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‘Mochila’, un sujeto repulsivo

2012 junio 8
por Carlos Álvaro

La Guardia Civil lo detuvo en Valladolid, donde vivía entregado al derroche y a la crápula. Ramón García Cerón fue el autor del crimen de Navas de Oro.

 

 

Era la mañana del 5 de diciembre de 1893. La señora Paula  se empleaba a fondo en las tareas domésticas. Estaba sola en casa, pues su marido y sus hijos habían partid al alba para el pinar. De repente, alguien llamó a la puerta. La anciana no preguntó y abrió. Un individuo se abalanzó sobre ella y la obligó a entregarle el dinero. La mujer apenas opuso resistencia. Tenía 73 años y escasas fuerzas. El sujeto le robó los sesenta duros que acaso constituían sus únicos ahorros y no quiso dejar testigos. Con una navaja que la vieja estaba utilizando para quitarles las espinas a unas sardinas, degolló a la víctima ocasionándole dos heridas mortales debajo del mentón. Después la descabelló “como á un buey”, según recogió la prensa. El desconocido abandonó corriendo la vivienda con el botín en la faltriquera. Pero tuvo mala suerte. Al salir de la casa se encontró con una vecina, a quien sorprendió el estado de turbación que su presencia provocó en el rostro del criminal, un mozo del propio pueblo llamado Ramón García Cerón.

Cuando el marido y los hijos regresaron al hogar, encontraron el cuerpo de la mujer tendido en el suelo, en medio de un gran charco de sangre. Una escena desgarradora que aterrorizó sobremanera al pacífico pueblo de Navas de Oro. El 9 de diciembre, el semanario ‘La Tempestad’ dio la noticia del crimen: “La otra noche fue hallada muerta en su domicilio la vecina de aquel pueblo Paula Rubio Blanco, con dos heridos penetrantes en el cuello. Créese que el robo haya sido el móvil del crimen, pues se notó la falta de algunas monedas de oro y plata que la víctima guardaba en un arca”.

Para entonces, el autor del crimen ya había puesto tierra de por medio. Huyó nada más encontrarse con la vecina. Ramón García Cerón tenía 23 años de edad y ‘ejercía’ como ratero. Su aspecto, según los periódicos de la época, era absolutamente repulsivo. De estatura alta, enjuto de carnes, color moreno con ligero tinte rosado y nariz muy pronunciada a modo de mochuelo, usaba peluca porque estaba calvo a consecuencia de haber padecido la tiña. En el pueblo paraba poco, a pesar de que sus hermanas vivían allí. Estos datos, aportados por sus convecinos, resultaron sumamente valiosos para seguirle la pista.

El ‘Mochila’ -así lo motejaban en Navas de Oro- llegó a pie a Nava de la Asunción, en cuya estación tomó el tren de Medina del Campo. En esta población vallisoletana permaneció durante hora y cuarto, tiempo que empleó en comprar una blusa, unos bombachos azules y un par de botas, sin duda al objeto de que aspecto no coincidiera con las descripciones que recogían los partes de captura. Después se trasladó a Valladolid, donde residía un tío suyo. En el domicilio de este familiar, en el barrio de las Delicias, solo durmió las dos primeras noches porque después se entregó a la más desenfrenada crápula. Se emborrachaba y frecuentaba las casas de lenocinio, y amanecía en compañía de mujerzuelas de mal vivir, a quienes una madrugada, ofuscado por los efectos del vino, llegó a confesar lo que había hecho en su pueblo natal. Como no se encontraba seguro en ninguna parte, decidió hospedarse en la posada del Sol, en la céntrica calle de Santiago.

 

 

Las pesquisas de la Guardia Civil prosperaron pronto. ‘El Norte de Castilla’ dio cuenta de la detención en su edición del 18 de diciembre de 1893. El teniente de la Guardia Civil Domingo Cabezas Benito y los agentes Juan Álvarez y Pedro Lamarca, del puesto de Nava de la Asunción, fueron los principales responsanles de la captura. En cuanto tuvieron conocimiento del paradero del ‘Mochila’, los guardias civiles se desplazaron a la capital del Pisuerga y allí trabajaron conjuntamente con la policía. El 17 de diciembre, los agentes Álvarez y Lamarca, que vestían de paisanos, se toparon con un individuo sospechoso en el paseo del Portillo de Labradores. Su aspecto coincidía plenamente con el del fugitivo, peluca incluida. Lo prendieron inmediatamente y él mismo condujo a los guardias a la posada del Sol, donde encontraron las ropas que el joven llevaba puestas el día del crimen, todavía manchadas de sangre. También le requisaron doce duros y dos perras chicas. El revuelo en la calle de Santiago fue tan grande que por unos minutos circuló el rumor de que se había conseguido dar con un célebre anarquista. Esposado, Ramón García Cerón ingresó en la prisión de Cuéllar.

Aquellos últimos días del año 1893, la provincia de Segovia se preparaba para asistir a una triple ejecución, la de los culpables del doble crimen ocurrido el año anterior en la mansión de los Ayala Berganza, en pleno barrio de San Millán. Los vecinos no dudaron en comparar el caso de Navas de Oro con el de don Alejandro Bahín y su sirvienta. A mediados de diciembre se supo que no habría indulto para ‘los del francés’, finalmente ejecutados en la Dehesa de Segovia tras las celebraciones de Reyes. El episodio era objeto de todas las conversaciones.

Pero el crimen de Navas de Oro todavía tardó casi año y medio en resolverse. El juicio oral por la causa seguida en el Juzgado de Cuéllar contra el tristemente famoso ‘Mochila’ tuvo lugar en mayo de 1895. Los cargos que pesaban sobre él eran contundentes. El malhechor había aprovechado la soledad de una anciana para entrar en su casa, robarle y degollarla con alevosía. Por la sala desfilaron hasta veinte testigos, la mayoría habitantes del pueblo, así como cuatro peritos facultativos. Estos aseguraron que el reo no estaba demente el día de autos.

El Ministerio Fiscal, después de hacer referencia a la mala conducta del procesado y a las muchas contradicciones en que incurrió en los sucesivos interrogatorios, expuso la gravedad del crimen cometido, el cual comparó con el de San Millán, y en sus conclusiones provisionales sostuvo que Ramón García Cerón era, sin lugar a dudas, el autor de la muerte de Paula Rubio Blanco, un delito de robo con resultado de homicidio.

La defensa alegó que no mediaban pruebas suficientes para declarar culpable al ‘Mochila’ y advirtió de la gravedad de condenar a un hombre a partir de la simple sospecha. El jurado, en su veredicto, le declaró responsable del crimen de la anciana de Navas de Oro, apreciando la circunstancia agravante de la avanzada edad de la víctima. Al mismo tiempo lo eximió de culpabilidad en cuanto al delito de robo del que se le acusaba.

En su vista, el Ministerio Fiscal solicitaba la pena de veinte años de cárcel y la defensa, la de diecisiete. Finalmente, el Tribunal condenó a Ramón García Cerón, alias ‘Mochila’, a las penas de veinte años de reclusión temporal, accesorias y costas.

La justicia sabe esperar

2012 mayo 18
por Carlos Álvaro

La mujer, herida de muerte, lo delató antes de expirar, pero la autoridad tardó casi siete años en capturar al autor del doble homicidio ocurrido en 1887 en Martín Muñoz de la Dehesa.

