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El tiempo y la verdad
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Esperanza Ortega | 17-01-2017 | 20:07

Ya lo dijo Bergson, que el tiempo era una noción subjetiva: cuando somos niños se desliza despacio, como un reptil, pero cuando dejamos de ser jóvenes, el tiempo se echa a correr hasta dejar atrás al mismo Aquiles. Otro tanto sucede con la evolución histórica: ¿cuántos millones de años tardamos en descubrir la rueda? Hoy, sin embargo, los descubrimientos se suceden a tal velocidad que no tenemos ni tiempo de asimilarlos. Sí, vivimos más tiempo, pero nuestra vida discurre por un río cada vez más caudaloso. De ahí nuestra angustia, nuestro miedo a caer arrastrados por la fuerza de una cascada. Sí, el tiempo transcurre hoy mucho más deprisa que cuando nuestros antepasados lo medían por un reloj de sol. Y apuesto a que cada minuto de esta noche se le ha hecho más largo al refugiado que soporta la helada que al ministro del ramo que remolonea en su cama calentita, resistiéndose a admitir en España al número de refugiados que había prometido. Pero, ¿de qué promesa me habla? Eso lo firmé hace ya mucho tiempo, el año pasado. El ansia del tiempo por devorar la vida hace que nos olvidemos pronto de la palabra dada, de ahí que se incumplan las promesas y prescriban los delitos. Por eso Rajoy les contestó hace unos días a los familiares de los muertos en el Yak 42 que el accidente había sucedido hace muchísimo tiempo y ya estaba “sustanciado” judicialmente. Rajoy ya ni se acuerda, pero a las madres de los soldados se les ha ido el tiempo en un suspiro: un suspiro de dolor y de rabia, que cada día hace presente su desdicha. La diferencia, sin embargo, entre el tiempo abstracto, que marca el tic tac del reloj, y el tiempo de los seres humanos, que marcan los latidos del corazón, no es únicamente que uno sea objetivo y el otro sea subjetivo; la diferencia reside en que el tiempo de los seres humanos no es reversible: a los relojes se les puede dar marcha atrás, pero a nuestro corazón no. Ante esta evidencia, la memoria es la única defensa contra el agujero negro del olvido. Luchar contra la desmemoria es luchar contra Kronos, el dios griego del tiempo, que sigue devorando las vidas humanas igual que un día devoró a sus hijos. La Poesía también se empeña en darle la vuelta al manto del tiempo, que todo lo tapa, dejando al descubierto sus costuras. No se trata de volver sobre las propias huellas, sino de alcanzar el tiempo regido por Kairós, el hijo amable de Kronos, al que Delauze definía como “un momento-lugar único e irrepetible que no es presente pero que siempre está por llegar y siempre ya ha pasado”: el tiempo del Paraíso perdido y el tiempo del Edén inalcanzable, es decir, la utopía. Si podemos imaginarla es porque Kairós sobrevuela cada segundo de la Humanidad, intentando rescatarla del abismo de injusticia al que es arrojada. Y no hay mayor injusticia que la que sufren los pobres de la tierra. Hay que pasar página -dicen aquellos que no quieren que recordemos lo sucedido-. Aunque parezca paradójico, tener memoria significa ser viejo, así que la aspiración del ciudadano europeo es mantenerse en el estado de alzheimer colectivo. ¡Yo no me acuerdo de nada!-dice ufano el idiota-, no recuerdo -contesta al juez el caradura-. ¿Regresaremos al tiempo de la verdad, al tiempo de Kairós, en el que todo merecía ser recordado?, ¿alcanzaremos el tiempo de los momentos inolvidables, cuando nos sentíamos ligeros y libres? Los refugiados que mueren de frío nos contestan que no, que nuestra indiferencia no merece ni un minuto, ni segundo de luz y paraíso.

Sobre el autor Esperanza Ortega
Esperanza Ortega es escritora y profesora. Ha publicado poesía y narrativa, además de realizar antologías y estudios críticos, generalmente en el ámbito de la poesía clásica y contemporánea. Entre sus libros de poemas sobresalen “Mudanza” (1994), “Hilo solo” (Premio Gil de Biedma, 1995) y “Como si fuera una palabra” (2007). Su última obra poética se titula “Poema de las cinco estaciones” (2007), libro-objeto realizado en colaboración con los arquitectos Mansilla y Tuñón. Sin embargo, su último libro, “Las cosas como eran” (2009), pertenece al género de las memorias de infancia.Recibió el Premio Giner de los Ríos por su ensayo “El baúl volador” (1986) y el Premio Jauja de Cuentos por “El dueño de la Casa” (1994). También es autora de una biografía novelada del poeta “Garcilaso de la Vega” (2003) Ha traducido a poetas italianos como Humberto Saba y Atilio Bertolucci además de una versión del “Círculo de los lujuriosos” de La Divina Comedia de Dante (2008). Entre sus antologías y estudios de poesía española destacan los dedicados a la poesía del Siglo de Oro, Juan Ramón Jiménez y los poetas de la Generación del 27, con un interés especial por Francisco Pino, del que ha realizado numerosas antologías y estudios críticos. La última de estas antologías, titulada “Calamidad hermosa”, ha sido publicada este mismo año, con ocasión del Centenario del poeta.Perteneció al Consejo de Dirección de la revista de poesía “El signo del gorrión” y codirigió la colección Vuelapluma de Ed. Edilesa. Su obra poética aparece en numerosas antologías, entre las que destacan “Las ínsulas extrañas. Antología de la poesía en lengua española” (1950-2000) y “Poesía hispánica contemporánea”, ambas publicadas por Galaxia Gutemberg y Círculo de lectores. Actualmente es colaboradora habitual en la sección de opinión de El Norte de Castilla y publica en distintas revistas literarias.

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