img
Fecha: marzo, 2017
Decir adiós
Esperanza Ortega 28-03-2017 | 10:21 | 0

“Nunca se dice adiós cuando se ama”, un memorable soneto de Francisco Pino comienza con este endecasílabo. Y lo he recordado al enterarme de que este año se cumple el setenta y cinco aniversario del estreno de Casablanca, aquella película en la que todos lloramos, reímos, cantamos y salimos del cine dispuestos a enamorarnos cuanto antes. ¿Quién no recuerda la escena en que Sam toca al piano “El tiempo pasará”, para atenuar el violentísimo choque de miradas de Ilsa Y Rick en el momento de su reencuentro? Hasta los muertos se desperezaron al verlos con la sensación de que allí y aquí estaba pasando algo. ¿Y quién ha olvidado la escena en que, mientras los militares nazis cantan uno de sus himnos, Laszlo comienza a entonar La Marsellesa en el café Rick y su dueño hace una seña a la orquesta para que le acompañe con su música? En ese momento solo fueron los vivos los que saltaron de la butaca para cantar con ellos “Allons enfans de la patrie…” Pero hay una escena silenciosa y terrible a la que nadie se refiere cuando habla de Casablanca, una escena sin la que el argumento no tendría sentido, pero que los espectadores preferiríamos no haber visto, aunque haya quedado grabada en la memoria de todos con la fuerza inevitable de un remordimiento: me refiero a la escena en la que Rick espera en vano a Ilsa en la estación de París. Ese tren que se va -¡Ay!, sin ella- todavía nos duele. “¡Oh Amor, Amor!, sana dejas la ropa, lastimas el corazón. Dulce nombre te dieron; amargos hechos haces. La leña que gasta tu llama son almas y vidas de humanas criaturas…”, así reprochaba al amor el padre de Melibea, la dulce protagonista de la Celestina, su poder devastador de seducción, su impulso implacable y destructivo. Al contrario que Calisto y Melibea, ni Rick ni Ilisa mueren, los dos están vivos muchos años después y vuelven a quemarse con la misma llama, que no cauteriza, sin embargo, su mutua herida invisible y sangrante. ¿Hubiera sido menos dolorosa la herida de ambos si ella le hubiera escrito a Rick una nota con una explicación o una disculpa en el momento de abandonarle? Yo creo que no. El silencio y la ausencia dejan al menos algo intacto sobre la mesa de la espera, un quizá, una sinrazón enigmática, imposible de ser ahogada del todo por el despecho. “Nunca se dice adiós cuando se ama”, esto no lo sospechan los groseros amantes que abandonan a sus parejas por medio de un whatsApp inesperado. ¡Qué horror!, eso si que tiene que enloquecer a cualquier enamorado o enamorada que lo sea de verdad. ¡Qué villanía! ¿Cuál no hubieran sido las locuras de Orlando furioso si su amada le hubiera dejado de forma tan vulgar y rotunda? Pues esto ocurre muy habitualmente, la ruptura de menos de 50 caracteres, imaginen, imaginen… Un acto semejante sí que impide cualquier reencuentro posterior, porque hace que el abandonado penetre en el recinto en cuya entrada cuelga el cartel que dice: “Aquellos que aquí entréis/ dejad toda esperanza”, las mismas palabras que figuraban como frontispicio a la entrada del Infierno de Dante. Un infierno de WhatsApp mezquinos no puede albergar ni siquiera la sensación engañosa de que, mientras el corazón palpite, cualquier cosa es posible. Ellos, los condenados del teléfono móvil, no podrán decir años después, con una mezcla de orgullo y melancolía: siempre nos quedará París.

