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Fecha: febrero, 2017
Letizia y Melania, las dos cenicientas
Esperanza Ortega 28-02-2017 | 9:59 | 0

Platino y brillantes con charnelas vegetales de diamantes. De materias tan nobles se compone la Tiara de Lis, emblema heráldico de los Borbones, que lució la reina Letizia la semana pasada. Estaba regia, al menos en la fotografía de la portada del Hola. Dicen que doña Letizia se decidió a estrenar esta corona para deslumbrar a Luciana Awada, la primera dama argentina.  De hecho, la reina Sofía no usó la joya que le regaló Alfonso XIII a Victoria Eugenia hasta que tuvo una vecina de mesa de su categoría: la mismísima Isabel II de Inglaterra.  Créanme, en mi última visita a la peluquería he estudiado a fondo el tema, y se pude decir que soy una experta en tiaras reales. Sin embargo, no puedo dejar de pensar que coronas semejantes las venden por 12 euros en Don Disfraz. Serán de pacotilla, pero dan el pego. Y hay otros dos aspectos que no me encajan: el primero es la diferencia de tamaño entre la cabecita y el cuerpo menudo de la reina española y el coronón de su tatarabuela política. Con la tiara encima, Letizia parece una barbie a la que le han colocado la corona de una nancy. Y todavía me parece menos apropiado para una reina de verdad el gesto de avidez satisfecha, ¡por fin!, que se refleja en su rostro maquillado. ¿A quién me recuerda esa mirada?, ¿a la de un busca-tesoros furtivo justo en el momento en el que abre el cofre y lo encuentra repleto de collares y  brazaletes?. Sí, ese resplandor codicioso, un poco desconfiado –parece que levanta los ojos hacia arriba para vigilar el dineral que lleva sobre la cabeza- es más propio de una hermanastra de Cenicienta que de la Cenicienta misma. A las reinas de verdad les corresponde una mirada lánguida y  ensimismada, propia de quien ya ha olvidado que un día el hada madrina le cambió la cofia por corona.  Sigo pasando las páginas del Hola y me hallo ante otra nueva Cenicienta: Melania Trump, con la que la reina Letizia, salvando las distancias –les separa nada menos que el Océano Atlántico- mantiene dos notorias semejanzas. Letizia y Melania son castañas claras, con reflejos rubios, y las dos lucen una bella estampa, además de salir en las fotos de las revistas del corazón por haberse casado con sendos mandamases. Hay, sin embargo, entre ambas una gran diferencia: si a doña Letizia se la ve radiante en su papel de reina, a la pobre Melania se la ve triste, muy triste, tristísima en su papel de primera dama. Y eso le honra a Melania: ¡con cuánta dignidad soporta la proximidad del cerdo con flequillo con el que se ha casado!. Lo pienso y me cae hasta bien ¡Lo que habrá tenido que luchar hasta llegar a encerrarse en su jaula de oro!. Recuerdo  los versos de Rubén Darío y me parecen más apropiados para Melania que para Letizia: “Pobrecita princesa de los ojos azules/ está presa en sus oros, está presa en sus tules/ en la jaula de mármol del palacio real”. Sí, a Rubén Darío también le hubiera conmovido  la tediosa resignación con la que Melania soporta la vida casablanqueada. Cualquiera que la contemple con detenimiento se dará cuenta de que está soñando con que den las doce y, ¡por fin!, se convierta de nuevo en una pobre emigrante rumana. Entonces saldrá corriendo a la calle  con la esperanza de encontrar un ser humano que la mire y la toque con respeto…. Si las observan con atención, seguro que coinciden conmigo en que, llegado el caso, sería el pie de Melania y no el de Letizia el que se deslizaría suavemente dentro del zapatito de cristal.

