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Fecha: agosto, 2017
Parálisis permanente o huída incesante
Xoel Prado - Antúnez 31-08-2017 | 7:26 | 0

Los filósofos por norma general dan a luz excelsos y profundos y oscuros sistemas “cosmovisionarios”, con los que intentan explicar el mundo y hasta lo que no es el mundo, por cierto. En la mayoría de las ocasiones los escriben sobre papeles que es mejor no clasificar y en muchas otras ocasiones se pierden en vaya a usted a saber qué aguas; y aquellos filósofos que nadie ya recuerda van golpeándose en el pecho la fatalidad de haber perdido las ideas que jamás recuperarán, y que les auparían el Olimpo filosófico. Probablemente, es que quizás las tales ideas fuesen absolutamente innecesarias o no aportaban nada a la ya de por sí confusa revolución ideológica. No se emplea aquí revolución en un sentido de cambio o transformación, sino en el sentido de revoltijo farragoso o laberinto de galimatías.

Los filósofos han dado a luz, sin excesiva dilatación, excelsos y profusos laberintos de galimatías, que han hecho mella impresionante, hendidura de afecciones, en otros filósofos, que se armaron de argumentos y argucias para trasladarlos al pueblo. Es cierto que a mí mismo me encantaría ser filósofo y mover los conceptos como el encantador de serpientes mueve su flauta ante la hipnótica serpiente.

A veces me encanta esta imagen para la filosofía, la del encantador de serpientes: éste mueve su flauta ante la serpiente y ésta encandila a los espectadores, y estos últimos esperan el desenlace fatal, el picotazo de la materia filosófica sobre el filósofo cuando el concepto ya no sirve.

Me encantaría presentar una nueva filosofía pero siempre temo parecer tonto, como un torpe que va cayendo aquí y allá para risibilidad de los más avispados del pueblo espectador; y otras veces veo como la filosofía, gracias a los rotundos cambios sin rumbo en la educación, es leprosería, un lugar donde es mejor no acudir, una materia a eliminar a día de hoy.

El filósofo es una especie en extinción muy probablemente. Y yo pretendo presentar una nueva filosofía que ni siquiera nos permitirá vivir de ella, quizá sí vivir en ella. Una filosofía que mire desde el lugar adecuado, que ocupe su lugar. Muchas filosofías han observado el mundo en contrapicado y han sido filosofías del agigantamiento; y otras lo han contemplado en picado y han sido ideologías del “enanamiento”. O nos han agigantado o nos han “enanado”; pero nunca han visto al hombre como es. ¿Y cómo es? Un laberinto de galimatías y un galimatías en un laberinto. Curioso que todas las respuestas se puedan clasificar bajo estos dos indicadores. He creído muchas veces que nosotros mismos elegimos cualquiera de las dos clasificaciones y allí que nos vamos. Cuando James Stewart miraba por la ventana indiscreta, veía el mundo en laberinto de galimatías que nadie podía creer; mientras que cuando Cary Grant iba saltando las diversas pruebas ariádnicas de su mundo, comparecía como un galimatías en un laberinto, al que nadie creía. Filosofía de la Parálisis o filosofía de la Huída, elijan ustedes. Paralizado ante un mundo que te lo da todo o huir de un mundo que no te permite decir tu palabra.

Durante mucho tiempo he elegido la segunda oportunidad, sobre todo porque me permitía huir de la gente. No aguanto a la gente. Me resisto a creer que un conglomerado de masa sea algo a lo que se pueda prestar atención, ni siquiera cuando está individualizada, ni siquiera cuando comparece como un respetable profesor ex profeso. James Stewart ama a la masa a distancia y se refugia en su individualidad prismática; Cary Grant odia a la individualidad cercana que lo cerca pero se refugia en la masa institucional.

Al inicio de mi vida me encantaba ser como James Stewart y refugiarme en la ventana, incluso para escupir sobre la gente que pasa en contrapicado; y otras veces me encadenaba a ese Cary Grant en huida, que en la huida sonora que protagonizaba parecía meter en el infierno todo lo condenable, como pedía Marx que exigía Dante.

