El Norte de Castilla
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Autor: EsperanzaOrtega
Un problema de higiene pública
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Esperanza Ortega | 15-05-2018 | 8:14| 0

“ETA, organización socialista revolucionaria vasca de liberación nacional, quiere informar al Pueblo Vasco del final de su trayectoria” Así anunció Josu Ternera el fin de ETA, la organización terrorista responsable de más de 800 asesinatos que tuvo en jaque a los sucesivos gobiernos de la democracia española hasta 2011.  Seguramente hoy a la mayoría de los etarras les gustaría cerrar los ojos y que se borraran esos crímenes por arte de magia, pero es imposible, como saben bien los familiares de los muertos ¿Fue solo un mal sueño? No, y en términos políticos podríamos decir también que todos los españoles hemos sido víctimas de ETA, pues muy distinta sería la historia de España si esta organización no se hubiera encargado de atemorizar a una ciudadanía cada vez más pacata y miedosa, dispuesta a votar a cualquiera que le prometiera vencer a la banda armada. Sin embargo, los que no lo hemos padecido no sabemos lo triste que tiene que ser cruzarse en la calle con alguno de los verdugos de sus familiares o amigos, o con los que colaboraron con ellos espiando a las víctimas o proporcionándoles las armas y la manera de ocultarse tras sus fechorías ¿Y qué me dicen de los vecinos que salían a la calle a gritar “ETA mátalos”? Se preguntarán por qué recuerdo yo ahora hechos tan desagradables, precisamente cuando la banda se disuelve y parece que la paz definitiva es posible. Pues lo recuerdo porque temo que con la alegría de las celebraciones se olvide lo que no se puede ni se debe olvidar. Solo esta actitud vigilante impedirá que se hagan homenajes a los asesinos o que se pongan calles o escuelas a su nombre. ¿Se imaginan que a Otegui se le concediera la medalla de Oro del País Vasco o el Premio a los Derechos Humanos? Pues esto, aunque parezca algo absurdo, ya ha ocurrido en otros casos. No me refiero solo a las víctimas de ETA, sino a las víctimas del franquismo. Durante más de cuarenta años aguantaron en silencio, deseando que muriera el dictador para contar su historia, y cuando llegó ese momento se les dijo que había que callar, que de otra manera impedirían la reconciliación entre los españoles de ambos bandos. Y en aras a esa reconciliación callaron, pero no olvidaron los nombres de sus padres y madres, de sus abuelos y abuelas abandonados en pozos y descampados, en los barrancos y en las laderas de los caminos, tras haber sido asesinados por los mismos cuyos nombres figuran en los callejeros de nuestros pueblos y ciudades. Callaron también los que todavía padecían las secuelas de la cárcel y de la tortura, todo en aras de aquella paz anhelada, esperando que llegara el tiempo de enterrar a sus muertos y sobre todo de devolverles la dignidad perdida. Han pasado 40 años y todavía para muchos no ha llegado ese momento. Y mientras, el excomisario Antonio González Pacheco, apodado Billy el Niño, se pasea por la calle muy ufano, presumiendo de su pensión extraordinaria, sin duda por haber sido el mayor torturador del franquismo. Quizá un día se encuentre con Josu Ternera y se vayan los dos juntos a tomar unas tapas. Todo podría suceder ¿Querría esto decir que los españoles por fin nos hemos reconciliado o querrá decir que los asesinos han vencido? En cualquier caso, muchos evitaremos cruzarnos con cualquiera de ellos si los vemos venir a nuestro encuentro. Y no por deseo de venganza, sino por un problema de higiene pública.

