ESPERANDO A UN CÍNICO
JESÚS ‘EL FERRETA’, TRISTE POESÍA
EL ÁRBOL DE LA VIDA
AQUÍ ME TIENES, ESPAÑA
Quiso recuperarla, pero había perdido cualquier pista. Aún le quedaban amigos de antaño y recurrió a ellos. No te preocupes, le dijeron. Él recuperó la sonrisa, se miró al espejo y atusó su ‘no bigote’. Se sintió preparado. Se puso los calzoncillos rojos por encima de los pantalones azules y acudió a un plató de televisión: España, amor mío, aquí me tienes de nuevo.
Publicado en “El Norte de Castilla” el 30-05-2013
VERDUGO REMOLÓN
En el juego la agresividad viene de por sí. Ya está dicho aquí que una de sus funciones es sublimar los instintos del ser humano. Por ello las palabras relacionadas con la violencia y la muerte (desde jaque mate del ajedrez hasta ‘matar’ en el tute) están siempre presentes. Por eso, cuando en el deporte alguien rehuye de su papel de verdugo, nos deja con la sensación de la falta del deber cumplido.
Quiere la casualidad que, cuando Luis García Berlanga, Ennio Flaiano y Rafael Azcona escribieron el guion de ‘El verdugo’, eligieran Mallorca como el lugar de la ejecución. En la isla balear también tiene el Pucela una ejecución prevista y, visto lo visto, sufrirá tanto como el pobre José Luis, liado por segunda vez, esperando que este reo, enfermo, muera antes del día marcado para la ejecución y, de esta manera, nadie pueda reprocharle su actitud.
CUATRO LETRAS
HACE DOS AÑOS
EL BOSQUE DEL MIEDO
El verano de dos mil once miraba de frente a su fin, las puertas de los colegios estaban ya entreabiertas y mi periplo en bicicleta por Portugal había concluido esa misma tarde sabatina en las calles de Valença do Minho. Las pocas pedaladas que aún habría de dar servirían para cruzar el puente que atraviesa el río fronterizo que da nombre a la ciudad que despedía y poner pie en la gallega Tuy. Una vez allí podría tomar algún tren que me devolvería a casa. Pero resulta que el tren esperado no salía hasta las siete de la mañana del día siguiente y no pasaba por la estación situada en la ciudad sino en otra que, aun perteneciendo al mismo municipio, estaba ubicada en la parroquia de Guillarey. Ni el tiempo de espera, ni la distancia suponían, a priori, ningún inconveniente. La espera se lleva bien cuando es sábado por la noche y la distancia era de cinco escasos kilómetros, apenas nada para quien viene de recorrer casi mil a golpe de pedal. Pero ese estrambote escondía una sorpresa, unos cientos de metros que atravesaban un bosque en el que las copas de los árboles de un lado de la carretera besaban a las del otro. La oscuridad era absoluta, solo la luz del foco de la bici me permitía vislumbrar el borde de la carretera. Pudieron ser tres o cuatro minutos los que tardé en atravesarlo, pero hubo tiempo más que de sobra para comprender las innumerables leyendas sobre meigas que en Galicia se han parido. La Santa Compaña acechaba tras cada árbol, entendí lo que era el miedo a la nada, el irracional. El miedo es un resorte del instinto de supervivencia del que no nos hemos despegado ni siquiera cuando la razón ofrece argumentos para no tenerlo.
Publicado en “El Norte de Castilla” el 12-05-2013