 

 

Cuando todo el vecindario de Martín Muñoz de la Dehesa tenía asumido que el doble crimen de Marcelino Pajares y su esposa Laureana quedaría impune, saltó la sorpresa. Pedro Sáinz Calderón estaba entre rejas. Había sido arrestado en el madrileño pueblo de Getafe, junto a otros maleantes, a raíz de una reyerta sangrienta en la que tomó parte activa. La guardia civil lo buscaba de manera infructuosa desde hacía casi siete años. Tras las averiguaciones pertinentes, los agentes identificaron al detenido, un antiguo vecino de Martín Muñoz de la Dehesa, como presunto autor del asesinato y lo enviaron a prisión. La detención tuvo lugar el día 1 de diciembre de 1894, pero Pedro Sáinz Calderón llevaba en paradero desconocido desde el 21 de diciembre de 1887, unos días después del trágico episodio, cuando un guardia civil que lo conocía se topó con él en Madrid y le contó que el pueblo era un hervidero de rumores y que se sospechaba de su implicación en los hechos. Consciente de lo que le esperaba si se entregaba, desapareció sin dejar rastro. La aventura terminó en Getafe siete años más tarde.
Vayamos por partes. La noche del 15 de diciembre de 1887 alguien penetró en la vivienda de Marcelino Pajares y Laureana González con intención de robar. La prensa desveló que el delincuente, que iba enmascarado, mató primero a Marcelino y luego trató de hacer lo mismo con su esposa, aunque ésta continuó con vida. Gravemente herida, pero con vida. A continuación robó trece mil reales en metálico, aproximadamente, y huyó con rapidez. La mujer murió a los ocho días a resultas de las heridas que padecía, pero antes de expirar aseguró haber reconocido en el hombre de la máscara la voz de Pedro Sáinz Calderón, un antiguo convecino. Para entonces, el malhechor ya se hallaba en Madrid. Al parecer, Sáinz regresó a su casa tras cometer el delito, se mudó de ropa interior y emprendió la huida. Posteriormente se produjo la referida conversación entre el sospechoso y el guardia civil Felipe Casado, que se encontró con Sáinz en Madrid. Impresionado por las noticias procedentes del pueblo, el delincuente prometió volver en cuanto pudiera para desvanecer cualquier tipo de sospecha. Si el guardia civil no lo prendió en ese momento fue porque todavía no existía orden de captura alguna. Su nombre saltó a los papeles el 25 de diciembre de 1887, una vez fallecida Laureana González. Así lo refería ‘La Tempestad’: «El autor del robo y asesinato ocurrido en Martín Muñoz de la Dehesa, de que hablábamos en nuestro número anterior, fue Pedro Sáinz Calderón, vecino de Montuenga, al cual persiguen activamente los tribunales». Pero nadie supo más de él. Ni siquiera su propia esposa, que en el juicio reconoció las prendas ensangrentadas recogidas por la Guardia Civil en un muladar cercano a la casa del malogrado matrimonio.
Y pasó el tiempo
La causa fue sobreseída y el crimen quedó sin castigo… temporalmente. El 1 de diciembre de 1894,  los agentes lograban dar con Sáinz, implicado en una pelea, y el juez reabrió un caso en el que solo pudo intervenir el tribunal de derecho, pues el homicidio tuvo lugar con anterioridad a la ley del jurado. El juicio se celebró en la Audiencia Provincial de Segovia el 15 de julio de 1895. Por la sala pasaron varios testigos, entre ellos la mujer del reo y el guardia civil Felipe Casado, que refirió el encuentro que mantuvo con él en la Corte. Otros vecinos de la población aseguraron haber oído a la interfecta Laureana acusar al procesado de ser el único responsable de lo ocurrido.

 


El fiscal señaló los agravantes que concurrieron en la comisión del crimen y solicitó la pena de muerte. Federico de Orduña, abogado de la defensa, pidió la absolución de su representado teniendo en cuenta la «atmósfera malsana» que rodeaba el caso y las deficiencias que en su opinión encerraba el sumario. También el defensor coadyuvante, Francisco de Cáceres, puso de manifiesto la falta de pruebas, pero la Sala hizo caer sobre Pedro Sáinz Calderón todo el peso de la ley y lo condenó a morir a garrote vil como autor de los delitos de robo y doble homicidio.
La noticia dolió en la comarca de Santa María la Real de Nieva, a cuyo partido judicial pertenecía Martín Muñoz de la Dehesa. Las autoridades locales y las personas más influyentes de la población acordaron suplicar el indulto al Gobierno a través de los diputados y senadores representantes de la provincia. Argumentaban el largo tiempo transcurrido desde la comisión del delito, casi diez años, así como la escasa relevancia que la comarca presentaba en la estadística criminal. El 7 de mayo de 1895, ‘El Carpetano’ se hacía eco del deseo de un pueblo entero: «Hace casi diez años que un desgraciado hijo de este partido cometió un horroroso crimen en el pueblo de Martín Muñoz de la Dehesa y el delincuente está condenado á expiar en breve su delito en un cadalso que, si no se obtiene el perdón para el culpable, ha de levantarse en las inmediaciones de esta población (…) El no haber precisado esta comarca el ejemplar castigo de la pena de muerte para mantenerse, durante siglos, fiel observadora de las leyes que mandan respetar la vida del prójimo; la circunstancia del tiempo transcurrido desde la comisión del delito que los Tribunales de Justicia quieren castigar, motivos son que debieran determinar al Gobierno á aconsejar á la Augusta Señora que tan sabiamente dirige los destinos de la Nación, el ejercicio de su regia prerrogativa en favor del reo Pedro Sáinz Calderón».
El Consejo de Ministros escuchó la petición y en sesión celebrada el 5 de junio de 1896 acordó aconsejar a la reina el indulto para el condenado. La regente firmó tres días después la conmutación de la pena de muerte por la inmediata de cadena perpetua.

El rencor de un pueblo

2012 mayo 4
por Carlos Álvaro

Eleuterio Merino se libró del garrote vil gracias a un indulto bien gestionado. Su esposa fue absuelta por falta de pruebas. El juicio arrojó muchas dudas sobre la implicación del matrimonio en el crimen de Arcones.

 

 

