CAÍN
Por Innuendo91 (@jaimenie)
Jimi Hendrix – Bold As Love http://www.youtube.com/watch?v=7xTcLrTabS4
“Dios, el demonio, el bien, el mal, todo eso está en nuestra cabeza, no en el cielo o en el infierno, que también inventamos. No nos damos cuenta de que, habiendo inventado a Dios, inmediatamente nos esclavizamos a él.”
Buen comienzo para la resaca de Semana Santa, ¿no? El autor de estas palabras, José Saramago, también lo es del libro que quisiera recomendar: Caín. Me habría gustado hacerlo antes del comienzo de las vacaciones, pero la apretada agenda de Sor Libertarian y mi desconexión a la red durante esos días me lo impidieron. Al grano.
Volvamos por un instante atrás, escuchando a Hendrix, en la obra de Saramago, no hasta el Evangelio según Jesucristo, sino hasta Ensayo sobre la Ceguera. En esta obra maestra Saramago reduce al ser humano a su estado más primitivo privándole de tan solo uno – tan frágil es nuestra condición de reyes de la Creación – de nuestros cinco sentidos: la visión. Así desnuda nuestro ser, nos despoja de la convención social existente por una nueva, basada en la ceguera de todos los humanos, que se aproxima bastante a una versión primitiva de la sociedad humana.
En Caín, nos cuenta el Antiguo Testamento según su particular visión, que dista del “chorro de absurdos” y “engendro” que considera al original. Muestra a los personajes del A.T. tal como son: brutales, perversos, egoístas… humanos. Lo hace con descarnada ironía y una vulgaridad buscada totalmente geniales que representan a la perfección el agrio sentido del humor de Saramago. Su particular Biblia nos ofrece una visión primitiva del ser humano, como en Ensayo sobre la Ceguera, y con ello nos recuerda que lo que somos, lo que vivimos y lo que hacemos, no es un orden natural, ordenado inteligentemente por la Providencia, sino que somos fruto de un orden social, construido históricamente.
Según los liberales, el orden natural de las cosas es el que debe prevalecer, también en economía, donde cualquier interferencia en los procesos mecánicos del mercado crea ineficiencias y es moralmente reprobable. Nada más lejos, la humanidad es dueña de sus actos, que no responden a un orden natural sino a un orden social, construido a través de las relaciones de poder, de producción e históricas. El hombre no es bueno o malo por naturaleza, es la brutalidad o la prosperidad del orden social histórico el que determina y construye estos conceptos de bien y mal. Y como tal “pueden” ser cambiados, cuando no “deben”, directamente.
LA ÉTICA DE LA LIBERTAD
Por libertarian25 (@luispablohorra)
The Beatles -Taxman http://www.youtube.com/watch?v=YtksJEj2Keg
Acabo de terminar La Ética de la Libertad [i] y debo confesar algo: nunca había leído una defensa tan coherente y entusiasta de la libertad. Murray N. Rothbard, economista de la Escuela Austriaca y discípulo de Ludwig von Mises, aborda la difícil tarea de establecer una “teoría ética sistemática de la libertad”, según sus propias palabras. Y lo hace sin contradicciones, defendiendo la libertad hasta sus últimas consecuencias. Rothbard es considerado por muchos como el padre del anarcocapitalismo, sistema político-económico que defiende la economía de libre mercado hasta sus últimas consecuencias, negando el derecho del Estado a existir.
En su obra, Rothbard recoge la tradición anarquista del S.XIX y la fusiona con la tradición liberal de la Escuela Austriaca. En la primera parte del libro, Rothbard afirma que, partiendo de una ética objetiva basada en la razón, se puede establecer un sistema legal cuyo fin último debe ser el respeto de los derechos de propiedad. En esto coincide con la filósofa estadounidense Ayn Rand, cuyo sistema filosófico se basa en la razón como única herramienta para establecer una ética universal para todos los seres humanos.
En la segunda parte, Rothbard desarrolla su propia teoría de la libertad. El autor intenta “…establecer firmemente la filosofía política de la libertad y delimitar la esfera propia de la ley, de los derechos de propiedad y del Estado”. El principio fundamental de la filosofía política de Rothbard es que “nadie tiene derecho a agredir la propiedad justa o legítima de otro”. ¿Y cuál es la propiedad “justa o legítima” de otro? Pues la propiedad ganada de forma justa, producida por uno mismo. O dicho de otra manera: “Todo derecho legítimo de propiedad se deriva de la propiedad del hombre sobre su persona y del principio de Colonización según el cual la propiedad de una cosa sin dueño recae directamente sobre su primer poseedor”. De esto se deduce que existe también otra forma de ser propietario: adquiriendo la propiedad que alguien quiera vender voluntariamente.
