El Norte de Castilla
img
Etiquetas de los Posts ‘

Rufus T. Firefly

Ácido a quemarropa: Rufus T. Firefly
Xoel Prado - Antúnez 30-12-2017 | 10:44 | 0

Foto de Manuel Prado Andueza

Foto de Manuel Prado Andueza

En Leon capital, la recorrimos por el centro campamental de sus murallas inexistentes mientras aguardábamos al inicio del concierto de Rufus T. Firefly, el cuarto al que acudíamos – la verdad es que los otros tres ocurrieron en el mismo lugar Sonorama. En esta ocasión y por sorpresa, actuaba de telonero del bolo Kill Aniston, al que vimos teloneando a Shinova y Correos, en La Colmena Musical. León donde la noche se echa despacio sobre la urbe porque la protege la magia y un cielo estrellado antes del manto de estrellas del universo – y desde el jueves, con el universo de milagros lisérgicos de Rufus.

El local “El gran café” de León se queda pequeño para acoger a los incondicionales de esta banda y a sus nuevos seguidores. En un espacio que se agrandará en cuanto comiencen a sonar los primeros acordes incólumes y que  transmutan a quien los absorbe.  Trasmutan porque traspasan a nuestra sangre todo lo que se esmera Victor en img_20171228_224327transmitir de viva voz en cada concierto – la Naturaleza, el Arte y el Amor, como valores consustanciales a la persona humana. Y tan olvidados en estos tiempos neoliberales, donde lo único que nos dan son datos macroeconómicos y generalidades democráticas.

Foto Manuel Prado Andueza

Foto Manuel Prado Andueza

Tras la actuación de Kill Anistton, a quien dedicaremos otro de estos artículos ahora que ha volado a Ciudad de México, salieron al escenario los músicos de la banda y hasta el propio Rufus T. Firefly. La cercanía era tan fuerte que daba una calidez especial al concierto y una candidez conmovedora a cada mirada cómplice entre los acordes de las canciones y el público.

Se abre el concierto como siempre, con esa ruptura del espacio y el tiempo que explica el rasgado de la guitarra de Víctor y las baquetas felinas de Julia y que despierta hasta al bosque muerto, envueltos por el resto de la banda, que los subraya de una manera diabólicamente parsimoniosa y que nos lanza a un vértigo reconocible de viaje trip-tico. img_20171229_000033-2Navegando por los acordes de la música, como senderos de pasos agrandados por la inmensidad del universo, habilitados en el espacio permanente de aquella pequeña sala de conciertos, que ya no está en León sino en plena naturaleza, en la inmensidad de la mente del artista, en el corazón universal del amor libre.

Una liberación instantánea de la dificultad de la vida diaria, de la negación de nosotros mismos para desarrollarnos; una nebulosa donde la vida se desprende en un jade iridiscente, un aullido de lobo que marca el límite de lo ilimitado, donde el agua se hace amor; una constatación de que a pesar de encontrarnos a mil millas de estar bien, siempre queda algo de esperanza de que se produzca el milagro del cielo de Granada; la notas se esparcen por la sala como besos eternos desprendidos del humo azul: la mirada infinita que protege de la protección. La necesidad de romper con la culpabilidad de sentirse culpable.

Antes de entrar en el corazón de la magnolia, como un lapsus psicoanalítico, volvemos a Nueve, como quien traspasa las fronteras de la naturaleza a través del arte para preguntarnos su hasta ahora hemos sabido oír.  Nos dice que no es tarde para amar la Naturaleza a través de la desobediencia que nos procura el arte. Nos obliga a reconocer que podemos despertar al bosque muerto asumiendo que hay que reírse del vértigo y reivindicar algo, aunque sea las ruínas, incendiándolas.

Hay que ver más allá.

