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Apuleyo Soto Pajares

Leyendas de María de Apuleyo Soto
Xoel Prado - Antúnez 27-01-2015 | 9:11 | 0

Soto Apuleyo, Leyendas de María, 2014, Vitruvio, Madrid (ilustraciones de Diego Coca)

La voz clara y teatral, recitativa y cantarina, de Apuleyo Soto, festiva como sólo la licencia poética permite, se reviste de la misma y nos guía por los pensamientos y la vida de María, pero a la búsqueda, a su vez, de Jesús. Unos episodios, por cierto, que no se hallan en nigún lugar, pues los Apósteles se hicieron de Cristo, sin atender a lo que crecería la figura de la Madre a lo largo del tiempo. Apuleyo se nos hace apóstol poético de la madre, y va pintando con versos claros y diáfanos, tan claros como el agua de los ríos que el discurre, a la primera discípula Real de ese Jesús de carne y espíritu.
Es cierto, mayor seguidora nunca, pues ella misma lo llevo en su seno y le dió umbilicalidad, la misma que el Jesús espíritu, paloma santa, se encaragrá de prestar a los hombres venideros que atiendan a su palabra, por encima de la muerte. Porque esa umbilicalidad no se pierde tras la muerte de Jesús – persiste hoy en nosotros. Y la María es la umbilicalidad de la umbicalidad, pura transcendencia, ¿cómo no sentirnos en ella tanto como en el hijo, si compratimos la esperanza del hijo de vuelta a la vida, de que no hay sepulcro que no sepulte?
Más alla del deseo deseante de otros poetas está esta umbilicalidad umbilical, que pone en nuestras manos las manos de Ella. 
Bonita lectura, que, además, nos traslada, al seno mismo de la madre.

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Hermanos en la urdimbre
Xoel Prado - Antúnez 25-10-2013 | 10:50 | 0

En la última edición de “Con voz propia“, preguntaba el amigo Ricardo Ruiz si la poesía tenía lugar físico, es decir, si había poesía de aquí y allá y acullá.
En ese momento, la pregunta me tomó in albis (país cercano a la poesía) y respondí cualquier barrabás – ada (líbrele el cielo que no yo) de la que además me agasajé satisfecho de ego – latra (que es enfermedad de poetas y políticos).
No dejé de personarme en la puñetera pregunta y ya de manera ultórcrata, cuando llega a las manos el buen artículo en “El Adelantado” de Segovia de quien me adelanta a la respuesta, el gran amigo Apuleyo Soto (poeta versado y barbado, como Valle y niño que juega a las palabras “pa que abras” a la vida y al humor como Quevedo), Apuleyo sin más para los amigos y para los imberbes (como yo mismo, no por poeta y sí por imberbe y Francisco Puch), que dice que la poesía es “los amigos umbilicales”. Y cómo me gana esta maravillosa, preciosa, precisa, acepción definitoria, porque hace referencia al ombligo, a la unión y alimento, al punto medio (¿también al Aristotélico?), a los manuscritos, a la conclusión, y, además, al sol y sus cuadrantes estelares.
Pero quizá me gana más, querido Apuleyo, porque me retrotrae a otra palabra que degusto siempre “urdidumbre”, palabra que traduce la platónica “Symploké” que es la manera en la que se encontraban las ideas.

Y es que los poetas también están en Symploké, interunidos, intertejidos, entretejidos, entreverados (adivinos del desorden, sospechosos del caos), entremetidos y entremezclados, siempre relacionados, interrelacionados y siempre en la necesidad de expresar dicha relación.
Pero dudo que la tal urdimbre constituya una patria, más bien, como dice Osés, una fatría (y cabe Fermín, Tino, Oscar, Heliodoro, Eliseo, Izarra, Bouza, Villalmanzo, Alberto y hasta los que se autoexcluyen a la últimidad por divinos) y como quiere Octavio Uña, de comunicación.
Gracias a Apuleyo, dasdas le sean, le respondo a Ricardo Ruíz que la poesía es la fatria para los hermanastros en urdimbre y ese es su lugar, su único lugar
Lo demás, poesía hispánica, gallega o comanche son sólo desafortunadas expresiones de la nostalgia del tradicionalismo y hasta más propias del psicoanálisis cultural.

