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Fecha: septiembre, 2017
El vagón de la República catalana.
Esperanza Ortega 26-09-2017 | 7:20 | 0

En “Recuerdos de una estrella”, la película de Woody Allen, el protagonista entra en un tren y, al mirar a su alrededor, se descubre en un vagón siniestro, rodeado de gente fea y triste que le observa con mirada amenazante. El vagón contiguo, en cambio, está lleno de gente atractiva y alegre, que ríe y canta, envuelta en un aura de esplendor. Cuando vuelve a su sitio, Woody Allen se pregunta apesadumbrado por qué le habrá correspondido a él precisamente ese vagón. Algo semejante nos ha sucedido a algunos estos días al situarnos ante el movimiento de independencia de los catalanes. Me refiero a ese grupo de españoles que, por más que se empeñen los que se quieren separar de nosotros, no nos sentiremos nunca extranjeros en Cataluña, la tierra de Espriu y de Casals. Pero, al igual que Woody Allen, nos recorre una sensación desagradable cuando vemos a nuestros compañeros de viaje. Delante va Maza, el Fiscal General del Estado, siniestro entre los siniestros, valedor de Moix, el hada madrina de los corruptos más corruptos de la Comunidad de Madrid. A izquierda y derecha, los ministros Montoro y Catalá, ambos reprobados por el Parlamento, y al fondo Rajoy, que en estos momentos entra en el tren jadeante, arrastrando la maleta de Trump, mientras éste le aconseja a gritos construir un muro que divida en dos a Barcelona. En el vagón contiguo, una multitud entusiasta levanta las copas de cava, envuelta en el perfume del incienso y las bendiciones de los sacerdotes que anuncian el advenimiento del Reino de los Cielos, aunque ellos lo que dicen celebrar es el final del franquismo y el comienzo de la Primera República Catalana. Confundidos ante tanto entusiasmo, no sabemos si tirarnos del tren en marcha o resignarnos a nuestro destino incomprensible. ¿Cómo oponerse a la beatitud de estos insensatos?, ¿y a la irresponsabilidad de sus dirigentes? Llenos de melancolía nos preguntamos si no sería mejor que se independizasen de una vez por todas y nos dejaran en paz para siempre. Al fin y al cabo, nadie nos podría arrebatar el recuerdo del tiempo en que paseábamos por las Ramblas y nos sentíamos en nuestra propia casa. Para rematar mi estado de perplejidad absoluta, leo estupefacta el twitt que ha publicado un joven catalanista dirigiéndose al grupo que acudió a apoyarle a la salida de una comisaría donde fue detenido: “Aquí se ve de qué parte están las personas de buen corazón”. ¿Será posible? Ante el absurdo de la situación, me acuerdo de una escena de otra película de Woody Allen, “Annie Hall”: Un tipo le cuenta a su psiquiatra que su hermano está loco, se cree una gallina. Pues métalo en un manicomio, le aconseja el psiquiatra. Pero si lo hiciera, contesta compungido, no podría vivir sin sus huevos. Y eso es lo que nos sucede a los que pertenecemos a esta España imposible, que se debate entre los vagones del tren de la Historia, que no podríamos vivir sin esos locos que anuncian la república que nunca llegará a existir porque pertenece al reino de la utopía. A esa España tan viva como imposible, en la que no encajan ni Rajoy ni Puigdemont, ni Albiol ni Rufián, le dedicó Francisco Pino una canción antes de morir, tras haber soñado que se le aparecía en forma de niña y le decía adiós con la mano: “Españita, ñita,/ flor de los querubes/ paloma en las nubes,/ niña o todavía, (en el palomar/ tu eñe y tu uve,/tu erre y tu jota)/ de mañana acudes/ niña, a mi balcón,/ me dices adiós, /con los halos tristes,/ con la mano triste:/ ¡adiós!/ ¡oh adiós!” ¿Quién no amaría a esta niña Españita, desarmada, vapuleada y aturdida? Pues aquí está, aunque sean pocos los que la vean, porque para verla hay que cerrar los ojos y, al igual que el poeta, haber tenido un sueño.

