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Autor: BESTEIRE
Un sacerdote como Cristo quiere
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Xoel Prado - Antúnez | 13-09-2017 | 6:39| 0

El padre José Luís era el Vicario de Santa María en Aranda de Duero y lo ha sido en tiempos difíciles y contra viento y marea.

El padre José Luís no ha podido desenvolver su labor pastoral como hubiera querido porque ha sido atentamente vigilado y condenado y sobre todo ha sido fiscalizado por aquellos señores de pro que quieren que Aranda se corte según su patrón de patronaje y poseer un Vicario a su antojo, unas fiestas para mirarse el ombligo y hasta una alcaldesa que les baile la rueda (menos mal que esto no lo consiguen)

Lo que Delibes describía como la vida de “los santos inocentes”: el señorito es el señorito y todo se hace por el señorito.

El padre José Luis más allá de ser Vicario y ser el padre José Luis es una persona excelsa: bueno en el mejor sentido de la palabra bueno, abnegado con el prójimo hasta extenuar a quien lo conoce. Increíble resulta como puede alguien renunciar a su propia vida y acercarse a las dos de la mañana a atender a alguien que lo solicita o reunirse con chicos y chicas jóvenes porque le piden consejo o hacerse el ciego y mirar para otro lado con las acciones humanas.

Es muy probable que la mayoría de nosotros no tuviésemos el arrojo de abnegación que manifiesta este hombre a secas. Esa interpretación de la labor pastoral basada en el perdón absoluto que Cristo manifiesta mientras muere clavado en la cruz – sé que eso es lo que le guía.

Estos señores de pro que han escrito al arzobispado reprobando su labor y han conseguido que se extenúe de luchar y pida su traslado, son los que cierran la iglesia a los jóvenes, las fiestas al mundo y la catedral a Santiago (pero sepan que se van a morir y después no hay nada) Y el arzobispado se equivoca al no poner oídos necios y convertir esas palabras en sordas calumnias sinsentido.

A ti José Luís, padre José Luís, desearte que en tu nuevo destino los feligreses sepan ver tu bondad innata y tu abnegación hasta la cruz.

Ojalá nos hubiésemos conocido mejor.

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Iluminaria. Poesía reunida 1976-2017 – Octavio Uña Juárez
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Xoel Prado - Antúnez | 07-09-2017 | 12:24| 0

El sociólogo y poeta o viceversa, o lo uno porque lo otro, ha reunido en un sólo volumen arquetípico la poesía que ha publicado desde 1976 hasta el 2017.  A lo largo de sus 1120 páginas nuestro querido amigo reúne sus libros Escritura en el agua, Edades de la tierra, Antemural,  Usura es la memoria, Ciudad del ave, Labrantíos del mar, Cantos del escorial, Crónicas del océano, Cierta es la tarde, Puerta de salvación y un par de apéndices donde se compendian pregones líricos y los prólogos a los libros antologados. Un tercer apéndice muestra una selecta bibliografía de trabajos que han estudiado la poesía de nuestro autor.  El volumen de poesía ha sido publicado por a editorial Sial/Pigmalión en este mismo año 2017, en fecha tan señalada como el día del nacimiento de Dante Alighieri.

A Octavio Uña Juárez tuve la ocasión de conocerle y entrar en contacto con su manera de estar en el mundo en el año 81, pardiez, cuánto tiempo ha transcurrido. En aquel momento, cuando este hombre amable e ínclito (aunque entonces no lo sabía), entró por la puerta de un instituto de secundaria como catedrático de filosofía  y justo en mi clase. Lo que me llamó la atención de manera inmediata no  fue si no la palabra, la capacidad para nombrar todo lo que en el mundo había y más, lo que la mente contenía, y más, nombrar todas las cosas que aún sin nombre se removían en el alma. La palabra que deslumbraba a cada instante dictada al voltear de las cabezas. Metáfora excelsa y clarividente que escrita en la pizarra se derramaba sobre la mirada asombrada de aquellos alumnos no acostumbrados a tales alardes de comunicación. Que esa era su especialidad la comunicación y la iluminación de las almas. Por eso no extraña que su antología se denomine Iluminaria.

