Puto córner

Los niños son esponjas que absorben todo lo que ocurre a su alrededor, al fin y al cabo los individuos de cualquier especie animal aprenden prácticamente todo en las primeras etapas de su existencia porque de ello depende su propia supervivencia como individuos y como especie. Pasado ese tiempo podemos enriquecer, afinar o matizar nuestros conocimientos pero a un ritmo menor. La experiencia es un grado, dicen, pero no es siempre cierto. Sería interminable el listado, por ejemplo, de entrenadores cuyos mejores años fueron los primeros. Una razón puede ser que suma más la ilusión de quien pretende abrirse camino de lo que resta inexperiencia; otra, si ya es difícil aprender a ciertas edades, resulta titánico el esfuerzo necesario para modificar las respuestas que damos ante situaciones similares que la vida nos va deparando. La sabiduría popular es clara al respecto: cuando se tiene pelo abajo, se aprende poco y con mucho trabajo.
Aunque suene paradójico es difícil enfrentarse a un éxito venidero, la cercanía de ese objetivo merma nuestras facultades y dificulta su consecución porque aparece un murmullo interior que nos recuerda que podemos fallar. Ese gnomo chillón que habita en lo más recóndito de nuestro cerebro se llama miedo y se alimenta de dudas. La paradoja solo está en el nombre: miedo a ganar. Parece que lo sensato es tener miedo a perder, pánico ante el fracaso posible, incapacidad para asumir la frustración. En realidad son la misma cosa, lo que se denomina miedo a ganar es el mismo miedo a perder con un agravante, se ha dado por hecho que no hay posibilidad de que tal cosa ocurra. Es la situación a la que se enfrenta un futbolista cuando se dispone a lanzar un penalti, el gol ya se da por descontado pero aún no se ha producido, marcar es lo normal, errarlo una mancha imperecedera. Si ese penalti se produce en el último minuto y el destino final del encuentro depende de si anota o no, la mancha es obviamente mayor. Si además es en el último partido y de ese lanzamiento depende el resultado final del campeonato… Cualquiera que ha sido niño ha jugado a ser a la vez delantero y narrador imaginando esa posibilidad en la final de un Mundial, una Copa de Europa o en el último partido de una liga igualada. Los encargados de hacer realidad nuestros sueños infantiles, los futbolistas, también. En uno de los relatos del libro de Julio Llamazares ‘Tanta pasión para nada’ uno de ellos especulaba sobre esa posibilidad, no dejaba de ser una hipótesis divertida con la que se jugaba en los entrenamientos. Hasta que llega el momento y todo se encoge. El futbolista que hablaba de esos juegos se llama Miroslav y el relato ‘El penalti de Djukic’. Un lanzamiento que asumió porque otros, que habían tenido el mismo sueño, se escondieron y prefirieron seguir soñando. Casualmente hoy, aquel disparo errado ha llegado a la mayoría de edad. Dieciocho años en los que Djukic (creo que nadie en su lugar) ha aprendido a desembarazarse del miedo a ganar. Su equipo, el nuestro, ha perdido dos puntos valiosísimos porque ha ido reculando de forma paulatina para guardar la poca ventaja que habían adquirido. No ha sido por confianza, no. Hubo, en todo caso, falta de ella.
El Hércules no mostraba más que tesón y empuje, pero solo con eso era suficiente, de haber tenido más luces el roto hubiera sido mayor. Djukic lo veía desde el banquillo y, en vez de enfrentarse al miedo de sus jugadores, lo ha alimentado. Cada cambio suponía un paso atrás, cada decisión revocaba la voluntad ofensiva y acercaba al rival a la portería de Jaime.
El gol herculino llegó en el último minuto como podía haber sucedido veinte minutos antes ya que, para entonces, la única esperanza blanquivioleta consistía en que lo único que pasara fuese el tiempo. Y fue pasando, hasta que llegó ese córner maldito. Tanta pasión para nada.
Publicado en “El Norte de Castilla” el 14-05-2012

Usos del ser y del estar

Si hay una dificultad en el idioma castellano que desazona a quien pretende aprenderlo es administrar con corrección los verbos ser y estar. Los oriundos no tenemos ese problema porque el idioma materno se aprende de oído pero cuando algún foráneo nos pregunta cómo saber cuando va uno y cuando corresponde usar el otro no sabemos muy bien qué decir. De hecho no hay ninguna norma que lo aclare de forma definitiva aunque sí exista un principio general que asigna al verbo ser una relación con la esencia, por lo tanto otorga una cualidad permanente, y al estar con el estado, lo que conlleva una característica transitoria. Así, cuando alguien nos dice que Pedro es triste nos está alertando de que el tal Pedro no es la alegría de la huerta. Sin embargo, si lo que nos dice es que Pedro está triste, enseguida deducimos que algo ha ocurrido que le ha llevado a ese ostracismo anímico.

