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El crimen de Abades

2012 enero 22
por Carlos Álvaro

Les cortaron el cuello con una navaja barbera y los dejaron juntos, bañados en su propia sangre. Difícilmente olvidará este honrado pueblo los terribles días que siguieron al 22 de enero de 1901.

 

 

El  silencio era tan profundo que se podía cortar. Cándido Aragoneses observó que la trampilla de la bodega estaba abierta y decidió bajar. Encendió una cerilla y descendió unos escalones. Los inanimados cuerpos de Dionisio y Vicenta yacían al pie de la escalerilla, con las cabezas casi desprendidas de sus troncos, las manos crispadas y una horrible mueca de espanto y dolor dibujada en los rostros. Cándido giró sobre sí mismo y salió a la calle corriendo para dar cuenta del horripilante cuadro que acaban de ver sus ojos. El juez municipal comprobó minutos después que los cadáveres estaban amordazados, amarrados fuertemente de pies y manos, y materialmente bañados en un charco de sangre.
El miedo y la incertidumbre se apoderaron del tranquilo pueblo de Abades, y la noticia del doble crimen apenas tardó unas horas en llegar a las redacciones de los periódicos: «Ayer, á las once de la mañana, se recibieron noticias de haber ocurrido en el inmediato pueblo de Abades un horroroso suceso de esos que revelan la más cruel perversión y siembran el terror entre el vecindario, donde la sangrienta escena se desarrolla», relataba de primera mano el ‘Diario de Avisos’.
Las víctimas eran Dionisio de Andrés, de 54 años de edad, y su esposa, Vicenta Marazuela, de 50. Dionisio, que había sido alcalde de Abades y ejercido el oficio de herrero, se dedicaba a la agricultura y disfrutaba de una posición holgada, pues acababa de recibir una cuantiosa herencia. A pesar de los miles de reales que guardaban en una arqueta, vivían modestamente, sin grandes pretensiones, y algo alejados del resto de los vecinos, con quienes no se relacionaban más allá de lo estrictamente necesario.
La investigación judicial se prolongó durante varios días. Como el foco informativo estaba en Abades, el ‘Diario de Avisos’ envió a un redactor, Miguel de Zárraga, para que informara detalladamente de cualquier novedad que pudiera surgir. Zárraga, que era un excelente periodista, pulsó a la perfección el estado de conmoción y terror que el doble crimen causó en los habitantes de Abades: «El pueblo entero, consternado, clamaba justicia por aquellos desdichados que pagaron con su vida las ansias furiosas de unos criminales que iban á arrancarles un tesoro ganado seguramente á fuerza de trabajos y privaciones».

 


Una vez enterrados los cuerpos de Dionisio y Vicenta, las autoridades judiciales registraron la casa con minuciosidad y encontraron, en diversos rincones, gran cantidad de monedas de oro, algunas onzas y medias onzas, varios saquitos de monedas de plata y billetes del Banco de España. En total, unos mil y pico duros. También hallaron ropas sin usar y alguna alhaja femenina. El juez instructor prohibió la salida de vecinos del pueblo sin previa autorización.
Las diligencias del Juzgado dieron sus frutos a primeros de febrero. El día 11, el ‘Diario de Avisos’ informaba de la confesión de dos de los detenidos, Pantaleón Llorente Bermejo, alias ‘Rabudo’, y Melquíades Palacios Bernardos, ‘Charpín’. Los trabajos realizados por el fiscal, el juez instructor y los agentes de la Guardia Civil resultaron decisivos para esclarecer un caso extraordinariamente complicado. Cuando el juez careó a los principales sospechosos, el ‘Charpín’, que hasta ese momento había negado su participación en el crimen, acabó confesando:
–«Tienes razón, ‘Rabudo’, ¿a qué mentir?»
Y los dos se fundieron en un emocionado abrazo. Conocían bien el destino que les aguardaba. Pantaleón dejaba cinco hijos, el mayor de 14 años, y Melquíades, una niña de apenas dos meses.
Las declaraciones permitieron reconstruir el crimen con precisión. Todo ocurrió como sigue: Al anochecer del martes 22 de enero de 1901, Dionisio y Vicenta se encontraban en la cocina de su casa, situada en el número 4 de la calle de la Fuente. Al parecer, estaban rezando el rosario junto a la lumbre de la chimenea cuando se presentó Melquíades Palacios, el ‘Charpín’, conocido del matrimonio, que lo obsequió con una jarra de vino. Minutos después llegó Pantaleón Llorente, el ‘Rabudo’. Éste, de cara fosca y ademanes rudos, se dirigió al anfitrión exigiéndole la entrega de cuatro fanegas de trigo. Dionisio le ofreció fanega y media, pues no tenía más en ese momento.
–«He dicho que cuatro y cuatro» –replicó el ‘Rabudo’.
Como Dionisio volvió a negárselas, el individuo expresó sus verdaderos deseos:
–«Yo a lo que vengo es a por dinero» –dijo.
–«¡Pero si no tengo dinero! ¡Somos pobres!» –exclamó la víctima visiblemente asustada.
Entonces, ‘Rabudo’ sacó una navaja de afeitar y se echó sobre la pareja. Entre los dos hombres los amordazaron y maniataron. Después, el ‘Charpín’ arrastró a Dionisio hacia la bodega y allí, al pie de la escalerilla, lo degolló como se degüella una res. El ronquido agónico de la víctima llegó hasta la cocina, donde el ‘Rabudo’ sujetaba a la Vicenta. La mujer, aterrorizada, suspiró:
–«¡Dios mío, ya me le han matao…!»
Los individuos obligaron a la dueña a mostrarles el lugar donde el matrimonio guardaba el dinero, el verdadero y único móvil del crimen. Y en la alcoba, en una cajita que ella les señaló, encontraron dos mil pesetas que cogieron con loco afán. Acto seguido, presos ya de un gran nerviosismo, arrastraron a la anciana a la bodega. El ‘Rabudo’, con la misma navaja barbera con que Melquíades acaba de cortarle el cuello al marido, la degolló de igual modo. Con el dinero en los bolsillos –unos nueve mil reales en oro y billetes– abandonaron la morada como alma que lleva el diablo. El arma homicida jamás apareció porque Pantaleón se deshizo de ella arrojándola a una charca muy profunda y llena de cieno.
Pantaleón Llorente Bermejo y Melquíades Palacios Bernardos fueron trasladados a la prisión provincial, juzgados y condenados a morir a garrote vil por los delitos de robo y doble homicidio. Pero tuvieron suerte y finalmente pudieron eludir la pena capital. Ambos se beneficiaron de la medida de gracia que la reina María Cristina de Hagsburgo les concedió el 16 de mayo de 1902, con motivo del final de su Regencia.