El Norte de Castilla
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Autor: BESTEIRE
La boda de Kate de Marta Rivera de la Cruz
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Xoel Prado - Antúnez | 01-12-2013 | 8:12| 0

He finalizado la lectura de la última novela publicada de la autora lucense Marta Rivera de la Cruz. El título de la novela es “La boda de Kate”, y ha sido publicada por la Editorial Planeta, dentro de su colección “Autores Españoles e Iberamericanos”. A través de las trescientas cincuenta y nueve páginas en las que se estructura, esta autora nos colma de sinestesias afectivas desde la ficción y nos remueve de nuestras confirmaciones reflexivas en connivencia con la realidad. Os lo explico.

El ambiente. La novela va a transcurrir en sus hechos de nuevo en Ribanova, pero no es en Ribanova donde se forja la historia. En realidad Ribanova, en esta ocasión, se va a convertir en la ventana que se abre para desplegar la realidad a otras ciudades y a otras gentes, que van y vienen en la ficción y en la realidad de la propia ciudad. Ribanova se abre a otros ámbitos y deja que sean otras voces las que canten sus excelencias. No pude evitar pensar en el título del libro Otras voces, otros ámbitos de Truman Capote, sin saber por no leer ni la solapa, que éste iba a ser un protagonista transversal de la propia novela.

Ribanova es una ciudad en la que la muerte no existe, todo es una corriente que pasa y se queda en su eco. Arroyo, no en balde, es el apellido del cuasi fundador de la ciudad. La conciencia no tiene lugar en Ribanova, porque todo se explica a través de cuajado de historias que transcurren entre la librería, el hotel, el casino, la muralla y esa casa que es pura memoria de la ciudad. Ribanova es la encarnación del inconsciente colectivo, donde las explicaciones se obvian porque no pasa nada a nivel de los sentidos; todo lo que transcurre es cosa que fluye de la corriente de la sensibilidad.

Ribanova es una ciudad que está entretejida de impulsos de deseo que provocan en aquellos que la visitan un optimismo desmedido, porque a partir de tal instante, entienden que no precisan ni del aire, sólo participar en los ecos de lo sucedido, y que se consigue sólo con un paseo por la muralla y aposentar la mirada en su adarve de dos kilómetros y pico, o con que le muestren a uno, una antigua carta del Hotel Almirante. O que le permitan a uno bajar al lugar donde se expresa todo esta urdimbre de aprestos, en el sótano de la librería El Unicornio, por el cual Ribanova se transforma en una trama de tramas, en el único lugar del mundo en el que la Vida expresa con direccionalidad, su sentido.

Los personajes Los personajes protagonistas, que respondan a nomenclatura tal, son tres. El resto de los actores de la historia a la que asistimos son personas. Entre estas últimas, aquella que da título a la novela, Kate, y sus amigas, Shirley y Anna Livia; el auxiliar de librería, Ahmed, que vende nocturnamente rosas por las calles de Ribanova. Por supuesto, Juan Sebastián Arroyo o su imagen colectiva deambulando por magines de toda condición y lugar. El futuro marido de Kate, Forsters Smith, que por el amor que siente por la misma, es de la misma condición que éstos. Hay personajes que ayudan a la acción y que nunca verán la realidad de Ribanova, se quedarán en sus vidas fácticas y esplendidas de conclusiones desesperadas, como el hermano de Kate y su mujer.

Los personajes protagonistas son tres, Laura, David y Jefried. Cada uno de ellos, a su manera, arrostra el fracaso de su vida, porque son de la misma condición, viven una vida fáctica, que se ampara y las conclusiones materialistas que coadyuvan a la existencia.

Llegar a Ribanova, será la solución a sus vidas monótonas y agrietadas, porque descubren el arroyo del que todo optimismo vital fluye, y modifican su ser, como si, de esta manera, se convirtieran en personas, a la misma altura que Kate, y sus amigas y su futuro marido, y sobre todo Ahmed, uno de los personajes más enternecedores de la novela. No en balde, la conversión se produce cuando Laura descubre el intríngulis de la realidad ficticia en el interior de la ficción realizada a la que asistimos. Y así, transmuta a los otros dos personajes principales en personas.

