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Fecha: noviembre, 2012
Francisco Basallote, poeta de la luz
Xoel Prado - Antúnez 12-11-2012 | 10:50 | 0

El poeta andaluz, de Vejer de la Frontera, sigue en su línea ascendente en la comprensión poética de la naturaleza, y nos ofrece los dos últimos trabajos en ese sentido, La libreta del caminante y el Calendario Manuscrito. Este último, se ha convertido además en el último premio de poesía que se entrega en Villanueva de la Cañada.

Francisco Basallote es una persona primordial, claro, sencillo y emocionante; y las tales características las refleja en su concepción de la poesía, cristalina. Los poemas de Basallote se construyen en un lenguaje elemental, fundamental e indispensable, esencial y primario, buscando transmitir los elementos paisajísticos que pinta. La poesía de Francisco Basallote, es pictórica, muy pictórica. Pinceladas construidas con una lengua viva y primordial, palabras “posees el antiguo/ oficio de los ciclos”, para hacer evidente lo puro y palmario, casi palpable la naturaleza íntegra “en la claridad de la arena/ el silente abrazo de la mar”. En esta sencillez que emociona se encuentra la creatividad poética de Basallote. La natural fruición de la naturaleza en la natural sencillez, he ahí la elemental catarsis que comunica nuestro ser con el paisaje y la naturaleza, y emerge la belleza.

Cuando comenzamos a leer un libro, y más si es de poesía, buscamos de inmediato la atracción de lo extraordinario, un algo de más que resulte raro o extraño, al oído o en la sintaxis. Piensa el lector e incluso el crítico y el autor como autor, que la extrañeza, la rareza, configuran la originalidad de los que leemos. Así, en lo expresivo o representativo, en lo sensible o material, queremos hallar lo extraordinario, la rareza. En la simbología extraña, en la elaboración de ideas o sintaxis, en las palabras que se eligen y entrelazan. Si no hay rareza, no hay originalidad. No lo intentéis con Basallote, que su originalidad surge de inteligir la naturaleza con un lenguaje sencillo “la memoria es luz/ en esta puerta de Purchena/ donde el aroma de la tarde/ es tiempo revivido…” o “la misma espuma/ del sol en los castillos del viento;” : conjuga mar, sol, arena y viento, en los castillos, fusionando lenguaje y naturaleza, con originalidad que no necesita extrañeza.

Busca Basallote atrapar la armonía que expresa la naturaleza, esa armonía que se encuentra en la relación de la partes, y que él traspasa a su lenguaje, a sus poemas, y utilizando el contraste en la metáfora “bebe el agua de las clepsidras/ y sigue el ritmo de la sangre”, “la vega es fuego/ de llamas verdes”. Es curioso, que a través de la armonía y el contraste, se llegue a expresar y atrapar, la unidad de la naturaleza y el lenguaje. De esta manera, consigue el poeta que nos asombremos de la realidad que el poeta nos ha hecho observar, que deja de ser al de su Vejer natal, la del sur soleado, y se convierte en nuestra propia mundanidad. Si la poesía quiere sublimar la realidad, distinguirla y realzar, pero también evaporarla y volatilizarla, ennoblecerla al disiparla, la poesía de Basallote lo consigue “Un resplandor/ viste de luz las cosas,/ entre lo oscuro/ su palpitar/ es alegre lascivia/ como preludio/ adivinado/ de su cumplida gloria”.

Al ir leyendo, es evidente que nuestro poeta busca la expresión de la belleza apolínea, la belleza de la rectitud, del sol y de la luz, de la unidad. Sin embargo, la embriaguez que nos inunda, proviene de la junción de la naturaleza y lenguaje, y se la da el lenguaje mismo. Este lenguaje se implica con la naturaleza y la convierte en un puro reino onírico. El lenguaje de la claridad, de la sencillez, que impregna la armonía de la naturaleza con la embriaguez narcótica de la individualización.

Este lenguaje de la emoción, tan sencillo y puro, que la disipa, tan claro, que la honra, es el que nos reconcilia con la naturaleza.

 

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CARLOS AGANZO EN CAMINO AL PLACER DE LA CONCIENCIA
Xoel Prado - Antúnez 02-11-2012 | 12:32 | 0

Segovia y nieva y el frío atera hasta las ideas. En cualquier caso, al bajar del coche en la SEK y caminar hacia aquella cocina sacral donde se calentaba al mundo al recitar versos y se permitía saltar albercas de la mano de quién ejercía siempre de mejor fabro en albarcas, Apuleyo Soto, era vivir, señores, era recuperar el honor, bellas damas, porque íbamos a oír recitar al vate vals de Ávila, Muñoz Quiros.

