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		<title>El arte, cuando arden las pérdidas</title>
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		<pubDate>Wed, 02 Sep 2015 10:04:24 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carlos Aganzo</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Aprimera vista, tal vez parezca que los ojos de San Pablo, tal como lo pintó Ribera en el siglo XVII, y los de Kirsten Dunst, atrapados por la cámara de Lars von Trier en el XXI, no tienen nada que ver. Pero no es verdad. Los primeros, arrasados por la tristeza, buscan en el más allá lo que el mundo ya parece incapaz de ofrecerles; los segundos, entregados al desistimiento al tiempo que suena el preludio de &#8216;Tristán e Isolda&#8217;, de Richard Wagner, han renunciado ya a toda esperanza. Entre una y otra imagen, separadas por cuatro siglos, hay un hilo invisible. Un hilo que está tejido con el desencanto, con la decadencia, con la conciencia doliente de lo perdido. Un hilo que se mantiene intacto de manera cíclica en nuestra cultura a lo largo de la historia.</p>
<p><span id="more-337"></span></p>
<p>Fueron los griegos, a falta de otras fuentes más antiguas, los que inventaron la melancolía. La llamaron &#8220;bilis negra&#8221;, uno de los cuatro humores -junto a la bilis amarilla, la sangre y la flema- que, según Hipócrates, conformaban el temperamento humano. Desde entonces hasta ahora el fenómeno ha sido recurrente. Los griegos cayeron en melancolía cuando su cultura fue travestida por los romanos; los romanos echaron bilis negra cuando su civilización fue pisoteada por los pies descalzos de los bárbaros, y a partir de ahí no hubo empresa, imperio ni señorío que no entrara en depresión en el instante mismo de haber tocado su apogeo; si no antes. Tanta ha sido la adicción de los europeos a este fenómeno, que Víctor Hugo acabó definiendo la melancolía, a principios del XIX, como la &#8220;felicidad de estar triste&#8221;.<br />
La exposición que ahora se estrena en Valladolid, y que después seguirá camino por Valencia y Palma de Mallorca, nos habla sin embargo de un momento de melancolía muy especial: aquel que surge del tránsito entre el esplendor y la muerte del imperio español, en los siglos XVI y XVII. Eso que se ha dado en llamar Siglo de Oro, con figuras literarias como las de Quevedo, Lope de Vega, Cervantes, San Juan o Santa Teresa de Jesús -&#8220;tristeza y melancolía no las quiero en casa mía&#8221;, decía la de Ávila-. Y con artistas, en el mundo de la plástica, de la talla de Rubens o Velázquez, algunos de ellos tan nítidamente melancólicos como El Greco, Ribera, Ribalta o Zurbarán, cuyos santos representan la máxima expresión de la vibración del alma humana ante el desasosiego. O como Valdés Leal y Antonio de Pereda, cuyas calaveras recuerdan la obsesión de la época por el tiempo y la muerte. La melancolía, que distinguió ya desde el Renacimiento a príncipes, poetas y filósofos, tanto más tristes cuanto más conscientes de la condición humana; la que terminó encarnando el personaje más célebre de la literatura española de todos los tiempos: el ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha.<br />
Una historia universal del desengaño que, de manera consecuente, ha traído siempre consigo momentos de altísima creatividad. Entonces, cuando los sueños más altos de los hombres se vinieron abajo estrepitosamente, y ahora, en un tránsito muy parecido. Pues a la vista está la tremenda actualidad de la melancolía en un tiempo como el nuestro. Un tiempo que se inaugura con el grito de &#8220;no futur&#8221; de los ?punkies?, y que tiene quizás su máximo esplendor en el pesimismo existencial de la llamada cultura &#8216;grunge&#8217;, o Generación X, con la música de Nirvana y el suicidio de Kurt Cobain como hito generacional&#8230; También &#8216;El desencanto&#8217;. de Jaime Chávarri, o &#8216;Arden las pérdidas&#8217;, de Antonio Gamoneda, en nuestro entorno. Lo que decía, sin duda con Juan de la Cruz en su cabeza, la gran María Zambrano en su definición de melancolía: &#8220;la manera de tener no teniendo, de poseer las cosas por el palpitar del tiempo, por su envoltura temporal&#8221;. La belleza, cuando se marchita en un segundo, inmediatamente después de haber alcanzado su esplendor, delante de nuestros ojos.</p>
<div><span style="font-family: Verdana, Geneva, Arial, Helvetica, sans-serif; font-size: 11px; line-height: normal; background-color: #ffffff;"><br />
</span></div>
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		<title>Juan Cameron, en el siglo de las conflagraciones</title>
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		<pubDate>Wed, 02 Sep 2015 10:02:59 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carlos Aganzo</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>

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		<description><![CDATA[La obra de Juan Cameron (Valparaíso, 1947) se puede leer, en cierto modo, co mo una crónica poética del Chile de los últimos cincuenta años. Fundador a principios de los setenta, al lado de Juan Luis Martínez y Raúl Zurita, de lo que los críticos dieron en llamar el neovanguardismo chileno, sus principios experimentales derivaron enseguida en [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>La obra de <strong>Juan Cameron</strong> (Valparaíso, 1947) se puede leer, en cierto modo, co mo una crónica poética del Chile de los últimos cincuenta años. Fundador a principios de los setenta, al lado de Juan Luis Martínez y Raúl Zurita, de lo que los críticos dieron en llamar el neovanguardismo chileno, sus principios experimentales derivaron enseguida en una poesía rebelde, claramente definida frente a la dictadura, que después ha seguido manteniéndose fiel hasta la médula a un profundo inconformismo ético, estético y existencial. Primero desde su exilio argentino, tras el golpe de 1973, después desde sus diez años en Malmö (Suecia), de donde regresó a Chile convertido en un poeta consagrado, Cameron ha ido cuajando una de las trayectorias poéticas más ricas, más sólidas y más brillantes de su país y, por ende, de toda Iberoamérica.</p>
<p style="text-align: center;"><a href="/elavisador/wp-content/uploads/sites/5/2015/09/juan-cameron.jpg"><img class="aligncenter  wp-image-336" title="DOCU_NORTECASTILLA" src="/elavisador/wp-content/uploads/sites/5/2015/09/juan-cameron.jpg" alt="" width="580" srcset="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/5/2015/09/juan-cameron.jpg 1348w, https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/5/2015/09/juan-cameron-300x200.jpg 300w, https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/5/2015/09/juan-cameron-768x513.jpg 768w, https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/5/2015/09/juan-cameron-1024x684.jpg 1024w" sizes="(max-width: 1348px) 100vw, 1348px" /></a></p>
<p><span id="more-335"></span></p>
