Recupero este blog después de taaanto tiempo para incluir el artículo que he escrito (en versión extendida) para el suplemento del 20 aniversario de la delegación segoviana de El Norte de Castilla. Ahí va:
Tres veces, tres, he tenido que hacer la cuenta. De 1997 a 2012… quince años. ¡Quince! No puede ser. De 1997 a 2007 van diez, más cinco, 2012… ¡Quince años! Y mentalmente, he contado uno por uno para llegar a la misma conclusión: Que han pasado quince años en un suspiro, al galope y con la soberbia del que tiene la sartén por el mango. Tal vez estas letras destilen demasiada melancolía y, si hay que culpar a alguien, señalo sin dudarlo a los sones de Manolo García. ‘Nunca el tiempo es perdido’, tararea en mis oídos mientras escribo este artículo, y sus sones amparan mis recuerdos de ese diciembre de 1997 cuando mis ojos capturaron por primera vez la imagen del imponente Acueducto. Los cinco años posteriores sirvieron como diaria penitencia por haber ignorado durante 23 años su insólita existencia. Despreciando el frío que apremiaba mis pasos, opté por tomarme mi tiempo para llegar a la Plaza Mayor. Tengo grabado ese recorrido en mi memoria y, por muchas (y fueron muchísimas) veces que mis piernas trazaron ese mismo itinerario, no puedo evitar que la imagen que atesora mi recuerdo sea la de ese primer día.
Tuve suerte. Mi primera incursión en la delegación segoviana del periódico fue en la cena de Navidad. En un ambiente distendido (muy distendido) conocí a los que serían mis compañeros en los siguientes cinco años: Mosco, Carlos, Álvaro, los dos Fernandos, Teresa, Tanarro, Municio y, por supuesto, Toño y Cris (los que luego serían mi pequeña familia segoviana, junto a sus/mis niñas). Con algunos coincidí allí solo un par de años, como con Javier, con Jaime o con José Jesús y Noemí; y con otros solo en esa cena, como Antonio (aunque los entuertos de la vida nos han llevado a encontrarnos posteriormente en la redacción de Valladolid).
Aquella noche comencé una nueva etapa de mi vida en la que aprendí buena parte de esta profesión que gestiona como ninguna la cal y la arena. Fue el mejor máster que un periodista puede acometer, el de la calle, el de enfrentarte sin grandilocuencias ni laureadas al día a día de la actualidad, a las vidas de la gente corriente, la del vecino, la de la mujer de la tienda de la esquina, el de la chabola enlodada, el del hijo del cura, el del premiado con la lotería, el fotógrafo de la Calle Real… Historias, al fin al cabo, que son la esencia del periodismo; de un periodismo que sirve a sus lectores con humildad, que huye del boato y que no espera palmadas en la espalda. Ingrato sí, pero periodismo del que curte al fin y al cabo. Y a mí me curtió. Recordaré siempre con orgullo esta ‘escuela segoviana’ que me impregnó de la esencia del periodismo. Y justo, cuando escribo esto, el poeta García canta en su estribillo ‘nunca el tiempo es perdido, solo un recodo más en nuestra ilusión ávida de olvido…’. Nadie lo habría expresado mejor.





Una diseñadora que vive sus peores momentos se cruza en el camino de un mimo que huye de un mundo que considera cruel y despiadado. Juntos viven un amor que desde el primer momento nace con fecha de caducidad. Es tal vez Roberto Enríquez lo mejor de ‘Vidas pequeñas’. Este vallisoletano siempre otorga a sus personajes ese halo de saber estar y de hombre grande que no le abandona ni sentado sobre un retrete (como le vemos en la fotografía) ni con las melenas que ahora luce por su papel de Viriato en ‘Hispania’; un trabajo que a buen seguro estará rodeado de más éxito que la película de Enrique Gabriel.
tal vez junto con ‘También la lluvia’ y ‘Sin retorno’, la película más comercial de las que se han podido ver en el Festival. Gustará mucho a los enamorados del baile en general y de la danza en particular. Muy recomendable.
Muy distinto es el caso de ‘La extraña’, una historia que sobrecoge por su realismo y su actualidad. Una película que está a la orden del día; bien podría ser una de esas noticias que abundan en los telediarios. Dirigida por Feo Aladag, cuenta el retorno de la joven alemana Umay a Berlín desde Estambul, ciudad de la que huye de su matrimonio acompañada por su hijo pequeño Cem. Umay intenta retornar al protector seno familiar, pero donde esperaba hallar compresión y cariño, sólo encontrará rechazo e incomprensión. Umay huye de la violencia de su esposo, pero seguirá sufriendo la violencia de su padre y su hermano. La principal belleza de este film alemano es la tierna relación en Umay y su hijo Cem, la única unión familiar que no se resquebraja y que da valor a la protagonista de una película más que recomendable.

