Dos buenas

Hay días de acierto que elevan una semana de tono medio por obra de la luminosa ‘Las Nieves del Kilimanjaro’ y la divertida ‘El guardia’. La primera, Espiga de Plata; la segunda, premio al mejor actor. No he visto la ganadora de la Espiga de Oro, ‘Hasta la vista’, lo que me impide comparar, pero me sospecho que estaría de acuerdo en el Premio del Público de que Las Nieves del Kilimanjaro’ resultó el mejor largometraje de la Sección Oficial. Robert Guédiguian vuelve con su espíritu marsellés a su fiel Seminci, a la que corresponde firmando una magnífica película de nombre africano meramente simbólico. Las guías turísticas francesas se saltan la portuaria Marsella por carecer de encantos al uso en estos folletos. No la han visto por los ojos de Guédiguian, cálida y brillante. La gente no es asunto turístico y eso que se pierden los folletos. Guédiguian mantiene impertérrito por enésima película que no hay momentos duros para la generosidad, la solidaridad y el amor de la buena gentes. Los personajes del francés son socialmente ejemplares; los primeros en el sacrificio. Hombres y mujeres en apariencia corrientes, capaces del perdón y la entrega más desprendida. Sus gestos surgen naturales, están mamados en años de lucha y sufrimiento. Todo ello se desarrolla lejos del panfleto o la cursilería. El obrero despedido y robado con violencia por un compañero  tenderá la mano al agresor;  junto a su mujer, alma gemela, forman una entrañable pareja. Una película que elevará la autoestima de sindicalistas mejorando su imagen, tan maltrecha en estos malos tiempos.

El protagonista de ‘The Guard’, Brendan Gleeson,  ha logrado justamente el galardón al mejor actor. El descarado policía irlandés, grande de cuerpo y de espíritu sardónico y putero protagoniza un western del siglo XXI donde la droga es el oro que corrompe. Un guión mordaz, de diálogos desternillantes, se desarrolla en una Irlanda a contrapelo de la lógica, de espíritu reconcentrado, impermeable a la policía y, especialmente, si esta es un agente del FBI. Ingleses y americanos no parecen gozar de buena fama en esa tierra. El trepidante final redondea un divertido, bien confeccionado y mejor arropado por la banda sonora, largometraje.

Damos por finalizada una semana que si ha flojeado en Tiempo de Historia, en las películas no ha estado mal.

Borrascosa vitalidad

Las ‘Cumbres borrascosas’ de Andrea Arnold transmiten intensamente la turbia y enfermiza relación de Heathcliff y Catherina, el nacimiento, desarrollo del mal y la  destrucción final a la que llegan los personajes de la obra de Emily Brontë. La pasión sin barreras amparada por los desolados y ventosos páramos ingleses ha merecido el interés de directores como Buñuel, William Wyler o Téchiné, produciendo enfoques de la obra tan diferentes como la pers0nalida de cada uno de ellos. Arnold  impone la suya sin traicionar el espíritu de los personajes de la obra gótica, pero les perfila con irritantes, abundantes, largas  y anodinas recreaciones de la melancólica naturaleza donde se desarrolla el drama. El resultado, un peliculón que cuesta digerir sin paciencia.

A Xavier Durringer se le acusa de ridiculizar al presidente francés  Nicolas Sarkozy en su frenética ‘La Conquéte‘. Mira la cruz de la moneda de los políticos, la que se esconde tras las bambalinas, por lo general, poco seria. La lucha por el poder, las zancadillas, los principios e ideales moldeables de acuerdo a las encuestas de opinión son tan reales como patéticas. Durrier ha planteado como un trepidante circo la lucha por ascender hasta el primer puesto de la República francesa del emigrante húngaro, nieto de un judío griego, escaso de estatura y largo en osadía, al que deja su esposa y consejera en los peores momentos. Sarkozy es el Sarkozy que conocemos, teatrero y manipulador; los otros, Chirac  y Villepin salen peor parados por  ser más falsarios de cara a la opinión pública. Da miedo pensar que Europa, que pasa por su peor momento desde la Segunda Guerra Mundial, esté en manos de esta ganadería bronca y ambiciosa. No pensemos mejor de la alemana Merkel.