<p>Su último libro, escrito desde la memoria y el &#8220;temor a este siglo de conflagraciones&#8221;, tiene ahora sello español al editarse, de la mano de la Diputación de Salamanca, como ganador del II Premio Internacional de Poesía Pilar Fernández Labrador. &#8216;Fragmentos de un cuaderno con vista al mar, publicado con un espléndido prólogo de la profesora de la Universidad de Salamanca Carmen Ruiz Barrionuevo, ofrece una magnífica ocasión para adentrarse en este rico mundo interior del poeta a través de tres pequeñas series independientes, unidas en un solo volumen, y con el colofón de la traducción del poema inicial, &#8216;Países&#8217;, a 15 lenguas diferentes, lo que dota al conjunto del libro de ese carácter de relato caleidoscópico de su tiempo que tiene toda la obra de Cameron.<br />
Los caminos &#8220;del yo y del mundo&#8221;, como identifica perfectamente la profesora Ruiz Barrionuevo, &#8220;se interfieren&#8221; en este libro donde lo vivido, lo soñado, lo leído y hasta lo transformado por los mecanismos recreadores de la memoria se funden en una misma expresión poética, cargada de significados y de connotaciones. &#8220;¿Quién eres tú, quién eras?&#8221;, se pregunta el poeta, y la respuesta le llega lo mismo desde la vibración presente de los sentidos que desde el fondo de un recuerdo antiguo e idealizado; desde las crónicas de un mundo incendiado por el odio que desde la extraña ternura del propio corazón en llamas. También desde el acervo conformador de sus lecturas: Borges, Celan, Corcuera, José Emilio Pacheco, Lêdo Ivo o Juana Castro, a quien Cameron recuerda, &#8220;allá lejos, en la profunda España&#8221;, con sus zapatos rojos y un poema &#8220;tan alto y tan brillante / que iluminó la sala y los días siguientes&#8230;&#8221;. O desde esa búsqueda de las propias raíces al lado de Robert Burns, el poeta nacional escocés del siglo XVIII, por espacios de Edimburgo, Fort William, Lochness, Garelochhead o Upper Tyndrup.<br />
Identidad fragmentaria como la misma realidad que nos rodea. Como la misma concepción del ser. Fragmentaria como la propia identidad de la memoria, que crea para el ser humano nuevos y fascinantes mundos poéticos antes de esfumarse, de perderse, de integrarse definitivamente en el vacío: &#8220;¡Ah cómo se despueblan las fotografías / y se hace invisible la memoria&#8221;, dice el poeta.<br />
Pues en el fondo, sobre el pálpito lírico del poema, también sentimos, con la lectura de este libro, el peso y el poso de la reflexión profunda sobre el tiempo, sobre su sentido imperfecto, sobre su no linealidad. Tiempo que se &#8220;recoge&#8221;, que se &#8220;detiene&#8221;, que va desde la recreación de una edad en la que el poeta sentía a las muchachas &#8220;como frutos al alcance de tu mano&#8221; hasta el instante preciso del presente en el que &#8220;te es difícil escanciar una copa&#8221;; todo para concluir, como &#8220;en el tango ése de Heráclito&#8221;, que no queda otro remedio que tratar de capturar el día para capturarse a uno mismo. Uno: el resultado de su misterio y de su extraña conciencia, elaborada a partir de los fragmentos de la memoria: &#8220;Uno es aquella isla / y a veces navega entre arrecifes / o en aguas tan profundas que no halla / asidero o ahogo&#8221;.</p>
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		<title>Tundidor o la vida como acontecimiento</title>
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		<pubDate>Wed, 02 Sep 2015 09:51:10 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carlos Aganzo</dc:creator>
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		<description><![CDATA[La tierra que le vio nacer. La tierra donde aprendió la lengua que más ama. La tierra donde vivió las experiencias emocionales que conformaron su &#8220;primera personalidad creadora&#8221;. &#8216;Zamora&#8217;: ésa es la tierra y ése el título bajo el cual Jesús Hilario Tundidor reunió, en el año 2001, en una espléndida edición no venal, todos sus poemas [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>La tierra que le vio nacer. La tierra donde aprendió la lengua que más ama. La tierra donde vivió las experiencias emocionales que conformaron su &#8220;primera personalidad creadora&#8221;. &#8216;Zamora&#8217;: ésa es la tierra y ése el título bajo el cual Jesús Hilario <strong>Tundidor</strong> reunió, en el año 2001, en una espléndida edición no venal, todos sus poemas &#8220;argumentados con estímulos que habían tenido como fondo vivencias y entornos zamoranos&#8221;. La misma que ahora, corregida y aumentada con poemas de sus dos libros publicados más tarde (&#8216;Junto a mi silencio&#8217;, 2002, y &#8216;Fue&#8217;, 2008), conforma el volumen &#8216;Elegía en el alto de Palomares&#8217;, recientemente aparecido bajo el sello de Difácil.</p>
<div id="attachment_333" style="width: 590px" class="wp-caption aligncenter"><a href="/elavisador/wp-content/uploads/sites/5/2015/09/tundidor.jpg"><img aria-describedby="caption-attachment-333" class=" wp-image-333" title="DOCU_NORTECASTILLA" src="/elavisador/wp-content/uploads/sites/5/2015/09/tundidor.jpg" alt="" width="580" srcset="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/5/2015/09/tundidor.jpg 955w, https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/5/2015/09/tundidor-300x283.jpg 300w, https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/5/2015/09/tundidor-768x724.jpg 768w" sizes="(max-width: 955px) 100vw, 955px" /></a><p id="caption-attachment-333" class="wp-caption-text">Jesús Hilario Tundidor, en su última visita a Valladolid.</p></div>
<p style="text-align: center;"><span id="more-332"></span></p>
<p>La última entrega del flamante Premio de las Letras de Castilla y León 2013 viene, pues, vestida de nostalgia. Envuelta en la memoria de aquella ciudad suya &#8220;de tejas hondas y silente alma&#8221; donde, siendo niño, aprendió a tener respeto por las aguas turbulentas y profundas del río, pero también admiración por la belleza de sus calles y sus monumentos, todos ellos representados poéticamente en la majestuosa cúpula gallonada de la catedral: &#8220;Rumor de tiempo y mar, de trigo amigo, / el Duero al fondo del amor te acosa / y te corteja. Silenciosa rosa, / callada rosa, en el azul testigo&#8221;, como la describe el poeta en uno de sus sonetos más conocidos.<br />
Rumor del tiempo y la memoria, pero sobre todo rumor del río que pasa junto a la ciudad. Un Duero manriqueño por cuyas &#8220;aguas marchitas&#8221; el poeta ve correr la niñez y la desesperanza, el &#8220;tiempo derrumbado&#8221; y una &#8220;memoria de inocencia&#8221; que &#8220;inunda la larga longitud del corazón&#8230;&#8221; Aguas en proceloso movimiento (&#8220;madre lenta y cauce largo&#8221;), sobre las que <strong>Tundidor</strong> construye la metáfora mayor de la existencia. El río y, fluyendo con él, toda la tierra de Zamora, esa tierra &#8220;puesta al sol, al aire, a la mañana, / igual que un denso amor que nos redime&#8221;; tierra que &#8220;es nuestra vida, es nuestra / soledad y es nuestro gozo&#8221;; tierra de llanos y de montañas eternas, &#8220;cogedoras de sol&#8221;; tierra del vino, tierra del pan y &#8220;tierra de Campos sola&#8221;, donde a veces da la impresión de que los pueblos viven &#8220;en olvido&#8221; y en &#8220;silenciosa aceptación del llanto&#8221;, aunque sigan mostrando con orgullo, a los ojos del poeta, su condición de patria de &#8220;gentes del sol y de la encina, ganaderos, tundidores, pastores ricos en greda libre, en aire hermoso libre, en romero y jaral, en descampado y noche estrellada&#8221;.<br />