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La mala educación
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Esperanza Ortega | 08-05-2018 | 7:58| 0

Esta semana ha sido casi enteramente femenina, para bien o para mal, según donde se mire. Mujeres asesinadas y violadas, y mujeres en la calle, exigiendo justicia a unas autoridades perplejas ante su inusitado poderío. El motivo está claro: no solo Arcadi Espada, incluso uno de los jueces de la Manada sugiere que la víctima disfruta con la violación, y por tanto no hay delito. Si trasladáramos su argumento al relato tradicional, se contaría así: no está claro que hubiera violencia cuando el lobo se comíó a Caperucita. Fue ella misma la que se acercó a la cama y estuvo comentando con la fiera algunas características de sus rasgos físicos: las orejas grandes, los ojos grandes, hasta que llegó a los dientes y el lobo atacó, creyendo que era eso lo que la niña le sugería mientras se le iba acercando a la boca. Por cierto, ¿saben que los amiguitos de la Manada se llamaban antes “Los cinco lobitos”?, ¿a que suena premonitorio?  Sí, quizá se debería cambiar un código penal que parece redactado por el lobo. Por eso Catalá se ha visto obligado a añadir a los magistrados del consejo consultivo unas cuantas mujeres invitadas. Pero no crean que siempre defiendo a las mujeres por el hecho de serlo yo misma. En absoluto. Reconozco, por ejemplo, que algunas de nuestras políticas están dando muy mal ejemplo últimamente. Me refiero a Santamaría y a Cospedal. ¡Vaya papel que hicieron en las celebraciones del Día de la Comunidad de Madrid! Se comportaron como si fueran lo que son: dos señoritas maleducadas con un deje soez. Ni se miraron entre sí, ni miraron a los periodistas, ni miraron al pueblo de Madrid, que sin embargo no les quitó ojo. Parecido comportamiento al de la reina y la princesa Leonor la semana anterior, cuando despreciaron en público a la abuela Sofía.  Puede que algunos crean que la urbanidad es solo una forma de ocultar los verdaderos instintos, pero es también el espejo en donde se refleja la imagen de los valores morales, tan importantes en la política, aunque hoy brillen por su ausencia. Kant reconocía que en las fórmulas de educación hay mucho de teatro, pero afirmaba también que “en la medida en que los hombres representan sus papeles, esas virtudes que, durante un tiempo, solo han sido aparentes y artificiales, se van poco a poco despertando y acaban pasando al acervo moral”. Y la educación también tiene algo de poético- aunque ese aspecto a Santamaría y a Cospedal les traiga al fresco-.  Elizabeth Bishop, por ejemplo, en el poema titulado “Modales” recuerda cómo su abuelo le aconsejaba cuando iba con él en la carreta: “No olvides que debes conversar/ con todas las personas que te encuentres” Y esa conversación tan educada es la que traslada a sus versos. Lo contrario que nuestras ministras. La gente de derechas tiene muy mal perder, al menos en este país, quizá por eso Santamaría y Cospedal no saben disimular su rabia ante las encuestas que no les son proclives, y la toman la una contra la otra. Siguiendo con Elizabeth Bishop, yo les aconsejaría a las dos un poema especialmente dedicado al arte del perder, que termina diciendo: “Perdí dos ciudades adorables/ Y todavía más, algunas de mis posesiones, dos ríos, un continente/ Aunque los echo de menos, no fue ningún desastre”. El PP puede perder Madrid, es cierto, pero no por eso sus ministras tienen derecho a dar el espectáculo. El verdadero desastre es su mala educación, eso es lo único que ensombrece la fiesta de la polis.

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La primera mirada
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Esperanza Ortega | 07-05-2018 | 11:19| 0

Hace años leí un texto de León Tolstoi titulado “La muñeca de porcelana”. Parecía la descripción de un sueño erótico: el protagonista acariciaba a una mujer mientras ella iba desapareciendo entre sus manos, hasta reencontrarla en medio de la almohada, convertida en una figura minúscula, del tamaño de una de esas vírgenes de marfil fosforescente de nuestra infancia, que lucían en la oscuridad.  Cuál no sería mi sorpresa cuando hace muy poco, leyendo las memorias de Tolstoi, me encuentro con un recuerdo que tiene con aquel relato una gran similitud.  Cuenta el autor de Ana Karenina cómo veía a su madre mientras de niño conversaba con ella en la cama antes de dormirse:

Cuando tras haber acabado mi taza de leche bien azucarada se me cerraban los ojos llenos de sueño, permanecía quieto y me quedaba escuchando a mamá (…) La miraba fijamente con los ojos ofuscados por el sueño y en mis pupilas se hacía pequeña, pequeña; su rostro no era mayor que uno de los botones de mi chaqueta, pero lo distingo claramente y veo que me mira y me sonríe ¡Qué bueno es tener una mamá tan pequeñita! Cierro aún más los párpados  y va disminuyendo, disminuyendo; ya no es más grande que la imagen de un niño en el fondo de una pupila.