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No más excusas
Esperanza Ortega 21-02-2017 | 10:46 | 1

“No más excusas, acojamos a los refugiados”. Ése fue el eslogan repetido en la gigantesca manifestación que recorrió las calles de Barcelona hace tres días. Barcelona dejó de ser  únicamente la capital de Cataluña y una de las grandes capitales españolas para convertirse en una ciudad universalmente solidaria. Me impresionó ver a las multitudes en la calle con ese grito unánime y justo. Y desde entonces echo en falta un gesto similar en todas las ciudades españolas. Y echo en falta sobre todo el esfuerzo de los políticos españoles que se dicen de izquierdas, -me refiero principalmente a los de PODEMOS y a los de Izquierda Unida- en la denuncia del vergonzoso comportamiento del gobierno español para con los refugiados que piden asilo. No, no  se trata únicamente de que acudan a este tipo de eventos, sino de que hagan algo más, que  los convoquen y los organicen, que cumplan con el deber de ser “ciudadanos ejemplares”, comprometidos con el dolor del mundo. Porque ya se ha acabado el tiempo de la espera. El ciudadano medio –dicen- es un ser egoísta y mediocre, cobarde por naturaleza y solo preocupado por escuchar la voz de su bolsillo. Así pues, los políticos tienen que asumir su lenguaje con el único fin de ser votados y ganar las elecciones. ¿Y si fuera esto verdad?, ¿o quizás es mentira? Mientras transcurría la manifestación de Barcelona, en la otra punta de España un grupo de refugiados  se preparaba para el salto de la valla de Ceuta. Algunos lo consiguieron a pesar de las concertinas y, aunque su actuación contraviene las leyes españolas, muchos, muchísimos españoles nos alegramos de que hubieran conseguido su objetivo y les deseamos un buen fututo en Europa. ¿Cómo explicaríamos este suceso a los niños en una clase de Educación Cívica? Yo les diría que hay situaciones históricas en las que cumplir la ley significa cometer una grave injusticia. Y para que lo entendieran mejor les aconsejaría la lectura de “Un saco de canicas”, la autobiografía de Joseph Joffo, donde cuenta cómo atravesó la Francia ocupada por los nazis a los 10 años en busca de la libertad, burlando los controles y las leyes que le hubieran enviado a un campo de concentración por su origen judío. Hoy miles de niños deambulan en busca de cobijo y solo encuentran una muralla de crueldad. A los que no son tan niños les recomendaría la lectura de “Historia de una vida” de Aharon Appelfeld. Demasiado cruda para las mentes infantiles, el lector adulto puede soportar la historia de este niño judío rumano huido del campo de exterminio gracias a la maravilla de su escritura. Ambos, los dramas de  Joffo y de Appenfeld, fueron posibles porque una mayoría silenciosa miraba para otro lado y por unos políticos que no querían hacerse impopulares. A esa mayoría que no sabe ni contesta es a la que gritaban los manifestantes de Barcelona: no más excusas. Decía Appenfeld en una entrevista: “Durante la guerra no hablaban las palabras, sino los rostros y las manos. Observando los rostros aprendías hasta que punto la persona que se encuentra a tu lado quiere ayudarte o hacerte daño. Solo después de la guerra reaparecieron las palabras”. Así que, mientras nos queden palabras, mientras el silencio de los pobres muertos no sea la única cadencia posible, habrá que seguir escribiendo cada semana la misma columna.

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La mujer y la ciencia
Esperanza Ortega 14-02-2017 | 8:14 | 0