A la mañana siguiente, el juez halló el cuerpo de la víctima sobre el jergón de la cama, boca abajo, con dos pesados colchones encima. Tenía los pies atados y quemados y las manos amarradas a la espalda. En las habitaciones, el desorden era absoluto. Los cajones abiertos, las ropas esparcidas por el suelo… Aparentemente, el crimen estaba relacionado con el robo. Aunque tenía hijas, Vicente Yagüe vivía solo y con cierto desahogo. La venta de ganado viejo le reportaba pingües beneficios y no era hombre de vicios ni proclive al gasto. En el registro de la vivienda no se encontraron monedas, pero sí dos billetes de 50 pesetas. También se echó en falta el libro de caja en el que Vicente acostumbraba a anotar con minuciosidad los movimientos que arrojaba su hacienda.
La noticia de lo ocurrido la gélida noche del 29 de enero de 1904 sumió al pequeño pueblo de Arcones en un hondo pesar. Durante el reconocimiento practicado, las autoridades judiciales comprobaron que los malhechores penetraron en la casa a través de un agujero que realizaron en el tejado, junto a la chimenea, valiéndose de una escalera de mano y de una reja de arado que luego dejaron olvidada en una sala. Además, para llegar hasta la alcoba donde dormía la víctima, tuvieron que perforar varias paredes y levantar un peldaño de la escalera que daba acceso al desván.
Las pesquisas apuntaron a otro vecino de Arcones, Eleuterio Merino. Examinada la reja y adaptada después a todos los arados existentes en el pueblo, resultó que esta herramienta de hierro solo se ajustaba al arado de Merino. También era de su propiedad la escalera que los autores emplearon para subir al tejado. Las pruebas tenían tal peso que la Guardia Civil procedió inmediatamente a la detención del Eleuterio y su esposa, Paula Sanz. La autoridad señaló asimismo a Virgilio, el hijo de ambos, pero la justicia solo procesó a los padres.
Eleuterio Merino no gozaba de excesivas simpatías en el pueblo. Sorprendía que hubiera actuado movido por el robo, pues al igual que la víctima, disfrutaba de una cómoda posición económica; sin embargo, de sobra eran conocidas las desavenencias mantenidas tiempo atrás con otros vecinos, entre ellos Vicente Yagüe, a cuenta de un juicio celebrado en el pueblo que la mayoría decidió no llevar hasta el final en contra de la opinión de un Eleuterio amenazante, según desvelaron los paisanos. Contaba el sospechoso 65 años de edad. Labrador de oficio, estaba muy gastado por el trabajo en el campo. Padecía del pulmón derecho y sufría una degeneración muscular pronunciada, así como una hernia inguinal. A la Audiencia acudió con el traje propio de las faenas a que se dedicaba, y los periodistas dijeron de él que se mostraba más tosco en sus ademanes que en sus palabras. Su esposa, de 61 años, vestía de luto. Era una mujer gruesa, baja de estatura y poco expresiva.
El denominado crimen de Arcones estuvo en boca de la opinión pública segoviana en la primavera de 1905, merced al juicio por jurados que albergaron las salas de la Audiencia Provincial entre los días 5 y 8 de junio. Como la pena de muerte planeaba sobre los dos procesados, el interés que el caso suscitó fue muy notable. El periodismo local se volcó. De hecho, el propietario de ‘El Adelantado de Segovia’, Rufino Cano de Rueda, intervino en las sesiones como abogado defensor de Paula Sanz. Por su parte, el letrado Paulino Gómez del Pozo dirigió la defensa del marido.
La vista de la causa que había instruido el juzgado de Sepúlveda puso de manifiesto el rencor que determinados vecinos sentían hacia Merino. Varios testigos hicieron referencia a su «genio pendenciero» y casi todos identificaron como suya la reja de arado encontrada en casa del difunto, incluido el herrero que en su día la forjó. El barbero del pueblo, Ciriaco Gilarranz, desveló además que el Eleuterio acudió a afeitarse el día siguiente del crimen y que le notó «inquieto». El fiscal subrayó otros indicios que ponían en evidencia la culpabilidad del matrimonio, como el hecho de que la mujer entregara varias ropas manchadas de sangre a su nuera para que ésta las lavara, o la carta que Eleuterio escribió a su hijo, en la que expresaba cierto temor a verse envuelto en el asunto.
Dudas
Las defensas actuaron de manera brillante y rebatieron con tino los argumentos del fiscal. Tanto, que sería injusto obviar las dudas que se cernieron sobre el caso en el transcurso de la vista. Los letrados del matrimonio trataron de probar que sus defendidos nada tuvieron que ver con la muerte de Vicente Yagüe. A su favor contaron con las declaraciones de los peritos, el arquitecto Felipe de Sala y el médico José Ramírez. El primero afirmó que los procesados no pudieron realizar la obra para entrar en la casa sin gran esfuerzo personal, y supuso que los autores debían de ser grandes desconocedores de la vivienda del finado. El médico dudó de la participación de los reos en el crimen por su avanzada edad y el delicado estado de salud del hombre, limitado por una atrofia muscular progresiva. Ramírez no les consideraba capaces de entrar en la morada de la forma en que supuestamente lo hicieron, ni de luchar con la víctima, que a buen seguro trató de oponer resistencia.

 


Durante el juicio se hicieron pruebas con una reja que la defensa aportó para demostrar que un mismo hierro podía acoplarse a varios arados, y el letrado Gómez del Pozo denunció las constantes persecuciones que Merino sufrió en un pueblo donde los caciques hacían y deshacían a su antojo: «En Arcones, como en toda la provincia, como en toda España, existe por desgracia un caciquismo brutal que divide a los pueblos en dos bandos: opresores y oprimidos. A esta clase corresponde Eleuterio», dijo el abogado. El procesado negó que la reja fuera de él y aunque reconoció la escalera de mano, aseguró que cualquiera podía habérsela robado del corral. Sin embargo, el jurado popular condenó al marido a la pena capital y absolvió a la esposa. Ésta no pudo aguantar la presión y se desmayó al escuchar el terrible veredicto en medio de una sala atestada de público, especialmente de vecinos del pueblo, que mostraban su satisfacción y contento cuando se exponían los cargos que pesaban sobre el Eleuterio.
A partir de ese momento, los representantes en Cortes hicieron todo lo posible por conseguir el indulto. Sus gestiones dieron fruto un año después. El joven jurisconsulto Wenceslao Delgado defendió con éxito la casación de la sentencia, y el Gobierno acabó conmutando la pena de muerte por la inmediata de cadena perpetua a Eleuterio Merino Blanco. El rey firmó el indulto en San Ildefonso el 12 de julio de 1906.

Amores que matan

2012 abril 20
por Carlos Álvaro

Salustiano acabó con la vida de su novia con un solo disparo, pero le costó más quitarse la suya. La bala le salió por la boca y tuvo que rematarse con un pistoletazo en la sien.

 

 

En 1895, Consuegra, un pequeño barrio de Aldealcorbo, en el partido judicial de Sepúlveda, apenas tenía cien habitantes. Allí nunca pasaba nada reseñable, pero aquel año, el nombre del pueblecito saltó a los papeles a raíz de un trágico suceso que impresionó sobremanera, no solo a los vecinos del lugar, sino a los de la provincia de Segovia entera.
Salustiano Casado Estebaranz era un muchacho de 23 años natural del Condado de Castilnovo y cabo en el Regimiento de Pontoneros de Zaragoza. Poseía el joven una regular instrucción, adquirida únicamente en la humilde escuela de su pueblo natal, y destacaba por su figura, arrogante y altanera, y sus bellas cualidades físicas y morales. Desde hacía un tiempo, Salustiano mantenía relaciones con Julia Casado, una no menos bonita mujer de 19 años que residía en Consuegra junto a sus padres y hermanos. La ausencia del guapo y apuesto soldado, impuesta por una prolongada estancia en Zaragoza, no supuso merma alguna en el noviazgo; muy al contrario, la distancia apuntaló los sentimientos de ambos gracias a la abundante correspondencia epistolar que intercambiaron durante ese periodo.
Nadie supo lo que ocurrió después entre los amantes, pero el camino se torció al regreso de Salustiano a Segovia, en la primavera de 1895. El joven observó que Julia estaba esquiva y demostraba hacia él una conducta extraña para la que no encontraba explicación alguna. El día de la Ascensión, el muchacho acudió a Consuegra para aclarar la situación, pero nada pudo conseguir porque su novia se había trasladado al cercano pueblo de Aldealcorbo. Despechado en cierto modo, el día 25 de mayo se presentó de nuevo en casa de la joven. Visiblemente nervioso y enojado, preguntó a Julia el motivo de su desapego. Quería saber lo que le ocurría. Ella, muy entera, le contestó que daba por concluida la relación amorosa que hasta esa fecha habían disfrutado. Los padres de la chica estaban presentes y observaban la escena con evidente incomodidad.
–«Muy bien» –señaló Salustiano. «Pues aquí tienes las cartas que me escribiste a Zaragoza. Ya puedes devolverme las que yo te envié».

 

 

Julia se dirigió a la sala donde guardaba la correspondencia y sin despegar los labios entregó al joven un legajo con las misivas que durante meses le enviara desde la capital del Ebro. Salustiano se despidió amablemente de la familia, pero antes de salir por la puerta se volvió hacia ellos. La muchacha también se había dado media vuelta. En ese momento, el soldado sacó una pistola de dos cañones y disparó a la nuca de Julia, que cayó sin vida sobre los brazos de su madre. Antes de que los padres reaccionaran, el cabo abrió la puerta y echó a correr campo a través. Iba desencajado y fuera de sí, aunque era plenamente consciente de la atrocidad que acababa de cometer. Miró hacia atrás y vio que el padre de la desdichada joven lo perseguía. Llegado a un paraje denominado Pelilla de Pozargo, a un kilómetro de la casa de la novia, sacó de nuevo el revólver y sin dejar de correr se descerrajó un tiro por debajo del mentón, pero el proyectil le salió por la boca. Como seguía con vida, aún tuvo la sangre fría de sacarse del bolsillo dos cápsulas, colocarlas en el cargador de la pistola y dispararse otro balazo en la sien. Antero Casado, padre de Julia, se lo encontró tumbado en el suelo con la cabeza destrozada, si bien comprobó que todavía le latía el corazón. El Juzgado de Sepúlveda se trasladó al lugar de los hechos e instruyó las correspondientes y oportunas diligencias. Antes de morir, el suicida pidió al juez que lo enterraran junto a su amada.
«Según se afirma, contrariedades amorosas fueron la causa de este sangriento suceso, el cual tiene, como es natural, consternados á los pacíficos habitantes del pueblecito de Consuegra», informó el semanario ‘El Carpetano’ cinco días después del episodio. Y es que la noticia no tardó demasiado en recorrer toda la provincia. La prensa desveló los detalles, aunque los periódicos expusieron distintas versiones acerca del proceder de Salustiano para acabar con la existencia de su novia. Si el corresponsal de ‘La Tempestad’ contó que el militar disparó a la joven cuando ésta se dirigía a las habitaciones interiores, el periodista de ‘El Carpetano’ expuso que el autor, tras recibir de manos de Julia las cartas de amor, se abalanzó sobre ella, le sujetó la cabeza con la mano izquierda y le disparó con la derecha un tiro en la nuca que la mató en el acto. Sea como fuere, el criminal sabía muy bien lo que iba a hacer cuando entró en la casa de la muchacha.