‘Circumstance’ pretende que nos creamos que en Irán, los hombres y mujeres jóvenes hijos de las élites, viven en un mundo de sexo, drogas, alcohol y protesta contra el sistema. La factura de la película trae el marchamo de EE UU, Irán, Líbano y Francia, lo que cuestiona el fondo de esta película. El Estado policial que tortura al país de los ayatolah rápidamente detecta un decibelio más alto que otro, más si es música occidental. Los jóvenes iraníes se enfrentan decididamente al sistema; hay claras y duras pruebas de ello, lo hacen en las calles y en las universidades. Si los hay capaces de organizar orgías alegremente, no es la más creíble fórmula para presentar esta deshilvanada película que habla de todo, incluido el lesbianismo, sin lograr definir sus intenciones.

Navegar por la superficie

Los vientos que han abierto las puertas al frío refugian en el cine a más público de lo que solía frecuentar años anteriores las salas de Caja España donde se proyectaba Tiempo de Historia. La impresión se puede confirmar o desmentir con el recuento de las entradas y, de lo que no hay duda, es de la comodidad de una sala diseñada para proyectar películas frente a un espacio multidisciplinar. El espíritu de la Semana no recorre las calles ciudad como en anteriores ediciones, lo que no parece reflejarse en la asistencia a los cines que, a fin de cuentas, es lo que cuenta. Si las salas de Tiempo de Historia no destrozan los riñones de los espectadores, las películas presentadas no han ido por la misma ruta de mejora. Las que he visto poco han aportado a temas trillados.

‘The Guantanamo Trap’ (La Trampa de Guantánamo) reconstruye la historia de un alemán que decide convertirse al Islam y viajar a Pakistán en el momento en que la vorágine del 11-S desquicia al mundo. Entregado a los americanos es trasladado a Guantánamo donde sufrirá torturas durante años para que revele los planes del mundo del mal contra el imperio. Las denuncias públicas de la madre y las  presiones de Alemania le sacarán de la isla. Esta parte está confusamente contada. Al director le interesa más la zona oscura desde la que se planificó el sostén legal del ilegal centro de detención y tortura. El maquillaje con el que los llamados demócratas enmascaran los actos propios dignos de las más represivas dictaduras lo aplicará una abogada militar que firma el texto que da apariencia de legalidad a la destrucción moral y física de los presos. Sus justificaciones están lejos de las del compañero que filtra los nombres de los detenidos, lo que le supondrá  la expulsión de la carrera militar. Las entrevistas concluirán en un abogado español que participó en los juicios por los atentados de Madrid, dispuesto a llevar ante la justicia a los torturadores norteamericanos. Una visión interesante del tema que no termina de cuajar. El director vaga en exceso entre sus personajes sin perfilarlos claramente, lo que da un deslavado conjunto.

‘La Sombra de Evita (Volveré y seré Millones)’. La señora de Perón, santa Evita para unos y prostituta para otros, constituye una de las mujeres con personalidad propia que marca el Siglo XX. Su huella aún influye en la vida política argentina. Demasiada pasión para encarar la vida de una apasionada mujer. Tomar una postura equidistante parece cosa imposible.  Xavier Gassió es probable que nunca lo pretendiera, y de ahí que su película se acerque  más la hagiografía que al análisis de una mujer llena de recovecos. Eva llega con cargamentos de trigo a la hambrienta España de posguerra donde la espera un Franco dispuesto a utilizar su presencia contra el embargo y mejorar la imagen del país. Será la mujer del presidente argentino la que impondrá su arrolladora personalidad en el fastuoso y patético viaje. Su brillante actuación le catapulta como figura de poder en Argentina. Oiremos a familiares, amigos, a adoradores de una santa y a historiadores benévolos con su controvertida actuación. La crónica de Gassió es amable, con interesantísimas grabaciones y con el enganche de un lenguaje próximo a la crónica social, ligero y atractivo. Nada nuevo nos descubre, pero sí nos permite ver en imágenes momentos que parecen más alejados en el tiempo que los escasos setenta años transcurridos.

