Un concejal ruega que se ponga en marcha el servicio de grúa «con todo rigor». Su nombre, en el interior
La crónica del pleno del Ayuntamiento no era más que la transcripción literal del acta y alguna brevísima nota añadida
Como no sabemos quien la hacía –hace treinta años no se llevaba lo de firmar las informaciones– podemos decir tranquilamente que el redactor que cubría la información municipal no se lo curraba mucho. Los plenos de los ayuntamientos nunca fueron actos divertidos, pero había quien se trabajaba un poquito el tema para hacerlo ligeramente digerible. Este no era el caso.
En marzo de 1980 la reseña de la «sesión de la comisión permanente del Ayuntamiento», como copiaba el antetítulo de la nota era, más que una réplica, era una fotocopia del acta. Hasta el punto que no queda claro si su autor era un periodista o directamente el secretario municipal.
Casi tres soporíferas e insoportables columnas de arriba abajo, sin más espacio para respirar que los epígrafes igualmente copiados del documento oficial, es decir, con el nombre de la concejalía a que correspondía cada punto, y en ese monótono e ilegible lenguaje administrativo con el que los burócratas nos tratan de despistar. Vamos, una joya del periodismo contemporáneo.
El que fuera capaz de leerlo todo se enteraba de la licencia para una charcutería en el Parque Arturo León, una oficina bancaria en Teresa Gil y dos «encerraderos de vehículos, sin lavado ni engrase» en las calles Cigüeña y Toreros.
Para mayor menosprecio de la ortodoxia periodística las tres líneas del titular, sin duda lo más noticioso de la página, por no decir lo único, eran exactamente las tres últimas líneas de la eterna información.
Pero vayamos al contenido. Efectivamente, mientras el concejal Del Río-Hortega se interesaba por los proyectos de construir aparcamientos subterráneos en la Plaza Mayor, Plaza de España, Paseo Central del Campo Grande y edificio de Galerías Preciados, había otro edil que, literalmente hizo un «ruego para que se ponga en funcionamiento, con todo rigor, el servicio de grúa municipal».
Ese señor, lamento verme en la obligación de reproducir aquí su nombre, una vez conocidas las dramáticas consecuencias de su decisión, se llamaba Rodríguez Massa y, a juzgar por sus inclinaciones, no era familia ni de Roldán ni de Felipe.
Al Cid Campeador le gustaban las jotas
Un informe duda de su origen
Si el lector de EL NORTE no quedó suficientemente desasosegado con la información municipal y siguió adelante, en la página 17 se encontró con una nota no por breve menos inquietante. ‘El Cid era aragonés y no castellano’, decía apoyando sus argumentos en el estudio de un historiador tan poco creíble que se apellidaba Ubieto Arteta y que, además, recomendaba a «Valencia reivindicar para sí tan singular conquistador». Sí –pensarían los buenos y ofendidos castellanos de entonces– y Agustina de Aragón, de Villavicencio.

