La Senda de los dos ríos

Un pasillo de frescor, desfiladeros y murallas en torno a Sepúlveda

 

Texto, fotografía y vídeo:  JAVIER PRIETO GALLEGO

Sepúlveda. Segovia. Castilla y León. España © Javier Prieto Gallego

 

A veces el olor a chuletillas no deja ver bien el bosque. Otras veces es el atracón de pueblecillos, piedras y miradores el que hace que se llegue a la meta con las piernas cansadas o el tiempo justo. En las visitas a Sepúlveda puede que se dé una conjunción de ambas.  Y puede que por eso muchos de quienes se llegan a ella no dejan tiempo suficiente o fuerzas para realizar lo que, sin duda, pondría un broche de oro a cualquier recorrido por la localidad: el paseo por la Senda de los dos ríos, un espectacular pasillo que enlaza las riberas del Duratón y el Caslilla brindando la oportunidad de recorrer el exterior de las murallas y de algunas de las siete puertas que en su día la guardaron de los peligros del mundo. Y todo ello mientras se discurre por el fondo de los vertiginosos cantiles que el Duratón –río de conocida destreza en estos menesteres- dibuja a su paso por la localidad.

 

Puerta románica del santuario de la Virgen de la Peña. Sepúlveda. Segovia. Castilla y León. España © Javier Prieto Gallego

De hecho, esta población está donde está porque a las tribus arévacas –sus habitantes más antiguos conocidos- les vino bien el resalte rocoso que abrazaban con tanto amor los ríos Duratón –por el este, norte y oeste- y el Caslilla -por el sur-. Los poderosos cantiles que uno y otro marcaban sobre el terreno constituían las murallas naturales que con tanto ahínco buscaban aquellos pobladores de un mundo bárbaro en el que las pedradas podían llegar de cualquier parte en el momento más inesperado. Y así, la población quedaba en medio como una isla de la que resultaba casi imposible entrar o salir sin la debida acreditación.

 

Como sucedió tantas veces a lo largo de la historia, un lugar tan bien escogido para la defensa tuvo muchos candidatos a quedarse con él. Casi siempre a mamporrazos y, muy especialmente, durante la Edad Media. Es entonces cuando musulmanes y cristianos alternaron su posesión durante varios siglos hasta quedar, por último, en manos cristianas. De aquella época es la muralla que reforzaba las defensas en los puntos donde la geografía se mostraba menos arriscada mientras permitía el paso a través de sus siete puertas. Puertas a las que, al llegar la noche y con toque de campana, se echaba el candado con las siete monumentales llaves que se exponen en una vitrina del Museo de los Fueros.

 

Este paseo de entre ríos debe tener su comienzo en el Centro de Interpretación del Parque Natural de las Hoces del Duratón, ubicado en la iglesia de Santiago. Como siempre, es la mejor forma de ir prevenido sobre el alto valor ecológico del camino a recorrer y evitar también que muchos detalles pasen desapercibidos.

 

El siguiente paso es dirigirse por la puerta del Azoguejo, la primera del recorrido, hacia el santuario de la Virgen de la Peña. Y aunque en puridad aquí da comienzo el recorrido senderista –junto al panel informativo clavado ante el Cuartel de la Guardia Civil- nada impide continuar con tres prolegómenos de interés: el primero, darse un garbeo por el mirador que hay tras el santuario y comprobar que no tiene nada de metáfora decir que el Duratón recorta con abismos el suelo sobre el que se levanta Sepúlveda; el segundo –optativo-, es bajar las escalinatas que conducen hasta la gruta en la que dícese se apareciera la imagen de la Virgen de la Peña, patrona de Sepúlveda y su Tierra, tras el consabido milagro de perderse durante unos siglos y fosforecer después para que alguien la encuentre; y el tercero –obligatorio-, es deleitarse con el tímpano románico del santuario, sobre la puerta de entrada, en el que se narra la escena del Juicio Final. Profusamente cumplido de figuras humanas y divinas, es el único de sus características en toda la provincia.

 

La Senda de los dos ríos arranca junto al cuartel –y al cartel- siguiendo los derroteros del Viacrucis de Sepúlveda, caminito de la puerta de la Fuerza mientras se acompaña en paralelo el discurrir del Duratón. Tras recorrer durante unos pocos metros un tramo asfaltado se alcanzan los contrafuertes de la muralla sobre los que se abre la puerta románica que durante la Edad Media daba acceso a los barrios de San Pedro y Santa Eulalia. Por ella se salía y se sigue saliendo hacia el valle de Valdeparaíso, en el fondo del cañón. Y a él se llega en un par de vueltas de zigzags en los que aún se pisan las piedras de una antigua calzada romana.

 

El Duratón se salta por el puente de Picazos. Y como si fuera el paso a un lejano paraíso de elfos y ninfas así parece que anduviéramos en un lejano lugar apartado del mundo. Tal es la sensación de caminar junto a un río tranquilo y frondoso que se encaja más y más entre paredes que podrían sostener varias catedrales góticas puestas una encima de otra.

 

Y tanto se encajona el camino que al final tiene que encaramarse a una de las paredes del desfiladero para discurrir sobre una repisa de tierra, mostrando una perspectiva del cañón habitual para un buitre en la buitrera pero no tanto para un caminante con bastón y macuto. Este tramo delicioso, que brinda un montón de oportunidades para detenerse a curiosear aves, plantas y flores finaliza al alcanzar la presa de la fábrica de Luz, esqueleto ahora del ingenio que alumbrara tenuemente las anochecidas de los sepulvedanos y alrededores en los años 20 del siglo pasado. Sin darnos cuenta hemos dejado atrás la confluencia del río Caslilla y hemos alcanzado el puente de Talcano, otra evidencia de calzada romana de cuyo puente original solo ha sobrevivido el ojo que a la vista está. En este punto se enlaza también con la senda que recorre las orillas del Duratón hasta la Cueva de los Siete Altares.

 

Pero nosotros andamos metidos ya en el retorno hacia Sepúlveda, que se presenta por esta cara con el pintoresquismo que tanto enganchó a Zuloaga. Para ello se pasa junto al aparcamiento, desviándose después hacia la izquierda para bajar hacia el puente de Palmarejos –tan roto y carcomido que da aprensión pisar fuerte- e iniciar el ligero ascenso que lleva hasta los restos de la puerta del Castro. Aunque no lo parezca, porque la muralla ya no está, el sendero sigue después lo que, cuando la hubo, fuera el paseo de ronda.

Y así arribamos a la puerta de Duruelo, una de las principales vías de entrada en época medieval, ahora acosada por la maleza, que quiere como taparla, y la carretera, que la ignora como si se avergonzara de ella.

 

El caso es que en este punto la señalización de la ruta toma las escaleras que hay a la izquierda para cerrar el círculo en el casco urbano de Sepúlveda. Lo que no quita para que, quien tenga ganas de más, traspase esta puerta del olvido y continúe sin cruzar el río al pie de los cantiles del Caslilla. Es el sendero de las viejas huertas, muchas de ellas ya perdidas y alguna cultivada aún con mimo, un camino de malezas y melancolías que, diez minutos más allá, finaliza al alcanzar la antigua carretera de entrada a Sepúlveda. info@javierprietogallego.com

 

 

 

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EN MARCHA. La Senda de los dos ríos es un ameno recorrido señalizado en torno a la localidad segoviana de Sepúlveda.

EL PASEO. Es un recorrido circular con inicio y final junto a la ermita de la Virgen de la Peña, en Sepúlveda. Tiene 5 kilómetros de longitud, con algún repecho pero sin desniveles de importancia. Viene a hacerse en una hora y media y no presenta ninguna dificultad.

INFORMACIÓN. Centro de Interpretación del Parque Natural de las Hoces del Duratón, en Sepúlveda. Tel. 921 54 05 86. Oficina de Turismo de Sepúlveda: Tel. 921 54 02 37. Web: www.sepulveda.es

 

El embrujo de los valles Calchaquíes

Texto y  fotografías: JAVIER PRIETO GALLEGO

 

 

La ruta 68 es la carretera que enlaza las poblaciones de Cafayate y Salta, en la región del Noroeste argentino. Es, también, la oportunidad de recorrer un tramo lleno de cañones desmedidos, como la Quebrada de las Conchas, una sucesión de despeñaderos areniscos trabajados por la erosión durante millones de años –aproximadamente, entre 65 y 75 millones de años-. A uno y otro lado de la carretera, que alterna tramos asfaltados con otros de tierra, se suceden formaciones rocosas tan variopintas como impactantes: conos monumentales moldeados por el viento, agujas de barro, desplomes colosales, encajonamientos montañosos y barrancadas que las escorrentías han ido abriendo sobre la faz de una tierra descarnada a la que apenas hacen sombra matorrales y cardones, esos cactus gigantes de varios brazos y agujas afiladísimas capaces de resistir los rigores de un clima seco y con una gran amplitud térmica. Y todo ello adobado por un color rojizo dominante que parece encenderse como ascuas con los primeros y últimos rayos del sol. Este mundo de soledades, de horizontes duros y quebradizos a un mismo tiempo es el hábitat donde prospera, con sus nidos horadados en la tierra, la raza norteña del lorito barranquero.

Así, en el transcurso del viaje, y sobre todo en los primeros 70 kilómetros, se van sucediendo formaciones geológicas con nombre –y, algunos, puesto de turista- propio. Como las de Los Castillos o el Obelisco, este último a pie de carretera es una de las paradas “obligadas” de los numerosos grupos organizados de viajeros que recorren la quebrada. Más adelante aguardan El Fraile, El Sapo o la maravilla natural que supone El Anfiteatro, una gigantesca hoya  horadada en mitad de la montaña con paredes de hasta 70 metros de altura y hasta la que alcanza un callejón natural también abierto a la roca por la fuerza de las aguas en tiempo de ciclópeas erosiones, solo que con tanta precisión y armonía que pareciera hecho por un maestro lutier: así de bella suena la música en el interior de este recinto rocoso con capacidad para varios centenares de personas en el que se han escuchado conciertos memorables, como el que ofreció la cantante Mercedes Sosa. Tan solo unos pocos metros más adelante otro alto en la carretera permite adentrarse en la Garganta del Diablo, una formación similar aunque sin las dimensiones y virtudes de aquella.

