img
Fecha: febrero, 2014
El tipo de la tumba de al lado, representada por Aitziber Garmendia e Iker Garlatza.
Xoel Prado - Antúnez 24-02-2014 | 1:00 | 1

¡Qué difícil resulta hacer reír a un público cualquiera, en una tarde de domingo castellana, y qué fácil lo obraron Iker Garlatza y Aitziber Garmendia!

En una de esas tardes de invierno castellanas, no muy fría, eso sí, pero húmeda, donde la realidad meteórica invita a la estufa y al chocolate, nos fuimos al teatro. La obra ya desde su titulo, invita, El tipo de la tumba de al lado, un título cálido, porque evidencia que la soledad no existe ni en el cementerio. La obra teatral es una versión para representar de una novela de la escritora sueca Katarina Mazetti. ¿De qué va? Del amor, se nos ocurre deciros, del amor de repente, a salto de mata, o de tumba. Sí, porque la historia se inicia en un cementerio y culmina en el mismo lugar. Una historia de amor entre dos seres, Airoa y Pablo, con diferencias de clase “agudas” que visitan las tumbas de sus seres queridos. Una con sus quejas amables de ausencia de sexo a su marido presente, el otro con la necesidad presente de presencializar su trabajo a su madre ausente.

El uno, Pablo, representado por Iker Garlatza y la otra, Airoa, por Aitziber Garmendia, con una delicadeza y amabilidad que la traspasan al público en una transferencia cuasi psicoanalítica, para diseccionar esta historia de amor y desamor, de comedia y cotidianidad, en unos personaje que se estudian ornitológicamente, a distancia, que se menosprecian por lo que les falta, que se aprecian por los malos entendidos. En este caso, un día cualquiera en el diario de Airoa, donde escribe que el tipo de la tumba de al lado la ha sonreído, y Pablo cree que ha sido correspondido a su sonrisa.

El duelo interpretativo entre Iker y Aitziber a monólogos interiores es digno de mención. Resulta difícil estar sobre un escenario gestualmente y a la vez provocando al espectador su participación activa con esa corriente de conciencia lingüística que fluye de los actores. Y conseguirlo. Porque transmutan al espectador en un compinche de trabajo y de vida con esos monólogos. Y de repente, hacen surgir con una naturalidad vital, el diálogo entre ambos, como un chispazo que el espectador no aguarda, sumido en esa corriente de conciencia, que nos mueve a introducirnos más y más en la representación. Nuestra voluntad representada. No en balde lo más citado es Schopenhauer.

Todo ocurre en un escenario que lo llena todo, por minimalista. Dos tumbas, dos ambientes, y un cuadrado mágico que pasa de cama a restaurante a auto. La transformación de la realidad causada por la voluntad en la propia representación.

Con la habilidad de los grandes actores, avanza la representación de los problemas reales de estos dos seres de esferas contrapuestas, hasta llegar al climax representativo con el primer encuentro sexual de ambos. Un encuentro sexual representado con la voluntad amable de las comedias de Doris Day, donde el sexo asalta a los protagonistas en sus propias vestimentas. Una representación que sobrepasa la carcajada y nos trasporta a la hilaridad. Aquí adquiere el trabajo de ambos actores la vitola de excelente; pero en especial, porque está especial, Aitziber, que adquiere la voz cantante de una prima dona del irrintzi orgiástico. Memorable.

Y ese irrintzi da lugar al inicio de un peculiar viacrucis de problemáticos desencuentros por culpa de que cada cual quiere ser quien es y a la vez transformar al otro, como al público, entregado a la carcajada. Se inicia un cierto drama, que no dramón, sino un descafeinado enfado que resuelve vía telefónica, en un renovado monólogo interior que discurre con suavidad de la sábana que protege la intimidad casera de los protagonistas. Una suavidad que provoca en el espectador un bienestar de sonrisa cotidiana que os abandonará ya hasta el final e la representación: el amor como conciliador de los contrarios (y Hegel vence a Schopenhauer, d nuevo).

Vale la obra todo lo que cuenta por las memorables representaciones que llevan a cabo sus protagonistas, Aitziber e Iker, en un escenario muy geométrico, y muy minimalista, donde la realidad del mismo es la misma que la de la obra, la voluntad de transformación representada en el amor como disolución de la entidad. Vale la pena que si la encontráis en vuestra ciudad representada, en cártel, no perdáis la oportunidad de verla. Y valdría la pena, así mismo, que la Junta de Castilla y León, la propusiera entre el elenco de obras que ofrece a los ayuntamientos para su cártel.

Felicidades Aitziber, felicidades Iker, eleváis la obra por encima de su representación: la convertís en cotidianidad.

Ver Post >
Sobre el autor Xoel Prado - Antúnez
Obscuro como él solo sabe serlo, seductor vespertino y a veces matutino.