La historia es de lo más extraordinario. En efecto, un hombre llega a Ribanova para pedirle a una mujer que se case con él. La mujer es Kate y el hombre Forster Smith. A partir de aquí, las voces de otros ámbitos cuentan el contexto ordinario de este hecho extraordinario, porque su edad es esa edad otoñal, tercera edad, o como gustéis parafrasearla para que os suene bien. Y si creéis que la novela parezca ir de el amor en esa edad de la vejez; os equivocáis. Marta Rivera maneja los recursos novelísticos con tal maestría y sacralidad, que la novela va a ir dando giros afectivos marca de la casa, de tal manera que la historia se convierte en una historia de meigas que les cambian la vida a los tres protagonistas oficiosos, que no saben ni que les va a cambiar la vida. Un toque de magia y una inyección de optimismo. Un toque de realismo mágico, pero tamizado por el cine americano y el humor de las cosas pequeñas de Wenceslao F. Flórez, y los viajes, mucho viaje alrededor del mundo.

Y es que las novelas de Marta Rivera tienen mucho de aquel optimismo de Frank Capra y de Preston Sturges, de la prístina felicidad de pastilla sintética de Pijama para dos de las películas de Doris Day (la portada de La vida después nos la rememoraba), y que en su versión menos edulcorada representa Desayuno con diamantes (y no en balde uno de los protagonistas llave de esta felicidad en la actual novela es Truman Capote)

Los giros argumentales sin estridencia, que no generan en el lector ninguna inquietud, sino basados únicamente en una mirada afectiva sobre las cosas pequeñas de la vida, como sentarse sobre la muralla de Ribanova o una cena en la que el invitado de honor es Arroyo y la transustanciación de la vida de los protagonistas invitados.

La comida Uno de los elementos fundamentales en las novelas de Marta es la comida. Los protagonistas comen y no de cualquier manera, no. Comen unas elaboraciones muy, muy caseras, de mandilón y leña, pero que acaban por comparecer en una carta de elaboraciones para gourmet. Como la propia novela, que iniciada como una novela casera, costumbrista, de una historia para andar por casa, acaba por comparecer como una novela iniciática y universal, como un cuento de que muestran más que enseñan el sentido de la realidad: la urdimbre de las cosas pequeñas.

El lenguaje La novela está escrita como un lenguaje de una sencillez muy elaborada: la sencillez proviene de esa delicadeza tan inigualable que posee el habla de las gentes de Lugo, muy de “mandilón y leña”, muy del viento del noroeste, que es la voz de la diosa Aurín, y la elaboración, claro, de ese conocimiento cosmopolita que otorga el viaje continuo a otras voces, a otros ámbitos. Y es un lenguaje que cala, como el orballo lucense al alba, que rocía continuamente con sus gotas pero que no se nota, porque mojar, siempre moja “por dentro”.

Epílogo En esta novela Marta Rivera ha culminado el proceso de elaboración de la esencia de su escritura y con su encuentro para sus lectores, a partir de ahora toca esperar esa novela perfecta, esa que realice la naturaleza de esa escritura en su más alto grado.

JM. Prado – Antúnez

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Hermanos en la urdimbre
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Xoel Prado - Antúnez | 25-10-2013 | 10:50| 0

En la última edición de “Con voz propia“, preguntaba el amigo Ricardo Ruiz si la poesía tenía lugar físico, es decir, si había poesía de aquí y allá y acullá.
En ese momento, la pregunta me tomó in albis (país cercano a la poesía) y respondí cualquier barrabás – ada (líbrele el cielo que no yo) de la que además me agasajé satisfecho de ego – latra (que es enfermedad de poetas y políticos).
No dejé de personarme en la puñetera pregunta y ya de manera ultórcrata, cuando llega a las manos el buen artículo en “El Adelantado” de Segovia de quien me adelanta a la respuesta, el gran amigo Apuleyo Soto (poeta versado y barbado, como Valle y niño que juega a las palabras “pa que abras” a la vida y al humor como Quevedo), Apuleyo sin más para los amigos y para los imberbes (como yo mismo, no por poeta y sí por imberbe y Francisco Puch), que dice que la poesía es “los amigos umbilicales”. Y cómo me gana esta maravillosa, preciosa, precisa, acepción definitoria, porque hace referencia al ombligo, a la unión y alimento, al punto medio (¿también al Aristotélico?), a los manuscritos, a la conclusión, y, además, al sol y sus cuadrantes estelares.
Pero quizá me gana más, querido Apuleyo, porque me retrotrae a otra palabra que degusto siempre “urdidumbre”, palabra que traduce la platónica “Symploké” que es la manera en la que se encontraban las ideas.

