‘Incendies’, afirman críticos y público, merece premio. Démoselo a esta tragedia griega donde los dioses no oyen a los hombres y la tragedia es posible que ocurriera o esté ocurriendo ahora en cualquiera de los conflictos bélicos contemporáneos. De ella se ha dicho mucho y bueno. Todo cierto. En una guerra de las que periódicamente lanzan a Líbano a las mayores brutalidades, una mujer de coraje busca al hijo que le arrebataron al nacer. En ella se ceban todas las brutalidades de los enfrentamientos civiles: violencia gratuita, violación, tortura… Dos hijos gemelos reconstruyen su historia para darla tranquilidad en su sepultura. El argumento, en frío, da miedo y causa incredulidad; pero emociona en imágenes. Sí, merece un premio por su sólida estructura en todos los sentidos y los sentimientos de horror que produce este cuarto filme del canadiense Denis Villeneuve. Mirando su corta biografía de director, los premios aparecen como una constante.
‘Recetas iraníes’. Los primeros largos minutos hacen dudar de si no nos habremos metido en el programa de una discípula de Arguiñano emitiendo desde Teherán. La mujer desgrana meticulosamente una receta complicada, pesada de hacer y de interés local. Una segunda ama de casa marcha por el mismo camino y, para animar al espectador, las imágenes no son de calidad. Madre, hermana, tía, suegra, vecina… la propia esposa dejan entrar al director en sus cocinas, preparando para él y su equipo un banquete que les lleva horas. Cada mujer, entre ingrediente e ingrediente, habla de su vida. Primero señalar que las cocinas todas parecen de Ikea, lo que nos indica que estamos ante familias de clase media. Segundo, Irán está cambiando. Por la edad de las protagonistas y sus vidas sabemos que la sociedad iraní, creámoslo o no, avanza y se moderniza generación tras generación de manera evidente. De esclavas de la cocina a abrir prefabricados. Mujeres casadas a los nueve años, a los 14 con hombres de 40, sometidas a sus suegras y sirvientas sin nombre para sus maridos, dan paso a esposas dispuestas a estudiar, a protestar. Entre medias, el eslabón que no se ha roto del todo. No hay que mirar a esas cocineras con nuestros roles culturales, hay que verlas como mujeres en el país de los ayatolá y apreciaremos que día a día ganan su espacio, al menos frente a ciertos hombre, que no sabemos si representan a la mayoría. El documental de Dastoore Ashpazi no es para tirar cohetes, pero no se pierde el tiempo viéndolo, ni aburre. Interesa porque nos enseña una parte de la vida cotidiana de un mundo desconocido y del que poco más sabemos que está bajo el poder de un loco que nos amenazan con desastres.

‘Inside Job’. El planteamiento que hace el estadounidense Charles Fergusones constituye un clásico: una exhaustiva investigación previa marca el campo de batalla y los frentes por donde avanzar con agilidad y a gran velocidad hasta completar la crónica de la actual crisis y sus conclusiones. El tema es ambicioso y abundante el material. Entrevistas –muchas- a los protagonistas que lo permiten, junto a explicaciones de los expertos y una mirada a los demoledores efectos de la hecatombe económica en la vida de millones de personas en el planeta sitúan las causas y efectos de la brutal recesión que padece el mundo. La cadena de declaraciones y lo complejo del tema, amén de las dificultades del idioma, hace necesaria la revisión no una, sino posiblemente varias veces del documental, para captarlo con precisión. Si el director ha sido honesto en la exposición, si su teoría no parte de un fundamentalismo agorero, hay que decir que vivimos en el peor de los mundos. Lugar donde las palabras ética y honradez dan risa. Los perniciosos efectos que sufrimos en nuestras propias carnes se alimentaron a conciencia durante décadas. Se iniciaron en los mandatos de Reagan, cuando permitió las primeras desregulaciones del sistema financiero estadounidense, que también había funcionado por las obligaciones que se le impusieron a raíz de la crisis del 29. Demócratas y republicanos dejaron manos libres a los ingenieros financieros para que construyeran sus ficciones tan delictivas como inmorales, que especularan y se enriquecieran hasta límites inverosímiles y llevaran su indecencia por todo el mundo subidos en las nuevas tecnologías. Una estafa a gran escala ejecutada por las principales entidades financieras de EE. UU con ayuda de los organismos públicos. Sus efectos destructores los conocemos y tienen sumidas en la pobreza y destruido sus vidas a millones de personas. El didáctico documental nos aclara un embrollo del que se habla mucho y se entiende a medias. Nos pone los pelos de punta cuando vemos desde Clinton a Obama, pasado por el inefable Bush hijo, que los mismos perros con los mismos collares siguen hoy en los mismos puestos. Que la corrupción llega a los departamentos de economía de las ‘prestigiosas’ universidades americanas, de donde salen los consejeros económicos de los presidentes, gurús de la desregulación, del dejar hacer, filosofía que alimentó el gran fraude. Barack Hussein Obama, contra lo deseado por muchos, no parece ser la esperanza que nos rescatará del caos. Su política sigue los pasos de sus predecesores. El gran ejercicio periodístico que es el documental no ayuda precisamente a elevar el ánimo sobre el futuro que nos espera.