Esta norma, como decía, convive con multitud de excepciones, usos que en base a la costumbre hemos ido acomodando en el idioma en muchos casos sin más objeto que el autoengaño. Ningún alopécico se refiere a sí mismo diciendo que ES (irremisiblemente) calvo, dirá que está calvo como si el verbo tuviera la potestad de devolverle el pelo. A la palabra virgen se antepone el ser como si fuera imposible dejar de serlo.
Tras el partido de ayer, el Real Valladolid ESTÁ un poco menos en Primera División porque para conseguir el ascenso no depende exclusivamente de sí mismo y se ve abocado, lo reconozcan o no, a mirar de reojo a Balaídos. Sin embargo, tras manosear al Dépor, ES un poco más de Primera División porque lucieron un fútbol que achicó al líder de la categoría hasta convertirle en un títere a su merced. Lo paradójico de esta hiperactividad ofensiva blanquivioleta es que se sustentó en los jugadores encargados de guardar la viña y se encasquilló en los responsables de cortar las uvas. Cuando fuimos niños nos enseñaron que había varios tipos de triángulos y que estas particiones se hacían con base en dos criterios. Podían ser, si atendíamos a sus lados, equiláteros, isósceles y escalenos. Pero teniendo en cuenta sus ángulos podíamos dividirlos en rectángulos, acutángulos y obtusángulos. Cuando fuimos niños y jugábamos al fútbol también nos dividíamos, pero solo había un criterio: buenos y malos. Los adultos, cuya presunto conocimiento destruye el saber intuitivo, añadieron una segunda separación y, desde entonces, los futbolistas pueden ser defensivos u ofensivos. Craso error que puso ayer de nuevo en evidencia Álvaro Rubio. Al riojano se le ha etiquedo como jugador ideal para orientar el juego, pero que son preferibles otros más defensivos para consolidar la retaguardia del equipo. Pues bien, olviden esa dicotomía, no conviene caer en esa trampa dialéctica, Álvaro es bueno, muy bueno, y el Valladolid bajo su dirección toca mucho mejor. Y mejor aún si se rodea de un triángulo que interpreta el movimiento de la batuta y cuyos vértices se llamaban Rueda, Valiente y Óscar, desde dónde se lanzaban prolongaciones luminosas que no se terminaba de concretar.
Nunca sabremos si fue por decisión propia o por imposición visitante, pero el Dépor fue, o pareció, poca cosa en manos de este Pucela. Tan poca cosa que se limitó a imitar al cazador que se aposta detrás de una roca en medio de una llanura esperando el descuido de su víctima. Jaime salió de la hura y los coruñeses llevaron un conejo a su zurrón.
Seis partidos quedan para conocer el primer desenlace. Seis momentos con tanta zozobra que impedirán a la afición ser feliz, pero mientras el equipo juegue así, seguro que lo está.
Publicado en “El Norte de Castilla” el 07-05-2012

Absurdo debate

En todas las casas cuecen habas y ningún cocina se libra de discusiones sin fin que se hilan entre padres e hijos cuando se utiliza como argumento de fuerza la comparación con un tercero. Hoy es un Roberto puede salir los sábados hasta las tres y a mí no me dejáis volver después de la una ’que tiene como inexorable réplica a mí me importas tú, lo que hagan o dejen de hacer los demás me la trae al pairo.
Días después la rueda gira y esta vez el reproche viene generacionalmente de arriba, te has pasado toda la tarde por ahí sin hacer nada, mira tu primo Ángel como aprovecha el tiempo, luego, claro, el aprobará todas, no como tú ’y la respuesta, igualmente inexorable, no se hace esperar. No decías que los demás te la traían al pairo, pues deja de compararme con mi primo.
Esta tensión argumental no tiene salida porque el debate entre dos interlocutores con distintas aspiraciones no puede tener sostén. Mientras unos pretenden suplantar el sentido del deber que creen que falta a los otros, estos ansían vivir sin límites impuestos, ni interferencias. El debate entre posturas inmiscibles es racionalmente ridículo pero sumamente atrayente, de forma que, así nos descuidemos, estamos inmersos en uno de ellos. Lo peor es que, como es imposible el acuerdo, nunca terminan. Como contrapartida, para qué negarlo, disfrutamos chapoteando en semejante absurdo.