Y es que los poetas también están en Symploké, interunidos, intertejidos, entretejidos, entreverados (adivinos del desorden, sospechosos del caos), entremetidos y entremezclados, siempre relacionados, interrelacionados y siempre en la necesidad de expresar dicha relación.
Pero dudo que la tal urdimbre constituya una patria, más bien, como dice Osés, una fatría (y cabe Fermín, Tino, Oscar, Heliodoro, Eliseo, Izarra, Bouza, Villalmanzo, Alberto y hasta los que se autoexcluyen a la últimidad por divinos) y como quiere Octavio Uña, de comunicación.
Gracias a Apuleyo, dasdas le sean, le respondo a Ricardo Ruíz que la poesía es la fatria para los hermanastros en urdimbre y ese es su lugar, su único lugar
Lo demás, poesía hispánica, gallega o comanche son sólo desafortunadas expresiones de la nostalgia del tradicionalismo y hasta más propias del psicoanálisis cultural.

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El diario de Adán y Eva (Un Cuervo en Milán)
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Xoel Prado - Antúnez | 07-10-2013 | 11:49| 0

El amor, menuda palabra. Todo el mundo quiere saber todo acerca del amor. ¡Qué bueno sería que formará parte del libro de instrucciones de la vida todo lo que debe saberse sobre el amor y que no es que no queramos preguntar, es que no sabemos qué preguntar.

Todo acerca de los hombres y de las mujeres y viceconversa conversa. All About Eve and Adan. Entre Evas y Costillas, con Hepburn y Tracy. Cierto que hay muchos hombres que poseen y proveen de palabras grandilocuentes que explican expeditivas lo que es el amor (entre mortalidades y morosidades y ventosidades unidiversitarias) y con aspavientos propios de dictadores proféticos, utilizando palabros tan rotundos que inoculan estremecimiento a aquellos otros que se proponen explicar la explicación que el palabro aprovisiona.

Al final, el amor en función de estos palabros no se diferencia en nada de la asimilación digestiva, ósmosis y diálisis. Se sienten, una vez explicado el amor (nos sentimos) y se asientan (nos sentamos) seguros con esta armadura con la que nos recubrimos nuestras cuitas, cuitados.

Se sienten, nos sentamos, por ejemplo en el teatro Zorilla, en plena Plaza Mayor de Valladolid, en la fila que nos depara el destino, para asistir a la representación de la obra El diario de Adán y Eva, de la mano interpretativa de Ana Milán y Guillén Cuervo, y con la mano directiva en el fondo de Miguel Ángel Solá (un actor – director, que dinamita el mundo desde lo oculto, aunque Sé quién eres): el amor puesto en escena, sin explicaciones, privadamente.

El amor de nuevo, porque parece que el amor precisa ser desvelado en todo momento, como una exigencia vital. El amor que se desvela desde la intimidad radiofónica: parece que te hallas íntimamente guarnecido en el estudio y tan desamparado a causa del aparato de escucha, que te desnuda. Asistimos seguros de nos, desde que las luces cómplices de la intimidad se complican en la puesta en escena, a que nos van a representar una “comedieta” de risas fáciles con fundamento en los palabros estomacales, ósmosis y diálisis.

Sin embargo, algo nos dice que no, cuando la protagonista se sienta en la silla de decorado y nos habla con la íntima familiaridad de quien nos conoce de a diario. Repentino, cambia el escenario a otro mobiliario, y surge el protagonista principal que no parece él, como si fuese otro distinto; y en un largo instante, comparece la protagonista principal, que tampoco parece ella. Como si fuesen proto-gonistas. Ante nosotros están iniciando el mundo desde una novedosa ingenuidad, proto –inocencia: la inventan ante nosotros Milán y Guillén Cuervo.

