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El arte, cuando arden las pérdidas
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Carlos Aganzo | 02-09-2015 | 10:04| 0

Aprimera vista, tal vez parezca que los ojos de San Pablo, tal como lo pintó Ribera en el siglo XVII, y los de Kirsten Dunst, atrapados por la cámara de Lars von Trier en el XXI, no tienen nada que ver. Pero no es verdad. Los primeros, arrasados por la tristeza, buscan en el más allá lo que el mundo ya parece incapaz de ofrecerles; los segundos, entregados al desistimiento al tiempo que suena el preludio de ‘Tristán e Isolda’, de Richard Wagner, han renunciado ya a toda esperanza. Entre una y otra imagen, separadas por cuatro siglos, hay un hilo invisible. Un hilo que está tejido con el desencanto, con la decadencia, con la conciencia doliente de lo perdido. Un hilo que se mantiene intacto de manera cíclica en nuestra cultura a lo largo de la historia.

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Juan Cameron, en el siglo de las conflagraciones
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Carlos Aganzo | 02-09-2015 | 10:02| 0

La obra de Juan Cameron (Valparaíso, 1947) se puede leer, en cierto modo, co mo una crónica poética del Chile de los últimos cincuenta años. Fundador a principios de los setenta, al lado de Juan Luis Martínez y Raúl Zurita, de lo que los críticos dieron en llamar el neovanguardismo chileno, sus principios experimentales derivaron enseguida en una poesía rebelde, claramente definida frente a la dictadura, que después ha seguido manteniéndose fiel hasta la médula a un profundo inconformismo ético, estético y existencial. Primero desde su exilio argentino, tras el golpe de 1973, después desde sus diez años en Malmö (Suecia), de donde regresó a Chile convertido en un poeta consagrado, Cameron ha ido cuajando una de las trayectorias poéticas más ricas, más sólidas y más brillantes de su país y, por ende, de toda Iberoamérica.

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Tundidor o la vida como acontecimiento
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Carlos Aganzo | 02-09-2015 | 09:53| 0

La tierra que le vio nacer. La tierra donde aprendió la lengua que más ama. La tierra donde vivió las experiencias emocionales que conformaron su “primera personalidad creadora”. ‘Zamora’: ésa es la tierra y ése el título bajo el cual Jesús Hilario Tundidor reunió, en el año 2001, en una espléndida edición no venal, todos sus poemas “argumentados con estímulos que habían tenido como fondo vivencias y entornos zamoranos”. La misma que ahora, corregida y aumentada con poemas de sus dos libros publicados más tarde (‘Junto a mi silencio’, 2002, y ‘Fue’, 2008), conforma el volumen ‘Elegía en el alto de Palomares’, recientemente aparecido bajo el sello de Difácil.

Jesús Hilario Tundidor, en su última visita a Valladolid.

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Calle de Colmenares, Real Academia
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Carlos Aganzo | 02-09-2015 | 09:44| 0

A pesar del “disfraz”, a pesar de considerarse él mismo “humana y literariamente muy poco académico”, lo cierto es que la imagen de Miguel Delibes vestido de frac, tan firme como enjuto a los 55 años, pronunciando su discurso de ingreso el 25 de mayo de 1975, es uno de los iconos más poderosos de la historia reciente de la Real Academia Española.
“No necesito decir que el actual sentido del progreso no me va, esto es, me desazona tanto que el desarrollo técnico se persiga a costa del hombre como que se plantee la ecuación Técnica-Naturaleza en régimen de competencia”, explicaba Delibes, hace ahora cuarenta años, en su discurso, titulado ‘El sentido del progreso desde mi obra’. Tan proverbial como su declarado pesimismo existencial resultó entonces su alarma ante un mundo en agonía: su anticipación en España de un conservacionismo intelectual que en Europa ya tenía voces conocidas y reconocidas. “Puede ser que las cosas no sean tan hoscas como yo las pinto -se excusaba, en cierta manera, el escritor-, pero yo no digo que las cosas sean así, sino que, desgraciadamente, yo las veo de esa manera”. En todo caso, lo que el autor de ‘Las ratas’ y ‘La sombra del ciprés es alargada’ denunciaba era un proceso social irreversible de “entronización de las cosas”; un proceso cuya consecuencia más notoria resultó ser la muerte de una cultura campesina que no habíamos sido capaces de sustituir por nada, “al menos por nada noble”.

Los académicos, presididos por Dámaso Alonso, y el público siguen el discurso de Miguel Delibes en un abarrotado salón de actos de la Academia.

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Rosebud o el “alma secreta” del poder
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Carlos Aganzo | 02-09-2015 | 09:36| 0

Jorge Luis Borges, en una crítica publicada en agosto de 1941 en la revista ‘Sur’ de Buenos Aires, escribe que el tema central de ‘El ciudadano’ -título con el que apareció en las pantallas argentinas- es “la investigación del alma secreta de un hombre a través de las obras que ha construido, de las palabras que ha pronunciado, de los muchos destinos que ha roto”. Y añade: “Me atrevo a sospechar, sin embargo, que ?Citizen Kane? perdurará como ?perduran? ciertos films de Griffith o de Pudovkin, cuyo valor histórico nadie niega, pero que nadie se resigna a rever. Adolece de gigantismo, de pedantería, de tedio. No es inteligente, es genial: en el sentido más nocturno y más alemán de esta mala palabra”.