Iluminación por el conocimiento. Esparcir el conocimiento como quien labra la tierra, y el mar. Compré el primer libro de poemas de Octavio en aquel momento, finales del 80, y pude comprobar como era una poesía que quería hacer de la palabra conocimiento. Una palabra iluminativa: ilustrada y lustrosa.

Ilustrada porque se centra fundamentalmente en la naturaleza, que tiene un nombre Castilla y en la bondad humana, las gentes de Castilla. Una admiración aristótelica en laoc contemplación de la realidad de Castilla, una mirada asaz filosófica en la contemplación y recuerdo de Castilla. De la Castilla hoyada y la Castilla hoyadora. Pero siempre con la mirada puesta en la pieda, en el aljibe, en el adobe. Sin olvidar nunca que esa visión de Castilla se realiza a través de la palabra. (Yo siempre te amaré, palabra/Siempre/ te llevaré conmigo hasta los parques/en la tarde)

Si algo aprendí y creo que sí de aquella lectura franca e inocente, una mirada de crío de 16 años a unos versos de madurez de vino, es que lo esencial en la mirada a la naturaleza y a la gente es esa palabra admirativa y cargada de conocimiento filosocioteológico. Esta mirada admirativa conlleva una racionalización de los ctónico que anida en las gentes de Castilla, una depuración de las supersticiones, del fanatismo religioso en pos de un Deismo natural, de una naturaleza deifica (Yo te pensé en la luz,/acostumbra a júbilos ágiles de los párpados/¡Oh extraña posesión la de esta luna llena de tu cara)

De la misma manera, esa palabra ilustrada y lustrosa quiere enseñar a Castilla la necesidad de que se aleje de esa política absolutista que ha mantenido durante siglos, de posesión y mostrarle más bien esa necesidad de apertura al mundo pero sin posesión ni enseñoramiento. Sí, apertura, esa apertura comunicativa que tan bien describe el Octavio sociólogo con la mano de maní de Jaspers.

Ya ves que la Iluminaria del título es la iluminación ilustrada.ilumi

La palabra lustrosa de Ocativo Uña, una palabra que brilla como los campos amarillos del pan cuando el sol en su álgido esplendor los engrana aún más si cabe, Una palabra sana, saludable, que se ha de comer como se toma el pan en la mesa, sin tacha y como se toma el pan ante el altar, con limpieza de corazón. Porque la palabra sana es palabra singular y preclara.cir

Digamos sólo que es buen momento de publicar esta compilación de los libros de Octavio porque la singularidad de sus temas y de su palabra, ha de advenir de gloria y perlas a este mundo que ha perdido su ilustrada conciencia por mor de una libertad expresivista, confundida con libertad de expresión culta. Una poesía que conducirá a un nueve y joven lector por las sendas garabateadas del instante, a la búsqueda de la belleza y de esa verdad estética que no estática que se guarda en los lotos filosóficos.

La palabra de Octavio encandila y durante horas uno pasearía a su lado escuchando esa palabra ilustrada y lustrosa, convenientemente aderezada de odisea y canto. Iluminaria es ese paseo por las plazas mayores de Castilla, por la soledad de Castilla en la buena compañía de la palabra cognoscitiva de Octavio Uña.

 

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La soledad pornográfica
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Xoel Prado - Antúnez | 06-09-2017 | 1:32| 0

Una vez pensé que me hallaba solo en el mundo pero en realidad me rodeaba una multitud de individuos. La soledad no significa introversión. Cuando te rodea una multitud y te sientes solo, ¿de quién es el problema? Como no puede ser de otra manera, el psicoanalista es el culpable.

No sé dónde leí alguna vez que sólo cuando has sido centrifugado por la soledad, puede saber quién eres fundamentalmente, realmente, y estas preparado para iniciar una relación con los otros, y, además, certificaban que esa relación se identificaba por primera vez con la verdad.

Hay una soledad constructiva que consiste en estar solo, permanecer en soledad. La soledad buscada. Te evades del mundo hacia el monte, donde todo puede ser orégano; te evades del mundo en un coche a doscientos kilómetros por hora, en el camino, como Jack Kerouac. Curiosamente Jack en el camino encontró  la culpabilidad, encubrió un crimen, junto a William Borroughs o William Lee, el que cometió Carr sobre Kammerer por un no pongas ahí esas manos tan físicas y poco educadas. El Hudson es el mudo testigo del cuerpo apuñalado que engulle. Se lo cuenta a Borroughs, se lo cuenta a Kerouac, que le insta a lanzar el cuchillo a una alcantarilla. Un final feliz para el viajero solitario que pretendía ser un vagabundo que deambula por el Dharma. Eso, un vagabundo del orden social, de la ley, de la religión, de la virtud. Curiosamente, la novela a dos manos solitarias que recoge los hechos se titula It, eso, ello, el inconsciente, que suele comparecer como lo más solitario, sólo actúa por la noche, cuando maniata a la conciencia con los sueños que nunca se cumplirán.

