img
Ocho apellidos vascos
img
Xoel Prado - Antúnez | 06-04-2014 | 11:15| 4

No queda más remedio que encaminarse al cine a verla, tanto es el innúmero número de opiniones en controversia que ha suscitado “Ocho apellidos vascos”. Nada más llegar al cine me aclaro de lo que consigue toda esta controversia, el cine está a estallar, como no lo había visto desde mediados de los ochenta. Una sola entrada para el espectador que venga sólo, que voy a ser yo, claro, los que me preceden son cuatro. Mientras me dirijo a quien corta la entrada y a la sala, repaso en mente las criticas leídas, desde la de Zarzalejos hasta la última de David Torres, pasando por la de Ana Talletxea o Mikel Insausti, sin olvidar, claro la del Raúl del Pozo. Unos se quejaban de que la película era una serie de topicazos intoxicadores de la realidad verdadera de Euzkadi, y otros de que era rematadamente pronto para objetivar a los abertzales como héroes de un chiste sin humillar a las víctimas; los pocos hablaban del humor como elemento corrosivo de la realidad y lo psicológicamente rupturista que resulta en este caso particular. Ninguno ha hablado de la cinta en sí mismas sino e del reflejo distorsionado de sí mismo que le ha provocado la cinta. Y está bien, eso quiere decir que la película que me animo a ver en este instante es al menos y como mínimo transgresora.

Se apagan las luces, se inicia la película y ya, de pronto, me decepciono. No hay nada de lo escrito por tanto intelectual sagaz del abertzalismo esencial ni del españolismo asocial, sino, vaya, una simple comedia americana donde un chico encuentra una chica, la pierde, la recupera, la vuelve a perder y la recupera al fin. Revestido este esquema de toda la realidad cinematográfica mundial con la realidad del topicazo del elenco chistoso español. Cuidado, no se reviste el esquema con la realidad efectiva vasca ni menos, con la andaluza, sino con la realidad idealizada de forma deformante en el chiste grosero. No en balde la película se inicia con el protagonista del metraje contando esos chistes de gracia grosera en el escenario del escenario del film y la protagonista reaccionando de manera grosera en el film estoqueando con los mismos chistes. La imagen de este inicio lo marca Aitziber Garmendia, euskaldún a la que le pesa la peineta marmórea.

Este enfrentamiento inicial lo enfría el sexo. El sexo inexistente claro, porque la bebida Lago, que pudiera pasar por navarra por su poco culo y su espalda cargada al dormir, se ronca, rocosa. Y cuando se despierta, se larga. La hemos perdido, Rovira.

A ganarla se va a una Euzkadi que se transgrede a sí misma, y se deforma en espejo deformante. La Euzkadi de Vaya semanita, el programa de la ETB, capaz de acabar con los mitos sacrales de montes y relatos  Aitoricos. Os digo esto, porque está por ver que en un pueblo guipuzcoano todos sus habitantes tengan coches con matricula de Bilbao, por Dios. Y Rovira va a ganarla y ganarse a sí mismo, claro. Porque entra en Euzkadi con la versión negra y negativista en la mirada y sale de Euskadi, cuando pierde por enésima vez a la chica “morroska de Zestona”, con la mirada limpia de prejuicios y más amor que nunca; de la misma manera que le ocurrirá a Lago, cuando vaya a recuperar a Rovira en calesa y los del Río palmeando.

Y es que el film debiera servir para esto, principalmente, para que todo el mundo limpiara de prejuicios las gafas empañadas con las que nos amparamos al mirar la realidad efectiva. O dicho de otra manera, que quizás todos estemos viviendo en el tópico del chiste y tememos perder esa realidad del topicazo, por no enfrentar al otro y su vida. Pero hasta Koldo lo logra, a través del amor y el sexo, con la cacereña y aprende que un tricornio también es un cenicero. Koldo, el personaje interpretado por Karra Elejalde, iniciador de estas desmitologizaciones de lo vasco y lo gallego en la fantástica Airbag. Por cierto, que se merece un Goya por su comedida interpretación del Gargantúa bilbaíno trasladado a Guipúzcoa, es decir, de lo desmedido absolutizado. 

Una comedia americana revestida de la realidad desmedida del tópico regionalista español, que ha de servir para limpiar la mirada prejuicial de muchos sin ensuciar la de nadie. Y lo logra, porque en un cine de Valladolid se ríen las gracias, no del tópico sino las de desmitoligización del tópico y se aplaude, efusivamente, a final de la representación.  

Buscar más allá de esto, evidencias de desafuero políticos, o de cualquier otra índole, marca sólo la visión prejuicial a la que está siendo sometida una pura comedia, eso sí, con un par de toques Lubitsch.

Por cierto, uno de los personajes que nos habla a las claras de esa necesidad de la desmitologización es el del aitite Ignacio. Él como conocedor de la verdad de la mentira que se lleva a cabo, no se niega a celebrarla, pero se alegra de que no se celebre. Pide, que la realidad que hay que celebrar sea la realidad efectiva sin mitologías de ningún lugar. 

Que quizá es por lo que nos gusta a todos esta comedia sin lugar, utópica.

 

Ver Post >
Todos los buenos soldados de David Torres
img
Xoel Prado - Antúnez | 20-03-2014 | 19:37| 3

He leído hace ya algún tiempo la novela Todos los buenos soldados de David Torres, publicada por Planeta y no me he puesto a escribir nada hasta hoy, porque he preferido que latiera la novela en mi interior, hasta que pasará la conmoción que genera su lectura. Me conmocionó, sí, esa es la palabra, esta historia tan breve en el tiempo de su desarrollo como larga y conflictiva en la memoria que la guarda. He leído doscientas ochenta y dos páginas repletas de peticiones de reconocimiento que exigían unos personajes sentían desesperadamente ninguneados a pesar de que se esforzaban contra los elementos en construir un tiempo heroico en la salvaguarda de la esencia hispánica, recuperar el honor invadiendo otros mundos y que estén en éste, por supuesto. 

