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Ana Milán

El diario de Adán y Eva (Un Cuervo en Milán)
Xoel Prado - Antúnez 07-10-2013 | 11:49 | 0

El amor, menuda palabra. Todo el mundo quiere saber todo acerca del amor. ¡Qué bueno sería que formará parte del libro de instrucciones de la vida todo lo que debe saberse sobre el amor y que no es que no queramos preguntar, es que no sabemos qué preguntar.

Todo acerca de los hombres y de las mujeres y viceconversa conversa. All About Eve and Adan. Entre Evas y Costillas, con Hepburn y Tracy. Cierto que hay muchos hombres que poseen y proveen de palabras grandilocuentes que explican expeditivas lo que es el amor (entre mortalidades y morosidades y ventosidades unidiversitarias) y con aspavientos propios de dictadores proféticos, utilizando palabros tan rotundos que inoculan estremecimiento a aquellos otros que se proponen explicar la explicación que el palabro aprovisiona.

Al final, el amor en función de estos palabros no se diferencia en nada de la asimilación digestiva, ósmosis y diálisis. Se sienten, una vez explicado el amor (nos sentimos) y se asientan (nos sentamos) seguros con esta armadura con la que nos recubrimos nuestras cuitas, cuitados.

Se sienten, nos sentamos, por ejemplo en el teatro Zorilla, en plena Plaza Mayor de Valladolid, en la fila que nos depara el destino, para asistir a la representación de la obra El diario de Adán y Eva, de la mano interpretativa de Ana Milán y Guillén Cuervo, y con la mano directiva en el fondo de Miguel Ángel Solá (un actor – director, que dinamita el mundo desde lo oculto, aunque Sé quién eres): el amor puesto en escena, sin explicaciones, privadamente.

El amor de nuevo, porque parece que el amor precisa ser desvelado en todo momento, como una exigencia vital. El amor que se desvela desde la intimidad radiofónica: parece que te hallas íntimamente guarnecido en el estudio y tan desamparado a causa del aparato de escucha, que te desnuda. Asistimos seguros de nos, desde que las luces cómplices de la intimidad se complican en la puesta en escena, a que nos van a representar una “comedieta” de risas fáciles con fundamento en los palabros estomacales, ósmosis y diálisis.

Sin embargo, algo nos dice que no, cuando la protagonista se sienta en la silla de decorado y nos habla con la íntima familiaridad de quien nos conoce de a diario. Repentino, cambia el escenario a otro mobiliario, y surge el protagonista principal que no parece él, como si fuese otro distinto; y en un largo instante, comparece la protagonista principal, que tampoco parece ella. Como si fuesen proto-gonistas. Ante nosotros están iniciando el mundo desde una novedosa ingenuidad, proto –inocencia: la inventan ante nosotros Milán y Guillén Cuervo.

No os quepa duda, los diálogos de los protagonistas resultan ser escalos situados ante torreones y que les trasladan en el tiempo a un pasado de gloria, a un presente de reflexión íntima para el reconocimiento de uno mismo.

Este juego de tiempos que se suceden sin imponerse el uno al otro, va creando en el espectador expectante una sonrisa sinuosa, a medio camino entre la alegría del chiste y la burla de la vida, esa misma vida que se diluye sin que sepamos cómo. Esa sonrisa es la que permanece en nuestros labios mientras que Adán descubre que sigue existiendo como Adán y Eva sabe que ella siempre ha sido Eva. Esa sonrisa leve que permanece perenne como lugar de tránsito a la emoción afectiva ambivalente, la fascinante ilusión de la ficción inocente, el amor.

Esa sonrisa que es un pequeño tirón a la comisura del labio y que nos muestra que ocurrirá al final lo enorme afectivo, la construye el diálogo inteligente dualéctico de ambos personajes en su tránsito temporal. Efectivamente, ambos personajes quieren de – construir su identidad para comparecer como el Uno múltiple en su género. Volver a ser de nuevo el primero con su inocencia típica que te vuelve mágico.

Lo digo ya, una pieza única de teatro, magistral, que te va centrifugando hacia el escenario para convertirte a ti también en una parte de ese camino de retorno a la inocencia originaria de la especie, cuando cualquier reflexión era posible, era creíble, era plausible.

Hay una química insustituible entre ambos actores, que traspasa desde la efectividad de la vida cotidiana a la realidad del teatro y que traspasa a la obra de una credibilidad persuasiva, de ánima y la eleva a la categoría estética de lo sublime, una contemplación de lo eterno pero a la que se llega desde una nimiedad que va a conseguir una gozosa reacción: esa sonrisa que en todos persiste tras ver la obra.

De Guillén Cuervo queda en el recuerdo sus ciento cuarenta registros vocales y toda una adorable interpretación, que se inicia cuando no parece él, sino su propio padre, hasta que parece él más allá de sí mismo. La primera vez que comparece en el escenario representándose tiempo atrás no se reconoce al actor efectivo sino al real emocionado de sí mismo, y acaba la obra cuando con la mímica a secas se nos va a la idealidad estética.

