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En la zona de confort. Seminci (sexta entrega)
Angélica Tanarro 28-10-2016 | 6:55 | 0

SOBRE ‘LA PAZZA GIOGIA’ DE PAOLO VIRZI Y ‘MADRE NO HAY MÁS QUE UNA’ DE ANNA MAYLAERT

Encarando la recta final del festival, y sin esa película que nos haga vibrar en la butaca, el certamen parece haber entrado en una cierta zona de confort, donde no hay nada abiertamente desechable, pero tampoco esa película que hiciera subir la línea roja de la temperatura. Y dado que estas crónicas-críticas tienen de oficio el lado personal de quien las firma, permítanme una confesión: hay un momento para mí crucial en una película que tiene que ver con su arranque. A lo largo de estos años dejando constancia de lo que sucede en la Sección Oficial del certamen he desarrollado un cierto sentido para detectar en las primeras secuencias qué puede dar de sí un filme. Lógicamente no es una fórmula matemática, ni esa primera impresión siempre se confirma: una película, de algún modo como una novela, atraviesa fases, picos de tensión, zonas de sombra. Y todo pesa en el conjunto. Pero esos minutos iniciales –que a veces incluso coinciden con los primeros créditos– hablan mucho para bien y para mal de lo que vendrá después.
Los minutos iniciales de ‘La pazza giogia’ me parecieron impostados, algo artificiales y en ese tono continuó para mí la película toda. Sin acabar de creerme esa especie de amable y avanzado psiquiátrico, ni el personaje de Beatrice –a pesar de que se lo echa sobre los hombros una personalidad fuerte como la de Valeria Bruni Tedeschi– ni el equipo médico habitual.
La firma Paolo Virzi (Livorno, Italia, 1964), autor que se estrena en Seminci y del que en España hemos visto al menos una película de gratísimo recuerdo, ‘Caterina se va a Roma’, mucho más redonda que ésta. Al contrario de lo que sucede con ‘La pazza giogia’ o ‘Locas de alegría’ (escojan el título que prefieran), que se agota en los primeros comentarios del café, ‘Caterina se va a Roma’ se quedaba contigo un tiempo. La ambientación, los personajes, la historia… como ocurre en las buenas novelas, cuyos protagonistas vivirán contigo un tiempo después de la palabra fin. La presencia de Virzi en el festival puede servir para intentar recuperar este logrado título.
Identidad
Algo subió el tono de la mañana la brasileña ‘Madre no hay más que una’ de otra debutante en Valladolid, Anna Muylaert, que confesaba en la rueda de prensa posterior a la proyección, que solo un psicoanalista podría aclarar su fijación con el tema de la madre como personaje en una obra de creación. Su anterior filme se titulaba ‘La segunda madre’. Las madres que aparecen en el filme que compite en la Sección Oficial del festival han perdido a su hijo porque otra mujer se lo ha robado. Aunque está basada en un caso real, a Muylaert no le interesa tanto hablar del robo de niños, como de la difícil construcción de la identidad en los adolescentes, máxime cuando, a las dudas habituales a esta edad se suma el trauma de comprobar que han vivido una vida engañada, que ni siquiera su nombre fue el nombre que sus padres le dieron cuando llegaron al mundo.
Así Pierre, un muchacho de indefinida sexualidad, que toca en un conjunto de rock, que se pinta las uñas y le gusta la ropa de mujer, que tiene relaciones por igual con chicos y con chicas, tiene que convertirse en Felipe, y acomodarse a una familia burguesa, separarse de las que hasta ese momento creía su madre y su hermana y convivir con un hermano ‘verdadero’ al que nada le une.
El tema es enorme y la película tiene buenos momentos, sobre todo cuando la cámara se aproxima a Pierre, a su silenciosa rebeldía, a su perplejidad, pero el guion falla a la hora de afrontar el cambio traumático hacia la nueva familia.
Los padres verdaderos son tan torpes en su afán por no volverlo a perder y en su incapacidad para acercarse a su hijo desde una postura dialogante que resultan poco verosímiles, por falta de matices. Igual que los padres verdaderos de la hermana con la que ha convivido siempre (también robada) cuya fugaz presencia en el filme también está dibujada a trazo grueso.