Esta historia de recuperaciones esencialistas tiene lugar durante la guerra del Sidi Ifni, guerra del que tengo una imagen triste y una palabra declarativa. La imagen triste es la de Ahí va otro reculta, José Luis Ozores de héroe increíble al tomar una loma; y la palabra declarativa es la de mi propio tío, que siempre afirmo apodíctico que él hizo la guerra del Sidi Ifni, con todas las letras, pero el mundo en general a su alrededor confirmaba que aquella guerra “cebolleta” no consistió sino en un ejercicio paracaidístico.

En este contexto negado y renegado, se va a desarrollar una historia de relaciones chusqueras. Una hermandad de mandos chusqueros que, como siempre, ocultan sus verdaderas relaciones bajo la patriótica divisa de todo por la patria. Una historia que se cuenta de una manera azarosa y amable, cuyo inicio rememora ese recluta con niño que se encuentra con el mando más amable del ejército, que sin duda le ayudará a pasar los malos tragos o así lo intuimos, y, muy al contrario, este mando fuera de la escala de mando, será el quicio que lo explique todo pero desquicie a su vez esta historia. Un cambio de rumbo continuo de unos personajes que son y modifican su conducta al socaire del aire del desierto o si sopla del mar o de la península.

En este contexto negado y renegado y entre esta hermandad de mandos chusqueros aparece la figura real de Miguel Gila, con sus monólogos de toda la vida para alegrar la existencia a la tropa y que sean capaces de subsistir, al menos, un día más. Lo curioso del caso comienza cuando Gila se entremete en la acción por culpa del pensamiento chusquero (cuidado con la reacción de un sargento) y de figura real se transmuta en ente de ficción que deshilvana el mal que aflige a los acuartelados, a través de sus monólogos míticos. Algo más, a través de esta conversión, todos aquellos personajes de ficción adquieren su realidad posible.

En definitiva, todos los estados posibles de cada asunto se hacen reales a través de los monólogos míticos de Gila y la historia que se nos cuenta va retorciéndose de una manera que nos conmociona.

La novela Todos los buenos soldados, es una excelente novela, que salpica nuestra comprensión con todo aquello que se niega y nos exige que pongamos en liza nuestra capacidad de asumirlo.

Bien escrita y mejor hilvanada, va consiguiendo que circulemos por la historia, acompañando a Gila, como el observador que todo lo modifica. Como el gato de Schrödinger, imaginando a cada momento en que instante irreal se encuentra la historia mientras esta se retuerce en el interior de la caja del experimento.

Buena lectura que no sólo calma el hambre de ficción como a un Sultán Schariar sino que nos exige el pensamiento rápido para circular a cada momento por los diferentes cursos y recursos de esta historia, que ya no se nos asemeja tan chusquera, aunque la teja una hermandad de chusqueros.

De imprescindible lectura.

Ver Post >
Ronin de Francisco Narla
img
Xoel Prado - Antúnez | 04-03-2014 | 12:45| 0

Hemos finalizado la lectura de la última novela de Francisco Narla, Ronin, publicada por Temas de Hoy, de la Editorial Planeta, y con una paginación extensa, 863 páginas, pero muy vivas. La novela en sí son 829 páginas y el resto lo conforma el cuaderno del autor, donde explica, como una gran nota a pie de página, el proceso de escritura de la novela.

Narla es un autor que se descubrió como relator de historias en su anterior novela Assur, una novela que resulto un éxito: novela fresca y con una manera de trabajar muy carismática.

No descubrimos nada si establecemos la predilección de Narla por la novela romántica inglesa, muy a la manera de Sir Walter Scott y su Señor de Balantry. Un personaje central muy reconocible, perfectamente delineado física y psicológicamente, que por herencia le corresponde todo en la vida, pero que la misma vida se lo va arrebatando; y le obliga a luchar por la consecución de lo que pertenece por mor de la aventura audaz. Esa aventura que extraía de los personajes lo mejor de sí mismos y lo peor: lo primero, para ser potenciado; lo segundo, para asumirlo positivamente en la propia identidad. Sin aventura audaz no hay identidad. En este caso, en la novela Ronin, la identidad de Dámaso, que se la ha de construir, como en Assur, alejándose de lo que quiere, perdiéndolo para ganarlo,su Constanza. Y estas resultan ser dos líneas argumentales de la novela.

(Inciso: conste que estas dos líneas argumentales de inmediato nos han remitido a la Odisea. De nuevo, Dámaso, como Ulises, ha de abandonar su tierra para ganarla tras un periplo por la mar océana, repleta de innúmeros peligros, que le manda su contrapeso en la historia y que, en sólo uno, es todo los pretendientes de Penélope, Hortuño de Andrade; y, por supuesto, Penélope, esa Constanza menina, adorada)

Tampoco descubrimos nada, si os digo la especial relación de este relator de historias de juglar, con la Historia en sí misma. Emplea la Historia real para co – fabular sus historias de cantar de ciego en la plaza mayor. En este caso, la embajada que en 1614, trajo “a los enigmáticos samuráis hasta la Península” y que se va a urdimbrar con los otros dos mares argumentales, conformando la totalidad de la novela. Porque esa embajada que llega a España, caso curioso, va a dar pie a que la historia de configuración de identidades entre Dámaso y el Ronin, Saigo Hayabusa, hasta diluirse el uno en el otro. Algo que es del agrado de Narla, esa necesidad de unificar culturas, y que quedaba palpable en Assur. En este caso, la unidad de lo oriental y lo occidental, inconmensurables entre sí por las contradistintas concepciones del tiempo y del espacio, pero que Narla consigue que se asuma en la lectura de la historieta que le sucede a la figura unificada de DámasoSaigo.