La primera vez que vi y conocí a Carlos Aganzo nos encontrábamos en Segovia y él acompañaba como egregia comitiva al que recitaría y recitó, Muñoz Quirós. Parecía a todos asó como si ambos conformaran un único ser espiritual biempensante, buen recitador. Ambos los dos sentados a la misma mesa, gregorianos y gorgoréanos y hasta gongorinos interpretan su acompasada armonía – el uno presenta, el otro recita y desde luego, a la viceversa de nuevo se renuevan.

Acaso me concentro tanto como debo al tanto, en la presentación como en el recitado, que las palabras se superponen con llana y paleta y son de naturaleza y amabilidad, de flores y ríos que reptan y raptan a la única y amurallada ciudad, esa Ávila nada lejana, nada sola.

Ávila, la vila morena del color de los crucifijos y las maderas que suelan los pisos y las gavetas que guardan el invierno donde sueña Aganzo con los cajones que guaran rosas y orquídeas en todos los santos y con su muralla que asciende a la luna para encontrar el amor del alunizado amanecer.

Acaso escucho y oigo piedra y flores y antigüedad y San Juan de la Cruz y San Teresa y la vida y la piedra y las flores y el amor y tanta y más antigüedad, tanta como belleza y flores y piedra y más piedra y belleza antigua como muralla y como la voz de la tierra.

Acaso escucho y no me aturde la voz que presenta ni la voz que recita y acaso pudiéramos prestar oído a tanta piedra y flor y tanta y más antigüedad y belleza durante toda la noche íntegra, sin descansar, porque la palabra es acicate y amable y cantarina como piedra de río y agua que cae del manantial más elevado, como arco iris.

Tras escuchar hasta que la noche es cálida crisálida les digo que en la poesía suya falta algo, pero claro, no lo explico así, sino con palabras que pretendí fueran berbiquí para quien fueran rocío, “sus versos son cómo tener un orgasmo y no poder fumar el cigarrillo de después”. Manera metafórica de pretender que se entienda que en aquellos versos había belleza de sobra y hasta en soba pero dónde la conciencia.

Carlos Aganzo, el hombre ilustrado, el literato, y el liter-raro, claro, que como humanista presentaba su primera vertiente, en la que todos los que le escuchaban debían oír latir ese corazón terrero y acabar como él, anclado en la antigua voz de la tierra, escuchando los vientos líricos que de líricos y musicales, hacían disfrutar humanadamente – sí, entenderlo como suena, soga que nos implica a todos y que a todos envuelve.

Pero Carlos Aganzo ha crecido y se ha soltado de la sombra del ciprés y ha volado a los derroteros por donde transcurre el Pisuerga y le han surgido dos ramas nuevas al ciprés, las del hombre a secas, que la generosidad, el honor,  ya se encontraban, y lo ha moralizado. Si antes era un ser donde la amistad incondicional (doy fe) a la manera de Pan, el deslumbramiento por la naturaleza y el paisaje y el amor por los clásicos constituían su lirismo místico, ahora, su segunda vertiente se desenvuelve por el ámbito moral y un compromiso grandísimo con el hombre desnudo de aditamentos políticos, sociales, pero no de escritura, claro, no de verso, por supuesto.

Así uno recorre Las voces encendidas, y se le incendia la voz, porque es un recorrido por la conciencia colectiva integrada en la conciencia interior del poeta y viceversa, la voz interior del poeta que se inscribe en la conciencia colectiva para hacerla brillar contra la turbiedad de la voz que clama sin ser reconocida. La función del látigo es conseguir que la claridad sea la presencia de la esta conciencia colectiva.

Y como se debe aclarar la conciencia más turbia, no cabe ser un poeta oscuro, sino un poeta claro, un poeta para el hombre. Mirad en el primer poema nos lo dice, me duele la conciencia y no puedo ser un hombre así, con ese dolor. De esta manera la escritura poética va siendo llana y simple pero envuelta en el lazo del simbolismo más jazzístico. No en balde elige el jazz como elemento conductor, un jazz sinuoso como un río, como un ciprés alargado, como una rosa amarilla. La vertiente de la conciencia de Carlos Aganzo no abandona la naturaleza pues ese lirismo, ese misticismo, esa voz antigua de la tierra, esa simplicidad, es la que se precisa para aclarar esa conciencia colectiva, no la de Carlos Aganzo, suficientemente aclarada, que es látigo y jazz.

Esta vertiente de Aganzo es la que me encantaría ver en acción ahora, en la soledad de la conciencia propia, en la capacidad conjuntiva con Muñoz Quiros.

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Sobre el autor Xoel Prado - Antúnez
Obscuro como él solo sabe serlo, seductor vespertino y a veces matutino.