He traído a colación este texto porque es un recuerdo de la madre particularmente original. La madre, que sin duda ocupa el lugar central entre las figuras infantiles, sin embargo, en los libros de las memorias suele ser evocada por medio de lugares demasiado comunes. Normalmente todos coinciden en atribuirle una belleza y una dulzura excepcionales, por lo que los relatos de los escritores más diversos pueden resultar intercambiables. Las escritoras, al contrario, revelan en sus autobiografías relaciones difíciles con sus madres, ante las que manifiestan incluso una suerte de rivalidad. Los años pasados no borran de la memoria de Rosa Chacel, por ejemplo, la virulencia de las riñas con su madre, cuando ésta ejercía con ella la doble tarea de madre y maestra:

Se levantaba de la mesa, me reconvenía o me insultaba, pero el furor le cortaba la palabra y se echaba a llorar. Andaba de un lado para otro de la habitación sollozando, y cuando ya no podía contenerse daba con la cabeza en la pared como si fuese una cabeza ajena (…) Yo en estos casos no decía nada: lloraba desesperadamente y todo terminaba así, las dos llorábamos mucho rato y luego dejábamos de llorar.

Sin duda, lo que enfrentaba a Rosa Chacel con su madre era la conciencia de ser menos inteligente de los que ella hubiera deseado que fuera su hija, en la que proyectaba sus propias frustraciones. Muy semejante es el reproche que Esther Tusquets hace a su madre cuando recuerda su relación infantil con ella:

Pero si nuestra relación se quebró, si en algún momento de la adolescencia me enfrenté a ti y no bajé durante tantos años la guardia, no fue por nada que me dijeras, me hicieras, me dejaras de hacer, por nada que dijeras, o hicieras o dejaras de hacer a otros. Fue porque comprendí – en una súbita revelación que debía de haber madurado largo tiempo en secreto en mi interior- que nunca (y, en cuanto se relaciona contigo “nunca” es un nunca sin paliativos ni esperanza), por mucho que me aplicara, lograría tu aprobación. (…) y por consiguiente el único modo de afirmarme y de no sucumbir era enfrentarme a ti. Pero descubrí algo todavía más grave y por igual irreversible, y era que tampoco nunca, por mucho que nos esforzáramos, ibas a permitir que te hiciéramos feliz.

Al contrario que Esther Tusquets, las escritoras que rememoran una relación apacible con la madre son las que encontraron en la figura materna una complicidad a la hora de realizar su vocación artística. Así recuerda Carmen Martín Gaite a su madre, como una aliada, al menos en el deseo de escapar de la realidad cotidiana por medio de la imaginación:

Mi madre siempre tuvo la costumbre de acercar a la ventana la camilla donde leía o cosía, y aquel punto del cuarto de estar era el ancla, era el centro de la casa. Yo me venía allí con mis cuadernos para hacer los deberes, y desde niña supe que cuando abandonaba sobre el regazo la labor o el libro y empezaba a mirar por la ventana, era cuando se iba de viaje. “No encendáis todavía la luz –decía-, que quiero ver atardecer”. Yo no me iba, pero casi nunca hablaba porque sabía que era interrumpirla. Y en aquel silencio que caía con la tarde sobre su labor y mis cuadernos, de tanto envidiarla y de tanto mirarla, aprendí no sé cómo a fugarme yo también.

 Y la madre pobre, la madre inculta, la madre zafia y fea –habremos de convenir que también existiría-, ¿cómo es recordada? La miseria en nada contribuye a la expresión de los afectos, es verdad, sin embargo las escritoras poseen una sensibilidad especial para distinguir los gestos con los que sus madres pobres manifestaban un amor nunca expresado con palabras. Herta Müller, en el discurso de recepción del Premio Nobel, nos ofrece un relato insuperable del hilo secreto que le unía a su madre, recordando la pregunta que ella le hacía cada vez que salía de casa para ir al trabajo:

¿Tienes un pañuelo? me preguntaba mi madre cada mañana en la puerta de casa, antes de que yo saliera a la calle. Yo no tenía el pañuelo, y como no lo tenía, regresaba a la habitación y sacaba un pañuelo. No tenía el pañuelo cada mañana, porque cada mañana aguardaba la pregunta. El pañuelo era la prueba de que mi madre me protegía por la mañana. A otras horas del día, más tarde o en otras circunstancias, quedaba a merced de mí misma. La pregunta ¿Tienes un pañuelo? era una ternura indirecta. Una directa hubiera sido penosa, algo que no existía entre los campesinos. El amor se disfrazaba de pregunta. Sólo así podía decirse a secas, en tono de orden, como las maniobras del trabajo. El hecho de que la voz fuera áspera realzaba incluso la ternura. Cada mañana estaba yo una vez sin pañuelo en la puerta, y una segunda vez con pañuelo. Sólo después salía a la calle, como si con el pañuelo también estuviera mi madre.

Todas las madres citadas aparecen como madres reales, que vivieron al lado de sus hijos. Y sin embargo es la madre de la que el niño recuerda apenas el grito que dio al morir la protagonista del relato a mi entender más revelador de la relación intima entre madre e hijo. Me refiero a la madre ensoñada de Aharon Appelfeld, que se muestra en su imaginación con un realismo inalterable después de muerta. Appelfeld huyó de un campo de concentración nazi a los 8 años, y estuvo vagando por los campos a punto de morir de sed. Habiendo hallado un arroyo providencial, dio el primer sorbo de agua, y fue entonces cuando se le apareció su madre, tal como él la recordaba, antes de que fuera asesinada por los nazis:

Me arrodillé y bebí. El agua me abrió los ojos y vi a mi madre, que hacía días que había desaparecido de mi mente. Al principio la vi junto a la ventana, de pie, observando, como tenía por costumbre hacer, pero de pronto volvió su cara hacia mí. Se asombró de que estuviera solo en el bosque. Fui a su encuentro, aunque enseguida comprendí que si me alejaba no volvería a encontrar el arroyo, y me quedé de pie. Volví para mirar el círculo pequeño por el que mi madre se me había aparecido y el círculo se cerró.

 Es curioso que escritores con infancias tan opuestas como León Tolstoi y Aharon Appelfeld coincidan en hacer disminuir la figura de la madre hasta que desaparece en su memoria. Sin embargo, el sentimiento de su proximidad invisible sigue siendo, en los dos casos, igual de consolador. Pienso ahora, comparando ambos textos, que quizá el agujero por el que desaparece y vuelve a asomarse la madre en los momentos decisivos puede ser la pupila del niño que conserva su imagen pequeña mientras, ya grande, observa las presencias del mundo. Sí, quizá por debajo de todas esas presencias, asoma el rostro en cuyos ojos nos vimos por vez primera como en un espejo minúsculo. Y quizá, para todos, la madre sea eso exactamente: la primera mirada.

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Secuestros y falsificaciones
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Esperanza Ortega | 01-05-2018 | 11:06| 0