Tampoco descubrimos nada nuevo si hablamos de la necesidad de Narla de hacer viajar a sus personajes por el amplio mundo. De la corte Española a Japón; de Filipinas a Monforte de Lemos, de Madrid a Valladolid para salvar las confrontaciones civiles que identifican los mundos paralelos de Japón y España. Para ganar una identidad a través de la recuperación de lo perdido, el honor, la vida, o para construir lo que no se tiene aún. Y éste es el motivo de peregrinaje de los personajes de la novela, a través de la narración de Narla.

Tampoco descubrimos nada nuevo si decimos lo mucho que está documentado cada episodio que transcurre en la novela. Una documentación histórica que Narla sabe introducir sin exasperar al lector, puesto que lo más importante no es lo histórico sino la aventura audaz que enhebra de sentido lo histórico. En efecto, sin ese periplo en ambos sentido culturales, ese periplo de capa y espada o de daga mortal y catana afilada, ese periplo de aventura y odisea, la historia de la embajada de samuráis de 1614, perdería su historicidad y quedaría en un dato anecdótico muy singular; y ya está. Sin embargo, la necesidad de recuperar la identidad perdida o la que jamás se tuvo, a base de la confrontación personal y armada, confiere a la embajada de samuráis en un hecho para la eternidad. No es de extrañar que fuera elegida como la mejor novela histórica del 2013, además de una mención especial, hablo de memoria, del gobierno Japonés.

Tampoco descubrimos nada nuevo si explicamos que el sentido narrativo  de Narla siempre es elegante, desde sus primeras novelas, claro y distinto, muy cartesiano, pero, a la vez, igual que la prosa cartesiana, muy cuidada y elaborada. No os debe engañar esa simplicidad de lo distinto, de la misma manera que no es una novela histórica siendo historicidad pura, tampoco es simple, siendo distinción pura.

Sin embargo sí que hay algo novedoso en la novela de Narla, como un juego oculto pero sin estar oculto. Se trata de la estructura de la novela, basada en el juego del Go, que, como la propia novela, es un juego simple en sus reglas pero complejo en sus estrategias. Al igual que la novela, que se va desarrollando con la simplicidad de su frase elegante, pero la estrategia de cada personaje es compleja. Saigo va ocupando tres parágrafos, igual que Dámaso, luego, dos, luego uno, pasamos a tres. Como si fuese poniendo las piedras blancas y negras sobre un tablero de Go. Y así se va desarrollando la historia y la épica de este cantar de gesta moderno y muy juglaresco.

Gracias a este juego implícito en la novela, no es sólo una novela sino mucho más, y requiere más que la lectura, la relectura.

Y no olvidéis que aún nos queda el cuaderno de notas, para refrescarnos históricamente.

Ahora, toca leerla por vuestra parte, claro. ¿A qué aguardáis? Podéis jugar leyendo y llegara ser SaigoDámaso.

Inciso: no creo que sea una novela de venganza, ni que esta comparezca como elemento mediador entre ambas culturas. Más bien, se trata de una recuperación de lo expoliado por el otro ventajista.

Último inciso: como en Assur, la amistad es el elemento que ayuda en la confrontación recuperativa. En Assur, esta amistad era con fundamento en la Naturaleza, Furco, ese lobo salvaje que acompañaba al personaje central. Aquí la amistad es a través de la cultura, porque se supone que de esa recuperación que realizan SaigoDamaso, surge la unidad del yin y el yang, comparece en Tao, lo Uno: la necesidad de la espera del samurái en unidad dualéctica con la aventura audaz del mundo angloromántico.

Ver Post >
El tipo de la tumba de al lado, representada por Aitziber Garmendia e Iker Garlatza.
img
Xoel Prado - Antúnez | 24-02-2014 | 12:00| 1

¡Qué difícil resulta hacer reír a un público cualquiera, en una tarde de domingo castellana, y qué fácil lo obraron Iker Garlatza y Aitziber Garmendia!

En una de esas tardes de invierno castellanas, no muy fría, eso sí, pero húmeda, donde la realidad meteórica invita a la estufa y al chocolate, nos fuimos al teatro. La obra ya desde su titulo, invita, El tipo de la tumba de al lado, un título cálido, porque evidencia que la soledad no existe ni en el cementerio. La obra teatral es una versión para representar de una novela de la escritora sueca Katarina Mazetti. ¿De qué va? Del amor, se nos ocurre deciros, del amor de repente, a salto de mata, o de tumba. Sí, porque la historia se inicia en un cementerio y culmina en el mismo lugar. Una historia de amor entre dos seres, Airoa y Pablo, con diferencias de clase “agudas” que visitan las tumbas de sus seres queridos. Una con sus quejas amables de ausencia de sexo a su marido presente, el otro con la necesidad presente de presencializar su trabajo a su madre ausente.

El uno, Pablo, representado por Iker Garlatza y la otra, Airoa, por Aitziber Garmendia, con una delicadeza y amabilidad que la traspasan al público en una transferencia cuasi psicoanalítica, para diseccionar esta historia de amor y desamor, de comedia y cotidianidad, en unos personaje que se estudian ornitológicamente, a distancia, que se menosprecian por lo que les falta, que se aprecian por los malos entendidos. En este caso, un día cualquiera en el diario de Airoa, donde escribe que el tipo de la tumba de al lado la ha sonreído, y Pablo cree que ha sido correspondido a su sonrisa.

El duelo interpretativo entre Iker y Aitziber a monólogos interiores es digno de mención. Resulta difícil estar sobre un escenario gestualmente y a la vez provocando al espectador su participación activa con esa corriente de conciencia lingüística que fluye de los actores. Y conseguirlo. Porque transmutan al espectador en un compinche de trabajo y de vida con esos monólogos. Y de repente, hacen surgir con una naturalidad vital, el diálogo entre ambos, como un chispazo que el espectador no aguarda, sumido en esa corriente de conciencia, que nos mueve a introducirnos más y más en la representación. Nuestra voluntad representada. No en balde lo más citado es Schopenhauer.

Todo ocurre en un escenario que lo llena todo, por minimalista. Dos tumbas, dos ambientes, y un cuadrado mágico que pasa de cama a restaurante a auto. La transformación de la realidad causada por la voluntad en la propia representación.

