img
Etiquetas de los Posts ‘

Sonorama

Sonorama es Fest
Xoel Prado - Antúnez 01-11-2017 | 4:58 | 0

Es indudable que Sonorama tiene el reconocimiento más importante que es el del público que asiste a sus escenarios y los artistas que llenan el aire de Aranda del Duero de las notas eclécticas de su música y las parafilias diversas en sus letras. Es un nudo de Moebius (los giordanos hace tiempo se solucionaron en Sonorama) El que le concedan el premio Fest al mejor festival de gran formato y a la mejor aportación turística, es importante porque es el reconocimiento de un agente externo que valora los festivales.

Que Sonorama haya ganado en estas dos categorías viene a decir a las claras cuál es la esencia de este festival musical que cualquier ciudad hoy quisiera para sí. El Sonorama es un gran festival y un Gran Festival, porque es grande y Grande.

El primer grande hace referencia a en cuántos días se desarrolla el festival.

El segundo Grande es interesante porque nos explica que su grandeza es la familiaridad que anida en el mismo. No es un festival de músicos en el escenario y gente de aquí para allá alocadamente, sino que músicos y los grupos de personas se encuentran por las calles, se topan en cada esquina y comentan cada uno de los conciertos, y grupos de gente de diversidad geográfica y cultural, desde La Coruña asta Gibraltar, de Lisboa a Perpiñán, de Suecia a Tombuctú, se prestan los unos a los otros las sonrisas, como si todos ellos tuvieran una ascendencia común, sólo una, la música. Sólo coincidencias glorificadoras de origen y hermandad en la música. Sin diferencias de clase, condición, entremezclados, fluyendo líquidos por las arterias de Aranda de Duero. La vida es líquida en esta Villa en los días del Sonorama. Sólo coincidencias absolutas y hermandad en la música. Comadrazgo, compadrazgo, sobrinazgo, consanguineidad, una alianza de afinidades sobre una única realidad papable, la música. En este mundo donde la vida es líquida y todos formamos parte de ese líquido que recorre las arterias de Aranda de Duero y la repleta de vida, todo es doméstico, hogareño, intestino, originario. Tan originario que resulta pulcro y farmacopea: sin miedo al fracaso ni al dolor ni a la muerte ni a los dioses. Una vida libre. Fijaos si es Grande este grande.

Le dieron igualmente el premio al festival que mejor aportación turística realiza. Mejor aportación turística porque concita en sus arterias nada constrictoras la sangre transfusionada de mil lugares geográficos distintos. Unas oleadas de bienvenidos familiares de la música se concitan en los lugares al efecto para que se reaviven. Un proceso de retroalimentación, aquí los que llegan al festival vienen a construir un mundo, como parte del clan que son, a dar noticia de su linaje, pero también a revivir por extracción dinástica. Como aquel mundo celta donde las tribus se reunificaban en el lugar sagrado de Lug para elegir a la Reina de todos los Celtas, así Aranda se convierte en el lugar sagrado de la música, pero no para elegir al rey por un año, o también, sino a revivificarse con la misma. Ese proceso de retroalimentación se lleva a cabo con los dos elementos más básicos de la tradición naturalística: el pan y el vino.  Hijos de la tierra madre, resucitan cada cual, en su momento anual, pero en el Sonorama ambos están a disposición de cada vástago que enlaza con el vínculo telúrico de la madre naturaleza.  Sobre todo, el vino.

Como observaréis si os allegáis a este cognaticio festival rey de notas de guitarra y heraldo de las voces de laurel y esplendor del pop rock español, todo es entronque, en las calles y avenidas y en su recinto de los festivales, y no os sentiréis agnaticios y sin linaje que os ampararán de seguro los. Veréis que se le otorgaron dos de los premios con justicia por los méritos propios, pero que pudieran ser todos en su conjunto.

Sonorama no limita, sino que expande; y no finge, sino que ayuda a revertir el ánima y reventar la calumnia, a corromper lo corrupto y a que te sepas a salvo bajo la vestidura sin artificios de la resolutiva música que todo lo diluye – hasta la más afectada de las famas.

