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Oswald
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Eduardo Roldán | 22-11-2013 | 18:59

Oswald se obligó a ser comunista de aparato como antes se había obligado a ser marine, por una vaga mezcla de rebeldía y de certeza, por intentar asirse a algo material que le procurase un deseo de pertenencia incluso si la organización en cuestión no colmaba, ni mucho menos, todas sus expectativas. Hasta que estalla. Entiende que toda organización jerárquica supone una grisura que no permite destacar a quien lo merece o cree que lo merece, y entonces solo queda salirse y hacer la guerra por cuenta propia.

¿Por qué Kennedy? Kennedy no era, como el ensayo fallido que fue Edwin Walker, alguien que personificase el ala dura de la derecha segregacionista, anticomunista y puritana que se encontraba en las antípodas ideológicas de Oswald pero que, en el fondo, no era tan distinto a los que, como él, se alineaban en el extremo opuesto. Lo que Kennedy personificaba era algo mucho más etéreo pero también más poderoso en un plano psicológico: el brillo del carisma personal, el poder de la seducción, la facilidad de palabra y de sonrisa, la conexión inmediata con el otro. Oswald fue uno de los primeros productos de la televisión, una personalidad deformada por el ansia de notoriedad: un egotista frustrado, desesperado por conseguir el reconocimiento que creía merecer, del tipo que fuera y a cualquier precio. Y Kennedy el negativo de esa frustración, su muerte la cámara con la que dejarse ver y oír.

Si, como las últimas investigaciones apuntan, hubo dos disparos cruzados certeros y no una bala viajera, la pregunta obvia es quién fue el otro. Oswald quizá fuera el invitado a su propia decapitación, el tonto útil de un complot pluricéfalo e internacional. O quizá la explicación que más se acerque a la verdad sea al final la más sencilla, la menos interesante desde el punto de vista dramático. Que un tipo enajenado y tirador mediocre se sube a un almacén y dispara un viejo rifle, acertando.

(El Norte de Castilla, 21/11/2013)

Sobre el autor Eduardo Roldán
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