Con la habilidad de los grandes actores, avanza la representación de los problemas reales de estos dos seres de esferas contrapuestas, hasta llegar al climax representativo con el primer encuentro sexual de ambos. Un encuentro sexual representado con la voluntad amable de las comedias de Doris Day, donde el sexo asalta a los protagonistas en sus propias vestimentas. Una representación que sobrepasa la carcajada y nos trasporta a la hilaridad. Aquí adquiere el trabajo de ambos actores la vitola de excelente; pero en especial, porque está especial, Aitziber, que adquiere la voz cantante de una prima dona del irrintzi orgiástico. Memorable.

Y ese irrintzi da lugar al inicio de un peculiar viacrucis de problemáticos desencuentros por culpa de que cada cual quiere ser quien es y a la vez transformar al otro, como al público, entregado a la carcajada. Se inicia un cierto drama, que no dramón, sino un descafeinado enfado que resuelve vía telefónica, en un renovado monólogo interior que discurre con suavidad de la sábana que protege la intimidad casera de los protagonistas. Una suavidad que provoca en el espectador un bienestar de sonrisa cotidiana que os abandonará ya hasta el final e la representación: el amor como conciliador de los contrarios (y Hegel vence a Schopenhauer, d nuevo).

Vale la obra todo lo que cuenta por las memorables representaciones que llevan a cabo sus protagonistas, Aitziber e Iker, en un escenario muy geométrico, y muy minimalista, donde la realidad del mismo es la misma que la de la obra, la voluntad de transformación representada en el amor como disolución de la entidad. Vale la pena que si la encontráis en vuestra ciudad representada, en cártel, no perdáis la oportunidad de verla. Y valdría la pena, así mismo, que la Junta de Castilla y León, la propusiera entre el elenco de obras que ofrece a los ayuntamientos para su cártel.

Felicidades Aitziber, felicidades Iker, eleváis la obra por encima de su representación: la convertís en cotidianidad.

Ver Post >
Con dos tacones de Celia Blanco
img
Xoel Prado - Antúnez | 29-01-2014 | 18:44| 1

Ha caído en mis manos el primer libro de Celia Blanco. A Celia no tengo el gusto de conocerla personalmente, pero sí a través de la maníatica pretensión comunicativa de los ciento cuarenta caracteres. Cuando haces tuit ya no hay stuit, y ella sí que mata el día apareciendo por el telele como @latanace. Latana, así de clara, claro. Por supuesto, también por su blog  “Cuando dejamos de soñar con ser princesas”, del que os dejo aquí el enlace al mismo 

http://latanace.blogspot.com.es/

Celia Blanco acaba de publicar el libro que ha caído en mis manos. Con un título paródico de un imprecación castiza, “Con dos tacones” y publicado por La esfera de los Libros, como quien dice, ayer. Un libro, el primer libro, ése con el que soñaba Celia Blanco cuando estudiaba. Ella nos lo cuenta :

http://www.cadenaser.com/sociedad/audios/celia-hablar-hablar-libro-he-recopilado-fantasias-sexuales-mujeres-espanolas/csrcsrpor/20140114csrcsrsoc_1/Aes/

El libro tiene una razón de ser periodítica. Celia Blanco se reunía con mujeres de diversas edades, y les permitía contar sus sinceras y muy atrevidas fantasías sexuales. Como explica la contraportada del libro, fantasías sexuales para todos los gustos y que imaginan las mujeres en su solipsismo, cuando no han de explicar lo que sienten a nadie. Sin embargo, cuando comienzas a leer el libro te en encuentras con relatos en modo erótico que constituyen en su contenido la mismísimas fantasías de cada una de las muchas mujeres que entrevistó Celia Blanco. No lo olvidéis, en un libro sobre lo relatado, y, en sí, un metarelato de lo imaginario. Porque en efecto, son fantasías, que se inician en su acontecer en la imaginación cuando el resorte de la realidad lo permite y finalizan en la imaginación misma cuando “dos y dos cuatro” o “te traen la luna”, con permiso de la autora. No son ejecuatadas a nivel consciente, claro, sino que su ámbito es el inconsciente: y, así, podemos decir que es, a su vez, una mitocrítica de lo imaginario. Precisamente porque su ámbito es lo inconsciente, se diría que, al margen de que sepamos de su nacimiento periodístico, fuese la propia autora la que se desdoblase a sí misma en cada una de los relatos de cada una de las mujeres y lo vivenciase en propia carne, para transmitirlo con la afectividad propia de quien lo ha refantaseado y así, con la petición expresa de que cada lectura se convierta en un refantasear. Por eso, es preferible no dar ni una sola pista de ni una sola fantasía. Acceder a las mismas virginalmente, siendo la primera vez.

Me gustó el subtítulo: “las fantasías sexuales de las mujeres que dejaron de soñar con ser princesas”. Las que dejaron de soñar con ser princesas, me retrotrajo a aquellos tiempos de mi infancia de cuentos a la luz d ela lumbre donde los príncipes embriagados de aromas licuescientes se lanzaban a la lucha contra todo obstáculo para alcanzar a la princesa durmiente, y como aquello construía nuestro inconsciente para imaginar la posibilidad de mil mundos diferentes a éste. Sin embargo, cuando se dejó de soñar y de contar esos cuentos a la luz de la lumbre de príncipes ensimismados en su tarea y princesas dormidas amparadas en su sueño, comenzó una época donde la imaginación de mundos distintos era un obstáculo a la acaparación de las cosas del mundo, ese brutal capitalismo que dominaba el inconsciente ya  con ese cerdito tecnológico a quien el lobo es incapaz de soplar-sela.  Curioamente, tal apreciación la realizaba aquel que fue maestro de muchos siendo alcalde de todos, Tierno. Supuse que las fantasías sexuales debían de tener que ver más con la ausencia de cuentos a la luz de la lumbre y más con la acumulación capitalista de experiencias sexuales. Si bien es cierto que el partener de la fantaseadora no parece tener que luchar con dragones para acceder a la sexualidad imaginada, también es cierto que es un único arquetipo el que accede a esas fantasías y no una acumulación capitalista de parteneres sin mayor sentido que la propia acumulación. Son fantasías con sentido consentido.