Ver Post >
Los motivos del lobo
Esperanza Ortega 22-03-2017 | 12:06 | 1

He de reconocerlo, a no ser en las películas, jamás he visto un lobo, ni me han asustado sus aullidos en la noche. Como fui una niña de ciudad, tampoco temía demasiado al lobo de los cuentos, que solo atacaba en los bosques lejanos. Pero sí sentí miedo del lobo que perseguía a Birno en “Días de desván”, de Luis Mateo Díez. Birno se había perdido en la noche, en medio del monte nevado, y un lobo le seguía de cerca: “El rastro de la alimaña era cada vez más cercano, tanto que hubo un momento en que, al volverse, percibió su hocico, del mismo modo que, unos pasos después, vio brillar sus ojos”. Sin embargo, ni el aliento del lobo ni su mirada letal me apartaron a mí de la página escrita. Los ganaderos desearían eliminar del mapa al protagonista de este relato, el  lobo ibérico, el mismo que protegen los ecologistas. Yo no sé qué pensar. El lobo trata de alimentarse cuando está hambriento, como todo hijo de vecino, pero ya Félix Rodríguez de la Fuente nos advertía a los niños de los años sesenta que este lobo nuestro es un dechado de virtudes domésticas: se empareja de por vida y es un padre ejemplar. Sí, algunas lecciones tendríamos que aprender los hombres de los lobos, que al menos no se devoran entre ellos. Por ejemplo, ¿cuántos hombres habrán muerto a manos de otros hombres  durante la media hora que llevo escribiendo esta columna? ¿Siete?, ¿Cincuenta y cinco?, ¿Cuatro mil? No tengo ni la menor idea. Quizá la conciencia de que la especie humana no es inocente en absoluto –si lo fuera, no hubiera sobrevivido- le llevó a San Francisco de Asís a tratar al lobo como a un hermano. ¡Qué escena tan triste y tan hermosa! Cuando lo pienso, me da tanta lástima ese lobo rendido que me entran ganas de llorar. ¿Y qué fue de él?. Según dice Rubén Darío en “Los motivos del lobo”, vivió pacíficamente con los frailes, hasta que se fue San Francisco de peregrinación y la gente del pueblo le hizo de nuevo la vida imposible. A su vuelta, San Francisco lo encontró hecho un salvaje. Se acercó hasta su cueva en la montaña y le gritó: “¡Oh lobo perverso!, ¿por qué has vuelto al mal?” y el lobo se excusó diciendo: “todas las criaturas eran mis hermanos:/ los hermanos hombres, los hermanos bueyes,/ hermanas estrellas y hermanaos gusanos”,/ pero me apalearon “y recomencé a luchar aquí,/ a me defender y a me alimentar./ Como el oso hace, como el jabalí,/ que para vivir tienen que matar./ Déjame en el monte, déjame en el risco,/ déjame existir en mi libertad…” El Santo volvió al convento y el lobo sigue allí, libre y perseguido, y seguirá hasta que el hombre, con armas mucho más eficientes que sus fieros colmillos, acabe con su especie. No, no me atrevo a afirmar que en esta lucha perenne haya que estar de parte del lobo, pero concluyo con el último párrafo del relato de Mateo Díez, quien sí que oyó de niño su aullido amenazante en la montaña leonesa. Cuando Birno cayó sin fuerzas en la nieve, el lobo se acercó y “husmeó con sigilo y recelo aquel cuerpo varado que ya no tenía respiración y retomó el rastro de su acecho, la huella que la nieve velaba en el camino de la persecución, como si quisiera regresar sobre sus pasos al interior de la selva petrificada”. Así se salvó Birno de ser devorado, gracias a la decisión de la más feroz de las alimañas. No sé. Lo único que se me ocurre es que hay algo más profundo que el amor o el odio, algo a un tiempo feroz y compasivo que hemos perdido al hacernos seres humanos.