Ana Milán ha encontrado su lugar en el teatro: es un animal de la interpretación en directo, un verdadero animal del diálogo raudo, del diálogo íntimo, del silencio encubridor, de la voz en off cómplice, y exuda por los poros de su piel interpretación a raudales. Cualquiera sea la obra que interprete en el directo del teatro, la bordará, porque ha nacido para ello, para convertir todo lo efectivo en real.

Y de la invisible mano del director, Miguel Ángel Solá, como la mano del creador que afloja y aprieta, que ordena y libera, siempre hay, como la voz en Off de Dios en la obra, no decir si no, que siempre está ahí.

Ahora el montaje de la obra está en Barcelona, en Enero se estrena en Madrid; y cualquier ocasión es buena para acercarse al teatro para conseguir tu sonrisa de gozosa reacción divina, incluso, como yo, que será por el placer de volver a verla.

 

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WILT de TOM SHARPE (versión teatral)
Xoel Prado - Antúnez 28-10-2012 | 8:41 | 0

Ayer asistí a la representación teatral de Wilt. La representación es una versión de la famosa novela de Tom Sharpe, con el mismo título. Representar en escena una obra narrativa y además archiconocida y setentera (y que no aguanta hoy una relectura porque la realidad la ha rebasado con creces) es arriesgado. No me olvido, en este sentido, de “El pisito”, la famosa película que fue llevada a la escena y sólo el extraordinario hacer en la misma del grupo de actores, la sacó adelante.

El otro punto de riesgo se encuentra en que casi todo el mundo que asiste a la representación ha leído y hasta releído la obra narrativa y la historia de Wilt reside en la mente del espectador. Por lo tanto, sacar adelante una obra teatral con estos obstáculos de inicio es una demostración no sólo de pundonor, sino de saber hacer con excelencia el trabajo y tener lo que se dice, sentido de escena. Es decir, ser un “animal teatral”, como explicaría Aristóteles se pudiera.

Se alza el telón y se inicia la representación.

La escena es sorpresiva, sólo unas sillas de cuero negro y dos pantallas separadas de proyección, el resto salidas y entradas de vodevil. Salidas y entradas de la verdad a la mentira, de la mentira a lo que queramos creernos, de la representación a la proyección que presenta, y, además, nos hacen creer que el escenario es rotatorio, como si la vida circulase de derecha a izquierda y, sobre todo, por detrás, tras los proyectores (lo que me trajo a la memoria aquella frase de Goethe en su famoso Fausto, cuando a éste le indica el diablo que la verdad siempre se daba von hinten, es decir, por detrás)

Y en este escenario se va a desarrollar la historia ya conocida. ¿Cómo? La solución al problema teatral con recursos cinematográficos. Vamos a ver cómo se desenvuelve el embrollo a través de un flashback cuasi en el presente continuo. Un flashback que va a sostener Wilt y las pantallas cinematográficas, donde se va a proyectar los deseos imposibles de los protagonistas. Un flashback que va y viene de manera vodevil y en circular, en un tempo agitato ma non troppo. Este agitato en presente continuo consigue que la representación teatral sea novedosa, e incluso sorpresiva, para quien ya ha leído la novela. Además de este flashback, también se utiliza una interpelación al público para buscar una complicidad de Wilt con el mismo, ya que Wilt se presenta desde el comienzo sabedor de la historia, que la cuenta, y no va a evolucionar desde lo alicaído hasta que alcanza su personalidad meritoria.

Como podéis ver la parte formal de la obra se ha trabajado perfectamente bien y con el objetivo de que trasladarle al espectador a la sorpresa al ver la obra, y vean a un Wilt distinto. Objetivo que se alcanza por el esforzado trabajo de los  actores de una manera eficiente.

Empezando por Koldo Losada y Aitziber Garmendía. Estos dos actores van a componer el esqueleto de la obra, un esqueleto que no es de plástico, por supuesto. Entre ambos, van a interpretar a los ocho personajes que dan continuidad al flashback de Wilt, hasta que convierten la representación teatral en un presente continuo. El esfuerzo interpretativo y la capacidad de registros, que Ana Milán define con un movimiento de dedos y un chas – chas, de ambos actores les confiere una genialidad que traspasan a la obra y que elevan al espectador al engaño de la representación. Sobre todo, la interpretación de Gastón por Koldo Losada, inconmensurable; y la de Aitziber cuando suda y nos convence con la interpretación de la profesora entrometida.

Ángel de Andrés me convence como un inspector Flint que se ríe de sí mismo, como si nunca quisiera que acabase la representación y seguir siendo Flint en el eterno retorno del vodevil en el que participa por convicción. Porque él es un inspector de verdad, incluso cuando le rebaja Koldo Losada interpretando al encargado de la obra, a sargento; o cuando llora su desesperación inspirativa, con ese Wilt a lágrima sosegada.

