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Aitziber Garmendía

Ocho apellidos vascos
Xoel Prado - Antúnez 06-04-2014 | 1:15 | 4

No queda más remedio que encaminarse al cine a verla, tanto es el innúmero número de opiniones en controversia que ha suscitado “Ocho apellidos vascos”. Nada más llegar al cine me aclaro de lo que consigue toda esta controversia, el cine está a estallar, como no lo había visto desde mediados de los ochenta. Una sola entrada para el espectador que venga sólo, que voy a ser yo, claro, los que me preceden son cuatro. Mientras me dirijo a quien corta la entrada y a la sala, repaso en mente las criticas leídas, desde la de Zarzalejos hasta la última de David Torres, pasando por la de Ana Talletxea o Mikel Insausti, sin olvidar, claro la del Raúl del Pozo. Unos se quejaban de que la película era una serie de topicazos intoxicadores de la realidad verdadera de Euzkadi, y otros de que era rematadamente pronto para objetivar a los abertzales como héroes de un chiste sin humillar a las víctimas; los pocos hablaban del humor como elemento corrosivo de la realidad y lo psicológicamente rupturista que resulta en este caso particular. Ninguno ha hablado de la cinta en sí mismas sino e del reflejo distorsionado de sí mismo que le ha provocado la cinta. Y está bien, eso quiere decir que la película que me animo a ver en este instante es al menos y como mínimo transgresora.

Se apagan las luces, se inicia la película y ya, de pronto, me decepciono. No hay nada de lo escrito por tanto intelectual sagaz del abertzalismo esencial ni del españolismo asocial, sino, vaya, una simple comedia americana donde un chico encuentra una chica, la pierde, la recupera, la vuelve a perder y la recupera al fin. Revestido este esquema de toda la realidad cinematográfica mundial con la realidad del topicazo del elenco chistoso español. Cuidado, no se reviste el esquema con la realidad efectiva vasca ni menos, con la andaluza, sino con la realidad idealizada de forma deformante en el chiste grosero. No en balde la película se inicia con el protagonista del metraje contando esos chistes de gracia grosera en el escenario del escenario del film y la protagonista reaccionando de manera grosera en el film estoqueando con los mismos chistes. La imagen de este inicio lo marca Aitziber Garmendia, euskaldún a la que le pesa la peineta marmórea.

Este enfrentamiento inicial lo enfría el sexo. El sexo inexistente claro, porque la bebida Lago, que pudiera pasar por navarra por su poco culo y su espalda cargada al dormir, se ronca, rocosa. Y cuando se despierta, se larga. La hemos perdido, Rovira.

A ganarla se va a una Euzkadi que se transgrede a sí misma, y se deforma en espejo deformante. La Euzkadi de Vaya semanita, el programa de la ETB, capaz de acabar con los mitos sacrales de montes y relatos  Aitoricos. Os digo esto, porque está por ver que en un pueblo guipuzcoano todos sus habitantes tengan coches con matricula de Bilbao, por Dios. Y Rovira va a ganarla y ganarse a sí mismo, claro. Porque entra en Euzkadi con la versión negra y negativista en la mirada y sale de Euskadi, cuando pierde por enésima vez a la chica “morroska de Zestona”, con la mirada limpia de prejuicios y más amor que nunca; de la misma manera que le ocurrirá a Lago, cuando vaya a recuperar a Rovira en calesa y los del Río palmeando.

Y es que el film debiera servir para esto, principalmente, para que todo el mundo limpiara de prejuicios las gafas empañadas con las que nos amparamos al mirar la realidad efectiva. O dicho de otra manera, que quizás todos estemos viviendo en el tópico del chiste y tememos perder esa realidad del topicazo, por no enfrentar al otro y su vida. Pero hasta Koldo lo logra, a través del amor y el sexo, con la cacereña y aprende que un tricornio también es un cenicero. Koldo, el personaje interpretado por Karra Elejalde, iniciador de estas desmitologizaciones de lo vasco y lo gallego en la fantástica Airbag. Por cierto, que se merece un Goya por su comedida interpretación del Gargantúa bilbaíno trasladado a Guipúzcoa, es decir, de lo desmedido absolutizado. 