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El final de un sueño
Esperanza Ortega 20-09-2017 | 9:22 | 0

Han pasado ya más de dos años desde que publiqué en esta misma sección una columna titulada “El poder de un sueño”. En aquella columna me congratulaba de la existencia de los llamados “dreamers” o “soñadores” en español, que es la lengua materna de la mayoría de ellos, pues los dreamers son los hijos de inmigrantes ilegales, generalmente hispanos, que llegaron muy niños o incluso nacieron en el territorio de los E.E.U.U. Los llamaron “soñadores” porque luchaban por conseguir la nacionalidad en la única patria que consideraban suya y porque, como Lutero King, pretendían hacer realidad su sueño de forma pacífica. Lutero King, en su famoso discurso “He tenido un sueño”, formuló la utopía de un país sin distinción racial, con justicia social y derechos civiles para todos. Una multitud de negros y blancos tuvo esa noche el mismo sueño y acabó por conseguir gran parte de sus objetivos, aunque el propio Lutero King fuera asesinado en el transcurso de su aventura de liberación. Los soñadores actuales no tuvieron que morir por realizar su sueño -decía yo en aquella columna de hace dos años-, ellos consiguieron que Obama, el primer hombre negro que ocupó la Casa blanca, aunque no reconociera su identidad estadounidense, al menos permitiera que los dreamers se pudieran matricular en cualquier universidad o ser contratados legalmente para realizar cualquier trabajo remunerado. Pero los sueños sueños son, y hace unos días Trump les hizo despertar o, mejor dicho, convirtió su sueño utópico en una pesadilla real al anunciarles su inmediata deportación . “El hombre es un dios cuando sueña y es un mendigo cuando piensa”, esta frase es de otro gran soñador, el poeta Friedrich Hölderlin, que murió habiendo perdido el juicio, quizá porque prefería la locura a salir del edén ensoñado de la divina poesía. Los dreamers, en cambio, no tienen más remedio que pensar y pensar en cómo salir del laberinto en el que se encuentran atrapados, mientras contemplan sus manos vacías, cada vez más pobres e inermes, pues no poeseen ni siquiera una tierra donde vivir y morir. Y muchos de nosotros, con ellos, nos sentimos expulsados de un sueño en el que ya no tenemos cabida. Considerábamos de los nuestros a los dreamers porque, al luchar por lo que indudablemente es justo, mantenían encendida la llama de la utopía, demostrando que lo que parecía un sueño sí que era posible. Sabiendo que había dreamers en el mundo nos considerábamos parientes de los dioses, aunque nuestro parentesco fuera un tanto lejano. Y a decir verdad, no hay sueños lejanos ni cercanos, en los sueños todo sucede aquí y ahora, ¿no es el sueño presente continuo de imágenes que se suceden al unísono en su ámbito umbrío sin frontera posible?. Sin embargo, en el mundo en conclusión, todos sueñan lo que son, aunque ninguno lo entiende, que diría Calderón de la Barca. En lo que todos coincidimos es en que ni en los peores sueños pensamos que podía gobernar un personaje como Trump, vulgar, vergonzoso –o avergonzante, como diría Soraya Sáez de Santamaría-. Por eso dormíamos tranquilos antes de que llegara Trump, sin saber que existían ni su lenguaje soez ni su flequillo de mono teñido con agua oxigenada; dormíamos tranquilos porque sabíamos que los dreamers soñaban despiertos con una salida para el laberinto en la que todos estamos inmersos, pero hemos tenido que despertar. ¿Qué será de este mundo si Morfeo lo abandona para siempre? Contra toda esperanza, estos 800.000 jóvenes inmigrantes han de saber que contamos con ellos, que sus sueño es el nuestro y nuestro será tanto su Infierno como su Paraíso.

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No soy de aquí ni soy de allá
Esperanza Ortega 13-09-2017 | 3:08 | 0