Fernando Guillén inventa a Wilt, reinventa a Wilt. Porque el Wilt narrativo y cinematográfico es un personaje anodino, apocado, incapaz, pisoteado, queda oculto en las pantallas que proyectan lo que fue, y él ya es en el presente continuo del flashback el Wilt renovado. Eso le da al personaje unos matices novedosos que nunca tuvo antes y recrea la obra y la innova. Es encantador en sus gestos de admiración y sorpresa, cuando enmarca las cejas como acentos circunflejos y su silencio es conmovedor.

Ana Milán. Confieso que esperé su salida a escena para verla en escena por vez primera, con la imagen de su televisibilidad en la cabeza. Y aparece con un esplendor que llena la escena por completo, animal de escena, que me retrotrajo a la obra que ví en el 92 en Madrid, Viva el cuponazo, con Rafaela Aparicio. Y es que, como aquélla, sale a escena, te gana y quieres que siga siempre. Es más, cuando desaparece de escena, se la echa de menos, y esperas que salga ya y que vuelva a representar el optimismo expreso que su sonrisa marca y su mirada remarca. Es cierto que quieres más y no te importaría volver a repetir la experiencia de reveer la obra, por cierto.

Lo dicho, un esfuerzo de formalidad teatral que aprovecha toda la potencialidad que tiene un escenario por sí mismo y sólo revestido de la carnalidad interpretativa de los actores, geniales todos. Unos porque arman el esqueleto de la representación, los otros porque la recubren y todos al conseguir que la obra resulte novedosa, a pesar de los obstáculos de los que parten.

Absolutamente recomendable, y para no perdérsela, si quieres poder hablar de un gran acontecimiento teatral.

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SEXO EN MILÁN DE ANA MILÁN
Xoel Prado - Antúnez 20-07-2012 | 4:50 | 0

Lo confieso, lo compré para mí y justifiqué la compra como un regalo para mi mujer. Y lo fui leyendo mientras conducía, lo confieso, porque soy muy malo y me gusta saltarme la ley. Lo coloqué sobre el volante e iba pasando las páginas entre curva y curva, así se me materializaba la voluptuosidad de la propia Ana Milán entre mis manos.

Vaya, lo confieso, me alimento del optimismo que desprende Ana Milán entre sonrisa y sonrisa, y de su mirada que hipnotiza, he quedado colgado, en cada escena que interpretaba, y he resbalado por el glamour que desprendía, y así comparecía como un payaso al pie de una escala, pidiendo ayuda para ascender.

Porque Sexo en Milán es mucho más de lo que da a primera vista.

Exacto, en primer lugar se os aparecerá como un conjunto de monólogos que mueven a la sonrisa y nos proponen una suerte de gesto optimista en la comisura de los labios; y si imaginas a Ana Milán en el escenario, el mundo en el que vives se descompone a carcajadas sonoras, y emocionan a la escala rister y a su sister, pero sin riesgos, vale. Salvo caerse de un sofá a una alfombra de pura lama virgen.

En segundo lugar comparecerá ante vosotros como un libro de autoayuda, a la manera de qué quieres decir cuando dices, pero referido, las divinidades nos asistan, a un día al lado de una mujer, qué desea, que quiere que le digas, de ahí que el libro se encabece con ese programática orden/deseo, un libro de chicas que deberían leer los chicos.

En tercer lugar se presentará el libro como un recetario, pero no cualquier recetario, un recetario nada menos que de amor, y no precisamente afrodisiático. Dicho a la pata la llana: de qué se debe llenar el estómago de un amor que ya va cargado de eroticidad positiva, claro. Y allá que te van reglando los invitados de Ana, esos personajes con nombres y apellidos, y la misma Ana, recetas culinarias impagables.

En cuarto lugar se presentará el libro como un manual de amistad, que entre líneas se puede ir adquiriendo la certificación de qué es lo más importante para la autora, la amistad, una amistad que va in crescendo, y que finaliza en la presentación de la amistad más fuerte, la más anclada, la fatriarcal, la de la propia hermana sanguínea, pero sin olvidar a todas las demás, que es la propia fatría, y de la que hay sobrados ejemplos en el libro (como cameos de película) En quinto lugar es un bonito ejemplo de cómo construir un diario, a diario, no sólo porque lo que se puede o debe o se quiere escribir, sino por las grafías de las letras y los dibujos que las acompañan.

Cinco libros en un solo libro. Y además, lo podéis leer como una novela. Se trata de la historia de Ana, acompañada de sus amigos, que va contando cómo, cuándo, dónde, encuentra el amor al minuto, y por qué lo celebra  a lo grande y en lo que todo que está de más en nuestra vida, lo demás, se sostiene (y se sustenta)

Seis libros en uno, que va ya por la sexta edición, y que se sustentan a sí mismos, sin necesidad de esta recesión, desde luego. Y sin embargo, aquí la dejo, por si sirve para la amistad y para que, si cabe, se nos proporcione una segunda parte, que bien pudiera titularse “Bocaditos Milán”, y que hablase del amor al tiempo que le entramos al bocadito sagrado del tiempo de vermú, con un buen tinto y mucho tiento pero cayendo en la tentación.

JM. Prado – Antúnez

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Sobre el autor Xoel Prado - Antúnez
Obscuro como él solo sabe serlo, seductor vespertino y a veces matutino.