La localidad de Alemanía, a 110 kilómetros de Salta, marca un punto de inflexión en el paisaje. Los horizontes agrestes y áridos que impone la altitud y el clima torna, casi de golpe, en un verde valle ancho y fértil al que los jesuitas trajeron las primeras viñas, el germen de un cultivo que hoy presume de tener los mejores vinos de altura del mundo. La quebrada de las Conchas ha dado paso al Valle de Lerma, regado por el río Grande, que recuerda en el nombre al fundador de la ciudad de Salta en el año 1582 por el español Hernando de Lerma. Uno de los principales atractivos turísticos del valle de Lerma, muy cerca ya de Salta, es el embalse de Cabra Corral, que con sus 127 kilómetros cuadrados de superficie es el segundo embalse más grande de Argentina.

 La ciudad de Salta se caracteriza por un perfil marcadamente hispano, especialmente en un casco histórico trazado sobre el terreno con la cuadrícula perfecta con la que solían dibujar sus ciudades los fundadores coloniales. El centro neurálgico es la plaza 9 de Julio, a la que se asoman la catedral y el edificio del ayuntamiento. Desde la plaza, la calle Caseros conecta con la iglesia de San Francisco, su edificio histórico más llamativo, y más adelante con el convento de San Bernardo, cerrado por un portón de madera de algarrobo bellamente labrado. En la plaza 9 de Julio también se localiza el Museo de Arqueología de Alta Montaña, centrado en la exhibición de las momias, halladas en marzo de 1999, de tres niños incas inhumados en la cumbre del volcán Llullaillaco, a 6.700 metros de altitud, hace más de 500 años. Su excepcional estado de conservación y los numerosos objetos que formaban parte de los ajuares funerarios de carácter ritual convirtió el hallazgo en un gran acontecimiento para la comunidad científica. Pero el recorrido de las salas del museo, que tiene como guinda final la entrada a la cámara en la que se exhiben las momias de estos tres niños sacrificados en actos rituales, y que se hallan en el interior de vitrinas a una temperatura de -20º C, va mucho más allá de lo que pudó en su momento sorprender a la ciencia para convertirse en una experiencia casi mística.

El callejeo por la ciudad de Salta, a la que puede dedicarse un par de días para verla bien, debe incluir, mejor al atardecer, una visita al cerro de San Bernardo. Un teleférico lleva hasta la cima desde donde se disfruta una excelente panorámica. Y, ya por la noche, un paseo por Balcarce, calle de gran animación nocturna a la que se asoman más de una treintena de restaurantes y peñas folclóricas en las que se disfruta, al mismo tiempo, de excelentes parrilladas y música tradicional en directo.

 Salta es también el lugar de partida de uno de los trayectos ferroviarios turísticos más famosos del mundo: el conocido como Tren a las Nubes. Desde 1948 funciona, entre los meses de abril y diciembre, el tren de alta montaña que une Salta, a 1.187 metros de altitud, con la pequeña localidad de San Antonio de los Cobres, a casi 4.000 metros sobre el nivel del mar. El recorrido, de 434 km entre la ida y la vuelta, se realiza en 17 horas de viaje y ofrece el atractivo de atravesar parajes de gran belleza, como la Quebrada del Toro, diminutas poblaciones de ancestrales raíces indígenas y paisajes tan desmesurados como el que configura la altiplanicie de La Puna, una meseta interminable cuyos vastos horizontes se extienden a altitudes entre los 3.500 y 4.500 metros y que aparece rodeada de poderosos volcanes cuyas cimas rozan los 6.000.

El trayecto permite además admirar las obras de infraestructura ferroviaria que fueron necesarias para poner en marcha esta línea, que atraviesa 29 puentes, 21 túneles, 13 viaductos, 2 “rulos” y 2 zigzags. De hecho, estos últimos fueron la solución ideada por su diseñador, el estadounidense Richard Fontaine Maury, para prescindir de las cremalleras habituales en trenes que, como este, necesitan superar fuertes rampas de subida. Tras alcanzar San Antonio de los Cobres, última población del trayecto, el viaje se prolonga unos kilómetros más hasta alcanzar los 4.500 metros de altitud, la máxima del recorrido, en los que se localiza el viaducto de La Polvorilla, espectacular obra de ingeniería de 224 metros de longitud en curva y 64 de altura. Para mitigar el soroche o mal de altura que puede aparecer provocado por la menor cantidad de oxígeno a esas altitudes el tren cuenta con máscaras de oxígeno y consultorio médico.

También es posible realizar por carretera el mismo recorrido que realiza el tren, con el aliciente de hacer paradas en lugares tan interesantes como el pequeño pueblecito de Santa Rosa de Tastil, junto al que se encuentra las ruinas de una importante ciudad de época prehispana. O prolongar el viaje desde San Antonio de los Cobres hasta las Salinas Grandes, una gigantesca planicie de más de 212 km2  de sal a cielo abierto rodeada de montañas y para cuya visita, a poca claridad que haya, se vuelven imprescindibles una buenas gafas de sol.

 

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INFORMACIÓN. Portal de oficial de información turística de Argentina: www.turismo.gov.ar.

Web oficial de la provincia de Salta: http://www.saltalalinda.gov.ar

 

Web del Tren a las Nubes: http://www.trenalasnubes.com.ar

 

 

 

 

Monasterio de Santa María de Moreruela

Viaje de melancolías a uno de los primeros monasterios del Císter en España

 

 © Texto y fotografías: Javier Prieto Gallego

 

No hay unanimidad, pero para muchos estudiosos las ruinas portentosas del monasterio de Santa María de Moreruela podrían ser las del primer monasterio que en España abrazara la reforma del Císter, un movimiento surgido en Francia en el siglo XI para contrarrestar los excesos de todo tipo hacia los que había ido derivando una cada vez más desmadrada orden de Cluny. Los pilares de la nueva regla hacían hincapié en un mayor ascetismo, rigor litúrgico y entrega al trabajo como medios para santificar el paso por la Tierra.

Ruinas del monasterio de Moreruela

Ruinas del monasterio de Moreruela

Y corría el siglo XII en España cuando la comunidad de monjes que acababa de levantar su monasterio junto a las orillas del Esla, en un extenso pago de la aldea desierta de Moreruela de Frades, decidió, entre 1158 y 1162, afiliarse al monasterio francés de Claraval, principal impulsor de la nueva regla. Se inicia entonces la segunda etapa –o tercera, según se mire- de la historia de una comunidad monástica que permaneció viva durante más de 800 años, hasta que el hachazo de las desamortizaciones del siglo XIX desbarató un pujante complejo monacal con extensas propiedades y una fructífera explotación agrícola. Como la carcoma que hace polvo la madera más dura, el tiempo y el ansia por la buena piedra de cantería comenzaron entonces a mermar aquel mastodonte que había ido creciendo en extensión, dependencias y claustros tanto como en influencia, poder y dinero. Y poco a poco, igual que la carne va desapareciendo de los huesos de un cadáver dejando su esqueleto al aire, las piedras del monasterio fueron abandonando el lugar preciso en el que habían sido colocadas para formar parte de nuevos palacetes y casonas. O para levantar nuevas iglesias, como la que se alza hoy en la cercana localidad de Granja de Moreruela.

Ruinas del monasterio de Moreruela

Ruinas del monasterio de Moreruela

Los antecedentes más remotos de este impresionante monasterio hay que buscarlos en  la labor fundacional desarrollado por los monjes Atilano y Froilán que, como si estuvieran poseídos por un mono insaciable y sobrenatural que les llevará a estar siempre metidos en obras y berenjenales, se metieron a levantar un monasterio mozárabe, a finales del siglo IX, junto a la orilla derecha del Esla después de haber levantado ya otro con anterioridad en Tábara. Conventillo -el nuevo- que, según se cree, no dudó en echar por tierra el mismísimo Almanzor en una de sus correrías. Cuenta una leyenda que Froilán y Atilano, gracias a la aparición de un arcángel, supieron del ataque por anticipado y consiguieron salir por pies llevándose con ellos la imagen de la Virgen para que no fuera profanada. El Señor les pidió además por boca del querubín que predicarán por ahí hasta toparse con un león al lado de un árbol grande y una piedra con sitio para esconder la imagen, y que en ese punto comenzaran la obra de un nuevo monasterio.

 

Y andaban los hombres cumpliendo la manda cuando localizaron al león, al árbol y el agujero en la orilla izquierda del Esla en el lugar llamado Moreruela de Frades. Ahí se pusieron de nuevo manos a la obra. Y fueron las ruinas del convento levantado en este lugar por ellos el que aprovecharon unos 100 años después los monjes benedictinos para la fundación del convento de Santiago de Moreirola, cuya advocación cambiaron al poco por la de Santa María cuando se adscribieron al Císter.

 

Toda aquella aventura fundadora, salpicada de mil y una vicisitudes, como puede verse e intuirse, lucen hoy como el ejemplo perfecto de ruinas románticas. Es decir, con tal poder de evocación en el paisaje -por lo que fue y ya nunca volverá a ser- que resulta imposible no dejarse envolver por el torbellino de sensaciones que despiertan. Basta contemplar la planta y el alzado de la iglesia para que la imaginación recomponga al instante las dimensiones catedralicias de uno de los monasterios más importantes de nuestra Edad Media. Y basta mirar la maqueta del monasterio que se exhibe en el Centro de Interpretación del Císter, ubicado en Granja de Moreruela, para comprender al momento la envergadura que fue adquiriendo, con el paso de los siglos y el éxito de sus negocios, todo el conjunto.