Palos y navajas en San Pedro Abanto

2012 abril 5
por Carlos Álvaro

La autopsia desveló que Paulino Moral apenas tenía materia gris en el cráneo. Él y Juan Gómez fueron las víctimas del doble crimen ocurrido en el ventorro en 1888.

 

 

A eso de las doce del mediodía del 12 de abril, los cadáveres de Paulino Moral y Juan Gómez llegaban al local de Zamarramala designado para la realización de la autopsia. Tras una primera exploración, el médico certificó que la herida causante de la muerte de Moral ocupaba la parte anterior y lateral del cuerpo, tenía nueve centímetros de longitud y había sido ocasionada por un arma cortante y punzante que interesó el peritoneo. Por su parte, el cuerpo inerte de Juan Gómez presentaba dos cortes situados en la parte anterior y posterior del mismo, uno de 18 centímetros de longitud. El forense abrió el cráneo de Paulino y comprobó que nada ofrecía de notable; si acaso, una carencia completa de materia gris. Una pareja del cuerpo de Seguridad vigilaba para impedir que accediera al improvisado quirófano el gentío curioso.
Paulino Moral y Juan Gómez fueron las víctimas del denominado crimen de San Pedro Abanto, pasaje que acaparó durante días la atención de la opinión pública segoviana y suscitó en el periodismo la queja unánime por el elevado índice de criminalidad registrado en la provincia. Aún estaba reciente el asesinato del regidor de Carbonero el Mayor Esteban Llorente, cuando los palos y las navajas escribieron en el célebre ventorro un nuevo episodio de la crónica negra local.
El doble homicidio tuvo lugar la tarde del 8 de abril de 1888. El tiempo era primaveral y un grupo de hombres jóvenes merendaba en la terraza del establecimiento. Las jarras de vino y las viandas de embutido iban y venían, y reinaban la alegría y el buen comportamiento, al menos en apariencia. Alrededor de las mesas de madera departían Paulino Moral, Juan Gómez, Víctor Muñoz, Mariano Núñez y los hermanos Isidoro y Román Criado. La situación cambió cuando varios de ellos entraron en la venta para pagar la cuenta. Al parecer, Mariano Núñez desafió a Juan Gómez a jugar un pulso. El reto prendió la mecha, si es que no lo había hecho antes.
–«Yo contigo solo juego al palo» –respondió Gómez.
–«¿Tú? Tú no vas a ninguna parte» –le replicó Mariano.
Encendido por la contestación, Juan Gómez arreó una tremenda bofetada a su rival y Mariano Núñez le correspondió con un varazo. Puñetazos, patadas y juego de navajas. El ambiente se envileció hasta el extremo y la reyerta sangrienta emergió junto al mostrador del bar, donde Paulino Moral y Juan Gómez, implicados de lleno en la pelea, recibieron varias cuchilladas mortales de necesidad. Moral y Gómez fallecieron dos días después de la riña y Román Criado, otro de los heridos, pudo restablecerse tras haber pasado por el hospital.

 

 

«Como presunto autor de este suceso ha sido detenido Isidoro Criado, natural de Zarzuela del Pinar y habitante en la calle de la Canaleja, casa de la Parra, de esta capital. El secreto de sumario nos veda dar más pormenores», informaba ‘El Faro de Castilla’ el 14 de abril de 1888. En ‘La Tempestad’, José Rodao exponía al día siguiente su visión de los hechos. El periodista no dudaba en acusar a las tabernas: «Todo el mundo sabe que en el merendero denominado ‘San Pedro Abanto’ hubo el domingo por la tarde una acalorada reyerta, de la cual resultaron tres heridos, tan graves, que dos de ellos dejaron de existir á las pocas horas. Si fuera gente de dinero la que frecuenta las tabernas, indudablemente serían subvencionados estos establecimientos por abogados, procuradores y demás gente del oficio. Porque no hay que darle vueltas, las tabernas son las fomentadoras del crimen. Parece que el inficionado aire que en ellas se respira aviva los hábitos de criminalidad. Un comerciante de navajas y puñales que instalase su establecimiento junto á uno de esos templos levantados en honor al dios Baco, tenía asegurada su clientela».
Rodao vivió el episodio en primera línea periodística y del artículo que firmó se deduce que le impresionó profundamente. Como era amigo del forense, el joven periodista –tenía 22 años– logró ‘colarse’ en la autopsia de los malogrados, lo que le permitió narrarlo con profusión de datos: «Aún reinaba en mí la desagradable impresión que me produjo la vista de aquellos infortunados seres que antes servían de consuelo á sus pobres y desventuradas familias, á quienes sostenían con el producto de su trabajo, y allí sólo eran un montón de carne inerte y completamente lesionada. Como detalle curioso y digno de mencionarse, citaré el caso de la infortunada viuda de uno de las víctimas, quince días antes de ocurrir el hecho que dejo apuntado, había dado á luz dos hermosos niños. ¡Qué terrible contraste entre la vida y la muerte!»
La vista en juicio oral y público de la causa contra Isidoro Criado dio comienzo el día 15 de octubre de 1888 en la Audiencia de lo Criminal. Pero Criado no estaba solo en el banco de los acusados porque su hermano Román, Víctor Muñoz y Mariano Núñez también fueron procesados. El principal sospechoso no se mordió la lengua y habló con claridad y cierta franqueza, actitud que mereció el elogio del fiscal. Según Isidoro Criado, él no tomó parte en la reyerta hasta que vio cómo sangraba su hermano Román. Después, actuó en defensa propia e hirió de muerte a Juan Gómez primero y a Paulino Moral después.
–«¿No tomó usted parte en la riña cuando se daban de palos?» –le preguntó el fiscal.
–«No señor, no tomé parte hasta que vi a mi hermano herido y lleno de sangre; y viendo entonces a Gómez que venía hacia mí con la navaja, pude retirar a mi hermano por un brazo y me dirigí a él. Le pegué para defenderme» –contestó el procesado.
–«¿Y por qué hirió usted a Paulino Moral?» –inquirió el fiscal.
–«Le vi salir y como era amigo de Juan Gómez se vino hacia mí con una herramienta y tuve que defenderme».
Isidoro trató en todo momento de dejar al margen a su hermano, alegando que en ese momento estaba bebido y apenas se enteraba de nada. No hubo pena capital, pero los hermanos Criado estuvieron entre rejas un buen puñado de años.

 

 

 

«¡Vámonos, que nos perdemos!»

2012 marzo 19
por Carlos Álvaro

La pareja, visiblemente asustada y presa de un gran nerviosismo, abandonó corriendo el escenario del crimen. La noche había caído sobre el pueblo y las sombras lo invadían todo.

