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		<title>ELLOS TAMPOCO PODÍAN RESPIRAR</title>
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		<pubDate>Sun, 21 Jun 2020 00:12:18 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Esperanza Ortega</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Artículos]]></category>

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<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Ellos tampoco podían respirar</strong></p>
<p>“¡No puedo respirar!, ¡No puedo respirar!” Este grito no es solo la queja de un hombre negro que agoniza debajo de la bota de un policía en Minneapolis, también fue y sigue siendo la queja de muchos enfermos de la Covid19 cuando sienten que se ahogan y piden un respirador. “¡No puedo respirar!”, musitaba la joven Miranda mientras luchaba por su vida en un hospital de Denver justo el día en que se celebraba el fin de la Primera Guerra Mundial. Así nos retrata Katherine Porter a su alter ego en “Pálido caballo, pálido jinete”. Porter había padecido en su juventud la Gripe del 18, y quedó marcada por aquella epidemia que se llevó también a numerosos amigos suyos en la flor de la edad pues, a diferencia de la Covid19, aquel virus atacaba especialmente a los niños y jóvenes. Y como los niños solían morir, no quedan testimonios de haberla padecido en la infancia entre los autores que escriben sus memorias. Una excepción es la de Antonhy Burgess, que comienza su relato autobiográfico “El pequeño Wilson y el gran Dios” con la escena dantesca que se encontró su padre cuando regresó a casa desde el frente:</p>
<p>“Los primeros recuerdos de uno suelen ser indirectos: te dicen que hiciste o participaste en algo; uno lo dramatiza y guarda la imagen falsa en los anales de los recuerdos verdaderos. Pues bien, A principios de 1919, mi padre, aún no licenciado, llegó a Carisbrook Street en uno de sus permisos y encontró muertas a mi madre y a mi hermana. La pandemia de gripe había atacado Harpurhey. No cabía duda sobre la existencia de un Dios: sólo el ser supremo podía inventar un sainete tan ingenioso después de cuatro años de sufrimiento y devastación sin precedentes. Por lo visto yo cloqueaba en la cuna mientras mi madre y mi hermana yacían muertas en una cama en la misma habitación”.</p>
<p>Muchos fueron los que se contagiaron al regreso de la Guerra, aunque el caso paradigmático, al menos en el ámbito literario, es el de Apollinaire, que se estaba recuperando en París de una herida sufrida en combate cuando contrajo la gripe. El cortejo que le acompañó en su entierro, en donde estaban Picasso y Modigliani, se encontró con una multitud entusiasta que festejaba el Armisticio.</p>
<p>Yo sabía algo de la mal llamada “Gripe Española” por los relatos de mi padre, Teófilo Ortega, que la padeció cuando tenía trece años y que presumía de contarse entre los pocos que habían sobrevivido, aunque arrastró siempre la secuela de una bronquitis crónica y una hipocondría igual de crónica. En un texto de 1932, identificándose con el licenciado Vidriera de Cervantes, comentaba:</p>
<p>“En su juventud, según mis datos, padeció una enfermedad del pecho y era tal el miedo que al frío y a la influencia del viento y de las corrientes de aire tomó desde entonces, que abrigaba y protegía su pecho como si de cristal quebradizo se tratase. Y este miedo a que el puñal del frío le penetrase transformóse después en el estado de su locura en miedo a romperse si golpe de mano humana llegara a tocarlo. Me abstengo de señalar las fuentes donde he leído la información. También los escritores tenemos secretos profesionales”.</p>
<p>Sin embargo, la supervivencia a aquella pandemia no fue tan excepcional, como demuestra el número elevado de escritores que la padecieron en su juventud. Josep Pla, por ejemplo, comienza su “Cuaderno gris” en 1918, comentando que tiene mucho tiempo para escribir porque acaban de cerrar la Universidad por la gripe. Un año más tarde, contará cómo él mismo ha caído enfermo:</p>
<p>“He pasado todo el día de ayer y una parte del de hoy en la cama, con la gripe. He sudado como un caballo. Treinta y seis horas seguidas. Me levanto pálido y deshecho. Por un lado, me parece que me hubiera podido morir y que me he librado por los pelos. Cuando constato que, a pesar de la fatiga, me puedo levantar, pienso que quizá ha sido una gripe benigna (…). Las esquelas son numerosísimas. Pone la carne de gallina”.</p>
<p>La historia se repite, podríamos pensar. Sin embargo, entonces no había confinamiento obligatorio. Tampoco hubo la proliferación de textos, sobre todo del género lírico, escritos expresamente para aliviar la soledad de los confinados y de paso satisfacer el ansia de protagonismo de sus autores.  No, tras la Gripe del 18 no surgió un género “coronavírico” ni en la poesía ni en la novela ni en el ensayo, aunque sí se publicaron, una vez pasado el peor rebrote, algunas de las grandes obras de la literatura universal. Proust, el eterno confinado, siguió buscando el tiempo perdido y publicó “A la sombra de las muchachas en flor” en 1919, mientras Virginia Woolfe escribía “Noche y día” y Fafka, que en el mismo año publicaría “Un médico rural”, según nos cuenta en sus diarios, deliraba por efecto de la fiebre y se veía a sí mismo convertido en un enorme escarabajo. ¿Y los poetas?, ¿qué fue de ellos durante la epidemia?: “La tierra baldía”, de Eliot, y “Los heraldos negros”, de César Vallejo, también aparecieron en 1919, cuando ellos y el mundo se recuperaban de la enfermedad. Y el doctor Wiliam Carlos Williams constata la tragedia con la que se encontraba en las más de cincuenta visitas que realizaba a diario a las viviendas de sus enfermos.  En cambio, Katherine Porter prefiere situar a Miranda en un hospital, pendiente de las noticias sobre Adans, el soldado que acaba de morir de gripe en otro hospital militar, quizá para denunciar el dolor de tantas personas que se enfrentaban en soledad a la experiencia de la muerte. Si Katherine Porter hubiera vivido hoy, no dudo que podría haber escrito un relato protagonizado por un policía de Minnesota, capaz de asesinar a un “negro” a sangre fría. Conocedora del racismo de la América profunda de la que ella misma procedía, esta gran novelista sureña nos dejó múltiples ejemplos en sus relatos de su consideración de la literatura como la mejor forma de denuncia.  Una muestra son las palabras con las que termina “Pálido caballo, pálido jinete”, con su contenido polivalente y en cierta medida premonitorio:</p>
<p><em>      “</em>No más guerras, no más plagas, sólo el aturdido silencio que sigue al cese de los pesados cañones; las casas sin ruidos con las persianas bajadas, la luz fría y muerta del mañana. Ahora habría tiempo para todo”.</p>
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		<title>La primera casa</title>
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		<pubDate>Fri, 14 Feb 2020 22:45:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Esperanza Ortega</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Artículos]]></category>

