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Identidad modelada
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Eduardo Roldán | 23-09-2017 | 10:59

locke-encalladoEncallado en esa desorientación de arena que es el desierto se encuentra David Locke (Jack Nicholson), el reportero de televisión a que se refiere el título, al arrancar el film. Es un hombre en el límite, y la obstinación de su todoterreno por no moverse de las dunas lo termina por quebrar: <<¡No me importa!>>, grita al vacío, palabras que por otro lado es probable no sienta. Este arranque y el regreso a pie de Locke al hotel donde se hospeda es una muestra impecable de cine (casi) mudo. Al llegar al hotel, Locke descubre que Robertson, su vecino de habitación y con el que comparte más de un parecido, ha fallecido de improviso, y en un arranque pulsional decide cambiar las fotografías de los pasaportes y trasladar el cuerpo de Robertson a su cuarto, fingiendo así su propia muerte. ¿Por qué lo hace? El espectador, como Locke, únicamente sabe lo que la voz de Robertson le había comunicado: que tener solo tiene un corazón débil: ninguna atadura, ni amigos ni familia: se dedica a viajar. (Información suministrada por un ingeniosísimo flashback: la cámara registra a Locke trabajando en los pasaportes mientras escucha la voz de Robertson grabada de una entrevista previa, comienza a deslizarse como fusionada por las palabras hasta el techo y, sin corte, desciende de nuevo hasta mostrar a los dos hombres en el balcón hablando, continuando en el pasado la grabación que ha callado en el presente.)

michelangelo-antonioni            Desde este momento se expone el tema esencial del film: qué configura la identidad. ¿Qué hace que seamos como somos? ¿Hasta qué punto puede el yo moldearse a voluntad? O, dicho de otro modo, ¿cómo no ser uno mismo? Tal que una manada sin apenas desertores, la crítica ha catalogado desde siempre la narración de Antonioni como <<una sucesión de tiempos muertos>>. Esos tiempos no están muertos en absoluto: sencillamente ocurren otras cosas que los manuales de guion dejarían fuera por no ser lo bastante <<dramáticas>>, pero que tienen en el fondo mayor peso en la forja de la psicología del personaje —y por tanto del drama— que las habituales persecuciones estruendosas o los aun más habituales parlamentos expositivos sobre las motivaciones del personaje. Son tiempos donde el avance es concéntrico, un tiempo de estratos además de —no a pesar de— un tiempo lineal. Y El reportero es la mejor prueba del poder de este enfoque narrativo, tan ajeno a los códigos al uso. Literalmente Locke, con el cambio de identidad, comienza a habitar un tiempo muerto, un tiempo que no le es propio; Locke (Robertson ahora) pretende (re)nacer a mitad de la vida, comenzar tabula rasa sin otro propósito que el de ir viviendo, descubriendo. Pero el ser humano no puede abdicar de su pasado, pues está hecho de tiempo; tal empeño no es sino una fantasía irrealizable. Locke, como el adolescente que huye de casa, quiere escapar de las figuras paternas que simbolizan su trabajo y su matrimonio (Martin, el productor de la cadena, y Rachel, su mujer), a las que atribuye en gran medida el desencanto existencial que lo corroe, la agónica sensación de impotencia que el fracaso de la entrevista con un dictador africano, motivo de su presencia en el continente negro, ha desbordado. Pero por supuesto esas figuras no se quedarán inertes, querrán extraditar el cuerpo y la valija, querrán saber cómo ocurrió. Es más: no solo no puede abdicar de su pasado sino que se carga con el de Robertson, cuya afirmación de que carece de vínculos es solo eso: la afirmación de un desconocido, que tan pronto como Locke recoge e inspecciona las pertenencias del muerto descubre se trata de la mentira de un traficante de armas, con una agenda repleta de nombres, lugares y citas que atender; como al adolescente, puede que a Locke le espere bajo el nombre de Robertson un destino más cruel que aquel del que huye.

locke-y-la-chica            Obligado a cumplir estos encargos, comienza así una búsqueda/huída que lo llevará a Londres —donde ¿coincide? por primera vez con La Chica (Maria Schneider), futura compañera de viaje y corporeización de lo que ahora le parece el ideal femenino—, a Múnich, a Barcelona, a Almería… Encargos cuyo peligro no solo lo mueven en un plano geográfico sino anímico: da muestras, por primera vez, de vitalidad, felicidad incluso, al menos hasta que se entera de que Martin y Rachel, al recibir la valija y descubrir la celada, andan detrás de él.

El otro tema esencial es el de la objetividad. Si las cuentas de la memoria no me fallan, solo hay un plano subjetivo desde el punto de vista de Locke, al cerrar el maletero con La Chica dentro; el resto del metraje mantiene rigorosamente un punto de vista objetivo, documental, como el que asume el propio Locke en su trabajo, que Martin valora por el distanciamiento, por la no interferencia con el material, esa falla infranqueable que precisamente a Locke desazona. Con El reportero, Antonioni apura y depura esa idiosincrasia presente en toda su obra que es la captación fenomenológica, la observación pura del gesto y las inflexiones, el encuadre que dirige pero no impone, a lo que contribuye el que esté filmado por entero en localizaciones (desde el desierto de Argelia hasta el Palau Güel), sin transformaciones cromáticas o físicas del paisaje que pretendan subrayar una idea o un estado de ánimo, como sí había hecho antes en El desierto rojo o Blow-Up. Pero la objetividad es una quimera tal como la de borrar el pasado, y es lo que queda detrás o fuera de la imagen lo que en cine muchas veces más importa. Antonioni sabe esto y lo aplica con un criterio al alcance de muy pocos cineastas, si es que alguno. El mayor ejemplo —y todo El reportero supone una clase magistral del uso del fuera de campo— es el penúltimo plano de la última escena, un heroico plano secuencia que se tardó once días en rodar y que es una muestra de cine como medio de síntesis no inferior a la cabalgata wagneriana de Apocalypse Now.

Thriller existencial, road movie, historia de amor, cinéma-verité y de denuncia —la ejecución que aparece en el documental que graba Locke ocurrió en verdad—, juego de sombras y espejos dobles… El reportero es un film con una riqueza hondísima, que merece y demanda más de una (re)visión. Cada vez son menos.

 

Ficha del film

Tít: Professione: reporter (El reportero)

Año: 1975

Dir: Michelangelo Antonioni

Int: Jack Nicholson, Maria Schneider, Ian Hendry, Jenny Runacre

119 mins., color

(La sombra del ciprés, 23/9/2017)

@enfaserem

 

 

Sobre el autor Eduardo Roldán
Columnas, reseñas, apuntes a vuelamáquina... El autor cree en el derecho al silencio y al sueño profundo.