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Ignacio Echeverría, a la altura de las circunstancias
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Esperanza Ortega | 13-06-2017 | 19:22

En Camelot, en presencia del Rey Arturo y alrededor de la Tabla Redonda, juraron los allí presentes los votos de la caballería. Hoy pocos leen estas historias, pero si lo hicieran, verían que todavía nos hablan de sentimientos dignos de ser valorados: los caballeros juran usar su fuerza y su destreza no para atacar, sino para defender la justicia, y muy especialmente a los que necesitan de su apoyo: los más débiles, quienes no pueden valerse por sí mismos. Dentro de este grupo están las mujeres de todas las edades y condiciones, tanto nobles como campesinas, tanto viudas como doncellas. Decir siempre la verdad y estar dispuesto a morir por mantener la palabra dada, he aquí los dos mandatos finales del juramento. Si cumple con lo prometido, el caballero generoso un día llegará a beber de la copa del Santo Grial, la que guarda la sangre que recogió José de Arimatea mientas Cristo moría en la Cruz, y de esa forma se restaurará un orden justo y humano en este mundo degenerado y salvaje. Sin duda la hazaña de Ignacio Echeverría es la propia de un valiente caballero. Ante los gritos de socorro de una mujer, no pudo ser indiferente y se enfrentó sin miedo a los felones. Como comprenderán los que me leen de vez en cuando, aunque parezca mentira no hablo en broma en absoluto, pienso realmente que mejor nos iría si los ideales caballerescos inspiraran a los hombres y a las mujeres de hoy. Y si tanto ha conmovido el comportamiento de Ignacio Echevarría en el puente de Londres –los caballeros elegían los puentes para demostrar su valor, sin duda porque el puente simboliza el paso de un mundo a otro mundo-, si tanto ha conmovido su noble comportamiento es porque en nuestro imaginario moral tenemos una idea del héroe que coincide con la de aquel que arriesga su vida por la comunidad, en defensa de los indefensos. Ponerse de parte del débil convierte en justa incluso la idea más peregrina, lo decía Antonio Machado por boca de su apócrifo, Juan de Mairena: cuando no sepáis qué bando elegir en una contienda, poneos siempre de parte de las víctimas, de los pobres, así estaréis a la altura de las circunstancias. Hoy muchas abominan de estas ideas caballerescas por considerarlas machistas, pues relegan a la mujer a un papel secundario, de víctima a defender o de mera inspiradora del caballero. Pero deberían saber las que así hablan que fueron las mujeres, especialmente la reina Leonor de Aquitania, las que impulsaron los ideales del honor caballeresco, hasta el punto de que muchas piensan que fue la misma reina la que escribió la obra firmada por Chrétien de Troyes. Lo que está claro es que el machismo cobarde de los que atacan a diario a las mujeres aprovechándose de superioridad física, nada tiene que ver con la caballería, más bien está en sus antípodas. Los caballeros de la Tabla Redonda, al igual que Ignacio Echeverría, nos salvan a todos y a todas del círculo infernal en donde reina el egoísmo, y nos devuelven a Camelot, el reino de mito. Mujeres muertas a manos de sus parejas masculinas, conversaciones entre ladrones que se escudan en el poder para traicionar a sus votantes, pequeños ahorradores perplejos que ven como de un día para otro se quedan en la ruina, energúmenos que se lanzan armados de cuchillos contra la multitud….Gracias, Ignacio, por propiciar que por unos minutos vivamos como si estuviéramos muy lejos de ellos, gracias de todo corazón.

Sobre el autor Esperanza Ortega
Esperanza Ortega es escritora y profesora. Ha publicado poesía y narrativa, además de realizar antologías y estudios críticos, generalmente en el ámbito de la poesía clásica y contemporánea. Entre sus libros de poemas sobresalen “Mudanza” (1994), “Hilo solo” (Premio Gil de Biedma, 1995) y “Como si fuera una palabra” (2007). Su última obra poética se titula “Poema de las cinco estaciones” (2007), libro-objeto realizado en colaboración con los arquitectos Mansilla y Tuñón. Sin embargo, su último libro, “Las cosas como eran” (2009), pertenece al género de las memorias de infancia.Recibió el Premio Giner de los Ríos por su ensayo “El baúl volador” (1986) y el Premio Jauja de Cuentos por “El dueño de la Casa” (1994). También es autora de una biografía novelada del poeta “Garcilaso de la Vega” (2003) Ha traducido a poetas italianos como Humberto Saba y Atilio Bertolucci además de una versión del “Círculo de los lujuriosos” de La Divina Comedia de Dante (2008). Entre sus antologías y estudios de poesía española destacan los dedicados a la poesía del Siglo de Oro, Juan Ramón Jiménez y los poetas de la Generación del 27, con un interés especial por Francisco Pino, del que ha realizado numerosas antologías y estudios críticos. La última de estas antologías, titulada “Calamidad hermosa”, ha sido publicada este mismo año, con ocasión del Centenario del poeta.Perteneció al Consejo de Dirección de la revista de poesía “El signo del gorrión” y codirigió la colección Vuelapluma de Ed. Edilesa. Su obra poética aparece en numerosas antologías, entre las que destacan “Las ínsulas extrañas. Antología de la poesía en lengua española” (1950-2000) y “Poesía hispánica contemporánea”, ambas publicadas por Galaxia Gutemberg y Círculo de lectores. Actualmente es colaboradora habitual en la sección de opinión de El Norte de Castilla y publica en distintas revistas literarias.

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