 

También queda suficientemente claro a lo largo de la visita guiada que pone al punto de cada uno de sus rincones. De todos ellos, el templo –lo queda de él- es, desde luego, lo más sobresaliente. Especialmente su cabecera, la parte más enteriza y, a la vez, la más bella, tanto por dentro como por fuera. A su girola se asoman siete capillas tangenciales, ocupadas en su momento por tumbas de nobles castellanos y portugueses benefactores de la orden, en las que se celebraba misa a diario en su atención y se veneraba la colección de reliquias que todo monasterio atesoraba como oro en paño: a mejores y mayores reliquias, mayor garantía de ingresos de peregrinos y creyentes en general. En este se llevaba la palma la mitad del cuerpo del laborioso san Froilán, que en paz descanse.

 

El paseo monacal lleva a recorrer también el reguero de estancias implícitas en un complejo de estas dimensiones: es decir, a la sala capitular, reconstruida a partir de sus tres tramos supervivientes; el acceso a las celdas de los monjes; el locutorio; una posible celda de castigo; el claustro reglar o la sala de monjes. Junto a la entrada, quedan los restos del llamado claustro de la hospedería, que aquí cobra una destacada relevancia. El monasterio de Santa María de Moreruela se encuentra situado en una encrucijada clave de la Vía de la Plata. De hecho, aquí mismo se desgaja de la Vía el Camino de Santiago Mozárabe o Sanabrés, que atraviesa el Esla por el puente de Quintos, mientras que el otro ramal continúa hacia Benavente y Astorga. Lo que da idea del volumen de peregrinos que a lo largo de los siglos debieron de tener en él parada y fonda.

Centro de Interpretació³n del Císter. Localidad de Granja de Moreruela.

Centro de Interpretació³n del Císter. Localidad de Granja de Moreruela.

Quien quiera deleitarse con un paseo de encinares y campos de labor, en su momento también bajo la administración monacal, puede tomar, precisamente, el ramal que lleva hacia Santiago de Compostela por Orense, al menos hasta alcanzar el puente de Quintos. La señalización no tiene pérdida, arranca tras la iglesia de Granja de Moreruela y lleva hasta él en siete kilómetros. Antes de cruzar el puente sale por la derecha un camino que acerca hasta la ermita de la Virgen de Montes Negros, un sencillo edificio sin gracia al que sólo se puede acceder el día de la romería, el próximo 25 de abril, en el que los vecinos de Granja traen hasta aquí, más o menos por el mismo camino, a la Virgen de los Montes y al Niño de la Bola. info@javierprietogallego.com

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EN MARCHA. El monasterio se encuentra junto al pueblo de Granja de Moreruela, a 25 kilómetros de Benavente. El acceso se realiza por un desvío de la N-630.

CENTRO DE INTERPRETACIÓN DEL CÍSTER. Antes de acercarse hasta las ruinas del monasterio resulta del todo recomendable pasar por la exposición permanente sobre la orden del Císter que se exhibe en este centro de interpretación. En él, además puede  verse una maqueta completa del monasterio. Se localiza junto a la carretera y el cementerio, a la entrada de Granja de Moreruela.  Tel. 660 518 418.

VISITAS. En principio, el monasterio puede visitarse de martes a domingo, de 10 a 14 y de 15,30 a 18,30. Si bien conviene contactar antes con el ayuntamiento de Granja de Moreruela: Tel. 980 52 17 00. Web: www.granjademoreruela.net.

 

 

 

Caminos de amor y duelo


El increíble viaje de una reina enamorada por los páramos de Castilla



Cruz de la Muñeca, en un páramo junto a Antigüedad. © JPG

© Texto y fotografías: Javier Prieto Gallego

Por locura, por amor, por celos. En cualquier caso, el viaje más extraño que haya protagonizado ningún personaje de la historia de España: el que realizó durante casi un año la reina Juana I de Castilla con el cadáver de su esposo por los páramos de Burgos y Palencia. Ocurrió en 1506. Felipe el Hermoso, esposo de la reina Juana, acaba de ser jurado soberano de Castilla por las Cortes reunidas en Valladolid cuando encontró la muerte en Burgos. Tan repentina, fulminante y enigmática que su estela sumió en un continuo delirio los desvelos de la reina Juana, la Loca.


La comitiva fúenebre partió de la Cartuja de Miraflores. © JPG

El caso es que, ahogada por una pena tan profunda como inconsolable, recordando de repente el deseo de su esposo de ser enterrado en Granada mandó exhumar de la Cartuja de Miraflores el cadáver de su amado Felipe el Hermoso, y embalsamarlo. Sin encomendarse ni a dios ni al diablo, esquivando los zarpazos de la peste que ya asolaba la meseta y en avanzado estado de gestación se decidió a arrancar un escalofriante recorrido sin rumbo fijo ni prefijado, al albur de sus impulsos atormentados, dibujando sobre el terreno uno de los más extraños viajes que se han vivido por las parameras castellanas. Celosa hasta la enfermedad extrema, la comitiva real, formada sólo por hombres, arrancaba sus viajes al caer la noche para evitar que mujer alguna pudiera siquiera atisbar las facciones de su esposo, e incluso se alejaba de los conventos de monjas para conjurar tentaciones infantiles. En su dolor, ninguna mujer, salvo ella misma, soportaba junto al cadáver del amor de su vida mientras se negaba a despedirlo en la muerte.


Busto de Catalina de Austria, reina de Portugal, que nació en Torquemada, e iglesia de Santa Eulalia donde fue velado el cadáver de Felipe el Hermoso durante cuatro meses. © Javier Prieto Gallego

Y aunque quedaron testimonios suficientes para enmarcar como histórico un episodio que más parece invención de un dramaturgo genial, lo cierto es que tampoco abundan los datos para saber dónde acontecieron exactamente algunas de las paradas que la reina realizó en su deambular errático.

Precisamente, eso fue lo que hizo correr al escritor Elías Rubio Marcos, en el año 2002, tras la pista de la reina Juana y su séquito mortuorio por las parameras de Castilla. Así es como rescató el recuerdo de aquel episodio en algunas poblaciones donde la tradición había venido señalando la presencia de la reina Juana en determinadas casonas o castillos. Y así es como, poco a poco, comenzó a tomar forma un posible itinerario que pudiera seguir hoy en día quien estuviera interesado en perseguir el recuerdo de aquel viaje alucinante. El resultado de aquella investigación apareció publicado en la revista “Folklore” y hoy puede leerse íntegro en Internet (www.funjdiaz.net/folklore).

Torre mudéjar de la iglesia de San Miguel Arcángel. Localidad de Arcos de la Llana. Burgos. © JPG.

Así, siguiendo el halo misterioso que dejaron tras de sí la reina Juana y su séquito de cortesanos, soldados, clérigos y músicos, y el trazo apuntado por Elías en su trabajo de campo, hilvanamos hoy algunos de los lugares en los que es posible encontrar el rastro de aquella comitiva recorriendo, en cualquier caso, similares horizontes.

Capiteles de la portada románica de la iglesia de San Miguel Arcángel en la que la reina Juana estuvo velando el cadáver de su esposo. Arcos de la Llana. Burgos. © JPG

Empieza, pues, nuestro viaje en la Cartuja de Miraflores, adonde la reina acude en las Navidades de 1506 para rescatar el cadáver de su esposo y embalsamarlo de forma que aguante el largo periplo que tiene en mente: en principio, la capilla real de Granada. Paradójicamente, el siguiente alto de nuestro itinerario es el último destino de la reina Juana antes de partir hacia Tordesillas, donde vivirá un encierro forzoso de casi 50 años. Arcos de la Llana está a 10 kilómetros de Burgos y aquí llega de la mano de su padre, el rey Fernando el Católico, el 29 de octubre de 1507, tras casi un año de deambular y penar. Por mucho que lo intentó, no consiguió convencerla para regresar a Burgos. Así que la reina, su pena y el cadáver de su esposo se quedaron en Arcos hasta febrero de 1509, momento en el que partió –obligada- hacia Tordesillas para su encierro forzado. La iglesia de San Miguel Arcángel es el lugar en el que, durante todo aquel tiempo, se veló el cuerpo de Felipe el Hermoso. Del templo destaca su torre mudéjar, una de las más hermosas de este estilo en la provincia de Burgos. También la portada románica cercana al vecino palacio Episcopal, frecuentado este por los obispos burgaleses en sus escapadas veraniegas.

Castillo de los Rojas en el que se alojó la reina Juana la Loca mientras acompañaba el cadáver de su esposo Felipe el Hermoso. Cavia. Burgos. © JPG

La localidad de Cavia pilla ahora junto a la autovía de Castilla. Antaño lo estuvo en el Camino Real de Burgos a Valladolid. Por eso es posible que tras abandonar la Cartuja de Miraflores la comitiva hiciera aquí su primer alto. En mitad del pueblo se alza el castillo de los Rojas y con él el recuerdo de que en una de sus habitaciones se veló el cadáver real mientras que la reina pudo descansar –tal vez- en la habitación cuya reja queda ahora encima de la puerta de acceso.

Iglesia de Celada del Camino. Burgos. © JPG


Tomando la autovía, el siguiente rastro de la comitiva se palpa en Celada del Camino. Frente la iglesia de San Miguel se alza un palacio en el que es posible que morara la reina, aunque una de sus piezas más interesantes es la inscripción y escudo labrado sobre su portón trasero. En ella queda constancia de su paso por el palacio del rey Felipe IV y de su hija, la infanta María Teresa, en 1660, en un viaje hacia Irún.