La noticia no tiene desperdicio. Me refiero al descubrimiento de que el 80% de las obras del impresionista Étienne Terrus, que se exponían en el museo de Elne, eran falsificaciones. El tema de los plagios y falsificaciones plantea una pregunta importante sobre el valor verdadero del Arte y la Literatura, aunque el plagio literario opera de manera inversa a la falsificación artística. El plagio consiste en presentar como propia una obra ajena y la falsificación ofrece como ajena una obra propia.  Como ejemplo de plagio, tenemos el de la “Epístola moral a Fabio”, de Andrés Fernández de Andrada, usurpada por otros poetas barrocos, mientras su autor, ajeno a la fama de su obra, moría abandonado en las Américas. El caso contrario es el de esos internautas que se dedican a colgar textos cursis y simplones haciéndoles pasar por poemas de Neruda o de Borges. ¿Por qué lo harán?  Pero hablando de Borges, cuenta Héctor Abad Faciolince en “El olvido que seremos”-una obra autobiográfica que les recomiendo vivamente- cómo encontró, en la chaqueta que llevaba su padre cuando le asesinó un sicario en plena calle, un papel con un poema escrito a mano que se titulaba “El olvido que seremos” y cuyo autor era Borges, según figuraba escrito en el mismo papel. Tras el hallazgo, buscó el poema en los libros de Borges, pero no encontró nunca ni rastro de él en su obra. Y ahora recuerdo otro caso de verdad curioso. Me refiero a la rima de Bécquer titulada “A Elisa”. Rafael Montesinos descubrió que su autor era Fernando Iglesias Figueroa, médico madrileño bromista y enamoradizo que se lo dedicó a Elisa, su novia, y luego lo hizo pasar por obra de Bécquer ¡Qué hermosa historia! Que tu novio consiga que Bécquer te dedique una rima tiene que ser definitivo. En el mercado artístico, las falsificaciones obedecen a una razón menos romántica. Recuerdo el caso del claustro románico de Mas del Vent de Palamós, que primero se creyó una amplificación del claustro de la Universidad de Salamanca y los últimos estudios aseguran que pertenece al “románico del siglo XX”, realizado para dar el timo a los anticuarios norteamericanos. María José Martínez, profesora de Historia del Arte de la Universidad de Valladolid, nos dio cumplida cuenta del tema en la Fundación Segundo y Santiago Montes, antes de que los periódicos consignaran el hecho. También comentamos aquella tarde, como es lógico, “Fraude”, la película  de Orson Wells, centrada en la figura del falsificador Elmyr D’Hory, capaz de pintar picassos, matises y modiglianis con una maestría admirada por los propios autores falsificados, por supuesto realizando cuadros originales, no simples copias. Y hay una anécdota que contaba uno de los hijos de Unamuno que no me resisto a consignar: sufriendo él en París grandes estrecheces, le pidió dinero a Picasso, que le regaló unos dibujos para que pudiera aliviar sus penurias económicas con lo que sacase por la venta de los mismos. Pero uno fue rechazado por los compradores, convencidos de que era una falsificación. Cuando se lo comentó al pintor, éste no dudó en contestarle con sorna: es que yo también sé pintar picasos falsos. Lo contrario le ocurrió a Charlie Chaplin cuando se presentó a un concurso de imitadores de Charlot y quedó el segundo. La lista sería interminable, y sin embargo cada vez que se descubre una nueva falsificación -no me refiero a las meras copias, sino a cuadros originales pintados a la manera de…- surge de nuevo la pregunta sobre la verdad y la mentira en el arte, y sobre el papanatismo que impera en el gusto del público. Sí, los falsificadores se encargan de que no duerman del todo tranquilos los millonarios que secuestran las obras de arte que deberían pertenecernos a todos. Por cierto, ¿saben que la palabra “plagio” viene del griego y significaba “secuestro”?

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Con Pipe por el Campo Grande
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Esperanza Ortega | 24-04-2018 | 10:35| 0