Precisamente por ese sentido consentido y por la invitación a que refantaseémos, traigo aquí a colación este libro, que os reocmiendo vivamente para leer mientras te tomas un café y escuchas en tu magín a la entrevistada, o para que permitas a tu hipocampo fantasear.

PD. Los zapatos de la portada tienen un tacón que es justo la medida de mi fantasía sexual.

 

 

Ver Post >
Pulpo a feira
img
Xoel Prado - Antúnez | 28-01-2014 | 22:23| 1

Os voy a presentar la receta del pulpo a feira. El pulpo a la gallega, que es algo que se lee mucho por los bares, simplemente, no existe. A feira, es el lugar donde el gallego iba a vender y comprar ganado y otras zarandajas, y donde se comía el pulpo. En A feira, donde se construía una mesa corrida o varias para la degustación del pulpo: a mesa do pulpeiro. Comer en la feira gallega tiene un sentido igualatorio. La mesa de pulpeiro, la típica de la feria, permitía que se sentaran a su alrededor conocidos y desconocidos, ricos y pobres, vendedores y compradores, y viceversa, de izquierdas o derechas, padres e hijos, compartiendo el mismo pan y vino, el mismo pulpo y la carne al caldero. Porque lo importante no consistía en quiénes eran sino en cómo comían. Este sentido igualatorio se pierde en los modernos restaurantes, que esparcen a la gente en mesas redondas para que aparenten lo que no son. Hasta se pierde el menú esencial, pulpo y carne al caldeiro y comienzan a repartir menús para degustar con nomenclaturas fenoménicas. Quizá Europa debiera mirar a Galicia si quiere construirse para no entrar en crisis más y escoger este sentido de igualdad que se extrae en torno a la mesa del pulpeiro.

En cuanto a la receta. El pulpo a de ser de un peso aroximado a 2kilos y medio o tres, mejor más. Un buen rabo, que dicen los expertos y loan al observarlo en su longitudinalidad. Mejor comprarlo congelado. Si lo comprar fresco, congélalo peviamente y luego, descongélalo. Cortalé la cabeza y extrae los ojos. No lo maceres ni golpees, no vas a conseguir nada especialmente, salvo romper la piel del pobre octópodo. 

Pon el agua a cocer sin sal ni cebolla ni nada. Agua a secas. En un puchero de cobre, sería lo suyo. Si no, un puchero normal. Alto, grande. En cuanto el agua comience a hervir, introduce el octópodo en su largura, por vez primera. La función es que se rice y que la piel no se rompa. Tres veces, con los tres primeros hervores. En la última introducción, sumérgelo por completo. Espera a que rompa a hervir y a partir de ese momento, a nuestro pulpo de 3 kilos permítele cocer durante 35 minutos. Ni uno más. En ese instante viene el secreto fundamental de un buen pulpo: apaga el fuego, tapa la olla y deja reosar al cefalópodo durante diez minutos, eso le dará ese toque espléndido que todo el mundo busca. El reposo del pulpo lo es todo.

Ahora, cortamos el pulpo, en rodajas finas de la parte gruesa a la fina, y esta parte más fina, más larga. Se  deposita cada trozo cortado sobre una tabla de madera hasta cortar todo el pulo, incluyendo la cabeciña. A continuación se procede a rociar el pulpo con el pimentón dulce, del centro hacia afuera, en círculos concéntricos. De igual manera se procede con el pimentón picante y con el aceite (sed generosos) Lo último que se deposita es la sal, de la misma manera que el pimentón: de dentro a afuera, concéntricamente.

Ya está. No hay un lecho de cachelos. Estos si queréis, se ponen a parte, y se pueden sapilmentar y aceitar igual que el pulpo. Se denomina, según nomenclatura de mi hermano, pulpo a probe.

No hay más, salvo comerlo con un viño da casa, un vino blanco turbio, cuanto más turbio mejor.

Y cuando más sencilla la mesa más rico el pulpo, el café de puchero en el vaso de Duralex y la espera compartida degustando un vino de la casa, sin lujos ni menús rebuscados y con un palillo como hábil cubierto. EL pulpeiro haciendo la cuenta de cabeza, las gotas y el café por cuenta de la casa…, ¡que no se pierda!

Ver Post >
Coppini: espíritu punk, voz de Till
img
Xoel Prado - Antúnez | 26-12-2013 | 14:09| 8

Falleció Coppini, que no murió. Quien tras de sí testamenta un legado tan rico por realizar, no puede morir. Lo trasmití en la mesa de Navidad, acaba de morir Germán Coppini, y fue mi hijo quien me precisó, fallecido, que quien ha construido un mundo personal y poético de tan extraordinaria riqueza, permanece siempre en los ojos de la gente.

Mira tú por dónde, ahora sí podemos mirar a los ojos de la gente.

Nos enteramos por Costas, la misma noche del fallecimiento, que lo anunció en un gorgojéo cruel. Harto increíble, prefería pensar que se trataba de una equivocación o algo así. ¿Cómo podía morir de repente alguien que tiene sólo dos años más que el que esto escribe? Sin embargo, otro texto breve de Costas no permitía lugar a hurgar en la duda, había fallecido y nadie se encontraba con humor de contar nada.

Coppini con Costas y Hernández fundan Siniestro Total, al carón de un siniestro real y total. Conocemos así la voz grisácea del cantor que lucía con la misma protocolaria inercia y desgana, una gabardina trescuartos mientras le picaba un huevo o un traje de ejecutivo vagante al tiempo que exigía con floja flema en la voz, un chupito de amor. Una voz grisácea y ociosa, que había tomado la determinación de ser ella misma lo grisáceo en sí, para que el resto del mundo ya no fuese mudo y colorease su voz de lo primario. De lo más primario.