Del fútbol manan muchas de estas discusiones imperecederas, quizá la más destacada de todas es la que enfrenta el jugar bien y el ganar. Como si jugar bien fuese sinónimo de derrota y jugando mal se garantizase el triunfo. Además, como entre padres e hijos, cuando los argumentos se acaban, se enumeran ejemplos como fuente de autoridad. La del fútbol, además, es una historia que se escribe sobre la marcha y los últimos acontecimientos suelen cargar de razones (que no razón) sobre la marcha a los de uno u otro bando. ¿De qué le sirve al Barça jugar bien si al final es eliminado? Es mejor resistir y esperar, mira el Chelsea. Ayer, durante el descanso en Zorrilla, se recreó este ficticio debate entre los aficionados locales. Ocho ocasiones de las de sí o sí, un gol anulado, un remate al larguero, cuando de repente, mientras desenvolvíamos los bocadillos, el Cartagena marca un gol. Si la realidad supera a la ficción, el partido que presenciábamos no desmerecía al que habíamos visto por la tele.
En ese trance, cuando lo estás haciendo bien aunque estés lejos de tu objetivo, los cánones imponen paciencia y el sistema nervioso aceleración. Djukic, más nervioso que canónico, retiró el pincel de Alberto Bueno para dar entrada a la brocha de Manucho. Para saber si acertó habría que comparar lo que pasó con lo hubiera ocurrido si hubiera sido paciente, pero eso es imposible. Lo cierto es que la presencia del angoleño nubló las meninges de Kijera, quien atemorizado por su presencia, decidió agarrarlo antes de permitir un remate. Penalti, expulsión del defensor cartagenero y gol. Llovía menos en un campo que tronó como nunca aunque no había más que los de siempre. El Valladolid, erre que erre, pero que nones, el paso del tiempo daba la razón a Einstein, los minutos parecían segundos hasta que Jofre puso el alma en su pie izquierdo para derribar la Reina que defendía la puerta visitante. Pero quedaban vivos algunos peones albinegros, ahora los relativos segundos duraban como minutos. ¿Jugar bien o ganar? ¿Ser rico o feliz? Hay ejemplos para todo pero que no sirven para nada, al final, como escribió Eugenio D´Ors, lo que no es tradición es plagio. Aunque no todos los cuentos terminen igual.
Publicado en “El Norte de Castilla” el 29-04-2012

El milagro absurdo de Felipe Neri

 

 

Aunque nació en Florencia, San Felipe Neri adquirió el reconocimiento de apóstol de Roma, ciudad en la que inició el movimiento que posteriormente, tras una bula promulgada por Gregorio XIII, se convertiría en la Congregación del Oratorio cuya principal peculiaridad consiste en que sus miembros no están sujetos a voto alguno. Cada uno de ellos pretende, sin más y no es poco, acercarse a la idea originaria de su fundador. En su origen, los primeros seguidores del santo dedicaron sus esfuerzos a la formación de los más jóvenes con el firme objetivo de salvar sus almas.

De los jugadores del Villarreal B no sabremos si salvarán su alma pero se asemejan a los ‘oratorios’. Siguen a pies juntillas los ideales futbolísticos originarios de su club y que han sido el vértice de un éxito que ya dura una década. De cada uno de ellos podemos ensalzar un buen número de virtudes pero están tan pendientes de su brillo individual que no asumen el compromiso colectivo que supone el voto en los miembros de cualquier orden religiosa. O en eso o en la falta de mordiente de quien no ha tenido tiempo de retorcer el colmillo se puede atisbar una explicación a un partido incomprensible por su asimetría pues mientras en la primera mitad los pipiolos amarillos vivieron en su área y mostraron su liviandad defensiva, en la segunda mostraron su impericia para crear peligro en la rival. A nadie le hubiera sorprendido un cero-cuatro al descanso de la misma manera que nadie se habría mostrado perplejo si al final del partido el marcador hubiera señalado un empate. Los del filial fueron protagonistas de un milagro tan absurdo como el que nos descubre Enric González en ‘Historias de Roma’ y que atañe al propio Felipe Neri quien en marzo de 1583 resucitó a un joven de una de las familias más ricas de la ciudad, pero Paolo, que así se llamaba el exmuerto, prefirió el estado de postración y volvió a morirse.
Los vallisoletanos asistieron atónitos a ese milagro interruptus. Se sintieron tan cómodos en la primera parte que pareciera que jugaban contra sus hijos: jugaron tan blando que solo cometieron una falta, creaban peligro pero no terminaban de rematar las ocasiones como si, con ese punto paterno de condescendencia, quisieran dar vidilla a la cosa. Entre todos, otra vez, Álvaro Rubio parecía el padre con más recursos y solo le faltó arbitrar mientras jugaba. Pero los Paolos de amarillo volvieron a la vida. Los padres perdieron el resuello o los hijos el respeto; el sentido del juego viró y vivimos la segunda mitad más larga de la temporada porque los chavales metieron el miedo en el cuerpo a los pucelanos. Al final todo terminó como lo hace un mal sueño, un poco de taquicardia, algo de sudor y cara de haber sufrido un atropello pero con los órganos vitales en su sitio. No puede decir lo mismo el rival cuya resurrección fue tan estéril que solo duró cuarenta y cinco minutos para volver a habitar bajo el túmulo de la derrota.
Cuando el árbitro silbó, las caras pucelanas eran un muestrario de alivios, pero antes, una hora antes, hubo una preocupante, la de Javi Guerra que, tras anotar el gol, mostraba más pesadumbre que la alegría lógica de quien marca. Si Rubén Darío estuviera vivo le dedicaría sus versos más conocidos: «La princesa está triste ¿Qué tendrá la princesa? Los suspiros se escapan de su boca de fresa, que ha perdido la risa, que ha perdido el color». A ver si solo es un síncope porque más que orar queremos festejar, cosa difícil sin la alegría del gol.
Publicado en “El Norte de Castilla” el 29-04-2012