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		<description><![CDATA[Grande o pequeña, rica o pobre, la casa de la infancia posee un magnetismo especial. El niño la siente como prolongación del edén primordial del que ha sido arrancado al nacer y como sede del primer recuerdo constatable.  Janet Frame comienza así sus memorias: “Salida del primer lugar de líquida oscuridad, y ya en el [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Grande o pequeña, rica o pobre, la casa de la infancia posee un magnetismo especial. El niño la siente como prolongación del edén primordial del que ha sido arrancado al nacer y como sede del primer recuerdo constatable.  Janet Frame comienza así sus memorias: “Salida del primer lugar de líquida oscuridad, y ya en el segundo lugar de aire y luz, registro por escrito la siguiente crónica…”. Por eso no es extraño que muchas autobiografías comiencen con la descripción detallada de la casa familiar. Amos Oz inicia así el relato de su vida: “Nací y crecí en un piso muy pequeño, de techos bajos y unos treinta metros cuadrados: mis padres dormían en un sofá cama que ocupaba su habitación casi de pared a pared cuando lo abrían por las noches (…) Así pues, su habitación servía de dormitorio, estudio, biblioteca, comedor y salón”. Más humilde aún era la casa de Albert Camus, cuyo dormitorio describe en “El primer hombre”: “El niño se volvía entonces hacia la habitación casi desnuda, encalada, con una mesa cuadrada en el centro, pegados a las paredes un aparador y un pequeño escritorio llenos de cicatrices y manchas de tinta, y directamente en el suelo, un colchoncito cubierto con una manta”. Sin embargo, Camus no hubiera sido el escritor que fue sin ese espacio que rememoraba muchos años después con estas palabras: “ese secreto de luz, de cálida pobreza que me había ayudado a vivir y a vencerlo todo”. Además, la noción que tiene el niño de las dimensiones está distorsionada por su propia pequeñez. ¡Cuántas sorpresas nos hemos llevado al regresar a lugares que en la infancia nos parecían gigantescos y el paso del tiempo parece haber jibarizado! La memoria nos muestra esos lugares por medio de secuencias simultáneas, sin una idea del tiempo lineal. Es lo que expresan estos versos profundos de Tomás Salvador: “Un niño aguarda en el umbral/ en la casa de la primera nieve/ mi abuelo me dio un sello/ madre cortaba las rosas del corpus/ dejó caer las rosas, las lágrimas/ en la casa de la primera nieve/ encontraron el abrigo en la leñera/ una alcoba, dos zapatos, dos cirios/ el miedo era dorado, era de oro/ en la casa de la primera nieve/ un niño aguarda en el umbral”. Y es que al niño sus sentidos le remiten a un mundo donde nada es banal, donde todo es fruto de un designio. En “Arde Madrid”, de Kiko Herrero, cada rincón de la casa representa una metáfora de las diferentes relaciones familiares. En su familia numerosísima, el espacio común era el largo pasillo: “Un pasillo largo y estrecho distribuye las habitaciones. Es la gran arteria. Nos cruzamos, nos chocamos, nos paramos a charlar. Las puertas están siempre abiertas. Mi madre prohíbe cerrarlas (…) Si queremos hablar con un miembro de la familia, no entramos en su habitación. Nos apoyamos en el quicio de la puerta y decimos lo que tengamos que decir. Es una práctica que puede durar horas (…) Mi madre es la mayor adicta al quicio. Siempre atareada, va y viene por el pasillo. Lo ha recorrido tanto, que ha creado un surco en el parqué. De vez en cuando se para y, apoyando el hombro en el quicio, te cuenta historias por capítulos, historias infinitas…” Y entre los distintos lugares de la casa, hay algunos que poseen un atractivo especial, por ejemplo, las viejas buhardillas llenas de objetos aparentemente inservibles. En “Días de desván”, Luis Mateo Díez atribuye a este espacio misterioso el atractivo de lo prohibido: “El desván contenía una polvorienta acumulación de secretos que yacían en la penumbra con la misma paciencia que los objetos, diseminados en el desorden que suscita el abandono (…) Era un espacio que subsistía fuera de la vida, al menos fuera de la vida doméstica, cotidiana, en la cima de una casa que lo relegaba con la indolencia de los territorios prohibidos”. ¿El valor simbólico del espacio es propio del niño o se lo atribuimos los adultos al transitarlo en el recuerdo? Cuando comencé a escribir mi libro de memorias “Las cosas como eran” no sabía la trascendencia que iba a tener su primera frase: “En mi casa había dos casas”. Hasta después de haber publicado el libro no me di cuenta de que esas dos casas superpuestas representaban los dos matrimonios de mis padres, las dos familias que convivieron con sus memorias comunes, y en definitiva, las dos Españas que se solapaban en un mismo espacio de secreto. La casa de Amos Oz, a la que aludía al comienzo de este artículo, poseía también un misterio que el niño explicaba a su manera: “Era un piso soterrado: el bajo del edificio excavado en la ladera de un monte. Ese monte era nuestro vecino, un inquilino recio, introvertido y silencioso, un monte viejo y melancólico que hacía vida de soltero y mantenía siempre un silencio absoluto. Era un monte adormecido, invernal, que nunca arrastraba muebles ni tenía invitados, no alborotaba ni molestaba, pero a través de las dos paredes que compartíamos con él se filtraba siempre, como un ligero y persistente olor a moho, el frío, la oscuridad, el silencio y la humedad de ese melancólico vecino”. Así como ese extraño vecino representaba la sombra que se cernía sobre la familia, muchas casas de las familias españolas de posguerra escondían también lo innombrable, el topo del que los niños no debían hablar&#8230; Luis Mateo termina así su descripción del desván:  “La tragedia, como en todo tipo de posguerra, y ese es el tiempo que el desván revela, es lo que nombra, con aire de metáfora griega y aliento de desgracia, una contienda fratricida que también había llenado de desolación el Valle, en cuyo centro estaba la casa del Desván”. El niño se da cuenta de que, aunque está protegido dentro de las paredes del hogar, hay una amenaza que puede desencadenar la tragedia. No otra cosa revelan los relatos tradicionales en que los protagonistas se pierden en los bosques y buscan la salvación en la luz que ven a lo lejos. Aunque sea la casa del ogro, esa luz les anuncia que existe para ellos un destino en la noche del mundo.</p>
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		<title>El recuerdo de las palabras</title>
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		<pubDate>Sat, 07 Dec 2019 16:38:33 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Esperanza Ortega</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Artículos]]></category>

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		<description><![CDATA[&#160; El recuerdo de las palabras                                     Esperanza Ortega El día 23 de noviembre fue el Día Internacional de la Palabra. También se podría celebrar un Día Internacional del Recuerdo, ¿por qué no? Y yo me adelanto al escribir este artículo sobre del recuerdo de las palabras. Regreso a mi infancia y veo que, así [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>&nbsp;</p>