No os quepa duda, los diálogos de los protagonistas resultan ser escalos situados ante torreones y que les trasladan en el tiempo a un pasado de gloria, a un presente de reflexión íntima para el reconocimiento de uno mismo.

Este juego de tiempos que se suceden sin imponerse el uno al otro, va creando en el espectador expectante una sonrisa sinuosa, a medio camino entre la alegría del chiste y la burla de la vida, esa misma vida que se diluye sin que sepamos cómo. Esa sonrisa es la que permanece en nuestros labios mientras que Adán descubre que sigue existiendo como Adán y Eva sabe que ella siempre ha sido Eva. Esa sonrisa leve que permanece perenne como lugar de tránsito a la emoción afectiva ambivalente, la fascinante ilusión de la ficción inocente, el amor.

Esa sonrisa que es un pequeño tirón a la comisura del labio y que nos muestra que ocurrirá al final lo enorme afectivo, la construye el diálogo inteligente dualéctico de ambos personajes en su tránsito temporal. Efectivamente, ambos personajes quieren de – construir su identidad para comparecer como el Uno múltiple en su género. Volver a ser de nuevo el primero con su inocencia típica que te vuelve mágico.

Lo digo ya, una pieza única de teatro, magistral, que te va centrifugando hacia el escenario para convertirte a ti también en una parte de ese camino de retorno a la inocencia originaria de la especie, cuando cualquier reflexión era posible, era creíble, era plausible.

Hay una química insustituible entre ambos actores, que traspasa desde la efectividad de la vida cotidiana a la realidad del teatro y que traspasa a la obra de una credibilidad persuasiva, de ánima y la eleva a la categoría estética de lo sublime, una contemplación de lo eterno pero a la que se llega desde una nimiedad que va a conseguir una gozosa reacción: esa sonrisa que en todos persiste tras ver la obra.

De Guillén Cuervo queda en el recuerdo sus ciento cuarenta registros vocales y toda una adorable interpretación, que se inicia cuando no parece él, sino su propio padre, hasta que parece él más allá de sí mismo. La primera vez que comparece en el escenario representándose tiempo atrás no se reconoce al actor efectivo sino al real emocionado de sí mismo, y acaba la obra cuando con la mímica a secas se nos va a la idealidad estética.

Ana Milán ha encontrado su lugar en el teatro: es un animal de la interpretación en directo, un verdadero animal del diálogo raudo, del diálogo íntimo, del silencio encubridor, de la voz en off cómplice, y exuda por los poros de su piel interpretación a raudales. Cualquiera sea la obra que interprete en el directo del teatro, la bordará, porque ha nacido para ello, para convertir todo lo efectivo en real.

Y de la invisible mano del director, Miguel Ángel Solá, como la mano del creador que afloja y aprieta, que ordena y libera, siempre hay, como la voz en Off de Dios en la obra, no decir si no, que siempre está ahí.

Ahora el montaje de la obra está en Barcelona, en Enero se estrena en Madrid; y cualquier ocasión es buena para acercarse al teatro para conseguir tu sonrisa de gozosa reacción divina, incluso, como yo, que será por el placer de volver a verla.

 

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La tribu maldita de Víctor F Correa
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Xoel Prado - Antúnez | 19-07-2013 | 12:08| 0

La tribu maldita es una novela de Víctor F. Correa, publicada en el 2012, de cuatrocientas ochenta páginas, de la editorial Planeta, en su colección Temas de Hoy. La novela de Víctor F. Correa, según figura en la contraportada de la misma, es una recreación de los antecesores del sapiens en un recorrido iniciático hacia su propia afirmación como entidad humana. Una novela que descubrí por mediación de Sara Montero Dueñas y su blog de lecturas  http://laslecturasdeshaka.blogspot.com.es/

Para hacer esa recreación, el novelista ha recurrido a los descubrimientos en La Sima de los Huesos, sita en los yacimientos de Atapuerca. Una recreación donde vamos a asistir al caminar de la tribu de Anar y Kamu a la búsqueda de sí mismos, más allá de sí mismos. Una novela de conocimiento y fundación.