Como vacas sin cencerro

Salvo un puñado de entendidos, lo habitual es desconocer la mayor parte de la producción cinematográfica de países ajenos al propio. A lo sumo podríamos apuntar el nombre de un representante en el que encarnamos todas las características. Así, es fácil que alguno pretenda reconocimiento hablando del cine iraní cuando solo ha visto alguna película de Abbas Kiarostami o del cine colombiano y Sergio Cabrera. Pues bien, siguiendo el mismo patrón, fuera de nuestras fronteras asocian cine español y Pedro Almodóvar. El manchego, que genera en suelo patrio un debate sin matices, tiene una virtud indiscutible para admiradores y detractores: es capaz de transmitir el dolor que sufren los protagonistas y, mientras, hacer que los espectadores rían. Una de las escenas que mejor muestra esta paradoja la podemos encontrar en “La flor de mi secreto”, cuando con una sola frase Chus Lampreave realiza un diagnóstico preciso a su atribulada hija, una afamada escritora de novela rosa atada por contrato con una editorial pero que, por diversas circunstancias de índole personal, no puede cumplir. Esta le desgrana a su madre la situación, ella no comprende lo concreto, sus mundos nada tienen en común, pero atina plenamente en lo general: «Qué pena, hija mía, tan joven y ya estás como vaca sin cencerro…».

En el fondo se dibuja la brecha entre una generación que vivió con poco pero que fue capaz de crear una sociedad medianamente habitable y otra que rodeada de cosas materiales no ha sabido encontrar la felicidad y que, entre aflicciones, depresiones y libros de autoayuda, está siendo incapaz de mantener aquello que tanto costó.

Un poco así están los seguidores del Real Valladolid, los últimos partidos del equipo se han vuelto previsibles por la facilidad con la que los solventa, disfrutan de algunos jugadores (Óscar, el ayer ausente Álvaro, Bueno…) que son un lujo en esta categoría, la vida parece sonreírles, pero ¡ay!, siempre hay un ¡ay!, todavía están pendientes de los resultados de otros equipos. Esa zozobra se medio lleva porque en el fútbol lo más reciente condiciona el estado de ánimo y ahora creemos que este Pucela es imbatible. Pero aún tiene que salir de caza ya que para conseguir el objetivo tiene que abatir, al menos, a un elefante. De no lograrlo, las lágrimas oscurecerían la alegría cotidiana. Vamos, como si fuera una película de Almodóvar.

 

 

