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«¡Vámonos, que nos perdemos!»

2012 marzo 19
por Carlos Álvaro

La pareja, visiblemente asustada y presa de un gran nerviosismo, abandonó corriendo el escenario del crimen. La noche había caído sobre el pueblo y las sombras lo invadían todo.

 

 

El Juzgado de Instrucción se constituyó en el pueblo de Losana, el miércoles último, al recibir la noticia de haber ocurrido un homicidio. Efectivamente; en las primeras horas de la noche anterior, Julián de Andrés, tabernero, casado, de 32 años, y con hijos, fue muerto violentamente por otro vecino de su mismo oficio, llamado Santiago Adeva, quien, auxiliado de su mujer Valentina Moreno, asestó al Julián una tremenda puñalada, huyendo seguidamente á su casa, en la que fueron detenidos, ocupándoles á la vez varios efectos que constituyen otras tantas pruebas materiales de su participación en tan criminal hecho. Marido y mujer ingresaron en la cárcel de esta capital el día siguiente».
Es la noticia del crimen de Losana tal cual la publicó el semanario ‘La Tempestad’ el 10 de marzo de 1889, cinco días después de un suceso que conmocionó a la comarca y que tuvo gran repercusión en la capital, sobre todo a raíz del juicio por jurados celebrado casi cuatro meses después.
Entre Julián de Andrés y Santiago Adeva no existía resentimiento alguno. Vivían en el mismo pueblo, se dedicaban al mismo oficio y nunca habían mantenido la más mínima disputa, aunque tampoco eran amigos. Recién comenzado el mes de marzo de 1889, se celebró en Losana una subasta de pastos correspondientes al poblado de Carrascal. El lote le fue adjudicado a Ángel de Andrés, padre de Julián, pero el resultado del remate no satisfizo a Santiago Adeva. La tarde del 5 de marzo, cuatro días después de la subasta, Ángel de Andrés, Santiago Adeva y la esposa de éste se encontraron cerca de la casa del Ayuntamiento de Losana. Lo ocurrido jornadas atrás desencadenó entre ellos una fuerte riña. Santiago no estaba de acuerdo con el desenlace de la subasta y así se lo hizo saber a Ángel, que le rebatió las acusaciones. Dos horas después, Santiago se topó con Julián, el hijo de Ángel, en la plaza del pueblo. En esta ocasión también estaba presente Valentina Moreno, la mujer de Adeva. La chispa saltó al instante, pues Julián salió en defensa de su padre. Valentina no movió un dedo por aplacar los ánimos; al contrario, ella intervino personal y directamente en ambas riñas. Fuera de sus casillas, los hombres se enzarzaron en una pelea que apenas duró unos minutos porque Adeva desenfundó un cuchillo e infirió a su rival una profunda herida que le causó la muerte.
–«¡Vámonos a casa, que nos perdemos!» –gritó la mujer.
En ese momento, Julián caía al suelo exánime.
La pareja, visiblemente asustada y presa de un gran nerviosismo, abandonó corriendo el escenario del crimen. Ya era completamente de noche y las sombras lo invadían todo. Santiago llevaba el arma en la mano. Una vez en casa, cerraron a cal y canto, pero la guardia civil no tardó demasiado en aporrear la puerta. El juez municipal y su señora lo habían visto todo. Además, la hoja del cuchillo dejó un reguerillo de gotas de sangre entre la plaza y el domicilio de los Adeva. Los agentes detuvieron inmediatamente al matrimonio, que al día siguiente fue trasladado a la prisión de Segovia. El caso estaba bastante claro.


La Justicia actuó con rapidez. La vista en juicio oral y público de la causa instruida contra Santiago Adeva Ejido y su mujer Valentina Moreno Rodríguez tuvo lugar el 26 de junio de 1889. Componían el Tribunal el presidente, José María Torrecilla, los magistrados, señores Gil Maestre y De la Roza, y un jurado popular integrado por doce individuos. Augusto Álvarez de la Braña actuó como fiscal. Representantes de todos los periódicos locales rodeaban una mesa en el estrado y el público llenaba la sala. El fiscal esgrimió el testimonio del juez municipal y su esposa para demostrar la culpabilidad de los cónyuges. También aludió a las manchas de sangre encontradas tanto en el suelo como en la ropa de los reos, y echó mano de la jurisprudencia para corresponsabilizar del crimen a Valentina Moreno, «aunque ésta no hubiere asestado a Julián de Andrés la cuchillada que acabó con su vida». En sus conclusiones provisionales, Álvarez de la Braña pidió para cada uno de los procesados la pena de catorce años, ocho meses y un día de reclusión temporal, además de una indemnización de 2.500 pesetas a la viuda y los hijos de la víctima.
El abogado Faustino de Torres centró la defensa del Santiago y la Valentina en contrarrestar el testimonio del juez municipal y argumentó con solvencia que el marido, lejos de querer matar a Julián de Andrés, obró por la fuerza irresistible del arrebato al sentirse recriminado por éste. El letrado pidió seis años y un día de prisión mayor para Santiago Adeva y la libre absolución de la mujer. Sin embargo, los jurados encontraron culpables a los dos y condenaron a los procesados a la pena de doce años y un día de reclusión temporal, más las accesorias.
El papel desempeñado por los señores jurados fue muy alabado en la prensa local aquellos primeros días del verano de 1889. José Rodao, en su artículo semanal, subrayó la satisfacción que la decisión final dejó entre el público: «Ni una protesta, ni una duda, ni el más pequeño error aparecieron en el transcurso del juicio (…) Podemos asegurar que por lo menos en esta provincia, la beneficiosa é importante institución del Jurado no ha de desacreditarse (…) Concretémonos á aplaudir la institución del Jurado, á los dignos Presidente y Magistrados de esta Audiencia, que tan acertadamente interpretan las leyes, y á cuantos de uno ú otro modo contribuyen á que resplandezca el sol de la Justicia».