide huir de su país harto de la violencia. Para ello se servirá de una mujer y una niña huérfana –una de tantas víctimas infantiles de las guerras— para, juntos, hacerse pasar por una familia de refugiados. En Francia, encontrarán acomodo en uno de esos suburbios donde se hacinan todo tipo de marginalidades y donde a menudo estalla la mecha del racismo o cualquier otra mecha que encuentra campo abonado en un polvorín social. Dheepan comprobará que por muchas barreras defensivas que quiera poner a la vida que está intentando construir –esa raya blanca que traza entre las burlas de los pandilleros– de la violencia es muy difícil escapar.
Para muchos de los que hemos seguido la premiada trayectoria de este director quizá esta no sea su mejor película. Desde luego no alcanza la redondez de ‘Un profeta’, ni te somete a la tensión que caracteriza su cine y que sí estaba en ‘De latir mi corazón se ha parado’ y en ‘De óxido y hueso’. Aquí la respiración se contiene en momentos muy determinados. Pero siguen estando sus señas de identidad, esa manera algo seca y contundente de rodar, la originalidad con que construye los planos siempre dejando libre la mirada del espectador, como si quisiera decirnos: «yo tampoco sé cómo va a acabar todo esto».
Sorprende su final feliz, no tanto por el sesgo que toman los acontecimientos sino porque supone una cierta ruptura con la forma en que se venía contando la historia. A mí sin embargo me parece un riesgo calculado. Y perfectamente asumible. La Seminci comenzó por tanto con buen pie.

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¿Podemos esperar mucho más?
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Angélica Tanarro | 22-10-2015 | 14:25| 2

Los que sigan esta columna de jueves a jueves verán que hoy me repito. No era mi intención, lo aseguro. Pero me asomé a la ventana y los vi. Al principio creí que era un sueño (una pesadilla) o que se habían cumplido las profecías de tantas películas de ciencia ficción acerca de los viajes en el tiempo. Al fin y al cabo estamos de celebrado aniversario de unas de ellas. Sí, eso debía de ser: me había despertado en el pasado, en un pasado medieval y esos que veía por la ventana eran siervos de la gleba, huyendo de la peste negra, detenidos en su viaje por los soldados del emperador…
Pero no, desgraciadamente no me desperté de ninguna pesadilla y esa imagen que me devolvía la ventana ocurría aquí y ahora. En un aquí demasiado próximo. En un ahora hiriente y desgarrador.
El mismo aquí y ahora de esas imágenes que muestran en Suecia (sí, ese país que era nuestro modelo de desarrollo, el secreto tótem de nuestros sueños de futuro) edificios ardiendo por el simple hecho de que están destinados a albergar a estos desheredados de la fortuna que llaman a nuestra puerta solo en busca de un futuro. No de un futuro mejor, de un futuro. El mismo aquí y ahora de esos resultados electorales que han dado en Suiza (otro paradigma de la prosperidad económica) la victoria a la derecha nacionalista abiertamente contraria a la admisión de ‘los otros’ en su aseada casa. El mismo aquí y ahora, en definitiva, del eco creciente de la xenofobia en toda Europa, esa Europa cuna del humanismo, la democracia y los derechos civiles que ahora no sabe cómo resolver este ‘desorden’ a las puertas de su acomodado mundo.
Llevamos décadas presumiendo de vivir en un mundo global. Saludamos con un entusiasmo no exento de candidez los avances tecnológicos que han convertido el mundo en un patio de vecinos, mientras miramos para otro lado las consecuencias que nos resultan incómodas. ¿De verdad pensamos que se puede sostener ese mundo interconectado y global manteniendo las desigualdades y las injusticias en las que a menudo se ha basado el desarrollo de unos y la pobreza, la ignorancia o la tiranía que padecen otros? ¿Es este un sistema sostenible?
Mirar para otro lado en este asunto, intentar minimizarlo o parchearlo denota no solo crueldad, sino la misma estupidez que negar las consecuencias y el avance del cambio climático en el planeta.
Hay que dar un paso más allá del impacto momentáneo que causan estas imágenes en la gente normal, esa angustia pasajera ha de convertirse en energía que exija a los gobiernos una solución.Pero en esto no miremos a Suiza, por favor.