La soledad constructiva de marcharse al monte acababa siempre cuando confundíamos confucionistas la seta de carrerilla con un hongo goloso que nos obligaba a hacer aparecer enanitos a nuestro alrededor, bailando. Curiosamente, volvíamos a William Lee o Barroughs o a su escopeta de cañones solitarios o a sus estiletes de morfina que clavaba en sus piernas de “picotilla”. Aquel tipo elevado sobre sus pies líquidos no se asemejaba en nada a la persona que ocupa un piso destartalado cerca del puente que se representaba en el escudo de nuestro club de fútbol, y que abandonaba sus jeringuillas usadas cerca del rodapié inexistente. La soledad constructiva coincidía con un tiempo de jeringuillas, que tira a matar. En aquellas jeringuillas comenzaba nuestro mundo, sin duda, nuestro tiempo, sin embargo, un tiempo de soledad.

Era inevitable.

El maestro Luís Martín – Santos en soledad y amantes, maestro político y como confeccionador de ficciones, maestro en elementos contradictorios, en un “Tiempo de soledad” al que le sigue un tiempo de destrucción, pero una destrucción constructiva, como la del loco Bakunin, la pasión de destruir es la algarabía constructiva, nos alecciona. Una buena destrucción propone una sonrisa constructiva. Una sonora carcajada del destino, realmente. Quizá la mejor definición de soledad. Una sonora carcajada que nos propone el destino. Nosotros quizá posponemos, pero no por mucho tiempo. A él le esperaba esa carcajada en la carretera de Madrid a San Sebastián, contra un camión. El volante del coche da vueltas como la veleta de la casa de Salamanca donde vivía de pequeño el protagonista de ese tiempo de destrucción.

A veces toso cuando alguien tiende su mano al saludo, pero no es porque sea solitario, quizá un huraño introvertido. La soledad es otra cosa.

La soledad era lo que se defendía en la película “Equus”, donde Sídney Lumet, hace comparecer a Richard Burton como culpable de alienación cuando no consigue averiguar porque un adolescente prefiere la soledad del sudor de los caballos tras la carrera en su cuerpo desnudo, al cuerpo desnudo de una adolescente empapada. La soledad emerge cuando el protagonista desea solo tumbarse sobre el sudor de los caballos. La soledad es hablarles a los caballos al oído para que te inyecten su sudor a través de tu piel desnuda que disfruta del esfuerzo animal.

El esfuerzo es lo contrario de la soledad, evidentemente. El esfuerzo según lo define Espinosa, es decir, el conatus perseverandi; la capacidad del hombre de perseverar en la existencia, que no es otra cosa que el ansia de inmortalidad, la necesidad de resurrección. Este conatus se opone de manera vencedora a la tristeza que emerge de la soledad, a la soledad misma, porque la soledad acompañada de la tristeza que le es connatural, disminuye la capacidad del hombre de actuar, de hacer, la potencia de obrar.

La soledad no es si no miseria, pues la capacidad del ser humano se ve mermada por la satisfacción de ocultar un asesinato, inocularse morfina o heroína, morir en la ineluctable carcajada del destino o disfrutar satisfaciendo cualquier deseo.

El hombre que persevera en la existencia, el hombre que vive en una religiosidad primigenia, vence su natural violento, la enemistad y el miedo, la guerra. Entiende que la vida no consiste en su querer individual sino en la voluntad del otro.

El otro es lo más importante en nuestra vida, al que no hay que perder, porque somos nosotros. A pesar de que Jean Paul Sartre lo entienda desde su miedo, y nos equivoque para que pensemos que el infierno son los otros, y de esa manera volvamos a la soledad de la confusión confuciana.

De todas maneras, no confundáis la introversión que ahora me invade sentado en el váter de la biblioteca pública, con la soledad.

