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Fecha: septiembre 13, 2017
No soy de aquí ni soy de allá
Esperanza Ortega 13-09-2017 | 3:08 | 0

Si para algo está sirviendo el espectáculo que se representa en el Parlamento Catalán es para que muchos rellenemos nuestras lagunas en la asignatura de Historia de España. Me refiero, por ejemplo, a la sublevación cantonalista de la Primera República, de la que nada nos contaron ni en el bachillerato ni en la universidad. En la a facultad de Filosofía y Letras estudiábamos con detalle a los hititas, pero no estudiábamos lo que sucedió en España tras la caída de Amadeo de Saboya. Sin embargo, la trayectoria del independentismo catalán ha puesto de actualidad nuevamente lo que pasó en Cartagena y otras localidades españolas al poco de proclamarse la Primera República. El 12 de julio de 1873, en el Cantón de Cartagena, los federalistas “intransigentes” proclamaron la República Federal Española de “abajo arriba”, inspirada en los principios de Pi y Margall, saltándose el trámite de la reforma de la Constitución, antes de que en el Parlamento se votara la Carta Magna. Pero hay grandes diferencias entre aquellos intransigentes, de una inocencia conmovedora, y los actuales, que alojan en sus filas el nido de la corrupción. Lo que les asemeja son detalles pintorescos como la lucha de las banderas, pues los cantonalistas de la Primera República también detestaban la bandera roja y gualda y por eso la cambiaron por otra completamente roja. Aunque a decir verdad la primera bandera que ondeó entre los sublevados fue la bandera del Imperio Otomano. Todo vino porque la bandera turca era la más roja que tenían a mano, a pesar de que llevara estampadas una estrella y una media luna blanca. Cuando sus adversarios conservadores les afearon a los intransigentes su deseo de ser más otomanos que españoles, un cantonalista tuvo el pundonor de rasgarse una vena y con su propia sangre teñir de rojo la media luna, con lo que el problema de las banderas fue superado. Ya ven qué fácil. Con la misma buena voluntad, Antoñete, el líder del Cantón de Cartagena, fue superando todas las dificultades que se le presentaron durante los meses que permaneció al frente del Cantón, con un sentido ético y práctico propio de Sancho cuando gobernaba la Ínsula Barataria. En realidad, fueron las luchas intestinas las que dieron al traste con estos proyectos anarco federalistas. Se harán una idea de la confusión que reinaba por entonces si leen la declaración del primer Presidente de la República, el catalán Estanislao Figueras, que dijo al abandonar el poder: “Señores, voy a serles franco: estoy hasta los cojones de todos nosotros” Dicho esto, se fue a Atocha y tomó un tren para París, donde sí sabían lo que era una República como Dios manda. Pero fíjense que finura la suya: no dijo que estaba harto de todos vosotros, sino de todos nosotros, incluyéndose él mismo en el grupo de los intratables. La ironía de Figueras y la inocencia bienintencionada de Antoñete hoy brillan por su ausencia en el Parlamento catalán, donde cantan Els Segadors con una solemnidad mojigata más propia del himno de un colegio de monjas que del Parlamento de un país europeo. También brilla por su ausencia la autocrítica y la tolerancia de Figueras ¡Cómo se estarán riendo mientras tanto Mas y Rajoy, subido cada uno en su peana de corrupción e hipocresía patriotera! A todos ellos les contestó de antemano Facundo Cabral con aquella canción que decía: “No soy de aquí ni soy de allá, no tengo edad ni porvenir y ser feliz es mi color de identidad” Yo propondría que todos los que estamos de ellos y de nosotros hasta donde ustedes saben nos manifestáramos cantando el himno de Cabral con la bandera otomana, sin la media luna pero sin borrar la estrella. No sé si seríamos secundados por muchos, pero al menos por un rato nos sentiríamos felices felices.

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Sobre el autor Esperanza Ortega
Esperanza Ortega es escritora y profesora. Ha publicado poesía y narrativa, además de realizar antologías y estudios críticos, generalmente en el ámbito de la poesía clásica y contemporánea. Entre sus libros de poemas sobresalen “Mudanza” (1994), “Hilo solo” (Premio Gil de Biedma, 1995) y “Como si fuera una palabra” (2007). Su última obra poética se titula “Poema de las cinco estaciones” (2007), libro-objeto realizado en colaboración con los arquitectos Mansilla y Tuñón. Sin embargo, su último libro, “Las cosas como eran” (2009), pertenece al género de las memorias de infancia.Recibió el Premio Giner de los Ríos por su ensayo “El baúl volador” (1986) y el Premio Jauja de Cuentos por “El dueño de la Casa” (1994). También es autora de una biografía novelada del poeta “Garcilaso de la Vega” (2003) Ha traducido a poetas italianos como Humberto Saba y Atilio Bertolucci además de una versión del “Círculo de los lujuriosos” de La Divina Comedia de Dante (2008). Entre sus antologías y estudios de poesía española destacan los dedicados a la poesía del Siglo de Oro, Juan Ramón Jiménez y los poetas de la Generación del 27, con un interés especial por Francisco Pino, del que ha realizado numerosas antologías y estudios críticos. La última de estas antologías, titulada “Calamidad hermosa”, ha sido publicada este mismo año, con ocasión del Centenario del poeta.Perteneció al Consejo de Dirección de la revista de poesía “El signo del gorrión” y codirigió la colección Vuelapluma de Ed. Edilesa. Su obra poética aparece en numerosas antologías, entre las que destacan “Las ínsulas extrañas. Antología de la poesía en lengua española” (1950-2000) y “Poesía hispánica contemporánea”, ambas publicadas por Galaxia Gutemberg y Círculo de lectores. Actualmente es colaboradora habitual en la sección de opinión de El Norte de Castilla y publica en distintas revistas literarias.

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