Casa que pudo habitar la reina Juana en Presencio. © JPG

Hasta Presencio, donde se rastrea de nuevo la estancia de la reina Juana en una casa palaciega -que amenaza ruina- junto al bello rollo jurisdiccional, puede llegarse haciendo un alto en Pampliega, siquiera sea sólo para asomarse al balcón que es el atrio de su iglesia. Muy cerca de Presencio queda Santa María del Campo, donde la reina sostuvo uno de sus encuentros con su padre el rey Fernando, empeñado en hacerla entrar en razón. Aquí se aposentó Juana en septiembre de 1507 mientras viajaba de regreso a Burgos y la Corte festejaba la imposición del capelo cardenalicio a fray Francisco Jiménez de Cisneros en la vecina Mahamud. En Santa María sobresale su portentosa ex colegiata. Y parece claro que la reina se alojó en la Casa del Cordón, un palacio del que ya sólo queda el pastiche del cordón franciscano y un escudo adosado a la fachada de una casa levantada en su lugar. Se localiza por debajo de la colegiata siguiendo la pintoresca calle del Cordón.

Torre de la ex colegiata de Nuestra Señora de la Asunción realizada en el siglo XVI por Diego de Siloé. Santa María del Campo. Burgos. © JPG


Haciendo parada en la bella localidad de Palenzuela, donde puede que también se alojara, nuestro viaje se detiene en Torquemada, donde la reina permaneció cuatro meses y dio a luz a su hija Catalina el 14 de enero de 1507. Su siguiente alto, otros cuatro meses, los realizó en Hornillos de Cerrato desde donde partió luego hacia Tórtoles de Esgueva para entrevistarse, por primera vez desde que arrancara el viaje, con su padre. En el trayecto, de noche como siempre, atravesó la localidad de Antigüedad y sin detenerse tomó el camino hacia Tórtoles.

Restos del castillo de Palenzuela. Sobre el suelo, la sombra de otro de los torreones.

Palencia. © JPG

Puente del siglo XV y 25 ojos sobre las aguas del Pisuerga. Torquemada. Palencia. © Javier Prieto Gallego

El camino que tomó la comitivia entre ambas poblaciones puede seguirse si en Antigüedad se continúa por la calle Mayor hasta el final y ahí se enlaza con el camino de las bodegas. Tomando la primera bifurcación a la derecha, el camino comienza a ascender hacia el páramo. En el siguiente entronque, ya arriba, hay que continuar por el brazo de la derecha –el que sale de frente- durante unos dos kilómetros para alcanzar una pequeña cruz colocada al lado derecho del camino. Se conoce como Cruz de la Muñeca y recuerda el paso por estas llanuras desoladas de la comitiva nocturna, señalando el lugar en el que, según la tradición, el féretro arrastrado por cuatro caballos negros, cayó al suelo y tocó tierra. info@javierprietogallego.com

Cruz de la Muñeca. © JPG

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EN MARCHA. Este itinerario hilvana algunos de los lugares en los que se ha rastreado el paso de la comitiva fúnebre que encabezó la reina Juana I de Castilla durante un viaje que duró algo menos de un año. El itinerario no se realiza siguiendo el orden cronológico del realizado por la reina, sino el geográfico. En esencia, el realizado por la reina partiría de la Cartuja de Miraflores hacia Torquemada, Hornillos de Cerrato, Tórtoles de Esgueva, Santa María del Campo y Arcos de la Llana.

DORMIR. Tel. de información institucional: 902 20 30 30. Turismo rural: www.castillayleonesvida.com.


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AVES Y CHARCOS

El invierno lluvioso ha devuelto la vida a pequeñas y grandes lagunas de la Castilla más llana

Observatorio de aves en las orillas del Duero, en Castronuño. © JPG

© Texto y fotografías: JAVIER PRIETO GALLEGO

Aunque haberlas hailas en cualquier momento del año, el invierno es la época por excelencia para la observación de aves. Especialmente, porque el invierno extremo de la Europa norteña trae hasta las planicies mesetarias de Castilla y de León miles de individuos alados que prefieren el frío soportable de aquí a las temperaturas gélidas de allá. La suavidad del clima peninsular -en comparación con sus lugares de origen, claro- convierte estas tierras en uno de sus destinos preferentes, a la espera de que los fríos amainen por allí.

Los prismáticos son imprescindibles para disfrutar de esta actividad. © JPG

Al mismo tiempo, tiene lugar en estas planicies un cambio sustancial que las convierte en centro de atención para estas aves, anátidas principalmente: si el régimen de lluvias es el habitual se produce una recarga de los acuíferos subterráneos de forma que, una vez llenos, el agua acabará por aflorar en aquella depresiones del terreno que, debido a la naturaleza arcillosa del subsuelo, se convierten en pequeños cuencos donde el agua queda retenida. Las lagunas, que forman parte de los rasgos esenciales de la meseta tanto como los trigales, cobran vida de nuevo. Y las aves de paso aprovechan el milagro para medrar en ellas, criar, alimentarse o reproducirse hasta que el nivel de las aguas vuelva a bajar y llegue la hora de regresar al norte.

Ornitólogos observando aves en Tierra de Campos.© JPG

Las últimas décadas han sido fundamentales en la recuperación de muchos de estos humedales en Castilla y León. El trabajo constante de organizaciones ecologistas, la implicación de las Administraciones y la concienciación de los habitantes del medio rural han hecho posible que muchas de estas lagunas hayan vuelto a presentar el aspecto que tuvieron en tiempos pasados, superando así un momento más reciente en el que la política dominante era la de la desecación generalizada de cualquier charco con agua por considerarse insalubre e improductivo en el contexto agrario.

Por suerte, este invierno ha sido lo suficientemente generoso en lluvias como para que buena parte de ellas luzca estos días sus mejores galas. Bodones, pequeñas lagunas o grandes encharcamientos han ido aflorando sin prisa y sin pausa a lo largo del invierno para ofrecerse hoy como un destino irresistible para las aves que tienen en el medio acuático su hábitat principal. De hecho, la observación tranquila en cualquiera de nuestras grandes o pequeñas lagunas puede deparar horas de gozoso deleite si se procuran las condiciones necesarias: discreción, silencio y búsqueda del momento oportuno. En Castilla y León hay cerca de 300 humedales catalogados. Estas son sólo algunas ideas dónde buscar.

01 VILLAFÁFILA. Es el gran humedal de nuestra comunidad y el que concentra una población de aves acuáticas más numerosa, casi el 50% de las aves acuáticas censadas en Castilla y León aterrizan por aquí. En torno a las localidades de Villafáfila, Revellinos, Villarrín de Campos y Otero de Sariegos, en la provincia de Zamora, se desparraman casi 600 hectáreas de zonas inundables en los años de mayor pluviosidad. El listado de especies observables alcanza las 250 y las bandadas que regresan hasta las lagunas al caer la tarde dejan con la boca abierta. La principal ventaja de acudir hasta Villafáfila para disfrutar de las aves es que cuenta con una estupenda infraestructura, desde monitores a los que consultar cualquier duda, pasando por observatorios e itinerarios señalizados para realizar a pie. Casa del Parque de las Lagunas de Villafáfila, tel. 980 58 60 46.

Lagunas de Villafáfila. Zamora. © JPG

02 LA NAVA Y BOADA. Estos dos humedales palentinos conforman el otro gran núcleo de aves acuáticas invernantes de Castilla y León. Con una extensión de 307 hectáreas, la laguna de La Nava es también uno de los más emblemáticos por el esfuerzo colectivo que ha supuesto su recuperación como valioso espacio natural. Tras una larga historia de intentos de desecación que se rastrea hasta la época de los Reyes Católicos, en los años 90 del siglo XX comenzó a trabajarse para acercarlo al valioso humedal que hasta los años cuarenta de ese siglo era conocido como El Mar de Campos, con una superficie media de 2.500 hectáreas inundadas. Cuenta con puntos de observación y un centro de interpretación ubicado en la calle Mayor de Fuentes de Nava. A 11 kilómetros de La Nava se localiza la Laguna de Boada, en Boada de Campos, recuperada también por impulso de la Fundación Global Nature. Es un destacado punto de concentración del ánsar común. También dispone de centro de interpretación y observatorio. Casa del Parque de La Nava y Campos de Palencia, tel. 979 84 25 00.

Panel informativo en Boada de Campos. © JPG

03 LAGUNAS DEL CANAL DE CASTILLA. En torno a esta importante infraestructura histórica que atraviesa la estepa castellana de norte a sur ha venido conformándose a lo largo del tiempo un reguero de pequeñas lagunas de gran importancia medioambiental. De carácter estacional y volumen muy variable la mayoría, su origen está en filtraciones del propio canal o en la dificultad que el propio canal ofrece para el desagüe de algunos arroyos. Se han inventariado cerca de 70 encharcamientos a lo largo del Ramal Norte y Ramal de Campos.

04 LAGUNAS DE CANTALEJO. A un par de kilómetros de la localidad segoviana de Cantalejo, en medio de la densa masa forestal pinariega que tapiza el sureste vallisoletano y el norte de la provincia de Segovia aflora, como un ramillete de ojos azulones, un pequeño pero más que importante grupo de lagunas diseminadas entre las localidades de Lastras de Cuéllar y Cantalejo. Es fácil hilvanar un paseo entre la laguna de Navalayegua – a donde se llega desde Cantalejo por la pista forestal que pasa antes por la ermita de Nuestra Señora del Pilar- y la de Navahornos, ésta junto a la CL-112.