Parálisis o huida, sin duda no parece existir más alternativas.

Quise proponer una nueva filosofía para un mundo en progreso pero una línea de fuego se dibujo en el cielo justo cuando iniciaba esta reflexión y un meteorito eterno chocó contra la superficie de la tierra: la alternativa japonesa.

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En la taza del váter de la biblioteca pública
Xoel Prado - Antúnez 29-08-2017 | 5:17 | 0

Reflexionar en el baño, sentado en el váter, no parece ser la manera en que medita el filósofo, que prefiere andar los caminos, como un redivivo quijote sin lanza que avanza hacia el cómo aclararse sobre el mundo y su visión, el ser y su revisión y el ente y su confusión. Visión, revisión, confusión y vuelta al inicio, pura dialéctica. ¿Esta dialéctica no podría ejecutarse en el baño sosegado en el váter puramente sesudo? Al menos, en el váter propio, no.

El caso es que el váter propio, el de nuestras casas, se halla alejado de la pared de azulejos en exceso, de tal manera que se convierte la distancia en un “hiatus” (como me gustaba escuchar esta palabra de los labios de un auténtico filósofo, que es lo que siempre fue mi compañero y amigo Manolo López), en un real abismo, que nos impide el ejercicio de la escritura. Los azulejos de la pared del baño son el soporte adecuado para escribir los más crípticos pensamientos, esos que se expresan en dos líneas y que reciben un nombre tan especial como el de aforismos, que es la manera de trasladar el pensamiento a la palabra concreta e inmediata, propia de quien quiere expresarse con rápida concisión y sin concesiones a la digresión francoalemana.

El váter ajeno, el que se halla en los bares, es el mejor lugar para iniciar una reflexión refleja y flexiva que expresar en presionantes aforismos en la pared de azulejos. El váter del bar que es como un ataúd en el que enterrarse, justo el lugar donde se detiene el tiempo y el espacio se diluye en el mismo ensimismamiento formal y cuerdo. En el mismo, toda reflexión es posible, desde la más extravagante, esa que apoltrona al que la establece en el mismísimo sillón de Hegel, con el manto filosófico cruzándole la sien; hasta la más meritoria, aquella que explica la verdad como quien exfolia la piel muerta que sobra en la planta del pie.

Ciertamente, también nos puede valer el váter de las instituciones públicas. En uno de estos, concretamente en el de la biblioteca pública comencé a pensar en palabras con “m”, con la finalidad de confeccionar una lista de las mismas y hallar entre ellas un orden lógico prematuro, sin ningún resultado, salvo el de descubrir que nunca hay papel de más en estos lugares. Ese “de más” es el que aman los filósofos y no la ausencia, la falta, que es lo que acaban descubriendo todos y de lo que apabullándonos, conscientemente apoltronados, realizan juicios formales y maduros, muy poco moderadamente pero recalcando su maestría en cada palabra trazada sobre el blanco azulejo de la pared.

Siempre nos cortamos de escribir en la pared del váter nuestros pensamientos, porque en el lugar que has elegido para escribir el gran aforismo de tu vida, algún pensador cansado de su reflexión sedentaria, colocó su mejor moco ya seco. Nadie ha descubierto la razón ni yo mismo la sé, de porqué siempre encontramos un real moco perfectamente dispuesto en la mitad del azulejo que queda justo al frente de nuestros ojos extrañados. De tan extrañados, bizcos. Probablemente, este sea el resultado más loable del pensamiento sedentario y lo que empujó a Nietzsche y a todos los filósofos existencialistas, a establecer y ejecutar su filosofía como nómadas de la misma, siempre en camino.