En el Ciclo de Cine Sueco existen pequeñas obras muy interesantes. ‘Simón y los Robles’ es una de ellas con el fondo de Suecia en la Segunda Guerra Mundial y su relación con los judíos. El miedo de los perseguidos y las tendencias nazis de parte de la población originan el encuentro de una familia judía de clase alta y unos campesinos que guardan un secreto. Las relaciones paternofilial, los sentimientos incontrolables, la desorientación y el dolor impregnan una película cálida y triste, cargada de sentimientos que llegan al espectador.

Entre ratas

‘W Cienmnosci’ de Agnieszka Holland

Leopold Soha es el señor de las alcantarilla de Lvov, el intrincado laberinto de túneles que forman las cloacas le ayudan a introducirse en las casa para cometer sus raterías; pequeños hurtos que le permiten sobrevivir en la Polonia bajo el dominio nazi. Arriba, en el gueto, los criminales alemanes y sus colaboradores exterminan judíos, como bien sabemos, con la alegría de un cazador en domingo. La vida no es fácil para nadie. Un grupo de habitantes del  gueto  preparan la huida: excavar hasta dar con las cloacas. El encuentro con Soha será inevitable. El polaco los chantajea: un pago semanal por ayudarlos a sobrevivir en el infierno del subsuelo. Nadie se fía de nadie, pero no existe otra posibilidad mejor. Desde la extorsión a la ayuda desinteresada constituirá el viaje vital del ratero Soho. Los humanos vivirán como ratas, con las que compartirán el territorio. Miedo, traición, generosidad, intento de vivir como hombres será la lucha de Soho y sus once judíos, incluidos dos niños. Son los que han podido pagar la protección. El resto  morirá al ser detectado. Dos horas y media de película por húmedos, sucios y angostos túneles relatan los 14 meses que permaneció el grupo en las alcantarillas de Lvov. Agnieszka Holland lleva al cine la historia contada a la humanidad por una de sus protagonistas, y lo ejecuta con potentes imágenes en su sobriedad  hasta crear una magnífica historia épica. No hay héroes en el sentido clásico; todos lo son, a la par que hombres, según el papel que les ha correspondido. El director habla sin trucos que añadan tensión a los duros hechos centrándose en los personajes, componiendo en ocasiones verdaderos cuadros pictóricos. Es la desgracia de unas personas con sus miserias y sus instintos más bajos; pero hombres que merecen vivir. Dura, con escasas escenas prescindibles a pesar de su largo metraje, la historia, una más entre las muchas que dio esa maldita etapa de la humanidad, se nos presenta renovada y cargada de interés. Leopold Soha mereció la designación por parte de Israel de Justo entre las Naciones, y Holland que se vea su película.

Mauricio Vicent Mulet lleva dos décadas en Cuba como corresponsal de El País. Un  tiempo anormalmente largo para este tipo de trabajo. El autor de ‘Baracoa 500 años después’, no hay duda, es un enamorado de la isla caribeña, cautivado por su  singular espíritu, sus gente y su vida; un conjunto de emociones tan sutiles que resulta difícil transmitirlo en imágenes. De ‘Boker Tov, Adon Fidelman’ del israelí Madmony,  mejor darla por olvidada.