En el corazón de la magnolia, donde se provoca la pequeña luz de la duda y la respuesta en nuestra corteza cerebral. La segunda pmgarte del concierto como una disección del corazón de la magnolia, con bisturí de baquetas desenfrenadas, que consiguen que queramos tanto a Julia. Es Julia la que ahora domina la escena, la que gobierna el lado oscuro de la luna, la que consigue que explote el corazón del desierto en una luminosidad de magnolias. Esa eclosión de magnolias es el nuevo despertar en la nebulosa jade, que se produce en cada golpeo de las baquetas de Julia, que golpea en la oscuridad y la torna brillante. La Magnolia se abre y todo el amor se desborda como un salto de agua que desenreda horizontes y agrieta desiertos y culpabilidades.

Más allá, en el interior del corazón de una magnolia.

Y que San Albert Hoffman les guíe en este viaje, porque el concierto no finaliza jamás – un viaje infinito.

 

 

Ver Post >
Rufus T. Firefly: Magnolia lisérgica
Xoel Prado - Antúnez 15-08-2017 | 11:20 | 0

Rufus T. Firefly es una banda musical que he topado en Sonorama 2017. En realidad, en el transcurso de un viaje les escuché en una entrevista más que serena en Radio 3, realizada en Aranjuez, pero no pude prestar la atención debida porque iba conduciendo, camino de casa. De todas maneras, pude captar una canción que tenía su sustrato en una película de animación titulada Mi vecino Totoro. Me gustó la canción, aquel grito “que el bosque muerto, despierte” me captó la atención. Pero volvamos a Sonorama y al escenario desperados, donde ha acabado su actuación Amaro Ferreiro y se afanan los del cuerpo técnico en montar la parafernalia musical del próximo grupo, Rufus T. Firefly.

Pongamos que el cuerpo técnico ya lo ha montado todo y que los del grupo prueban instrumentación y que una chica en la primera fila grita por Víctor, que se afana en su hacer. La batería queda a un lado, el derecho y fuera de tarima. Allí todo el mundo, que es la chica de la primera fila, llama por los miembros del grupo, pero uno desconoce totalmente a los mismos. En fin, espero que se inicie el concierto, porque me gustó, como ya dije, la canción Tsukamori.

Hete aquí que el chico llamado Víctor y que no se enteró nada absorto en claves y clavijas de las veces que la llamó la chica de la primera fila, se puso la guitarra como quien se pone una luciérnaga y el aire se llenó de una repetitiva pincelada de color de una nave espacial nocturna y cuando llegaba a su culmen, las baquetas marcaron una a la otra el ritmo y la mano de Víctor rasgo la noche continuamente con las manos de Julia (me lo han chivado la chica de la primera fila) repiqueteando con sonoridad amorosa en su batería. Suenan las primeras notas de Tsukamori y nadie sabe cómo, pero todo el mundo (incluso yo) estamos inmersos en una sonoridad hipnótica que conforma la elipse que va de las manos de Víctor a las manos de Julia, elipse en la que confluyen con líneas de profundidad los otros tres miembros de la banda. No sé si caerá sobre mí la inmensidad, pero sí caerá una invitación perfecta a perderme en esas notas hipnóticas donde enseguida uno no se pierde, sino que se gana. Sobre todo, cuando llegamos conjuntamente al estribillo, que el bosque muerto despierte.

El resto de las canciones que fueron desgranando del magnolio que crecía en el escenario, persiguieron esa tónica hipnótica que emanaba emergente de las manos de Julia, que a partir de ese momento concitaron la totalidad de mi atención, porque sus rítmicos dedos dirigían la corriente del río, el halcón en su vuelo o al cisne negro. En ese momento caes en la cuenta de que hay una celebración antigua en todo este entramado de canciones, la naturaleza presocrática, como elemento creador y organizador de la Vida en su conjunto; el amor, como cura posible de la herida, como elemento afectivo que sirve para a comprensión de la conciencia del otro, y el arte, que innova creativamente sobre la naturaleza y el amor. ¡El arte como innovación!