Zamora se constituye así en un espacio mítico donde <strong>Tundidor</strong> comparte el pan de la palabra y el vino de las alucinaciones con León Felipe y Claudio Rodríguez, pero también, en plena exaltación poética, con Eliot y Baudelaire: &#8220;ah, señores poetas: partons à cheval sur le vin pour le ciel&#8221;. Un territorio ideal en el que surge, ya desde la niñez del escritor, la necesidad de la poesía, la necesidad del canto. La evocación, una y otra vez, del momento de la creación, el instante maravilloso &#8220;cuando se hace lenguaje el corazón y canta&#8221;, cuando el alma se estremece ante &#8220;esta sorpresa de la semántica, ese tejido de las palabras&#8221;.<br />
Aunque <strong>Tundidor</strong> es poeta de ancha lengua española, escritor de canto universal, ¿sería posible entender su obra, su propio ser de poeta, sin esa vibración primera del corazón al contacto con la belleza de su tierra zamorana? Tras la lectura de este libro parece evidente que no. Con la remembranza de la ciudad, del río, de la tierra, de toda esa naturaleza tan distinta del Madrid en el que el poeta vive de continuo,<strong>Tundidor</strong> va forjando un corazón de &#8220;honda verdad&#8221;; un corazón ganado por el ansia de la belleza donde late también, en el fondo, esa necesidad de misterio que nos pide siempre la poesía. La necesidad de irse hacia &#8220;el pleno centro&#8221; del alma, de sentir el silencio y el temblor de otros poetas de Castilla, como sus vecinos Juan de Yepes y Teresa de Cepeda, que &#8220;bajan de Dios y escriben en la prora / el verso blanco de la luz ilesa&#8221;. Saber que &#8220;todo es un vuelo y más, es más que un vuelo&#8221;, como dice el poeta.<br />
Y al final en este libro, tan vivo y palpitante como el resto de la fecunda serie de sus otros poemarios, lo que verdaderamente vuelve a caracterizar la escritura de <strong>Tundidor</strong>, por encima de cualquier otra condición, es su capacidad de interpretar &#8220;la vida como acontecimiento&#8221;, la vida como un cuerpo enamorado y tendido al sol, como un canto poético alto y permanente. Así lo reconoce en ese rompedor final de ?Pasiono?, otro de sus poemas más conocidos, cuando nos dice sim ambages: &#8220;es mi empeño / la luz, la luz hermosa y perseguida / y amo, tal como es, la puta vida&#8221;. Genio y figura.</p>
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		<title>Calle de Colmenares, Real Academia</title>
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		<pubDate>Wed, 02 Sep 2015 09:43:58 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carlos Aganzo</dc:creator>
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		<description><![CDATA[A pesar del &#8220;disfraz&#8221;, a pesar de considerarse él mismo &#8220;humana y literariamente muy poco académico&#8221;, lo cierto es que la imagen de Miguel Delibes vestido de frac, tan firme como enjuto a los 55 años, pronunciando su discurso de ingreso el 25 de mayo de 1975, es uno de los iconos más poderosos de [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>A pesar del &#8220;disfraz&#8221;, a pesar de considerarse él mismo &#8220;humana y literariamente muy poco académico&#8221;, lo cierto es que la imagen de Miguel Delibes vestido de frac, tan firme como enjuto a los 55 años, pronunciando su discurso de ingreso el 25 de mayo de 1975, es uno de los iconos más poderosos de la historia reciente de la Real Academia Española.<br />
&#8220;No necesito decir que el actual sentido del progreso no me va, esto es, me desazona tanto que el desarrollo técnico se persiga a costa del hombre como que se plantee la ecuación Técnica-Naturaleza en régimen de competencia&#8221;, explicaba Delibes, hace ahora cuarenta años, en su discurso, titulado &#8216;El sentido del progreso desde mi obra&#8217;. Tan proverbial como su declarado pesimismo existencial resultó entonces su alarma ante un mundo en agonía: su anticipación en España de un conservacionismo intelectual que en Europa ya tenía voces conocidas y reconocidas. &#8220;Puede ser que las cosas no sean tan hoscas como yo las pinto -se excusaba, en cierta manera, el escritor-, pero yo no digo que las cosas sean así, sino que, desgraciadamente, yo las veo de esa manera&#8221;. En todo caso, lo que el autor de &#8216;Las ratas&#8217; y &#8216;La sombra del ciprés es alargada&#8217; denunciaba era un proceso social irreversible de &#8220;entronización de las cosas&#8221;; un proceso cuya consecuencia más notoria resultó ser la muerte de una cultura campesina que no habíamos sido capaces de sustituir por nada, &#8220;al menos por nada noble&#8221;.</p>
<div id="attachment_330" style="width: 590px" class="wp-caption aligncenter"><a href="/elavisador/wp-content/uploads/sites/5/2015/09/delibes-academia.jpg"><img aria-describedby="caption-attachment-330" class=" wp-image-330 " title="delibes-academia" src="/elavisador/wp-content/uploads/sites/5/2015/09/delibes-academia.jpg" alt="" width="580" srcset="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/5/2015/09/delibes-academia.jpg 1011w, https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/5/2015/09/delibes-academia-300x193.jpg 300w, https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/5/2015/09/delibes-academia-768x493.jpg 768w" sizes="(max-width: 1011px) 100vw, 1011px" /></a><p id="caption-attachment-330" class="wp-caption-text">Los académicos, presididos por Dámaso Alonso, y el público siguen el discurso de Miguel Delibes en un abarrotado salón de actos de la Academia.</p></div>
<p><span id="more-329"></span></p>
<p>En aquel día tan señalado, el encargado de pronunciar el discurso de contestación a Delibes fue Julián Marías, quien desde hacía once años ocupaba el sillón ?S? de la docta casa. El pensador y ensayista vallisoletano daba con entusiasmo a Delibes la bienvenida a las comisiones en &#8220;la gran mesa ovalada, tapizada de verde, bajo las lámparas discretas&#8221;, y a la &#8220;mínima tertulia, tan sabrosa, que precede a las sesiones&#8221;; y recordaba que lo que más añoraba don Juan Valera, &#8220;desde sus Embajadas&#8221;, era precisamente &#8220;que lo apartaran de la Academia tanto tiempo&#8221;. Marías presentó entonces a su paisano como &#8220;alguien irreductible a todos los demás&#8221;, alguien que representaba &#8220;una manera nueva de ver las cosas, de vivir nuestra lengua, de hablarla y de escribirla -y escucharla-, de interesarse por las palabras, ese irreal alimento de la vida humana&#8221;.<br />
Mucho se gozó Marías al presumir, ante el resto de la corporación, de la filiación del académico entrante, hablando de un &#8220;obstinado residente en Valladolid&#8221; al que le hubiera gustado figurar, en su documento de identidad, como &#8220;exdirector de El Norte de Castilla&#8221;, si bien sospechaba que lo que verdaderamente deseaba el nuevo académico, &#8220;si se atreviera&#8221;, era poner en el mismo: &#8220;cazador&#8221;; &#8220;y todavía temo -decía Marías- que después de escribirlo se arrepintiera, pensara que era una frivolidad, y rectificara: pescador&#8221;. Un pescador que nació en la Acera de Recoletos, a la vuelta de la esquina de la <strong>calle Colmenares</strong> de Valladolid, la misma donde había visto la luz, seis años antes, el propio Julián Marías. &#8220;No convivimos en la calle en que hubiéramos sido vecinos; el tiempo separó lo que afinidad hubiera unido, lo que vino a juntar después en amistad profunda&#8221;, dijo Marías, antes de expresar su propio deseo a partir de ese momento: &#8220;que la Real Academia Española sea nuestra calle de Colmenares&#8221;.<br />