Publicado en “El Norte de Castilla” el 15-04-2012

LLUVIA DE GOLES

Por mucha globalización que nos hayamos echado a la espalda, y la crisis lo está poniendo más si cabe de manifiesto, seguimos necesitando que el ámbito social en el que vivimos nos proporcione satisfacción a nuestras necesidades básicas. En nuestra tierra, la ruina del campo es el principio de un mayor empobrecimiento general y esta vez hemos estado a punto. En el mundo rural la sociedad siente los días de forma circular, cada año distinto, todos los años igual, en realidad entienden la vida como un solenoide que gira a ritmo de una vuelta anual hasta que el hilo se acaba. Cada año se repiten las labores y las preocupaciones y si alguien ha sabido plasmar en papel ese universo ha sido Miguel Delibes. En “Las Ratas” cada página aprieta más el corazón por la falta de lluvia que amenaza con malbaratar la cosecha. Por fechas tales como estas pero de 1956 «El Pruden decía cada tarde en la taberna de Malvino: “Si no llueve para San Quinciano a morir por Dios”». Sin embargo, nuestra sociedad urbana ha olvidado de dónde viene, de dónde sigue viniendo, el pan que se lleva a la boca y lanza sus quejidos al cielo porque el agua que de allá cae no permite lucir los pasos a las cofradías. Nunca hubo mejor argumento que la necesidad de tantos para alegrarse de una pequeña desdicha si aparece una solución aunque sea parcialmente intempestiva. La lluvia podría haber llegado antes pero, y es lo que importa, al fin llegó y fue antes de San Quinciano.
El campo vuelve a tener el color que corresponde a estas alturas, queda por ver si la cosecha remata pero los vientos apuntan en buena dirección tras un tiempo de zozobra. La temporada futbolística sigue un patrón similar. Este año ya tuvimos miedo de perderlo todo y aún perdura la incertidumbre sobre la cosecha pero llueve sobre el terreno blanquivioleta. El equipo es una tormenta que llena de goles como gotas de agua sus estadísticas y nos hacen soñar con paneras llenas de grano tras la siega. Es posible que, con la misma visión ensimismada con la que algunos se quejan por no poder salir en procesión sin haber valorado el bien mayor que proporciona la lluvia, haya quien cuestione la labor de Javi Guerra usando como análisis el número de goles que ha marcado frente al registro que consiguió el año anterior sin anotar en su haber todo lo que suma. Ayer anotó un tanto intrascendente (y en fuera de juego) por ser el cuarto pero de su cabeza nacieron los que hicieron declinar el partido hacia el lado pucelano. De su cabeza como instrumento de golpeo porque fue la parte del cuerpo que uso en ambas ocasiones y de su cabeza como sinécdoque para referirse a su cerebro del que nacieron ambos goles. Para el primero se valió de la perspicacia -hizo que el balón golpease en el brazo extendido del defensor y consiguió un penalti-, para el segundo de conocimiento –al huir de su espacio natural arrastró a los defensas que dejaron libre todo ese terreno y colocó el balón para que Óscar llegase solo y presto para consumar-.

 

Todo pareció tan fácil como caer agua, tan natural como si fuera siempre así, pero era la primera vez que el Valladolid ganaba en ese territorio vecino a San Fernando, la isla sin serlo que dio nombre a Camarón y que hiciera célebre a una canción titulada “Como el agua” en la que relata una pasión, “Yo te eche mi brazo al hombro y un brillo de luz de luna iluminaba tus ojos. De ti deseo yo todo el calor, para ti mi cuerpo si lo quieres tú, fuego en la sangre nos corre a los dos”. Un fuego que puede convertirse en brasa para el mes de junio pero no podemos dejarnos llevar ahora por la euforia porque el mismo maestro puso música a unos versos de Federico García Lorca en los que nos avisaba de la capacidad que tienen para traicionar el presente y el futuro: “El Tiempo va sobre el sueño hundido hasta los cabellos. Ayer y mañana comen oscuras flores de duelo”. Celebremos pues el hoy, llueve y cuatro goles.
Publicado en “El Norte de Castilla” el 8-04-2012