<p><strong>El recuerdo de las palabras</strong></p>
<p><strong>                                    </strong>Esperanza Ortega</p>
<p>El día 23 de noviembre fue el Día Internacional de la Palabra. También se podría celebrar un Día Internacional del Recuerdo, ¿por qué no? Y yo me adelanto al escribir este artículo sobre del recuerdo de las palabras. Regreso a mi infancia y veo que, así como las palabras de los libros me las explicaba mi padre, las del lenguaje coloquial manaban de mi madre, como la leche de sus pechos. Y recuerdo que Pascal Quignard identificaba la voz materna con el hilo de Ariadna en el mito del laberinto del Minotauro: “¿Cómo el pequeño que nace reconoce el cuerpo perdido de dónde proviene? Por la escucha de su voz. Ese es el hilo psíquico de Ariadna. La voz de la madre se volverá lengua materna, dieciocho meses más tarde”. Algo semejante expresa Manuel Rodríguez Tobal en los versos de “Esto era”, su último libro: “Y un día fue la voz / Tenía la frescura azul de la evidencia, / la claridad sin sol de la aventura / Podíamos tocarla / como quien toca un labio, un vientre o unas manos / Olía a cuerpo nuestro aquella voz…”</p>
<p><em> </em>Pero no siempre son las madres las encargadas de introducir las primeras palabras en la boca del niño.  Rosa Chacel, en “Desde el amanecer”, rememora cómo su padre intentaba enseñarle a hablar en edad muy temprana:</p>
<p>“Un amigo nos había hecho una foto en su jardín, teniendo yo tres meses. Mi madre estaba sentada conmigo en brazos y mi padre de pie, al lado. La foto, de quince o veinte centímetros, estaba puesta en la pared y mi padre me llevaba ante ella, cogía mi mano derecha y me hacía ir poniendo el índice en cada una de las tres figuras, repitiéndome una y otra vez: “Papá, mamá, nena”. A este ejercicio me sometió durante más de dos meses, cuatro o cinco veces al día. Uno de ellos, llevándome mi madre en brazos, se paró ante el espejo y mi padre se acercó por detrás; yo señalé con mi índice extendido y dije las tres palabras. Pero esto, para mí es leyenda. No lo pongo en duda, porque, dada la obstinación de mi padre, creo que podría haber hecho hablar a un gato. Y resulta que lo que hizo, sin saber, pero con decisivo trazo en mi destino, fue enseñarme a mirar. Me hizo mirar, podría decir; estableció un istmo o un cable conductor con mi brazo extendido hasta la imagen, haciendo que mi índice tocase tres puntos, tres breves contactos, que junto a mi oído se convertían en palabras, como si cada una de las tres voces fuera el ruido del roce de mi dedo en el papel.”</p>
<p><em> </em>La idea de que las palabras se pueden ver y tocar coincide con la percepción sinestésica de Rimbaud, que atribuía un color a cada una de las vocales. Rosa Chacel hacía algo semejante, aunque en la gama cromática vuelve a disentir: “Yo tenía adjudicado un color a las vocales –con tanta convicción como Rimbaud-. Claro que no los mismos colores porque nuestras vocales son cromáticamente muy distintas: nuestra A es blanca, nuestra E es amarilla, nuestra I es roja, nuestra O es negra, nuestra U es azul. Por esto el nombre de Leticia me hacía imaginar las dos gotas de sangre que deja caer en la nieve una reina.” Y Vladimir Nabocov recuerda en “Habla, memoria” que elaboró un sistema cromático mucho más completo para clasificar los sonidos: “Presento un único caso de audición coloreada. La “a” larga del alfabeto inglés tiene para mí el color de la madera a la intemperie, mientras que la “a” francesa evoca una lustrosa superficie de ébano (…) De los blancos se encargan el color gachas de avena de la “n”, el flexible tallarín de la “l” y el espejito manual con montura de marfil de la “o” (…) En el grupo verde están la “f”, hoja de aliso; la “p”, manzana sin madurar; y la “t”, color pistacho…” Las palabras también pueden adquirir movimiento, como nos cuenta Janet Frame que sucedía cuando escuchaba las conversaciones familiares en su infancia neozelandesa: “ Aprendía palabras, convencida desde el principio de que las palabras significan lo que dicen. En aquellos días de Outram, en que numerosos parientes vivían cerca, había muchas idas y venidas y conversaciones y risas (…) y las palabras viajaban como el viento en cables invisibles (…) entonces me explico mi excitación, aunque no la entendiese, mientras iba de acá para allá en la red viajera de las palabras.”</p>
<p><em> </em>Pero más allá de su materia sonora, ¿cuáles fueron las primeras palabras que representaron algo comunicable y memorable? Así las recuerda Eudora Welty en “La palabra heredada”: “Alrededor de los seis años, estaba sola en el jardín esperando que llegase la hora de cenar, a esa hora en que en un día de finales de verano el sol está ya debajo del horizonte y la luna llena deja de ser borrosa y comienza a iluminarse. Llega un momento, y yo lo vi entonces, en que la luna pasa de ser plana a ser redonda. Fue la primera vez que mis ojos la vieron como un globo. La palabra “luna” me vino a la boca como si me la hubiesen dado en una cuchara de plata. Al tenerla en la boca, la luna se hizo palabra. Tenía la redondez de una de las uvas moscateles que el Abuelo cogió de la parra y me dio para que la sorbiera todo el jugo…”</p>
<p>En todos estos casos, las palabras poseían un carácter celebrativo, inaugural, y la niña las escuchaba como si fueran dichas por primera vez. Sin embargo, otros escritores recuerdan el aprendizaje de las palabras como una renuncia a la lengua primigenia, aquella que el bebé escuchó cuando aún no tenía conciencia del lenguaje, incluso antes del nacimiento. La lengua poética supondría el regreso a aquella lengua primera, luego sustituida por la lengua común, tras la ruptura del hilo materno del que hablaba Quignard.  José Ramón Ripoll expresa este sentir en su libro “La lengua de los otros”, al que pertenecen los versos del poema que se titula precisamente “Hilo de sangre”: “¿En qué lugar del útero celeste / dejé las instrucciones de la vida, / las rutas de los sueños / y la disposición de ser el germen de mi propio albedrío? / ¿En qué revestimiento olvidé el verbo / que habría de conjugar para ser libre?”</p>
<p>En fin, la búsqueda de la palabra original, aún no contaminada, sería la clave de esa forma tan rara -y tan liberadora-  de utilizar el lenguaje, que hemos dado en llamar Literatura.</p>
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		<title>Camino del colegio</title>
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		<pubDate>Sat, 09 Nov 2019 12:06:12 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Esperanza Ortega</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Columnas]]></category>

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			<content:encoded><![CDATA[<p>&nbsp;</p>