Un vallisoletano, Delibes, al que Julián Marías situaba en línea con otros escritores ilustres de la ciudad, como Zorrilla, Jorge Guillén o Rosa Chacel, y con otros miembros de la Academia, como Antonio Tovar o él mismo. Pero inmediatamente sobre el vallisoletano descubría al castellano: &#8220;Castilla -dice Marías- no tiene vocación regional. En otro tiempo fue un Reino; pero desde entonces se dedicó, no a hacer España, sino más bien a hacerse España&#8221;. Y sobre el castellano, al español perteneciente a una generación con &#8220;salida al mundo por la puerta ensangrentada de la guerra civil&#8221;, emparentado en ese sentido con nombres como los de Rosales, Ferrater Mora, Espríu, Cela, Buero Vallejo, Gironella o Carmen Laforet. Y entre ellos, al novelista que se saltó la gran generación de poetas del 27 para relacionarse directamente con la narrativa de Baroja y con &#8220;la sombra de Galdós&#8221;. Y aún sobre todos, de manera señalada en ese momento, al autor de mirada universal cuya preocupación social, por encima de otras grandes líneas de su obra, le había hecho derivar hacia la denuncia de &#8220;los peligros que amenazan a la Naturaleza y a la espontaneidad de la vida en ella&#8221;; es decir, hacia una inédita preocupación intelectual por los asuntos del medio ambiente, un terreno donde Delibes, según Marías, penetra &#8220;como un cazador arriesgado, en un tremedal&#8221;. Una conciencia que por primera vez toma la palabra en una institución tan preminente como la Real Academia Española&#8230;<br />
&#8220;Falta una autoridad universal ?nos dice el propio Delibes en su discurso?, capaz de imponer normas suficientes&#8221; para detener el mal sentido del progreso en el que se ha embarcado la Humanidad; una Humanidad que &#8220;hoy por hoy&#8221;, &#8220;no está preparada&#8221; para tomar tal conciencia. Y concluye: &#8220;A mi entender, únicamente un hombre nuevo -humano, imaginativo, generoso- sobre un entramado social nuevo, sería capaz de afrontar, con alguna probabilidad de éxito, un programa restaurador y de encauzar los conocimientos actuales hacia la consecución de una sociedad estable&#8221;.<br />
Cuarenta años después no cabe duda de que ya hay un &#8220;hombre nuevo&#8221; muy distinto del que reseñaba Miguel Delibes en su discurso. Lo que aún no sabemos es si ese hombre camina en la dirección adecuada.</p>
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		<title>Rosebud o el &#8220;alma secreta&#8221; del poder</title>
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		<pubDate>Wed, 02 Sep 2015 09:36:35 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carlos Aganzo</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>

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		<description><![CDATA[Jorge Luis Borges, en una crítica publicada en agosto de 1941 en la revista &#8216;Sur&#8217; de Buenos Aires, escribe que el tema central de &#8216;El ciudadano&#8217; -título con el que apareció en las pantallas argentinas- es &#8220;la investigación del alma secreta de un hombre a través de las obras que ha construido, de las palabras [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Jorge Luis Borges, en una crítica publicada en agosto de 1941 en la revista &#8216;Sur&#8217; de Buenos Aires, escribe que el tema central de &#8216;El ciudadano&#8217; -título con el que apareció en las pantallas argentinas- es &#8220;la investigación del alma secreta de un hombre a través de las obras que ha construido, de las palabras que ha pronunciado, de los muchos destinos que ha roto&#8221;. Y añade: &#8220;Me atrevo a sospechar, sin embargo, que ?Citizen Kane? perdurará como ?perduran? ciertos films de Griffith o de Pudovkin, cuyo valor histórico nadie niega, pero que nadie se resigna a rever. Adolece de gigantismo, de pedantería, de tedio. No es inteligente, es genial: en el sentido más nocturno y más alemán de esta mala palabra&#8221;.</p>
<div id="attachment_327" style="width: 310px" class="wp-caption alignleft"><a href="/elavisador/wp-content/uploads/sites/5/2015/09/orson-welles.jpg"><img aria-describedby="caption-attachment-327" loading="lazy" class=" wp-image-327" style="margin-left: 3px; margin-right: 3px;" title="DOCU_NORTECASTILLA" src="/elavisador/wp-content/uploads/sites/5/2015/09/orson-welles.jpg" alt="" width="300" height="434" srcset="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/5/2015/09/orson-welles.jpg 622w, https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/5/2015/09/orson-welles-207x300.jpg 207w" sizes="(max-width: 300px) 100vw, 300px" /></a><p id="caption-attachment-327" class="wp-caption-text">Orson Welles</p></div>
<p>El genio de Orson Welles, efectivamente, tenía 23 años cuando extendió el pánico entre los vecinos de Nueva York y Nueva Jersey con su versión radiofónica de ?La guerra de los mundos?, y 24 cuando firmó con George J. Shaefer, presidente de RKO, un contrato que nadie había conseguido antes en esa casa: libertad absoluta en el guión, en la elección de actores, en el rodaje&#8230; incluso en el ?final cut?, el montaje definitivo con el que la película aterrizaría en las salas de cine. Durante un tiempo pensó en llevar al celuloide ?El corazón de las tinieblas?, el espectáculo teatral con el que trabajaba entonces al frente de los Mercury Players; más tarde se inclinó por adaptar ?The Smiler Whit The Knife?, de Cecil Day-Lewis, pero finalmente se decidió por escribir su propia historia, al lado de Herman Mankiewicz. Un guión original basado en la vida del magnate de la prensa William Randolph Hearst, en sus propias experiencias y en las de otros grandes del periodismo, como Harmsworth o Pulitzer, creando así uno de los personajes más imponentes de la historia del séptimo arte: Charles Foster Kane, el gran empresario que inició su carrera empujado por el idealismo y la filantropía y terminó convirtiéndose en una maquinaria de poder envilecida, desbocada y destructiva para todos; también para sí mismo.<br />
A pesar de la libertad formal que le otorgaba el contrato, las tensiones entre Welles y la RKO estuvieron siempre presentes. Empezando por los intérpretes, la mayor parte de ellos ?incluido Joseph Cotten, que hasta la fecha no había rodado más que dos cortometrajes? pertenecientes a su compañía de teatro y completamente desconocidos, lo que chocaba de frente con el Star System, y terminando por la versión definitiva de la película, que sólo pudo realizarse cuando Welles aceptó las recomendaciones de los abogados de la productora para evitar que un pleito con Hearst pudiera impedir su exhibición. Las dos horas y dos minutos de la primera versión se quedaron finalmente en una hora y 59.</p>
<p><span id="more-326"></span><br />