DOMINGO DE PALMAS Y RAMOS

Montado en su pollino económico, el Valladolid entró en Jerusalén jaleado por una muchedumbre entusiasmada. Los que iban delante y los que venían detrás daban voces diciendo: ¡que sí, joder, que vamos a ascender! Vestido con su reconocible túnica blanquivioleta espoleaba al borriquillo que se iba abriendo paso entre Las Palmas que habían caído al suelo cuando ya nadie lo esperaba. Era víspera de domingo, pero como la fiesta se prolongó más allá de la medianoche, en el futuro se rememoraría esta fecha como Domingo de Ramos. La celebración puede parecer exagerada para los profanos, pero está plenamente justificada si analizamos la doble sucesión de hechos, los que se produjeron en el campo de los olivos y los que se fueron conociendo en días anteriores. Cuando tanta desdicha se acumula, un buen desenlace, aunque no sea más que parcial, desencadena la algarabía.
En el campo, a la intemperie, sin más refugio que el balón, ni más coartada que el juego, los apóstoles blanquivioletas mostraron su compromiso con la causa que defienden. No les fue sencilla la tarea, pero no dejaron de intentarlo hasta el último momento. Cuando se consigue un triunfo tan agónico, muchas veces se apela a la suerte pero no es así, en los momentos de mayor vértigo suele obtener réditos el que mejor templa y el que más cree. Más  aún, si tenemos en cuenta que esa postrer intentona se produjo después de la puñalada que había supuesto el empate, recibido en una jugada mal defendida que había absorbido todo el buen trabajo previo y que había tenido la recompensa de un gol, el de Nauzet, que ha entrado en el selecto grupo de los mejores goles que hemos visto en los treinta años de historia de este Zorrilla. El gol que puso en pie al estadio nos ilustra sobre su autor, un jugador ciclotímico que, según el día, incluso el rato, puede pasar de no desentonar en el Brasil del 70 a no valer para jugar en Preferente. Hoy, frente a sus paisanos, salió el gemelo bueno y vaya si se agradece. Casi tanto como ver a Álvaro Rubio dirigiendo las operaciones. Cuando fue sustituido por Nafti, el Valladolid pasó de buscar los caminos en un mapa a ir muy deprisa a no se sabe dónde, de ser trazado por un compás a ser vertido por un embudo.
La fiesta se alargó, decíamos, y había motivos de sobra. Se bebe para olvidar y el partido fue un buen trago, pero el efecto pasa y la realidad continúa. Después del Domingo de Ramos los poderes mundanos se asociaron para saldar cuentas. Hace dos mil años se pasaron por la cruz cuentas metafóricas a quien ponía en entredicho el orden establecido, eliminaron (o creían haberlo hecho según la fe cristiana) un posible foco de disidencia temido tanto por el poder global romano como por el local de los sumos sacerdotes, hoy  las cuentas son simples y llanos números que pueden llevar a un Viernes Santo al Pucela, que debe todo, incluso una explicación. El club ancla en el ascenso a los cielos de la Primera su única esperanza. Pero para que llegue ese día han de pasar cuarenta desde una hipotética resurrección contable que parece imposible en una sociedad que yace bajo una lápida que tiene epigrafiada la palabra deuda.
Ayer los seguidores se desgañitaban por las calles, daban voces diciendo: ¡que sí, joder, que vamos a ascender!  Un objetivo que conseguirá si al final de la temporada los jugadores y el equipo técnico logran que se igualen el número de puntos y los millones que se deben, que para entonces serán más de 73. El cielo puede esperar, pero hay que atravesar el desierto.

Publicado en “El Norte de Castilla” el 1-04-2012

Diez minutos de susto

La memoria obliga a que cualquier narración tenga una línea argumental creíble porque nuestro cerebro hilvana los sucesos para después buscar una interpretación. Quien pretenda engañar tendrá, por tanto, la necesidad de reescribir una historia hilvanando al relato hecho inexistentes y borrando cosas que sí ocurrieron.
Pero la memoria es también un trastero en el que se almacenan viejas emociones que bajan la escalera cuando las situaciones se repiten, es ese fuego que por no sentirse se denomina pasado pero siempre vuelve como el agua a su cauce: «Creí mi hogar apagado y revolví la ceniza…Me quemé la mano» escribía Antonio Machado en sus ‘Proverbios y Cantares’. Por el descanso, los aficionados del Pucela comían el preceptivo bocadillo de panceta con la tranquilidad de saber que su equipo no les iba a fallar. Tres goles en fútbol es un distancia oceánica pero bastó que Julio Álvarez marcase un gol al poco del reinicio para que la memoria programase aquella película grabada un día de diciembre de 2008 en que el Valladolid perdiera un partido que dominaba en ese mismo marcador de Los Pajaritos por tres a uno a falta de menos de cinco minutos para el final.
Diez minutos duró el ‘déjà vu’ y volvimos a no tener encuentro, entendido en el sentido de contienda entre dos, como fue ocurriendo a lo largo de toda la tarde ya que el Numancia, y no es habitual, resultó ser un hueso de goma empezando por su portero que hoy sería feliz si la memoria no existiese porque su actuación fue para olvidar. Diez minutos duró el ‘déjà vu’, los mismos que había durado el Numancia, el tiempo que necesitó el Valladolid para asestar tres garrotazos. Cosas del fútbol, la semana pasada el Valladolid no dejó de golpear sin derribar la puerta y esta lo ha conseguido a la primera, la segunda y la tercera sin necesidad de mostrar brillantez pero manteniendo una tendencia al alza que empezó tras el descanso de Elche.
Antes del partido leí que había fallecido Antonio Tabucchi y recordé que tras el partido frente al Córdoba en la primera vuelta escribí que me ilusionaba este equipo porque había elegido el camino del buen gusto pese a la dura réplica que había ofrecido el equipo de la ciudad de los califas. Como homenaje al más portugués de los escritores italianos titulé aquel día ‘Sostiene Djukic’, recordando aquel ‘Sostiene Pereira’, la más célebre de sus novelas.
Posteriormente el Valladolid abandonó el juego, o viceversa, para volver a encontrar ahora el golpe de pedal. Así no hay quien sepa a qué atenerse. Escribir cada semana y no estar loco es cada vez más complicado. Pienso que cada vez me parezco más a los habitantes de ese pueblo de la Patagonia, el último de Argentina, por el que paseamos de la mano de Eduardo Agresti viendo su película ‘El viento se llevó lo qué’. En aquella aldea tenían al cine como único entretenimiento pero estaban tan lejos de las ciudades principales que las cintas llegaban magulladas, cortadas y vueltas a pegar, alterando el orden de los fotogramas. Lo que veían los lugareños eran películas surrealistas, diferentes de lo que los directores habían dispuesto, pero esta forma de ver las películas servía para educarles y terminaban todos siguiendo el mismo e ilógico patrón aprendido en las salas.
La temporada del Valladolid es un poco así, parece montada por un mono loco, las escenas dramáticas se solapan con los momentos hilarantes; pasamos de un instante romántico a uno político y de ahí a uno erótico montados al tuntún. Quedan doce partidos y con estos altibajos nadie sabe qué se esconde en los últimos trozos de cinta pero al menos, por ahora, empezamos a reír. Sin olvidar.
Publicado en “El Norte de Castilla” el 26-03-2012