Los pinares de Cantalejos albergan una buena cantidad de pequeñas lagunas. © JPG

05 LAGUNA DE SAN MARCOS. Un paseo señalizado de 3 kilómetros lleva desde La Alberca hasta la apartada laguna de San Marcos, rodeada por un denso rebollar. Una vez en ella otra senda permite rodearla por completo y curiosear los restos de la ermita del mismo nombre. Recientemente este enclave ha pasado a formar parte del itinerario conocido como Camino de las Raíces. Casa del Parque de Las Batuecas-Sierra de Francia, tel. 923 41 52 13.

Un sendero señalizado conduce desde La Alberca hasta la Laguna de San Marcos. © JPG

06 HUMEDALES DE VILLALBA DE DUERO. El sendero señalizado de los Humedales del Carrascal recorre las interioridades de unas graveras inundadas en las proximidades de la localidad burgalesa de Villalba de Duero, muy cerca de Aranda de Duero. La recuperación mediante diques y canales del espacio tras el periodo de explotación ha propiciado el asentamiento de una variada comunidad ornítica.

07 LA SANTA ESPINA. El embalse de La Santa Espina, surgido en los años 60 del siglo XX con objeto de abastecer a unas 71 hectáreas de regadío, es un importante foco de biodiversidad en las parameras de los Montes Torozos. Una senda permite rodearlo por completo.

Puesto de pesca en el embalse de La Santa Espina. © JPG

08 RIBERAS DE CASTRONUÑO. La revuelta que hace el río Duero a su paso por Castronuño, en la provincia de Valladolid, y el dique que regula el embalsamiento de esas aguas han conformado un espacio de singular relevancia ornítica, en especial por la animada vida silvestre que se acumula en ambas orillas. Un observatorio permite el avistamiento con discreción, además de contar con el apoyo de la Casa del Parque, tel. 983 86 62 15.

Embalse de Castronuño. © JPG

Curvas y vértigos

Una lista de miradores para asomarse al discurrir del Duero por los Arribes salmantinos

El mirador de Mafeito se asoma a los últimos kilómetros del Duero antes de continuar hacia Portugal.

© Texto y fotografías: JAVIER PRIETO GALLEGO

Hay balcones de privilegio. Como los que se asoman a la calle de la Estafeta, en Pamplona: ver correr los toros desde cualquiera de ellos vale un pastón –sobre todo si es en el que estuvo Hemingway (aunque nunca estuviera)-. El problema es que además de dinero, hace falta que sea el momento adecuado.

Pista de acceso al Teso de San Cristóbal, cerca de Villarino de los Aires.


Pero también los hay gratuitos y, además, disponibles en cualquier momento del año. Como, por ejemplo, los que se asoman al tajo vertiginoso que labra el Duero en sus últimos kilómetros por la geografía salmantina. A los ya existentes desde hace tiempo se han venido a sumar seis nuevos asomaderos para completar, entre unos y otros, una larga jornada de curvas y vértigos escudriñando los fondos insondables –casi- de un Duero salvaje y agreste.

En lo alto del Teso de San Cristóbal pudo existir un santuario rupestre.

Lo de que asomarse a los abismos tiene algo de irresistible y sagrado a la vez lo sabían ya nuestros ancestros más lejanos. No son raros los monasterios, ermitas o iglesias orillados al precipicio. Ni tampoco los castros celtas que aprovechaban cualquier prominencia del terreno para encastillarse entre bolos de granito y paredones imposibles de trepar hasta para las lagartijas. Eso es lo que sucede en el primer alto de este viaje, el Teso de San Cristóbal, un saliente rocoso sobre el que campea la ermita del mismo nombre, a 2,5 km de Villarino de los Aires. En este balcón natural se han localizado evidencias de un castro prerromano de la II Edad del Hierro. El resalte rocoso, una pequeña explanada en lo alto de este teso a 663 metros de altitud, se divide claramente en tres zonas: el aparcamiento -junto al que se localiza un pequeño coso para capeas y un chozo de maneras tradicionales empotrado entre rocas-, la ermita y, hacia la izquierda, lo que pudo ser un santuario rupestre. En torno a la ermita, que fue reconstruida a finales del siglo pasado, pueden verse también dos tumbas talladas en el granito, posiblemente de época medieval.

La ermita de Nuestra Señora del castillo aparece rodeada de fresnos.


Pero la zona de mayor interés es la que se alcanza hacia la izquierda, a través de unos escalones también de roca. Los caprichos de la erosión, que sobre el granito obra maravillas fantasiosas, pudieron ser aprovechados aquí para tejer en torno a estos peñascos orondos y en equilibrio un santuario dedicado a honrar divinidades prehistóricas. Es probable que los cuencos, canales y asientos tallados por el agua de lluvia y los hielos sirvieran también como escenario de sacrificios y oraciones. Pero lo que sí está claro es que es difícil encontrar un sitio mejor para quedarse embobado mirando el paisaje, tan alejado del mundo como el río Tormes que se ve allá abajo, unos metros antes de fundirse con el Duero, o la localidad portuguesa de Bemposta, muchos kilómetros más allá en el horizonte, Duero mediante. Propicio a experiencias menos solitarias es el otro mirador de Villarino, el de la Faya, un amplio balcón con vistas al Duero al que se puede llegar a pie desde la plaza del pueblo.

Cerca de 400 metros de desnivel separan la ermita de Nuestra Señora del Castillo y las aguas del Duero.

También hay evidencias de habitación prehistórica y posterior ocupación romana en el rellano sobre el que se asienta la ermita de Nuestra Señora del Castillo, muy cerca de Pereña de la Ribera. La propia denominación de la ermita recuerda el carácter defensivo de esta elevación, que presenta un desnivel cercano a los 400 metros entre la ermita y el lecho por el que discurre el río.

Puente del Puerto de la Molinera.


El río se encajona tanto y tan profundo al alcanzar Aldeadávila de la Ribera que fue el lugar escogido para tender entre las dos orillas uno de los varios saltos de agua que jalonan su discurrir encañonado. A los asomaderos naturales hasta los que es posible caminar desde Aldeadávila –Rupurupay, El Lastrón o Rupitín- hay que sumar el mirador del Fraile, uno de los más populares de Las Arribes por la facilidad con la que se alcanza en coche y las vistas que ofrece sobre la presa. Se localiza al final de la carretera que se dirige hacia esta. Muy cerca queda el Picón de Felipe, hasta el que se accede desde la carretera a pie en un corto paseo.

Rollo gótico de Vilvestre.

Este peregrinar de alturas y profundidades continúa hacia Mieza, donde se localiza el mirador de La Code, balcón con ermita y Virgen de mucho carisma en la zona, y Vilvestre, localidad famosa por su rollo jurisdiccional de filigranas góticas. En la parte alta del pueblo de nuevo ermita, Virgen del Castillo, balcón para ventilarse y restos de ocupación prehistórica. Esta vez la rareza de “un taller ocupacional”, el lugar en el que hombres del Neolítico ponían a punto herramientas y armas. En la subida hacia el castillo una calle encarrila hacia El Reventón de la Barca, un mirador de nueva construcción en el que se instruye sobre la importancia de las barcas para comunicar, en tiempos ya lejanos, ambas orillas.

El cachón de Camaces es uno de los saltos más famosos de los Arribes salmantinos.

Saucelle tiene también su salto de agua y su larga ristra de miradores. Al de Las Janas se llega siguiendo las indicaciones en la salida hacia Portugal. Algo más abajo se localiza el mirador del Salto, recién inaugurado.

Mirador del Contrabando, cerca de Hinojosa.

La conexión entre Saucelle e Hinojosa de Duero por la SA-330 es de las que quedan grabadas en la memoria: curvas y contracurvas sortean los abismos inesperados por los que se hunde, en esta ocasión, el río Huebra. Sin quitamiedos que estorben la vista sobre las profundidades ni amortigüen el más mínimo despiste, la carretera, bordeada de chumberas y rocas desprendidas de las alturas, esquiva precipicio tras precipicio hasta alcanzar las honduras del puente del Puerto de la Molinera. Después acomete la corta remontada que lleva hasta el mirador que se asoma al chorro desbocado del Cachón de Camaces, un tobogán de aguas turbulentas que baja ahora con la plenitud propia de la época de lluvias.


Los Arribes del Duero conforman uno de los conjuntos de cañones más impresionantes de Europa.

Muy cerca de Hinojosa, pero en la carretera que baja hacia el salto de Saucelle, se localiza el mirador del Contrabando, que incluye entre sus dotaciones un catalejo con el que atisbar los recovecos por los que se desarrollaba esta práctica, común en el pasado a toda la franja fronteriza hispano portuguesa.

Almendros en flor, cerca de La Fregeneda.

Por muy harto que se esté de curvas y balcones no debería pasarse por alto –nunca mejor dicho- el mirador de Mafeito. Hasta él acerca una pista de tierra que arranca de la carretera que enlaza La Fregeneda con Portugal. En pocos lugares se aprecia mejor el mosaico de bancales, ordenados olivares y viñedos que se descuelgan por las abruptas laderas portuguesas. Al caer la tarde, con el Duero dibujando su raya de plata y el sol acariciando estos campos de sudor, parece que bastara con alargar la mano para cambiar de lugar las casitas, recomponer los caminos entre los canchales o echar a navegar un barquito de papel. info@javierprietogallego.com

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EN MARCHA. El noroeste de la provincia salmantina hace frontera con Portugal a través de los cañones que taja el Duero en su discurrir hacia el Atlántico. Este viaje busca algunos de los miradores más accesibles de cuantos se asoman esos cañones, todos ellos dentro del espacio natural protegido Arribes del Duero. El inicio de este itinerario se localiza en Villarino de los Aires, hasta donde puede llegarse por la carretera que une Salamanca, Ledesma y Trabanca. Desde esta última surge la conexión con Villarino.