La presión de los periodistas de Hearst, quien llegó a tener en propiedad 28 periódicos de circulación nacional en los Estados Unidos, consiguió que las referencias a ?Ciudadano Kane? fueran escasas y que, a pesar de ser la sexta película en recaudación, al año siguiente ya no se proyectara más que en cines de arte y ensayo. En nombre de la industria, Louis B. Mayer llegó a ofrecer a RKO 805.000 dólares para que destruyera los negativos y todas la copias de la película.<br />
En la ceremonia de los Oscar, Welles y Mankiewicz consiguieron la estatuilla al mejor guión original, mientras que los premios al mejor director y a la mejor película fueron para John Ford, por ?Qué verde era mi valle?. Sólo el redescubrimiento del filme en Francia, en 1946, y el reestreno de Estados Unidos, en 1956, consiguieron sacar verdaderamente a la luz el valor de esta película. Una película innovadora en todo ?en los planos, en la estructura narrativa, en la iluminación, en la música, en la dirección de actores&#8230;? que, con el paso del tiempo, se convirtió en un título inscutible entre las diez mejores películas de todos los tiempos.<br />
La bola de cristal con sus copos de nieve, que se hace añicos al caer de la mano del agonizante Kane, o el plano final del trineo ardiendo, entre los trastos inservibles del inmenso almacén de sus objetos personales, son parte de la gran mitología del cine y de nuestra cultura. &#8220;El señor Kane fue un hombre que tuvo cuanto quiso, y que lo perdió. Tal vez <strong>Rosebud</strong> fue algo que no pudo conseguir o algo que se perdió&#8221;, dice Jerry Thompson, el periodista que trata inútilmente de reconstruir el &#8220;alma secreta&#8221; de este gran personaje del celuloide. La gran metáfora poética de lo fácil que es extraviar lo verdaderamente importante en la hojarasca de la vanidad y el exceso. El empeño imposible por mantener la inocencia y el paraíso del niño -¿dejó alguna vez de serlo Orson Welles?- en el mundo corrompido de los hombres. Sin duda el genio, en el más amplio y sobrecogedor sentido de la palabra. El genio y la figura.</p>
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		<title>Este viejo poema que siempre regresa</title>
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		<pubDate>Wed, 02 Sep 2015 09:26:09 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carlos Aganzo</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>

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		<description><![CDATA[Separado del común de los libros que pueblan las estanterías de mi despacho, al lado de las ?Rimas? de Bécquer y en línea directa con la mirada de bronce de San Juan de la Cruz, descansa un ejemplar de &#8216;Sepulcro en Tarquinia&#8217;, en la maravillosa edición ilustrada por el cacereño Javier Alcaíns del año 2002. [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Separado del común de los libros que pueblan las estanterías de mi despacho, al lado de las ?Rimas? de Bécquer y en línea directa con la mirada de bronce de San Juan de la Cruz, descansa un ejemplar de &#8216;Sepulcro en Tarquinia&#8217;, en la maravillosa edición ilustrada por el cacereño Javier Alcaíns del año 2002. El ciprés que preside la portada, tan poco anclado en la tierra, tan soñador y tan amigo del aire, evoca enseguida todo ese mundo que Colinas hizo suyo antes de traspasárselo a miles de lectores, en el que seguramente sea su libro más emblemático. En la dedicatoria el autor ya hace referencia a &#8220;este viejo poema, que siempre regresa&#8221;, como los cipreses de los griegos regresaron a los poemas de los romanos y los poemas de los romanos a los cipreses que los musulmanes españoles plantaron en sus cigarrales y en sus villas del Mediterráneo. Pinceladas verticales sobre el estrato yacente de la historia.</p>
<div id="attachment_324" style="width: 590px" class="wp-caption aligncenter"><a href="/elavisador/wp-content/uploads/sites/5/2015/09/plaza-colinas.jpg"><img aria-describedby="caption-attachment-324" class=" wp-image-324" title="plaza-colinas" src="/elavisador/wp-content/uploads/sites/5/2015/09/plaza-colinas.jpg" alt="" width="580" srcset="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/5/2015/09/plaza-colinas.jpg 798w, https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/5/2015/09/plaza-colinas-300x221.jpg 300w, https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/5/2015/09/plaza-colinas-768x567.jpg 768w" sizes="(max-width: 798px) 100vw, 798px" /></a><p id="caption-attachment-324" class="wp-caption-text">Plaza Vieja de Bérgamo, por Antonio Colinas</p></div>
<p><span id="more-323"></span></p>
<p>En una de las críticas más certeras de este libro, que Colinas publicó con 29 años, José Olivio Jiménez destaca la decantación &#8220;más depurada y a la vez humanamente temblorosa del lirismo total de su autor&#8221;, entendiéndose por lirismo total &#8220;la impregnación incisiva, y de acento sin temores romántico (si bien, y para su suerte, no al hispánico modo), que el espíritu obra sobre todos los materiales que contempla, palpa o maneja&#8221;. Un lirismo perfectamente compatible, por no decir complementario, con ese llamado &#8220;culturalismo&#8221; que marcó también una época, y que después ha tenido centenares de émulos, la mayor parte de los cuales, por cierto, se quedaron con la música, pero entendieron muy poco la letra de este largo poema fragmentario donde el amor cobra cuerpo y se sublima al estilo de los grandes textos clásicos. No faltó, de hecho, quien se apresurara a emparentar ?Sepulcro en Tarquinia? con ?Piedra de sol?, de Octavio Paz, mientras que su autor confesaba que entonces de quien andaba cerca era del Pablo Neruda de &#8216;Tentativa del hombre infinito&#8217;, pero sobre todo de su querido Giacomo Leopardi.<br />
Regresa siempre, es verdad, ?Sepulcro en Tarquinia?. Inspira siempre. Y ahora ha inspirado también a 55 poetas españoles, de todas las estéticas y todas las generaciones, que lo saludan, incardinado en el vuelo de sus propios versos, como al clásico que ya es. No clásico de mármol frío, como alguno se ha aventurado en señalar, fijándose más en el sepulcro que en Tarquinia, sino clásico de piedra caliente, de piedra porosa como ésa que lleva siempre Antonio Colinas, flotando en el alma y sosteniendo los montes de sus paisajes interiores. &#8220;Hay tanta nieve fuera&#8221;, repite el poeta con insistencia, para marcar el contraste con lo que hay dentro: un corazón ardido de amor y de memoria y de música.<br />
Eso y la música callada. La música que se siente en el oído interior cuando las huellas de la memoria se manifiestan en el marco de una naturaleza idílica: la sombra de un ciprés proyectada en el sepulcro de la historia del arte. Suenan los nombres de los músicos como suenan los nombres de los poetas, los pintores o las ciudades, como se huele el tomillo y se escucha un rumor de árboles de oro agitados por el aire del tiempo.<br />