(Fotogramas de ‘La pazza giogia’ y ‘Madre no hay más que una’

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Cine realidad y algo de humor
Angélica Tanarro 24-10-2016 | 3:57 | 0

SOBRE ‘LES INNOCENTES’, ‘ANATOMÍA DE LA VIOLENCIA Y ‘EL CIUDADANO ILUSTRE’

La organización del Festival concentró en una misma jornada en Sección Oficial dos películas muy distintas entre sí, pero con el tema de fondo de la violencia contra las mujeres. ‘Las inocentes’, ambientada en Polonia recién acabadala SegundaGuerraMundial, y ‘Anatomía de la violencia’, el filme con el que la directora india Deepah Mehta quiere entrar en las causas de las frecuentes violaciones de mujeres que desgraciadamente forman parte de la cotidianidad de la vida en su país. Entre una y otra se pudo ver una comedia, la argentina ‘Un ciudadano ilustre’, cuyo protagonista venía avalado porla CopaVolpial Mejor Actor conseguida en el último festival de Venecia.

El principal mérito de ‘Las inocentes’ es poner el foco en un asunto del que se suele pasar de puntillas en las crónicas acerca dela SegundaGuerraMundial: las terribles violaciones por parte de los vencedores hacia las mujeres de los territorios que iban liberando del yugo nazi. La directora luxemburguesa Anne Fontaine centra la acción en un convento de monjas en Varsovia, en el mes de diciembre de 1945, donde una de las religiosas está en grave peligro por causa de un embarazo que se ha complicado a última hora. Una novicia, en contra de las reglas estrictas del convento, decide pedir ayuda y la encuentra en Mathilde, una joven médica francesa que trabaja parala CruzRoja.Cuando Matilde llega al convento descubre que el embarazo de la religiosa no es un caso aislado: las monjas fueron objeto de repetidas violaciones por soldados rusos.

La película, contada con destreza, recorre el proceso por el cual unas mujeres que jamás se habían pensado a sí mismas como madres tienen que aceptar lo inevitable, y aceptarlo además en circunstancias extremas, sin una atención médica adecuada y en estado de shock, algunas no superarán el trauma y otras verás tambalearse su fe. Quizá por lo duro del tema y lo arriesgado de su tratamiento Fontaine ha puesto tanto cuidado en no caer en el tremendismo que la película resulta en ocasiones excesivamente neutra, distante, incluso excesivamente larga, lo que no le quita el mérito de ser un testimonio necesario.

Como lo sería también ‘Anatomía de la violencia’. Deepa Mehta ha optado en esta ocasión por afrontar el tema de la violencia contra la mujer desde el punto de vista del violador. Mehta, habitual también en Seminci y de la que el año pasado se proyectó su anterior filme, ‘Beeba boys’, se pregunta ¿qué convierte a un hombre capaz de un acto tan execrable en un monstruo?, ¿qué grado de responsabilidad social hay en el asunto? La directora utiliza el tono de reportaje, y una cámara inquieta hasta la saciedad, para remontarse a la infancia de los violadores de una joven en un autobús de pasajeros en Nueva Delhi en 2012.

Un grupo de actores ya adultos interpretan a los violadores tanto en su infancia de pobreza y  abusos por parte de sus mayores como en el momento de los hechos, lo que aporta originalidad al planteamiento, aunque no compensa la confusión general del relato, que se hace pesado y apenas deja al espectador la oportunidad de implicarse plenamente. Aun con todo, el filme quizá más por el riesgo asumido por una directora que nunca elude los temas más espinosos de nuestra sociedad, fue aplaudido por un sector del público.

Entre uno y otro drama se intercaló ‘Un ciudadano ilustre’, la película de los argentinos Gastón Duprat y Mariano Cohn, una buena oportunidad para la risa. Dicen que los argentinos tienen la buena cualidad de saberse reír de sí mismos. Duprat y Cohn tienen buenos maestros si pensamos en Campanella, Subiela o el mismo Burman aunque sus historias sean universales. Porque lo que le sucede al premio Nobel de Literatura Daniel Mantovani, un tipo en líneas generales arrogante y desagradable que mira el mundo desde el pedestal no ya de su premio sino del alto concepto que tiene de su inteligencia, podría pasarle a cualquier escritor u artista encantado de conocerse en cualquier parte del mundo. Pero sucede en Salas, una localidad de la provincia de Buenos Aires de la que es oriundo el protagonista y a la que no ha vuelto jamás desde que saliera hacia Europa persiguiendo el sueño de ser escritor. Él, que rechaza decenas de compromisos rutilantes en todas partes del mundo, decide en un impulso –quizá movido por la nostalgia a la que todo el mundo, hasta él mismo, puede sucumbir en un momento dado— aceptar la invitación de la municipalidad de Salas, que ha decidido otorgarle la distinción de ‘Ciudadano Ilustre’. Inicia así un viaje que lejos de convertirse en un entrañable reencuentro acaba siendo una pesadilla que a punto está de costarle la vida. Y de la que, ‘lógicamente’ saldrá una novela.