“Una vez  una monja muy santa y cándida me mandó que no estudiase. Yo la obedecí durante tres meses en cuanto a no leer libros, pero no en lo de no estudiar, porque esto a mí no me es posible, pues, aunque no leía libros, estudiaba observando todas las cosas creadas por Dios, sirviéndome ellas de letras y de libros todo el Universo”. Esto le contestó Sor Juana Inés de la Cruz, la poeta mexicana del Siglo XVII, a un obispo preocupado por su afán de saber, insano, a su parecer, para una mujer de su tiempo. Y es que el caso de Sor Juana, como el de todas las mujeres que han destacado por su sabiduría a lo largo de la Historia, desde Leonor de Aquitania hasta madame Curie, inquietaba especialmente a quienes intuían que, debajo de sus cofias y sus tocas, las descendientes de Eva escondían un cerebro potente. Traigo hoy a colación la carta que Sor Juana Inés escribió a Sor Filotea –seudónimo que utilizaba el obispo – porque el sábado pasado se celebró el Día de la Mujer y la Niña en la Ciencia, y el mero hecho de que haya que celebrar este día nos indica que niñas y mujeres siguen chocando con los Filoteos cuando intentan utilizar su inteligencia. Primero se orientaron hacia las Humanidades, y en los últimos tiempos a los campos de la Educación, la Medicina y los estudios jurídicos. Es en la investigación científica donde más están tardando en penetrar ¿Por qué se sigue  eligiendo siempre, en el caso de que haya igualdad en los méritos, al hombre y no a la mujer para los trabajos relacionados con la investigación científica?, ¿por qué será? Por la misma razón que a Madame Curie se le impidió entrar en la Academia Francesa de las Ciencias en 1911, el mismo año en que obtuvo su segundo Premio Nobel. Efectivamente, hay casos que nos ponen los pelos de punta, como el que refiere  Petra Barnés en su libro “Frutos del exilio”, publicado por la Universidad Metropolitana de México en 2010: “En unas oposiciones a catedrático de universidad celebradas en España en 1940, el tribunal prefirió dejar una plaza desierta antes que permitir que fuera ocupada por una mujer”. Hay en la raíz del problema una gran injusticia, es verdad, pero pocos piensan que es mucho más lo que ha perdido y  sigue perdiendo el  mundo de la investigación al despreciar el talento de las mujeres. Sor Juana Inés de la Cruz reflexionaba también sobre esto en su carta a Sor Filotea: “Pues ¿qué os pudiera contar de los secretos naturales que he descubierto estando guisando? Veo que un huevo se une y fríe en la manteca o aceite y, por contrario, se despedaza en el almíbar; veo que para que el azúcar se conserve fluida basta echarle una muy mínima parte de agua en que haya estado membrillo u otra fruta agria… Yo suelo decir viendo estas cosillas: si Aristóteles hubiera guisado, mucho más hubiera escrito”.  Ángeles Ruiz Robles, la maestra que inventó el libro electrónico en los años cincuenta, es un ejemplo de cuánto talento femenino ha sido desperdiciado: su enciclopedia, que hoy es una pieza de museo,  nunca fue fabricada. Sí, las mujeres sirven para mucho más que para ser el descanso al guerrero, aunque la Señorita Francis proclamara en sus programas radiofónicos que esta era la misión más alta a la que podían aspirar. Por cierto, ¿saben cómo se llamaba realmente Elena Francis? Se llamaba Juan Soto Viñolo, y era otro impostor, como el obispo enmascarado en sor Filotea. Para que luego digan que las mujeres tradicionales, tontorronas e indocumentadas,  eran más femeninas.

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¿Muerte segura?
Esperanza Ortega 07-02-2017 | 10:12 | 1