Éste es quizás el secreto de la fuerza que mantiene intanta, cuarenta años después, este viejo poema que siempre regresa. La calidez del alma a la intemperie. La plenitud del amor en su desasosiego de llama de amor viva. &#8220;Amor tiene en los labios cicatrices / morir sin poseerte qué delicia&#8221;. La constatación de la vida, del aliento, de la sangre, frente a los recordatorios de la muerte. El ciprés de Tarquinia al lado de los labios rojos, carnales, de la estatua de mármol que ocupa la portada de las ?Rimas? de Gustavo Adolfo Bécquer en la estantería de mi despacho. Todo bajo la atenta mirada de San Juan. Las casualidades no existen.</p>
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		<title>Juancho Armas Marcelo. Retrato moribundo de La Habana castrista</title>
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		<pubDate>Wed, 02 Sep 2015 09:12:10 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carlos Aganzo</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>

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		<description><![CDATA[ A ver, &#8220;¿qué era Cuba antes de la Revolución? Nada, sólo un burdel paradisíaco para los yanquis y los gánsteres del mundo que venían aquí a divertirse (&#8230;) ¿Y qué es ahora Cuba? Un país donde todo el mundo es libre, donde todo el mundo sabe leer, donde todo el mundo sabe escribir, donde todo [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/elavisador/wp-content/uploads/sites/5/2015/09/juancho-arias.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft" style="margin-left: 3px; margin-right: 3px;" title="juancho-arias" src="/elavisador/wp-content/uploads/sites/5/2015/09/juancho-arias.jpg" alt="" width="300" height="463" /></a> A ver, &#8220;¿qué era Cuba antes de la Revolución? Nada, sólo un burdel paradisíaco para los yanquis y los gánsteres del mundo que venían aquí a divertirse (&#8230;) ¿Y qué es ahora Cuba? Un país donde todo el mundo es libre, donde todo el mundo sabe leer, donde todo el mundo sabe escribir, donde todo el mundo tiene trabajo, donde todo el mundo come, donde todo el mundo vive dignamente. Pobres, pero dignos. Pobres, coño, de verdad pobres, pero honrados y revolucionarios&#8221;. De este jaez, inasequible al desánimo, ajeno a la derrota, aferrado a los ideales caducos de un régimen que vive sus últimos estertores, son siempre las reflexiones, a lo largo de las 340 páginas que componen el libro, del ex coronel Walter Cepeda, &#8216;seguroso&#8217; retirado de la policía estatal cubana, servidor fiel a las órdenes de Raúl Castro desde los viejos días de la Revolución&#8230;</p>
<p>Sobre el delirante monólogo interior de este personaje, desatado por el bulo (uno más) de la muerte del hombre que ha marcado el destino de Cuba durante más de medio siglo, construye Juancho Armas Marcelo su última novela, &#8216;Réquiem habanero por Fidel&#8217;. Un título que se suma, en su última convocatoria, a &#8216;Las cuatro esquinas&#8217;, de Manuel Longares; &#8216;La cabeza en llamas&#8217;, de Luis Mateo Díez, y &#8216;En la orilla&#8217;, de Rafael Chirbes, como Premio Francisco Umbral al Libro del Año. Una crónica sentimental, un retrato moribundo de esa Cuba que, precisamente en estos últimos meses, afronta el momento decisivo de su transición.</p>
<p><span id="more-321"></span></p>
<p>Cuando escribió, a finales de los noventa, ?Así en La Habana como en el cielo?, Armas Marcelo quiso colocar en el frontispicio del libro dos citas de idéntica resonancia. Una, la del gran Gastón Baquero, que dice refiriéndose a la capital cubana: &#8220;cuando mi piel te arde en la memoria, / cuando recuerdas, niegas, resucitas, pereces, / yo te amo, ciudad&#8221;. Y otra, escrita por el Nobel antillano Derek Walcott, que reza: &#8220;Amar un horizonte / es insularidad&#8221;. El mismo amor decepcionado y la misma conciencia de singularidad del carácter isleño laten en este nuevo libro, todavía más personal, más sonoro, más profético, más artístico que el anterior si cabe. De hecho, sobre la propia peripecia de la narración de los recuerdos, trufada por las incertidumbres del presente, podríamos decir que en esta obra es el lenguaje ?la sintaxis, el léxico, el propio sonido de la lengua española en la voz de los cubanos? uno de los grandes protagonistas de la novela. Tal vez la mayor cualidad literaria de este nuevo libro de Armas Marcelo es su capacidad para hacernos entender, precisamente a través del lenguaje, no sólo la idiosincrasia del pueblo cubano, la fuerza mítica que le confiere su permanente estado de contradicción, sino también el propio sentido de los hechos de la historia a través de los hombres que los protagonizaron.<br />
&#8220;La Habana es muy habladora&#8221;, dice Armas Marcelo, &#8220;habla de lado, como si no hablara&#8221;. Y con esta jerga guasona, subversiva, metafórica&#8230; y profundamente musical, el novelista construye una obra llena de personajes extraordinarios, de situaciones sorprendentes, de reflejos de una sociedad abandonada de sí misma, corrompida y atrapada entre sus sueños y sus decepciones. La ficción y la realidad se cruzan y se entremezclan, se dan vida la una a la otra, y al final da lo mismo que aparezcan en la novela Fidel o Raúl Castro, el Ché Guevara o el poeta Heberto Padilla, o el propio Armas Marcelo convertido en un &#8220;isleño&#8221; que le confiesa a Manuel Vázquez Montalbán: &#8220;Manolo, yo me siento aquí en mi casa. No como en mi casa, ¿me oyes?, sino en mi casa. Y tú sabes que tengo tantos amigos dentro como fuera&#8221;. Lo importante es, en todo caso, que todos juntos, conforman un espléndido retablo de la Cuba situada en el límite del régimen castrista.<br />
El amor del escritor hacia esta Cuba sólo es comparable al que sienten los propios cubanos por su patria. Un amor que no esconde, en absoluto, la crítica profunda. &#8220;A veces lo pensé -reflexiona Walter Cepeda-: habíamos sido demasiado flojos en los últimos años. ¿No habíamos metido en la cárcel a trescientos contrarrevolucionarios y subversivos, gente que se hacía pasar por periodistillas y que se aprovechaba de la tecnología para socavar la fuerza de la Revolución? (&#8230;) En los buenos tiempos de la Revolución cargábamos camiones enteros y nos los llevábamos por cientos y cientos a la UMAP&#8221;&#8230; Y frente al último nostálgico del castrismo, ejemplo vivo y palpitante de los disparates del régimen, toda la palpitante realidad que lo circunda, aguardando a veces con resignación, a veces, con rebeldía, a veces con auténtica esperanza, el espectáculo del derrumbamiento. Una verdadera crónica social y sentimental.</p>
<div></div>
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		<title>Doscientos cipreses</title>
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		<pubDate>Wed, 02 Sep 2015 09:01:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carlos Aganzo</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>

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		<description><![CDATA[&#8216;La Sombra del Ciprés&#8217; alcanza un nuevo número redondo después de cinco años de andadura en El Norte Desde niño, cuando buceaba en la discoteca de mi padre en busca de un vinilo digno de ser escuchado en su fastuoso equipo de alta fidelidad, soñaba con escribir algún día la carátula de un disco. De [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>&#8216;La Sombra del Ciprés&#8217; alcanza un nuevo número redondo después de cinco años de andadura en El Norte<br />
