Viaje de melancolías a uno de los primeros monasterios del Císter en España
© Texto y fotografías: Javier Prieto Gallego
No hay unanimidad, pero para muchos estudiosos las ruinas portentosas del monasterio de Santa María de Moreruela podrían ser las del primer monasterio que en España abrazara la reforma del Císter, un movimiento surgido en Francia en el siglo XI para contrarrestar los excesos de todo tipo hacia los que había ido derivando una cada vez más desmadrada orden de Cluny. Los pilares de la nueva regla hacían hincapié en un mayor ascetismo, rigor litúrgico y entrega al trabajo como medios para santificar el paso por la Tierra.
Y corría el siglo XII en España cuando la comunidad de monjes que acababa de levantar su monasterio junto a las orillas del Esla, en un extenso pago de la aldea desierta de Moreruela de Frades, decidió, entre 1158 y 1162, afiliarse al monasterio francés de Claraval, principal impulsor de la nueva regla. Se inicia entonces la segunda etapa –o tercera, según se mire- de la historia de una comunidad monástica que permaneció viva durante más de 800 años, hasta que el hachazo de las desamortizaciones del siglo XIX desbarató un pujante complejo monacal con extensas propiedades y una fructífera explotación agrícola. Como la carcoma que hace polvo la madera más dura, el tiempo y el ansia por la buena piedra de cantería comenzaron entonces a mermar aquel mastodonte que había ido creciendo en extensión, dependencias y claustros tanto como en influencia, poder y dinero. Y poco a poco, igual que la carne va desapareciendo de los huesos de un cadáver dejando su esqueleto al aire, las piedras del monasterio fueron abandonando el lugar preciso en el que habían sido colocadas para formar parte de nuevos palacetes y casonas. O para levantar nuevas iglesias, como la que se alza hoy en la cercana localidad de Granja de Moreruela.
Los antecedentes más remotos de este impresionante monasterio hay que buscarlos en la labor fundacional desarrollado por los monjes Atilano y Froilán que, como si estuvieran poseídos por un mono insaciable y sobrenatural que les llevará a estar siempre metidos en obras y berenjenales, se metieron a levantar un monasterio mozárabe, a finales del siglo IX, junto a la orilla derecha del Esla después de haber levantado ya otro con anterioridad en Tábara. Conventillo -el nuevo- que, según se cree, no dudó en echar por tierra el mismísimo Almanzor en una de sus correrías. Cuenta una leyenda que Froilán y Atilano, gracias a la aparición de un arcángel, supieron del ataque por anticipado y consiguieron salir por pies llevándose con ellos la imagen de la Virgen para que no fuera profanada. El Señor les pidió además por boca del querubín que predicarán por ahí hasta toparse con un león al lado de un árbol grande y una piedra con sitio para esconder la imagen, y que en ese punto comenzaran la obra de un nuevo monasterio.
Y andaban los hombres cumpliendo la manda cuando localizaron al león, al árbol y el agujero en la orilla izquierda del Esla en el lugar llamado Moreruela de Frades. Ahí se pusieron de nuevo manos a la obra. Y fueron las ruinas del convento levantado en este lugar por ellos el que aprovecharon unos 100 años después los monjes benedictinos para la fundación del convento de Santiago de Moreirola, cuya advocación cambiaron al poco por la de Santa María cuando se adscribieron al Císter.
Toda aquella aventura fundadora, salpicada de mil y una vicisitudes, como puede verse e intuirse, lucen hoy como el ejemplo perfecto de ruinas románticas. Es decir, con tal poder de evocación en el paisaje -por lo que fue y ya nunca volverá a ser- que resulta imposible no dejarse envolver por el torbellino de sensaciones que despiertan. Basta contemplar la planta y el alzado de la iglesia para que la imaginación recomponga al instante las dimensiones catedralicias de uno de los monasterios más importantes de nuestra Edad Media. Y basta mirar la maqueta del monasterio que se exhibe en el Centro de Interpretación del Císter, ubicado en Granja de Moreruela, para comprender al momento la envergadura que fue adquiriendo, con el paso de los siglos y el éxito de sus negocios, todo el conjunto.
También queda suficientemente claro a lo largo de la visita guiada que pone al punto de cada uno de sus rincones. De todos ellos, el templo –lo queda de él- es, desde luego, lo más sobresaliente. Especialmente su cabecera, la parte más enteriza y, a la vez, la más bella, tanto por dentro como por fuera. A su girola se asoman siete capillas tangenciales, ocupadas en su momento por tumbas de nobles castellanos y portugueses benefactores de la orden, en las que se celebraba misa a diario en su atención y se veneraba la colección de reliquias que todo monasterio atesoraba como oro en paño: a mejores y mayores reliquias, mayor garantía de ingresos de peregrinos y creyentes en general. En este se llevaba la palma la mitad del cuerpo del laborioso san Froilán, que en paz descanse.
El paseo monacal lleva a recorrer también el reguero de estancias implícitas en un complejo de estas dimensiones: es decir, a la sala capitular, reconstruida a partir de sus tres tramos supervivientes; el acceso a las celdas de los monjes; el locutorio; una posible celda de castigo; el claustro reglar o la sala de monjes. Junto a la entrada, quedan los restos del llamado claustro de la hospedería, que aquí cobra una destacada relevancia. El monasterio de Santa María de Moreruela se encuentra situado en una encrucijada clave de la Vía de la Plata. De hecho, aquí mismo se desgaja de la Vía el Camino de Santiago Mozárabe o Sanabrés, que atraviesa el Esla por el puente de Quintos, mientras que el otro ramal continúa hacia Benavente y Astorga. Lo que da idea del volumen de peregrinos que a lo largo de los siglos debieron de tener en él parada y fonda.
Quien quiera deleitarse con un paseo de encinares y campos de labor, en su momento también bajo la administración monacal, puede tomar, precisamente, el ramal que lleva hacia Santiago de Compostela por Orense, al menos hasta alcanzar el puente de Quintos. La señalización no tiene pérdida, arranca tras la iglesia de Granja de Moreruela y lleva hasta él en siete kilómetros. Antes de cruzar el puente sale por la derecha un camino que acerca hasta la ermita de la Virgen de Montes Negros, un sencillo edificio sin gracia al que sólo se puede acceder el día de la romería, el próximo 25 de abril, en el que los vecinos de Granja traen hasta aquí, más o menos por el mismo camino, a la Virgen de los Montes y al Niño de la Bola. info@javierprietogallego.com
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EN MARCHA. El monasterio se encuentra junto al pueblo de Granja de Moreruela, a 25 kilómetros de Benavente. El acceso se realiza por un desvío de la N-630.
CENTRO DE INTERPRETACIÓN DEL CÍSTER. Antes de acercarse hasta las ruinas del monasterio resulta del todo recomendable pasar por la exposición permanente sobre la orden del Císter que se exhibe en este centro de interpretación. En él, además puede verse una maqueta completa del monasterio. Se localiza junto a la carretera y el cementerio, a la entrada de Granja de Moreruela. Tel. 660 518 418.
VISITAS. En principio, el monasterio puede visitarse de martes a domingo, de 10 a 14 y de 15,30 a 18,30. Si bien conviene contactar antes con el ayuntamiento de Granja de Moreruela: Tel. 980 52 17 00. Web: www.granjademoreruela.net.




Mirador del Contrabando, cerca de Hinojosa.
Museo etnográfico ubicado en el interior de la Peña Manguis



















