<p>La palabra “escuela” proviene del griego “scolé”, que significaba tiempo de ocio. Coincide la etimología con la publicidad de los centros escolares, que, sobre todo en los primeros cursos, insiste en que el niño aprende por medio del juego. Sin embargo, si leemos las memorias de los escritores, encontramos que nos ofrecen recuerdos bien distintos. En vez de juego, aburrimiento infinito, en vez de amabilidad y comprensión, represión de sus deseos más elementales. Pero existe una gran diferencia entre el recuerdo de unos colegios y otros. Las escuelas públicas de zonas rurales son rememoradas en general con cariño, como comprobamos al leer las memorias de Luis Mateo Díez o Abel Hernández. Ocurre lo contrario con los colegios católicos. Si hacemos caso a James Joyce, peor que los castigos físicos era la conciencia de culpa con la que allí tatuaban para siempre el espíritu de los alumnos. En su “Retrato del artista adolescente”, recuerda, por medio de Stephen Dedalus, su <em>alter ego</em>, un retiro espiritual en el que sintió la proximidad de una muerte merecida por sus pecados carnales:</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>El día siguiente aportó consigo muerte y juicios y con ellos el despertar del alma de Stephen de su inerte desesperación. La vaga vislumbre del miedo se convirtió ahora en espanto cuando la voz ronca del predicador fue introduciendo la idea de la muerte en su alma. Sufrió todas las miserias de la agonía (…) la impotencia de los miembros moribundos; la palabra que se iba haciendo torpe e indecisa, extinguiéndose poco a poco; el palpitar del corazón, cada vez más tenue, más tenue, casi rendido ya, y el soplo, el pobre soplo vital, el triste e inerte espíritu humano, sollozante y suspirante, en un ronquido, en un estertor, allá en la garganta. ¡No hay salvación! ¡No hay salvación!</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Otro de los escándalos de los colegios católicos, pensados para educar a la élite social, era el desprecio que sufrían los alumnos de clase baja. Esta fue la causa de que Antonio Gamoneda dejara de estudiar el bachillerato en los agustinos, según relata él mismo en “Un armario lleno de sombra”:</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Yo, cuando iba a clase, consultaba las lecciones por el libro del compañero de pupitre: no tenía libros porque mi madre no podía comprármelos. Los frailes comprendieron la situación, pero hubo uno que no lo comprendió o no quiso comprenderlo (…) El padre Anacleto decidió ponerme de pie todos los días al lado del estradillo, comunicando a los demás alumnos, también todos los días, que allí y así habría de estar hasta que no me llegase el libro. Fue un trance prolongado y amargo (…) Aprovechando mi visibilidad, (otro alumno) hacía correr la información de que yo iba calzado con zapatos de mujer. La crueldad y la risa se generalizaban. Efectivamente, yo no tenía calzado para el invierno leonés. Mi madre no encontró otra solución que rebajar el escaso tacón de unos viejos zapatos de mi abuela y calzarme con ellos. No llegaban a pasar por zapatos masculinos. La pobreza es grotesca muchas veces. No fue el sadismo ni los diversos aspectos y grados de la pederastia frailuna lo que me echó de los agustinos y acrecentó mi maldad; fue la vergüenza de ser publicado pobre.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Las escritoras, sin embargo, nos ofrecen una visión menos tétrica de los colegios religiosos. Simone de Beauvoir, la autora de “El segundo sexo”, recuerda con gratitud el colegio católico en donde fue educada en sus “Memorias de una joven formal”. Rosa Chacel no se muestra tan entusiasta cuando habla de las Carmelitas de Valladolid, colegio al que asistió solo unos días, pero su reproche solo atañe a la escasa inteligencia de las monjas:</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Llegué un lunes al colegio y en el recreo se le ocurrió a la hermana Pura preguntarme: ¿Qué hiciste ayer domingo? Como llovió tanto no irías de paseo. Yo contesté: &#8211; No, hermana Pura, estuve en casa toda la tarde, haciendo títeres con mi papá. -¡Títeres! ¡Qué ocurrencia!, no debes hacer eso. La Virgen María no hacía títeres-. Yo no sé qué contesté, me escabullí para que la monja no viese el desprecio de mi mirada.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La lista de escritores que rememoran sus años de colegio es interminable, y la diversa manera de vivir experiencias similares es también notoria, como demuestran los testimonios de Vicente Aleixandre y Rafael Alberti, que asistieron al colegio de los jesuitas, de Málaga y Puerto de Santa María, respectivamente. Alberti iba al colegio apesadumbrado y temeroso. Así lo recuerda en estos fragmentos de “Retornos de los días colegiales”:</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Va repitiendo nombres a ciegas, va torciendo</p>
<p>de memoria y sin ganas las esquinas. No ignora</p>
<p>que irremediablemente la calle de la Luna,</p>
<p>la de las Neverías, la del Sol y las Cruces</p>
<p>van a dar al cansancio de algún libro de texto.</p>
<p>(…)</p>
<p>Las horas prisioneras en un duro pupitre</p>
<p>lo amarran como a un pobre remero castigado</p>
<p>que entre las paralelas rejas de los renglones</p>
<p>mira su barca y llora por asirse del aire.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Aleixandre, al contrario, recorría un camino semejante envuelto por un halo de beatitud, hasta el punto de que se sentía ascender sobre el suelo. Dice en “Al colegio”:</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Yo iba en bicicleta, casi alado, aspirante.</p>
<p>Y había anchas aceras por aquella calle soleada.</p>
<p>(…)</p>
<p>Ah, nada era terrible.</p>
<p>La céntrica calle tenía una posible cuesta y yo ascendía impulsado.</p>
<p>Un viento barría los sombreros de las viejas señoras.</p>
<p>Los árboles en hilera eran un vapor inmóvil, delicadamente</p>
<p>suspenso bajo el azul. Y yo casi ya por el aire,</p>
<p>yo apresurado pasaba en mi bicicleta y me sonreía…</p>
<p>Y recuerdo perfectamente cómo misteriosamente plegaba</p>
<p>mis alas en el umbral mismo del colegio.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Alberti hubiera querido asirse del aire para salir volando, mientras Aleixandre, alegremente, ascendía y descendía a discreción de la realidad a la fantasía. ¿La diferencia entre los dos estribaría únicamente en ir andando o ir en bicicleta al colegio? No, con seguridad. Hay algo más hondo detrás de la dicha o la desdicha del niño que acude a la escuela, algo que, en cualquier caso, marcará su personalidad de manera indeleble, como demuestran estos dos poemas. Por eso nada disculpa a los que hacían desdichados a los más pequeños: aquellos aguafiestas los alejaban tanto de la alegría como de la bondad, porque, como afirmó Oscar Wilde, “El mejor medio para hacer buenos a los niños es hacerlos felices”.</p>
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		<title>Libros que crecían como la hierba</title>
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		<pubDate>Fri, 27 Sep 2019 21:29:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Esperanza Ortega</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Artículos]]></category>

