Fasika: Semana Santa Etíope

Cada 7 años la Semana Santa etíope coincide en sus días con la católica. Hoy domingo se celebró la culminación de la Semana Santa Ortodoxa, llamada en Etiopía Fasika.

Confieso que en ocasiones, como agnóstico, siento cierto sentimiento de culpabilidad. Fue estudiando filosofía en los últimos años del colegio, cuando mi catolicismo, herencia familiar y cultural de mi entorno, cayó en barrena debido a las lecturas que curiosamente me proporcionaba mi colegio católico; sin embargo en aquel entonces, pensaba hacia mis adentros que ese agnosticismo debía de ser un episodio pasajero hacia un estado de creencia quizá “más determinado”. Tal y como Gustavo Bueno le decía a Jose Antonio Marina en el debate filosófico más apasionante que he visto nunca: “¡Yo te ruego que definas, que definas, por favor!…¡Defínete por favor!”. Como agnóstico, a veces me siento en una posición vaga e indefinida, que me lleva a explorar con entusiasmo las manifestaciones espirituales que encuentro a mi alrededor; quizá para sentirme en constante búsqueda y de este modo, justificar con hechos y no con retórica, mi posición agnóstica.

En Etiopía, la religión es fundamental para entender su historia y su cultura. Los días más importantes del calendario juliano se corresponden con sus ceremonias. El sábado santo por la noche noche, los etíopes con religión ortodoxa celebraban la vigilia pascual, antes del domingo de resurrección. Por todo ello, me acerqué a compartirlo en una de las iglesias más importantes de la ciudad: Bole Medhani Alem.

Durante los 56 días anteriores al domingo de resurrección, los etíopes se preparan para la fiesta de la pascua. En su cuaresma particular, durante todos estos días realizan el “fasting”, que consiste en no comer carne ni productos derivados de los animales. Además de ello deben de cumplir horarios determinados para su comida. Durante todo el año, no será esta la única vez que lo realicen aunque sí la de más larga duración; por lo que he leído hasta 180 días al año realizan el “fasting”. Esta práctica supone una muestra de sacrificio que busca simbolizar momentos y aspectos de la religión cristina. El Sacrificio, según una de sus definiciones, se puede definir como “Abnegación, renuncia o privación que se hace en favor de algo o de alguien”. El sacrificio representa una constante en la sociedad etíope y se extrapola a los retos y dificultades diarios que la mayoría de la población se encuentra. En muchas ocasiones me pregunto en favor de qué.

Los 56 días terminan en la madrugada del domingo santo. El sábado por la noche, los etíopes acuden en masa a las principales iglesias y durante horas se mantienen inmóviles rezando y coreando los cánticos sagrados de los grandes sacerdotes. A las 3:00 a.m., las familias regresan a sus casas y celebran por fin el final del fasting comiendo “dorowot” (pollo). Al día siguiente, por la mañana una oveja es sacrificada para celebrar el domingo sagrado y la resurrección de Jesucristo.

En la iglesia de Bole Medhani Alem, ayer noche me encontré con cientos de personas vestidos de blanco que rezaban en el interior y exterior de la iglesia, inmóviles. Sólo en algunos momentos, la muchedumbre se arrodillaba y bajaban la cabeza repetidas veces repitiendo las frases en gueez (idioma original del amárico). Acudí sólo en busca de compartir aquellos momentos espirituales. A la 1:30 a.m decidí ir a casa a dormir un rato y volver a las 4:30, pensando que el evento duraba hasta al amanecer. No había leído nada sobre el evento apropósito para descubrir el rito. Una lástima, ya que de haberlo sabido habría caído en cuenta que acababa a las 3:00 y que a las 4:30, la mayoría de etíopes yacía en sus casas disfrutando del pollo, el cual no había degustado en los últimos 56 días. Sólo encontré a aquella hora la habitual hilera de mendigos que duermen diariamente alrededor de Medhani Alem. A pesar del sueño, la vuelta a casa casi a la 5:00 me sirvió para seguir pensando sobre mi agnosticismo y sobre la profunda religiosidad de los etíopes. También me acordé mucho del año pasado, cuando pude disfrutar las procesiones de Semana Santa de Valladolid y de Medina de Rioseco. Cerrando los ojos aún podía escuchar el penetrante sonido de las trompetas; los golpes en la madera, los gritos y jadeos al levantar los pasos; el silencio en las calles y las velas en la oscuridad.

Ahora que lo pienso, quizá mi agnosticismo no tenga que ver en esto ya que en estas ceremonias siento que busco la espiritualidad no en el simbolismo religioso que contienen sino en el placer estético que sus elementos traen a mis sentidos.

Más fotográfias pueden encontrarse en: Flickr Borja Santos

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El Norte de Castilla

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