Una comedia americana revestida de la realidad desmedida del tópico regionalista español, que ha de servir para limpiar la mirada prejuicial de muchos sin ensuciar la de nadie. Y lo logra, porque en un cine de Valladolid se ríen las gracias, no del tópico sino las de desmitoligización del tópico y se aplaude, efusivamente, a final de la representación.  

Buscar más allá de esto, evidencias de desafuero políticos, o de cualquier otra índole, marca sólo la visión prejuicial a la que está siendo sometida una pura comedia, eso sí, con un par de toques Lubitsch.

Por cierto, uno de los personajes que nos habla a las claras de esa necesidad de la desmitologización es el del aitite Ignacio. Él como conocedor de la verdad de la mentira que se lleva a cabo, no se niega a celebrarla, pero se alegra de que no se celebre. Pide, que la realidad que hay que celebrar sea la realidad efectiva sin mitologías de ningún lugar. 

Que quizá es por lo que nos gusta a todos esta comedia sin lugar, utópica.

 

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El tipo de la tumba de al lado, representada por Aitziber Garmendia e Iker Garlatza.
Xoel Prado - Antúnez 24-02-2014 | 1:00 | 1

¡Qué difícil resulta hacer reír a un público cualquiera, en una tarde de domingo castellana, y qué fácil lo obraron Iker Garlatza y Aitziber Garmendia!

En una de esas tardes de invierno castellanas, no muy fría, eso sí, pero húmeda, donde la realidad meteórica invita a la estufa y al chocolate, nos fuimos al teatro. La obra ya desde su titulo, invita, El tipo de la tumba de al lado, un título cálido, porque evidencia que la soledad no existe ni en el cementerio. La obra teatral es una versión para representar de una novela de la escritora sueca Katarina Mazetti. ¿De qué va? Del amor, se nos ocurre deciros, del amor de repente, a salto de mata, o de tumba. Sí, porque la historia se inicia en un cementerio y culmina en el mismo lugar. Una historia de amor entre dos seres, Airoa y Pablo, con diferencias de clase “agudas” que visitan las tumbas de sus seres queridos. Una con sus quejas amables de ausencia de sexo a su marido presente, el otro con la necesidad presente de presencializar su trabajo a su madre ausente.

El uno, Pablo, representado por Iker Garlatza y la otra, Airoa, por Aitziber Garmendia, con una delicadeza y amabilidad que la traspasan al público en una transferencia cuasi psicoanalítica, para diseccionar esta historia de amor y desamor, de comedia y cotidianidad, en unos personaje que se estudian ornitológicamente, a distancia, que se menosprecian por lo que les falta, que se aprecian por los malos entendidos. En este caso, un día cualquiera en el diario de Airoa, donde escribe que el tipo de la tumba de al lado la ha sonreído, y Pablo cree que ha sido correspondido a su sonrisa.

El duelo interpretativo entre Iker y Aitziber a monólogos interiores es digno de mención. Resulta difícil estar sobre un escenario gestualmente y a la vez provocando al espectador su participación activa con esa corriente de conciencia lingüística que fluye de los actores. Y conseguirlo. Porque transmutan al espectador en un compinche de trabajo y de vida con esos monólogos. Y de repente, hacen surgir con una naturalidad vital, el diálogo entre ambos, como un chispazo que el espectador no aguarda, sumido en esa corriente de conciencia, que nos mueve a introducirnos más y más en la representación. Nuestra voluntad representada. No en balde lo más citado es Schopenhauer.

Todo ocurre en un escenario que lo llena todo, por minimalista. Dos tumbas, dos ambientes, y un cuadrado mágico que pasa de cama a restaurante a auto. La transformación de la realidad causada por la voluntad en la propia representación.