De Alemania a Venecia y a Austria y a Italia y a Alemania a morir, itinerario de Nietzsche. No distinto del de otros muchos, como el de Walter Benjamín, o el mismo Miguel de Unamuno, de Bilbao a Salamanca a Canarias y a Salamanca; o el de Hume, de Edimburgo a París y a Edimburgo a morir. Santo Tomás siempre estuvo en camino, en el fondo de un carro tirado por bueyes, de allá para acullá y hacia su canonización.

Quizá ninguno de los cinco se extrajo jamás un moco del fondo de su pituitaria para colocarlo localizadamente en la mitad de un azulejo de un váter público institucional o benefactor.

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La “Retronostalgia” en el Sonorama: novedades carminha y sexy zebras
Xoel Prado - Antúnez 25-08-2017 | 5:18 | 0

En el Sonorama ha habido de todo. Porches y reproches, cosas que se alababan y recriminaciones a tutiplen. Siempre que hay gente, hay quien se indigna. Los más, no. Lo hemos pasado en grande. De verdad, la música generó una impronta a la Villa de Aranda que es muy difícil que a ésta le retorne como pátina al menos hasta el año que viene. La vida es lo que ocurre en el Sonorama y después nos invade el absoluto terror al vacío,  a la nausea. Deberíamos erigir una estatua a Sartre.

Os digo que el primer día de conciertos fue estupendo, una espiral de olas y magnolias. Ondas do mar de vigo y magnolias de Aranjuez, lo destacable. Ferreiro, el otro Ferreiro, compendió en una hora un ejercicio de canciones misteriosas y envueltas en un hálito de intimidad que nos frotaba los ojos.

Las magnolias las repartieron entre los asistentes como un olor de familiaridad, como arte y naturaleza, los chicos de Rufus T. Firefly. Un sonido envolvente, hipnótico, para dejarse llevar de viaje en las baquetas de Julia, que es una de las mejores bateristas del panorama musical. Os remito al artículo que aquí mismo hemos publicado sobre ellos.

La música se fue sucediendo no demasiado deprisa, porque a todos los que allí se concentraban les encantaba disfrutarla como si esnifaran las notas del aire. Un aire de música y reconocimientos de las almas en esa música. Todo era faternidad musical. No creo haber dado más abrazos y haber congeniado más en la vida que en estos seis últimos días. Hasta con los de seguridad se congeniaba, y mira que es imposible.

Sin embargo, no solo la música y la fraternidad tuvieron cabida en Sonorama, también la retronostalgia. Si me acompañáis en primer lugar al escenario segundo en importancia y a las cuatro de la mañana, oiremos a Novedades Carminha, el grupo con gruppies más jovencitas que ni tienen acné. Este grupo quiere comparecer en la existencia musical como si fuera una revivificación de Siniestro Total. Sus letras casi punzantes y esa melodía pegadiza, nos hablan a las claras de ese intento. Además salen a la escena con disfraz, aunque no logran entrelazar lo contradictorio como obvio.

En fin, ris ras, con su mono de pintor todos menos uno de melopea. Querían epatar al personal con letras que hoy no encuentran acomodo, “o follamos todos o me tiro al río”, porque hoy supuestamente hay una educación sexual que lleva a una elección profunda y sosegada en esos temas, y no se viene de una penuria de revista porno. Este mono de faena se revestía del color oro del oloroso wisky que bebían a chupitos de botella. A tragos digo.

La canciones son eso, buenas melodías que nos impregnan la tonadilla pero que no van más allá. Les falta la mala leche patibularia de ST, eso que te convierte en una contrariedad hasta para el público, porque no aguarda que de la contradicción surja un orden subvertido. Los chicos de novedades Carminha vienen bien para una ocasión y hay se agotan. Su directo no da para más que saltar y hacer entrechocamientos cuasi neardenthales, como en las romerías nada románticas que se estilan en la galicia rural. No en balde uno de sus éxitos es “Amor rural”.