Por cierto, aprovecho para escribir en sus azulejos blanquecinos y rotos “Barroughs o Lee estuvo aquí”.

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Parálisis permanente o huída incesante
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Xoel Prado - Antúnez | 31-08-2017 | 7:26| 0

Los filósofos por norma general dan a luz excelsos y profundos y oscuros sistemas “cosmovisionarios”, con los que intentan explicar el mundo y hasta lo que no es el mundo, por cierto. En la mayoría de las ocasiones los escriben sobre papeles que es mejor no clasificar y en muchas otras ocasiones se pierden en vaya a usted a saber qué aguas; y aquellos filósofos que nadie ya recuerda van golpeándose en el pecho la fatalidad de haber perdido las ideas que jamás recuperarán, y que les auparían el Olimpo filosófico. Probablemente, es que quizás las tales ideas fuesen absolutamente innecesarias o no aportaban nada a la ya de por sí confusa revolución ideológica. No se emplea aquí revolución en un sentido de cambio o transformación, sino en el sentido de revoltijo farragoso o laberinto de galimatías.

Los filósofos han dado a luz, sin excesiva dilatación, excelsos y profusos laberintos de galimatías, que han hecho mella impresionante, hendidura de afecciones, en otros filósofos, que se armaron de argumentos y argucias para trasladarlos al pueblo. Es cierto que a mí mismo me encantaría ser filósofo y mover los conceptos como el encantador de serpientes mueve su flauta ante la hipnótica serpiente.

A veces me encanta esta imagen para la filosofía, la del encantador de serpientes: éste mueve su flauta ante la serpiente y ésta encandila a los espectadores, y estos últimos esperan el desenlace fatal, el picotazo de la materia filosófica sobre el filósofo cuando el concepto ya no sirve.

Me encantaría presentar una nueva filosofía pero siempre temo parecer tonto, como un torpe que va cayendo aquí y allá para risibilidad de los más avispados del pueblo espectador; y otras veces veo como la filosofía, gracias a los rotundos cambios sin rumbo en la educación, es leprosería, un lugar donde es mejor no acudir, una materia a eliminar a día de hoy.

El filósofo es una especie en extinción muy probablemente. Y yo pretendo presentar una nueva filosofía que ni siquiera nos permitirá vivir de ella, quizá sí vivir en ella. Una filosofía que mire desde el lugar adecuado, que ocupe su lugar. Muchas filosofías han observado el mundo en contrapicado y han sido filosofías del agigantamiento; y otras lo han contemplado en picado y han sido ideologías del “enanamiento”. O nos han agigantado o nos han “enanado”; pero nunca han visto al hombre como es. ¿Y cómo es? Un laberinto de galimatías y un galimatías en un laberinto. Curioso que todas las respuestas se puedan clasificar bajo estos dos indicadores. He creído muchas veces que nosotros mismos elegimos cualquiera de las dos clasificaciones y allí que nos vamos. Cuando James Stewart miraba por la ventana indiscreta, veía el mundo en laberinto de galimatías que nadie podía creer; mientras que cuando Cary Grant iba saltando las diversas pruebas ariádnicas de su mundo, comparecía como un galimatías en un laberinto, al que nadie creía. Filosofía de la Parálisis o filosofía de la Huída, elijan ustedes. Paralizado ante un mundo que te lo da todo o huir de un mundo que no te permite decir tu palabra.

Durante mucho tiempo he elegido la segunda oportunidad, sobre todo porque me permitía huir de la gente. No aguanto a la gente. Me resisto a creer que un conglomerado de masa sea algo a lo que se pueda prestar atención, ni siquiera cuando está individualizada, ni siquiera cuando comparece como un respetable profesor ex profeso. James Stewart ama a la masa a distancia y se refugia en su individualidad prismática; Cary Grant odia a la individualidad cercana que lo cerca pero se refugia en la masa institucional.

Al inicio de mi vida me encantaba ser como James Stewart y refugiarme en la ventana, incluso para escupir sobre la gente que pasa en contrapicado; y otras veces me encadenaba a ese Cary Grant en huida, que en la huida sonora que protagonizaba parecía meter en el infierno todo lo condenable, como pedía Marx que exigía Dante.

Parálisis o huida, sin duda no parece existir más alternativas.