 

 

El Juzgado de Instrucción se constituyó en el pueblo de Losana, el miércoles último, al recibir la noticia de haber ocurrido un homicidio. Efectivamente; en las primeras horas de la noche anterior, Julián de Andrés, tabernero, casado, de 32 años, y con hijos, fue muerto violentamente por otro vecino de su mismo oficio, llamado Santiago Adeva, quien, auxiliado de su mujer Valentina Moreno, asestó al Julián una tremenda puñalada, huyendo seguidamente á su casa, en la que fueron detenidos, ocupándoles á la vez varios efectos que constituyen otras tantas pruebas materiales de su participación en tan criminal hecho. Marido y mujer ingresaron en la cárcel de esta capital el día siguiente».
Es la noticia del crimen de Losana tal cual la publicó el semanario ‘La Tempestad’ el 10 de marzo de 1889, cinco días después de un suceso que conmocionó a la comarca y que tuvo gran repercusión en la capital, sobre todo a raíz del juicio por jurados celebrado casi cuatro meses después.
Entre Julián de Andrés y Santiago Adeva no existía resentimiento alguno. Vivían en el mismo pueblo, se dedicaban al mismo oficio y nunca habían mantenido la más mínima disputa, aunque tampoco eran amigos. Recién comenzado el mes de marzo de 1889, se celebró en Losana una subasta de pastos correspondientes al poblado de Carrascal. El lote le fue adjudicado a Ángel de Andrés, padre de Julián, pero el resultado del remate no satisfizo a Santiago Adeva. La tarde del 5 de marzo, cuatro días después de la subasta, Ángel de Andrés, Santiago Adeva y la esposa de éste se encontraron cerca de la casa del Ayuntamiento de Losana. Lo ocurrido jornadas atrás desencadenó entre ellos una fuerte riña. Santiago no estaba de acuerdo con el desenlace de la subasta y así se lo hizo saber a Ángel, que le rebatió las acusaciones. Dos horas después, Santiago se topó con Julián, el hijo de Ángel, en la plaza del pueblo. En esta ocasión también estaba presente Valentina Moreno, la mujer de Adeva. La chispa saltó al instante, pues Julián salió en defensa de su padre. Valentina no movió un dedo por aplacar los ánimos; al contrario, ella intervino personal y directamente en ambas riñas. Fuera de sus casillas, los hombres se enzarzaron en una pelea que apenas duró unos minutos porque Adeva desenfundó un cuchillo e infirió a su rival una profunda herida que le causó la muerte.
–«¡Vámonos a casa, que nos perdemos!» –gritó la mujer.
En ese momento, Julián caía al suelo exánime.
La pareja, visiblemente asustada y presa de un gran nerviosismo, abandonó corriendo el escenario del crimen. Ya era completamente de noche y las sombras lo invadían todo. Santiago llevaba el arma en la mano. Una vez en casa, cerraron a cal y canto, pero la guardia civil no tardó demasiado en aporrear la puerta. El juez municipal y su señora lo habían visto todo. Además, la hoja del cuchillo dejó un reguerillo de gotas de sangre entre la plaza y el domicilio de los Adeva. Los agentes detuvieron inmediatamente al matrimonio, que al día siguiente fue trasladado a la prisión de Segovia. El caso estaba bastante claro.


La Justicia actuó con rapidez. La vista en juicio oral y público de la causa instruida contra Santiago Adeva Ejido y su mujer Valentina Moreno Rodríguez tuvo lugar el 26 de junio de 1889. Componían el Tribunal el presidente, José María Torrecilla, los magistrados, señores Gil Maestre y De la Roza, y un jurado popular integrado por doce individuos. Augusto Álvarez de la Braña actuó como fiscal. Representantes de todos los periódicos locales rodeaban una mesa en el estrado y el público llenaba la sala. El fiscal esgrimió el testimonio del juez municipal y su esposa para demostrar la culpabilidad de los cónyuges. También aludió a las manchas de sangre encontradas tanto en el suelo como en la ropa de los reos, y echó mano de la jurisprudencia para corresponsabilizar del crimen a Valentina Moreno, «aunque ésta no hubiere asestado a Julián de Andrés la cuchillada que acabó con su vida». En sus conclusiones provisionales, Álvarez de la Braña pidió para cada uno de los procesados la pena de catorce años, ocho meses y un día de reclusión temporal, además de una indemnización de 2.500 pesetas a la viuda y los hijos de la víctima.
El abogado Faustino de Torres centró la defensa del Santiago y la Valentina en contrarrestar el testimonio del juez municipal y argumentó con solvencia que el marido, lejos de querer matar a Julián de Andrés, obró por la fuerza irresistible del arrebato al sentirse recriminado por éste. El letrado pidió seis años y un día de prisión mayor para Santiago Adeva y la libre absolución de la mujer. Sin embargo, los jurados encontraron culpables a los dos y condenaron a los procesados a la pena de doce años y un día de reclusión temporal, más las accesorias.
El papel desempeñado por los señores jurados fue muy alabado en la prensa local aquellos primeros días del verano de 1889. José Rodao, en su artículo semanal, subrayó la satisfacción que la decisión final dejó entre el público: «Ni una protesta, ni una duda, ni el más pequeño error aparecieron en el transcurso del juicio (…) Podemos asegurar que por lo menos en esta provincia, la beneficiosa é importante institución del Jurado no ha de desacreditarse (…) Concretémonos á aplaudir la institución del Jurado, á los dignos Presidente y Magistrados de esta Audiencia, que tan acertadamente interpretan las leyes, y á cuantos de uno ú otro modo contribuyen á que resplandezca el sol de la Justicia».

El regreso de Caín

2012 marzo 7
por Carlos Álvaro

De un hachazo en la cabeza, Prudencio mató a su hermano Ricardo cuando éste dormía. Una regañina previa desencadenó la tragedia, que sumió en un profundo dolor a todo el pueblo.

 

 

–«Vamos, holgazán, que te veo con pocas ganas!»