En fin, canciones para la retronostalgia del punkpopgalaico pero sin la mala leche patibularia ni las contradicciones subversivas que dieron patina y esplendor al mismo. Tanto da escuchar sus discos como verlos en directo, es lo mismo. Quieren ser subversión y no es sino barahúnda, aunque divertida. Se agradece tal por parte de las niñas de veintidós años.

Y hasta retronostalgia se sumaron exhumados Sexy Zebras. Tocaron a pecho descubierto, y pare de contar. Su música quería comparecer como sucia, nerviosa, cuasi esquizofrénica, pero resultaba del todo imposible porque no era explosiva  la impostura en sus notas. Imitativos y nada rotundos, se ahogan en las letras y en la explicación de toda canción, imposible y una mentira. Querían parecer Escorbuto pero les falta la sinceridad de Yosu y les sobra tanta teatralidad inútil.

Al final esta retronostalgia le viene bien al marketing, que lo vende a pie juntillas y como un riñón.

 

 

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Rufus T. Firefly: Magnolia lisérgica
Xoel Prado - Antúnez 15-08-2017 | 11:20 | 0

Rufus T. Firefly es una banda musical que he topado en Sonorama 2017. En realidad, en el transcurso de un viaje les escuché en una entrevista más que serena en Radio 3, realizada en Aranjuez, pero no pude prestar la atención debida porque iba conduciendo, camino de casa. De todas maneras, pude captar una canción que tenía su sustrato en una película de animación titulada Mi vecino Totoro. Me gustó la canción, aquel grito “que el bosque muerto, despierte” me captó la atención. Pero volvamos a Sonorama y al escenario desperados, donde ha acabado su actuación Amaro Ferreiro y se afanan los del cuerpo técnico en montar la parafernalia musical del próximo grupo, Rufus T. Firefly.

Pongamos que el cuerpo técnico ya lo ha montado todo y que los del grupo prueban instrumentación y que una chica en la primera fila grita por Víctor, que se afana en su hacer. La batería queda a un lado, el derecho y fuera de tarima. Allí todo el mundo, que es la chica de la primera fila, llama por los miembros del grupo, pero uno desconoce totalmente a los mismos. En fin, espero que se inicie el concierto, porque me gustó, como ya dije, la canción Tsukamori.

Hete aquí que el chico llamado Víctor y que no se enteró nada absorto en claves y clavijas de las veces que la llamó la chica de la primera fila, se puso la guitarra como quien se pone una luciérnaga y el aire se llenó de una repetitiva pincelada de color de una nave espacial nocturna y cuando llegaba a su culmen, las baquetas marcaron una a la otra el ritmo y la mano de Víctor rasgo la noche continuamente con las manos de Julia (me lo han chivado la chica de la primera fila) repiqueteando con sonoridad amorosa en su batería. Suenan las primeras notas de Tsukamori y nadie sabe cómo, pero todo el mundo (incluso yo) estamos inmersos en una sonoridad hipnótica que conforma la elipse que va de las manos de Víctor a las manos de Julia, elipse en la que confluyen con líneas de profundidad los otros tres miembros de la banda. No sé si caerá sobre mí la inmensidad, pero sí caerá una invitación perfecta a perderme en esas notas hipnóticas donde enseguida uno no se pierde, sino que se gana. Sobre todo, cuando llegamos conjuntamente al estribillo, que el bosque muerto despierte.

El resto de las canciones que fueron desgranando del magnolio que crecía en el escenario, persiguieron esa tónica hipnótica que emanaba emergente de las manos de Julia, que a partir de ese momento concitaron la totalidad de mi atención, porque sus rítmicos dedos dirigían la corriente del río, el halcón en su vuelo o al cisne negro. En ese momento caes en la cuenta de que hay una celebración antigua en todo este entramado de canciones, la naturaleza presocrática, como elemento creador y organizador de la Vida en su conjunto; el amor, como cura posible de la herida, como elemento afectivo que sirve para a comprensión de la conciencia del otro, y el arte, que innova creativamente sobre la naturaleza y el amor. ¡El arte como innovación!