Con la habilidad de los grandes actores, avanza la representación de los problemas reales de estos dos seres de esferas contrapuestas, hasta llegar al climax representativo con el primer encuentro sexual de ambos. Un encuentro sexual representado con la voluntad amable de las comedias de Doris Day, donde el sexo asalta a los protagonistas en sus propias vestimentas. Una representación que sobrepasa la carcajada y nos trasporta a la hilaridad. Aquí adquiere el trabajo de ambos actores la vitola de excelente; pero en especial, porque está especial, Aitziber, que adquiere la voz cantante de una prima dona del irrintzi orgiástico. Memorable.

Y ese irrintzi da lugar al inicio de un peculiar viacrucis de problemáticos desencuentros por culpa de que cada cual quiere ser quien es y a la vez transformar al otro, como al público, entregado a la carcajada. Se inicia un cierto drama, que no dramón, sino un descafeinado enfado que resuelve vía telefónica, en un renovado monólogo interior que discurre con suavidad de la sábana que protege la intimidad casera de los protagonistas. Una suavidad que provoca en el espectador un bienestar de sonrisa cotidiana que os abandonará ya hasta el final e la representación: el amor como conciliador de los contrarios (y Hegel vence a Schopenhauer, d nuevo).

Vale la obra todo lo que cuenta por las memorables representaciones que llevan a cabo sus protagonistas, Aitziber e Iker, en un escenario muy geométrico, y muy minimalista, donde la realidad del mismo es la misma que la de la obra, la voluntad de transformación representada en el amor como disolución de la entidad. Vale la pena que si la encontráis en vuestra ciudad representada, en cártel, no perdáis la oportunidad de verla. Y valdría la pena, así mismo, que la Junta de Castilla y León, la propusiera entre el elenco de obras que ofrece a los ayuntamientos para su cártel.

Felicidades Aitziber, felicidades Iker, eleváis la obra por encima de su representación: la convertís en cotidianidad.

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WILT de TOM SHARPE (versión teatral)
Xoel Prado - Antúnez 28-10-2012 | 8:41 | 0

Ayer asistí a la representación teatral de Wilt. La representación es una versión de la famosa novela de Tom Sharpe, con el mismo título. Representar en escena una obra narrativa y además archiconocida y setentera (y que no aguanta hoy una relectura porque la realidad la ha rebasado con creces) es arriesgado. No me olvido, en este sentido, de “El pisito”, la famosa película que fue llevada a la escena y sólo el extraordinario hacer en la misma del grupo de actores, la sacó adelante.

El otro punto de riesgo se encuentra en que casi todo el mundo que asiste a la representación ha leído y hasta releído la obra narrativa y la historia de Wilt reside en la mente del espectador. Por lo tanto, sacar adelante una obra teatral con estos obstáculos de inicio es una demostración no sólo de pundonor, sino de saber hacer con excelencia el trabajo y tener lo que se dice, sentido de escena. Es decir, ser un “animal teatral”, como explicaría Aristóteles se pudiera.

Se alza el telón y se inicia la representación.

La escena es sorpresiva, sólo unas sillas de cuero negro y dos pantallas separadas de proyección, el resto salidas y entradas de vodevil. Salidas y entradas de la verdad a la mentira, de la mentira a lo que queramos creernos, de la representación a la proyección que presenta, y, además, nos hacen creer que el escenario es rotatorio, como si la vida circulase de derecha a izquierda y, sobre todo, por detrás, tras los proyectores (lo que me trajo a la memoria aquella frase de Goethe en su famoso Fausto, cuando a éste le indica el diablo que la verdad siempre se daba von hinten, es decir, por detrás)