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		<description><![CDATA[Libros que crecían como la hierba. ¿Quién es capaz de reproducir el primer relato que leyó de niño? Seguro que hay muchos más que contestarían afirmativamente si les preguntáramos por un cuento que escucharon de labios de alguna figura familiar. Esto ocurre porque, antes de que el niño aprenda a leer, accede a la experiencia [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Libros que crecían como la hierba.</strong></p>
<p>¿Quién es capaz de reproducir el primer relato que leyó de niño? Seguro que hay muchos más que contestarían afirmativamente si les preguntáramos por un cuento que escucharon de labios de alguna figura familiar. Esto ocurre porque, antes de que el niño aprenda a leer, accede a la experiencia literaria por medio del relato oral. Sin duda lo que digo es una perogrullada, pero me consta que, en la actualidad, por la competencia de móviles y tablets, se está perdiendo la sana costumbre de que los padres cuenten cuentos a sus hijos. Sin embargo, cuando acudimos a las memorias de infancia de los escritores, nos encontramos con que sus primeros recuerdos literarios suelen ser canciones, retahílas, romances y relatos, siempre de transmisión oral. La literatura popular tiene además un valor igualatorio indudable ¿Qué otra herencia podría transmitir a su prole el hombre más pobre del mundo?  Y cuando le arranca de la intimidad de su cuerpo, ¿qué otro don puede regalar una madre al recién nacido que no sea la lengua con la que le cuenta el secreto de su origen y destino? Por eso han sido madres y abuelas fundamentalmente las transmisoras de los textos de la cultura popular.  Voy a referirme, sin embargo, a un caso en que es el padre el más interesado en contar a sus hijos una historia que él mismo recibió de sus antecesores.  Me refiero al relato de “El ratón y la montaña”, al que alude el intelectual antifascista Antonio Gramsci cuando escribe a su mujer desde la cárcel y le pide que sea ella la que haga lo que él no puede hacer en persona: contar un cuento a sus hijos:</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>“Querría contarle a Delio un cuento de mi tierra. Te lo resumo y tú se lo contarás a él y a Giuliano: un niño duerme. Hay un vaso de leche preparado para cuando despierte. Un ratón se bebe la leche. El niño grita por no tener leche. El ratón, desesperado, se da cabezazos contra la pared, pero se da cuenta de que eso no sirve para nada y corre a pedirle leche a la cabra. La cabra solo le dará leche si tiene hierba que comer. El ratón va al campo por hierba y el campo seco le pide agua. El ratón va a la fuente. La fuente está destruida por la guerra y el agua se pierde. Quiere que el albañil la arregle. El ratón va a buscar al albañil, y este le contesta que necesita piedras para arreglar la fuente. El ratón va a la montaña y se produce un diálogo emocionante entre el ratón y la montaña, que ha sido deforestada y muestra sus huesos sin tierra. El ratón cuenta toda la historia y promete que el niño, cuando sea mayor, plantará pinos, robles, castaños etc. La montaña le cree y le da piedras …. Y el niño tiene tanta leche que hasta se lava con ella. Crece, planta los árboles, todo cambia. Los huesos de la montaña desaparecen bajo un humus nuevo; la lluvia vuelve a ser regular porque los arboles retienen la humedad y evitan que los torrentes destruyan la llanura… Queridísima Giulia, tienes que contarles este cuento y explicarme después las impresiones de los niños. Te abrazo tiernamente: Antonio”</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>El maridaje entre el relato y la naturaleza, que tan bien representa “El ratón y la montaña”, me recuerda una anécdota de mi primera infancia, cuando todavía no sabía leer y creía que los libros no se compraban en las tiendas como los otros objetos de uso cotidiano, sino que crecían en las estanterías, igual que las plantas. Así lo conté en “Las cosas como eran”, mi libro de memorias, aunque con cierto malestar, pues temía que mi recuerdo iba a parecer inverosímil. Por eso me alegré tanto al encontrar en “La palabra heredada”, de Eudora Welty, un recuerdo muy semejante:</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>“Me asombró y me decepcionó descubrir que los libros de cuentos los habían escrito las personas, que los libros no eran maravillas de la naturaleza que brotaran como la hierba. Con todo, ajena a su procedencia, no puedo recordar un solo momento en que no estuviera enamorada de ellos –de los propios libros, de las cubiertas, la encuadernación y el papel en que estaban impresos, de su olor y de su peso, y los cogía en brazos, como si los hubiese capturado y los poseyera, y me los llevaba a un rincón. Aún analfabeta, ya estaba lista para los libros”</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>¿Acaso la contemplación de los adultos enfrascados en la lectura contribuiría a crear ese aura misteriosa alrededor del libro? ¿Y qué hay más misterioso que la naturaleza? ¿Más misterioso o, al contrario, más sencillo para el niño, enfrascado él mismo en el misterio del crecimiento y la transformación? Pero es en la obra de otra escritora, la poeta portuguesa Sofhia de Mello, en donde he hallado la expresión exacta de la comunión, previa a la cultura, entre naturaleza y poesía. Rememora Sofhia de Mello el tiempo en que, sin saber leer aún, sintió su primera emoción poética:</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>“En mi infancia, antes de saber leer, oí recitar y aprendí de memoria un antiguo poema tradicional portugués, llamado “Nau Catrineta”. Tuve así la suerte de empezar por la tradición oral, la suerte de conocer el poema antes de conocer la literatura.</p>
<p>Era yo tan muchacha que ni sabía que los poemas eran escritos por personas, sino que juzgaba que eran consubstanciales al universo, que eran la respiración de las cosas, el nombre de este mundo dicho por él mismo. Pensaba también que, si conseguía quedarme completamente inmóvil y muda en ciertos lugares mágicos del jardín, conseguiría oír uno de esos poemas que el mismo aire contenía en sí.</p>
<p>En el fondo, toda mi vida intenté escribir ese poema inmanente. Y aquellos momentos de silencio en el fondo del jardín me enseñaron, mucho tiempo más tarde, que no hay poesía sin silencio, sin que se haya creado el vacío y la despersonalización”.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La lectura, para aquel que ha tenido la experiencia literaria oral antes de aprender a leer, supone un reconocimiento, un encuentro con algo que ya le era familiar: la planta invisible cuyo aroma impregnará siempre las hojas de los libros. Literatura y naturaleza, hermanadas en la memoria sin necesidad de ninguna otra ilustración explicativa.  Pero para el que no haya tenido esa experiencia inicial, será muy difícil que el libro adquiera ese carácter mágico, de llamada inexplicable y cautivadora.</p>