Siendo los derechos de propiedad la base del sistema legal en una sociedad libre, la violencia sólo puede ser usada en defensa de estos derechos. Rothbard vuelve al concepto clásico de justicia cuando afirma que “la víctima tiene, por tanto, el derecho a imponer un castigo en una cuantía proporcional a la gravedad del delito (…) El nivel proporcional del castigo señala el derecho de la víctima, es decir, el techo punitivo máximo”. Para ello, la víctima puede acudir a los tribunales o no: “¿Se le podría permitir a alguien tomarse la justicia por su mano? (…) La respuesta es, por supuesto, afirmativa (…) No obstante, en la sociedad libertaria de libre mercado, a la víctima le resulta en general más cómodo encomendar esta tarea a la policía y a los tribunales”
Dedica Rothbard en esta segunda parte un capítulo entero a los derechos de los niños. Siempre consecuente con la libertad, el economista estadounidense hace una férrea defensa del aborto: “En la mayoría de los casos, los fetos se encuentran en el seno materno con consentimiento de las madres. Ahora bien, si una mujer no desea que se prolongue esa situación, el feto se convierte en invasor de su persona y la madre tendría perfecto derecho a expulsarlo de sus dominios. Según esto, habría que considerar el aborto no como el asesinato de una persona, sino como la expulsión de un invasor indeseado del cuerpo de la madre”. Rothbard aboga incluso por el establecimiento de un mercado libre de niños, como la mejor manera de satisfacer las necesidades tanto de los niños como las de los padres adoptivos y los padres biológicos. Esto puede escandalizar a muchos, pero en realidad es la solución más factible. De hecho, ya existe un mercado de niños, aunque está ampliamente intervenido por el Estado.
En la tercera parte, Rothbard analiza la naturaleza del Estado. El Estado subsiste mediante la coacción de los impuestos. Por tanto, vive en una contradicción interna. Por un lado, es el garante de la propiedad y por otro, mediante la coacción impositiva, expropia la riqueza de sus ciudadanos. Tiene razón aquí Rothbard en lo concerniente a los impuestos, aunque esto de por sí no implica la eliminación del Estado. Existe una tercera vía: un sistema de tributación voluntario para mantener aquellas funciones que el Estado debe tener en monopolio: defensa y justicia[ii].
Para Rothbard ni siquiera es justificable el Estado mínimo: “El punto determinante es que en la utopía del Estado limitado y del laissez-faire no existen mecanismo institucionales para mantener al Estado dentro de unos límites establecidos”. En este punto discrepo de Rothbard. El Estado, para proteger la libertad y la propiedad, debe actuar bajo un marco legal definido, no de forma arbitraria. Este marco legal es el “mecanismo institucional” del que habla Rothbard. En el momento que el Estado sobrepasa sus legítimas funciones, la ciudadanía tiene el derecho de volver a situarle dentro de ellas. El propio Rothbard admite que, aun creando un sistema de libre empresa formado por agencias judiciales privadas que proporcionasen los servicios de justicia que ahora proporciona el Estado, debería existir un “código civil básico” común a todas.
En la cuarte parte, el estadounidense critica varias teorías de la libertad desarrolladas por diferentes economistas o filósofos contemporáneos. Desde el utilitarismo liberal de sus maestro von Mises hasta el concepto de coacción en Hayek, pasando por la teoría del Estado mínimo propuesta por Nozick. De su maestro dice que “vemos, pues, que la tentativa de Mises por defender el laissez-faire, pero manteniéndose a la vez alejado de los juicios valorativos, asumiendo que todos los partidarios de la intervención del gobierno abandonarán sus posiciones cuando conozcan sus consecuencias, carece de fundamento”. Ataca lúcidamente el concepto de coacción de Hayek afirmando que “a toda persona le asiste, además, el derecho a negarse a hacer algo. Puede tal vez merecer severas críticas éticas o estéticas, pero en cuanto propietario de su propio cuerpo tiene todo el derecho del mundo a negarse”. Siguiendo el ejemplo de Rothbard, no es, por tanto, coacción que un médico se niegue a curar a un enfermo, aunque esto implique la muerte del paciente.
Por último, Rothbard da algunas pinceladas de cuál debe ser la estrategia a seguir para alcanzar el objetivo final, que no es otro que una sociedad libre. Afirma que “en síntesis, el libertario debe ser un abolicionista que suprimiría, instantáneamente si le fuera posible, todas las invasiones contra la libertad”, aunque son legítimos los pasos intermedios (alianzas con los conservadores, por ejemplo) siempre que estos conduzcan a una sociedad libre.
Desde mi punto de vista, con esta obra Rothbard pretende dar una base ética a la economía de libre mercado. Si bien es cierto, él mismo lo cree, que el capitalismo es justificable desde el punto de vista estrictamente económico, necesita una teoría de la libertad en la que basarse, un sustento ético basado en principios sólidos. Por ello, condena la obsesión de muchos liberales que, al atacar “las propuestas intervencionistas, (…) sólo pueden mencionar débilmente lo desorbitado de su coste económico, combate de retaguardia condenado al fracaso”. Al igual que Ayn Rand, Rothbard piensa que la defensa del capitalismo tiene que venir, no tanto del lado de su vertiente científica o práctica sino de su vertiente moral. Y esto es lo que trata de hacer, de manera brillante, en La Ética de la Libertad.
[i] Rothbard, Murray N, La Ética de la Libertad, Unión Editorial, Madrid, 1995
[ii] Debo esta idea a Ayn Rand