INFORMACIÓN. Parque natural Arribes del Duero: www.patrimonionatural.org. Diputación de Salamanca: www.lasalina.es/turismo.

DORMIR. Tel. de información institucional: 902 20 30 30. Turismo rural: www.castillayleonesvida.com.

El laberinto del rey cruel

Enigmáticos subterráneos, un palacio real y amores contrariados en un paseo inolvidable por Astudillo

Bodegas de Astudillo

© Texto y fotografías: JAVIER PRIETO GALLEGO

Vista desde lo alto del castillo.

Por arriba y por abajo Astudillo deja con la boca abierta. Osea, que dados los vientos que corren más vale abrigarse bien y hasta llevar bufanda. Y no es porque en esos horizontes de transición entre las comarcas palentinas de Campos y del Cerrato haga más frío que en otros lugares vecinos. Es porque en el trasiego de sube y baja, de sal y entra, de mira por aquí y asómate allá, de llégate hasta el castillo y verás, a los pies y a la cabeza no les da tiempo de ir al compás: cuando la cabeza se calienta imaginando esto y aquello, descubriendo artesonados de ensueño o frases del Corán en un convento de clarisas, los pies piden movimiento y al revés también.

Museo etnográfico ubicado en el interior de la Peña Manguis

Por eso lo mejor es empezar por el principio: la Oficina de Turismo, en un costado de la plaza Mayor, es la mejor garantía de no quedarse nada en el tintero. También de no perderse una de las singularidades de Astudillo: la visita a uno de los tramos de galerías subterráneas que culebrean por debajo del casco urbano como si fueran huras de conejo. Tal privilegio es gentileza de la peña Manguis, que hace un montón de décadas adquirió para su disfrute una bodega con lagar y todo y hoy la presta a la visita guiada para admirar las tripas secretas del laberinto que corre bajo las calles de Astudillo.


Soportales tradicionales en la plaza de Astudillo

El caso es que ya en los años 70 del siglo pasado se realizó un estudio concienzudo del lío de bodegas que desde siempre habían estado ahí, bajo las casas del pueblo y al pie del castillo. La cosa no fue nada fácil. La superposición de siglos habían ido dejando bajo la cáscara de Astudillo un conglomerado de pasillos rehechos, tapiados, remendados, rellenados, anegados, cortados y estirados hasta el punto de que la investigación hizo necesario tirar de buzos y espeleólogos al alimón. El resultado fue un inventario que dejó al descubierto –no literalmente- unos dos kilómetros de galerías bajo el suelo de la localidad, todas ellas troceadas en unos noventa tramos de diversa longitud, desarrollo y tipología. Las tradicionales bodegas de Astudillo devinieron, tras el estudio y análisis de los tramos inventariados, en algo de mayor enjundia. Si bien a falta de una documentación que aclare de manera definitiva el embrollo de tanto túnel y pasadizo, lo que sí se vio con claridad es que bajo la localidad se localizan dos zonas con mayor concentración de galerías, una hacia el norte del casco urbano –donde más abundan, con casi un kilómetro y medio de túneles- y la otra bajo las laderas del castillo.

El interior de las galerías sirven hoy para la crianza del vino


También se vio que por la forma de los arcos que las sustentan y la calidad de la cantería con que están hechas es probable que fueran realizadas entre los siglos XIII y XIV. Y es que las “bodegas” de Astudillo se aparecen al visitante como auténticos pasillos que rularan de un lugar a otro de una fortaleza enterrada. Su envergadura en muchos puntos da para que circulen por ellos caballerías de armas tomar. Y, por si fuera poco, cuentan casi siempre con un pozo excavado del que en su día manó agua potable.


Retablo ubicado en la iglesia de Santa Eugenia

Así las cosas, cuando la visita se adentra en los subterráneos de la peña Manguis cuesta poco aceptar la sugerencia de que en realidad lo que corre bajo Astudillo es una red de galerías que, también en su día, pudieran haber estado conectadas entre sí. Por supuesto, con finalidad militar, bien para protegerse de los ataques, bien para burlar asedios, pero siempre relacionados con la defensa de la población y el castillo que campeó sobre la mota. Si para muestra vale un botón, las galerías en las que ahora reposa el vino que beben “los manguis” de Astudillo en sus merendolas son bastante aclaratorias. Y si bien ahora se acomodan divinamente al reposo sereno de cubas y vinos, es más que probable que por ellos circularan las pasiones desatadas que durante 10 años tuvieron en vilo a María de Padilla aquí, esperándo pacientemente, y al rey Pedro I el Cruel yendo y viniendo hasta ella pero sin reconocerla –mientras vivió- como reina.


Sor Avelina y sor María Pilar enseñan los tesoros del palacio real

Tampoco es la única sorpresa que depara este primer eslabón de la visita. En la zona superior de la bodega el amor de los peñistas por las cosas de su pueblo y de su tierra ha ido arrejuntando un montón piezas relacionadas con la vida de antaño. Tantas que han acabado por conformar un museo de los de ver despacio. Entorno a un monumental lagar se despliega el catálogo de objetos que narran los oficios que hicieron de Astudillo una localidad de notable actividad artesanal junto a objetos y útiles que hablan de cómo la vida salía adelante en el pasado. Trastos, herramientas, aperos, objetos de la vida cotidiana y otros propios de dedicaciones más especializadas. No es mala forma de recordar que Astudillo desarrolló en el siglo XVIII una más que notable industria textil, que los paños de Astudillo fueron famosos en toda la Península y que con ellos se confeccionaban trajes finos o mantas de las de no te menees. El desarrollo fue tal que Astudillo creció en fábricas igual que, en la primera mitad del siglo XIX, llegó a superar los 4.000 habitantes. Pero también destacó por la habilidad de sus alfareros, su variedad de cacharros y la calidad del trabajo. O por la de componer trillos con tanta pericia como los de Cantalejo.

Una de las habitaciones del museo ubicado en el palacio real

Vista la peña y su bodega aún queda un largo trecho por recorrer. La más importante es, sin duda, la visita al convento de Santa Clara, el palacio en el que María de Padilla se quedó a esperar al rey. Dice la leyenda que todo comenzó con el paso por las campiñas castellanas del rey y sus caballeros hacia Asturias. Camino de sofocar rebeliones, este rey que vivió toda su vida entre batallas y rebeliones sangrientas conoció, unos dicen que en Sahagún otros que en Astudillo, a Mari Díaz, María de Padilla. Un encontronazo de amor que cambiaría el curso de la historia de España porque Pedro I ya no levantó cabeza. María de Padilla se convirtió, siempre a su pesar, en la amante consentida del rey mientras este iba y venía entre batalla y batalla o entre matrimonio y matrimonio. A Blanca de Borbón la plantó dos días después de casarse para correr con la de Astudillo. Por ejemplo. El caso es que para mitigar esperas María de Padilla comenzó por fundar un convento y luego por construirse un palacio, con subterráneos y todo. Aquel convento y ese palacio son hoy un magnífico museo lleno de artesonados y valiosas piezas que enseñan con gran devoción y mucha gracia sor Avelina y sor María Pilar.


Objetos de arte religioso del palacio real de Astudillo

Nada lejos de allí queda la iglesia de Santa María. Ni tampoco la puerta de San Martín, perfecta para hacerse idea de las dimensiones y envergadura del cincho que rodeó Astudillo. El callejeo por la localidad, que cuenta con rincones bien compuestos y caserones notables, lleva hasta la iglesia de San Pedro, con un estupendo retablo mayor de Hernando de la Nestosa. La arquitectura más popular, con soportal castellano y fachada de ladrillo tiene una de sus mejores caras en la plaza Mayor. Algo más allá queda la iglesia de Santa Eugenia, convertida en museo de interesantes piezas. Como interesante es la vista de conjunto que se tiene desde lo alto del castillo, donde comparten postal tejados, templos, bodegas, molinos de viento y allá, al fondo, la ermita de Torre Marte. info@javierprietogallego.com


Sor Avelina, una de las guías que muestran el museo del monasterio de Santa Clara y palacio de Pedro I

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EN MARCHA. Hasta Astudillo, en la provincia de Palencia, puede llegarse por la P-405 en 29 kilómetros desde la capital provincial.

A PIE. Desde las inmediaciones del frontón municipal parte la pista de tierra que acerca, en 2,6 km, hasta la ermita de Torre Marte, en alto sobre un otero con buenas vistas de todo el entorno. Es la iglesia sobreviviente del antiguo despoblado de Torre.

INFORMACIÓN. Oficina de Turismo de Astudillo: tel. 979 82 23 07. Monasterio de Santa Clara: tel. 979 82 21 34.

DORMIR. Tel. de información institucional: 902 20 30 30. Turismo rural: www.castillayleonesvida.com.

Entre la popa y la proa

Un pueblo amurallado, templarios, tesoros escondidos y un largo paseo por las orillas del embalse de Linares

© Texto y fotografías: JAVIER PRIETO GALLEGO

Maderuelo no es un transatlántico pero podría serlo. Tanto por sus dimensiones como por la estampa que refleja sobre las aguas del embalse –ahora lleno- de Linares, en el corazón semiárido de la Serrezuela segoviana. De una punta a la otra ronda los 500 metros y el mayor buque del mundo anda por los 458. Y aunque pudiera parecer un milagro fuera de lugar que un pueblo de piedra flotara, a los de Maderuelo seguro que les parecería de lo más normal: así de acostumbrados están a los milagros.

La lista de las cosas asombrosas acaecidas en el pueblo comienza con una lluvia de piedras. Corría el año 1438 y el rey Juan II, que se encontraba en Roa, oyó hablar de lo acontecido en la localidad y que iba de boca en boca como si fuera cosa de brujería, “la cual fue que veían las gentes venir por el aire piedras muy grandes, como de toba, livianas, que no pesaban más que una pluma, y aunque daban a algunos en la cabeza no hacían daño ninguno”.