 

(Publicado en mi columna ‘Días nublados’ en la edición impresa de El Norte de Castilla, el 22 de octubre de 2015)

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Cifras
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Angélica Tanarro | 26-06-2015 | 10:51| 0

Solemos admitir que las cifras son frías como témpanos. Y en cierta forma es verdad. No consigo emocionarme con los resultados de la bolsa, y si alguna emoción me amenaza cuando los índices del Ibex 35 y demás aparecen en mi horizonte informativo, suele ser el enfado (léase cabreo) pues normalmente surgen en algún contexto del que es imposible sustraer el hecho de que las cosas no van tan bien como nos venden (o intentan) nuestros gobernantes.
Las cifras son frías y en periodismo lo sabemos bien. Cuando una catástrofe natural satura los titulares con dígitos imposibles, por muy espeluznante que sea el número de muertos o damnificados, no hay nada como ponerles nombre, cara, una breve historia, para que la frialdad mute en congoja y sea imposible no sentir empatía.
Pero hay cifras que no necesitan ni nombres ni contexto para ser espeluznantes. Y recientemente las noticias nos las dejan encima de la mesa, sepultadas estos días por el run run político, las puntuales reseñas de pactos y cambios en las instituciones, las tomas de posesión, las crisis que no son, el me voy pero poco y demás acontecimientos.
Por eso, para que no se olviden en ese torrente de información, rescato algunas de estos días:

Más de 29.000 mujeres fueron víctimas de violencia machista en el primer trimestre de 2015. Repitan conmigo hoy que aún está caliente el cadáver de la última víctima: ‘Más de 29.000’. Hablamos de España y de un trimestre. De un país moderno que ayer celebraba el 30 aniversario de su incorporación a la UE, de un país democrático, desarrollado… 29.000 mujeres sometidas a algún episodio violento, físico o psíquico, a algún acto vejatorio por el hecho de ser mujeres. Y los datos son del Observatorio Judicial contra la Violencia Doméstica y de Género. ¿Qué es lo que está fallando?
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Uno de cada cinco españoles vive por debajo del umbral de la pobreza. Uno de cada cinco. El asunto empeora a medida que baja la edad del ciudadano. Más de uno de cada cuatro niños residentes en España está en riesgo de pobreza según los datos de la Encuesta de Condiciones de Vida, difundida por el Instituto Nacional de Estadística. Uno de cada cuatro niños. Según Unicef, en 2013 vivían en España por debajo de ese umbral 2.306.000 niños. ¿Qué estamos haciendo mal?
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El número de ricos crece el 40% en España desde 2008, es decir, desde que empezó la crisis económica. Solo en el año 2014 el número de personas con altos patrimonios subió el 10% hasta situarse en 178.000. En este caso la fuente es un estudio de Capgemini y el Royal Bank de Canadá que considera ricas a las personas que tienen un millón de dólares sin contar el valor de la vivienda y los bienes consumibles. En su informe anual sobre la riqueza en el mundo alerta del aumento de la brecha entre ricos y pobres en España. ¿Qué estamos dejando a nuestros gobernantes que hagan mal?
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Hay cifras que valen más que mil palabras, y que mil imágenes, porque son un disparo a nuestra tranquilidad. Hay cifras que deberían enmudecer cualquier discurso que no fuera ponerse manos a la obra en la dirección correcta.

 

(Publicada en mi columna ‘Días nublados’ en la edición de papel de El Norte de Castilla)

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Sobre el autor Angélica Tanarro
Soy jefa de Cultura en El Norte de Castilla. En mis ratos libres (pocos) solía escribir y hasta encontraba editor. Ahora he cambiado los versos (libres o no) por alumnos de Periodismo. Mi verdadera vocación es la lectura.