Vaya, música y reflexión al mismo tiempo. De repente caigo en la idea de que esta música es algo diferente de los hits que buscan los músicos. Una canción con una melodía pegadiza y triunfante que no se despegue de la consciencia de los individuos que escuchan. Esta música se diluye directamente bajo la lengua y va serpenteante por la totalidad el cuerpo a la búsqueda del inconsciente, y que Jung nos ampare, en este momento la música se conformaba como el supuesto inconsciente colectivo del que todos sorbemos nuestra energía: inmiscuidos en un proceso iniciático. Allí, en el parque del General Gutiérrez, restablecedor de soberanías, sobre el escenario desperados, que es aquello que se busca vivo o muerto, asistimos a la epifanía de la energía que se da como alimento. Y se crea una urdimbre nada metafísica que pide vive, sobre todo vive, entre todos los asistentes al concierto y los músicos, sobre todo con la encarnación de esa urdimbre, las manos de Julia.

Esta banda tiene un interés terrible, y ya. Básicamente por su autenticidad. Una música auténtica que refleja la autenticidad de los que la componen. Autenticidad es creatividad y superación. La creatividad viene dada porque es evidente que debemos realizarnos a nosotros mismos, que es la manera de ser libres. Define la música de Rufus T. Firefly la libertad absoluta, con ausencia de temporalidad, siendo capaces de afrontar la realidad mundana y decidir qué es lo que queremos y qué es lo que no. En este caso los recuerdos gratos, y modifican la realidad de quien escucha, porque le obligan a reconocer sus buenos recuerdos de igual manera. Una música que nos integra en la misma para reconocernos. De verdad, hace mucho tiempo que no existía una propuesta de tal exigencia en el mundo musical. Hemos asistido a la degeneración más absoluta de la música, hasta rebajarla a ser imitación o réplica unos de otros, sin que hubiera verdadera autenticidad en lo que los músicos hacían. Aquí, sin embargo, tenéis una música que quiere ser transcripción del ánima del mundo, naturalidad de la realidad vivida, propiedad del ser humano. Por eso, no encontrareis en la misma hits de reproducibles melodías, pero sí rotundidad y claridad de la propia existencia.

Y la continuidad, porque las canciones no son independientes, sino que son entre ellas urdimbre, que es lo que pretenden crear. Una continuidad contigua que pone en contacto músicos y a los escuchantes, de tal manera que estas notas que son eco del mundo, entestan a todos, unen. Una música inmediata, que no necesita de otro elemento para ser entendida. Es importante entender que la propia música no necesita de nada para entenderla, que es ella misma la que centrifuga a quien la oye a través de las manos de Julia.

Por supuesto, la música posee una belleza lisérgica. Así la han definido los propios músicos, pero se han apresurado a establecer que es un lisercicidad buena, de viaje querido y con los buenos recuerdos por delante; y no un mal viaje, establecido sobre la base de una sobredosis de lisercicidad.

El buen viaje consiste en un levantamiento del ánimo sobre la base de recorrer la naturaleza, lo cual supone una realización personal. Deberíamos comenzar a educar por aquí: la vida no consiste en acumular cosas ni gente, sino en realizarse junto a ellos, Por eso definimos mal hasta el amor. Toda definición está fundada en la acumulación y no en la comprensión – y el amor es comprensión de la conciencia del otro, que es precisamente lo que pide la música de Rufus T. Firefly. Un incremento de la percepción sensorial, lo que supone una mayor sensorialidad en el arte (y en el amor y viceversa) y de esa manera integramos hasta las cosas más insignificantes con las más agradecidas, con las más relevantes, en un totum revoluntum, en una acraticidad permanente. Y en esa acriticidad nos sentimos todos complementarios, sin que nadie sobre.

Es inusual esta propuesta en la música española y por eso es original, muy original.

Ver Post >
Sobre el autor Xoel Prado - Antúnez
Obscuro como él solo sabe serlo, seductor vespertino y a veces matutino.