Duprat y Cohn dibujan con esperpéntica maestría unos personajes hilarantes con los que muestran esa capa de roña que deja en la piel tanto la vanidad como la envida y el complejo de inferioridad. Y lo hacen sin dejar títere con cabeza. Óscar Martínez aprovecha la oportunidad y se luce a gusto con un personaje antipático con el que sin embargo es posible empatizar y al que sabe sacar, cuando así lo exige el guión, el ser humano que, con todo, lleva dentro. Si hay que ponerle un pero a la película sería un final demasiado explicativo que no casa con el tono del resto de la historia.

Fotogramas de ‘Les Innocentes’, ‘Anatomía de la violencia’ y ‘El ciudadano ilustre’

 

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El cine y la furia
Angélica Tanarro 23-10-2016 | 10:39 | 0

Comienzo aquí mis crónicas sobre la Sección Oficial de la 61 Seminci

SOBRE ‘LAS FURIAS’ Y ‘CLASH’

Meter a una familia entre cuyos miembros pesan ya los desencuentros y los rencores soterrados en un lugar apartado de su residencia habitual y dejar que se desaten las furias internas –contenidas a veces a lo largo de los años— con más o menos virulencia es un asunto que ha dado siempre mucho juego tanto en cine como en teatro. Aquí, sin ir más lejos, tenemos a una directora que arriesgó en su debut cinematográfico con tan espinoso asunto y salió airosa. Mar Coll ganó premios, entre ellos el Goya a la mejor dirección novel, con ‘Tres días en la familia’. Coll volvería al tema familiar con ‘Todos querían lo mejor para ella’, película que inauguróla Semincide 2013, demostrando una vez más su buen pulso en la dirección.

Pero vamos a lo que nos ocupa. Miguel del Arco también ha arriesgado con el tema en su debut cinematográfico. No vamos a descubrir aquí el talento de este dramaturgo para la dirección teatral.  ‘La función por hacer’, ‘La violación de Lucrecia’, ‘Hamlet’… se cuentan entre sus éxitos como director. El cine lo conocía desde dentro en sus inicios como actor (‘Morirás en Chafarinas’, ‘Boca a boca’…) pero dirigir cine y sobre todo llevar a un buen puerto un guion complicado es un asunto muy distinto.

Del Arco contaba con algunos elementos interesantes: la historia de una familia en la que hace tiempo se ha instalado la incomunicación (‘hablar es muy difícil’ es uno de los leit motiv del filme) y en la que sus miembros se guardan entre sí rencores antiguos. Un padre actor ya retirado y enfermo, una madre psiquiatra que ha empezado una nueva vida de la que sus tres hijos solo tienen conocimiento a medias y una nieta aquejada de una enfermedad mental, a la que unos padres desnortados no ayudan precisamente.

Una bomba de relojería que empieza la cuenta atrás para el estallido cuando la madre anuncia que va a vender la casa solariega de la familia, lo que motiva la reunión de todos sus miembros en el que parece será el último fin de semana  en un lugar que es el referente de la infancia de los tres hermanos.

Drama lleno de símbolos (desde los nombres de referencias mitológicas de los hijos: Cassandra, Héctor y Aquiles) y metáforas como la enfermedad de la nieta que en el encierro al que le obligan sus circunstancias trata de aportar algo de lucidez al entorno, entre crisis psicótica.

La película empieza a despeñarse hacia la tragedia que no es (las claves son necesariamente distintas aunque Del Arco juegue continuamente con ese referente) casi desde la llegada de la familia a la casa de verano. El director introduce una serie de secuencias a modo de cuadros escénicos, tan con calzador (la escena de la violación, el juego de los hermanos que acaba en pelea) que no solo no aportan nada al desarrollo del filme sino que lastran su ritmo y desarrollo. Un reparto muy solvente no puede con los fallos estructurales de la película. Ni la contención de Sampietro y Lennie, ni la profesionalidad de Carmen Machi, ni la corrección del resto pueden sostenerlos.

Película fallida a pesar de contar con buenos elementos por separado que el final subraya innecesariamene un mensaje que hubiera sido digno de mejor causa: que un cuerpo enfermo, y aquí ese cuerpo es una familia entera, siempre va a luchar por la vida. Tampoco se entiende, salvo si miramos la alfombra roja, el lugar que ha ocupado en la programación.