Quise proponer una nueva filosofía para un mundo en progreso pero una línea de fuego se dibujo en el cielo justo cuando iniciaba esta reflexión y un meteorito eterno chocó contra la superficie de la tierra: la alternativa japonesa.

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En la taza del váter de la biblioteca pública
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Xoel Prado - Antúnez | 29-08-2017 | 5:17| 0

Reflexionar en el baño, sentado en el váter, no parece ser la manera en que medita el filósofo, que prefiere andar los caminos, como un redivivo quijote sin lanza que avanza hacia el cómo aclararse sobre el mundo y su visión, el ser y su revisión y el ente y su confusión. Visión, revisión, confusión y vuelta al inicio, pura dialéctica. ¿Esta dialéctica no podría ejecutarse en el baño sosegado en el váter puramente sesudo? Al menos, en el váter propio, no.

El caso es que el váter propio, el de nuestras casas, se halla alejado de la pared de azulejos en exceso, de tal manera que se convierte la distancia en un “hiatus” (como me gustaba escuchar esta palabra de los labios de un auténtico filósofo, que es lo que siempre fue mi compañero y amigo Manolo López), en un real abismo, que nos impide el ejercicio de la escritura. Los azulejos de la pared del baño son el soporte adecuado para escribir los más crípticos pensamientos, esos que se expresan en dos líneas y que reciben un nombre tan especial como el de aforismos, que es la manera de trasladar el pensamiento a la palabra concreta e inmediata, propia de quien quiere expresarse con rápida concisión y sin concesiones a la digresión francoalemana.

El váter ajeno, el que se halla en los bares, es el mejor lugar para iniciar una reflexión refleja y flexiva que expresar en presionantes aforismos en la pared de azulejos. El váter del bar que es como un ataúd en el que enterrarse, justo el lugar donde se detiene el tiempo y el espacio se diluye en el mismo ensimismamiento formal y cuerdo. En el mismo, toda reflexión es posible, desde la más extravagante, esa que apoltrona al que la establece en el mismísimo sillón de Hegel, con el manto filosófico cruzándole la sien; hasta la más meritoria, aquella que explica la verdad como quien exfolia la piel muerta que sobra en la planta del pie.

Ciertamente, también nos puede valer el váter de las instituciones públicas. En uno de estos, concretamente en el de la biblioteca pública comencé a pensar en palabras con “m”, con la finalidad de confeccionar una lista de las mismas y hallar entre ellas un orden lógico prematuro, sin ningún resultado, salvo el de descubrir que nunca hay papel de más en estos lugares. Ese “de más” es el que aman los filósofos y no la ausencia, la falta, que es lo que acaban descubriendo todos y de lo que apabullándonos, conscientemente apoltronados, realizan juicios formales y maduros, muy poco moderadamente pero recalcando su maestría en cada palabra trazada sobre el blanco azulejo de la pared.

Siempre nos cortamos de escribir en la pared del váter nuestros pensamientos, porque en el lugar que has elegido para escribir el gran aforismo de tu vida, algún pensador cansado de su reflexión sedentaria, colocó su mejor moco ya seco. Nadie ha descubierto la razón ni yo mismo la sé, de porqué siempre encontramos un real moco perfectamente dispuesto en la mitad del azulejo que queda justo al frente de nuestros ojos extrañados. De tan extrañados, bizcos. Probablemente, este sea el resultado más loable del pensamiento sedentario y lo que empujó a Nietzsche y a todos los filósofos existencialistas, a establecer y ejecutar su filosofía como nómadas de la misma, siempre en camino.

De Alemania a Venecia y a Austria y a Italia y a Alemania a morir, itinerario de Nietzsche. No distinto del de otros muchos, como el de Walter Benjamín, o el mismo Miguel de Unamuno, de Bilbao a Salamanca a Canarias y a Salamanca; o el de Hume, de Edimburgo a París y a Edimburgo a morir. Santo Tomás siempre estuvo en camino, en el fondo de un carro tirado por bueyes, de allá para acullá y hacia su canonización.

Quizá ninguno de los cinco se extrajo jamás un moco del fondo de su pituitaria para colocarlo localizadamente en la mitad de un azulejo de un váter público institucional o benefactor.

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Sobre el autor Xoel Prado - Antúnez
Obscuro como él solo sabe serlo, seductor vespertino y a veces matutino.