Orson Welles

El genio de Orson Welles, efectivamente, tenía 23 años cuando extendió el pánico entre los vecinos de Nueva York y Nueva Jersey con su versión radiofónica de ?La guerra de los mundos?, y 24 cuando firmó con George J. Shaefer, presidente de RKO, un contrato que nadie había conseguido antes en esa casa: libertad absoluta en el guión, en la elección de actores, en el rodaje… incluso en el ?final cut?, el montaje definitivo con el que la película aterrizaría en las salas de cine. Durante un tiempo pensó en llevar al celuloide ?El corazón de las tinieblas?, el espectáculo teatral con el que trabajaba entonces al frente de los Mercury Players; más tarde se inclinó por adaptar ?The Smiler Whit The Knife?, de Cecil Day-Lewis, pero finalmente se decidió por escribir su propia historia, al lado de Herman Mankiewicz. Un guión original basado en la vida del magnate de la prensa William Randolph Hearst, en sus propias experiencias y en las de otros grandes del periodismo, como Harmsworth o Pulitzer, creando así uno de los personajes más imponentes de la historia del séptimo arte: Charles Foster Kane, el gran empresario que inició su carrera empujado por el idealismo y la filantropía y terminó convirtiéndose en una maquinaria de poder envilecida, desbocada y destructiva para todos; también para sí mismo.
A pesar de la libertad formal que le otorgaba el contrato, las tensiones entre Welles y la RKO estuvieron siempre presentes. Empezando por los intérpretes, la mayor parte de ellos ?incluido Joseph Cotten, que hasta la fecha no había rodado más que dos cortometrajes? pertenecientes a su compañía de teatro y completamente desconocidos, lo que chocaba de frente con el Star System, y terminando por la versión definitiva de la película, que sólo pudo realizarse cuando Welles aceptó las recomendaciones de los abogados de la productora para evitar que un pleito con Hearst pudiera impedir su exhibición. Las dos horas y dos minutos de la primera versión se quedaron finalmente en una hora y 59.

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Este viejo poema que siempre regresa
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Carlos Aganzo | 02-09-2015 | 09:26| 0

Separado del común de los libros que pueblan las estanterías de mi despacho, al lado de las ?Rimas? de Bécquer y en línea directa con la mirada de bronce de San Juan de la Cruz, descansa un ejemplar de ‘Sepulcro en Tarquinia’, en la maravillosa edición ilustrada por el cacereño Javier Alcaíns del año 2002. El ciprés que preside la portada, tan poco anclado en la tierra, tan soñador y tan amigo del aire, evoca enseguida todo ese mundo que Colinas hizo suyo antes de traspasárselo a miles de lectores, en el que seguramente sea su libro más emblemático. En la dedicatoria el autor ya hace referencia a “este viejo poema, que siempre regresa”, como los cipreses de los griegos regresaron a los poemas de los romanos y los poemas de los romanos a los cipreses que los musulmanes españoles plantaron en sus cigarrales y en sus villas del Mediterráneo. Pinceladas verticales sobre el estrato yacente de la historia.

Plaza Vieja de Bérgamo, por Antonio Colinas

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Juancho Armas Marcelo. Retrato moribundo de La Habana castrista
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Carlos Aganzo | 02-09-2015 | 09:12| 0

 A ver, “¿qué era Cuba antes de la Revolución? Nada, sólo un burdel paradisíaco para los yanquis y los gánsteres del mundo que venían aquí a divertirse (…) ¿Y qué es ahora Cuba? Un país donde todo el mundo es libre, donde todo el mundo sabe leer, donde todo el mundo sabe escribir, donde todo el mundo tiene trabajo, donde todo el mundo come, donde todo el mundo vive dignamente. Pobres, pero dignos. Pobres, coño, de verdad pobres, pero honrados y revolucionarios”. De este jaez, inasequible al desánimo, ajeno a la derrota, aferrado a los ideales caducos de un régimen que vive sus últimos estertores, son siempre las reflexiones, a lo largo de las 340 páginas que componen el libro, del ex coronel Walter Cepeda, ‘seguroso’ retirado de la policía estatal cubana, servidor fiel a las órdenes de Raúl Castro desde los viejos días de la Revolución…

Sobre el delirante monólogo interior de este personaje, desatado por el bulo (uno más) de la muerte del hombre que ha marcado el destino de Cuba durante más de medio siglo, construye Juancho Armas Marcelo su última novela, ‘Réquiem habanero por Fidel’. Un título que se suma, en su última convocatoria, a ‘Las cuatro esquinas’, de Manuel Longares; ‘La cabeza en llamas’, de Luis Mateo Díez, y ‘En la orilla’, de Rafael Chirbes, como Premio Francisco Umbral al Libro del Año. Una crónica sentimental, un retrato moribundo de esa Cuba que, precisamente en estos últimos meses, afronta el momento decisivo de su transición.

