Hay que tener mucha memoria para recordar una época tan catastrófica como la que vivimos en la reciente historia de España. Se suman todos los condicionantes y quizá ya solo falte una desgracia natural, un gran terremoto o algo así, para terminar de perfilar un panorama definitivamente dantesco. La sensación de hundimiento es tal que se puede apreciar en muchas personas una actitud de resignación ante la enorme impotencia, como de cerrar los ojos en espera de que llegue el turno propio, de que el maremoto, contra el que nada se puede oponer, le alcance a uno.
El desmantelamiento de lo público en el que se ha empeñado el Gobierno con un ciego ímpetu araña cada día a los ciudadanos un espacio que hasta ahora era suyo, ganado con paciencia, con lucha, con años de trabajo y perdido en cuestión de horas a manos de esa horda de neoliberales que enarbola la bandera de la crisis y que arrasa los principios de la democracia en su furiosa desbandada.
Hoy nos queda menos que ayer pero más que mañana. Ese ejército que se dicen servidores públicos pero que solo atiende a sus causas particulares nos está robando en nuestras narices aprovechándose del estado catatónico en el que nos han dejado después de tantos presagios apocalípticos. O me das todo lo que llevas encima o lo que venga va a ser todavía peor, nos dicen. Y nosotros, acobardados, celosos de nuestro exiguo patrimonio, cedemos y callamos temerosos de perder lo que ya no nos queda.
Cuando, durante estos últimos años, los españoles situaban a la clase política como el primer problema del país tras la situación económica, sabían lo que hacían. El casi pornográfico espectáculo que nuestros presuntos representantes dan a diario, mentira tras mentira, humillación tras humillación, no parece tocar fondo en el lodazal en el que habitan completamente ajenos a la miseria a la que empujan al pueblo ya nada soberano.
Ellos nunca harán nada por salir de la crisis que padecemos porque solo piensan en superar la suya propia. Si no hacemos algo para evitarlo solo comprenderemos que el hundimiento ha tocado a su fin cuando ya nada tenga remedio.