Fútbol sin cirugía

Lo que se encierra entre las cuatro paredes del psiquiátrico no es una locura sino unas palabras. Aislada del mundo, Catherine Holly no tendrá acceso a los salones en los que la alta sociedad de Nueva Orleans toma el té. Así, una de esas acaudaladas  fanfarronas, su tía Violet Venable, evita que se eleven a comidilla las circunstancias en las que murió su hijo Sebastian. Estamos en 1937, en Estados Unidos se está generalizando una práctica atroz para tratar a las personas que sufren ese misterio insondable al que llamamos locura: la lobotomía.
Violet, temerosa aún, decide dar un paso cruel: financiará la reconstrucción de un decrépito hospital con la sola condición de que operen a su sobrina para que con el tajo del bisturí el secreto vuele, ahora sí, definitivamente. Su dinero, la historia de la humanidad, compra voluntades y escribe diagnósticos. Mas siempre hay personas que no se dejan deslumbrar por el color del dólar, héroes anónimos enterrados sin fanfarria en la vida real que, sin embargo, consiguen sus propósitos cuando de cine hablamos. Este enfrentamiento entre Elizabeth Taylor y Katharine Hepburn se produce en ‘De repente, el último verano’ una película de Joseph L. Mankiewicz cuyo fin es una pirueta en la que se delata el secreto, se libera a la oprimida y se humilla a la millonaria. El responsable de este giro es Montgomery Clift encarnando al doctor Cukrowicz. Este médico, aunque experto en la mentada operación cerebral, comprende todo lo que está ocurriendo, sabe que el quirófano está de más y utiliza una práctica incruenta que también empezaba a estar en boga: el psicoanálisis.

Por suerte la historia enterró a la lobotomía con las arenas de las psicoterapias y los neurolépticos pero el ser humano se sigue dejando seducir con facilidad por las soluciones más drásticas, las menos elaboradas, en un comportamiento que resumió José María Aznar con una frase: teníamos un problema y lo hemos solucionado. Los análisis complejos tardan más tiempo en hacerse carne y solo lo consiguen cuando la evidencia lo pone de manifiesto. El fútbol no abandonó, y nunca lo hará definitivamente, el patapúm parriba hasta que diversos equipos lograron éxitos por medio de la comunicación con el balón. En España la Quinta del Buitre fue la pionera de una escuela que desarrolló Cruyff y que tiene sus máximos exponentes en los actuales Barça y Selección. Ayer, el Valladolid fue un digno representante de esa idea. Su partido ante el Almeria fue un lujo para el paladar y un alivio para estómago poco ahíto  de buen fútbol. ¿Qué no ganó? Bien ¿y qué? Este es el camino. Hasta Zorrilla sonaba de otra manera. No es una cuestión meramente estética, al revés, lo tres puntos no se quedaron en Valladolid por una serie de jugarretas del destino. El portero rival realizó uno de sus partidos más completos de su larguísima carrera, el poste en una ocasión y esa chispita que separa el gol del casi en otras muchas lo evitaron pero de diez partidos jugados así el Valladolid gana nueve. Si cabe un pero habrá que decir que el equipo, a ratos, precisa más ritmo y menos prisa. El Almería con un juego mucho más lobotomizador obtuvo tajada pero dejó una sensación de equipo menor que a mí me preocuparía. Un equipo menor, eso sí, con buenos intérpretes, vaya como ejemplo la tarjeta que recibió Soriano. El público le llamó tonto por ello porque, aparentemente, no venía a cuento, pero cortó de raíz el juego del Pucela al que después le costó arrancar. Esa acción por sí sola puede valer de poco pero fue como una mina en un campo de ellas. Ninguna es imprescindible pero todas son necesarias.
Este empate no debe ser una rémora, el juego encontrado junto con la derrota del Celta son dos motivos para alentar el optimismo. En lo que hagan los gallegos poco podemos incidir pero en el estilo hay que insistir y en esto es clave la vuelta de Álvaro Rubio a la titularidad. Nafti es un jugador honrado que defiende un fútbol que se hizo grande gracias a un teorema defendido de muchos entrenadores y que lo sustentan con una palabra: equilibrio. Álvaro al futbol le aporta fútbol. Y de eso se trata. A lo mejor así, de repente, el próximo verano…
Publicado en “El Norte de Castilla” el 19-03-2012