No cabe duda, nos hallamos ante una novela gnoseológica y epistemológica. Una novela de conocimiento sobre el logro del conocimiento para conocernos más. Desde el conocimiento sobre el conocimiento y el autoconocimiento.

Una novela epistemológica de conocimiento: porque el armazón que rellena la historia de Anar y Kamu y de su tribu, como las dos otras tribus que los acompañan, son los descubrimientos realizados en la famosa Sima de los Huesos de Atapuerca, por los doctores Eudald Carbonell y Juan Luis Arsuaga y Robert Sala, y que, por ejemplo, se hallan recogidas en Aún no somos humanos. El propio autor de la novela recoge al final de la misma muchas de las aportaciones al conocimiento de la hominización última y de la primera fase de humanización que han surgido de la excavación y su estudio de esta sima y que han servido como esqueleto de su novela.

Una novela sobre el logro del conocimiento: a través de sus páginas, vamos asistiendo a la dura batalla contra la naturaleza que libran estos homínidos y cómo van aprendiendo de esa lucha a reconocer la realidad que le rodea. Es ejemplarizante una escena en la que Kamu observa desde un promontorio el Valle para proceder a escrutar cuántos elementos de su entorno se han modificado y cuáles siguen igual, y que él mismo ha aprendido de Anar.

Y una novela que reflexiona sobre la consecución del conocimiento: por una parte, el propio autor evidencia esa reflexión, que es autoreflexión, sobre cómo el homínido llegó a alcanzar ese nivel de conocimiento importante, porque de eso va su novela, una parte. Pero a la vez, los propios homínidos reflexionan, autoreflexionan sobre sus nuevas capacidades. Sobre todo Anar, al que vemos, que se lo hace aparecer, como un protochamán.

En segundo lugar la novela es una novela iniciática, una novela de viaje, de un viaje que parece no tener fin, y que se dibuja exclusivamente en la mente del protochamán. Éste, en connivencia con Kamu, mueven la tribu con la finalidad de allegarse al límite de la buena vida, de la buena naturaleza. A ese Valle vergel, que lo otorga todo a sus moradores.

Este viaje no comienza por presentarnos a los homínidos, muy al contrario. Lo primero a lo que tenemos acceso descriptivamente es a la naturaleza, a la cruel naturaleza contra el homínido va a tener que luchar y vencer, para organizar su vida y fundarse sobre esta misma naturaleza.

No debéis olvidar que estamos hablando del antecesor y su posibilidad de iniciarnos. Por eso su viaje es un viaje fundacional, del Mundo, de las cosmovisiones actuales, de nosotros, en definitiva.

Alcanzar el vergel que se imagina Anar en su magín no tiene otra idea que finalizar su realización como homínido y fundarse como ser humano. Y aunque ni Anar ni Kamu lo lleguen a conseguir, serán los nuevos miembros de la tribu los que lo logren, principalmente el hijo de Kamu y la pelirroja Kanai.

La pelirroja Kanai, misteriosa como un numen, una experiencia irracional y no sensorial, el centro mismo de la vida, fuera de toda identidad, pero que parece otorgarla a todo aquel que se acerca a la misma. Aparece como un ser sagrado, a la vez fascinante, pero a la vez terrorífica. Y bien sabe de ello la tribu que la persigue, como aquellas otras que la encuentran, y que le dan el nombre que porta en la novela. Este personaje y su poder numinoso nos reafirman más en el carácter fundacional que tienen este hombre antecesor sobre nosotros.

Llamo la atención sobre el lenguaje de los homínidos, un lenguaje silábico, propio de las tribus cuando la importancia es la caza y un lenguaje de varón. El lenguaje de la mujer recolectora, cuando a caza ya deja de ser importante, se hace más específico y va a lo individual y precisa de palabras contundentes. Aquí, al comienzo, se precisa al cazador, con su lenguaje violento y a la vez susurrador. Lenguajes de este cariz, aún persisten hoy en día, como el gaélico, un idioma de chamanes, por cierto.

Una novela digna de leer, que no tiene nada que ver con aquella patochada sin rigor que era El clan del Oso cavernario. Su lenguaje envolvente nos acerca más aún a la fundación de nuestra cosmovisión.