A la vez, cálida la voz, que envolvía como el fluido donde se gesta la vida, amniótico. Una envoltura amniótica que invitaba a romper las costras de otrora para edificar un mundo sin resentimiento. Una invitación a que realizásemos lo mejor que sabíamos hacer, es decir, nada. Ah, ¿sí?, pues a hacer nada.

Aquella grisácea calidez que nos permitió acceder a qué consistía la movida, así mal llamada, porque consistía en una inacción despreocupada en la que tanto valía el roto como el descosido y el moco y la ladilla y el pedo y la putilla. La movida que consistió en moher lo patéticamente hipócrita que se había heredado del dictador de palio y palo, y que hoy está de nuevo presente en lo políticamente correcto.

Aquella grisácea calidez que era poética de la imaginación y del desgarro nos mostraría, a través de melodías de un minuto, precoces como Ulises, que la movida prendía en algo interno y era brote psicótico esquizofrénico de le mejor cepa, como se diría del dada, y aunque se denominó punk, es como decir dada.

Aquella grisácea y cálida voz que flotaba sobre una ría, como la ciudad que la vio surgir por vez primera en la Navidad Rock de 1981, Vigo, y que se convirtió en vigía de esa nueva navegación interior, mal llamada movida. Vigo, pero también Lugo y Bilbao y Gijon y Hawai, desde donde la transmitió para el mundanal silencio, Ordovás (el nombre al que escuchaba todo el mundo, incluso los que se hacían los sordos porque eran de otro caudillo)

Aquella grisácea y cálida voz que persistió en su internalización a la búsqueda de la mismísima imaginación, para encarnarla, y que fructificó en aquellas músicas poéticas que se adelantaron incluso a este tiempo, Golpes Bajos.

Aquella grisácea y cálida voz que persistió en su afán de ser voz que flotara sobre una ría y navegara hacia el futuro, trayendo ya un mensaje que era un masaje que no supimos recibir, habrá malos tiempos para la lírica, habrá un momento en que las ciudades no floten sobre las rías ni los ríos, llegara aquel día fatídico donde se mate al rock en beneficio del Beneficio, creando voces frankenstein.

Aquella grisácea y cálida voz, repleta de talento, que era ya gran voz, alertó sobre los fantasmas del futuro, no sólo con el advenimiento de los tiempos sin lírica, sino con la desgracia de que todos los que se confabularon en aquella movida interior que se denominó movida, se transformarían en grandes desconocidos, lo que propiciaría aún más si cabe, la llegada de estos tiempos adadaísticos, postpunkis, de vocecillas que tienen la calidez impostada.

German Coppini nació con su voz en el Nadal rock de 1981 y se nos oculto en un Nadal sin rock del 2013, indicándonos sin duda, que debiéramos recuperar aquella movida interior de una vez, y que dejásemos de ser desconocidos.

Los dioses de la infancia parecen dormidos, acobardados o han declinado nuestra compañía.

Geman Coppini y golpes bajos

 

Postda:  Dedico este poema de Perdurablemente Anfetamínico, a Coppini. Como ninguno de los poemas poseía título, este lo gana, Canción Coppini

Todo vivía lleno de ángeles, arcángeles,

nuestras venas de elípticos daimones,

oscuras petulancias, los ojos oquedades,

nada hallamos que no fueran obviedades.

 

Que debíamos la voz y la centena,

la falange del dedo meñique, al chatarrero,

un beso al contrahecho portero,

el humor y la hierbabuena.

 

Todo estaba lleno de ángeles, arcángeles,

rubias que miraban luctuosas al rictus bucal,

danzantes que equivocaron el paso al saltar,

enmiendas a un político que conoce a Satán.

 

Que debíamos el cereal, el lúpulo,

el horror y el tomillo,

una caricia al rebocillo,

el hedor al jardinero sin escrúpulo.

 

Todo estaba lleno de ángeles, arcángeles,

comprobaciones del aire infectado,

conexiones a dioses sin errores,

cuentos, cuentas, el cuerpo detallado.

 

Subí riscos, bajé salinas, la vida: ociosa.

 

Ver Post >
La ineluctable escritura
img
Xoel Prado - Antúnez | 20-12-2013 | 17:27| 2

En estos tiempos que corren, si todo el mundo escribe, ¿quién lee?

Hay más escritores que lectores, al menos, en España. No más que des un garbeo por la virtualidad de la red, comprobarás como todo el mundo publicita ser el número uno en la planta de ventas de esa editorial virtual que levanta pasiones y polémicas, a partes iguales.

Leer es un placer tan grande como un polvo a la hora de la cuarta digestión (en palabras de San Buenaventura), se convierte en un placer de Santos. Como orar o laborar.

Leer, que no escribir. Escribir es distinto. Escribir no provoca placer, sino derrota y declive, desesperación, displacer.

Si leer pertenece a la órbita del placer y se resuelve con la satisfacción inmediata al abrir un libro sin más; escribir se desenvuelve con enmarañamiento en la encubridora órbita de la realidad y rebusca buscón por todas las sendas que habita el yo, incluso por las largas y tortuosas, aquellas que no se finalizan en su recorrido porque no llevan a ningún lugar y nunca acaban.

Escribir es comparecer ante el público asistente como un mirón. El escritor es como Masoch oculto en el armario o bajo la cama asistiendo al acto de infidelidad de su tía, acordado con el marido, que la descubrirá y al que azotará en las nalgas muy la moda de 1600 en la Inglaterra victoriosa y victoriana y vivisectiva. Y el escritor, como Madoch, deseando ser descubierto para ser azotado y, para ello, se oculta en cada azote al tío, un poco más.

Escribir es como recortar nuestra piel con el más afilado bisturí para hallar bajo su encubrimiento bello el monstruo que aparece familiar pero que se oculta, un desvelamiento de lo siniestro.