 

En guerra

Más interesante tanto como ejercicio fílmico como por el riesgo que asume el claustrofóbico planteamiento fue la propuesta del egipcio Mohamed Diab. Cuatro años preparando un proyecto sobre el fracaso dela Revoluciónegipcia de 2011 en la que él estuvo estrechamente comprometido. La acción se sitúa en 2013 tras la caída del presidente islamista Morsi. Durante una manifestación la policía detiene y encierra a un grupo de personas en un furgón. El grupo no puede ser más heterogéneo, dos periodistas ocasionales en plena faena, un grupo de Hermanos Musulmanes, gente no adscrita en principio a ningún grupo, todo el espectro posible de la población representado en un grupo humano condenado a convivir horas y horas sin agua ni comida, sin la posibilidad siquiera de hacer sus necesidades dignamente. Heridos por las piedras y las balas, asfixiados por los gases lacrimógenos. La furia y el absurdo de la guerra reproducidos fuera y dentro del furgón. También a veces la empatía y la pequeña solidaridad del que está a punto de perderlo todo. Violencia interna y externa rodadas cámara en mano en una incómoda pero necesaria y rigurosa visión.

 

(Publicada en la edición de El Norte de Castilla del domingo 23 de octubre de 2016)

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Tiros de punta en blanco
Angélica Tanarro 30-10-2015 | 12:02 | 0

Avanzada ya la Sección Oficial, que encara sus últimos coletazos, seguimos encontrando buenas películas, pero no el peliculón, ese que nos hará recordar la edición del aniversario redondo.  Tres películas muy distintas se concentran en esta reseña. Distintas en todo, unidas solo por el hecho de compartir hueco en la Sección Oficial del festival, donde la ausencia de grandes riesgos es también una nota generalizada. Probablemente, si nos atenemos a lo sucedido en otros festivales de los que tenemos noticia, porque la cosecha reciente haya sido así, sin demasiadas estridencias.
Si hablamos de riesgo y no nos tomamos muy en serio el asunto, podemos empezar hablando de ‘Beeba Boys’, el filme con el que la directora india Deepa Mehta da un salto en su filmografía y se mete en territorios no explorados en su cine. Aunque cierto humor estaba ya, aunque ciertos guiños a Bollywood también habíamos visto, y no digamos cierto carácter etnográfico en sus filmes, Mehta abandona el drama lírico y la simbología y se suelta la melena con una de tiros.
Estamos en Vancoover, en la comunidad indocanadiense, en las sociedades sijs que mantienen sus costumbres, sin desechar las comodidades de la sociedad que les acoge. Conocemos al atractivo Jeet Johar, líder de una banda juvenil de despiadados asesinos que se disputan con otras bandas rivales el mercado de la droga y del tráfico de armas. Pero eso sí, sin descuidar su aspecto físico. Y aquí está el quid de este trepidante filme, el aspecto estético, el tratamiento del color, que recuerda por cierto al Almodóvar de ‘Tacones lejanos’. Es la composición de los planos lo que la aleja de una película más de gánsters. Pues ‘Beeba boys’ está más cerca del lenguaje del cómic que de las películas del género. La música subraya una acción que no da respiro. A menudo, los personajes parecen que van a echarse un baile en vez de dedicarse una ensalada de tiros.
La cosa no va más allá, salvo porque la película se deja ver, entretiene, visualmente es desde luego un producto potente con el que Mehta ha querido demostrar que sabe hacer cosas inesperadas.
Normalidad
Cine con carga social en los otros dos títulos del día. Cine que deja la sensación de ya visto en este festival, sin que por ello deje de merecer un análisis detenido.
La israelí ‘Hatuna MeNiyar’ (Boda de papel) afronta el tema de la diferencia. De cómo una leve discapacidad puede ser motivo de marginación, y de cómo la sociedad tiene aún la asignatura pendiente de ensanchar el concepto de ‘normalidad’ hasta arrinconarlo, para aceptar otras formas distintas de ser o estar en el mundo.
Hagit es en esta película una joven con una leve discapacidad intelectual que trabaja en una fábrica de papel higiénico. Pero su sueño es ser diseñadora, y más concretamente diseñadora de trajes de novia, porque ella como la mayoría de alas chicas de su edad sueña con el príncipe azul. La autonomía que busca Hagit , hija de padres separados, choca con la sobreprotección de su madre, Sara, y después chocará con los estereotipos sociales que harán inviable su otro sueño: tener una relación con el apuesto hijo de su jefe.
El peso de la película recae de alguna forma sobre el rostro de Moran Rosenblatt, la actriz que encarna a la joven discapacitada. Su sonrisa y su seguridad para dar credibilidad a la diferencia de su personaje son lo mejor que tiene el filme del joven director Nitzan Gilady. Pero la película no acaba de coser todos sus elementos. La obsesión de Hagit por hacer muñecas vestidas de novia ofrece los mejores planos del filme que se alternan con otros rutinarios que hacen que en conjunto no tenga la fuerza que potencialmente se le podría suponer al tema.
Alta corrupción
Algo parecido ocurre con ‘¿Por qué yo?’ de Tudor Giurgiu, director rumano que en la presentación que prologó la sesión de ayer tarde manifestó su amor por este certamen al que ha venido en dos ocasiones (la última en 2012 con ‘De caracoles y hombres’) y prometió aprender español y hacer una película «menos deprimente» la próxima vez.
Y es que Giurgiu encara el asunto de la corrupción estatal basándose en un caso real ocurrido en su país en 2002.
La acción se centra en un joven fiscal, cuya carrera está en alza, que investiga a un colega situado por encima de él y que ha sido denunciado por corrupción. El celo que pone en su tarea comienza a chocar con sus superiores y acabará descubriendo una trama más profunda y peligrosa que pondrá fin a su carrera.
Quizá una de las mayores pegas que se pueden poner al filme, por otra parte correcto, es su exceso de metraje. Como ocurre en las primeras novelas, el autor ha querido contar demasiadas cosas o se ha detenido innecesariamente en detalles que no aportan nada como en algunas tópicas secuencias de la relación de pareja del protagonista.