<a href="/elavisador/wp-content/uploads/sites/5/2015/09/200cipreses.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft size-full wp-image-320" style="margin-left: 3px; margin-right: 3px;" title="200cipreses" src="/elavisador/wp-content/uploads/sites/5/2015/09/200cipreses.jpg" alt="" width="332" height="878" srcset="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/5/2015/09/200cipreses.jpg 332w, https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/5/2015/09/200cipreses-113x300.jpg 113w" sizes="(max-width: 332px) 100vw, 332px" /></a>Desde niño, cuando buceaba en la discoteca de mi padre en busca de un vinilo digno de ser escuchado en su fastuoso equipo de alta fidelidad, soñaba con escribir algún día la carátula de un disco. De un disco, sí, como decíamos entonces, ya que el término vinilo nos vino después. LP o &#8216;single&#8217;, lo mismo daba. De 33 o de 45 revoluciones por minuto&#8230;<br />
La manera en la que un escritor, un crítico o, simplemente, el publicista de turno de la discográfica presentaban lo que el vinilo contenía, al lado siempre de la lista de las canciones, me parecía un género literario fascinante, digno de las mejores plumas. Hablar de música, anticipar con palabras las sensaciones que después percibiríamos al escuchar un disco era para mí la mejor de las manifestaciones poéticas. De hecho me parecía, y aún me lo sigue pareciendo, que las palabras tienen siempre dentro de ellas una música misteriosa y secreta, una música que suena en nuestro corazón antes que en nuestro cerebro, y que nos hace mirar el mundo con compás y con y armonía, de manera sinfónica.<br />
Hasta tal punto era así, que no sé si fue la fascinación del vinilo ?del objeto, con toda la parafernalia de su envoltorio? o la fascinación de los sonidos que fui escuchando después, lo que me llevó durante años a obsesionarme por escribir de música, a cumplir esa absurda vanidad de transformar los sonidos en palabras. Más tarde la vida me daría la oportunidad de conocer a infinidad de músicos, de trabajar con ellos, e incluso de escribir yo mismo la carátula de alguno de sus discos, cumpliendo el viejo sueño de la infancia. Sólo los que tenemos cierta edad sabemos, con toda su profundidad, lo que significaba aquella liturgia de carátulas de cartón, fundas de plástico, surcos giratorios, agujas de diamante, carraspeo del primer contacto y, finalmente&#8230; la música.</p>
<p><span id="more-319"></span><br />
De todo aquel mundo vibrante es de lo que habla hoy el número doscientos de La Sombra del Ciprés, el cultural de El Norte de Castilla. Un suplemento que vio por primera vez la luz el 28 de noviembre de 2009, con un número especial, dedicado al teatro, que contenía una larga entrevista con Concha Velasco. Doscientos números, a lo largo de cinco años y algunos meses, en los que la literatura ha tenido siempre un protagonismo muy especial, como corresponde a esa vocación por las letras que mostró este periódico desde el día de su nacimiento, pero donde también hemos hablado mucho de pintura, de escultura, de arquitectura, de fotografía, de cine, de cómic, de artes visuales, de danza, de diseño, de cultura, de ciencia&#8230; y por supuesto de música. De todo aquello que las musas encendieron en el espíritu creativo del hombre para animarle a habitar un mundo más digno y más hermoso.<br />
Pasa el tiempo en la personalidad, en el diseño y en el propio concepto de La Sombra del Ciprés a lo largo de sus doscientos primeros números, como pasa el tiempo sobre las carátulas de los vinilos, que siempre son historia y siempre son presente cuando llegan de nuevo a nuestras manos. Pero permanece una misma voluntad: señalar a los lectores, a través de la palabra de nuestro plantel de colaboradores y amigos, algunos caminos que llevan a lugares extraordinarios, a espacios donde nuestro pensamiento y nuestros sentidos pueden cobrar una dimensión más ancha. En un mundo que quizás mira hacia adelante con exceso de ansia, conviene de tiempo en tiempo mirar también hacia atrás. Y echar cuentas. Y jugar con la memoria. O, como decía Miguel Delibes, a quien debemos el nombre de nuestro suplemento: &#8220;Permitamos que el tiempo venga a buscarnos en vez de luchar contra él&#8221;.<br />
Esa es la banda sonora de nuestra aventura.</p>
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		<title>Ilustración y aldea</title>
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		<pubDate>Wed, 02 Sep 2015 08:56:07 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carlos Aganzo</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/elavisador/wp-content/uploads/sites/5/2015/09/splendid.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft  wp-image-318" style="margin-left: 3px; margin-right: 3px;" title="DOCU_GRUPO ARGENTINA-EL ATENEO" src="/elavisador/wp-content/uploads/sites/5/2015/09/splendid.jpg" alt="" width="300" height="421" srcset="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/5/2015/09/splendid.jpg 642w, https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/5/2015/09/splendid-214x300.jpg 214w" sizes="(max-width: 300px) 100vw, 300px" /></a>Creíamos que el régimen global de las nuevas tecnologías era algo que tan sólo afectaba a la economía y a los hábitos de consumo de las personas y nos equivocamos. Detrás de la implantación planetaria de las multinacionales de la comunicación, dirigidas desde los Estados Unidos pero con feudos regionales cada vez más definidos en Asia, ya hemos visto extraordinarias maniobras geopolíticas, como las primaveras árabes, y empezamos a identificar también lo que realmente hay en el fondo: el cuestionamiento de nuestra propia cultura.<br />
Viajar hoy por las grandes ciudades de China o de la India, contaminadas en el sentido más profundo del término, es ser conscientes de hasta qué punto el hombre de principios del siglo XXI ha llevado hasta el extremo aquella vieja observación de Sigmund Freud formulada a principios del siglo XX: &#8220;La función capital de la cultura, su verdadera razón de ser, es defendernos contra la naturaleza&#8221;. Paradójicamente, el momento de mayor apertura de estos países de tradición milenaria coincide con el mayor índice de destrucción de su propio legado cultural.<br />
Algo muy semejante, con dimensión distinta pero con la misma raíz de fondo, a lo que le está sucediendo a nuestra cultura occidental: ni Ortega, con su rebelión de las masas, ni Marshall McLuhan, con su teoría de la aldea global, ni siquiera Umberto Eco, con su pugna entre apocalípticos e integrados, pudieron llegar nunca a imaginar los efectos reales de la comunicación global sobre los pilares del edificio de nuestra cultura; un edificio sostenido a duras penas por los diferentes pueblos que han habitado Europa desde los tiempos de los griegos. Una amenaza de derribo que, a pesar de la modernidad, de lo avanzado de nuestra civilización y nuestra tecnología, tiene perfiles que nos recuerdan demasiado al más clásico de los derrumbamientos de nuestra historia: la caída del Imperio Romano y la consecuente llegada de la Edad Media.</p>
<p><span id="more-317"></span><br />