Lo imposible supera lo real

El maestro mantiene el genio incluso cuando falla una obra. El  Zhang Yimou de ‘Shan Zha Shu Zhi Lian’ queda de  lejos del cineasta de ‘Sorgo Rojo’ o ‘Semilla de Crisantemo’. La historia de amor entre dos jóvenes con el fondo de la Revolución Cultural  muere por exceso de belleza y falta de nervio. La película la sostienen los protagonistas que transmiten con delicadeza poética la ternura, el descubrimiento de la vida y la capacidad de sacrificio. La sutil interpretación de los dos jóvenes atrapa sin evitar que reprochemos al director que en la cruel China de Mao nos ofrezca un país de decorado con régimen de colegio, escamoteando la tiranía que se llevó por delante a millones de seres humanos. La historia, con base real, es tan idílica como los hermosos paisajes por los que circula, y mentir no está bien. Reflejaba mejor a los hombres y a la realidad la argentina ‘El Dedo’, de Sergio Teubal, donde un pueblo elige a un dedo como representante ante el Estado. La falange del candidato intendente, muerto por un marido celoso, centra un divertido cuadro de personajes que consideran real lo maravilloso, llegando a ver lo que creen. El humor que persigue el director alcanza la risa de la mano del ingenio, el acertado ritmo de la historia, buenos personajes y una pegadiza y oportuna música. Sin extremismos que dinamiten el trabajo, la sátira pone buen cuerpo al espectador.

La canadiense Monsieur Lazhar gustó a los asistentes, de acuerdo a sus aplausos. Historia de desarraigo y violencia no explicita; dos conceptos que no los perciben igual un argelino sin papeles que  los pequeños niños de un colegio canadiense, donde conviven circunstancialmente los protagonistas. Si el director quiere que la bondad y el perdón tengan  forma de emigrante norteafricano, lo aceptamos. Ayuda a ver con relajación y generoso espíritu el mundo. Espacios inacabados, expone lo evidente, en Cuba nada se termina, sea por la revolución, el embargo, la pobreza o el clima político reinante. Las Escuelas Nacionales de Arte nacieron hijas de una revolución que se devora a sus hijos; quedaron inconclusas, a merced de la selva y un arbitrario uso. La innovadora obra de tres jóvenes arquitectos ha merecido el interes de agrupaciones internacionales preocupadas en preservar el espectacular conjunto de edificios.

Kafkiana Justicia

La Justicia es un misterio con nombre solemne bien publicitado que, con más frecuencia de la deseada, da disgustos y lleva a la desesperación a quien se acerca  a ella sin la coraza del temor. Kafka lo expone en El Proceso, donde el trabajador y honrado Josef K. es detenido sin precisar la causa. Seguro de su inocencia, K. acepta declarar ante la Justicia abriendo el camino al absurdo que le llevará a dudar de su inocencia. El texto, trasladado por Orson Welles a un barroc0, surrealista y portentoso de ejercicio cinematográfico que hundió en el sueño a más de uno de los espectadores, constituyó el epílogo aun día iniciado con la visión del nada literario, pero sí kafkiano proceso de Paco Larrañaga. Hijo de un español fue detenido en Filipinas sin pruebas, junto a otros desgraciados, como necesario chivo expiatorio para una policía corrupta con un caso de gran impacto mediático entre manos. Michael Collins solo tuvo que seguir cronológicamente la absurda línea trazada por la acusación de Larrañaga, su vida en la cárcel y dejar que hablaran los protagonistas directos e indirectos de lo  ocurrido durante trece años para filmar su duro, medido, terrible y conmovedor Give up tomorrow. Condenado a muerte por el secuestro, violación y asesinato de dos hermanas, un suceso ocurrido a 600 kilómetros del lugar donde Larrañaga se encontraba, según más de cuarenta testigos, cuando ocurrieron los hechos. Más de una década ha transcurrido desde que aparecieron dos cadáveres sobre los que existen dudas que sean las hermanas desaparecidas, hijas de un personaje ligado a la mafia y a la policía corrupta y de una madre manipuladora y, además, ciudadanas de un país con un sistema político podrido hasta el tuétano presidencial. Al contrario que el protagonista de El Proceso de Kafka, Larrañaga no se hunde ni duda de su inocencia. Respaldado por una familia firme y luchadora que logra implicar a España y a la ONU en su causa hasta lograr el traslado del condenado al País Vasco, donde aún espera la condicional. Permanecer en la cárcel española  no era el final prometido y esperado; pero nuestra justicia, estéticamente más fiable, tampoco deshace los entuertos sin digerir su ración de absurdo. Hay una campaña de firma para lograr que Paco Larrañaga cumpla su kafkiana condena en la calle.