Sonorama es la vida de rodilla en rodilla, la libertad que alimenta de facilidad y de desenredos al ánima que lo precisa y se acerca a sus orillas. Lo dijimos, esos días todo es flujo, todo es líquido, todo es esencial. Hasta el punto de que pudiéramos conferir al Sonorama el apellido que lo faculta, Sonorama del Duero.

 

 

 

 

 

Ver Post >
Villanueva en Le Club en un zoo para todos
Xoel Prado - Antúnez 25-10-2017 | 8:09 | 0

Sucedió el sábado en la noche, como en las canciones malditas de los años ochenta, un acontecimiento exultante y cuasi angelical. Este sábado pasado para ser exactos y en lugar de Le Club, en Aranda de Duero.villanueva

Ardientes las notas de las canciones se van desgranando en las letras que la voz agradable de Villanueva rasga en el aire como bombas nucleares: nos obliga a aceptar que estamos sentados saciados sobre bombas nucleares a un lado y al otro del mundo y sobre la barra del bar y sobre todo, en un acto de total erotismo mortal y de ebriedad, nos impele a hacer consciente el hecho de que no estamos bien, que debemos estallar de esta esclavitud que nos envuelve y nos revuelve en el patetismo de lo cotidiano.

Es un golpe inevitable al que tenemos que entregarnos y que nos inflamará, nos hará palpitar, pero no debemos permitir que nos deje indiferente. Las flores son lo nuestro, las mentiras nos abrasan, exploran nuestra ceguera. Mejor ebrios que cautivos.

Villanueva con su hacer acústico se acerca al público expectante, que es bastante, y con ellos quiere fundirse en un solo ser – hacerles partícipes de su combatir la locura de los errores que se cometen cuando no se dice ni una sola palabra. Tristemente el tiempo lo gastamos en extrañar en vez de tratar de arder pasionalmente en un erotismo emocionalmente paróxico.zoo1

Tomemos en convite un chupito.

Villanueva se entremezcla con el público excitado en el entusiasmo al que desborda en su voz palpitante de cantante ebrio y voraz en el ámbito de la absoluta espontaneidad. Esta mezcolanza con el público no es algo artificial y rebuscado desde una contranaturalidad generada por compases del tres al cuarto en un ordenador. Al revés, comparece en el concierto como algo congénito a la voz que riega el aire con una esencialidad regular y franca. Una voz nativa, que con una ingénita candidez inocula la afabilidad en el oído del que escucha. Una voz de una pureza sincera que esparce familiaridad entre los asistentes, como si todo fuese un sortilegio para transmutar aquel espacio de esparcimiento en su casa genuina y a todos los asistentes, en seres de su natío.

Villanueva con toda la naturalidad del mundo, abiertamente, a guitarra armado, genuino e instintivo, va vaciando su franqueza de satisfacción ingénita que no precisa, no mandarines de la artificialidad, de meterse en teologías. No, no se meterá en teologías, pero bien que es capaz de hacer la conversión de ese espacio de esparcimiento en el jardín de las delicias. Y aguarda que lo acompañemos como seres camaleónicos que nos descubre, en su picnic en este suelo repleto de pasos dados y perdidos, de ritmos seguidos y guardados.

Todo el mundo lo pasa bien entre los juegos de este equilibrista que salta caseramente e ingenuo del borde de la barra del bar, al abismo de miradas que aletean entre las cuerdas tensadas de su guitarra icástica.zoo

Inmersos en el baño de su sudor natátil, nos vamos yendo por el mar de Vigo flotando, flotando, sin rubias del montón ni gente disfrazada, todo el mundo a la pata la llana, a calzón quitado, sin salvavidas en su mundo de equilibrista sin red.