Escribir es utilizar la palabra como otros utilizaban la vara sobre las nalgas, creyendo que de esta manera provocaban un calor que afectaba a la producción de semen y, así, fecundantes ellos. La palabra provoca un calor en quien la escribe que le incita a ver la realidad más transparente y manejable, pudiendo modelarla a su manera, y recrearla (que crearla seguro que fue a causa de otros) De esta manera, el escritor pretende dictar la única verdad: que busca un Sentido oculto, y que sólo se hace presente, co – presente, en la metaforización de la mismísima vida en su desenvolvimiento.

¡Cómo cuesta desprenderse de la piel, tanto como ensamblar una metáfora, tanto como posponer una vida, tanto como escribir una palabra!

Escribir es sufrir, sin duda, pero, como tras todo sufrimiento anida un placer, es indudable, que el sufrimiento del escritor es su placer más inconmensurable.

Antes de llegar a esa exaltación orgásmica, toca transitar por el displacer, por el dolor, por el sufrimiento claro que convoca el lenguaje, que oscurece la historia, que la degenera por recovecos próximos al delirio febril, a la agonía aplazada sine die.

Leer es tan simple, abrir un libro para disfrutar espontáneamente.

Escribir tan complejo, desprenderse de palabras como de gotas de sangre hasta que se convierta ese desprendimiento en algo tan natural como el cuchillo de Delfos, como la sociabilidad, o el sexo.

La ineluctable necesidad de escribir, recorriendo la verdad así como la sangre concurre torrentera por las venas. No se puede obviar y se vomitan las palabras como parte del virus inoculado al escritor por la realidad circundante.

La ineluctable necesidad de escribir, que tatúa en la mirada del escritor metáforas que suturan el sentido, metáforas de la urdimbre, y que lo empujan al Gólgota de su historia incendiada.

La ineluctable necesidad de escribir, es tan inútil enfrentarse a ella: preferible, dejarse llevar por la corriente de la inconsciencia como si no hubiera mañana.

Para el escritor de verdad, no hay mañana: la realidad se ha agotado en la última línea, pero ni siquiera nunca se trata del Fin.

Ver Post >
La boda de Kate de Marta Rivera de la Cruz
img
Xoel Prado - Antúnez | 01-12-2013 | 19:12| 0

He finalizado la lectura de la última novela publicada de la autora lucense Marta Rivera de la Cruz. El título de la novela es “La boda de Kate”, y ha sido publicada por la Editorial Planeta, dentro de su colección “Autores Españoles e Iberamericanos”. A través de las trescientas cincuenta y nueve páginas en las que se estructura, esta autora nos colma de sinestesias afectivas desde la ficción y nos remueve de nuestras confirmaciones reflexivas en connivencia con la realidad. Os lo explico.

El ambiente. La novela va a transcurrir en sus hechos de nuevo en Ribanova, pero no es en Ribanova donde se forja la historia. En realidad Ribanova, en esta ocasión, se va a convertir en la ventana que se abre para desplegar la realidad a otras ciudades y a otras gentes, que van y vienen en la ficción y en la realidad de la propia ciudad. Ribanova se abre a otros ámbitos y deja que sean otras voces las que canten sus excelencias. No pude evitar pensar en el título del libro Otras voces, otros ámbitos de Truman Capote, sin saber por no leer ni la solapa, que éste iba a ser un protagonista transversal de la propia novela.

Ribanova es una ciudad en la que la muerte no existe, todo es una corriente que pasa y se queda en su eco. Arroyo, no en balde, es el apellido del cuasi fundador de la ciudad. La conciencia no tiene lugar en Ribanova, porque todo se explica a través de cuajado de historias que transcurren entre la librería, el hotel, el casino, la muralla y esa casa que es pura memoria de la ciudad. Ribanova es la encarnación del inconsciente colectivo, donde las explicaciones se obvian porque no pasa nada a nivel de los sentidos; todo lo que transcurre es cosa que fluye de la corriente de la sensibilidad.

Ribanova es una ciudad que está entretejida de impulsos de deseo que provocan en aquellos que la visitan un optimismo desmedido, porque a partir de tal instante, entienden que no precisan ni del aire, sólo participar en los ecos de lo sucedido, y que se consigue sólo con un paseo por la muralla y aposentar la mirada en su adarve de dos kilómetros y pico, o con que le muestren a uno, una antigua carta del Hotel Almirante. O que le permitan a uno bajar al lugar donde se expresa todo esta urdimbre de aprestos, en el sótano de la librería El Unicornio, por el cual Ribanova se transforma en una trama de tramas, en el único lugar del mundo en el que la Vida expresa con direccionalidad, su sentido.

Los personajes Los personajes protagonistas, que respondan a nomenclatura tal, son tres. El resto de los actores de la historia a la que asistimos son personas. Entre estas últimas, aquella que da título a la novela, Kate, y sus amigas, Shirley y Anna Livia; el auxiliar de librería, Ahmed, que vende nocturnamente rosas por las calles de Ribanova. Por supuesto, Juan Sebastián Arroyo o su imagen colectiva deambulando por magines de toda condición y lugar. El futuro marido de Kate, Forsters Smith, que por el amor que siente por la misma, es de la misma condición que éstos. Hay personajes que ayudan a la acción y que nunca verán la realidad de Ribanova, se quedarán en sus vidas fácticas y esplendidas de conclusiones desesperadas, como el hermano de Kate y su mujer.

Los personajes protagonistas son tres, Laura, David y Jefried. Cada uno de ellos, a su manera, arrostra el fracaso de su vida, porque son de la misma condición, viven una vida fáctica, que se ampara y las conclusiones materialistas que coadyuvan a la existencia.

Llegar a Ribanova, será la solución a sus vidas monótonas y agrietadas, porque descubren el arroyo del que todo optimismo vital fluye, y modifican su ser, como si, de esta manera, se convirtieran en personas, a la misma altura que Kate, y sus amigas y su futuro marido, y sobre todo Ahmed, uno de los personajes más enternecedores de la novela. No en balde, la conversión se produce cuando Laura descubre el intríngulis de la realidad ficticia en el interior de la ficción realizada a la que asistimos. Y así, transmuta a los otros dos personajes principales en personas.