Ríndete mañana traza un cuadro pavoroso de la Justicia filipina al servicio de intereses viles, país donde es aceptado como verdad irrebatible que lo blanco es negro y donde los corruptos imponen sus normas con el apoyo general orquestado por los medios de masas populares. La realidad, como es norma, supera a la imaginación genial de Kafka.

Del infierno al cielo

El programa de la 56 Seminci manifiesta preferencia por las neurosis del primer mundo. Bajo esa perspectiva, el fin de semana decidé contrastar a rusos y noruegos. Cerca físicamente, pero en las antípodas de cómo desarrollar la existencia, Rusia y Suecia ofrecieron Bichos, por parte de los sufridos hijos de Putin, y Cuatro años más, reflejo del bienestar nórdico. La ex integrante de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas no parece haber mejorado con la caída de la dictadura, que es añorada como el tiempo en el que las prestaciones sociales como la sanidad eran gratis. El anciano protagonista, curtido en la guerra de Afganistan, combate con peor suerte contra un desquiciado y corrupto sistema sanitario al que debe pagar una fuerte suma para operar a su mujer, a la que han dado escasos días de vida. La Rusia  que confunde a Lenin con un poeta la constituyen jóvenes sin sueños, parásitos del nuevo régimen, carentes de mínimos principios. Los mayores, desplazados de la nueva Rusia, mal viven y los jóvenes no andan por mejor camino. La necesidad de dinero es el objetivo de los dos  protagonistas que, sin conocerse pretenden por vías y motivos distintos ayudar a la misma persona. Un retrato social desolador de una Rusia devaluda y en horas bajas. Un cine interesante más por el contenido que por la forma, algo premiosa y opaca, que nos muestra sin paliativos lo mal que anda la ajada expotencia mundial.

Frente a los rusos, los noruegos de Cuatro años más parecen Alicia en el País de las Maravilla. El dirigente del Partido Liberal sueco, cuatro años atrás candidato firme a primer ministro y ahora en horas bajas, se enamora de un prominente hombre socialista. Un pastel con homosexuales al que se ha puesto más azúcar que acidez. Una comedia romántica si sus protagonistas fueran la convencional pareja de hombre y mujer. La pirueta que sostiene la película es la absoluta normalidad con la que se plantea el cambio radical de las tendencias amorosas del dirigente liberal, trufado con frases ingeniosas dedicadas a la política sueca.  Punto que no se coge del todo bien por no tener las claves internas de la ironía. Merece la pena sufrir una traducción casi ininteligible por su inadecuado formato para adrentarse en la mentalidad de un mundo como el sueco donde el político no es un personaje encumbrado, prepotente y mitinero, por el contrario sus debilidades de hombre enamorado, un inútil capaz de perdese en los subterráneos de un hotel al que vemos fregando los platos en casa de sus padres hace que el espectador eche en falta que por estos lares no se den tan tratables políticos.