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		<title>Walt Whitman en Juan Ramón Jiménez</title>
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		<pubDate>Tue, 25 Jun 2019 17:13:34 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Esperanza Ortega</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Artículos]]></category>

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		<description><![CDATA[“¿Pero, ¿de veras quiere usted ver la casa de Whitman mejor que la de Roosevelt?”, le dijeron a Juan Ramón Jiménez cuando pidió que le llevaran a ver la casa del poeta. Una casa que nunca olvidó, blanca y amarilla, al lado de la vía del tren. Años después, en una carta a Luis Cernuda, [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>“¿Pero, ¿de veras quiere usted ver la casa de Whitman mejor que la de Roosevelt?”, le dijeron a Juan Ramón Jiménez cuando pidió que le llevaran a ver la casa del poeta. Una casa que nunca olvidó, blanca y amarilla, al lado de la vía del tren. Años después, en una carta a Luis Cernuda, explicaba cómo la lectura de los poetas norteamericanos, Whitman, Dickinson y Browning “me parecieron más directos, más libres, más modernos. Lo de Francia, Italia y parte de lo de España e Hispanoamérica se me convirtió en jarabe de pico”. En 1916, cuando viajó con Zenobia a Estados Unidos, la combinación entre el amor, el mar y Whitman transformó su sensibilidad, pasando de ser un sombrío melancólico, heredero del simbolismo francés, a ser un poeta entusiasta, asombrado de la luz desbordante que en vez de cegarle le descubría nuevos horizontes de la realidad.  Una realidad que ya no encajaba ni en el endecasílabo ni en el alejandrino, que necesitaba el verso libre para expresarse con holgura. Es entonces cuando Juan Ramón escribe “Diario de un poeta recién casado” y cuando reconoce al mundo visible como objeto y sujeto poético del canto y no como muro contra el que choca el cantor. La naturaleza parece concertar con su entusiasmo y se ofrece a sus ojos con una voluntario asentimiento: “Parece , mar, que luchas /-oh desorden sin fin, hierro incesante!- / por encontrarte o porque yo te encuentre”,  dice el poeta de Moguer, en comunión panteísta con la inmensidad oceánica que Whitman ya había expresado en “Hojas de hierba”: “Mar arrullador, mar escultor de las tormentas, mar delicado y caprichoso/ Formo parte de ti, soy uniforme y multiforme como tú lo eres”. Pero es años después, en 1942, cuando Juan Ramón escribe su libro más enteramente Whitmaniano. Me refiero a “Espacio”, que comienza con esta frase inconcebible: “Los dioses no tuvieron más sustancia que la que tengo yo”. A su lado el “Me celebro y me canto a mí mismo” de Whitman, que tanto ha escandalizado a los humildes del mundo, parece también jarabe de pico. Ambos textos, sin embargo, esconden tras su aparente soberbia una generosidad hacia sus semejantes que solo los lectores atentos sabrán comprender. “Y soy un dios sin espada, sin nada de lo que hacen los hombres con su ciencia; solo con lo que es producto de lo vivo”, continúa Juan Ramón, definiendo así al “dios deseado y deseante” de sus últimos libros, un dios democrático, creado cada día por el deseo y la conciencia de cada uno de los hombres, de esos hombres corrientes que pueblan también la poesía de Whitman y a los que hubiera podido dedicar este verso de “Hojas de hierba”: “Sé tú mi dios”. Whitman declara también en el “Canto de mí mismo”: “Y lo que yo diga ahora de mí, lo digo de ti,/ porque lo que yo tengo lo tienes tú y cada átomo de mi cuerpo es tuyo también”, y sus palabras podrían estar dedicadas a Juan Ramón Jiménez, como un hombre más,  despierto, con oídos y ojos para sentir lo magnífico de la existencia. Esta es la intersección en la que ambos coinciden, más allá de una posible e inevitable influencia. Coincidencia, más que influencia, porque como afirmó Cortázar: “El poeta es ese hombre que escribe nuestros poemas. Descubrirle es hallar nuestra verdad dicha por alguien que es nuestro doble, el doble sin nombre ni impedimentos ni renuncias”. Sin duda, J.R. Jiménez se reconoció en W. Whitman ¿Se hubiera reconocido también Whitman en los versos de Juan Ramón? Yo creo que sí.</p>
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		<title>Javier Muguerza y su legado de perplejidad</title>
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		<pubDate>Wed, 17 Apr 2019 10:39:05 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Esperanza Ortega</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Columnas]]></category>

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		<description><![CDATA[El miércoles pasado desayuné leyendo dos noticias. La mala fue que había muerto Javier Muguerza, al que considero el gran filósofo español de la segunda mitad del Siglo XX. Y la buena era la fotografía de un agujero negro que viene a confirmar la intuición de Einstein, el autor de la teoría de la relatividad. [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El miércoles pasado desayuné leyendo dos noticias. La mala fue que había muerto Javier Muguerza, al que considero el gran filósofo español de la segunda mitad del Siglo XX. Y la buena era la fotografía de un agujero negro que viene a confirmar la intuición de Einstein, el autor de la teoría de la relatividad. La obra de estos dos pensadores demuestra la altura intelectual que ha alcanzado el homo sapiens con esfuerzo y pasión a lo largo de los siglos. Muguerza dedicó su vida a pensar y formular lo pensado a la manera en que lo hicieron los grandes filósofos de todos los tiempos, con Kant a la cabeza, dudando siempre de aquello que los simples consideran seguro, en libros de títulos sugerentes, como “La razón sin esperanza” o “Desde la perplejidad”. Pero su filosofía conecta con Kant solo lo justo, pues no se limita a reproducir o continuar su pensamiento, sino que camina a su lado y con él dialoga asumiendo como suyas sus preguntas y no sus soluciones, con un escepticismo tolerante, aunque disidente, que conecta más con la reflexión popular del latino que con la bárbara cultura germana. Lo opuesto al sentido común de aquellos que se dicen filósofos y que tanto abundan en la actualidad: me refiero a los que se dedican a escribir libros de autoayuda y a dar consejos a los papás sobre la educación de sus díscolos niños, con una argumentación propia de un manual divulgativo -bien es verdad que luego pasan la gorra y obtienen pingües beneficios- .  