Si para algo está sirviendo el espectáculo que se representa en el Parlamento Catalán es para que muchos rellenemos nuestras lagunas en la asignatura de Historia de España. Me refiero, por ejemplo, a la sublevación cantonalista de la Primera República, de la que nada nos contaron ni en el bachillerato ni en la universidad. En la a facultad de Filosofía y Letras estudiábamos con detalle a los hititas, pero no estudiábamos lo que sucedió en España tras la caída de Amadeo de Saboya. Sin embargo, la trayectoria del independentismo catalán ha puesto de actualidad nuevamente lo que pasó en Cartagena y otras localidades españolas al poco de proclamarse la Primera República. El 12 de julio de 1873, en el Cantón de Cartagena, los federalistas “intransigentes” proclamaron la República Federal Española de “abajo arriba”, inspirada en los principios de Pi y Margall, saltándose el trámite de la reforma de la Constitución, antes de que en el Parlamento se votara la Carta Magna. Pero hay grandes diferencias entre aquellos intransigentes, de una inocencia conmovedora, y los actuales, que alojan en sus filas el nido de la corrupción. Lo que les asemeja son detalles pintorescos como la lucha de las banderas, pues los cantonalistas de la Primera República también detestaban la bandera roja y gualda y por eso la cambiaron por otra completamente roja. Aunque a decir verdad la primera bandera que ondeó entre los sublevados fue la bandera del Imperio Otomano. Todo vino porque la bandera turca era la más roja que tenían a mano, a pesar de que llevara estampadas una estrella y una media luna blanca. Cuando sus adversarios conservadores les afearon a los intransigentes su deseo de ser más otomanos que españoles, un cantonalista tuvo el pundonor de rasgarse una vena y con su propia sangre teñir de rojo la media luna, con lo que el problema de las banderas fue superado. Ya ven qué fácil. Con la misma buena voluntad, Antoñete, el líder del Cantón de Cartagena, fue superando todas las dificultades que se le presentaron durante los meses que permaneció al frente del Cantón, con un sentido ético y práctico propio de Sancho cuando gobernaba la Ínsula Barataria. En realidad, fueron las luchas intestinas las que dieron al traste con estos proyectos anarco federalistas. Se harán una idea de la confusión que reinaba por entonces si leen la declaración del primer Presidente de la República, el catalán Estanislao Figueras, que dijo al abandonar el poder: “Señores, voy a serles franco: estoy hasta los cojones de todos nosotros” Dicho esto, se fue a Atocha y tomó un tren para París, donde sí sabían lo que era una República como Dios manda. Pero fíjense que finura la suya: no dijo que estaba harto de todos vosotros, sino de todos nosotros, incluyéndose él mismo en el grupo de los intratables. La ironía de Figueras y la inocencia bienintencionada de Antoñete hoy brillan por su ausencia en el Parlamento catalán, donde cantan Els Segadors con una solemnidad mojigata más propia del himno de un colegio de monjas que del Parlamento de un país europeo. También brilla por su ausencia la autocrítica y la tolerancia de Figueras ¡Cómo se estarán riendo mientras tanto Mas y Rajoy, subido cada uno en su peana de corrupción e hipocresía patriotera! A todos ellos les contestó de antemano Facundo Cabral con aquella canción que decía: “No soy de aquí ni soy de allá, no tengo edad ni porvenir y ser feliz es mi color de identidad” Yo propondría que todos los que estamos de ellos y de nosotros hasta donde ustedes saben nos manifestáramos cantando el himno de Cabral con la bandera otomana, sin la media luna pero sin borrar la estrella. No sé si seríamos secundados por muchos, pero al menos por un rato nos sentiríamos felices felices.

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Sobre el autor Esperanza Ortega
Esperanza Ortega es escritora y profesora. Ha publicado poesía y narrativa, además de realizar antologías y estudios críticos, generalmente en el ámbito de la poesía clásica y contemporánea. Entre sus libros de poemas sobresalen “Mudanza” (1994), “Hilo solo” (Premio Gil de Biedma, 1995) y “Como si fuera una palabra” (2007). Su última obra poética se titula “Poema de las cinco estaciones” (2007), libro-objeto realizado en colaboración con los arquitectos Mansilla y Tuñón. Sin embargo, su último libro, “Las cosas como eran” (2009), pertenece al género de las memorias de infancia.Recibió el Premio Giner de los Ríos por su ensayo “El baúl volador” (1986) y el Premio Jauja de Cuentos por “El dueño de la Casa” (1994). También es autora de una biografía novelada del poeta “Garcilaso de la Vega” (2003) Ha traducido a poetas italianos como Humberto Saba y Atilio Bertolucci además de una versión del “Círculo de los lujuriosos” de La Divina Comedia de Dante (2008). Entre sus antologías y estudios de poesía española destacan los dedicados a la poesía del Siglo de Oro, Juan Ramón Jiménez y los poetas de la Generación del 27, con un interés especial por Francisco Pino, del que ha realizado numerosas antologías y estudios críticos. La última de estas antologías, titulada “Calamidad hermosa”, ha sido publicada este mismo año, con ocasión del Centenario del poeta.Perteneció al Consejo de Dirección de la revista de poesía “El signo del gorrión” y codirigió la colección Vuelapluma de Ed. Edilesa. Su obra poética aparece en numerosas antologías, entre las que destacan “Las ínsulas extrañas. Antología de la poesía en lengua española” (1950-2000) y “Poesía hispánica contemporánea”, ambas publicadas por Galaxia Gutemberg y Círculo de lectores. Actualmente es colaboradora habitual en la sección de opinión de El Norte de Castilla y publica en distintas revistas literarias.

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