Proceso y metamorfosis

“Alguien tenía que haber calumniado a Pucela K., porque sin haber hecho nada malo, fueron a detenerlo una mañana”. Once funcionarios habían detenido al susodicho allá por junio del año pasado y, desde entonces, se encuentra inmerso en un procedimiento futbolístico del que no sabe cómo salir, entre otras cosas porque no sabe cómo entró. El caso es que el Pucela K no puede defenderse de algo que desconoce y sus argumentos son vagos e inconcretos porque en realidad no sabe qué escribir en el pliego de descargos. No deja de intentarlo pero, una y otra vez, sus apelaciones chocan con instancias superiores que detienen todas sus intenciones. Pretende alzar la vista y mirar a su alrededor, pero no ve más que situaciones incomprensibles protagonizadas por los once burócratas que se encuentran enfrente; busca ayuda en quien cree que puede ser un aliado, pero tras cada escalón que sube se abre una nueva escalera. El fiscal que acusa sin acusar debería vivir en el fútbol pero asienta su despacho en oscuras buhardillas de las afueras.

Enfrentarse al Elche tiene un poco de kafkiano: sus jugadores son soldados que ponen todo su empeño en evitar que, lo que a priori, es un juicio futbolístico se convierta en un combate de no se sabe qué. Bordalás, el jefe del batallón, se encuadra en una de las escuelas de moda, la que tiene su principal exponente en José Mourinho, caracterizada por despreciar los análisis tácticos para poner todos sus huevos en la cesta de lo emocional. Sus mayores éxitos no parten del fútbol, sino de la aplicación en este de las enseñanzas de Sun Tzu, el arte de la guerra. Desgaste físico, dominio de los tiempos y los espacios, monopolio del discurso. Sus rivales, los múltiples K, acorralados por sus dudas, perdidos en el desierto, sin salidas, yerran en cualquier momento, instante que aprovechan los bordalasianos para hincar el colmillo. Le pasó a Marc Valiente cuando pensó que el oasis del descanso estaba a un paso. Nicki Billie le robó el salvoconducto y el juez decretó el final de la primera parte de la vista oral.
Tras la pausa algo cambió. Algo o todo, porque lo que ocurrió en el campo no tenía nada que ver con lo visto antes ni con lo que nadie pudiera haber presupuesto. En el relato futurista de los más optimistas cabía que el Pucela K pudiera desmadejar el enredo, que al final el tribunal sobreseyera el caso y que del partido pudiera salir airoso, pero lo que sucedió en los segundos cuarenta y cinco minutos fue mucho más que eso. No era que el guion pareciese escrito por otra persona, sino que el propio Kafka escribía otro de sus relatos pero de atrás hacia el principio. Se trataba de La Metamorfosis, pero en este caso el Pucela Samsa se levantó y al mirarse al espejo comprobó que ya no era una extraña criatura, que se le había puesto cara de comerciante de telas y que podría mantener ilusionada a su familia porque se veía capacitado para llevar el salario del cual vivir. Es cierto que en cualquier cambio, por brusco que parezca en apariencia, es necesario un tiempo de adaptación para recuperar la destreza y a pesar de ser reconocible (de nuevo, por fin) futbolísticamente, no conseguía el toque sutil que definiese el partido, una y otra vez el infortunio del milímetro evitaba el gol, pero cuarenta y cinco minutos fue el tiempo necesario para que llegase la transformación definitiva.
Al final el misterio no lo es tanto. Cuando coinciden en el campo Óscar (¡qué larga se nos hizo su ausencia!) y Álvaro Rubio (¡qué incomprensible la suya!) hasta el ser más amorfo toma forma de equipo de fútbol; más aun, si Alberto Bueno muestra su verdadero potencial, ese que le permite hacer cosas como las que hizo antes de regalar el gol a Javi Guerra, Jofre encuentra su sitio y Sisi sigue siendo Sisi…
Javier Yepes dice que en cualquier selección siempre hay que elegir a los buenos, en mi pueblo le replican que eso es evidente, querido Watson, que con buena…

Publicado en “El Norte de Castilla” el 12-3-2012

El Norte de Castilla

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