Cuando Roma entre guerras, crisis, devastaciones y corrupciones, había conseguido hacer suyo el espíritu de Grecia, la sombra de los bárbaros lo volvió a soterrar durante siglos. Los grandes nombres de la cultura grecolatina se refugiaron entonces, como reliquias del pasado, en los ?scriptorium? de los monasterios, y las plazas y los caminos fueron tomados por juglares y artistas anónimos que transformaron en cultura popular, en coplas de ciego, los grandes testimonios de la excelencia de sus antecesores. El arte dejó de ser la expresión compartida de un individuo, su voz intransferible, para convertirse en una herramienta al servicio de los señores feudales; sin voces personales, desde el anonimato, sin autoría de ningún tipo. Ahora podría parecer que en este tiempo sucede lo contrario, que nos hallamos ante la apoteosis de la individualidad, pero el resultado no deja de ser el mismo: el coro de voces, uniformadas por el pensamiento único, produce un ruido aturdidor que lo invade todo, que lo confunde y lo vulgariza. Aldeas globales, sí, pero sobre todo aldeas: más sensibles a la admonición del chamán o a las habladurías del vecino que a la voz del filósofo.<br />
Para Cicerón tenerlo todo era tener una biblioteca con jardín, y para Borges el paraíso estaba relacionado directamente con &#8220;algún tipo de biblioteca&#8221;. Las bibliotecas de nuestros padres son los ?big data? de nuestros hijos, con acceso ilimitado. Y nuestra cultura está cada vez menos en manos de sus creadores o de sus promotores y más en las de los nuevos ?mecenas? de la comunicación global; mecenas que entienden la cultura no como un modo de progreso individual y colectivo, sino como un bien de consumo a través del cual se fomenta la dependencia tecnológica y, con ella, la explotación económica del individuo.<br />
Fue del propio Cicerón del que los pensadores del siglo XVII, y sobre todos los del XVIII, extrajeron el sentido profundo de la palabra cultura: ?cultura animi?, el cultivo del alma. Un símil agrícola que sirvió después para la educación en el conocimiento, en el buen gusto y en la excelencia de la creación humana. En la era de la cultura en la red global cultivamos la inteligencia, la universalizamos y hasta la transferimos desde los hombres hasta las máquinas con velocidad de vértigo. Pero ese proceso no servirá si además de sobre el cuerpo y sus accesorios tecnológicos no se actúa también sobre el alma. No el alma colectiva de una masa anónima, sino el alma individual de cada uno de nosotros.<br />
En medio de este maremagnum, proteger la excelencia parece el único camino.</p>
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		<title>Rosa Chacel o los hilos secretos de la escritura</title>
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		<pubDate>Tue, 18 Aug 2015 16:42:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carlos Aganzo</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>

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		<description><![CDATA[Aunque Rosa Chacel sea una escritora estrictamente contemporánea de la Generación del 27, todavía la crítica no ha sido capaz de encajarla debidamente en el lugar que le corresponde dentro del grupo. Hay razones para ello. Nacida en 1898, el mismo año que Dámaso Alonso, Vicente Aleixandre y Federico García Lorca, en realidad su obra poco tiene [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/elavisador/wp-content/uploads/sites/5/2015/08/rosa-chacel.jpg"><img class="alignleft  wp-image-315" style="margin-left: 3px; margin-right: 3px;" title="DOCU_NORTECASTILLA" src="/elavisador/wp-content/uploads/sites/5/2015/08/rosa-chacel.jpg" alt="" width="300" srcset="https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/5/2015/08/rosa-chacel.jpg 654w, https://static-blogs.elnortedecastilla.es/wp-content/uploads/sites/5/2015/08/rosa-chacel-218x300.jpg 218w" sizes="(max-width: 654px) 100vw, 654px" /></a>Aunque <strong>Rosa Chacel</strong> sea una escritora estrictamente contemporánea de la Generación del 27, todavía la crítica no ha sido capaz de encajarla debidamente en el lugar que le corresponde dentro del grupo. Hay razones para ello. Nacida en 1898, el mismo año que Dámaso Alonso, Vicente Aleixandre y Federico García Lorca, en realidad su obra poco tiene que ver con la ?marca? del 27, un sello fundamentalmente poético basado en la amistad, la complicidad y la cercanía ética y estética de un conjunto de autores que no tiene réplica en la historia de nuestra literatura.</p>
<p><span id="more-314"></span><br />
La obra de <strong>Rosa Chacel</strong>, que nos ha ido llegando siempre a trompicones, a manotazos, abriéndose camino a través de la dificultad, tiene otras connotaciones. Su independencia, por una parte; sus circunstancias personales y familiares, por otra, y finalmente su propio concepto de la cultura y de la escritura la llevaron a un lugar diferente dentro del panorama literario. Una dimensión mucho más cercana, por ejemplo, al pensamiento de Ortega y Gasset -magisterio compartido con su querida María Zambrano-, pero también muy relacionada con otros ?versos sueltos? de aquel primer tercio del siglo XX, como Ramón Gómez de la Serna o Juan Ramón Jiménez; o como algunos autores de la generación anterior, la del 98, fueran Ramón del Valle-Inclán o Miguel de Unamuno. Su propio periplo vital en intelectual por Roma y Berlín, antes de la guerra, y por Francia, Grecia y Brasil, entre el conflicto y el exilio, la ayudaron a cobrar una visión de Europa, y del mundo, muy distinta a las de sus contemporáneos, los poetas de la Generación del 27.<br />
Si Ortega le encargó la biografía de Teresa Mancha, la amante de Espronceda, o Juan Ramón le prologó su libro de sonetos ?A la orilla de un pozo?, no podemos olvidar que el gran Nikos Kazantzakis, un auténtico emblema del pensamiento y de la literatura griega del siglo XX, la acogió en su casa en los convulsos y complicadísimos años del primer exilio. Con el paso de los años, cada vez hemos podido ser más conscientes de ese hilo secreto que su escritura ha guardado con tantas y tan grandes personalidades de la cultura española y europea de aquel momento, hasta conformar un estilo, seguramente incatalogable, que con frecuencia ha sido el peor enemigo de la escritora a la hora de situar su obra.<br />
En plena era de Internet, la correspondencia entre <strong>Rosa Chacel</strong> y otros personajes de su tiempo, fundamentalmente mujeres -ahora con la poeta catalana Ana María Moix-, que nos va llegando en forma de libro, nos va definiendo cada vez con mayor nitidez la dimensión y la verdadera estatura literaria de la autora de ?Memorias de Leticia Valle?, ?Barrio de Maravillas? o ?La sinrazón?. Un hilo fino, discreto, sin grandes titulares ni estridencias, con el que está cosida una parte imprescindible de nuestra cultura, eclipsada tal vez por los grandes nombres consignados en los libros de texto. Merece la pena no sólo prestarle atención, sino también reivindicarlo, por todo lo que tiene de significativo, de señero, de auténtico, en referencia a una época de oro de nuestra literatura. Tantos nombres y, a veces, tan poca memoria.</p>
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