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Apuleyo Soto Pajares
Xoel Prado - Antúnez 09-07-2013 | 12:33 | 0

La última visita a las hoces del río Duratón. Esa larga senda hacia la ermita de San Frutos que recorro para desconectar de la mundanal conversación, pétrea política. Una senda de polvo y piedras que recorro en un siglo. La entrada a la ermita, un puente estrecho que vertebra dos rocas y un abismo, que realizó al espada de San Frutos. La salida de la ermita, hacia un cementerio de un único morador. Tras el cementerio me siento, solo, y observo la curva de ballesta del río Duratón, esas curvas de poeta.

Poeta, pienso la palabra y enseguida me viene a la mente un nombre. Apuleyo Soto Pajares. Apuleyo. Apu. ¡Qué gran tipo! Aquí desde las hoces del río que él describió, recuerdo el día en que lo conocí. Lectura poética de uno de mis maestros preferidos, Octavio Uña, que me pidió que lo acompañara. Octavio me presenta a Apuleyo y éste hace que me sienta como de su familia, con esa sonrisa de pipa de fumar que no es pipa de fumar, con su voz seductiva y cóncava, que te arrastra hacia su alma, y ese abrazo segoviano, frontal y severo. Escrutador. La amabilidad labrada en cada pliegue de la piel. Más, en su palabra, mágica, teatral, prestidigitativa, transmutante. Como un chamán, crea el ambiente donde nos conducirá a todos, magnetismo de la palabra, labrantíos versiculares, hay unidiverso converso.

Curioso resulta que con Octavio conocí el corazón de este gran hombre, de esta bella persona, de este inigualable poeta de grandes niños, y con Octavio supimos que aquel corazón también fallaba. El fallo se llamó cuatro baypass. Pero como la palabra fuerte, su fuerza, sus ganas de vivir, su tesón y entrega a la naturaleza apalabrada, le retornó entre nosotros, y lo celebramos. Vaya si lo celebramos.

Entre la primera y la última vez que nos vimos, ha representado los amores del Acipreste por las montañas del Guadarrama, en las mismas montañas del Guadarrama. Ha editado los libros de Pepín Pepino, con fantasma incluido y el miedo, vencido. Y el viaje por el río Duratón, y por el Riaza y, ahora por el Cega. A pie, Apu, y con solo la palabra ante la naturaleza. Y sus libros de poemas en la memoria, que no es usura, sino despliegue de sabores y amores.  Y esos poemillas que nos manda para rememorar nuestra amistad a todos, poemillas sinceros con palabras simples, con rimas de cancioncillas veraniegas.

Apuleyo Soto Pajares, en la SEK, mostró la literatura, más allá de un poema o de una novela, la literatura con mayúsculas. Y nos enseño el camino para no ser escritores, para liberarnos de toda palabra, para alcanzar la naturaleza. Porque si en algo consiste la literatura, según creo haberlo aprendido de él, es andar por los senderos naturales en silencio y con la palabra presta, aguardada. Nos mostró la literatura a través de su palabra, que presentaba ante nosotros, birlibirloque, un día al mes durante nueve meses, a un verdadero valedor de la palabra, para que nos desconociéramos todos al instante.

Perdidos en su sonrisa, perdidos en su semblante, hallados en el interior de su pipa, que no es una pipa, por supuesto. Es humo, como nosotros. O somos nosotros.

Hoy, aquí, solo, frente a la curva de ballesta de los poetas que han cantado a Castilla monótona, Apuleyo está conmigo y yo con él. Supongo que el trabajo de tantos años merecería una recompensa grande, algo que le diesen todos castellanos, y los que no lo son. Pienso, que este amante de la palabra, que nos desviste y nos reviste con ella, merece la consideración de todos. Por ello, me gustaría proponerle, aquí, solo, en la naturaleza, en las hoces del Duratón, para el premio Castilla y León de las letras. Si es que mi voz vale en algo, y mi palabra.

Apuleyo Soto Pajares, sencillez, prestancia, pulcritud, palabra. Y un amigo.

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Sobre el autor Xoel Prado - Antúnez
Obscuro como él solo sabe serlo, seductor vespertino y a veces matutino.