Y en este escenario se va a desarrollar la historia ya conocida. ¿Cómo? La solución al problema teatral con recursos cinematográficos. Vamos a ver cómo se desenvuelve el embrollo a través de un flashback cuasi en el presente continuo. Un flashback que va a sostener Wilt y las pantallas cinematográficas, donde se va a proyectar los deseos imposibles de los protagonistas. Un flashback que va y viene de manera vodevil y en circular, en un tempo agitato ma non troppo. Este agitato en presente continuo consigue que la representación teatral sea novedosa, e incluso sorpresiva, para quien ya ha leído la novela. Además de este flashback, también se utiliza una interpelación al público para buscar una complicidad de Wilt con el mismo, ya que Wilt se presenta desde el comienzo sabedor de la historia, que la cuenta, y no va a evolucionar desde lo alicaído hasta que alcanza su personalidad meritoria.

Como podéis ver la parte formal de la obra se ha trabajado perfectamente bien y con el objetivo de que trasladarle al espectador a la sorpresa al ver la obra, y vean a un Wilt distinto. Objetivo que se alcanza por el esforzado trabajo de los  actores de una manera eficiente.

Empezando por Koldo Losada y Aitziber Garmendía. Estos dos actores van a componer el esqueleto de la obra, un esqueleto que no es de plástico, por supuesto. Entre ambos, van a interpretar a los ocho personajes que dan continuidad al flashback de Wilt, hasta que convierten la representación teatral en un presente continuo. El esfuerzo interpretativo y la capacidad de registros, que Ana Milán define con un movimiento de dedos y un chas – chas, de ambos actores les confiere una genialidad que traspasan a la obra y que elevan al espectador al engaño de la representación. Sobre todo, la interpretación de Gastón por Koldo Losada, inconmensurable; y la de Aitziber cuando suda y nos convence con la interpretación de la profesora entrometida.

Ángel de Andrés me convence como un inspector Flint que se ríe de sí mismo, como si nunca quisiera que acabase la representación y seguir siendo Flint en el eterno retorno del vodevil en el que participa por convicción. Porque él es un inspector de verdad, incluso cuando le rebaja Koldo Losada interpretando al encargado de la obra, a sargento; o cuando llora su desesperación inspirativa, con ese Wilt a lágrima sosegada.

Fernando Guillén inventa a Wilt, reinventa a Wilt. Porque el Wilt narrativo y cinematográfico es un personaje anodino, apocado, incapaz, pisoteado, queda oculto en las pantallas que proyectan lo que fue, y él ya es en el presente continuo del flashback el Wilt renovado. Eso le da al personaje unos matices novedosos que nunca tuvo antes y recrea la obra y la innova. Es encantador en sus gestos de admiración y sorpresa, cuando enmarca las cejas como acentos circunflejos y su silencio es conmovedor.

Ana Milán. Confieso que esperé su salida a escena para verla en escena por vez primera, con la imagen de su televisibilidad en la cabeza. Y aparece con un esplendor que llena la escena por completo, animal de escena, que me retrotrajo a la obra que ví en el 92 en Madrid, Viva el cuponazo, con Rafaela Aparicio. Y es que, como aquélla, sale a escena, te gana y quieres que siga siempre. Es más, cuando desaparece de escena, se la echa de menos, y esperas que salga ya y que vuelva a representar el optimismo expreso que su sonrisa marca y su mirada remarca. Es cierto que quieres más y no te importaría volver a repetir la experiencia de reveer la obra, por cierto.

Lo dicho, un esfuerzo de formalidad teatral que aprovecha toda la potencialidad que tiene un escenario por sí mismo y sólo revestido de la carnalidad interpretativa de los actores, geniales todos. Unos porque arman el esqueleto de la representación, los otros porque la recubren y todos al conseguir que la obra resulte novedosa, a pesar de los obstáculos de los que parten.

Absolutamente recomendable, y para no perdérsela, si quieres poder hablar de un gran acontecimiento teatral.

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Sobre el autor Xoel Prado - Antúnez
Obscuro como él solo sabe serlo, seductor vespertino y a veces matutino.