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Apuleyo Soto Pajares
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Xoel Prado - Antúnez | 09-07-2013 | 12:33| 0

La última visita a las hoces del río Duratón. Esa larga senda hacia la ermita de San Frutos que recorro para desconectar de la mundanal conversación, pétrea política. Una senda de polvo y piedras que recorro en un siglo. La entrada a la ermita, un puente estrecho que vertebra dos rocas y un abismo, que realizó al espada de San Frutos. La salida de la ermita, hacia un cementerio de un único morador. Tras el cementerio me siento, solo, y observo la curva de ballesta del río Duratón, esas curvas de poeta.

Poeta, pienso la palabra y enseguida me viene a la mente un nombre. Apuleyo Soto Pajares. Apuleyo. Apu. ¡Qué gran tipo! Aquí desde las hoces del río que él describió, recuerdo el día en que lo conocí. Lectura poética de uno de mis maestros preferidos, Octavio Uña, que me pidió que lo acompañara. Octavio me presenta a Apuleyo y éste hace que me sienta como de su familia, con esa sonrisa de pipa de fumar que no es pipa de fumar, con su voz seductiva y cóncava, que te arrastra hacia su alma, y ese abrazo segoviano, frontal y severo. Escrutador. La amabilidad labrada en cada pliegue de la piel. Más, en su palabra, mágica, teatral, prestidigitativa, transmutante. Como un chamán, crea el ambiente donde nos conducirá a todos, magnetismo de la palabra, labrantíos versiculares, hay unidiverso converso.

Curioso resulta que con Octavio conocí el corazón de este gran hombre, de esta bella persona, de este inigualable poeta de grandes niños, y con Octavio supimos que aquel corazón también fallaba. El fallo se llamó cuatro baypass. Pero como la palabra fuerte, su fuerza, sus ganas de vivir, su tesón y entrega a la naturaleza apalabrada, le retornó entre nosotros, y lo celebramos. Vaya si lo celebramos.

Entre la primera y la última vez que nos vimos, ha representado los amores del Acipreste por las montañas del Guadarrama, en las mismas montañas del Guadarrama. Ha editado los libros de Pepín Pepino, con fantasma incluido y el miedo, vencido. Y el viaje por el río Duratón, y por el Riaza y, ahora por el Cega. A pie, Apu, y con solo la palabra ante la naturaleza. Y sus libros de poemas en la memoria, que no es usura, sino despliegue de sabores y amores.  Y esos poemillas que nos manda para rememorar nuestra amistad a todos, poemillas sinceros con palabras simples, con rimas de cancioncillas veraniegas.

Apuleyo Soto Pajares, en la SEK, mostró la literatura, más allá de un poema o de una novela, la literatura con mayúsculas. Y nos enseño el camino para no ser escritores, para liberarnos de toda palabra, para alcanzar la naturaleza. Porque si en algo consiste la literatura, según creo haberlo aprendido de él, es andar por los senderos naturales en silencio y con la palabra presta, aguardada. Nos mostró la literatura a través de su palabra, que presentaba ante nosotros, birlibirloque, un día al mes durante nueve meses, a un verdadero valedor de la palabra, para que nos desconociéramos todos al instante.

Perdidos en su sonrisa, perdidos en su semblante, hallados en el interior de su pipa, que no es una pipa, por supuesto. Es humo, como nosotros. O somos nosotros.

Hoy, aquí, solo, frente a la curva de ballesta de los poetas que han cantado a Castilla monótona, Apuleyo está conmigo y yo con él. Supongo que el trabajo de tantos años merecería una recompensa grande, algo que le diesen todos castellanos, y los que no lo son. Pienso, que este amante de la palabra, que nos desviste y nos reviste con ella, merece la consideración de todos. Por ello, me gustaría proponerle, aquí, solo, en la naturaleza, en las hoces del Duratón, para el premio Castilla y León de las letras. Si es que mi voz vale en algo, y mi palabra.

Apuleyo Soto Pajares, sencillez, prestancia, pulcritud, palabra. Y un amigo.

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Sobre el autor Xoel Prado - Antúnez
Obscuro como él solo sabe serlo, seductor vespertino y a veces matutino.