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Encrucijada parisina
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Eduardo Roldán | 04-06-2017 | 19:01

Richard Linklater emergió a comienzos de los 90 con un film tan osado como singular e inteligente, uno de esos films a los que de inmediato se les cuelga la etiqueta de <<de culto>>. Solo que en este caso la etiqueta era merecida. Linklater escribió, dirigió y produjo Slacker—por apenas 23.000 dólares; al cabo, recaudaría esta inversión en más de 50 veces—, y gracias al boca-oreja lo colocó en condiciones de repetir, lo cual suele ser el objetivo de todo debutante. Contaba con veintiún años.

slacker¿Dónde reside la singularidad de Slacker? No en su rechazo de las convenciones estipuladas por los manuales de guion, con un desarrollo que no incluye ni incidente desencadenante, ni viaje alguno del héroe —no los hay—, ni arco dramático; no en la fluidez del diálogo, naturalista en apariencia pero pulido con tal mimo que el escalpelo no se nota —como en todo buen diálogo naturalista—; no en el empleo de actores no profesionales, tampoco en haber sido rodada en la calle al modo del cine-guerrilla, ni siquiera en el encadenamiento secuencial, sin cortes, de las distintas escenas. O mejor: reside en todo ello, pero el rasgo que prevalece —y que tiene vinculación directa con el último de los apuntados—, rasgo sobre el que Linklater ha erigido, junto con el privilegio de la palabra, su apuesta/propuesta estética, es el de la exploración del tiempo cinematográfico. Exploración que lo ha llevado a formulaciones tan radicales como las de Dazed and Confused (Movida del 76) —la mejor película de instituto jamás realizada—, Tape o Boyhood —en la que se rescatan, de un periodo de 12 años, momentos puntuales de la vida de un niño que deviene adolescente y de quienes lo rodean, con la peculiaridad de que esos 12 años han transcurrido efectivamente fuera de la pantalla y se han mantenido los interprétes que encarnan a los personajes—, o las de las entregas que componen la <<Trilogía “Antes de”>>.

Por supuesto, cada una de las entregas adquiere pleno sentido narrativo en el marco del tríptico, pero esto no impide que se sostengan como artefactos autónomos, con aliento propio y discernible. En Antes del atardecer, como en Boyhood, la pareja protagonista —Jesse y Céline, Ethan Hawke y Julie Delpy— se presenta en pantalla habiendo transcurrido un intervalo que coincide con el transcurrido fuera de ella, en este caso nueve años; a diferencia de aquella, y como en los otros títulos citados, el tiempo se muestra concentrado, en este caso en apenas una hora larga. Que es la razón principal de que sea la más interesante de las tres, por el riesgo que ello implica y por la manera en que Linklater, Hawke y Delpy lo solventan.

BEFORE SUNSETEl tiempo que en pantalla pasan Jesse y Céline en Antes del atardecer es de 77 minutos, y el espectador está con ellos todos y cada uno, de manera continua, como si fuera un acompañante de la pareja que hubiera permanecido a su lado sin querer abrir la boca. Algo similar ocurre en Slacker, solo que en esta el envite es menos arriesgado porque los personajes son múltiples, y más que de continuidad temporal —que tampoco es tal: hay un corte notorio después del fragmento de la vela y el altar en el apartamento— lo que existe es una sucesión de viñetas encadenadas por la cámara. En cambio Antes… se despliega ante nuestros ojos como una bola de nieve rodando ladera abajo. Escribió Gilles Deleuze que el tiempo cinematográfico y el tiempo real nunca coinciden, y ahí lo dejó. Es cierto. Imagínese el plano más semejante a la mirada humana, el más aséptico o desnudo: sea el plano secuencia fijo de un árbol cuyas hojas mece el viento o el de una farola solitaria. E imagínese que dura dos minutos. La sensación que tal plano nos transmitiría no es en modo alguno la que tendríamos si pasásemos esos dos minutos —también inmóviles, y a la misma distancia que encuadra el plano— mirando el árbol o la farola; el simple hecho de interponer una lente entre el objeto y el ojo modifica la percepción del tiempo de quien mira, y esto lo sabe muy bien Linklater, que como todo gran creador logra sacar el mayor partido expresivo a los límites que el medio le impone. Gracias en primer lugar a un manejo sutilísimo y sensual de la cámara, los casi ochenta minutos que observamos el continuo toma y daca verbal y paseado de los dos protagonistas ni se hacen largos ni fatigan, sino que vuelan, pero con un vuelo sostenido, no acelerado, que es capaz de exprimir cada momento y nos hace estar ahí, no solo como observadores ajenos sino en acto. En manos de Linklater la Steadicam sugiere e invita, y arrastra. ¿Qué otra película consigue transmitir la forja del presente, con todo su pálpito combinado de inevitabilidad y sorpresa, con tal fuerza y vitalidad?

richard-linklaterEl segundo gran factor que contribuye a la magia es el otro rasgo, ya señalado, sobre el que RL ha basado su filmografía: el uso de la palabra, que en las bocas —y en las manos y en los rostros— de Hawke y Delpy revela un potencial expresivo difícil de igualar. La cinta es un ‘tour de force’ interpretativo que ambos resuelven con una maestría tranquila memorable, como el funambulista que se fuma un cigarrillo indiferente en cuclillas sobre el cable. Y es que con el mismo texto pero otros actores la cinta simplemente se caería; pero ellos dicen los parlamentos más filosóficos con el mismo equilibrio y gracia que el cotilleo más banal; los ritmos del habla y de los gestos —es tan importante, si no más, lo que se calla y que una mirada o un rictus sugieren que lo mucho que se dice— se ajustan a los del otro con la química compartida de una veterana pareja de tenis, sin desfallecer nunca, y hablamos de tomas sin cortes que pueden durar más de diez minutos. Hay otros factores. Un París estival —todo el film está filmado en localizaciones reales y de atardecida, casi siempre a la hora bruja: otra suerte de ‘tour de force’— envuelve el deambular de los personajes como un manto que luce glorioso, y el final, con Nina Simone cantando ‘just in time’ —justo a tiempo—, hace estallar todo el romanticismo latente hasta entonces como una flor que se abre.

 

Ficha del film:

Tít.: Antes del atardecer (Before Sunset)

Año: 2004

Dir: Richard Linklater

Int: Ethan Hawke, Julie Delpy

77 mins, color.

 

(La sombra del ciprés, 27/5/2017)

@enfaserem

Sobre el autor Eduardo Roldán
Columnas, reseñas, apuntes a vuelamáquina... El autor cree en el derecho al silencio y al sueño profundo.