Las apariencias engañan

‘Retrato número cuatro’-‘El último bailarín de Mao’-‘En el camino’, en este orden de proyección parecía el bocadillo perfecto; dos buenos trozos de pan envolviendo jamón de bellota. Lo de fuera resultó de mayor calidad que lo de dentro. Las dos primeras películas (‘Retrato número cuatro’ y ‘El último bailarín de Mao’) las protagonizan chinos; taiwanés el primero, continental el segundo. Aquí terminan las mínimas coincidencias. Si ‘Retrato número cuatro’ es pura sutileza para contar el doloroso desamparo de un niño; la segunda, la del bailarín, resulta una previsible historia, y no precisamente porque sepamos cómo se desarrolló la vida Li Cunxin y sus éxitos.
En la que abrió el día, ‘Retrato número cuatro’, un niño aprende rápido la parte más amarga de la vida cuando muere su padre. Su madre, prostituta, le lleva a vivir con ella y su segundo marido, un hombre violento que mató a su hermano mayor. Un amigo delincuente, un bedel de corazón tan amplio como su perspicacia y la fuerza interior de un niño especial integran una historia donde la mayor degradación humana hubiera podido tener lugar si el director no prefiriera los resquicios de bondad que hay en algunos hombres y la inocencia nada pacata del pequeño; un actor que llena la pantalla y remata una obra cargada de fuerza poética sin sensiblerías vacuas.
El último bailarín de Mao’. Melodrama de clásica factura: buenos, malos, represión, esfuerzo, lágrima, triunfo… Poco añadió a la Seminci, a pesar de ser la película de la clausura y una de las presuntas estrellas del festival. Su director, Bruce Beresford posee cuatro Oscar por ‘Paseando a Miss Daisy’ y Cannes parece su casa… En el fondo el bailarín que salió de una aldea perdida de China para aprende ballet en plena revolución Cultural y desertar cuando se le presentó la ocasión es la biografía pintiparada para un director con querencia a los temas ‘humanos’ de factura sentimental. Las escenas de ballet, de largo, lo mejor
‘Na putu’ (En el camino), elevó el nivel y aportó la fuerza perdida con Beresford. Una pareja de musulmanes bosnios mantienen una relación profunda y convencional que se ve truncada cuando él es sancionado con la suspensión de empleo como controlador aéreo por beber en el trabajo. Un antiguo camarada de los años de guerra le ofrece un trabajo en un campamento de fundamentalistas wahhabistas. Los rigoristas islámicos atraen a su esfera al hombre ante la impotencia de la mujer que rechaza unas ideas que teme por su extremismo y le repelen por las heridas que le dejó la aún cercana guerra. Jasmila Zbanic atrapa nuestro interés para dar una respuesta muy satisfactoria, por bien planteada y resulta, a nuestra curiosidad. La última escena resulta inquietante, dado el jaez de los compañeros de secta del marido.

Sobre hechos reales

El mural’. Héctor Olivera no es un aprendiz de director de cine. El argentino ha realizado 113 largometrajes y tiene en su palmarés premios tan gloriosos como dos Osos de Plata de Berlín por la ‘Patagonia rebelde’ y ‘No habrá más penas ni olvido’. Goza de prestigio y aprecio general. Con este bagaje resulta difícil entender cómo ha realizado una película tan insulsa, desmañada y desnortada como ‘Mural’. Un mal año lo tiene cualquiera y Olivera no parece una excepción. El argumento son los complejos acontecimientos ocurridos a principios de los años treinta en la finca del millonario y magnate de la prensa, el argentino de origen uruguayo Natalio Botana, cuando encargó al pintor mexicano David Alfaro Siqueiros el mural, que concluiría en la obra maestra del género, ‘Ejercicio plástico’. La historia debió ser fascinante, pero el director brega entre caricaturizar a la alta sociedad argentina en tiempos agitados y plasmar el genio de Siqueiros y sus ideas revolucionarias. Un terrible drama busca su sitio entre fuertes personalidades como la promiscua y voluble esposa del artista, la poeta uruguaya Blanca Luz Brum; la prepotencia del dueño del diario ‘Crítica’, Botana, y su desquiciada esposa, la escritora anarquista Salvadora Medina Onrubia. Para que todos los protagonistas de la historia tengan papel, aparece en un segundo plano el poeta Pablo Neruda. Mucha carga para que un barco a la deriva no se hunda. Triangulo amoroso, diatribas sobre la revolución… Una masa de tantos ingredientes que cuesta que fermente. Los personajes parecen caricaturas viciosas y revolucionarios de salón. La película hace aguas al ritmo en que las historias van y vienen sin definición. Hubo al final de la proyección aplausos y pateos, tímidos ambos, que el gusto es muy personal.