Vaya, música y reflexión al mismo tiempo. De repente caigo en la idea de que esta música es algo diferente de los hits que buscan los músicos. Una canción con una melodía pegadiza y triunfante que no se despegue de la consciencia de los individuos que escuchan. Esta música se diluye directamente bajo la lengua y va serpenteante por la totalidad el cuerpo a la búsqueda del inconsciente, y que Jung nos ampare, en este momento la música se conformaba como el supuesto inconsciente colectivo del que todos sorbemos nuestra energía: inmiscuidos en un proceso iniciático. Allí, en el parque del General Gutiérrez, restablecedor de soberanías, sobre el escenario desperados, que es aquello que se busca vivo o muerto, asistimos a la epifanía de la energía que se da como alimento. Y se crea una urdimbre nada metafísica que pide vive, sobre todo vive, entre todos los asistentes al concierto y los músicos, sobre todo con la encarnación de esa urdimbre, las manos de Julia.

Esta banda tiene un interés terrible, y ya. Básicamente por su autenticidad. Una música auténtica que refleja la autenticidad de los que la componen. Autenticidad es creatividad y superación. La creatividad viene dada porque es evidente que debemos realizarnos a nosotros mismos, que es la manera de ser libres. Define la música de Rufus T. Firefly la libertad absoluta, con ausencia de temporalidad, siendo capaces de afrontar la realidad mundana y decidir qué es lo que queremos y qué es lo que no. En este caso los recuerdos gratos, y modifican la realidad de quien escucha, porque le obligan a reconocer sus buenos recuerdos de igual manera. Una música que nos integra en la misma para reconocernos. De verdad, hace mucho tiempo que no existía una propuesta de tal exigencia en el mundo musical. Hemos asistido a la degeneración más absoluta de la música, hasta rebajarla a ser imitación o réplica unos de otros, sin que hubiera verdadera autenticidad en lo que los músicos hacían. Aquí, sin embargo, tenéis una música que quiere ser transcripción del ánima del mundo, naturalidad de la realidad vivida, propiedad del ser humano. Por eso, no encontrareis en la misma hits de reproducibles melodías, pero sí rotundidad y claridad de la propia existencia.

Y la continuidad, porque las canciones no son independientes, sino que son entre ellas urdimbre, que es lo que pretenden crear. Una continuidad contigua que pone en contacto músicos y a los escuchantes, de tal manera que estas notas que son eco del mundo, entestan a todos, unen. Una música inmediata, que no necesita de otro elemento para ser entendida. Es importante entender que la propia música no necesita de nada para entenderla, que es ella misma la que centrifuga a quien la oye a través de las manos de Julia.

Por supuesto, la música posee una belleza lisérgica. Así la han definido los propios músicos, pero se han apresurado a establecer que es un lisercicidad buena, de viaje querido y con los buenos recuerdos por delante; y no un mal viaje, establecido sobre la base de una sobredosis de lisercicidad.

El buen viaje consiste en un levantamiento del ánimo sobre la base de recorrer la naturaleza, lo cual supone una realización personal. Deberíamos comenzar a educar por aquí: la vida no consiste en acumular cosas ni gente, sino en realizarse junto a ellos, Por eso definimos mal hasta el amor. Toda definición está fundada en la acumulación y no en la comprensión – y el amor es comprensión de la conciencia del otro, que es precisamente lo que pide la música de Rufus T. Firefly. Un incremento de la percepción sensorial, lo que supone una mayor sensorialidad en el arte (y en el amor y viceversa) y de esa manera integramos hasta las cosas más insignificantes con las más agradecidas, con las más relevantes, en un totum revoluntum, en una acraticidad permanente. Y en esa acriticidad nos sentimos todos complementarios, sin que nadie sobre.

Es inusual esta propuesta en la música española y por eso es original, muy original.

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Sobre el autor Xoel Prado - Antúnez
Obscuro como él solo sabe serlo, seductor vespertino y a veces matutino.