Ver Post >
Lecciones primaverales
Esperanza Ortega 14-03-2017 | 9:12 | 0

El viernes salí con Tula a dar una vuelta por la orilla del río. Era la hora del Ángelus, el mediodía, cuando el dios Ra de los egipcios se muestra en toda su plenitud y sus rayos caen perpendicularmente desde cielo a la tierra. Un momento mágico, sin duda, sobre todo en un día como aquél, avanzadilla de la inmediata primavera. Así que apagué el ordenador, llamé a Tula para que me acompañara y ella me secundó gustosa, moviendo el rabo más de lo usual. Habían florecido los almendros repentinamente y el camino hacia el parque de las Moreras parecía un vergel –o lo que llamamos un vergel los de Tierra de Campos-. Allí estábamos disfrutando las dos cuando distinguimos a lo lejos a Gaspar, un amigo de Tula con el que no habíamos coincidido en todo el invierno. Venía acompañado de su jovencísima ama y de una amiga de su misma edad, doce o trece años. Pero veo con fastidio que ambas damas se hacen las longuis, como si quisieran esquivarnos, mientras se ríen entre ellas. Y enseguida entiendo la razón de su comportamiento huidizo: han hecho novillos, como después me confirman un poco, solo un poco avergonzadas. Trato de convencerlas de que ya me he jubilado y en absoluto ejerzo por los parques –jamás lo he hecho- de profe controladora. Es que teníamos un examen de mates… Yo les cuento, porque de algo hay que hablar, que no son las primeras del mundo que han hecho novillos. Sí, me dice una de ellas, a mi padre se le escapó una vez que él también se piraba algunas clases. Seguro, pero yo me refería a una época muy anterior. ¿Sabéis de donde viene la expresión “hacer novillos”?? Y sigo hablando sin que me contesten porque percibo la atención en sus miradas. En palabras de Lope de Vega: “apenas el celoso mozo se sintió libre cuando, como novillo recién domado a quien la primera vez quitó el labrador el yugo se vuelve al campo, comenzó, dando saltos, a seguir la espesura del monte”. Así que ellas son dos novillas liberadas por unas horas del yugo escolar. Se ríen. Ya sabía yo que les iba a hacer gracia, por eso me aprendí estas frases de La Arcadia. El absentismo escolar –continúo- viene, sin embargo, de mucho más lejos. Ya faltaban a clase los estudiantes de Mesopotamia, en el 2500 antes de Cristo. ¿Pero entonces había Institutos? Algo parecido. Había escuelas de escribas en las que se estudiaba botánica, zoología, geografía, matemáticas, gramática y creación literaria, todo ello en tablillas de barro, con escritura cuneiforme. Y la organización de los centros era muy parecida a la actual, al Director le llamaban “el Padre de la escuela”, al Tutor “el Hermano mayor” y –esto es lo mejor- al Jefe de estudios “el Encargado del látigo”. Aunque, tranquilas, a ellas las dejaría retozar a su antojo, porque a la escuela de escribas solo asistían los chicos. ¡Pues qué mal! Exclaman a la vez. ¿Qué mal que no os castigaran con el látigo? No, qué mal que las escuelas no fueran mixtas. Aquí es donde yo quería llegar y ya he llegado. Por eso las distraigo con unos versos de Rafael Alberti en los que recuerda cuánto se aburría en el colegio de los jesuitas, mientras oía el murmullo del mar a lo lejos: “Las horas prisioneras en un duro pupitre/ lo amarran como un pobre remero castigado/ que entre las paralelas rejas de los renglones/mira su barca y llora por asirse del aire.” Tula ya me tira de la correa: ¡Ya está bien! Sí, por hoy ya han aprendido bastante. Para otro día dejo “El escolar”, de Blake. Es que esto de haber sido profesora imprime carisma. 