Celuloide colectivo. El cine en guerra’ El documental de Óscar Martín –según sus palabras- llena parte del vacío existente en la historia del cine de 1936 a 1939. Los trabajos de antes y después de la guerra pegan un salto y dejan en blanco los años de la contienda, probablemente por considerar que son más ejercicios de propaganda que cine artístico. Siendo en gran parte verdad, ‘Celuloide colectivo’ constituye una ardua labor que rescata imágenes impagables de España en horas duras. La propaganda dirigida a levantar el ánimo se cruza con reportajes de la vida en las calles y montajes sobre la lucha en el campo de batalla. Se rodaron películas ingenuas sobre explotados y explotadores; comedias ‘sociales’ con niños que cantan a la moda de Shirley Temple que quieren ser como La Pasionaria. No faltaban los musicales destinados a entretener dentro de los cauces que exigía el momento… Historiadores del cine, especialistas y directores como Basilio Martín Patino y Ken Loach, contextualizan las imágenes. El director de fotografía Juan Mariné, protagonista activo de ese momento histórico, se emociona y nos emociona con sus recuerdos. En el cine de los años de la guerra mandan los anarquistas. La CNT, mayoritaria en Cataluña, se hace dueña de la industria del espectáculo en todas sus variantes, para ponerla al servicio de su causa. Esto no impide la incursión de cineastas no afiliados, incluso que se infiltren quintacolumnistas de la falange. En circunstancias para rodar complicadísimas, los cámaras no desfallecen; la pena es que mucho material ha desaparecido. Nombres relevantes junto a otros olvidados salen en pantalla a la par que desconocidas imágenes y textos que son retazos de historia pura. El conjunto ofrece testimonio de un mundo que precisa ser registrado en la memoria del país. El montaje de ‘Celuloide colectivo’ fue difícil –asegura su director- porque se trata de poner con lógica las imágenes de años convulsos como fueron los de la Guerra Civil. El trabajo de posproducción ha resultado duro, pero, es evidente, positivo.

De premio y cocinando en tiempos de crisis

‘Incendies’, afirman críticos y público, merece premio. Démoselo a esta tragedia griega donde los dioses no oyen a los hombres y la tragedia es posible que ocurriera o esté ocurriendo ahora en cualquiera de los conflictos bélicos contemporáneos. De ella se ha dicho mucho y bueno. Todo cierto. En una guerra de las que periódicamente lanzan a Líbano a las mayores brutalidades, una mujer de coraje busca al hijo que le arrebataron al nacer. En ella se ceban todas las brutalidades de los enfrentamientos civiles: violencia gratuita, violación, tortura… Dos hijos gemelos reconstruyen su historia para darla tranquilidad en su sepultura. El argumento, en frío, da miedo y causa incredulidad; pero emociona en imágenes. Sí, merece un premio por su sólida estructura en todos los sentidos y los sentimientos de horror que produce este cuarto filme del canadiense Denis Villeneuve. Mirando su corta biografía de director, los premios aparecen como una constante.