Enojado por la escasa disposición al trabajo que demostraba su hermano menor, Ricardo lo regañó de manera airada.
–«¡Y mira, lo estás haciendo mal! ¡Maldita sea!»
Ricardo recogió una de las astillas y la lanzó sobre la cabeza de Prudencio.
–«¡Ay! ¡Déjame en paz! Ahora lo acabas tú. Ahí te quedas».
Prudencio se dio media vuelta, anduvo unos metros y se sentó en el suelo, apoyado en la pared. Desde allí observó cómo se hermano terminaba de serrar la última tabla. Estaba nervioso y masticaba impulsivamente, con rabia. Ricardo recogió las herramientas, colocó unos maderos y se retiró a descansar.
A Prudencio, la idea de acabar con la vida de Ricardo le rondaba la cabeza, quién sabe desde cuándo. Estaba harto de recibir reprimendas, y la bronca que acababan de tener rebasaba el límite de lo humanamente soportable. O al menos, eso es lo que él creía. Así que resolvió pasar a la acción. Transcurridos unos minutos, el joven comprobó que su hermano dormía profundamente recostado sobre un lecho de paja, y aquel le pareció el momento más oportuno. La casa estaba sola, pues el padre todavía no había regresado del campo, donde laboraba a diario. En silencio y con aparente tranquilidad, aunque arrebatado de furor, descolgó el hacha y se colocó delante de Ricardo. Sin pensarlo mucho más, levantó los brazos y asestó un tremendo golpe sobre la cabeza de la víctima, que pereció al instante.
La Guardia Civil detuvo a Prudencio aquel mismo 26 de abril de 1889. El muchacho, abrumado por el peso de la acción que acababa de cometer, se declaró autor del asesinato. Y convicto y confeso llegó al juicio, aunque el periodismo se encargó previamente de airear los pormenores de tan espeluznante suceso: «De otro nuevo crimen, que viene á aumentar el terrorífico catálogo de estos hechos inauditos y que patentiza la desmoralización que mina la sociedad en que vivimos, vamos á dar cuenta á nuestros lectores. En el pueblo de Cabezuela, ha sido alevosamente asesinado con un hacha, estando dormido, el joven Ricardo Gómez Yagüe, de 25 años de edad, por un hermano suyo, que aun no había cumplido los 18», refería ‘El Faro de Castilla’ en su edición del 4 de mayo de 1889.
Al día siguiente, ‘La Tempestad’ aportaba algo más de luz: «Los hermanos Ricardo y Prudencio Gómez habían quedado el 26 de abril ocupados en casa de su padre, que se hallaba en el campo ganando su acostumbrado jornal, y aun cuando parecía que no había de tener consecuencias una reyerta habida entre aquellos, asaltó, por lo visto, al Prudencio, de 17 años, la idea de tomar tan horrible venganza de su hermano mayor Ricardo, que al verle entregado al descanso en el mismo corral donde trabajaba, cogió un hacha grande y le descargó tan tremendo golpe que le dejó sin vida instantáneamente».
El sumario se desarrolló con rapidez. El detenido contó que se encontraban serrando unas maderas en la casa paterna cuando su hermano lo riñó al entender que trabajaba con desgana y no lo hacía bien. Incluso llegó a agredirlo con una astilla. «Como el instinto de mal no se detiene cuando la irreflexión logra apoderarse de seres escépticos y descreídos, el Prudencio resolvió llevar a cabo su proyecto», relataba el escrito de conclusión final. La vista de la causa previamente instruida en el Juzgado de Sepúlveda se celebró el día 11 de noviembre de 1889. El fiscal calificó el hecho de asesinato y pidió para el procesado la pena de quince años de reclusión temporal y las accesorias, acusación que sostuvo en un brillantísimo informe por el cual probó que eran de apreciar las circunstancias agravante de alevosía y atenuante de la edad del reo. El letrado Faustino de Torres, que asumió la defensa de Prudencio, pronunció por su parte un discurso hábil, correcto y elocuente, y solicitó una pena de seis años y un día de prisión mayor, así como las accesorias interesadas por el fiscal. Pero el tribunal de derecho hizo suyas las conclusiones de éste y su veredicto se ajustó a la petición del ministerio público: quince años de cadena temporal y las accesorias. El juicio oral comenzó a las doce del mediodía y concluyó sobre las diez de la noche.
Lo ocurrido resucitó en el imaginario popular la vieja historia de Caín y Abel. El crimen fratricida fue ampliamente comentado en la Segovia del momento y sembró el luto y la amargura en el pacífico vecindario de Cabezuela. La tragedia era de magnitud, pues la víctima estaba a punto de casarse con una prima, para lo cual tenía ya iniciados los trámites necesarios a fin de obtener la dispensa.
«¡Desdichadísimo padre, que ha perdido desastrosamente á sus dos hijos, cuando el Ricardo iba á contraer matrimonio y llevar tal vez al hogar doméstico la indispensable asistencia de que carecían!» (‘La Tempestad’, 5 de mayo de 1889).

Veinticinco de julio sangriento

2012 febrero 19
por Carlos Álvaro

La reyerta ocasionó un escándalo mayúsculo y se saldó con dos muertos, tres heridos y todo el vecindario en la calle.

 

 

Depués de escuchar a los testigos, el fiscal, señor Torrecilla, describió con precisión el cuadro que ofrecía el teatro en el que se desarrollaron los hechos. La escena no podía ser más terrorífica. Dos hombres se debatían entre la vida y la muerte tendidos sobre el pavimento. Una inofensiva mujer se arrastraba pidiendo ayuda para su pequeño hijo, conmocionado por los golpes que acababa de recibir en la cabeza. Otro individuo vagaba de un lado a otro conteniéndose como podía la sangre que le brotaba del cuerpo mientras agitaba un enorme bastón y clamaba venganza por la muerte de su hermano.
Sucedió en Segovia la noche del 25 de julio de 1887, festividad de Santiago Apóstol, en la calle del Sol, barrio de la Judería, junto a la puerta de la taberna de la tía Melitona. Varios parroquianos bebían vino en el interior del establecimiento. Entre ellos estaban Agustín Alpoita, el cochero del sastre Félix Santiuste, y sus amigos Zoilo Pérez y Vicente Calle ‘Valencia’. A eso de las diez de la noche, entraron en el local Francisco Ortigosa ‘Cotera’ y su hermano Mariano, que portaba un gran bastón, y unos minutos después, hicieron lo propio Mariano Martín ‘Guardias’ y Martín Galache.  Tanto los hermanos Ortigosa como el referido ‘Guardias’ llegaban algo bebidos de La Granja de San Ildefonso, donde, según se supo después, habían promovido algún que otro escándalo, sin duda motivado por su carácter pendenciero y la ingesta de alcohol.
La tensión se palpaba en el interior de la taberna. El ‘Guardias’ y Alpoita no se caían bien. El primero solía beber en demasía y en alguna que otra ocasión la había emprendido a insultos contra el cochero, que rehuía la confrontación directa porque conocía los malos modos de su adversario. Hubo reproches entre los presentes y discusiones tabernarias. De repente, la rotura involuntaria de un vaso de cristal desencadenó una formidable bronca. Mariano Ortigosa empujó varias veces a Alpoita y al ‘Valencia’. Entre insultos, empellones y las quejas de las taberneras, el ‘Guardias’, Alpoita, Galache y los hermanos Ortigosa salieron a la calle. Los amigos arremetieron contra Alpoita, a quien propinaron una bofetada y un fuerte golpe. Al ver éste que ‘Guardias’ portaba un arma de fuego, subió rápidamente a casa, pues vivía en la misma calle, y regresó al instante fuera de sí con una daga en la mano. Allí, frente a la puerta de la Melitona, repartió tres puñaladas entre el ‘Guardias’, Mariano Ortigosa y el hermano de éste, Francisco ‘Cotera’. Los dos primeros se desplomaron heridos de muerte, aunque agonizaron durante unos minutos. ‘Cotera’, tambaleante, blasfemaba y clamaba venganza:
–«¡Han matado a mi hermano y yo aquí voy a matar a Dios!»
Agustín Alpoita, asustado pero consciente de que acababa de quitarles la vida a dos hombres, salió corriendo en dirección a la calle Toril. Su hija pequeña lo había presenciado todo, pues salió detrás de él cuando bajó de casa con la navaja. En su desesperada carrera empujó a una mujer, doña Elisa Avellanosa de Mendi, que volvía a casa con sus dos niños. Al levantarse, alguien la golpeó con un palo y la señora volvió a caer conmocionada. Era Francisco ‘Cotera’, que en estado vesánico daba a todo lo que se movía. Al hijo de la mujer, el pequeño Máximo, de 7 años de edad, le arreó tal bastonazo en la cabeza que el chiquillo estuvo a punto de quedarse en el sitio.
–«He matado a tu mamá y ahora te mato a ti» –le dijo antes de apalearlo.
El escándalo adquirió tintes de tragedia. Los vecinos, atemorizados, contemplaban la dramática escena desde sus ventanas y balcones. Algunos acudieron con rapidez a calmar los ánimos y al auxilio de las víctimas. Las autoridades superiores, las inmediatas inferiores, la fuerza pública de la Guardia Civil, del cuerpo de Orden Público, del de Seguridad y varios agentes de la Policía urbana llegaron a los pocos minutos. Allí mismo fue detenido y conducido a prisión Martín Galache, que quedó en libertad a la mañana siguiente después de probar que nada había tenido que ver con las muertes de sus compañeros y que era otra de las víctimas de Alpoita.