La cultura de una ciudad no se calibra por sus escuelas y por sus librerías, sino por el número y calidad de sus jardines públicos. Porque un jardín es un remedo del Edén primordial, ese lugar preparado para el disfrute del género humano, del que fuimos expulsados por nuestra mala cabeza en medio de una naturaleza hostil, donde todos los placeres nos acaban pasando factura. Por eso los poderosos se prepararon pronto sus jardines propios, hasta que, en el siglo XVI, se abrieron los primeros jardines para el uso público y general. Fue en el tiempo en que se creía que los hombres mismos podían crear “lugares amenos” donde sentir la dicha de nacer de nuevo. Y desde entonces el jardín en una ciudad no representa solo su pulmón, sino también su corazón palpitante. Los jardines son la memoria de lo que fuimos y fundan en ella un nuevo pacto con la naturaleza, para vencer las inclemencias sin dejar de ser humanamente perdedores. De ahí que sus plantas tengan solo una función ornamental, sin otra utilidad que el hacernos libres e inocentes de nuevo. ¿Por qué si no los jardines están llenos de niños y de ancianos, es decir, de aquellos que viven en el presente, que es el tiempo imposible del Paraíso Terrenal? Pues bien, en Valladolid, los jardines están abandonados a su suerte, como si la ciudad no los necesitara. Me lo digo mientras paseo por las Moreras, ese parque deshilvanado que nunca ha llegado a ser jardín, con la excepción del milagro de su Rosaleda. Llego al Poniente con mis cavilaciones, y lo hallo herido por las excavadoras, entre los escombros y la desmemoria. ¿Y qué me dicen del Campo Grande, cuyos árboles languidecen, enfermos de abandono y melancolía, desde el tiempo en que León de la Riva levantó su puerta monumental, más apropiada para entrar en el Infierno de Dante que en el Paraíso perdido de Milton? ¡Ay sus ramas tendidas, esperando un nuevo renacimiento de la ciudad!  Me siento en un banco polvoriento, mientras un pavo se enseñorea en su paseo central, y a lo lejos aparece Pipe, que decidió abandonarnos la semana pasada, sin aviso previo, como él hacía siempre las cosas. No, no busquen en Internet. Pipe no escribía ni pintaba ni se subió nunca a un escenario, aunque haya sido el más auténtico entre una generación de artistas vallisoletanos. Porque Pipe, como Adán irredento que era, no se amoldó nunca a vivir en este valle de lágrimas. Caín y Abel convivían en su interior, en donde batallaban la ternura y la desobediencia, su brutal originalidad y su inocencia salvaje. ¡Pobre Pipe! El ansia de paraíso acabó por convertir su vida en un infierno. Y sin embargo, lo único que queda de él en mí ahora es su risa y sus relatos maravillosos y sus silencios densos, cargados de palabras exactas, indecibles, iluminadas por el resplandor de lo verdadero. Amante de los niños y de los animales, con esa preocupación suya, propia del que no ha tenido una infancia feliz, siempre me preguntaba al mirar a mis hijos, como si fuera el inspector de la alegría infantil: ¿Les llevas al Campo Grande? Pipe se me aparece como el guardián entre el centeno, igual que entonces, en la primavera aquella en que hasta la desdicha olía a promesa inmerecida. Sí, Pipe, llevé a mis hijos y ahora llevo a mis nietos. Por eso hay que salvar el Campo Grande, para que los niños sigan corriendo entre las sombras de los muertos y de los que vivimos todavía, como tú lo hacías de niño, en aquella foto que nos enseñabas, con tu abrigo largo de paño color beige. Pipe, cargado ya para siempre de razón, contra toda esperanza.

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Sobre el autor Esperanza Ortega
Esperanza Ortega es escritora y profesora. Ha publicado poesía y narrativa, además de realizar antologías y estudios críticos, generalmente en el ámbito de la poesía clásica y contemporánea. Entre sus libros de poemas sobresalen “Mudanza” (1994), “Hilo solo” (Premio Gil de Biedma, 1995) y “Como si fuera una palabra” (2007). Su última obra poética se titula “Poema de las cinco estaciones” (2007), libro-objeto realizado en colaboración con los arquitectos Mansilla y Tuñón. Sin embargo, su último libro, “Las cosas como eran” (2009), pertenece al género de las memorias de infancia.Recibió el Premio Giner de los Ríos por su ensayo “El baúl volador” (1986) y el Premio Jauja de Cuentos por “El dueño de la Casa” (1994). También es autora de una biografía novelada del poeta “Garcilaso de la Vega” (2003) Ha traducido a poetas italianos como Humberto Saba y Atilio Bertolucci además de una versión del “Círculo de los lujuriosos” de La Divina Comedia de Dante (2008). Entre sus antologías y estudios de poesía española destacan los dedicados a la poesía del Siglo de Oro, Juan Ramón Jiménez y los poetas de la Generación del 27, con un interés especial por Francisco Pino, del que ha realizado numerosas antologías y estudios críticos. La última de estas antologías, titulada “Calamidad hermosa”, ha sido publicada este mismo año, con ocasión del Centenario del poeta.Perteneció al Consejo de Dirección de la revista de poesía “El signo del gorrión” y codirigió la colección Vuelapluma de Ed. Edilesa. Su obra poética aparece en numerosas antologías, entre las que destacan “Las ínsulas extrañas. Antología de la poesía en lengua española” (1950-2000) y “Poesía hispánica contemporánea”, ambas publicadas por Galaxia Gutemberg y Círculo de lectores. Actualmente es colaboradora habitual en la sección de opinión de El Norte de Castilla y publica en distintas revistas literarias.