Siento ecos de sonrisas perecederas en mi papelera, aunque lejanas algún día me visitarán, aguantaré el achuchón como tantas otras veces, como las promesas antiamor que siempre dejamos de cumplir, como lo extraño del paso del tiempo, como los maniquíes que siempre desnudé, como el amparo de huir por el hueco más complicado, de siempre caer en los charcos inundados de piedad, como mi labor contra la disciplina andando al borde de la piscina, de la acera, siempre haciendo malabares por seguir adelante.
Se intensificará el surrealismo de la ciudad que tantas veces recorrí, se convertirá en un camino infinito repleto de piedras y cristales rotos, y yo sin zapatos. Pero espero encontrar el césped.
Volverán los grandes días eternos, inacabables, con lágrimas haciendo daño en la cuenca de los ojos y mi maldita dificultad para llorar. Esas noches que prefieres odiar que amar, pero agradeces una palmadita en la espalda, un buen abrazo o una mirada que te haga escapar. Quizás en ese momento encuentre mi paraíso, quién sabe, o quizás el vértigo de una falsa felicidad me maree. ¿Qué queda después?
Algún “si te he visto no me acuerdo”, otro “gracias”, alguna borrachera agria en la barra del bar más antiguo del planeta, dónde tanta gente se ha evadido de la realidad antes que tú. Cuando el viento empiece a soplar tan fuerte que te lleve a no se dónde, y tu fragilidad te implique en no querer volver, en empezar de nuevo como si aún no fuera tarde, como si no volvieras a caer en los mismos errores, como si otra noche no fueras a desear que te visite aquel viento.
Al final nada cambia. Para más tarde no se permite ni un error, aunque quizás un arrepentimiento a tiempo te de la vida.
Y es que hoy en mi papelera por no haber, no hay ni folios reciclados de una vieja letra, no hay nada, y eso siempre es bueno. ¿Ecos de sonrisas perecederas en mi papelera?
Oigo susurros, pero sólo eso.
Hoy no es día de platos rotos.