No, el filosofo ha de poseer el sentido nada común de la indagación en busca de la verdad escondida, dudando siempre del resultado de sus pesquisas. El filósofo es el discorde, el que no se conforma con lo razonable y escarba hasta encontrar la razón verdadera, llegando a desconfiar incluso de su propia desconfianza, Por eso nunca nos ofrece un libro de recetas para ser feliz, sino para no ser idiota del todo, aunque haya que asumir la dosis de tristeza que toda vida conlleva. En ese sentido, su actitud se parece a la de Machado cuando dijo por boca de su apócrifo Juan de Mairena: “Confiamos/en que no será verdad/nada de lo que pensamos” Así era Muguerza y este es su legado. A él le hubiera gustado ver el agujero negro de la fotografía, porque su imagen nos pone en contacto con lo abismal y más que responder a la pregunta de qué es el universo nos plantea las pregunta de quiénes somos nosotros y qué sentido tiene nuestra vida en la sombra, a las puertas de este agujero innumerable. A mí todo lo cósmico me da mucho miedo,  aunque como castellana que soy, estoy acostumbrada a la contemplación de lo inconmensurable: ¿hay algo más abismal que sus resplandecientes noches estrelladas? Por eso no me asombra demasiado este agujero infinito. Francisco Pino, el Einstein de la poesía, ya había incluido los agujeros negros en sus libros de poesía troquelada.  Y yo, ¿saben en lo que he pensado al ver esta rosquilla cósmica con dorado nimbo circular rodeando la enigmática sustancia oscura? Pues he pensado en el arito dorado que aparecía en del test del embarazo cuando daba positivo, cuando el ser aún era promesa sin materia ninguna, vacío y esperanza de lo inimaginable. Habrá que llenar esa cavidad sin límites de preguntas luminosas, formadas con la materia de la inteligencia. Muguerza ya ha ingresado en el agujero del que no se regresa, pero sus libros nos pueden servir de guía en el incierto camino hacia la perplejidad más absoluta.</p>
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		<title>Lo inconcebible</title>
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		<pubDate>Tue, 09 Apr 2019 20:19:58 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Esperanza Ortega</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Columnas]]></category>

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		<description><![CDATA[¿No se han preguntado nunca por qué los judíos alemanes se dejaron cazar como conejos por el régimen nazi? A mí, cuando lo pienso, me sigue sorprendiendo que fueran tan ingenuos como para creer que les iba a ser posible sobrevivir en ese volcán de odio en que se había convertido su patria.  Aunque, pensándolo [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>¿No se han preguntado nunca por qué los judíos alemanes se dejaron cazar como conejos por el régimen nazi? A mí, cuando lo pienso, me sigue sorprendiendo que fueran tan ingenuos como para creer que les iba a ser posible sobrevivir en ese volcán de odio en que se había convertido su patria.  Aunque, pensándolo bien, lo que ocurrió fue tan inconcebible que nadie pudo preverlo: una mente sana se niega a creer que la especie humana pueda llegar a tales cotas de crueldad gratuita. Esta es la palabra: inconcebible. El mismo adjetivo se me vino a la cabeza la semana pasada, cuando se celebraba el 25 aniversario de la matanza de Ruanda, perpetrada por los hutus contra los tustsi, contando con la pasividad de la ONU. ¿Fueron medio o un millón los inocentes apaleados con diligencia enloquecida por los que hasta el día anterior habían sido sus vecinos? Como dato curioso diré que el dinero proporcionado por el Banco Mundial para el desarrollo económico de Ruanda se gastó en su mayor parte en la preparación del genocidio. Gracias a esta “ayuda internacional” cada ruandés hutu contó con un machete nuevo con el que apalear hasta la muerte ¿Qué estoy hiriendo su sensibilidad? Pues medite si están a salvo las sociedades europeas de caer en situaciones así de hirientes. Aquí mismo, en España, ¿y si nos estuviéramos acercando a una situación similar a la que preludió la Guerra Civil? Hace unos años, cené al lado de un historiador griego al que no conocía de nada. ¿De qué podré hablar yo con este hombre?- me decía- cuando él mismo me preguntó cómo habíamos vivido los españoles de mi generación la época de la Transición.  Le expliqué que en España era inconcebible otra guerra porque todos de todas las edades y clases sociales llevábamos tatuado en la mente que aquello no debía ocurrir nunca más. Nos lo habían transmitido nuestras familias en años y años de silencio, miedo y vergüenza. Algunos dirigentes actuales, sin embargo, ya no lo tienen tan claro. Me refiero a los que recomiendan que compremos revólveres o incluso cuchillos de hoja afilada para rajar a quien trate de vulnerar  nuestro hogar sacrosanto, y los que afirman que sus oponentes tienen las manos manchadas de sangre porque han sacado adelante un decreto conveniente para todos con los votos de un partido que sí podría tenerlas. Pero lo que más me asusta es que se insulte a todo aquel que esté dispuesto a hablar con sus adversarios para resolver los problemas políticos. ¿A qué viene llamar traidor a Sánchez porque quiera dialogar con los independentistas catalanes? ¿Qué es entonces lo que debería hacer: ir repartiendo los machetes?  Muchos, mientras oímos los mensajes de estos dirigentes estamos empezando a sentir miedo a lo inconcebible. Ya no hay bosques, como en la Edad Media, para huir de las levas, ya no hay nuevos mundos que descubrir en la Tierra, el único refugio para los disidentes es el salto a otra dimensión de la realidad. “El hombre del castillo”, la novela de ciencia ficción de  Philip K. Dick, de la que hay una versión en serie televisiva, plantea lo que hubiera sucedido si alemanes y japoneses hubieran ganado la Segunda Guerra Mundial. Como se imaginarán, la situación es desoladora. Sin embargo, el ser humano siempre halla una salida: el hombre del castillo nos revela que hay otros mundos, que otras vidas nuestras están en este momento sucediendo en tiempos simultáneos al que nosotros vivimos. ¿Qué algo así es inconcebible? ¿Y esto?  ¿Acaso alguien lo concibe?</p>
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		<title>Muy jesuítico</title>
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		<pubDate>Tue, 02 Apr 2019 20:29:18 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Esperanza Ortega</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Columnas]]></category>

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		<description><![CDATA[A mi casa no solía venir ningún cura, por eso recuerdo tan nítidamente la visita de un sacerdote de aspecto agradable, bien acicalado y especialmente sonriente, cuyo nombre me dijeron que era el Padre Gar Mar. Por lo visto hacía años que mis padres no le veían, tantos como yo tenía o quizá más. No [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>A mi casa no solía venir ningún cura, por eso recuerdo tan nítidamente la visita de un sacerdote de aspecto agradable, bien acicalado y especialmente sonriente, cuyo nombre me dijeron que era el Padre Gar Mar. Por lo visto hacía años que mis padres no le veían, tantos como yo tenía o quizá más. No sé qué se dirían en las dos horas largas que estuvieron hablando, pero sí recuerdo que cuando entré para saludar un momento -eso era lo que hacíamos entonces las niñas, entrar, saludar y marcharnos- me miró de esa manera en que miran algunos adultos solitarios a los niños, como si fueran seres inauditos y maravillosos,  cuya existencia ya habían olvidado y celebran con entusiasmo en la medida en que asegura que la especie humana no se va a