“Muerte segura”, aunque  hoy nos parece una frase siniestra, en nuestra infancia no era más que un juego: la m de la palma de la mano  anunciaba la muerte y la s de  la planta del pie, la imposibilidad de soslayarla. Llevábamos estas marcas desde el nacimiento, como un sello de fábrica. No lo debíamos olvidar, pero jugábamos a marcar con el bolígrafo Bic esas dos rutas  tan horribles como indudables. Quizá porque lo teníamos asumido desde la edad más tierna, no nos asustaba tanto la idea de que íbamos a morir algún día. La muerte, además, no era un adiós definitivo, sino un hasta luego  que dotaba de  intermitencia a la vida posible. ¿Han pensado alguna vez que durante siglos y siglos el ser humano ha dado por seguro que existía un Dios creador y una futura vida eterna? Y en nuestra generación como en algunas anteriores, incluso en el caso de los agnósticos militantes, no se dejaba de creer hasta  llegar a la edad adulta, y siempre quedaba el recuerdo de lo creído, como un primer amor que nos hubiera decepcionado pero al que guardáramos una mezcla de  respeto y cariño. En cambio, la mayoría de los jóvenes actuales no han creído nunca en un más allá. Aquella  primera creencia , además de vacunarnos contra las fantasías falaces de los brujos modernos, no nos liberaba únicamente de la angustia de la muerte, sino  también del vértigo ante la magnitud del Universo. Entonces el Universo era como un inmenso garaje gris, que sin embargo estaba regido por una ley benéfica, con  un sentido misterioso  pero inteligente. Ahora, sin embargo, el misterio se va desvelando y la angustia crece amenazante , como una flor carnívora. Pienso esto mientras leo la descripción de Marte que hace la N.A.S.A: un planeta helado y oscuro, que no excluye la posibilidad de  vida. Me imagino sus montañas de hielo impasibles y silenciosas, como me imagino a la tierra futura, desértica y ardiente, cuando los hombres hayamos terminado de destrozarla . Estos días se han encontrado los restos de un continente desaparecido hace más de 200 millones de años en las aguas que bañan las islas Mauricio., o mejor dicho, los restos del continente que hubo antes de que las tierras se separaran dando origen al océano Índico. ¿Cuántas especies desaparecerían tras aquella catástrofe? Cada especie que desaparece es un secreto que nunca se llegará a  desvelar. Los  antiguos quisieron ver una lógica en el desastre y hablaron de castigos divinos, como el diluvio Universal o el hundimiento de la Antártida ¡Qué hermosas, por cierto, las palabras de Platón en su Diálogo con Critias., en donde describe lo que a él le contaron de aquel continente mítico. Al leer a Platón una piensa que ha valido la pena que el ser humano haya existido, aunque sea  tan contingente como el resto de las especies que pueblan la Tierra. Y qué paradoja, aunque ya nadie nos recuerde ni a Platón ni a sus lectores cuando la Tierra se deshaga en el espacio, qué nostalgia sentimos ahora por este sucio planeta herido, tan nuestro, tan amado por generaciones y generaciones por los siglos de los siglos. ¡Qué melancolía ¡Y qué raro es que haya seres humanos ajenos al sentimiento de pertenencia  a este grano de arena perdido en el espacio infinito ¡ Quizá es que esos seres nunca han visto  en los ojos que los miran el fulgor  de una estrella ¡

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Sobre el autor Esperanza Ortega
Esperanza Ortega es escritora y profesora. Ha publicado poesía y narrativa, además de realizar antologías y estudios críticos, generalmente en el ámbito de la poesía clásica y contemporánea. Entre sus libros de poemas sobresalen “Mudanza” (1994), “Hilo solo” (Premio Gil de Biedma, 1995) y “Como si fuera una palabra” (2007). Su última obra poética se titula “Poema de las cinco estaciones” (2007), libro-objeto realizado en colaboración con los arquitectos Mansilla y Tuñón. Sin embargo, su último libro, “Las cosas como eran” (2009), pertenece al género de las memorias de infancia.Recibió el Premio Giner de los Ríos por su ensayo “El baúl volador” (1986) y el Premio Jauja de Cuentos por “El dueño de la Casa” (1994). También es autora de una biografía novelada del poeta “Garcilaso de la Vega” (2003) Ha traducido a poetas italianos como Humberto Saba y Atilio Bertolucci además de una versión del “Círculo de los lujuriosos” de La Divina Comedia de Dante (2008). Entre sus antologías y estudios de poesía española destacan los dedicados a la poesía del Siglo de Oro, Juan Ramón Jiménez y los poetas de la Generación del 27, con un interés especial por Francisco Pino, del que ha realizado numerosas antologías y estudios críticos. La última de estas antologías, titulada “Calamidad hermosa”, ha sido publicada este mismo año, con ocasión del Centenario del poeta.Perteneció al Consejo de Dirección de la revista de poesía “El signo del gorrión” y codirigió la colección Vuelapluma de Ed. Edilesa. Su obra poética aparece en numerosas antologías, entre las que destacan “Las ínsulas extrañas. Antología de la poesía en lengua española” (1950-2000) y “Poesía hispánica contemporánea”, ambas publicadas por Galaxia Gutemberg y Círculo de lectores. Actualmente es colaboradora habitual en la sección de opinión de El Norte de Castilla y publica en distintas revistas literarias.

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