‘Recetas iraníes’. Los primeros largos minutos hacen dudar de si no nos habremos metido en el programa de una discípula de Arguiñano emitiendo desde Teherán. La mujer desgrana meticulosamente una receta complicada, pesada de hacer y de interés local. Una segunda ama de casa marcha por el mismo camino y, para animar al espectador, las imágenes no son de calidad. Madre, hermana, tía, suegra, vecina… la propia esposa dejan entrar al director en sus cocinas, preparando para él y su equipo un banquete que les lleva horas. Cada mujer, entre ingrediente e ingrediente, habla de su vida. Primero señalar que las cocinas todas parecen de Ikea, lo que nos indica que estamos ante familias de clase media. Segundo, Irán está cambiando. Por la edad de las protagonistas y sus vidas sabemos que la sociedad iraní, creámoslo o no, avanza y se moderniza generación tras generación de manera evidente. De esclavas de la cocina a abrir prefabricados. Mujeres casadas a los nueve años, a los 14 con hombres de 40, sometidas a sus suegras y sirvientas sin nombre para sus maridos, dan paso a esposas dispuestas a estudiar, a protestar. Entre medias, el eslabón que no se ha roto del todo. No hay que mirar a esas cocineras con nuestros roles culturales, hay que verlas como mujeres en el país de los ayatolá y apreciaremos que día a día ganan su espacio, al menos frente a ciertos hombre, que no sabemos si representan a la mayoría. El documental de Dastoore Ashpazi no es para tirar cohetes, pero no se pierde el tiempo viéndolo, ni aburre. Interesa porque nos enseña una parte de la vida cotidiana de un mundo desconocido y del que poco más sabemos que está bajo el poder de un loco que nos amenazan con desastres.


‘Inside Job’. El planteamiento que hace el estadounidense Charles Fergusones constituye un clásico: una exhaustiva investigación previa marca el campo de batalla y los frentes por donde avanzar con agilidad y a gran velocidad hasta completar la crónica de la actual crisis y sus conclusiones. El tema es ambicioso y abundante el material. Entrevistas –muchas- a los protagonistas que lo permiten, junto a explicaciones de los expertos y una mirada a los demoledores efectos de la hecatombe económica en la vida de millones de personas en el planeta sitúan las causas y efectos de la brutal recesión que padece el mundo. La cadena de declaraciones y lo complejo del tema, amén de las dificultades del idioma, hace necesaria la revisión no una, sino posiblemente varias veces del documental, para captarlo con precisión. Si el director ha sido honesto en la exposición, si su teoría no parte de un fundamentalismo agorero, hay que decir que vivimos en el peor de los mundos. Lugar donde las palabras ética y honradez dan risa. Los perniciosos efectos que sufrimos en nuestras propias carnes se alimentaron a conciencia durante décadas. Se iniciaron en los mandatos de Reagan, cuando permitió las primeras desregulaciones del sistema financiero estadounidense, que también había funcionado por las obligaciones que se le impusieron a raíz de la crisis del 29. Demócratas y republicanos dejaron manos libres a los ingenieros financieros para que construyeran sus ficciones tan delictivas como inmorales, que especularan y se enriquecieran hasta límites inverosímiles y llevaran su indecencia por todo el mundo subidos en las nuevas tecnologías. Una estafa a gran escala ejecutada por las principales entidades financieras de EE. UU con ayuda de los organismos públicos. Sus efectos destructores los conocemos y tienen sumidas en la pobreza y destruido sus vidas a millones de personas. El didáctico documental nos aclara un embrollo del que se habla mucho y se entiende a medias. Nos pone los pelos de punta cuando vemos desde Clinton a Obama, pasado por el inefable Bush hijo, que los mismos perros con los mismos collares siguen hoy en los mismos puestos. Que la corrupción llega a los departamentos de economía de las ‘prestigiosas’ universidades americanas, de donde salen los consejeros económicos de los presidentes, gurús de la desregulación, del dejar hacer, filosofía que alimentó el gran fraude. Barack Hussein Obama, contra lo deseado por muchos, no parece ser la esperanza que nos rescatará del caos. Su política sigue los pasos de sus predecesores. El gran ejercicio periodístico que es el documental no ayuda precisamente a elevar el ánimo sobre el futuro que nos espera.

El Norte de Castilla

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