 


«Grande es la sensación que ha causado este suceso, no retirándose las autoridades judiciales hasta las seis de la mañana, así como la gran masa de población, siguiendo con avidez las medidas que aquéllas tomaban en el examen y traslado de los cadáveres y lesionados, tomando nota de las actitudes y distancias á que se encontraban; de las armas de fuego y blancas; de la sangre vertida de que estaba lleno el pavimento, y por último, del celo con que distinguidos facultativos, sin excitación de nadie, se presentaban y auxiliaban la acción del poder judicial, ordenando la extremaunción de los que sobrevivieron», narró el semanario ‘La Tempestad’ a los pocos días. De las ropas del fallecido ‘Guardias’, las autoridades extrajeron 9.000 reales, un reloj de oro con cadena del mismo metal, una navaja y una pistola de dos cañones.
La Audiencia Provincial abordó la causa por lo sucedido en la calle del Sol en marzo de 1888, con la sala abarrotada de público. Como procesados figuraban Agustín Alpoita, por el delito de homicidio, y Francisco Ortigosa ‘Cotera’, por el de lesiones graves. Tres días duró un juicio en el que declararon hasta cuarenta personas, entre ellas doña Elisa Avellanosa de Mendi y su hijo Máximo, las dueñas de la taberna, los parroquianos que el día del crimen estaban en el local, las viudas de los fallecidos y otros testigos.
Alpoita reconoció ser el responsable de la muerte de Mariano Martín ‘Guardias’ y de Mariano Ortigosa, así como de las heridas sufridas por ‘Paco Cotera’. La defensa del reo recayó en el letrado Victoriano Llorente, que consiguió demostrar que Alpoita actuó de esa manera porque se había sentido ultrajado por un individuo de la calaña de ‘Guardias’, caracterizado «por sus desaciertos y denigrantes actos, marchando de orgía en orgía, de escándalo en escándalo, de desafío en desafío, librándose de milagro de toda clase de peligros y arrastrando en su camino á sus amigos, hasta que encontró un puñal que tendió su cuerpo en el arroyo». Alpoita era un hombre pacífico que nunca antes se vio involucrado en pelea alguna. Curiosamente, gran parte del público que llenaba la sala estaba de su parte; incluso le daba dinero y cigarros y lo acompañaba cuando, escoltado, regresaba a prisión al término de cada sesión. Llorente hizo una buena defensa, pero no pudo evitar la condena. El tribunal impuso a Agustín Alpoita Domínguez la pena de doce años y un día de reclusión temporal por cada uno de los dos delitos de homicidio de que era culpable. Por su parte, Francisco Ortigosa Sánchez ‘Cotera’ fue condenado a un año, ocho meses y un día de prisión correccional y cuatro meses y un día de arresto mayor por las lesiones ocasionadas a doña Elisa Avellanosa y a su hijo Máximo Mendi.

El ‘Tuerto’ no paga traidores

2012 febrero 5
por Carlos Álvaro

Como no se fiaba, le siguió los pasos. Una noche se lanzó sobre él y lo cosió a navajazos. Después le cortó la cabeza y clavó el ‘trofeo’ en el bardal de una tapia. Es el único crimen que se le atribuye al ‘Tuerto de Pirón’, el célebre bandolero segoviano.

 

 

Esta es una crónica especial. No tiene fecha exacta. Tampoco demasiados detalles. La trama se desliza entre la historia y la sugestión popular, pero todos los cronistas que han escrito sobre el ‘Tuerto de Pirón’ recogen en sus narraciones tan terrible pasaje. De hecho, se trata del único crimen atribuido a Fernando Delgado Sanz, el forajido que mantuvo en vilo a los habitantes de los pueblos de la sierra durante quince largos años.
Pero, ¿quién fue el ‘Tuerto’? ¿Un vulgar ladrón? ¿Un asesino frío y desalmado? ¿Un romántico que robaba a los ricos para favorecer a los pobres? ¿Un espíritu libre e indómito? De todo ello tuvo este bandolero nacido en Santo Domingo de Pirón el 30 de mayo de 1846, en el seno de una familia de humildes labradores. Hombre de poca instrucción aunque sabía leer y escribir, era escurridizo y desenvuelto, hábil y audaz, cualidades que le ayudaron a zafarse de la autoridad cuantas veces quiso. Tenía en el ojo izquierdo una nube que le valió el remoquete del ‘Tuerto’, y como tal quedó en la memoria de todos.
El bandido formó una pequeña partida de cuatreros con hombres de Espirdo, Segovia y Madrid, y juntos impusieron su ley en los pueblos de la comarca que riegan las aguas del río Pirón, de Espirdo a Pedraza. Asaltaban a los trajinantes que regresaban de Madrid por la Morcuera y les robaban lo que llevaban. En las cumbres de la sierra tenían su guarida, y sus apariciones repentinas entrañaban todo un misterio. Entre 1868 y 1875, coincidiendo con los años en que se sucedieron los cambios de régimen y las convulsiones políticas, los secuaces del ‘Tuerto’ camparon a sus anchas amedrentando a las gentes pacíficas y timoratas, que en ocasiones daban cobertura a las hazañas del malhechor por miedo a posibles represalias.
Las andanzas del ‘Tuerto’ se cuentan por pares. Quizá la más romántica sea la del niño de Sotosalbos que caminaba a lomos de un borriquillo en dirección al molino del Romo. El ‘Tuerto’ detuvo al chiquillo y le preguntó por qué andaba por ahí a una hora tan temprana.
–«Es que no quiero que me sorprenda el ‘Tuerto de Pirón’. Dicen que es muy malo y que puede robarme el grano y el burro» –respondió temeroso.
–«No será para tanto» –replicó el ladrón.
Entonces, el ‘Tuerto’ extrajo de la faltriquera dos monedas de oro que entregó al rapaz.
–«Toma. Así no podrás temer que el ‘Tuerto’ pueda robarte porque el ‘Tuerto’ soy yo».

 

 

Los gestos de Fernando Delgado no siempre fueron tan generosos. Él y sus hombres cometieron tropelías de todo tipo, la mayoría de carácter sacrílego, pues desvalijaron numerosas iglesias y se cebaron con los curas indefensos y pobres de las aldeas. Adrada de Pirón, Tenzuela o Trescasas presenciaron golpes muy sonados, algunos ejecutados con verdadera maestría. Sin embargo, el expediente delictivo del ‘Tuerto’ solo revela un homicidio. Lo narran varios autores, entre ellos Vicente Fernández Berzal (1852-1928), periodista segoviano de referencia durante el último tercio del siglo XIX y testigo de excepción de la vida cotidiana de entonces. Contaba el grupo del bandolero con un mozo rudo, de mirada torva e intenciones aviesas. El ‘Tuerto’ nunca confió en el ‘Madrileño’, que así se le apodaba al subordinado por haber nacido en la Corte. Informado el jefe de la banda de que el ‘Madrileño’ había difundido comprometedoras revelaciones, Fernando decidió pasar a la acción. El de Santo Domingo no perdonaba la traición. Un día, caída ya la tarde, en la denominada fuente del Pesebre, entre Espirdo y Torrecaballeros, el ‘Tuerto’ se lanzó sobre el ‘Madrileño’ y lo acribilló a navajazos.
–«¡Muere, traidor!»
Solo unos minutos después pasó por el lugar el carruaje de don Domingo Fernández, personalidad muy conocida en la Segovia de la época. El hombre iba acompañado por un criado. De repente, en la misma carretera de Segovia, muy cerca de la fuente del Pesebre, se toparon con el cuerpo de un individuo que yacía tendido en el suelo. Hondamente impresionados, don Domingo y su sirviente dieron cuenta a las autoridades, pero cuando regresaron con los guardias civiles, el cadáver no estaba. Después de inspeccionar la zona, una estremecedora visión sobrecogió a los agentes. La cabeza del ‘Madrileño’, separada del tronco con un corte torpe y apresurado, les miraba desde el bardal de una tapia con los ojos desorbitados y un gesto de horror en el rostro lívido. El cuerpo ensangrentado estaba a escasos metros. Era la macabra rúbrica del ‘Tuerto’.
Desafueros de esta naturaleza contribuyeron a extender el terror entre el vecindario. El bandolero llegó a convertirse en una auténtica amenaza en ambas vertientes de la sierra, pero a pesar de sus destrezas, acabó cayendo en el saco. Víctima de una delación, fue encarcelado en la prisión de Segovia en diciembre de 1881, aunque consiguió fugarse la noche del 31 de enero de 1882 junto a uno de los suyos, Aquilino Pérez. El periodismo no pasó por alto lo ocurrido y describió con precisión el aspecto del forajido más buscado: «Edad, 35 años; estatura, más bien alto que bajo; ancho y cargado de espaldas; cara, ancha; color, moreno; barba afeitada; con un poco de bigote. Como seña particular, un granizo en el ojo izquierdo. Viste pantalón azul, chaleco de paño pardo y un chaquetón largo ó cazadora á cuadros; buenos borceguíes negros, y sombrero ancho ó boina azul muy usada». Meses después, el ‘Tuerto’ volvió a la cárcel y protagonizó otra fuga de la misma prisión, situada en la calle Juan Bravo. Era una noche de invierno. En esta ocasión, las huellas quedaron impresas en el piso nevado y la Guardia Civil de Caballería logró echarle el guante en pleno campo. Corría el año 1883.
La justicia, aunque lenta, comenzó a emitir sus veredictos y Fernando Delgado Sanz fue acusado de múltiples delitos. Denuncias, atestados, requerimientos, oficios, declaraciones… Cansado y rendido, ya no intentará huida alguna. En 1888, la Audiencia de Madrid lo condenó a cadena perpetua y pasó por varios penales: la Modelo madrileña, Ceuta y San Miguel de los Reyes (Valencia). Como anhelaba la libertad, siempre observó buena conducta, pero el indulto no llegó. Murió en 1914, entre rejas, enfermo de claustrofobia y completamente amargado. Tenía 68 años.