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La alargada sombra de la violencia
Angélica Tanarro 25-10-2015 | 11:33 | 0

Recientemente un grupo de diputados alemanes fueron llevados, a iniciativa de una ONG, en un simulacro de patera por uno de los ríos que cruzan Berlín. Se trataba de sensibilizar a sus señorías sobre el problema de los refugiados. Que se acercaran, siquiera por unas horas, a la angustia y al terror de quienes en condiciones infrahumanas inician un viaje en el límite hacia la inseguridad de un mundo en el que al menos esperan encontrar la paz. Aunque lo que a menudo encuentran muchos refugiados, si tienen la suerte de atravesar la frontera que les separa del mundo soñado, son otras fronteras. Las que impone la pobreza, la marginalidad. De todo ello habla la película de Jacques Audiard que ayer levantó el telón de la Seminci del 60 aniversario y que debería ser de obligada visión en aras de esa sensibilización. Audiard habla de lo difícil que es, cuando no se posee más que un nombre falso, empezar una vida que merezca llamarse así. Y de más cosas: de cómo eso que llamamos familia no siempre coincide con lo establecido por los lazos de sangre, sino que es un concepto en construcción. El director francés, además, quería contar una historia de amor. Y lo hace.
Audiard ganó con ella la Palma de Oro en el Festival de Cannes. ‘Dheepan’ es la historia de un exguerrillero tamil que, a punto de concluir la guerra en Sri Lanka decide huir de su país harto de la violencia. Para ello se servirá de una mujer y una niña huérfana –una de tantas víctimas infantiles de las guerras— para, juntos, hacerse pasar por una familia de refugiados. En Francia, encontrarán acomodo en uno de esos suburbios donde se hacinan todo tipo de marginalidades y donde a menudo estalla la mecha del racismo o cualquier otra mecha que encuentra campo abonado en un polvorín social. Dheepan comprobará que por muchas barreras defensivas que quiera poner a la vida que está intentando construir –esa raya blanca que traza entre las burlas de los pandilleros– de la violencia es muy difícil escapar.
Para muchos de los que hemos seguido la premiada trayectoria de este director quizá esta no sea su mejor película. Desde luego no alcanza la redondez de ‘Un profeta’, ni te somete a la tensión que caracteriza su cine y que sí estaba en ‘De latir mi corazón se ha parado’ y en ‘De óxido y hueso’. Aquí la respiración se contiene en momentos muy determinados. Pero siguen estando sus señas de identidad, esa manera algo seca y contundente de rodar, la originalidad con que construye los planos siempre dejando libre la mirada del espectador, como si quisiera decirnos: «yo tampoco sé cómo va a acabar todo esto».
Sorprende su final feliz, no tanto por el sesgo que toman los acontecimientos sino porque supone una cierta ruptura con la forma en que se venía contando la historia. A mí sin embargo me parece un riesgo calculado. Y perfectamente asumible. La Seminci comenzó por tanto con buen pie.

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Sobre el autor Angélica Tanarro
Soy jefa de Cultura en El Norte de Castilla. En mis ratos libres (pocos) solía escribir y hasta encontraba editor. Ahora he cambiado los versos (libres o no) por alumnos de Periodismo. Mi verdadera vocación es la lectura.