Y por si esto no fuera suficiente, nada es suficiente en realidad, ni siquiera el mundo, y lo sabía Bond, y Villanueva también acierta en su certeza, hace que nos muerdan sus canciones y nos sienta en el suelo con calma. Y comparece Sean Frutos, que se sienta, y acompañados de toda nuestra expectación y silencio respetuoso, se convocan divinos a un dúo, acompañados por la maestría ceremonial de Javier Ajenjo. Suena casi a capela, la voz de Sean, la voz de Villanueva, emborrachándonos a los asistentes de un erotismo vacío de imperfecciones. No hay peccata minuta.

Y desbordados de diferencia y optimismo fraternal, nos acompañamos con sinceridad para vencer el erial y el tedio que la vida nos da entre Sonorama y Sonorama. Menos mal que nos queda Le Club. Y Villanueva. Y Sean. Y Ajenjo. Y nuestra alegría como vestidura. Y sin nostalgias, porque nunca es la última. ¿Verdad?

 

 

Ver Post >
Rufus T. Firefly: Magnolia lisérgica
Xoel Prado - Antúnez 15-08-2017 | 11:20 | 0

Rufus T. Firefly es una banda musical que he topado en Sonorama 2017. En realidad, en el transcurso de un viaje les escuché en una entrevista más que serena en Radio 3, realizada en Aranjuez, pero no pude prestar la atención debida porque iba conduciendo, camino de casa. De todas maneras, pude captar una canción que tenía su sustrato en una película de animación titulada Mi vecino Totoro. Me gustó la canción, aquel grito “que el bosque muerto, despierte” me captó la atención. Pero volvamos a Sonorama y al escenario desperados, donde ha acabado su actuación Amaro Ferreiro y se afanan los del cuerpo técnico en montar la parafernalia musical del próximo grupo, Rufus T. Firefly.

Pongamos que el cuerpo técnico ya lo ha montado todo y que los del grupo prueban instrumentación y que una chica en la primera fila grita por Víctor, que se afana en su hacer. La batería queda a un lado, el derecho y fuera de tarima. Allí todo el mundo, que es la chica de la primera fila, llama por los miembros del grupo, pero uno desconoce totalmente a los mismos. En fin, espero que se inicie el concierto, porque me gustó, como ya dije, la canción Tsukamori.

Hete aquí que el chico llamado Víctor y que no se enteró nada absorto en claves y clavijas de las veces que la llamó la chica de la primera fila, se puso la guitarra como quien se pone una luciérnaga y el aire se llenó de una repetitiva pincelada de color de una nave espacial nocturna y cuando llegaba a su culmen, las baquetas marcaron una a la otra el ritmo y la mano de Víctor rasgo la noche continuamente con las manos de Julia (me lo han chivado la chica de la primera fila) repiqueteando con sonoridad amorosa en su batería. Suenan las primeras notas de Tsukamori y nadie sabe cómo, pero todo el mundo (incluso yo) estamos inmersos en una sonoridad hipnótica que conforma la elipse que va de las manos de Víctor a las manos de Julia, elipse en la que confluyen con líneas de profundidad los otros tres miembros de la banda. No sé si caerá sobre mí la inmensidad, pero sí caerá una invitación perfecta a perderme en esas notas hipnóticas donde enseguida uno no se pierde, sino que se gana. Sobre todo, cuando llegamos conjuntamente al estribillo, que el bosque muerto despierte.

El resto de las canciones que fueron desgranando del magnolio que crecía en el escenario, persiguieron esa tónica hipnótica que emanaba emergente de las manos de Julia, que a partir de ese momento concitaron la totalidad de mi atención, porque sus rítmicos dedos dirigían la corriente del río, el halcón en su vuelo o al cisne negro. En ese momento caes en la cuenta de que hay una celebración antigua en todo este entramado de canciones, la naturaleza presocrática, como elemento creador y organizador de la Vida en su conjunto; el amor, como cura posible de la herida, como elemento afectivo que sirve para a comprensión de la conciencia del otro, y el arte, que innova creativamente sobre la naturaleza y el amor. ¡El arte como innovación!

