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El ‘Tuerto’ no paga traidores

2012 febrero 5
por Carlos Álvaro

Como no se fiaba, le siguió los pasos. Una noche se lanzó sobre él y lo cosió a navajazos. Después le cortó la cabeza y clavó el ‘trofeo’ en el bardal de una tapia. Es el único crimen que se le atribuye al ‘Tuerto de Pirón’, el célebre bandolero segoviano.

 

 

Esta es una crónica especial. No tiene fecha exacta. Tampoco demasiados detalles. La trama se desliza entre la historia y la sugestión popular, pero todos los cronistas que han escrito sobre el ‘Tuerto de Pirón’ recogen en sus narraciones tan terrible pasaje. De hecho, se trata del único crimen atribuido a Fernando Delgado Sanz, el forajido que mantuvo en vilo a los habitantes de los pueblos de la sierra durante quince largos años.
Pero, ¿quién fue el ‘Tuerto’? ¿Un vulgar ladrón? ¿Un asesino frío y desalmado? ¿Un romántico que robaba a los ricos para favorecer a los pobres? ¿Un espíritu libre e indómito? De todo ello tuvo este bandolero nacido en Santo Domingo de Pirón el 30 de mayo de 1846, en el seno de una familia de humildes labradores. Hombre de poca instrucción aunque sabía leer y escribir, era escurridizo y desenvuelto, hábil y audaz, cualidades que le ayudaron a zafarse de la autoridad cuantas veces quiso. Tenía en el ojo izquierdo una nube que le valió el remoquete del ‘Tuerto’, y como tal quedó en la memoria de todos.
El bandido formó una pequeña partida de cuatreros con hombres de Espirdo, Segovia y Madrid, y juntos impusieron su ley en los pueblos de la comarca que riegan las aguas del río Pirón, de Espirdo a Pedraza. Asaltaban a los trajinantes que regresaban de Madrid por la Morcuera y les robaban lo que llevaban. En las cumbres de la sierra tenían su guarida, y sus apariciones repentinas entrañaban todo un misterio. Entre 1868 y 1875, coincidiendo con los años en que se sucedieron los cambios de régimen y las convulsiones políticas, los secuaces del ‘Tuerto’ camparon a sus anchas amedrentando a las gentes pacíficas y timoratas, que en ocasiones daban cobertura a las hazañas del malhechor por miedo a posibles represalias.
Las andanzas del ‘Tuerto’ se cuentan por pares. Quizá la más romántica sea la del niño de Sotosalbos que caminaba a lomos de un borriquillo en dirección al molino del Romo. El ‘Tuerto’ detuvo al chiquillo y le preguntó por qué andaba por ahí a una hora tan temprana.
–«Es que no quiero que me sorprenda el ‘Tuerto de Pirón’. Dicen que es muy malo y que puede robarme el grano y el burro» –respondió temeroso.
–«No será para tanto» –replicó el ladrón.
Entonces, el ‘Tuerto’ extrajo de la faltriquera dos monedas de oro que entregó al rapaz.
–«Toma. Así no podrás temer que el ‘Tuerto’ pueda robarte porque el ‘Tuerto’ soy yo».

 

 

Los gestos de Fernando Delgado no siempre fueron tan generosos. Él y sus hombres cometieron tropelías de todo tipo, la mayoría de carácter sacrílego, pues desvalijaron numerosas iglesias y se cebaron con los curas indefensos y pobres de las aldeas. Adrada de Pirón, Tenzuela o Trescasas presenciaron golpes muy sonados, algunos ejecutados con verdadera maestría. Sin embargo, el expediente delictivo del ‘Tuerto’ solo revela un homicidio. Lo narran varios autores, entre ellos Vicente Fernández Berzal (1852-1928), periodista segoviano de referencia durante el último tercio del siglo XIX y testigo de excepción de la vida cotidiana de entonces. Contaba el grupo del bandolero con un mozo rudo, de mirada torva e intenciones aviesas. El ‘Tuerto’ nunca confió en el ‘Madrileño’, que así se le apodaba al subordinado por haber nacido en la Corte. Informado el jefe de la banda de que el ‘Madrileño’ había difundido comprometedoras revelaciones, Fernando decidió pasar a la acción. El de Santo Domingo no perdonaba la traición. Un día, caída ya la tarde, en la denominada fuente del Pesebre, entre Espirdo y Torrecaballeros, el ‘Tuerto’ se lanzó sobre el ‘Madrileño’ y lo acribilló a navajazos.
–«¡Muere, traidor!»
Solo unos minutos después pasó por el lugar el carruaje de don Domingo Fernández, personalidad muy conocida en la Segovia de la época. El hombre iba acompañado por un criado. De repente, en la misma carretera de Segovia, muy cerca de la fuente del Pesebre, se toparon con el cuerpo de un individuo que yacía tendido en el suelo. Hondamente impresionados, don Domingo y su sirviente dieron cuenta a las autoridades, pero cuando regresaron con los guardias civiles, el cadáver no estaba. Después de inspeccionar la zona, una estremecedora visión sobrecogió a los agentes. La cabeza del ‘Madrileño’, separada del tronco con un corte torpe y apresurado, les miraba desde el bardal de una tapia con los ojos desorbitados y un gesto de horror en el rostro lívido. El cuerpo ensangrentado estaba a escasos metros. Era la macabra rúbrica del ‘Tuerto’.
Desafueros de esta naturaleza contribuyeron a extender el terror entre el vecindario. El bandolero llegó a convertirse en una auténtica amenaza en ambas vertientes de la sierra, pero a pesar de sus destrezas, acabó cayendo en el saco. Víctima de una delación, fue encarcelado en la prisión de Segovia en diciembre de 1881, aunque consiguió fugarse la noche del 31 de enero de 1882 junto a uno de los suyos, Aquilino Pérez. El periodismo no pasó por alto lo ocurrido y describió con precisión el aspecto del forajido más buscado: «Edad, 35 años; estatura, más bien alto que bajo; ancho y cargado de espaldas; cara, ancha; color, moreno; barba afeitada; con un poco de bigote. Como seña particular, un granizo en el ojo izquierdo. Viste pantalón azul, chaleco de paño pardo y un chaquetón largo ó cazadora á cuadros; buenos borceguíes negros, y sombrero ancho ó boina azul muy usada». Meses después, el ‘Tuerto’ volvió a la cárcel y protagonizó otra fuga de la misma prisión, situada en la calle Juan Bravo. Era una noche de invierno. En esta ocasión, las huellas quedaron impresas en el piso nevado y la Guardia Civil de Caballería logró echarle el guante en pleno campo. Corría el año 1883.
La justicia, aunque lenta, comenzó a emitir sus veredictos y Fernando Delgado Sanz fue acusado de múltiples delitos. Denuncias, atestados, requerimientos, oficios, declaraciones… Cansado y rendido, ya no intentará huida alguna. En 1888, la Audiencia de Madrid lo condenó a cadena perpetua y pasó por varios penales: la Modelo madrileña, Ceuta y San Miguel de los Reyes (Valencia). Como anhelaba la libertad, siempre observó buena conducta, pero el indulto no llegó. Murió en 1914, entre rejas, enfermo de claustrofobia y completamente amargado. Tenía 68 años.