extinguir todavía. Y cuando yo salía de la habitación, tras aquel recibimiento tan entusiasta, retomando de nuevo la conversación, oí que aquel Padre le decía a mi padre: “Cuidado con ese, yo le conozco bien y es muy jesuítico”. Salí de allí preguntándome por qué se reirían los dos con tantas ganas. La respuesta la tuve al día siguiente, cuando me enseñaron las pastas de un libro que se titulaba “Sugerencias filosófico-literarias” y venía firmado por el Padre Gar Mar, sacerdote jesuita. Recordé la anécdota el domingo pasado mientras veía la entrevista entre Jordi Évole y el Papa Francisco, otro jesuita amable e inteligente. La propia elección de una cadena como la Sexta ya tuvo un significado inequívoco ¿Qué mensaje quería transmitir con esa elección?, ¿que hay que ser un pecador y no un beato para que el Papa te redima concediéndote la entrevista del siglo? Pero lo que me sorprendió de verdad fue que se atreviera a desmontar esa patraña de que los restos de los asesinados durante la Guerra Civil que están desperdigados por las cunetas no deben buscarse y enterrarse como Dios manda, porque eso significaría abrir las heridas de un tiempo olvidado. Un argentino como él, que ha vivido la Dictadura de Videla con sus miles de desaparecidos, sabe que la verdad no hiere, sino que salva, “No se debe esconder a los muertos”, afirmó tajante. Y más todavía debió de inquietar a la derecha eclesiástica el que apostara decididamente porque la Iglesia pagara sus impuestos como todo hijo de vecino, con la excepción de Cáritas, por razones obvias. Lo demás no me llamó mucho la atención. Se mostró muy tajante en todo aquello cuya solución no depende de él: me refiero a la manera cicatera y cruel con que la Comunidad Europea ha tratado el problema de la inmigración, sobre todo cuando Jordi le puso delante una concertina. ¿Quién no lo hubiera hecho en su lugar? (Pues sí -me contesto- algunos dirigentes españoles no son capaces de decirlo) En cuanto a los temas cuya solución sí depende de él en gran parte, como la lucha contra la pederastia sacerdotal, su discurso no fue tan tajante, se enredó en conceptos ambiguos como la “hermenéutica” de vaya usted a saber qué cosa, que nadie entendió bien, para terminar diciendo que la solución  iba para largo, algo semejante a lo que dicen los mandatarios europeos sobre la inmigración. Para las mujeres, muy buenas palabras, casi casi entonó “El día que me quieras” de Carlos Gardel. En resumen, que Francisco estuvo simpático e inteligente, revolucionario en las formas, poco concreto en las medidas a tomar, pero sagaz y profundo en lo que a él no le compromete, con esa elocuencia sugestiva y casi íntima -¿vos me entendés?-  tan típica de los argentinos. Y sobre todo sobre todo, como diría el Padre Gar Mar, muy jesuítico.</p>
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		<title>Clase magistral en Silicon Valley</title>
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		<pubDate>Tue, 26 Mar 2019 20:52:11 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Esperanza Ortega</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Columnas]]></category>

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		<description><![CDATA[Para entender esta columna se tienen que situar en el escenario en el que yo me encontraba la semana pasada: un aula de Bachillerato de un colegio de Silicon Valley, donde estudian los hijos de los grandes empresarios que realizan, promueven y comercializan los últimos inventos tecnológicos. Espero poder reproducir la clase magistral de Historia [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Para entender esta columna se tienen que situar en el escenario en el que yo me encontraba la semana pasada: un aula de Bachillerato de un colegio de Silicon Valley, donde estudian los hijos de los grandes empresarios que realizan, promueven y comercializan los últimos inventos tecnológicos. Espero poder reproducir la clase magistral de Historia de la Pedagogía a la que asistí, pues, como todos saben, en estos colegios tan elitistas, en donde solo admiten a alumnos de familias de alto nivel tanto económico como cultural, la única forma permitida de almacenamiento y reproducción de los conocimientos es la memoria de lo aprendido por medio de la atención y el raciocinio. Vamos a empezar -decía el profesor a los alumnos que le escuchaban embobados-. desde el principio, en el Periodo Arcaico, cuando todavía no se habían conseguido eliminar de las aulas las pizarras digitales y cada alumno utilizaba al menos una tablet y llevaba su móvil en el bolsillo. Me refiero a esos tiempos de barbarie en que las mentes eran invadidas por un cúmulo ingente de informaciones sin organizar y las noticias manipuladas se transmitían por redes en las que era difícil distinguir la verdad de la mentira. Fue tras este periodo cuando surgieron las primeras escuelas “liberadas” donde se estudiaba en ordenadores comunes y donde un maestro dirigía las búsquedas. Se tardó dos siglos en implantar este método en los colegios públicos, pero en los cincuenta años siguientes se llegó al llamado Tercer Periodo pedagógico, en el que se consiguió que el aprendizaje se produjera sin necesidad de pantalla ninguna, aprovechando una facultad descubierta tras arduas investigaciones: la facultad de pensar, de aprender y de memorizar lo aprendido. Para lograrlo, se creó una manera de transmitir los textos a mano, sin necesidad ni siquiera de teclas, con unos artilugios llamados plumas, lápices o bolígrafos y un soporte denominado papel, que todavía se utiliza. Allí los alumnos escribían con su propio cuerpo, y mientras lo hacían, a mucha menos velocidad que las máquinas pero de forma más reflexiva, pensaban en lo que estaban escribiendo y llegaron incluso a ser creativos y a aprender a elegir lo importante de una información, sin limitarse, como en la enseñanza tradicional, a cortar y pegar sin sentido.  Pero la pedagogía siguió avanzando, como todos ustedes saben, y se llegó al último periodo, que es en el que estamos en Silicon Valley. Para conseguirlo fue fundamental la contribución del gran sabio pedagogo que inventó una tecnología todavía más barata y sostenible, me refiero a la tiza y la pizarra, soporte en donde una vez transmitido el mensaje se puede borrar sin dejar rastro. Esta tecnología tan innovadora se aplicó con gran éxito en el aprendizaje de la escritura en las escuelas infantiles, ayudados los niños por un marcador llamado pizarrín y un trapillo borrador de duración prácticamente ilimitada.  Actualmente hay pedagogos que plantean que en el futuro puede que ni siquiera sea necesario que se utilicen ni pizarras ni lápices ni papel ni tizas, sino que con tablillas hechas de algo tan barato y al alcance de todos como el barro cocido, y por medio de pequeños punzones, seamos capaces de transmitir todo este conocimiento que la memoria humana, una vez libre del lastre de la tecnología digital, ha logrado atesorar para las generaciones futuras por los silos de los siglos.</p>
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