El crimen de Abades

2012 enero 22
por Carlos Álvaro

Les cortaron el cuello con una navaja barbera y los dejaron juntos, bañados en su propia sangre. Difícilmente olvidará este honrado pueblo los terribles días que siguieron al 22 de enero de 1901.

 

 

El  silencio era tan profundo que se podía cortar. Cándido Aragoneses observó que la trampilla de la bodega estaba abierta y decidió bajar. Encendió una cerilla y descendió unos escalones. Los inanimados cuerpos de Dionisio y Vicenta yacían al pie de la escalerilla, con las cabezas casi desprendidas de sus troncos, las manos crispadas y una horrible mueca de espanto y dolor dibujada en los rostros. Cándido giró sobre sí mismo y salió a la calle corriendo para dar cuenta del horripilante cuadro que acaban de ver sus ojos. El juez municipal comprobó minutos después que los cadáveres estaban amordazados, amarrados fuertemente de pies y manos, y materialmente bañados en un charco de sangre.
El miedo y la incertidumbre se apoderaron del tranquilo pueblo de Abades, y la noticia del doble crimen apenas tardó unas horas en llegar a las redacciones de los periódicos: «Ayer, á las once de la mañana, se recibieron noticias de haber ocurrido en el inmediato pueblo de Abades un horroroso suceso de esos que revelan la más cruel perversión y siembran el terror entre el vecindario, donde la sangrienta escena se desarrolla», relataba de primera mano el ‘Diario de Avisos’.
Las víctimas eran Dionisio de Andrés, de 54 años de edad, y su esposa, Vicenta Marazuela, de 50. Dionisio, que había sido alcalde de Abades y ejercido el oficio de herrero, se dedicaba a la agricultura y disfrutaba de una posición holgada, pues acababa de recibir una cuantiosa herencia. A pesar de los miles de reales que guardaban en una arqueta, vivían modestamente, sin grandes pretensiones, y algo alejados del resto de los vecinos, con quienes no se relacionaban más allá de lo estrictamente necesario.
La investigación judicial se prolongó durante varios días. Como el foco informativo estaba en Abades, el ‘Diario de Avisos’ envió a un redactor, Miguel de Zárraga, para que informara detalladamente de cualquier novedad que pudiera surgir. Zárraga, que era un excelente periodista, pulsó a la perfección el estado de conmoción y terror que el doble crimen causó en los habitantes de Abades: «El pueblo entero, consternado, clamaba justicia por aquellos desdichados que pagaron con su vida las ansias furiosas de unos criminales que iban á arrancarles un tesoro ganado seguramente á fuerza de trabajos y privaciones».

 


Una vez enterrados los cuerpos de Dionisio y Vicenta, las autoridades judiciales registraron la casa con minuciosidad y encontraron, en diversos rincones, gran cantidad de monedas de oro, algunas onzas y medias onzas, varios saquitos de monedas de plata y billetes del Banco de España. En total, unos mil y pico duros. También hallaron ropas sin usar y alguna alhaja femenina. El juez instructor prohibió la salida de vecinos del pueblo sin previa autorización.
Las diligencias del Juzgado dieron sus frutos a primeros de febrero. El día 11, el ‘Diario de Avisos’ informaba de la confesión de dos de los detenidos, Pantaleón Llorente Bermejo, alias ‘Rabudo’, y Melquíades Palacios Bernardos, ‘Charpín’. Los trabajos realizados por el fiscal, el juez instructor y los agentes de la Guardia Civil resultaron decisivos para esclarecer un caso extraordinariamente complicado. Cuando el juez careó a los principales sospechosos, el ‘Charpín’, que hasta ese momento había negado su participación en el crimen, acabó confesando:
–«Tienes razón, ‘Rabudo’, ¿a qué mentir?»
Y los dos se fundieron en un emocionado abrazo. Conocían bien el destino que les aguardaba. Pantaleón dejaba cinco hijos, el mayor de 14 años, y Melquíades, una niña de apenas dos meses.
Las declaraciones permitieron reconstruir el crimen con precisión. Todo ocurrió como sigue: Al anochecer del martes 22 de enero de 1901, Dionisio y Vicenta se encontraban en la cocina de su casa, situada en el número 4 de la calle de la Fuente. Al parecer, estaban rezando el rosario junto a la lumbre de la chimenea cuando se presentó Melquíades Palacios, el ‘Charpín’, conocido del matrimonio, que lo obsequió con una jarra de vino. Minutos después llegó Pantaleón Llorente, el ‘Rabudo’. Éste, de cara fosca y ademanes rudos, se dirigió al anfitrión exigiéndole la entrega de cuatro fanegas de trigo. Dionisio le ofreció fanega y media, pues no tenía más en ese momento.
–«He dicho que cuatro y cuatro» –replicó el ‘Rabudo’.
Como Dionisio volvió a negárselas, el individuo expresó sus verdaderos deseos:
–«Yo a lo que vengo es a por dinero» –dijo.
–«¡Pero si no tengo dinero! ¡Somos pobres!» –exclamó la víctima visiblemente asustada.
Entonces, ‘Rabudo’ sacó una navaja de afeitar y se echó sobre la pareja. Entre los dos hombres los amordazaron y maniataron. Después, el ‘Charpín’ arrastró a Dionisio hacia la bodega y allí, al pie de la escalerilla, lo degolló como se degüella una res. El ronquido agónico de la víctima llegó hasta la cocina, donde el ‘Rabudo’ sujetaba a la Vicenta. La mujer, aterrorizada, suspiró:
–«¡Dios mío, ya me le han matao…!»
Los individuos obligaron a la dueña a mostrarles el lugar donde el matrimonio guardaba el dinero, el verdadero y único móvil del crimen. Y en la alcoba, en una cajita que ella les señaló, encontraron dos mil pesetas que cogieron con loco afán. Acto seguido, presos ya de un gran nerviosismo, arrastraron a la anciana a la bodega. El ‘Rabudo’, con la misma navaja barbera con que Melquíades acaba de cortarle el cuello al marido, la degolló de igual modo. Con el dinero en los bolsillos –unos nueve mil reales en oro y billetes– abandonaron la morada como alma que lleva el diablo. El arma homicida jamás apareció porque Pantaleón se deshizo de ella arrojándola a una charca muy profunda y llena de cieno.
Pantaleón Llorente Bermejo y Melquíades Palacios Bernardos fueron trasladados a la prisión provincial, juzgados y condenados a morir a garrote vil por los delitos de robo y doble homicidio. Pero tuvieron suerte y finalmente pudieron eludir la pena capital. Ambos se beneficiaron de la medida de gracia que la reina María Cristina de Hagsburgo les concedió el 16 de mayo de 1902, con motivo del final de su Regencia.