Por si fuera alucinación colectiva o embrujo, el rey envió a Juan Ruiz de Ágreda, Bachiller de su Corte, a certificar el hecho, cosa que hizo ante el propio monarca presentándole además algunas de aquellas piedras caídas del cielo, fofas e inocuas como pelotas de poliespán. Primer milagro.

El segundo de los hechos portentosos que acumula la historia de Maderuelo tiene que ver con la ermita de la Vera Cruz, templo románico que se salvó -de milagro- de morir ahogado por las aguas del embalse que en 1952 inundó lo que hasta entonces había sido un valle fértil y sombreado. Pero el milagro de verdad había ocurrido en tiempos de las Cruzadas cuando el Maestre de la Orden del Temple se encontraba preso del rey de Alejandría y en mitad de un rifirrafe por “un trae para acá ese lignum crucis que te voy a enseñar yo cuál es la fe verdadera” el maestre se convirtió en humo para aparecer de repente en mitad de esa ermita con el lignum crucis en una mano, un cáliz de oro en la otra y los tres soldados musulmanes que le agarraban mirando a los templarios que oraban en ese momento en la ermita como si a Alá se le hubiera ido el asunto de las manos. Segundo milagro.

Dada la calidad del prodigio –y puede que la pereza de tener que volver andando a sus casas-, a los tres musulmanes no les costó mucho convertirse al cristianismo. Y dado el privilegio de tener en el pueblo un trozo de la cruz de Cristo, el lignum crucis fue venerado en la ermita hasta que se le perdió la pista. A los que no se les ha perdido la pista es a los frescos –osea, pinturas murales- que adornaban el interior de ese discreto templo y que, ante el peligro de poder perecer bajo las aguas del embalse, fueron arrancadas de las paredes para ser exhibidas en el Museo del Prado. También tiene algo de milagroso que uno de los frescos más valiosos y hermosos del la Baja Edad Media peninsular se exhiban en la capital de España.

Otro hecho portentoso que atrae más turistas que Mickey en Eurodisney es la aparición –esta vez casual- de la momia de una moza en la iglesia de Santa María mientras se realizaban unas reformas. Fue al mover una loseta cuando apareció el cuerpo incorrupto de una moza rubia en la capilla de los Chávez con visos de llevar allí más de 500 primaveras, pero tal cual: vestidita como para ir de boda, limpia, arreglada y como dormida. Hoy se ve –sin nada de aquel glamour- tras los cristales de una urna puesta por los vecinos para evitar la rapiña del tropel de curiosos que por dejarla casi la dejan hasta sin huesos. Tercer milagro.

Y suma sigue, porque en Maderuelo se habla de túneles portentosos que corren por debajo de la población, en alguno de cuyos rincones secretos se hallaría el valioso tesoro nunca encontrado de don Álvaro de Luna, señor de la villa en el siglo XV. Como portentoso es que cada año a finales de agosto los cables de la luz que corren de fachada en fachada desaparezcan como por arte de magia y el pueblo se llene de armaduras, antorchas, espadas, cotas de malla, cascos, catapultas, soldados y demás parafernalia mientras celebra el ya tradicional “Maderuelo siglo XII”. Por eso, si Maderuelo se echara a navegar sobre las aguas del embalse, es posible que muchos lo vieran como si tal cosa.

El caso es que un paseo por las calles de este hermoso pueblo encastillado no necesita de plano. Y mucho menos de coche. Apenas son dos las calles que lo circundan, casi como caminos de ronda, y a ambas se entra y se sale por la puerta del Arco de la Villa, una de las dos supervivientes de las cuatro que tuvo el recinto amurallado. Ahí, nada más pasarla, se abre uno de los pocos desahogos que se permite este barco de piedra entre la popa y la proa, la plaza de San Miguel, presidida por la ermita románica del mismo nombre. Si se sigue por la calle de la derecha se alcanza en unos metros la plaza del Baile, antiguo coso para mercados. Frente a la oficina de turismo queda el Ayuntamiento con el edificio que sirvió para encarcelar a los reos del medievo.

Y eso queda al lado de la plaza que preside la iglesia de Santa María. La amalgama de los siglos ha dejado ciegos en distintas partes arcos de ladrillo mozárabes para hablar de su posible origen como mezquita. Con vistas al pantano en distintos asomaderos –y a los restos del puente románico que emerge cual submarino cuando las aguas merman- el paseo se dilata hasta la otra punta del casco –urbano-, donde hacen equilibrios los restos de un torreón del castillo. La vuelta por la otra calle bordea la antigua judería y la puerta del Barrio.

Quien se quede con ganas de marcha puede apuntarse al paseo señalizado de trazado circular que corre por la orilla izquierda del embalse de Linares. Como sucede a menudo, lo difícil es dar con el inicio. Este se intuye en un camino que nace junto a la carretera que bordea el espigón sobre el que se alza Maderuelo. El camino, cercano a una parada de autobús, baja hacia el arroyo de San Andrés. Antes de cruzarlo queda el aparcamiento y el panel informativo. Después, el paseo se lanza hacia la derecha buscando la desembocadura del arroyo en el embalse por un camino bien asentado para las sillas con ruedas y que alcanza en 1 kilómetro una zona con bancos, mesas y agua potable frente a las aguas del embalse y el perfil encastillado de Maderuelo.

Desde ese lugar la senda, pespunteada con balizas blancas y amarillas se adentra por los pliegues secretos del embalse rastreando primero sus orillas para regresar después buscando la antigua estación de tren. info@javierprietogallego.com


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EN MARCHA. A Maderuelo, en el noreste segoviano, se puede llegar desde Ayllón o desde Aranda de Duero por la CL-114.

MADERUELO. Teléfono del Ayuntamiento 921 55 61 10.

EL PASEO. Desde Maderuelo puede realizarse un paseo circular que recorre las orillas del embalse de Linares del Arroyo. Está señalizado como PRC-SG-10. Tiene un desarrollo de 10 kilómetros con apenas desnivel y puede recorrerse en unas tres horas. Está señalizado por el parque natural Hoces del Riaza. Información: Casa del Parque, tel. 921 53 23 17. Web: www.patrimonionatural.org.

DORMIR. Tel. de información institucional: 902 20 30 30. Turismo rural: www.castillayleonesvida.com.

Fermoselle, por dentro y por fuera

Olivos centenarios, afamados viñedos y temidos precipicios en el entorno de la capital zamorana de Los Arribes

© Texto y fotografías: JAVIER PRIETO GALLEGO

Desde el pasado invierno un sendero sembrado de cartelas ayuda a entender mejor por qué Fermoselle es como es. Lo bueno que tiene es que la lección se degusta como los mejores manjares, con ansia por el siguiente bocado. Y cuando se llega al final queda el remordimiento de que, de haber ido más despacio el placer se hubiera alargado. Y todo ello mientras se contempla por uno y otro flanco el perfil gallardo y enriscado de la localidad, que se apiña sobre la loma de un espigón rocoso como si no hubiera más sitio en el mundo y resbalar un poco hacia abajo fuera peligro de muerte. Un perfil que, sobre todo al atardecer, se recorta sobre el azul del cielo con la torre de la iglesia asomando contundente sobre el batiburrillo de tejados, antenas y chimeneas que se esfuma justo al alcanzar el lugar que ocupó en su día la fortaleza, la quilla barriguda del altillo granítico desde la que Fermoselle atisbó lo bueno y lo malo de cuanto estaba por llegar.

El sendero, tan interesante para que quien ya conozca la localidad como para quien llegue de nuevas, da comienzo a la altura de la cooperativa, en la carretera que bordea Fermoselle y su diseño, explicado en el primero de los carteles a pie de carretera, da opción a tres recorridos señalizados diferentes en función del tiempo y el interés disponibles. El más corto lleva en un pispás hasta el camino de Valpiojo para terminar en un mirador sobre el Duero. Si sabe a poco, a la vuelta es posible enlazarlo con el Sendero de Socastillo, que rodea la localidad en el punto por el que se asoma la fortaleza. Este, a su vez, va a desembocar en el camino de Las Escaleras, que lleva hasta la ermita de Santa Cruz y el oteadero desde el que los carabineros trataban de mantener a raya el paso de contrabando por esa zona de la frontera. Si se hace el completo se habrán andado cerca de 5 kilómetros, que pueden recorrerse en unas dos horas largas con pocos desniveles y buenas vistas sobre la localidad y su bello entorno de olivares y viñedos. La vuelta desde el mirador de Las Escaleras hasta Fermoselle son otros 3 kilómetros más.

El título de la opción más corta –en la que se encuentran ubicados los paneles informativos- es el de “Sendero interpretativo de la Casa del Parque Natural” y su propósito no es otro que ilustrar sobre la vida en Fermoselle y su entorno en el momento de la fundación del Convento de San Francisco, donde se halla ubicada, en 1740. Buena excusa para hablar de un momento clave, el siglo XVIII, en la vida económica y social de la localidad.

Y para empezar, un alto inmediato en el primero de los olivares que salen al paso. Olivos y viñedos componen el tapiz vegetal humanizado que envuelve Fermoselle en un manto de evidente sabor mediterráneo. Muchos de los olivares de hoy comenzaron a cultivarse en el siglo XVIII cuando se acusó un notable descenso en los precios del vino, cultivo de tradición ancestral hasta entonces. Las especiales condiciones que la orografía de Los Arribes otorga al clima en el entorno de la localidad hicieron que la adaptación del cultivo fuera ideal, de tal modo que hoy en día su importancia en la economía local es incluso mayor que la vinícola.