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Doscientos cipreses
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Carlos Aganzo | 02-09-2015 | 09:02| 0

‘La Sombra del Ciprés’ alcanza un nuevo número redondo después de cinco años de andadura en El Norte
Desde niño, cuando buceaba en la discoteca de mi padre en busca de un vinilo digno de ser escuchado en su fastuoso equipo de alta fidelidad, soñaba con escribir algún día la carátula de un disco. De un disco, sí, como decíamos entonces, ya que el término vinilo nos vino después. LP o ‘single’, lo mismo daba. De 33 o de 45 revoluciones por minuto…
La manera en la que un escritor, un crítico o, simplemente, el publicista de turno de la discográfica presentaban lo que el vinilo contenía, al lado siempre de la lista de las canciones, me parecía un género literario fascinante, digno de las mejores plumas. Hablar de música, anticipar con palabras las sensaciones que después percibiríamos al escuchar un disco era para mí la mejor de las manifestaciones poéticas. De hecho me parecía, y aún me lo sigue pareciendo, que las palabras tienen siempre dentro de ellas una música misteriosa y secreta, una música que suena en nuestro corazón antes que en nuestro cerebro, y que nos hace mirar el mundo con compás y con y armonía, de manera sinfónica.
Hasta tal punto era así, que no sé si fue la fascinación del vinilo ?del objeto, con toda la parafernalia de su envoltorio? o la fascinación de los sonidos que fui escuchando después, lo que me llevó durante años a obsesionarme por escribir de música, a cumplir esa absurda vanidad de transformar los sonidos en palabras. Más tarde la vida me daría la oportunidad de conocer a infinidad de músicos, de trabajar con ellos, e incluso de escribir yo mismo la carátula de alguno de sus discos, cumpliendo el viejo sueño de la infancia. Sólo los que tenemos cierta edad sabemos, con toda su profundidad, lo que significaba aquella liturgia de carátulas de cartón, fundas de plástico, surcos giratorios, agujas de diamante, carraspeo del primer contacto y, finalmente… la música.

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Ilustración y aldea
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Carlos Aganzo | 02-09-2015 | 09:02| 0

Creíamos que el régimen global de las nuevas tecnologías era algo que tan sólo afectaba a la economía y a los hábitos de consumo de las personas y nos equivocamos. Detrás de la implantación planetaria de las multinacionales de la comunicación, dirigidas desde los Estados Unidos pero con feudos regionales cada vez más definidos en Asia, ya hemos visto extraordinarias maniobras geopolíticas, como las primaveras árabes, y empezamos a identificar también lo que realmente hay en el fondo: el cuestionamiento de nuestra propia cultura.
Viajar hoy por las grandes ciudades de China o de la India, contaminadas en el sentido más profundo del término, es ser conscientes de hasta qué punto el hombre de principios del siglo XXI ha llevado hasta el extremo aquella vieja observación de Sigmund Freud formulada a principios del siglo XX: “La función capital de la cultura, su verdadera razón de ser, es defendernos contra la naturaleza”. Paradójicamente, el momento de mayor apertura de estos países de tradición milenaria coincide con el mayor índice de destrucción de su propio legado cultural.
Algo muy semejante, con dimensión distinta pero con la misma raíz de fondo, a lo que le está sucediendo a nuestra cultura occidental: ni Ortega, con su rebelión de las masas, ni Marshall McLuhan, con su teoría de la aldea global, ni siquiera Umberto Eco, con su pugna entre apocalípticos e integrados, pudieron llegar nunca a imaginar los efectos reales de la comunicación global sobre los pilares del edificio de nuestra cultura; un edificio sostenido a duras penas por los diferentes pueblos que han habitado Europa desde los tiempos de los griegos. Una amenaza de derribo que, a pesar de la modernidad, de lo avanzado de nuestra civilización y nuestra tecnología, tiene perfiles que nos recuerdan demasiado al más clásico de los derrumbamientos de nuestra historia: la caída del Imperio Romano y la consecuente llegada de la Edad Media.

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Rosa Chacel o los hilos secretos de la escritura
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Carlos Aganzo | 18-08-2015 | 16:42| 0

Aunque Rosa Chacel sea una escritora estrictamente contemporánea de la Generación del 27, todavía la crítica no ha sido capaz de encajarla debidamente en el lugar que le corresponde dentro del grupo. Hay razones para ello. Nacida en 1898, el mismo año que Dámaso Alonso, Vicente Aleixandre y Federico García Lorca, en realidad su obra poco tiene que ver con la ?marca? del 27, un sello fundamentalmente poético basado en la amistad, la complicidad y la cercanía ética y estética de un conjunto de autores que no tiene réplica en la historia de nuestra literatura.

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Sobre el autor Carlos Aganzo
Carlos Aganzo, escritor y periodista, es director de El Norte de Castilla.