La historia es de lo más extraordinario. En efecto, un hombre llega a Ribanova para pedirle a una mujer que se case con él. La mujer es Kate y el hombre Forster Smith. A partir de aquí, las voces de otros ámbitos cuentan el contexto ordinario de este hecho extraordinario, porque su edad es esa edad otoñal, tercera edad, o como gustéis parafrasearla para que os suene bien. Y si creéis que la novela parezca ir de el amor en esa edad de la vejez; os equivocáis. Marta Rivera maneja los recursos novelísticos con tal maestría y sacralidad, que la novela va a ir dando giros afectivos marca de la casa, de tal manera que la historia se convierte en una historia de meigas que les cambian la vida a los tres protagonistas oficiosos, que no saben ni que les va a cambiar la vida. Un toque de magia y una inyección de optimismo. Un toque de realismo mágico, pero tamizado por el cine americano y el humor de las cosas pequeñas de Wenceslao F. Flórez, y los viajes, mucho viaje alrededor del mundo.

Y es que las novelas de Marta Rivera tienen mucho de aquel optimismo de Frank Capra y de Preston Sturges, de la prístina felicidad de pastilla sintética de Pijama para dos de las películas de Doris Day (la portada de La vida después nos la rememoraba), y que en su versión menos edulcorada representa Desayuno con diamantes (y no en balde uno de los protagonistas llave de esta felicidad en la actual novela es Truman Capote)

Los giros argumentales sin estridencia, que no generan en el lector ninguna inquietud, sino basados únicamente en una mirada afectiva sobre las cosas pequeñas de la vida, como sentarse sobre la muralla de Ribanova o una cena en la que el invitado de honor es Arroyo y la transustanciación de la vida de los protagonistas invitados.

La comida Uno de los elementos fundamentales en las novelas de Marta es la comida. Los protagonistas comen y no de cualquier manera, no. Comen unas elaboraciones muy, muy caseras, de mandilón y leña, pero que acaban por comparecer en una carta de elaboraciones para gourmet. Como la propia novela, que iniciada como una novela casera, costumbrista, de una historia para andar por casa, acaba por comparecer como una novela iniciática y universal, como un cuento de que muestran más que enseñan el sentido de la realidad: la urdimbre de las cosas pequeñas.

El lenguaje La novela está escrita como un lenguaje de una sencillez muy elaborada: la sencillez proviene de esa delicadeza tan inigualable que posee el habla de las gentes de Lugo, muy de “mandilón y leña”, muy del viento del noroeste, que es la voz de la diosa Aurín, y la elaboración, claro, de ese conocimiento cosmopolita que otorga el viaje continuo a otras voces, a otros ámbitos. Y es un lenguaje que cala, como el orballo lucense al alba, que rocía continuamente con sus gotas pero que no se nota, porque mojar, siempre moja “por dentro”.

Epílogo En esta novela Marta Rivera ha culminado el proceso de elaboración de la esencia de su escritura y con su encuentro para sus lectores, a partir de ahora toca esperar esa novela perfecta, esa que realice la naturaleza de esa escritura en su más alto grado.

JM. Prado – Antúnez

Ver Post >
Hermanos en la urdimbre
img
Xoel Prado - Antúnez | 25-10-2013 | 08:50| 0

En la última edición de “Con voz propia“, preguntaba el amigo Ricardo Ruiz si la poesía tenía lugar físico, es decir, si había poesía de aquí y allá y acullá.
En ese momento, la pregunta me tomó in albis (país cercano a la poesía) y respondí cualquier barrabás – ada (líbrele el cielo que no yo) de la que además me agasajé satisfecho de ego – latra (que es enfermedad de poetas y políticos).
No dejé de personarme en la puñetera pregunta y ya de manera ultórcrata, cuando llega a las manos el buen artículo en “El Adelantado” de Segovia de quien me adelanta a la respuesta, el gran amigo Apuleyo Soto (poeta versado y barbado, como Valle y niño que juega a las palabras “pa que abras” a la vida y al humor como Quevedo), Apuleyo sin más para los amigos y para los imberbes (como yo mismo, no por poeta y sí por imberbe y Francisco Puch), que dice que la poesía es “los amigos umbilicales”. Y cómo me gana esta maravillosa, preciosa, precisa, acepción definitoria, porque hace referencia al ombligo, a la unión y alimento, al punto medio (¿también al Aristotélico?), a los manuscritos, a la conclusión, y, además, al sol y sus cuadrantes estelares.
Pero quizá me gana más, querido Apuleyo, porque me retrotrae a otra palabra que degusto siempre “urdidumbre”, palabra que traduce la platónica “Symploké” que es la manera en la que se encontraban las ideas.

Y es que los poetas también están en Symploké, interunidos, intertejidos, entretejidos, entreverados (adivinos del desorden, sospechosos del caos), entremetidos y entremezclados, siempre relacionados, interrelacionados y siempre en la necesidad de expresar dicha relación.
Pero dudo que la tal urdimbre constituya una patria, más bien, como dice Osés, una fatría (y cabe Fermín, Tino, Oscar, Heliodoro, Eliseo, Izarra, Bouza, Villalmanzo, Alberto y hasta los que se autoexcluyen a la últimidad por divinos) y como quiere Octavio Uña, de comunicación.
Gracias a Apuleyo, dasdas le sean, le respondo a Ricardo Ruíz que la poesía es la fatria para los hermanastros en urdimbre y ese es su lugar, su único lugar
Lo demás, poesía hispánica, gallega o comanche son sólo desafortunadas expresiones de la nostalgia del tradicionalismo y hasta más propias del psicoanálisis cultural.

Ver Post >
Sobre el autor Xoel Prado - Antúnez
Obscuro como él solo sabe serlo, seductor vespertino y a veces matutino.