Ver Post >
PUBLICAR
Esperanza Ortega 10-03-2017 | 6:12 | 0

Publicar en Facebook

Ver Post >
¿Feminista? ¡Sí, por supuesto!
Esperanza Ortega 08-03-2017 | 2:33 | 1

Siempre que se celebra el Día de la Mujer trabajadora me acuerdo de las exiliadas republicanas españolas que fueron también las primeras feministas de nuestro país. La posición irrelevante de las mujeres de su tiempo las hizo invisibles incluso para su entorno político. Sólo se habla de ellas cuando mueren, entonces los periódicos cuentan sus hazañas y subrayan sus cualidades intelectuales, acompañadas siempre estas necrológicas con alusiones a sus compañeros o maridos –cuando hablan de ellos no se refieren a ellas, es curioso-. ¿Quedará el nombre de alguna de estas mujeres en la memoria pública? El que sí que parece que va a quedar es el nombre de Alejandra Soler, pues ella contó con algo a su favor que no está al alcance de la mayoría: su saludable y extraordinaria longevidad. Murió la semana pasada, a los 103 años. Había regresado a Valencia en los años 70 y participado activamente en la vida política desde entonces. Sus últimas amistades eran los jóvenes del 15M, con los que compartía indignación y entusiasmo. Desde que salió de España en el 39, dejando su trabajo de maestra, y tras escaparse de un Campo de Concentración de la Francia de Vichy, el general francés que colaboró con los nazis, Alejandra Soler vivió en Rusia dando clases de español, pero de lo único que presumía era de haber salvado del cerco de Stalingrado a treinta niños españoles que le habían dejado a su cargo. Estos treinta ancianos –no ha muerto ninguno hasta ahora- no la habían olvidado y le seguían escribiendo para felicitarle su cumpleaños. Inteligente como una ardilla, era crítica con el comunismo soviético y siempre deseó regresar a España para continuar aquí la lucha por la justicia y la libertad. Dicen que su cualidad más relevante fue la de conectar especialmente con los jóvenes. Y es que una mujer como ella no se podría haber entendido bien con las mujeres de su edad en la España franquista. Una de los grandes obstáculos del feminismo es que hayan sido precisamente las mujeres mayores las encargadas de conservar y trasmitir las ideas machistas más retrógradas. Lo mismo ocurre en todas las culturas. Hace muy poco estuve leyendo a Aisha al-Taymuriyya, una poeta egipcia de finales del siglo XIX que cantaba en un poema el orgullo de llevar el velo: “No lamento mi reclusión, ni el nudo de mi pañuelo/ la ropa que visto o el orgullo de vivir tutelada. / Estar en el harén no me impide gozar/ ni me impide ir tapada de la cabeza a los pies” Esto decía Aisha al- Taymuriyya en uno de sus poemas más celebrados. Pero decía también en otro poema, refiriéndose a los hombres que discutían de literatura y de política: “¡Cómo ardía mi corazón de ganas de participar en sus amenas tertulias!/ Me impedía cumplir aquel anhelo el velo propio del harén/ y el cerrojo del gineceo me vedaba el acceso al brillo de aquellos astros”. Al leer estos versos, me he acordado de mi madre, que nació el mismo año que Alejandra Soler, y que más de una vez me confesó la envidia que le daban los chicos que iban a estudiar al Instituto Jorge Manrique de Palencia, donde ella solo pudo entrar como público mudo, a escuchar los exámenes orales, que entonces eran públicos. ¡Cuántas mujeres hubieran deseado disfrutar del brillo de los astros prohibidos, aunque no tuvieran la valentía de Alejandra Soler para expresarlo abiertamente! Pensándolo me reafirmo en la idea de que el movimiento feminista es el movimiento liberador más justo y digno de toda la historia de Occidente.

Ver Post >
Sobre el autor Esperanza Ortega
Esperanza Ortega es escritora y profesora. Ha publicado poesía y narrativa, además de realizar antologías y estudios críticos, generalmente en el ámbito de la poesía clásica y contemporánea. Entre sus libros de poemas sobresalen “Mudanza” (1994), “Hilo solo” (Premio Gil de Biedma, 1995) y “Como si fuera una palabra” (2007). Su última obra poética se titula “Poema de las cinco estaciones” (2007), libro-objeto realizado en colaboración con los arquitectos Mansilla y Tuñón. Sin embargo, su último libro, “Las cosas como eran” (2009), pertenece al género de las memorias de infancia.Recibió el Premio Giner de los Ríos por su ensayo “El baúl volador” (1986) y el Premio Jauja de Cuentos por “El dueño de la Casa” (1994). También es autora de una biografía novelada del poeta “Garcilaso de la Vega” (2003) Ha traducido a poetas italianos como Humberto Saba y Atilio Bertolucci además de una versión del “Círculo de los lujuriosos” de La Divina Comedia de Dante (2008). Entre sus antologías y estudios de poesía española destacan los dedicados a la poesía del Siglo de Oro, Juan Ramón Jiménez y los poetas de la Generación del 27, con un interés especial por Francisco Pino, del que ha realizado numerosas antologías y estudios críticos. La última de estas antologías, titulada “Calamidad hermosa”, ha sido publicada este mismo año, con ocasión del Centenario del poeta.Perteneció al Consejo de Dirección de la revista de poesía “El signo del gorrión” y codirigió la colección Vuelapluma de Ed. Edilesa. Su obra poética aparece en numerosas antologías, entre las que destacan “Las ínsulas extrañas. Antología de la poesía en lengua española” (1950-2000) y “Poesía hispánica contemporánea”, ambas publicadas por Galaxia Gutemberg y Círculo de lectores. Actualmente es colaboradora habitual en la sección de opinión de El Norte de Castilla y publica en distintas revistas literarias.

Últimos Comentarios

malva2 28-04-2017 | 09:14 en:
¿La literatura en peligro?
malva2 23-03-2017 | 09:37 en:
Los motivos del lobo
malva2 23-02-2017 | 09:43 en:
No más excusas
carlosdegredos_6463 09-02-2017 | 10:23 en:
¿Muerte segura?