Puesto de donuts

El Valladolid se asemeja, cada vez más, a los donuts; son blandos y han conquistado la fama por sus agujeros. Agujeros que convierten a la defensa en un arel que permite a rivales de roma trayectoria afinar su puntería. Agujeros como lagunas en esos valores intangibles que podríamos agrupar en el término ‘cabeza’. Agujeros, que además, se retroalimentan. Los segundos brotan con la semilla de los primeros, viceversa y vuelta la burra al trigo.

El equipo se ha atascado en las arenas movedizas de la inconsistencia y de la inconstancia. Cuando el aire sopla en contra cae al suelo de forma casi irremisible, si, por el contrario, se envara lo hace en arrebatos fugaces y vuelta al gris rutina. Quienes esperaban que el partido de Sevilla fuese el preámbulo de tiempos mejores tendrán que posponer la fecha de la ilusión. En la capital andaluza el equipo jugó sin miedo porque se trataba de uno de esos partidos en los que la derrota no produce reproche. Pero en cuanto regresamos a las lides entre iguales, el equipo se atenaza, es incapaz de imponer el partido que necesita y muere imbuido por la voluntad ajena. Dice Mendilibar que los puntos tienen el mismo valor frente a un rival que frente a otro pero eso no es tan cierto. Sumar ante uno directo aumenta tu saldo a la par que merma el del contrario. Verbigracia, de tomar siete puntos de ventaja a mantener los cuatro con el Málaga.

Oportunidad perdida frente a un paupérrimo equipo que no ha ganado partido alguno desde aquella lejana primera jornada. Sin aspavientos, con un fútbol de EGB, se ha comido a los pucelanos en el peor primer tiempo que les recuerdo. Y gracias a que sólo atinaron una vez ya que podrían haber sentenciado a un Valladolid por momentos moribundo. Suerte que un arreón de quince minutos permitió a los locales conseguir, del mal el menos, el empate al embocar Nivaldo de carambola. El gol fue justo con el desarrollo del partido y con el brasileño que, a fuer de rematar todo, merecía, por pura razón estadística, atinar alguna vez en la diana.

Tras el empate persistió el asalto local hasta que, de sopetón, se volvió aire y Munúa volvió a respirar. Durante el cuarto de hora que duró el toque de corneta se mantuvo la concentración, o la confianza, o la voluntad. Un cuarto de hora que hace vislumbrar que el desahucio tiene remisión. Que puede servir como clavo ardiendo que agarrar para, en vez del despeñe, iniciar la senda de la rehabilitación. Una escalada que no será sencilla y a la que hay que añadir otro obstáculo, el equipo empieza a perder la incondicionalidad de su público que ha mostrado su desaprobación y ha dado una patada a Mendilibar en el culo de Álvaro Rubio.

La realidad hoy dice que en los tres últimos partidos de casa, el Real Valladolid ha perdido seis puntos -de los de doble peso- ante equipos sin propuesta. Si nos flagelamos pensando en los que aún han de visitar Zorrilla colegiremos que la lámpara con la que se verá la luz al final del túnel se vende en los partidos que han de jugar fuera. Pero la historia de los últimos tres años dice que el agua al cuello es un acicate para este grupo necesitado de una revolución gatopardiana: cambiar todo para que todo siga igual.

Publicado en “El Norte de Castilla ” el 14-12-2009

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El Norte de Castilla

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