Vaya, música y reflexión al mismo tiempo. De repente caigo en la idea de que esta música es algo diferente de los hits que buscan los músicos. Una canción con una melodía pegadiza y triunfante que no se despegue de la consciencia de los individuos que escuchan. Esta música se diluye directamente bajo la lengua y va serpenteante por la totalidad el cuerpo a la búsqueda del inconsciente, y que Jung nos ampare, en este momento la música se conformaba como el supuesto inconsciente colectivo del que todos sorbemos nuestra energía: inmiscuidos en un proceso iniciático. Allí, en el parque del General Gutiérrez, restablecedor de soberanías, sobre el escenario desperados, que es aquello que se busca vivo o muerto, asistimos a la epifanía de la energía que se da como alimento. Y se crea una urdimbre nada metafísica que pide vive, sobre todo vive, entre todos los asistentes al concierto y los músicos, sobre todo con la encarnación de esa urdimbre, las manos de Julia.

Esta banda tiene un interés terrible, y ya. Básicamente por su autenticidad. Una música auténtica que refleja la autenticidad de los que la componen. Autenticidad es creatividad y superación. La creatividad viene dada porque es evidente que debemos realizarnos a nosotros mismos, que es la manera de ser libres. Define la música de Rufus T. Firefly la libertad absoluta, con ausencia de temporalidad, siendo capaces de afrontar la realidad mundana y decidir qué es lo que queremos y qué es lo que no. En este caso los recuerdos gratos, y modifican la realidad de quien escucha, porque le obligan a reconocer sus buenos recuerdos de igual manera. Una música que nos integra en la misma para reconocernos. De verdad, hace mucho tiempo que no existía una propuesta de tal exigencia en el mundo musical. Hemos asistido a la degeneración más absoluta de la música, hasta rebajarla a ser imitación o réplica unos de otros, sin que hubiera verdadera autenticidad en lo que los músicos hacían. Aquí, sin embargo, tenéis una música que quiere ser transcripción del ánima del mundo, naturalidad de la realidad vivida, propiedad del ser humano. Por eso, no encontrareis en la misma hits de reproducibles melodías, pero sí rotundidad y claridad de la propia existencia.

Y la continuidad, porque las canciones no son independientes, sino que son entre ellas urdimbre, que es lo que pretenden crear. Una continuidad contigua que pone en contacto músicos y a los escuchantes, de tal manera que estas notas que son eco del mundo, entestan a todos, unen. Una música inmediata, que no necesita de otro elemento para ser entendida. Es importante entender que la propia música no necesita de nada para entenderla, que es ella misma la que centrifuga a quien la oye a través de las manos de Julia.

Por supuesto, la música posee una belleza lisérgica. Así la han definido los propios músicos, pero se han apresurado a establecer que es un lisercicidad buena, de viaje querido y con los buenos recuerdos por delante; y no un mal viaje, establecido sobre la base de una sobredosis de lisercicidad.

El buen viaje consiste en un levantamiento del ánimo sobre la base de recorrer la naturaleza, lo cual supone una realización personal. Deberíamos comenzar a educar por aquí: la vida no consiste en acumular cosas ni gente, sino en realizarse junto a ellos, Por eso definimos mal hasta el amor. Toda definición está fundada en la acumulación y no en la comprensión – y el amor es comprensión de la conciencia del otro, que es precisamente lo que pide la música de Rufus T. Firefly. Un incremento de la percepción sensorial, lo que supone una mayor sensorialidad en el arte (y en el amor y viceversa) y de esa manera integramos hasta las cosas más insignificantes con las más agradecidas, con las más relevantes, en un totum revoluntum, en una acraticidad permanente. Y en esa acriticidad nos sentimos todos complementarios, sin que nadie sobre.

Es inusual esta propuesta en la música española y por eso es original, muy original.

Ver Post >
Sobre el autor Xoel Prado - Antúnez
Obscuro como él solo sabe serlo, seductor vespertino y a veces matutino.