El paseo hace un nuevo alto junto a un cigüeñal –ingenio de palanca para la extracción del agua del pozo- para explicar cómo el progreso fue llegando en esta zona mucho más lentamente que en otras, debido a las condiciones de aislamiento impuestas por la orografía y la historia. De panel en panel, y siempre con el perfil altivo de Fermoselle a la vista, la lección de historia aclara sobre el uso de las fuentes y los arroyos, o de la importancia de los talleres textiles de Fermoselle, que se alimentaban de la lana de los rebaños y el cultivo del lino; de cómo se componía el traje tradicional de las mujeres o de la importancia que desde el siglo XII tuvo la producción de vino en la localidad. De hecho fue siempre su producto estrella y una de las banderas por las que Fermoselle era conocida en el resto de la península. Así fue hasta que la plaga de la filoxera llegó a Fermoselle en 1885 y a punto estuvo de hacer de la vid una planta extinta. Y aunque no acabó con todos los viñedos sí asestó un golpe tan duro que poco a poco Fermoselle fue más conocida por el río de emigrantes que de ella partían que por cualquier otra cosa. Por suerte, con aquella industria recompuesta, hoy prima más su calidad, abalada por la Denominación de Origen Arribes, que la cantidad de antaño.

Otras paradas memorables de este denso kilómetro ilustrado asombran recordando que bajo el perfil que se ve se extiende una red de bodegas que llegó a contar con hasta 420, muchas de ellas picadas directamente sobre el granito, condición esta que, a la postre, otorgó al caldo buena parte de sus cualidades intrínsecas. O recordando que las cuatro piedras que quedan rematando la muralla son los restos de una fortaleza fundamental en la Guerra de las Comunidades y que desde ella el obispo Acuña se hizo fuerte con 300 presbíteros durante varios meses, reteniendo preso al alcalde Ronquillo, más tarde su juez y ejecutor. Tras la caída de los otros comuneros y la muerte de Acuña, el castillo y las murallas sufrirían como inevitable revancha su práctica destrucción. El final de la lección llega en un solitario mirador hacia el Duero para hablar de barcas y pasos fluviales.

La continuación de este garbeo –que sabe a corto si se tienen ganas de andar un poco- se busca en el desvío señalizado hacia el paraje de La Puente para enlazar ahí con el Sendero de Socastillo, otra apetecible propuesta que caracolea entre bancales de olivo y vid mientras da vueltas al espigón por el que asoman los restos de la fortaleza. Dos kilómetros después conecta con la pista que, hacia la derecha, se dirige a la ermita de Santa Cruz, con dibujos visigodos incrustados en una de sus paredes. Desde la ermita, el sendero continúa señalizado hasta el mirador de Las Escaleras, 1.500 metros más allá. Tanto como las vistas impresionan las tres paredes que quedan de la caseta desde la que se vigilaba el contrabando con Portugal. Y llama la atención la diminuta mirilla abierta en mitad de la pared orientada hacia Portugal de tal suerte que por ella se aprecia a la perfección una de las bajadas por esa orilla hacia el Duero fronterizo.

Incompleta quedaría esta vuelta a la redonda sin dejar tiempo para callejear por Fermoselle, pasar bajo el Arco, llegarse hasta su plaza Mayor, su iglesia de la Asunción, subir hasta mirador de Torojón, bajar por la calle de La Nogal y, si se tercia, asomarse al frescor hondo de alguna de sus bodegas. Por supuesto, la visita a la Casa del Parque, en el convento de San Francisco, ha de ser irrenunciable. info@javierprietogallego.com

EN MARCHA. Fermoselle está en el extremo suroccidental de la provincia de Zamora formando parte de las arribes del Duero, muy cerca del lugar en el que Tormes y Duero suman sus aguas. Se accede desde Zamora por la CL-527 en 64 kilómetros.

EL PASEO. En torno a Fermoselle puede hacerse un circuito señalizado enlazando tres paseos diferentes. El Sendero de interpretación de la Casa del Parque es de unos 1.200 metros, ida. Mil quinientos metros más tiene el Sendero de Socastillo, que enlaza este con el del mirador de Las Escaleras. Y 2.100 más hay entre la conexión del Sendero de Socastillo con el mirador. Desde el mirador hasta Fermoselle quedan 3 km más. Todo el recorrido puede hacerse en unas tres horas. No tiene dificultad y todos los cruces están señalizados con balizas verdes y blancas.

INFORMACIÓN. Casa del Parque, Convento de San Francisco de Fermoselle, tel. 980 61 33 84.

DORMIR. Tel. de información institucional: 902 20 30 30. Central de Turismo Rural: www.castillayleonesvida.com.

Cuerpo a tierra

Un sendero recorre las trincheras de la Guerra Civil en los pinares de Valsaín

© Texto y fotografías: JAVIER PRIETO GALLEGO

Refrescar la memoria histórica no sólo es dar sepultura digna a quien anda tirado en las cunetas. También es darse un garbeo por entre las zanjas que sirvieron de parapeto en la guerra fratricida que sembró de cadáveres, por ejemplo, los hermosos pinares de Valsaín, a un tiro –valga la licencia- del aristocrático Palacio de La Granja. En el paseo autoguiado que parte de las instalaciones del Centro Nacional de Educación Ambiental –CENEAM- no se oyen los tiros ni las explosiones, no salpica la sangre ni se pasa hambre o frío, no se pasa sed ni huele a pólvora, no se pasa miedo ni la temperatura se desploma a quince grados bajo cero. En el paseo autoguiado que lleva por título Paisajes de Guerra los pinares huelen a pino, y el picapinos golpea los troncos sin saber que su juego es la réplica perfecta de una ametralladora asesina, la chicharra canta al verano, las mariposas mariposean y el aire silva mientras se rasca con las ramas verdes de la pinochera. Y sin embargo, qué gran lección para el futuro. Porque no hay nada que ponga tanto los pelos de punta como el espectacular contraste de un paisaje en paz, pleno de alicientes para el disfrute de la naturaleza pero recorrido por las costuras de una guerra, las trincheras en las que quedaron mezclados para siempre el sudor, la sangre y el barro de hombres que un día se vieron obligados a matarse entre sí por orden de la autoridad vigente.

Este recorrido es uno más de los varios que pueden realizarse en el entorno de los pinares de Valsaín con documentación facilitada por el CENEAM. Un entorno natural en el que, sin duda, han pasado muchas cosas desde que fuera escogido por el rey Enrique III como uno de sus rincones favoritos de caza. A un paso de las trincheras discurre el espectacular Camino de las Pesquerías Reales, siguiendo las orillas enlosadas de un Eresma que resultó irresistible para las apetencias piscícolas de Carlos III. Otro camino recorre el pueblo de madereros que convirtió estos bosques en fuente de riqueza, mientras enlaza el derruido palacio de Felipe II con el de La Granja.

Así, a golpe de bota y calcetín se hace más que evidente la importancia que, por unas u otras causas, tuvo desde siempre esta barrera montañosa, convertida en paso estratégico en no pocas ocasiones. Una de ellas, durante la pasada Guerra Civil. Casi desde el primer momento de la contienda la Sierra de Guadarrama y sus puertos se convierten en objetivo prioritario para ambos bandos, empeñados en apropiarse de ellos para afianzar sus posiciones y permitir el despliegue de sus ejércitos. Es así como el llamado Bando Nacional teje en las faldas del Cerro del Puerco una de las muchas posiciones atrincheradas que extendió por toda la sierra, al mismo tiempo que el bando republicano hacía lo mismo en otras zonas más altas mientras intentaba su asalto a estas.

La ladera en la que se encuentran las instalaciones del CENEAM corresponde a la posición 35 de la 72 División del Ejército Nacional. Y de no ser por la labor de recuperación llevada a cabo con la colaboración de distintos programas de voluntarios y campos de trabajo, apenas nada llamaría en ella la atención de un visitante no avisado: algún resto de hormigón, que podría pensarse relacionado con la industria forestal, y los retazos de un fortín con el escudo de La Falange grabado en el cemento. Lo demás pasaría por caprichosos relieves del suelo tal vez provocados por el uso de maquinaria en la explotación del bosque.

Pero gracias a la recuperación llevada a cabo es posible descubrir por dónde estuvieron trazadas las trincheras y cómo el tiempo y la erosión acabaron disimulando estas cicatrices del bosque. El paseo, para el que es imprescindible contar con el folleto que facilitan en el centro o haberlo descargado de su Web, va poniendo al corriente de cómo el paisaje durante la guerra era muy distinto al actual; lleva de la mano hasta una de las trincheras que se ha vuelto a excavar para dar la medida exacta del horror y hasta permite al paseante discurrir durante unos metros por su interior; alerta sobre la importancia del agua para el soldado y guía hasta los restos de uno de los barracones de la tropa. El recorrido es corto, a penas 1.300 metros, pero suficiente para poner el alma en un puño. Suficiente para condensar en una lección de historia la brutalidad de la guerra. info@javierprietogallego.com

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EN MARCHA. El CENEAM se encuentra a la salida de Valsaín en dirección al puerto de Navacerrada. Puede llegarse desde Segovia en 16 km por la CL-601.

PAISAJES DE GUERRA. Sendero autoguiado de 1,3 km de recorrido que puede realizarse, según las paradas, en una hora. Recomendado para hacer con niños. El paseo no tiene paneles de información, por lo que resulta imprescindible contar con el folleto que facilitan en el CENEAM. Este folleto se puede descargar en su página Web: www.mma.es/portal/secciones/formacion_educacion/ceneam01. Con él en la mano es fácil de seguir gracias al reguero de flechas, balizas y postes que señalan las paradas de la interpretación.

INFORMACIÓN. Centro Nacional de Educación Ambiental, tel. 921 47 17 11.

DORMIR. Tel. de información turística institucional: 902 20 30 30.

El Norte de Castilla

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