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Eres mi amiga íntima (I)
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Xoel Prado - Antúnez | 14-06-2017 | 11:51

He de reconocer, con parvulario dolor de mi anima, la imposibilidad manifiesta de la amistad íntima entre hombres y mujeres. No sé si por una deficitaria definición de lo que es la amistad o porque esta palabra no le cabe el apellido de íntima. Algo así como compartir  esas parrafadas de todos los asuntos que a dos personas interesan y que los enriquecen, pero sin que intervenga para nada la naturaleza sexual biológica.

Si hubiese recordado la lectura de Freud hubiese visto desde el comienzo que esa amistad íntima es imposible porque somos naturaleza salvaje, inconsciente, It, y el deseo libídico siempre surge como colofón de la reunión y obstáculo salvable con caer en el deseo. ¿Qué sucede empero no pretendemos caer en el deseo pero precisamos de esa amistad íntima? Nada. Todo se va al garete,

El caso es que desde comienzos del siglo XX se nos convence a diario de que somos un constructo social y que nuestra naturaleza es la sociedad en la que vivimos y el constructo lingüístico. Si esto fuera así no habría ningún problema en mantener esa amistad íntima, e, incluso, aunque ambos amigos estuviese casados con otra persona.

Pero no. Como dijo Umbral, parece que siempre tiene que salir el antropoide que llevamos dentro, “mortal y rosa”, que en el caso del homínido macho lo obliga a la cópula instantánea sin miramientos; y en el caso del homínido hembra a aparearse si considera que ese macho nuevo puede darle mejores vástagos. Bendita naturaleza salvaje que surge sin esperarla.

No somos constructos. Si así fuese nada malo habría y nada malo hay en mantener una amistad íntima con una persona del sexo contrario sin ningún tipo de problema, ya que quedaría involucrada como cualquier otra relación de esa envergadura en el mero enriquecimiento personal.

He de deciros y frustraros así, que somos naturaleza salvaje, triste y pura naturaleza salvaje y que no hemos perdido nada de ese antropoide que llevamos dentro salvo que lo domesticamos con el miedo y la renuncia.

Sobre el autor Xoel Prado - Antúnez
Obscuro como él solo sabe serlo, seductor vespertino y a veces matutino.